13 jun 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York, día 5)

A las cuatro y veinte desperté muy preocupada con el asunto de la reja de la catedral de Valladolid. ¿Quién fue el capullo que se la vendió a Hearst? ¿A quién hay que matar en Valladolid? Hay que estar como una cabra para traerse desde España semejante artefacto, porque mira que es grande la reja. No, Hearst no estaba muy bien. Por algo sus últimas palabras fueron para un patinete.
Otra cosa que se trajo de Europa fue un relicario de un santo con hueso dentro, procedente de una iglesia en la Toscana. Está expuesto en el Metropolitan sin ningún tipo de reverencia.
Todos estos pensamientos me mantuvieron despierta un buen rato, hasta que me quedé dormida de nuevo. Desperté a las seis y media y me levanté, nos levantamos.
Desayunamos con cierta prisa y salimos pitando hacia Harlem, para asistir a una misa góspel en la Abyssinian Baptist Church. Tomamos el metro en Times Square hasta la calle 135. El público que iba en el vagón daba que pensar.
Llegamos a Harlem a las nueve y diez. Varios negros enchaquetados nos indicaron que teníamos que dar la vuelta a la manzana y situarnos en una cola para poder asistir al servicio de las once de la mañana. Eso hicimos, y allí estuvimos dos horas y media. No se nos hicieron largas porque pudimos disfrutar de la fauna autóctona que pasaba por allí. Certifico que los negros que salen en las películas son de verdad. Pasaban señoras negras con sus mejores galas. Vimos a una anciana arrugada sacada directamente de una película. Patricia dice que se parece a ET. Un par de negros venían cada veinte minutos a echarnos una bronca y a obligarnos a estar contra una pared en filas de dos en dos. Uno de ellos era un post-adolescente-gordito- nerd que disfrutaba con la situación.
Me dieron recuerdos para ti, Raúl.
Patricia y yo éramos los turistas 91 y 92 de la cola. A las doce menos cuarto estábamos ya a punto de entrar cuando vino el negro-gordito-nerd y nos dijo que lo sentía mucho pero que ya no cabía nadie más porque era un día especial y había muchos fieles dentro. Me salió del alma: “Me voy a cagar en su puta madre”. Ninguno de los negros enchaquetados nos dijo que podría pasar lo que pasó. Se nos quedó a todos cara de idiotas. Suerte que la Guardia Civil me quitó la navaja en el aeropuerto la semana pasada, que si no lo mato allí mismo.
Patricia y yo salimos de allí zumbando camino del metro. Sólo nos faltaba que apareciera un coche negro cargado de negros y nos pegaran un tiro.
Bajamos hasta la calle 14 y entramos en otro mundo: Greenwich Village. Aquello no es Nueva York. Callecitas con casas de tres plantas, arbolitos, poco tráfico, gente sin prisa. ¿A quién nos encontramos en la calle Christopher? Al mismísimo Mark Vanderloo y señora. Todavía me tiemblan las piernas de la emoción. Nos pasaron por delante y entraron en la tienda de la foto. Patricia y yo los seguimos con la menor discreción posible y les sacamos quinientas fotos. Está un poco avejentado, pero sigue conservando todo su atractivo.
Entramos en un agradable restaurante a tomar el brunch. Brunch es la unión de las palabras “breakfast” y “lunch” (desayuno y comida). Los sábados y domingos la gente sale a comer temprano, haciendo las dos cosas en una. Tengo que confesar que nosotras hicimos trampa, porque desayunamos. Comí unos huevos benedictine con salmón y salsa holandesa absolutamente deliciosos.
Greenwich Village es, entre otras cosas, el barrio gay de Nueva York. En el restaurante había un par de grupos de hombres homosexuales. Una pareja en la mesa junto a la nuestra tenía edad como para haber fundado el barrio.
Al salir de comer dimos una vuelta por la zona. Buscamos la casa de la serie Friends y nos sacamos varias fotos.
Metro de nuevo hasta la calle 28 para visitar el Flatiron District. Al salir a la superficie nos vimos sorprendidas por un tremendo ambientazo. En Madison Square se estaba celebrando una fiesta patrocinada por una casa de productos de barbacoa de Texas. Todo el mundo estaba tirado en la hierba comiendo y escuchando la música que tocaba un grupo en un escenario.
Uno de mis tres edificios favoritos de Nueva York se encuentra en ese lugar, el Flatiron Building. Cuando se terminó de construir en 1903, era el más alto del mundo. Dicen que, debido a su curiosa forma rectangular, se provocan corrientes de aire en la esquina. Los caballeros de la época solían apostarse en las inmediaciones para ver cómo se levantaban las faldas de las señoras al pasar.
Paseamos por la zona para ver los edificios con porche y rejas de hierro que rodean Gramercy Park, una plaza ajardinada sólo accesible a los residentes.
Patricia ha venido a Nueva York dispuesta a experimentar cosas que ve en las películas. Una de ellas era hacerse la manicura y pedicura en un local especializado. Hoy encontramos uno que parecía salido de un episodio de Sexo en Nueva York . Entramos a cumplir su sueño. Yo me negué a pasar por aquello, así que me senté a observar la maniobra. Todas las empleadas eran orientales. Tenían también a un chino pintando uñas con pincel. El chino, vestido de rosa, ponía tanto interés como si estuviera pintando un jarrón chino. La clientela era de lo más variada. Estábamos nosotras, una ultrapija con un anillo con un diamante inmenso, una pareja de novios haciéndose la manicura, un señor grandísimo haciéndose la pedicura y un chico que se depiló las cejas. No eran gays, es que son de Nueva York.
Cuando terminaron de pintarle las uñas a Patricia, la sentaron a una mesa y pulsaron un botón. Se puso en marcha un mecanismo de ventilación para secarle el esmalte de las uñas y los pies. Simultáneamente, una oriental practicaba un masaje en los hombros de Patricia. O yo soy muy de pueblo o todo aquello era el colmo de la sofisticación.
Una vez cumplido el sueño de Patricia, subimos caminando por la Quinta Avenida en dirección al hotel. A mitad de camino nos encontramos con el Empire State. Como el tiempo estaba mejor que ayer y se veía todo el edificio, hasta la punta de la antena, decidimos subir. Nos encantó. Nos llevaron en ascensor hasta la planta 80 y subimos andando hasta la 86 para evitar la cola del segundo ascensor. Impresionantes vistas, simplemente impresionantes.
Cary Grant miraba impaciente el reloj, esperando la llegada de Deborah Kerr.
Tras disfrutar del panorama volvimos a bajar seis pisos andando hasta el 80. Desde allí bajamos en un ascensor que iba tan rápido que los números de la pantalla descendían de diez en diez. Se nos taponaron los oídos. Al ir llegando a la planta baja se produjo un suave frenazo que causaba una sensación extraña en el estómago.
Seguimos caminando por la Quinta Avenida y a la altura de la calle 45 nos acercamos al hotel a descansar media hora. Salimos de nuevo y bajamos hasta el Radio City Music Hall, desde donde accedimos otra vez a la Quinta Avenida.
Entramos en la catedral de San Patricio, que es enorme y muy bonita, pero que necesita trescientos años más para llegar a la categoría de impresionante. En la pequeña tienda de la catedral nos atendió un chico que hablaba muy bien español. Reproduzco el diálogo de besugos que mantuvimos:
- Dependiente: Me encanta su acento. ¿Españolas?
- Patricia y yo: Sí.
- Dependiente: Mi novela favorita es española; la mejor novela del mundo.
- Patricia y yo: ¿Cuál?
- Dependiente: ¿No saben cuál es la mejor novela del mundo en español?
- Patricia y yo: ¡El Quijote!
- Dependiente: Noooooo, Amor en tiempos revueltos. La ponen por las tardes aquí.
- Patricia y yo: ¡Ahhhhhh!

Salimos de allí muertas de la risa.
Seguimos bajando por la Quinta Avenida. Chanel, Cartier, Versace, Louis Vuitton, Harry Winston, Salvatore Ferragamo. No faltaba ninguno. Todas las tiendas exclusivas están en ese tramo de la calle, hasta llegar al Central Park. Antes, Rockefeller Center. Como no hace frío, no está la famosa pista de hielo que sale en todas las fotos de Navidad en Nueva York. Lo sustituyen por una terraza con cafeterías. Se ve más pequeña en vivo y en directo.
Al llegar a la altura de Central Park ya tenía el corazón disparado, porque sabía que me iba a encontrar enseguida con el cubo de cristal de Apple. El templo de la sabiduría, la catedral de la tecnología estaba allí, y yo dentro. Agarré del cuello al primer dependiente que encontré. Muy guapo y simpático, por cierto. “Quiero un iPad”, le dije. Porque yo no he venido a Nueva York a ver la Estatua de la Libertad y a subirme en el Empire State. Yo he venido a comprarme un iPad en el cubo de cristal del Apple. Lo demás es secundario. “No nos quedan”, me dijo. Allí mismo estuve a punto de cometer un Applecidio. “He venido expresamente desde España a comprármelo”, le dije. “Lo sé”, contestó. “El camión de reparto viene todos los días por la mañana y a las pocas horas desaparecen. Tienes que venir mañana sobre las diez”. Así que mañana sobre las diez este cuerpo humano va a estar allí a comprarse su iPad.
Salimos y ya había oscurecido, y hacía hambre, así que buscamos un Deli para comprar la cena. Las tiendas de ultramarinos se llaman “Deli”. Son esas que salen en las películas, que entra un individuo con una media de señora en la cabeza y un arma en la mano. El individuo apunta al propietario del Deli, que es coreano y tiene un rifle debajo del mostrador. Se produce un baño de sangre y de la trastienda sale la viuda del coreano, que no habla inglés y no hace más que dar gritos y hablar en coreano a los policías que vienen a resolver el caso.
En la zona de Manhattan donde estamos son un poco más sofisticados que los de las películas, pero es más o menos la idea.
Volvimos al hotel y cenamos. Patricia ya duerme desde hace rato. ¡La tía! No sé cómo lo hace. Pone la cabeza en la almohada y ya está muerta. Esta se toma algo, seguro.
Está empeñada en que salgamos a la calle en pijama como prueba empírica de que aquí nada importa. Hoy vimos a una chica paseando a su perro en un cochecito y nadie la miraba excepto nosotras.
Eso es todo por hoy. Voy a ver si se me contagia algo de Patricia.
Buenas noches desde Nueva York.

