11 mar 2012

Una cateta en la quinta puñeta (Singapur, día 6)


Ocho y cuarto de la mañana. Suena el despertador. Dormí como un tronco, como si fuera de Singapur de toda la vida.

Desayuné con Nuvara, Karin, Elisa y Swanhilde. Nos despedimos de Swanhilde, que viajaba a Filipinas a las dos de la tarde para seguir su ruta por Asia. Swanhilde es una holandesa simpatiquísima que pertenece a WISTA Holanda y ha coincidido aquí con nosotras por motivos laborales.

Todos los días me dejan el periódico local en la puerta de la habitación. Sólo me da tiempo de echarle un vistazo rápido antes de salir. En el de ayer aparecía en la portada la foto de una maestra jubilada en el balcón de su casa en un altísimo edificio. El titular decía algo así: “Están construyendo un rascacielos frente a mi casa y me va a quitar la vista pero no me molesta.” Claramente propaganda del estado. Otro: “Estamos ayudando a los pobres pero ellos tienen que colaborar con sus propios recursos.” Y así sigue todo el periódico.

A las diez nos fuimos a hacer turismo. Cogimos un taxi entre las cuatro y fuimos a Kampong Glam, el barrio árabe. Lo recorrimos en un pispás. Está compuesto por calles estrechas con casas de una planta pintadas de colores y con las ventanas decoradas con motivos árabes. Visitamos la mezquita del Sultán. Tuvimos que quitarnos los zapatos en la puerta. Los dejamos sin vigilancia en una estantería porque parecía una zona segura. La mezquita es mucho más aparente por fuera que por dentro. Es del siglo XX.

Encontramos poca gente por la calle, la mayoría hombres. Desde un bar sin alcohol nos miraron pasar con curiosidad.

Desde allí fuimos caminando hasta Little India. Eso sí que fue un shock. Fue como entrar en la India de verdad, con los olores, los colores, la suciedad. No es que estuviera asqueroso, es que pasar de la más absoluta pulcritud de la zona moderna a aquello fue un cambio impresionante. Hacía un calor terrible. Con aquello doy la India por vista.

Por las calles había mucha gente, lo mismo que en las pequeñas tiendas. En una joyería había decenas de indios comprando oro como si lo regalaran.

Pasamos junto a dos ancianos sentados a la sombra. Atención a la posturita del que está a la derecha. Un anciano de los nuestros se descoyunta si intenta hacer eso.

Fuimos a visitar un templo hindú que se llama Sri Veeramakaliamman. Los muros exteriores estaban decorados con estatuas de vacas. Allí también hay que quitarse los zapatos. Tuvimos que entrar en dos turnos porque esta vez no nos atrevimos a dejarlos solos. Esa gente hace tiempo que no le echa el ojo a  unos buenos zapatos de cuero españoles. No paraban de entrar indios que se acercaban al altar principal a hacer gestos de respeto a una deidad de la que sólo se veía un trozo de cabeza porque le habían puesto por el cuello más collares de flores de la cuenta. Unos señores  muy mayores envueltos en tela de cintura para abajo cuidaban de otros altares laterales.  A uno de ellos le saqué una foto y me puso muy mala cara.

De no haber llevado calcetines no entro allí ni a punta de pistola. El suelo, a pesar de que todo el mundo entraba descalzo, necesitaba un buen fregado.

Las mujeres se sentaban en el suelo a un costado y sacaban unos cartuchos donde había arroz amarillo con sabrá Dios qué más. Lo comían con los dedos mugrientos. Unas sospechosas palomas paseaban cerca para pillar los restos.