12 jun 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York, día 4)



Desperté a las cuatro menos cuarto y hablé seriamente con mi yo interior para que me dejara dormir un rato más. Me dio tregua hasta las seis menos cuarto. Fui buena y no hice ruido para no despertar a Patricia. A las seis y media fui muy mala y empecé a hacerlo. Nos levantamos, bajamos a desayunar y a las ocho y media salimos a la calle.
Amaneció un día horrible, lluvioso y fresco, así que decidimos modificar nuestro plan inicial y dedicar la mañana a visitar el Metropolitan Museum. Mucho Nueva York y mucho cuento, pero pasa exactamente igual que en casa. Llega el fin de semana y se fastidia el tiempo.
Tomamos el metro en la calle 42 y llegamos a la calle 86 haciendo transbordo en Grand Central, la estación de tren. Subimos a ver el vestíbulo principal, dominado por tres enormes ventanas y una bóveda decorada con estrellas del zodiaco.
Un cochecito de bebé caía por la escalera principal ante la mirada asustada de Elliot Ness y sus hombres.
Al llegar a la calle 86, caminamos un poco y llegamos a la Quinta Avenida, donde se encuentra el museo, junto a Central Park. En todos los portales de las casas hay un portero mirándote desde dentro, vigilando que no vayas a hacer una trastada con las flores de la entrada o a quemarle el toldo que llega desde el portal hasta el borde de la acera. No vimos a ningún propietario salir o entrar. Deben de estar todos pasando el fin de semana en Los Hamptons, que es la playa a la que van los pijos de Nueva York. Eso sí, no se han llevado a los perros consigo. Vimos a una paseadora con varios perros de aguas repeinados.
La escuela “María del Monte” ocupa uno de los edificios de la avenida.
Había una pequeña cola en la puerta del Metropolitan, que abrieron a las nueve y media. Pasamos toda la mañana allí dentro, hasta que a las dos de la tarde tuvimos que salir absolutamente saturadas de arte. En ese momento el vestíbulo estaba a rebosar de público.
Estos americanos son la pera. Crearon este museo por pura envidia de los grandes museos europeos. Se trajeron todo lo que pudieron. Hay templos egipcios, momias, estatuas griegas y romanas, armaduras procedentes de Europa y Japón, pintura renacentista, flamenca, contemporánea. Y lo peor de todo, la reja completa del coro de la catedral de Valladolid. ¿Cómo rayos ha llegado esa reja al Metropolitan Museum de Nueva York? Lo he buscado en internet. Parece ser que el magnate W.R. Hearst se dedicó en su tiempo a comprar como un loco. Se trajo castillos y obras de arte del viejo mundo, cuando a las leyes sobre protección del patrimonio histórico se las pasaban por el forro. Entre ellas está nuestra reja.
Me encantó ver en persona cuadros de Hopper, mi pintor americano favorito, y tres cuadros de Vermeer, entre ellos “Mujer con aguamanil” que se hizo famoso gracias al libro “La joven de la perla”.
Llovía y hacía viento, y nosotras sin paraguas. Fuimos andando hasta el Guggenheim para sacarnos una foto dentro y fuera. Patricia compró un paraguas a un vendedor ambulante que nos habló en perfecto español. Es cierto eso que dicen de que en Nueva York se habla casi tanto español como inglés. Es muy gracioso oír hablar Spanglish. En la misma frase hay trozos en español y en inglés, o una persona habla en inglés y la otra le contesta en español.
Caminamos hasta Madison Avenue y encontramos un pequeño restaurante para comer. Pedimos hamburguesas con queso. Creo que no he comido nunca una hamburguesa tan sabrosa. Era enorme, como todo aquí. En la mesa de al lado tres señoras elegantes comían. Llegó un chico con una raqueta de lacrosse acompañado por su abuela. Lacrosse es el deporte más pijo que existe.
Decidimos dedicar el resto de la tarde a compras para mojarnos lo menos posible. Macy’s fue nuestro destino. Son los grandes almacenes más grandes del mundo. Ocupan un edificio en la calle 34, esquina con Broadway. Hablando de Broadway, no sé cómo lo hace esa avenida, que vayamos a donde vayamos, acabamos pasando por Broadway. Atraviesa Manhattan de norte a sur en diagonal, así que es fácil dar con ella.
El Empire State es tan alto que las nubes ocultaban su parte superior.
Patricia triunfó en Macy’s. Yo no tanto. He venido con la maleta vacía y me temo que me la voy a llevar un poco más llena.
Estuvimos en varias tiendas y luego nos sentamos en una cafetería a beber algo. Hace mucha sed en este pueblo.
Subimos caminando hasta Times Square. Cualquier día me voy a romper la crisma. En lugar de mirar al suelo me dedico a mirar para arriba, a los rascacielos.
Al entrar en la calle 45 me encontré con tres conocidos de Huelva. Mira que es grande Nueva York, pues me los tuve que encontrar.
Son las diez menos cuarto. Patricia ya está metida en el sobre y yo voy a darme una ducha y hacer exactamente lo mismo, que mañana hay que madrugar para ir a misa.
Buenas noches desde Nueva York.

11 jun 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York, día 3)

Desperté a las tres y cuarto, volví a dormirme y volví a despertar a las seis. Patricia despertó también, así que nos levantamos. Bajamos a desayunar a las siete, con menos ansia que ayer pero con similar resultado.
Hoy es Santa Margarita, Reina de Escocia. Felicidades, mamá.
A las ocho y media ya estábamos en la calle, camino de la Zona Cero, donde se encontraban las Torres Gemelas. Fuimos en metro hasta Chambers St. Al llegar al World Trade Center eran las nueve en punto, la misma hora en que se cometieron los atentados. Circulaban por allí cientos de personas camino del trabajo. El ruido de la construcción de los nuevos rascacielos era atronador. No paraban de pasar camiones hacia y desde la construcción, todo perfectamente coordinado por decenas de policías de tráfico que controlaban el paso de coches, peatones y camiones. Dentro de la obra, regaban las ruedas de los camiones antes de salir a la calle para evitar ensuciar los alrededores.
Caminamos rodeando toda la zona. En la pared de un edificio, un cartel con las fotos de todos los bomberos que fallecieron en el atentado, una placa, varias banderas americanas y ramos del flores en el suelo. Al lado, un mural en bronce dedicado a las víctimas.
Llegamos a un pequeño puerto deportivo en el río Hudson. Un remanso de paz comparado con el estruendo anterior. Unos cuantos yates y los barquitos de una escuela de vela contrastaban con los enormes edificios de cristal. Un grupo de personas hacía tai chi siguiendo las instrucciones de un oriental.
Tras descansar allí unos minutos, volvimos sobre nuestros pasos y tomamos el metro hasta Fulton St. Anduvimos unos metros y llegamos a Seaport. Varios barcos de vela enormes están allí atracados. La zona está llena de cafés y tiendecitas. En una de ellas dos negros enormes llevaban katanas de juguete que no paraban de sacar y meter en su funda mientras hablaban con la dependienta. Digo de juguete, pero las hojas tenían un palmo de largo, así que nosotras salimos de allí como quien no quiere la cosa, sin llamar la atención. Ya he dicho que no quiero volver con agujeros.
El puente de Brooklyn se divisaba al fondo. Está en obras. Una parte se encuentra cubierta por una lona blanca. La idea de construir el puente fue de un ingeniero alemán que cruzaba de Brooklyn a Manhattan con frecuencia y un día se quedó atascado a mitad de camino por culpa del hielo.
Woody Allen y Diane Keaton estaban sentados en un banco charlando sin parar.
Al terminar la visita, volvimos al metro y fuimos hasta Canal Street, la calle principal de Chinatown. Chinatown está llena de chinos, de tiendas chinas, de puestos de comida china y de repugnantes olores chinos. Hasta el MacDonalds tiene el letrero en chino. Little Italy está por allí también. Los chinos les están comiendo terreno poco a poco. Una pena.
Hay muchos restaurantes en Little Italy. Eran las doce cuando andábamos por allí, así que nos sentamos a comer una ensalada y una pizza en uno.
Al salir, bajo un sol de justicia, estuvimos viendo escaparates de tiendas, como el de una de caramelos, donde se exponían chanclas de caramelo.
He descubierto que a las tiendas de ropa de segunda mano las llaman ahora “vintage”. ¿A quién pretenden engañar?
Volvimos a Chinatown y a sus chinos para adentrarnos en el Soho. Es curioso. Sales de una calle y al entrar en otra estás en otro mundo completamente diferente. Gente más moderna, con los ojos redondos, tiendas de diseño, cafés encantadores. Nos sentamos en uno a beber un refresco y a refrescarnos también por fuera gracias al aire acondicionado.
Vimos las casas de hierro colado de Greene Street. En la puerta de una de ellas estaba apoyada una bicicleta con una funda de ganchillo puesta.
A las tres de la tarde, habiendo cumplido con los objetivos del día, decidimos ir de compras. Junto al World Trade Center hay un centro comercial que se llama Century 21, bien conocido por los turistas porque venden ropa de marca de temporadas anteriores a precios de escándalo. Y allí fuimos y triunfamos. Patricia más que yo, porque cuando marcaron el precio de un polo divino de la muerte, salió 2,95 dólares. La dependienta, que también se dio cuenta del error, dijo: “Me da igual”, y le cobró 2,95.
En los probadores de la tienda reinan tres dependientas que te mangonean a su antojo y te dan órdenes que cumples sin rechistar, no vaya a ser que no te dejen entrar a probarte las gangas que llevas en la mano. Tienen prohibido dejar pasar con ropa interior, así que Patricia se probó sus nuevos sujetadores de Calvin Klein encima de la camiseta. Lástima de foto. No anduve lista.
A las siete volvimos a Times Square, otra vez en metro. Nos hemos sacado un bono de siete días con viajes ilimitados, al cual le estamos sacando bastante rendimiento.
Entramos en la juguetería Toys’R’us. Hay una noria tamaño natural dentro. En la sección de Barbie tienen Barbies y Kens de todo tipo, metidos en una casa gigante de Barbie. Los tienen con los personajes de Crepúsculo, de Mad Men, de Dinastía; Barbies vestidas de todas las profesiones imaginables, de Estatua de la Libertad.
En la sección de Lego tienen un Empire State, un edificio Chrysler y una Estatua de la Libertad hechos de piececitas de Lego.
Agotadas fuimos a sentarnos a una cafetería para tomar algo. Hace mucha sed en este pueblo. Estamos todo el día bebiendo. Menos mal que no nos da por el alcohol.
Pedí Coca Cola de cereza. Ayer probé la de vainilla y fue una gran desilusión. Me quedo con la de cereza.
Compramos la cena en un sitio junto al hotel. Pedimos dos sándwiches, uno de roastbeef y el otro de pavo. La comida, como todo, es a lo bestia. Nos pusieron dos trozos de pan, y entre ellos tres dedos de lonchas de fiambre. No pudimos con todo.
Patricia ya está mirando para dentro y yo en breve. Hoy me he encontrado mucho mejor. Parece que voy engañando a mi yo interior. Que no se entere de que son las cinco menos cuarto de la madrugada. Cree que son las once menos cuarto de la noche.
Hasta mañana. Saludos desde Nueva York.