Del templo, aún no recuperada de la impresión, pasamos a un centro comercial en versión hindú. En la planta baja estaba la zona restaurante, por llamarla de alguna manera. Indios por todos lados comiendo cosas raras con los dedos. Nos sentamos a beber unos zumos de mango en un sitio aparentemente limpio. Subimos a la planta superior. Allí sólo vendían vestidos de mujer al estilo indio en unos tenderetes como si fuera un mercadillo. Eran baratísimos y muy vistosos. Nuvara se compró uno y Elisa otro para una sobrina. Yo no compré ninguno porque no uso vestidos. Desde la planta de arriba pudimos ver la otra zona de la planta baja, un mercado de pollos y pescado que olía a perro muerto. Fijaos bien en la foto, justo detrás del cartel que dice CHAI FRESH & FROZEN CHICKEN. Esas manchas grises y los cartones sobre los puestos llenos de manchas grises. Son cagadas de paloma. Es decir, que las palomas cagan encima de la mercancía. Así no me extraña que cojan las enfermedades que cogen, que si la gripe aviar, la fiebre aftosa y la peste negra.

Dimos una vuelta por las calles colindantes. Había un mercado lleno de gente comprando frutas, verduras y capullos de flores ensartados en collares para el tiemplo. Todo de muchos colores, como las casas, cada una pintada en un tono diferente.

Hacia las dos de la tarde decidimos volver a la civilización. Tardamos más de media hora en encontrar un taxi que nos devolviera al aire acondicionado, la limpieza y el orden. Uno que pasó nos dijo que no nos podía llevar porque iba a….. No sabemos a dónde iba porque no lo entendimos. Estos orientales hablan inglés con un fuerte acento. Los de Singapur son los que mejor se entienden, si tienen estudios. Las clases bajas son otra historia. Llevo varios días con la mano pegada a la oreja para intentar entender mejor lo que me dicen.

El taxi nos depositó en uno de los centros comerciales cerca del hotel. Allí comimos en una zona llena de restaurantes donde puedes acercarte a pedir en cualquier mostrador y luego te reúnes en las mesas comunes para comer. Fui incapaz de encontrar nada sin picante, así que pasé de bravuconadas y me comí un sándwich de jamón y queso con una botella de agua mineral.

Las otras tres se fueron a la piscina del hotel, aunque llevaba un rato lloviendo. Yo me fui a la feria de la tecnología que hay aquí este fin de semana. No sé cómo explicaros lo que era aquello. Tres plantas enteras de un centro comercial convertidas en centro de convenciones, grandes como naves industriales llenas de stands de marcas de aparatos. Estaban todos los que tienen que estar excepto Apple, que no necesita estar en una feria porque es gente seria la que compra en Apple, no los papafritas que van a las ferias y compran sin ton ni son. No cabía allí un alfiler. El ruido era atronador. Casi todos los stands tenían un animador que hablaba por un micrófono y contaba las maravillas de sus productos y lo baratos que estaban. Barato para ellos. Fui a la zona de Samsung a preguntar el precio de unas gafas 3D y me pidieron tres veces más de lo que me pueden costar en España.

Cuando pude salir de allí, sin haber sido pisoteada ni empujada, aún no sé cómo porque en España una marabunta similar me hubiera pasado por encima como un rebaño de búfalos, fui al hotel sin pisar la calle, usando los pasajes que lo unen todo. Seguía lloviendo.

Subí a la quinta planta donde está la piscina de agua mineral. Ni rastro de Karin y Elisa, que se habían ido a dormir un rato porque esta noche vuelan a las doce. Nuvara estaba tan feliz metida en el agua, como si no estuviera lloviendo. La temperatura era estupenda para bañarse pero no me apeteció. Me fui a mi habitación a hacer la maleta. Quedamos a las cinco y media.

Fuimos dando un paseo hasta el hotel Marina Bay Sands, el de los tres edificios con eso que parece una tabla de surf en lo alto. Ya no llovía. Después de varios pasillos, visita al casino (a mí no me dejaron entrar porque no llevaba el pasaporte encima), escaleras abajo y escaleras arriba, llegamos al ascensor que conduce al piso 57, donde está la plataforma superior que llaman Skypark. Los no residentes en el hotel tienen que pagar 20 dólares para subir allí arriba. Nosotras aún no sé cómo nos las arreglamos pero subimos sin que nadie nos hiciera pagar la entrada.