10 jun 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York, día 2)

A las dos de la madrugada desperté porque eran las ocho de la mañana. Me obligué a dormir un rato más. En este mundo sin persianas se filtra la misma luz por las rendijas de las cortinas tanto de día como de noche. Así de brutal es la iluminación de los rascacielos por las noches. Tenemos frente a nuestra ventana el edificio de Barclays. Es una mole de cristal negro que de noche se vuelve azul claro, con las letras del nombre en blanco.
A las cuatro y cuarto, Patricia y yo estábamos charlando como si fueran las diez y cuarto. Nos dimos un par de horas más en la cama, pero a las seis menos diez ya no aguantamos más y nos levantamos.
A las siete bajamos como locas a desayunar. Llevábamos sin comer nada desde las cinco de la tarde. Unos enormes bagels rellenos de pavo y queso fueron nuestras víctimas principales. Los bagels son como dónuts pero hechos de pan.
A las ocho y media salimos a la calle. A unos cien metros del hotel está Times Square, esa plaza donde hay muchos anuncios luminosos y donde celebran fin de año. Un marinero besaba apasionadamente a una enfermera para celebrar el fin de la Segunda Guerra Mundial.
El programa “Good Morning, America” se emite desde allí. El presentador estaba en plena calle saludando a los viandantes, que armaban jaleo para salir en antena. Tomamos el metro en la calle 42 y bajamos hasta el extremo sur de Manhattan. Tenemos programado visitar la ciudad por sectores, de norte a sur. Dejaremos el Bronx sin ver porque no queremos volver con agujeros.
Ya hacía bastante calor a esa hora. Nos bajamos en Whitehall St., junto al magnífico edificio de la aduana, de estilo clásico. Caminamos hasta Battery Park, donde nos sacamos una foto junto a la gran bola metálica que recuperaron de las ruinas del World Trade Center y que han dejado en el estado en que la encontraron, con golpes y roturas.
Nuestra intención era tomar el ferry hasta la Isla de Ellis y desde allí ver la Estatua de la Libertad en la distancia. No existe esa posibilidad. Tienes que ir en el ferry hasta la Estatua y luego hacer una segunda parada en la Isla de Ellis. No nos importó mucho acercarnos a saludar a Miss Liberty. La encontré un poco chaparreta. Esperaba una señora algo más estilizada. Cuando llegamos allí ya hacía un calor terrible. Mientras esperábamos el ferry para pasar a la Isla de Ellis, llegó un barco procedente de New Jersey. Bajaron varias familias de estas que van vestidas como de La Casa de la Pradera. La señora de la foto me miró con cara de pocos amigos cuando pasó a mi lado.
La Isla de Ellis era la puerta de entrada a América para los emigrantes procedentes de Europa a principios del siglo XX. En un enorme edificio se les hacía exámenes médicos y personales antes de darles acceso al país o mandarlos de vuelta a casa. Casi casi como a mí ayer en el aeropuerto, pero en versión analógica. En la Isla de Ellis no les sacaban las huellas digitales en una pantalla ni les hacían una foto con una webcam.
Han restaurado recientemente todas las dependencias y exponen imágenes y recuerdos de la época. Puedes incluso buscar datos de tus antepasados si pasaron por allí.
Hacia la una y media volvimos en el ferry hacia Manhattan. Protagonizamos la escena friky del día. A petición de una de mis lectoras, que hubiera querido hacer este viaje con nosotras pero no ha podido ser, tuvimos que escuchar en el iPod la canción de la banda sonora de “Armas de mujer” cantada por Carly Simon.

Nos sentamos un momento en Battery Park a descansar. Tienen wifi gratis en los parques, alucina.
Desde allí caminamos hacia Wall Street, parando en el toro de bronce de Arturo di Módica para sacarnos una foto. Vimos el edificio de la bolsa por fuera y volvimos a tomar el metro en dirección a Times Square. Comimos unos sándwiches en una cafetería y nos fuimos al hotel, a ducharnos porque estábamos pegajosas como caramelos y a descansar un rato.
El hotel, que no os he hablado todavía de él, es el Room Mate Grace. Pertenece a un pijo de Madrid que se llama Sarasola. El y su marido tienen una cadena de hoteles super gays y super modernos. Patricia conocía el de Málaga y yo el Room Mate Oscar de Madrid. Por eso elegimos éste en Nueva York. Es tan original que tiene la piscina en el bar y el mostrador de recepción parece una tienda de ultramarinos. Está lleno de españoles. Vas en el ascensor y parece que estamos en Valladolid.
Después de descansar, volvimos a salir a la calle con la intención de ver las tiendas de los alrededores. Lo primero que vimos en Times Square fue un señor en calzoncillos tocando la guitarra. Aparentemente es una presencia habitual en la zona. No sé quién lo patrocina, si Calvin Klein o calzoncillos Ocean, pero el caso es que todo el mundo te habla del tío de la guitarra.
Entramos en la tienda Disney y Patricia compró varias cosas para un señor de 40 centímetros que conoce.
Siguiendo sabio consejo de mi compañero de trabajo Marcelo, entramos en la tienda de M&M’s, que son los Lacasitos americanos. Al entrar ya huele a Lacasitos. Venden todo tipo de objetos relacionados con los chocolates. Un M&M con un señor dentro se pasea por la tienda saludando a los clientes. Tienen unos dispensadores de chocolate con todos los sabores habidos y por haber.
Como no quedamos satisfechas, cruzamos la calle y entramos en la tienda de chocolates Hersey’s donde había mucho chocolate pero ningún señor metido dentro de una tableta de peluche. No es una marca que me entusiasme. Siempre me pareció que sabían a chocolate caducado.
A las seis de la tarde mi yo interior me dijo: “Tú crees que me engañas, pero aunque sea de día y no hayas cenado, son las doce de la noche”, así que me dio por bostezar y querer irme a la cama.
Entramos en Levi’s y en GAP a echar un vistazo. Al salir a la calle me cayó una gota de lluvia en un ojo tan gorda tan gorda que casi me ahogo. Dimos marcha atrás espantadas, lo mismo que otros cientos de personas que gritaban por la calle, porque llovía con una mala intención impresionante. Estuvimos guarecidas en el hall de GAP unos quince minutos, hasta que paró de llover. Entramos en la misma cafetería donde comimos y compramos algo para la cena. De allí fuimos al hotel a paso de tambor. Volví a ducharme otra vez, cenamos y aquí estoy, levantando los párpados con pinzas de la ropa para no quedarme dormida mientras os escribo.
Hasta mañana.

9 jun 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York, día 1)

Cuando Patricia me propuso hacer este viaje juntas, lo primero que me advirtió es que posiblemente tenga gafe con Nueva York. Su segunda visita a la Gran Manzana tuvo lugar en 2003 y a su llegada se produjo aquel gran apagón que duró 24 horas. La verdad es que no me preocupé mucho. Otra cosa hubiera sido que le hubiera tocado aquí el 11 de Septiembre. En ese caso, no la hubiera traído conmigo ni loca. Lo mismo me tira abajo el Empire State, y eso levanta mucho polvo, que ya lo vimos la otra vez en la tele.
Ya viví la experiencia de viajar con un gafe no hace mucho con motivo de una excursión a esquiar en Sierra Nevada. Fuimos seis amigos y yo. Nos pasó de todo, de todo. Fue una experiencia que nos curtió y dejó una marca indeleble para el resto de nuestras vidas. No hemos vuelto a ir a ningún sitio juntos. Desde entonces me comporto como el perro de Pavlov. Cada vez que emiten una prueba de esquí alpino en televisión lloro desconsoladamente.
Patricia vive en Sevilla, así que decidí ir a dormir a su casa ayer para evitar el madrugón esta mañana. Salí en el portacatetos de las cinco de la tarde y me recogió en la estación de autobuses al poco rato de llegar. Dejamos mi equipaje en su casa y salimos a hacer las últimas compras para el viaje. Cenamos unas tapas en Los Remedios y nos acostamos alrededor de las once. Me costó dormirme de la emoción.
A las siete de la mañana sonó el despertador. Nos arreglamos en un pis pas y a las ocho y cuarto salimos en dirección al aeropuerto. Nos llevó Jorge, un amigo muy simpático de Patricia. Hola, Jorge, que sé que me estás leyendo.
Accedimos a la zona de pasajeros sin mayor incidente. Aprovecho, hablando de incidentes, para contar lo que me sucedió el viernes pasado. Tuve que ir a Valencia y volé con Ryanair. No facturé maleta. Como son tan estrictos en cuanto al tamaño del equipaje de mano, pedí prestado un trolley/mochila a unos amigos cuyos nombres no voy a facilitar, porque el mío es demasiado grande. Cuando lo abrí en casa para llenarlo, me encontré con unas bragas negras dentro. Limpias, estaban limpias. Bien, el caso es que, al pasar el control de equipajes en Sevilla, me mandaron ir a una mesa aparte tras una breve conversación entre los guardias civiles. Un guarda jurado muy suavemente me dijo: “Lleva usted una navaja en la maleta”. En unos pocos segundos, mis pensamientos fueron, en este orden:
1- Chaval, tú estás flipando.
2- Bragas, navaja. Me voy a cagar en los muertos, Pepe.
3- La navaja es mía, “cachis en diez”.
Siempre llevo una navaja en el neceser, que me ha sacado de más de un apuro. Al volver de Estambul no lo vacié, sabiendo que en pocos días iba a tener el viaje a Valencia y luego a Nueva York, así que quedó allí dentro abandonada. Me despojaron de ella y la tiraron en un cubo de basura. Mi navaja, que llevaba conmigo más de 20 años. ¡Snif!
Nuestro avión con destino Lisboa salió a las 11:20 hrs y llegamos a Lisboa a las 11:10 hrs. No es que hiciéramos un viaje en el tiempo, es que en Portugal tienen una hora menos. El avión era uno de esos aparatos diminutos con forma de supositorio donde todo el mundo tiene que andar encorvado para proteger su cabeza.
Nos sirvieron un aperitivo consistente en un bocadillito de pollo, una gelatina de piña con trocitos de fruta y un refresco. Lo trajeron tan tarde que me encontré aterrizando en Lisboa con una Pepsi Cola en una mano y el recipiente de la gelatina en la otra. Pasamos por encima de la ciudad a muy poca altura, así que disfrutamos de una vista estupenda.
Al aterrizar vimos un avión de las líneas aéreas de Mozambique. El símbolo en la cola era una cabra. No creo que me pillen comprando un billete para ir a Maputo.
Tan pronto entramos en la terminal, nos encontramos con que nuestro vuelo a Nueva York estaba retrasado para las 16:20 hrs. Pacientemente recorrimos una a una las tiendas del aeropuerto. En una zapatería vimos los preciosos zapatos de goma que se observan en la foto 1. Si alguien los quiere, que me lo diga y a la vuelta se los compro.
Pasamos el control de pasaportes y buscamos la zona de embarque, donde nos sentamos a descansar un rato en unas comodísimas butacas. Fueron llegando con cuentagotas los pasajeros del vuelo. La verdad es que esperaba un poco más de glamour. Los tres primeros eran aldeanos portugueses como recién salidos de una película de Paco Martínez Soria. Una señora incluso hizo acto de presencia con una bolsa de cuadros propia para ir al mercado a comprar lechugas.
Hacia la una, hora portuguesa, empezamos a sentir hambre y fuimos a comer un bocadillo a la cafetería. En una de las mesas estaba sentado un señor mayor con una botella de medio litro de Matteus vacía. Junto a él, una silla de ruedas plegada. Al cabo de un rato se levantó y fue al mostrador arrastrando una pierna y un brazo. Volvió con un camarero detrás que le llevaba una bandeja con una botella de medio litro de vino tinto y una copa. No tardó el señor en cepillarse la botella. Llegó una pareja de jóvenes portugueses que se sentaron junto a él en la mesa. Por la conversación descubrimos que el señor era francés y que llevaba una buena cogorza encima. Al cabo de un rato, un empleado del aeropuerto vino a recogerlo para llevarlo a su avión. Lo ayudó a subir a la silla de ruedas pensando que el señor estaba muy impedido, cuando lo que estaba era muy borracho.
Habiendo perdido nuestro entretenimiento principal, nos fuimos a la puerta de embarque a hacer tiempo. Tuvimos que pasar otro control de seguridad. Aleatoriamente cacheaban a los pasajeros y les hacían abrir sus equipajes de mano. Nosotras pasamos sin ser detenidas, pero con los norteamericanos se ensañaron. A una chica la obligaron a beber de las dos botellas de agua que llevaba encima para demostrar que no era nitroglicerina o ácido sulfúrico, supongo. A otros les hicieron encender los ordenadores para demostrar que no se trababa de bombas de relojería.
El número de aldeanos portugueses se fue diluyendo entre los turistas y los hombres de negocios.
En la zona de embarque hacía un frío terrible.
A las 15:50, hora portuguesa, empezamos a embarcar. Patricia y yo hicimos el check-in por internet ayer por la noche, así que pudimos escoger dos asientos junto a una puerta de emergencia. Eso te garantiza que no habrá ninguna fila de asientos justo delante, para estirar las piernas a gusto.
Resumen del vuelo:
16:30 (Portugal), 17:30 (España), 11:30 (Nueva York). Despegamos.
17:00 (Port), 18:00 (Esp), 12:00 (NY). Zzzzzzzzzz.
17:15 (Port), 18:15 (Esp), 12:15 (NY). Reparten un formulario para el control de Aduanas. Es la cuarta vez que relleno los mismos datos desde que decidí hacer este viaje. Sospecho que intentan pillarme en un renuncio.
17:30 (Port), 18:30 (Esp), 12:30 (NY). Aparece una azafata con arroz con pollo y chorizo, ensalada de garbanzos, natillas con sabor a goma y un vaso de Pepsi Cola. El arroz con pollo entra a gusto, no porque esté rico, sino porque está caliente. Desde que despegó el avión, estamos envueltas en unas mantas rojas que nos entregaron. Frío que te cagas.
18:00 (Port), 19:00 (Esp), 13:00 (NY). Reparten auriculares para ver una película.
18:10 (Port), 19:10 (Esp), 13:10 (NY). No es una película. Son noticias en portugués.
19:00 (Port), 20:00 (Esp), 14:00 (NY). Partida de Scrabble en el iPad de Patricia. Me mete una paliza mortal.
19:15 (Port), 20:15 (Esp), 14:15 (NY). Comienza una película de Adam Sandler que no vemos porque odiamos a Adam Sandler.
19:30 (Port), 20:30 (Esp), 14:30 (NY). Zzzzzzzzz.
19:45 (Port), 20:45 (Esp), 14:45 (NY). Que paren esto, que yo me bajo.
20:00 (Port), 21:00 (Esp), 15:00 (NY). Probamos todos y cada uno de los juegos en el iPad de Patricia.
20:30 (Port), 21:30 (Esp), 15:30 (NY). Tengo el culo cuadrado.
21:00 (Port), 22:00 (Esp), 16:00 (NY). ¿Cuánto falta?
21:30 (Port), 22:30 (Esp), 16:30 (NY). El señor del asiento de atrás ronca como un cerdo.
21:45 (Port), 22:45 (Esp), 16:45 (NY). Es la sexta vez que el niño de tres filas más atrás va al baño. ¿Qué rayos hace en el baño?
21:57 (Port), 22:57 (Esp), 16:57 (NY). Se me cierran los ojos. Es hora de dormir. Sin embargo, en el exterior brilla un sol radiante. Patricia ha empezado a mirar para dentro.
22:07 (Port), 23:07 (Esp), 17:07 (NY). La gente está empezando a ponerse nerviosa. Vuelve el niño al baño.
22:09 (Port), 23:09 (Esp), 17:09 (NY). Yo me tomaría una Coca Cola. ¡Ah, no, que es Pepsi, y de botella de litro! Dicen que nos van a servir un refrigerio. A ver si es verdad. Aunque sea una Pepsi de botella de litro.
22:30 (Port), 23:30 (Esp), 17:30 (NY). Sándwich de queso con aceitunas destrozadas y viruta de nuez. Estamos comiendo muy raro hoy, ¿no?
23:40 (Port), 00:40 (Esp), 18:40 (NY). Aterrizamos en el aeropuerto de Newark. Al acercarnos he podido ver en la distancia el Empire State y la Estatua de la Libertad.
Salimos del avión en dirección al control de Aduanas, la parte más temida por mí porque me han contado historias de todos los colores. Nos pusimos en la cola y pudimos ver que los funcionarios eran bastante amables pero muy estrictos. La familia del niño del cuarto de baño fue separada en dos. A la madre y a una hija las dejaron pasar sin problemas. Al padre, al niño del baño y a otra hermana los metieron en una sala. Patricia pasó sin mayor problema. A mí me preguntó el funcionario mi profesión. Al contestarle: “Shipping”, me miró, cerró el pasaporte y gritó: “Escolta”. Vino un señor muy grande y me metió en la misma sala que al niño del baño y familia. A Patricia le indiqué por señas que siguiera adelante, recogiera el equipaje y me esperara. En la sala había muchas sillas en fila y un mostrador muy alto donde estaban varios policías. Sudores fríos. Si me deportan me muero. No pasaron ni cinco minutos cuando uno de ellos dijo mi nombre mal dicho con acento hispano. Me levanté como un resorte y me dirigí hacia él con la mejor de mis sonrisas. Sólo me faltó decir: “A sus órdenes”. Me preguntó cuántos días iba a estar aquí, en qué sitios y si había venido sola. Respondí rápidamente, me miró, tomó un sello, lo estampó en el pasaporte y me despidió. Salí de allí echando viruta, por si se arrepentían. Corrí a buscar a Patricia, que ya estaba con las dos maletas y muy tranquila. Pasamos otro control de equipajes por si llevábamos algo de comida en la maleta. Allí estaba Sofía Loren con una mortadela de ocho kilos discutiendo con los funcionarios de aduanas.
Tomamos un tren hasta Penn Station y desde allí un taxi al hotel, muy cerca de Times Square, en la calle 45. Por el camino se desató mi versión más cateta. Saqué la cabeza por la ventanilla del taxi y no paré de mirar hacia arriba, a los rascacielos. Vi un momento el Empire State, iluminado en azul claro y rosa, y el edificio Chrysler. Emoción, gran emoción.
Llegamos al hotel en un momento. Al abrirse el ascensor, salió una chica en bikini. Aquí puede pasar de todo. En el bar del hotel se estaba celebrando una mini fiesta de negros de esos que salen en las películas, que andan raro, llevan sombrero y zapatillas de deporte enormes.
Nos duchamos y, mientras escribo esta crónica, Patricia ya está más muerta que viva. En España son las cuatro de la madrugada. Aquí las diez de la noche.
Un saludo desde Nueva York.

17 may 2011

Una cateta en Constantinopla (Estambul, día 7)


Tres horas y cuarenta y cinco minutos después de apoyar la cabeza en la almohada y quedar en estado comatoso desperté sin remedio. Me levanté y terminé de hacer el equipaje. Los ojos me picaban como si me estuvieran pinchando con alfileres. Eché champú en el cepillo de dientes en lugar de pasta. Los brazos y las piernas no obedecían a mis órdenes como corresponde.
Bajé a desayunar a las nueve tal y como había quedado con las griegas. De las cinco sólo apareció una. Desayuné con ella, Sara y su marido, una francesa y una nigeriana. La puntualidad no es precisamente una de las virtudes de mis amigas. Fueron apareciendo entre las nueve y media y las diez, por no hablar de la que dio señales de vida a las doce.
Abandonamos las habitaciones y fui con Anna-María a la calle peatonal a buscar uno de los encargos raros que me hacéis cuando voy de viaje. No fui capaz de encontrar los discos de música mística turca en las dos tiendas de discos que me indicaron. Lo siento, Juan.
Nos reunimos en la cafetería del hotel con otras tres griegas y a la una nos fuimos al aeropuerto. Contratamos una mini furgoneta a un precio estupendo. En los respaldos de los asientos llevaba cajitas individuales de baklava, los pastelitos de hojaldre con miel y frutos secos y el conductor nos ofreció también tomar un refresco. El suelo de la furgoneta estaba alfombrado, como si fuera el salón de su casa.
Llegamos al aeropuerto en cuarenta minutos, iniciando el viaje con una bajada terrorífica por una cuesta empedrada empinadísima para habernos matado.
Tuvimos que pasar un control de seguridad justo a la entrada del aeropuerto. He notado estos días medidas de seguridad inusuales para nosotros. A la entrada de un centro comercial nuevo en la calle peatonal hay siempre varios guardias con detectores de metales manuales. Hoy hemos visto bajar por esa calle un camión antidisturbios de la policía con una manguera a presión instalada en el techo.
Olvidé contaros que el otro día, bajando la calle caminando justo al lado de un Mini de la policía, algún gamberro les tiró unas piedras desde un balcón. Botaron en el techo del coche, rebotaron en el suelo y una me dio en la pierna. Menos mal que era el segundo rebote, si no me desgracian la pierna.
Las griegas pudieron facturar tan pronto llegamos. Yo no, así que tuvimos que despedirnos porque querían hacer unas compras dentro antes de embarcar.
Me senté a esperar y a observar pasar a los pasajeros. Circulaban por allí bastantes árabes de los que te miran raro. Un par de individuos envueltos en toallas de color blanco esperaban para facturar el equipaje para el vuelo a la Meca. Los había visto en la tele envueltos en sábanas dando vueltas alrededor del edificio cuadrado que nunca he sido capaz de saber qué contiene dentro, pero envueltos en toallas no. No sé, eso de salir de casa ya vestidos para la peregrinación a la Meca es como si una señora de Manresa va al Rocío y sale desde el aeropuerto de Barcelona vestida de faralaes.
La moda entre los musulmanes que llevan gorrito en la cabeza y barba larga es ponerse los pantalones largos sólo hasta el tobillo. No sé si tendrá algún significado religioso o es que les gusta llevarlos así.
Se sentó a mi lado una chica con aspecto de rusa que se metió entre pecho y espalda una botella de vino pequeña como quien se bebe una Coca Cola.
Por fin, dos horas antes del vuelo apareció en pantalla el número del mostrador de facturación y allí fui a dejar la maleta, que pesó 17,5 kgs. Dos de las griegas se pasaron de peso y no les cobraron. Hubo una larga deliberación en turco antes de dejarlas pasar.
Pasé el control de pasaportes tras una larga cola. Cuando me fui a dar cuenta eran las tres y media y no había comido. Mi estómago lleva desde ayer del revés, así que decidí no comer y esperar a la cena del avión.
Di un paseo por las tiendas. Hay una de Hermés. Que me explique alguien para qué hay una tienda de Hermés de verdad en el aeropuerto de Estambul.
Al llegar a la puerta de embarque tuvimos que pasar un nuevo control de seguridad con escáner. Igual que a la ida, había muchos pasajeros argentinos. Entre las españolas, abundante número de señoras elegantes con bolsos de marca sospechosamente nuevos. ¡Ay, esas pijas del barrio de Salamanca! ¡Cómo me teníais engañada!
Embarcamos a nuestra hora pero no pudimos movernos durante un rato porque el finger se quedó pegado al avión y tuvieron que venir a desconectarnos los mecánicos del aeropuerto. Al final salimos con media hora de retraso.
Tuve la suerte de viajar sola en toda la fila de asientos. Levanté los posabrazos y me pegué una sobada monumental allí tirada, hasta que nos trajeron la cena. No era comida de Iberia, sino comida turca. Rollito de hoja de parra con arroz, ensalada de sémola, pollo con arroz y puré acompañado de una salsa de contenido desconocido, y de postre un pastel con albaricoque dentro. Me gustó. Tras la sobada y la cena me encontré mucho mejor. Llevaba todo el día en un estado lamentable. No he dormido casi nada en los últimos tres días y sueño con ocho horas seguidas en mi camita. Bueno, si son diez mejor.
Pillamos un par de zonas de turbulencias en el viaje. Una pareja de señoras mayores daban grititos de miedo. Una decía: “Dios quiera que no pase nada”, y la otra: “Me estás estrujando la mano”. Luego empezaron a reír nerviosas, casi al borde de las lágrimas cuando vieron que íbamos a sobrevivir.
Tardamos en aterrizar en Madrid por congestión de tráfico. Estuvimos un rato dando vueltas en círculo.
Al salir del avión tuvimos que pasar control de pasaportes y escáner. Me cachearon. Me estaba librando últimamente.
Mientras esperaba el vuelo de Sevilla, se sentaron detrás de mí varias chicas de Cádiz. Conversación por el móvil: “Casi que nos quedamos en Moscú. El taxista se equivocó de aeropuerto y casi perdemos el avión. Además, sólo teníamos el visado hasta hoy”. ¿Cómo puede uno equivocarse de aeropuerto?
El avión salió a su hora. Se me sentaron al lado dos franceses que no pararon en todo el viaje de criticar a España, a los españoles y a las caderas de las españolas.
Tuve que pasar aduana en Sevilla. Gracias a Dios fue sólo escáner. Si llegan a abrir la maleta, voy directa al trullo.
Mi taxista favorito me estaba esperando. A la una y media ya estaba en casa.
Voy a meterme en la cama y probablemente no sepáis de mí en tres o cuatro días.
Próximo viaje cateto pronto, muy pronto, y a un destino alucinante.

16 may 2011

Una cateta en Constantinopla (Estambul, día 6)

Después de dormir cuatro horas me levanté para desayunar con las españolas y salir pitando a Sultanahmet. Me va a quedar por ver el palacio de Domabahçe, pero es que el plan que nos preparó Mercedes era bastante más atractivo. Traía consigo la dirección de una tienda que no es una tienda, es la cueva de Ali Baba. Llegamos allí tras caminar por la calle peatonal, tomar el teleférico subterráneo y el tranvía. Se trataba de una tiendecita muy pequeña, con estanterías en todas las paredes conteniendo bolsos y algún que otro par de zapatos sin mucho atractivo. Cuando el dependiente nos vio entrar preguntó: “¿Españolas?”. Al vernos asentir con la cabeza sacó del bolsillo un mando a distancia como los que se usan para abrir garajes, y fue como si hubiera dicho “Abrete, Sésamo”, porque una de las paredes se abrió dando paso a una habitación oculta, ¿o debería decir al paraíso? El corazón se me puso a cien por hora al ver aquello. Nos hizo pasar, nos sentó en unos sofás y nos trajo unos refrescos. Durante tres horas tuvimos al dependiente, que se hace llamar Pepe, a nuestra entera disposición. Le vaciamos la tienda literalmente, y no siento ningún arrepentimiento.
En una de las paredes había fotos de clientes españoles. Creedme, la mitad de los bolsos de Loewe que salen en el Hola han salido de esta tienda.
Casa Pedro se encuentra a unos pasos de la Cisterna de la Basílica. Puedo facilitar la dirección previo pago de comisión. El propietario de la tienda, el tal Pedro, está casado con una malagueña. No tuvimos el placer de conocerlo personalmente.
Bolsos, cinturones, carteras, bolígrafos, monederos, maletines. Loewe, Louis Vuitton, Montblanc, Prada, Miu Miu, Hermés, Carolina Herrera. Todas las marcas de lujo estaban allí, al alcance de nuestros bolsillos y con una calidad excepcional.
Cuando le preguntamos si tenía relojes, Pepe me mandó levantar del sofá donde estaba sentada y de un doble fondo empezaron a salir aquellos tesoros que compramos sin tino.
De las cinco que íbamos tres tuvieron que marcharse porque volaban por la tarde. Carmen y yo continuamos allí para negociar con Pepe el precio de nuestras compras. Tras un duro regateo por parte de Carmen, que lo lleva en la sangre, obtuvimos un descuento aceptable. Salimos de allí con dos enormes bolsas y fuimos a encontrarnos con Nuvara y dos griegas, Anna-María y Eleftheria para comer. Nuvara nos llevó a un restaurante encantador en los alrededores de Santa Sofía, en una construcción de piedra con un patio central. Nuestra mesa tenía como pie la fuente de mármol situada en el centro del patio.
Llevamos desde el viernes con un tiempo excepcional. Dejó de soplar el viento, brilla el sol y la temperatura es estupenda.
Al salir del restaurante nos despedimos de Nuvara y fuimos a Casa Pedro para que las griegas pudieran hacer sus compras. Carmen se fue a ver la Cisterna de la Basílica mientras tanto.
Cargadas como inmigrantes ilegales fuimos a tomar algo en una terraza junto al hipódromo donde no quedan caballos ni gradas ni hierba. Carmen aprovechó para entrar en la Mezquita Azul. No es que Carmen sea musulmana y sintiera necesidad de ir a mirar para la Meca, es que Carmen no había tenido ocasión de visitarla antes.
Nos han comentado las que ya han estado por aquí en ocasiones anteriores que se nota un mayor número de mujeres con pañuelo en la cabeza.
A las siete y media pusimos rumbo al hotel. Tomamos un taxi. Ninguna nos veíamos con cuerpo para recorrer el trayecto primero en tranvía y luego caminando.
Subí a la habitación y empecé a preparar el equipaje, estibando las compras sin mayor problema. Ventajas de viajar ligera de equipaje a la ida.
Recibí la visita de Sara, una de nuestras miembros valencianas, que ha viajado con su marido. Después de ver mis compras me pidió la dirección de Casa Pedro para ir a primera hora de la mañana a vaciar la tienda. Olvidé cobrarle comisión.
A las ocho y media, sin tiempo para cambiarme, bajé al hall a encontrarme con cuatro griegas y una abogada inglesa que es miembro de WISTA Spain porque está temporalmente viviendo en Madrid. Fuimos a cenar a la calle peatonal, a un restaurante llamado 360, situado en el octavo piso de un edificio. La vista era espectacular. El único edificio alto de la zona es el hotel Mármara, así que divisábamos desde allí todo Estambul. Mi estómago ya ha dicho basta, así que fui incapaz de comer nada. A la vuelta, aún siendo domingo por la noche, la calle estaba animadísima.
Eleftheria, Anna-María y yo subimos a la habitación de Angie, una griega que ya lleva tres maridos y un anillo tremendo de lapislázuli. En la delegación griega tenemos otra que va por el cuarto. Por el cuarto marido, no por el cuarto anillo.
Estuvimos charlando hasta las tres de la mañana, momento en el que tuvimos que dar por finalizado el encuentro porque los párpados ya no me respondían convenientemente y corría riesgo de quedarme dormida en una de aquellas cómodas camas.

15 may 2011

Una cateta en Constantinopla (Estambul, día 5)

Desperté un poco antes de las siete y bajé a desayunar. Tienen un recipiente de cristal con unos diez kilos de crema de chocolate que hizo perder la cabeza a más de una, sobre todo a mí, que llevaba desde mi llegada a Turquía sin probarlo. Nos sentamos juntas todas las españolas para mantener una mini reunión de trabajo sobre WISTA Spain y nuestra próxima reunión local.
Por si a alguien le interesa conocer el final de la historia del marino turco que desertó ayer, el hombre volvió arrepentido al barco sobre las dos de la madrugada. “Búscate una buena chica musulmana y déjate de cristianas pelanduscas”, debió de pensar.
A las diez bajamos a una de las salas del hotel y estuvimos toda la mañana recibiendo conferencias. El penúltimo ponente fue un poco soporífero porque hablaba inglés con un tono monocorde. En último lugar habló la organizadora de la conferencia internacional de WISTA, que se celebrará el Estocolmo el próximo septiembre. Estas suecas son el colmo. Ya lo tienen todo listo para Estocolmo.
A la una nos sirvieron la comida en el restaurante del hotel. Un paquete de pasta conteniendo muchas verduras con tomate y de segundo, pollo con salsa de no sabría decir qué sabor. Lo siento, pero la cocina no es lo mío.
A las dos menos cuarto nos subieron a dos autobuses y nos llevaron a visitar Santa Sofía, que para mí toda la vida ha sido Santa Sofía de Constantinopla. 1400 años tiene el templo. Es simplemente grandioso.
En una de las naves laterales coincidí con varios niños procedentes o con destino a su ceremonia de circuncisión.
Se produjo un grave conflicto diplomático entre la delegación griega y la guía de viaje que nos explicaba la historia del templo. Faltó poco para que la lincharan por su forma de contar la historia o, mejor dicho, de obviar parte de la historia. En ese momento nos dimos cuenta que no estaba con nosotras ninguna miembro de WISTA Turquía. Se habían separado de nosotras probablemente sabiendo lo que podía suceder. Las volvimos a encontrar en el autobús, a la salida. Entonces se mantenía una acalorada discusión entre las griegas. Una de mis amigas me dijo: “Tienes suerte de no saber griego porque estás evitando escuchar algo muy desagradable.”
Los turcos y los griegos se llevan a matar desde hace mucho tiempo. En WISTA, la relación entre la delegación turca y la griega ha sido desde el primer momento ejemplar.
Nos subieron a los autobuses y nos llevaron a una enorme tienda de alfombras, donde nos explicaron cómo se fabrican. Unos cinco dependientes abrían las alfombras y las hacían girar con una habilidad increíble.
He descubierto porqué la abogada iraní ha venido con su hijo de cinco años. Es su carabina. La pobre mujer no puede viajar sola. ¿Piensan los defensores de la moral que un crío de cinco años tiene más sentido común que una abogada hecha y derecha?
A continuación nos separamos en pequeños grupos y entramos en el Gran Bazar. La visita duró hora y media, con gran éxito para la delegación española, que salió con varios bolsos y chaquetas de cuero.
Hace unos días hubo una redada y la policía salió de allí con unas veinte mil piezas de objetos falsificados, por lo cual no hemos podido disfrutar del bazar en todo su esplendor. Aún así, no ha estado nada mal.
Llegamos al hotel a las siete y media. Las presidentas y las miembros del comité ejecutivo de WISTA presentes en Estambul tuvimos una mini reunión que terminó a las ocho y diez, dándonos el tiempo justo para subir a la habitación, cambiarnos de ropa y bajar corriendo para tomar el autobús de nuevo a las ocho y media.
Fuimos al barrio de Akaretler, donde no hay rastro de los señores con bigote y las señoras con pañuelo. Es la zona de clase alta, tranquila, con edificios señoriales y restaurantes de lujo. Nos llevaron a cenar a Al Jamal, un enorme restaurante libanés decorado como si se tratara de una tienda nómada. Nos sentamos en cuatro mesas alargadas de veinticuatro comensales cada una. Se nos unieron muchas miembros de WISTA Turquía. Nos llenaron la mesa de pequeños recipientes con distintas comidas. En uno de color verde había hierba con sabor a menta y limón. En otro un yogur agrio delicioso. En otros, mezclas de diferentes verduras y salsas. Toda la comida estuvimos acompañadas por música turca. Salieron a bailar al escenario varias bailarinas de danza del vientre. Después apareció la estrella de la noche, un individuo vestido con una capa dorada con mucho vuelo que movía al ritmo de la música. Llevaba el pelo muy corto y los ojos pintados con rabillo. Cuando apareció la primera vez no supimos exactamente qué opinar. Una vez se quitó la capa y empezó a bailar la danza del vientre, nos quedó claro que se trataba de la versión árabe de una drag queen. Tras terminar su actuación, las turcas se desmelenaron completamente y empezaron a bailar de pie, entre las mesas. El resto de las presentes siguieron su ejemplo. Hubo una segunda actuación de bailarinas de danza del vientre y apareció nuestra estrella nuevamente vestido de folklórica, con bata de cola pero a pecho descubierto. Cuando se quitó la bata, apareció una bailarina de dentro. Sí señor, de dentro de la bata de cola.
Continuó el baile entre las mesas y sobre las mesas. Estas turcas deben de salir poco.
Las bailarinas de danza del vientre se acercaron a bailar entre el público. Luego se aproximó nuestra drag queen, desatando pasiones entre las asistentes. Servidora no pudo evitar la tentación de poner un dedo en el ombligo del individuo mientras contorsionaba el vientre hacia dentro.
Trajeron el segundo plato, consistente en carne de pollo y ternera con muchas especias. El postre llegó cuando ya nadie prestaba atención a la comida y la situación estaba completamente desmadrada. Era un bizcocho de chocolate, con crema de chocolate y pistachos que quitaba el aliento.
A la una y media volvimos a subir al autobús y nos quedamos unas cuantas tomando algo en la cafetería del hotel.
Son las tres de la madrugada. Esto me va a costar la vida.

14 may 2011

Una cateta en Constantinopla (Estambul, día 4)

Aunque la luz me despertó exactamente a las seis y media en punto, me quedé en la cama hasta las ocho y media. A las nueve y cuarto vino a buscarnos un compañero de Nuvara y nos llevó al hotel donde se va a celebrar WISTA Med, en la plaza Taksim. Tardamos casi una hora en llegar, aunque no debe de haber más de cinco kilómetros. Estambul tiene diecisiete millones de habitantes, diecisiete, uno detrás de otro. El tráfico es infernal y hay gente por todos lados a todas horas. Para cruzar de la zona asiática a la europea puedes hacerlo en ferry o a través del puente sobre el Bósforo, el que se ilumina de colores por la noche. Nosotros lo hicimos por el puente. Desayunamos en el coche una rosquilla con sésamo por encima y un trozo de queso.
Al llegar al hotel aparcamos en zona prohibida y encima dimos marcha atrás en sentido contrario, maniobra que he visto hacer estos días con demasiada frecuencia. Conducen como locos.
Me registré y subí a dejar el equipaje. He hecho circular la noticia de que ha vuelto el lema “La arruga es bella” porque mis camisas están llenas de ellas. No he traído plancha ni tengo ganas de pedir una prestada, así que eso es lo que hay.
Hacia las once salí del hotel con un grupo de cuatro griegas y fuimos a reunirnos con otras dos que ya estaban en Sultanahmet desde primera hora porque tuvieron dos dedos de frente y madrugaron para aprovechar el día. Las convencí para ir andando y en tranvía para evitar el tráfico en taxi. Al llegar al lugar de encuentro decidimos entrar en la Mezquita Azul pero no nos fue posible porque ya estaba el señor éste que da alaridos por megafonía llamando a la oración y nos cerraron las puertas a los turistas. Como era viernes, aquello estaba a rebosar de señores con bigote y señoras con pañuelo en la cabeza.
Decidimos dar una vuelta por los alrededores y volver a partir de las dos de la tarde.
A la una y media se nos unió una turca para llevarnos al Gran Bazar de compras. Nos llevó primero a comer köfte, que sería algo así como albóndigas aplastadas. Estaban deliciosas. El lugar donde las comimos es muy conocido aquí. Tienen muchas fotos de gente famosa por las paredes. Famosos para ellos, porque yo no conocía a ninguno.
Justo antes de comer hubo un momento de tensión entre las griegas porque no se ponían de acuerdo en qué hacer ni en qué orden, así que al final decidimos dividirnos. Yo me fui con dos a ver la Mezquita Azul y el Bazar de las Especias. Había cola para entrar en la mezquita porque a la entrada la gente se quita los zapatos y se ralentiza mucho el paso. Hoy olía a pié allí dentro. Nos sacamos unas cuantas fotos y salimos de allí a respirar aire puro.
Bajamos andando hasta el bazar, parando en todas y cada una de las tiendas de souvenirs por el camino. Los dueños de las tiendas te preguntan si quieres beber algo. En una de ellas nos sacaron una caja de delicias turcas y nos fue imposible decir que no. La que cogí yo sabía a fresa. No estaba mal. Lo que más se vende son los ojos de la suerte y los vasitos que utilizan para tomar el té, que tienen forma de pera.
Al llegar al bazar, Evgenia, una de las griegas se quedó fuera porque no soporta estar en lugares cerrados con mucha gente alrededor. Eleftheria y yo entramos a comprar té, jamón de ternera y especias que les habían encargado. Salimos rápido y echamos a andar hacia el hotel poco a poco. Subimos la colina en el teleférico subterráneo porque no estábamos para escaladas, llegando a la calle peatonal de tiendas, que es larga como un día sin pan. Nos planteamos recorrerla subidas en el tranvía antiguo pero tuvimos que desistir porque parecía el camarote de los hermanos Marx y aquello le iba a costar la vida a Evgenia.
Durante el recorrido, tuvimos que entrar en New Balance a comprarle a Eleftheria un par de zapatillas de deporte porque tuvo la brillante idea de salir a la calle con unas bailarinas. Salió de la tienda con los zapatos nuevos puestos y dijo que parecía que estaba volando.
Llegamos al hotel a las cinco. En la cafetería estaban unas cuantas miembros de WISTA Turquía y algunas de las extranjeras. Varios periodistas locales les estaban haciendo una entrevista.
Subí a la habitación al cabo de un rato para ducharme y cambiarme de ropa. A las seis estábamos citadas para un cocktail en la primera planta. No he contado el número de asistentes, pero debemos de ser unas 70 más o menos. Hay una abogada de Irán que ha venido con su hijo de cinco años. Hoy se han dedicado a probar el transporte público porque era lo que le hacía ilusión al chaval. ¿No hay autobuses en Irán? Lo del tranvía lo entiendo, pero es que el crío insistía mucho en montar en autobús. No pude preguntarle el motivo porque sólo sabe decir “hello” y “ok”.
A las siete nos empaquetaron en dos autobuses y nos llevaron al muelle de Kabatas para embarcar en un crucero nocturno por el Bósforo. Dos de las españolas llegaron directamente del aeropuerto al barco y se tuvieron que cambiar de ropa en los baños. Hemos venido diez. Como nos vemos tan poco, decidimos cenar todas juntas. Una chica de Barcelona venía por primera vez y alucinó en colores porque vio de primera mano lo que significa WISTA. Es corresponsal de un P&I, que es como el seguro de los coches pero para barcos. Durante la cena entró un mensaje en su Blackberry. Aquí todo el mundo tiene la Blackberry en la mano todo el tiempo. Un tripulante de un barco turco había desertado en Tarragona por amor (¡Qué bonito!) Se dio la circunstancia de que en ese momento estábamos en el crucero la armadora del barco, la consignataria y el seguro.
El crucero fue una pasada. Comimos pescado, por fin. Eran unos bichos enormes que se salían del plato.
A las once desembarcamos y volvimos al hotel. Unas cuantas nos sentamos en la cafetería hasta las dos de la mañana.
Muerta, estoy muerta.

12 may 2011

Una cateta en Constantinopla (Estambul, día 3)



Tal y como me temía, la luz me despertó a las seis y media y ya no pude dormir mucho más. A las ocho y media me levanté. Nuvara y Cagri ya se habían ido a trabajar, así que tuve la casa para mí sola. ¡Qué vista tienen! Me senté a disfrutarla un rato. A la derecha del ventanal hay un almendro en flor. Vi pasar los barcos subiendo hacia el Mar Negro o bajando hacia el Mármara, y unas sospechosas nubes amenazando descargar en cualquier momento.
Después de desayunar salí en dirección a la zona europea. Tomé un autobús y luego un barco. Aquí se paga el autobús igual que en Grecia, con un billete comprado previamente en un quiosco o con un bono de transporte. No me pasó lo mismo que en Atenas porque Cagri me prestó su bono para moverme hoy por Estambul.
En el barco se sentó junto a mí una rubia gorda que sacó del bolsillo el móvil y se puso a hablar a voz en grito. Los ciento y pico pasajeros íbamos en silencio o hablando muy bajito. Sólo se oía a la gorda. La gente se asomaba para mirar quién era aquella loca. De paso aprovechaban para mirar a la guiri que iba sentada al lado de la loca. La palabra “guiri” no la han inventado los modernillos españoles, es una palabra turca que significa eso: guiri.
A mitad de trayecto se levantó y me dijo algo en turco. Le contesté: “Española”, así que se volvió al señor que tenía al otro lado y le confió un macuto negro que llevaba, desapareciendo a continuación. El macuto quedó sentado entre el señor y yo. De la gorda, ni rastro. ¿Sería una bomba? Porque la gorda no aparecía y ya estábamos atracando en Eminonu. Por fin dio señales de vida la gorda y se llevó su macuto cuando ya estábamos desembarcando. No tengo noticias de que haya explotado ninguna gorda en Estambul.
El Bósforo estaba bastante revuelto hoy. Soplaba mucho viento y la corriente era muy fuerte. Si te caes al agua te puedes ir despidiendo porque acabas apareciendo en Bandirma. Se notaba que los barcos que subían hacia el Mar Negro lo hacían con gran esfuerzo contra corriente.
Tomé el tranvía hasta el palacio de Topkapi y entré a visitarlo. En lugar de ser un solo edificio, son una serie de pabellones. Son reminiscencias de cuando los otomanos eran nómadas porque recuerda a un campamento lleno de diferentes tiendas. En un pabellón guardaban los turbantes del sultán, en otro los libros, en otro circuncidaban a los chavales, en otro recibían a las visitas, etc, etc. Hablando de circuncisiones, ayer nos cruzamos con un crío vestido de blanco con encajes. Me dijo Nuvara que era el traje ceremonial que se ponen para las circuncisiones. “No sé si viene o va de la ceremonia”, me dijo. Observando la forma extraña de andar del sujeto supe que venía.
En todos los monumentos hay cientos de escolares armando ruido y estorbando. Te saludan diciendo: “Hello”. Al principio los saludaba yo también. Al décimo “Hello” decidí empezar a ignorarlos completamente.
Al entrar en los jardines me encontré con un grupo de cinco judíos ortodoxos que salían de visitar el palacio. Llevaban tres guardaespaldas.
Había muchos turistas de países islámicos. En Topkapi se guardan unas cuantas reliquias del Islam, por lo que se ha convertido en lugar de peregrinación para los musulmanes. Las trajeron cuando invadieron Arabia y Egipto. Hay un monje continuamente cantando textos del Corán en el pabellón donde las tienen expuestas.
Comí un sándwich en la cafetería del palacio porque aún me quedaba por ver el harén, que me dijo mi amiga Marisol que era la mejor parte del palacio, y tenía razón. Hacía un frío siberiano en aquella zona. Por eso había unas chimeneas enormes en las estancias. Casi todas las paredes están decoradas con azulejos en tonos de azul, procedentes de Iznik.
Una vez finalizada la visita, bajé andando hasta Eminonu, crucé el puente Gálata y cogí el funicular subterráneo hasta la calle peatonal donde estuvimos ayer. Estuve ojeando las tiendas pero no vi nada interesante. Es como la calle principal de cualquier ciudad, con Berska, Gap, Body Shop y MacDonalds. No ví Zara por ningún lado pero en algún lado tiene que estar. Llegué hasta la plaza Taksim y me acerqué a ver el monumento a Atatürk. Este señor, que en realidad se llamaba Mustafá Kemal, es el padre de la patria. Si entras en un barco turco, en un edificio oficial turco o en un cuarto de baño turco, te encontrarás una foto de Atatürk. Lo del cuarto de baño es una exageración. Que no me venga nadie diciendo que estuvo en Turquía y no vio ningún retrato de Atatürk en el cuarto de baño.
Harta de caminar, me senté en una cafetería hasta que recibí un mensaje informándome que el grupo de WISTA Grecia ya estaba en Estambul. Mañana comienza la 3ª reunión Anual de WISTA Mediterráneo. La primera se celebró en la Toscana y la segunda el año pasado en Madrid. La del año pasado no os la conté porque qué os iba a contar de Madrid. Además, bastante tenía ya con ser parte de la organización como para encima encontrar tiempo para contarlo.
Fui al hotel donde nos vamos a hospedar todas, a diez pasos de la plaza, y me encontré con parte de la delegación turca, las griegas, dos holandesas y una nigeriana. Hay tres españolas ya en Estambul. Nos saludamos pero luego se fueron por su cuenta porque habían quedado para cenar con clientes turcos. Las holandesas y la nigeriana lógicamente no pertenecen a países mediterráneos pero es que las turcas extendieron la invitación a todo el mundo y éstas se han apuntado. También ha venido una sueca para contarnos cómo van los preparativos para la conferencia anual que se celebrará en Estocolmo en septiembre.
Las holandesas me han traído de regalo una alfombrilla para el ratón del ordenador que imita la cerámica de Delft. Dicen que no pudieron resistir la tentación cuando la vieron en el aeropuerto, sabiendo que soy una frikie de los ordenadores.
Tengo una enorme preocupación desde que llegué a Turquía. Cada vez que tengo que ir al baño paso un momento de angustia. Los retretes de aquí son máquinas infernales. Tienen un pitorrito sospechoso, muy sospechoso. ¿En qué momento va a salir disparado un chorro de agua de ese pitorrito? ¿Cómo se acciona? ¿Me dará en la cara cuando tire de la cisterna? Llevo haciéndome esas preguntas desde el martes. Al ir a saludar a las griegas, subí a las habitaciones del hotel y estuvimos jugando con los mandos del retrete para aprender a usar el artefacto. Ya me he quedado más tranquila.
Fuimos a cenar dos turcas, seis griegas y yo. Sigo comiendo cosas que no puedo describir. En los restaurantes viene el camarero a la mesa con una bandeja repleta de recipientes pequeños y escoges lo que quieres comer. Luego pides el plato principal. En la foto se ven algunas de esas cosas.
A las once y media Nuvara y yo nos fuimos para casa. Llovía.
Mañana nos trasladamos al hotel porque es mucho más cómodo y estamos con todas las demás.

Una cateta en Constantinopla (Estambul, día 2)

A las ocho de la mañana tuvo que venir Nuvara a despertarme porque estaba durmiendo a pata suelta. He de decir que a las seis y media me despertaron unos niños que salían para el colegio. Las seis y media. Pobrecitos. Luego caí en coma hasta que fui despertada sin piedad.
En este pueblo no hay persianas, así que me temo que será el último día que no despierte al amanecer.
Nuvara se tomó el día libre para enseñarme Estambul. Es hija de yugoslavos musulmanes que vinieron a vivir a Turquía cuando empezaron a olerse que iba a haber una limpieza étnica en los Balcanes. No le cabe más amabilidad en el cuerpo. Hasta me ha dado un móvil para tenerme localizada mañana en caso de emergencia.
Salimos a las nueve y cuarto de casa y fuimos andando al Palacio Beylerbeyi, al borde del río en la zona asiática. Fue construido como palacio de verano para el sultán en el siglo XIX. Hacía un frío siberiano allí dentro. En el exterior soplaba el viento y había oleaje. El interior del palacio estaba lleno de salones para recibir a las visitas con gigantescas lámparas de cristal colgando del techo. Tuvimos que recorrerlo con fundas de plástico en los zapatos para no estropear las alfombras. El guía no hablaba inglés, así que me tuve que enterar de todo a través de un guía francés que acompañaba a los pasajeros del crucero MSC Magnifica. Por cierto, enorme el barco. Como un edificio de quince plantas en movimiento.
Desayunamos en el restaurante del palacio al llegar. Le dije a Nuvara que escogiera ella el menú. Error, craso error. Como no me entero de lo que habla con los camareros me encontré con lo que aparece en la foto. Aceitunas negras para desayunar. ¡Por Dios! Pepino. ¡Por Dios! ¿Y eso verde alargado qué es, por Dios?
Salimos de allí y tomamos un autobús hacia Uskudar para cruzar en barco a la zona europea. El autobús iba lleno de señoras con pañuelo en la cabeza y señores con bigote. El viaje en barco duró unos quince minutos hasta Eminonu. Allí entramos en la estación de Sirkeci, a donde llegaba el Orient Express. Aún conserva el aire de la época. En la acera situada enfrente de la entrada principal había grupos de hombres vestidos de negro sin actividad aparente. Nuvara no supo explicarme qué hacían allí.
Tomamos el tranvía hasta Sultanahmet y entramos a ver la Cisterna de la Basílica. Imaginad la mezquita de Córdoba construida en un subterráneo y con un palmo de agua en el suelo. Eso es la Cisterna, un depósito de agua subterráneo construido por Justiniano en el siglo VI cuya bóveda está sostenida por 336 columnas. Se supone que disfrutas del paseo con música clásica de fondo, pero había tal cantidad de escolares allí abajo que era imposible oír nada. En el palmo de agua viven peces. Si los del estanque del Retiro son grandes, estos eran monstruosos, gordos como vacas y con los ojos saltones y bigote.
Fuimos caminando hasta la Mezquita de Sultan Ahmet o Mezquita Azul. Azul por la cantidad de azulejos de ese color que hay en el interior. Nos tuvimos que quitar los zapatos y ponernos un pañuelo en la cabeza. Esta cateta parecía una aldeana correteando por aquella alfombra en calcetines. Adjunto foto para vuestro disfrute. Nos sentamos un rato a observar cómo los hombres rezaban mirando a la Meca. Las mujeres rezan también, pero tienen que quedarse por los rincones. Era la primera vez que entraba en una mezquita, así que aluciné en colores.
El muecín se encarga de llamar al rezo cinco veces al día. Ya no es como antes, que el tío se subía a uno de los minaretes y daba alaridos desde allí. Ahora tienen altavoces, que es mejor para despertarte a las cinco de la madrugada.
En los costados de la mezquita tienen unos grifos y unos banquitos de mármol donde los hombres se sientan a lavarse los pies antes de rezar. También se pasan las manos mojadas por detrás de las orejas. Ninguno llevaba toalla, así que hacían juegos malabares para secarse los pies y las manos con las perneras de los pantalones o con los mismos calcetines.
Comimos por allí cerca en un sitio famoso por sus bolas de carne. ¡Qué rico, qué rico, qué rico!
Una vez repuestas fuerzas fuimos al Gran Bazar. Previamente Nuvara movilizó a todos sus conocidos para averiguar dónde podía yo comprar relojes y bolsos de calidad. Con las direcciones bien anotadas nos adentramos en el paraíso. Un laberinto de tiendas bajo un techo abovedado que funciona desde el siglo XV. ¿Creen los americanos de verdad que ellos inventaron los centros comerciales? Los comerciantes inmediatamente saben de qué país eres y te hablan en tu idioma. Tengo cara de española. Hoy me ha quedado claro. Triunfo absoluto y rotundo. Mi regateadora personal mantuvo duras negociaciones con los tenderos para conseguirme descuentos de hasta el 70% en todo lo que compré. Lástima lo de la tienda de bolsos. Tanto el cuero como los precios eran de nivel superior. El sábado vamos a volver con todas las miembros de WISTA que llegan a partir de mañana. Si conseguimos que arrasen en la tienda es probable que consiga el bolso que quiero a un precio razonable. Tienen valor estas turcas. Van a perder a la mitad de la excursión allí dentro.
Cuando conseguimos salir del bazar, muy a mi pesar, entramos en el otro bazar, el de las especias. Te entran los olores por la nariz y los colores por los ojos. Tenían viagra turca, que a mí me parecieron higos secos con nueces dentro, pero bueno.
Nuvara me demostró nuevamente sus dotes, consiguiéndome un precioso caftán por un precio estupendo.
Nuvara, mis bolsas de compras y yo atravesamos el cuerno de oro por el puente Gálata a pie y a continuación subimos en el funicular subterráneo hasta Karaköi. Recorrimos la calle peatonal Istiklal, abarrotada de gente que subía, bajaba, entraba y salía de las tiendas. Llegamos a la plaza Taksim, donde a mi padre le robaron la cartera, y buscamos un sitio donde cenar. Más carne. Adjunto foto. Esta vez escogí yo personalmente lo que quería comer.
Muertas después de doce horas sin parar, cogimos un curioso transporte para volver a casa. Hay unas furgonetas amarillas de nueve plazas por toda la plaza Taksim. Subes y cuando se llena de gente se cierra la puerta corredera automática y sale el chófer disparado hacia su destino. El nuestro era justo al final del puente sobre el Bósforo. Unos cien metros antes de llegar, en pleno puente, a más de cien por hora, el conductor accionó la puerta corredera automática y allí llegamos jugándonos la vida porque ninguno de nosotros llevaba puesto el cinturón de seguridad.
Sanas y salvas llegamos a casa para ver el final del partido de la final de la Copa de Turquía, que ganó el Besiktas, para regocijo de Nuvara. En el camino a casa pasamos por el estadio del equipo. En los alrededores había una pantalla gigante donde cientos de aficionados veían el partido, que se jugaba en algún lugar de Anatolia.
Ahora estoy sentada en el sofá con el ventanal delante mirando cómo el puente sobre el Bósforo cambia de color cada cinco minutos. Está iluminado y ahora es rosa y antes era verde y dentro de un momento creo que va a ser morado.
Estoy molida. La vida del turista es muy dura.

10 may 2011

Una cateta en Constantinopla (Estambul, día 1)

Me gustaría haber comenzado esta crónica contando que llegué a Constantinopla tras interminables meses de travesía formando parte de una caravana de comerciantes procedentes de todas partes y de ninguna, viajando en carromatos tirados por caballos, mulas y bueyes; que estoy intentando cambiar mi caballo por un camello para adentrarme en la misteriosa y peligrosa Asia en busca de aventuras. Pues no, he llegado a Estambul en un avión de Iberia procedente de Madrid y me acabo a adentrar en la misteriosa Asia a bordo de un Renault Megane conducido por mi amiga Nuvara.
Sonó el despertador a las tres de la mañana, fastidiándome la película de misterio que estaba soñando. Justo entonces el asesino, un compañero de colegio de mi hermano, acababa de reconocer la cara del testigo del crimen y se disponía a perseguirlo para cepillárselo.
Mi taxista favorito me recogió a las 03:58 hrs y llegamos al aeropuerto a las 04:56 hrs, habiendo encontrado por el camino solamente un camión. Me sorprende que estuvieran puestas las carreteras a esas horas. Como mi taxista favorito sabe perfectamente dónde están los radares fijos y no había moros en la costa (léase picoletos o Guardias Civiles motorizados), sobrepasamos el límite de velocidad y nos desplazamos a la friolera de 120 kilómetros por hora.
Facturé la maleta. 10.5 kgs. Aceptable, considerando que dentro va una botella de Jerez que no vuelve conmigo. Puedo comprar 12.5 kgs. ¡Gran Bazar, allá voy!
Nos sentamos a desayunar, aunque tuvimos que esperar un rato porque la cafetería no estaba todavía abierta. Bebí un batido color Pantera Rosa y comí una magdalena de 500 gramos. No exagero. Tenía por encima crema blanca y crema de chocolate. Grandioso.
El avión salió a su hora. Varios iPads entre el pasaje. Pronto, pronto.
Iba un negrito de unos ocho años (¿o tengo que decir afroamericano?) que viajaba solo, con cara de esto-ya-me-ha-pasado-antes-y-no-me-hace-ni-pizca-de-gracia, pertrechado con una PS3 de la que no se despegó en todo el vuelo. Bueno, creo. No podría asegurarlo porque yo me dediqué a mirar para dentro un rato.
Aterrizamos en Madrid a las ocho. El sobrecargo nos despidió con un: “Esperamos haberles ofrecido un viaje sobrado”. ¿Sobrado?
Hice un recorrido por las tiendas de la T4. Aldeasa está de rebajas. Mala señal.
Me senté a ver un episodio de Anatomía de Grey en el ordenador. Cuando terminé ya estaba anunciado mi vuelo en las pantallas. Tuve que trasladarme a la T4 Satélite en un tren subterráneo. Pasé otro control de pasaportes, así que supongo que utilizan ese área para vuelos extracomunitarios.
En la zona de espera había un curioso personaje, un religioso de larga barba blanca y turbante, dormido o meditando. No deben de tener votos de pobreza en esa religión porque viajó en primera.
La primera hora del vuelo transcurrió en silencio absoluto. Muchos argentinos, norteamericanos y valencianos a bordo. Todos muertos durmiendo a pata suelta, servidora incluida. Cuando nos trajeron la comida comenzó el barullo. Yo estaba ya que me comía los asientos. Ni rastro de la magdalena de medio kilo. Ensalada (tres trozos de hierba con una aceituna) y macarrones con tomate y queso. Encontré un trocito de champiñón al final. Estaban ricos, como si nos los estuviéramos comiendo en Italia, donde realmente nos los estábamos comiendo, porque volábamos sobre Cerdeña en aquel preciso instante. Mi madre les echa chorizo asturiano para darles más sabor y están que te cagas. Lástima que vayamos camino del Islam. En la bandeja nos pusieron un letrerito que decía: “Esta comida no contiene cerdo”.
Aterrizamos en Estambul a las 16:20 hrs, una hora más que en España. Y empezaron las colas. Una cola para sacar el visado, que es una tomadura de pelo. Hay unas ventanillas donde sueltas quince euros, te ponen una pegatina en el pasaporte y ni te miran la cara. Claramente, estás pagando la entrada al parque de atracciones. Otra cola para el control de pasaportes. Tres cuartos de lo mismo. Comprueban que has pagado la pegatina y para dentro. A esas alturas las maletas ya deben de llevar diez vueltas en la cinta de equipajes. Efectivamente, la mía se veía a lo lejos paseándose. La recogí y salí por fin de allí.
Me estaba esperando Nuvara, presidenta de WISTA Turquía. Fuimos a dar una vuelta antes de sentarnos a cenar. Vi por fuera la Mezquita Azul y Santa Sofía. Paseamos por el hipódromo, donde no hay caballos ni césped ni gradas ni nada porque eso fue en otra época y ya no queda nada. Me llevó a cenar a un restaurante con vistas al Bósforo, donde había fondeados no menos de cien barcos, esperando para subir al Mar Negro o para tomar combustible. Impresionante, verdaderamente impresionante.
Me es difícil explicar lo que comí. Todo nuevo y delicioso. Había unas bolitas de carne de ternera y cordero con pistacho que quitaban el aliento. También hojas de parra con arroz y especias dentro. Mini pizzas con ingredientes de colores. Puré de berenjena. Y de postre baklava, hojaldres con pistacho y miel.
Después de tan deliciosos manjares fuimos a su casa, en la zona asiática, donde me voy a quedar unos días. Estambul se encuentra en Europa y en Asia, dividida por el Bósforo. Nuvara y su marido viven en un pequeño edificio de dos plantas en una zona Enormes ventanales con vistas al río y decoración moderna y funcional. Me encanta.
Es la primera vez en mi vida que piso Asia. Asia me sonaba a mongoles cabalgado por la estepa. Esta Asia de aquí tiene calles con farolas y tiendas con escaparates. Estoy un poco decepcionada, la verdad.
Después de pequeñas dificultades técnicas, Cagri, el marido de Nuvara, consiguió conectarme el ordenador a internet. Y ahí fue cuando empecé a alucinar. El periódico El Mundo está censurado (Se han tomado medidas administrativas contra esta página de acuerdo con la ley 5651). ¿Se ha metido Pedro J. con Erdogan? Cuando intenté acceder a mi perfil de Facebook, no pude por motivos de seguridad. Me hicieron unas diez preguntas para comprobar que yo era la propietaria real de mi perfil. Escalofríos tengo en este momento.
En breve voy a acostarme porque llevo desde las tres de la mañana dando bandazos por el mundo y ya son casi las doce de la noche, hora local. Me pican los ojos.
La tarde estuvo despejada pero fresca. Cuando se puso el sol empezó a hacer frío. Según el termómetro del coche, 11ºC. Chicas, no metáis sandalias en el equipaje. Y traed un pañuelo para la cabeza si pensáis entrar en las mezquitas.