Mientras contemplaba las magníficas vistas, mi teléfono recibió un mensaje: “Estimado cliente de Vodafone. Bienvenido a Indonesia…” ¿Cómorrrrr? Y es que Indonesia era aquello que se veía allí cerca.

Una zona vallada y vigilada por un malayo muy simpático, nos separaba de los clientes del hotel. Estaban metidos en la piscina, justo al borde del abismo, contemplando las vistas, o tumbados en las hamacas al mismo borde del agua. Acabo de mirar en internet y la habitación más barata cuesta 312 leuros la noche.

Esperamos a que anocheciera en un bar de estos donde la gente guay va a tomarse las bebidas y te cobran 25 euros por copa porque sí, porque les da la gana.

Salimos otra vez al mirador pero llovía, así que la vista nocturna se nos chafó un poco.

Tuvimos que volver al hotel en taxi. Los taxis aquí son bastante baratos de día. Eso y comer medio decente es bastante asequible comparado con los precios de las casas, los coches y las gafas 3D de Samsung.

Nos encontramos con Karin y Elisa. Estuvimos un rato sentadas en el bar del hotel y a las ocho y media nos despedimos de ellas. Fuimos por el pasaje secreto al centro comercial de enfrente, donde cenamos. Al chino del mostrador le dije que tenía una enfermedad que me impedía comer picante, así que me iba a hacer un favor tremendo si me ponía pato chino con arroz sin ninguna sorpresa. Al chino le hizo mucha gracia lo de mi enfermedad y me preparó  el plato sin cosas raras. “Especialmente para usted”, me dijo muy sonriente cuando me lo entregó. Continué mi máster en palillos haciendo uso de ellos para comérmelo.

Volvimos al hotel por el pasadizo secreto. Tuvimos que llevar con nosotras a un cliente del hotel que también lo estaba buscando y no lo encontraba.

Subimos a la habitación de Nuvara a intercambiar las fotos de nuestras cámaras y nos despedimos hasta mañana.

Os dejo, que aquí ya es a una de la madrugada del lunes.



Buenas noches desde Singapur.








10 mar 2012

Una cateta en la quinta puñeta (Singapur, día 5)


Desperté a las siete y diez cuando sonó el despertador, fresca como una lechuga sin haberme despertado en toda la noche.

Bajé a desayunar a las ocho menos cuarto con los demás miembros del ExCo. A continuación nos encontramos en el hall con las australianas, dos filipinas, una japonesa y dos chinas. Fuimos todas juntas hasta Clifford Centre, muy cerca de donde nos reunimos ayer. Hoy nos prestaban sus oficinas los abogados Haridass Ho & Partners. Estuvimos toda la mañana reunidas con los países asiáticos y Australia. A las doce nos trajeron la comida de un restaurante cercano. Una bandeja para cada una con varias separaciones conteniendo salmón, una empanadilla con algo dentro, un frito de pescado, aunque no estoy segura, verdura, arroz y varias salsas. Estoy haciendo un máster en palillos. No ponen tenedor en ningún sitio. La verdad es que la comida viene preparada de tal forma que el cuchillo es innecesario.

Mientras comíamos nuestra presidenta siguió hablando para no perder tiempo. Yo estaba con los palillos en la mano derecha, la boca llena y con la mano izquierda manejando el ordenador para ir pasando las imágenes del Power Point que estaba presentado Karin.

Cuando terminó la reunión, nos llevaron en dos minibuses al hotel para cambiarnos de ropa y dejar todos los trastos. Justo en la acera de enfrente hay un centro comercial enorme desde donde salen los Duck Tours. Son unos vehículos anfibios que salen rodando por la carretera y se meten en el agua usando rampas. La primera vez que vi uno de esos fue en Londres. Acababa de salir del Támesis e iba circulando por la calle dejando un reguero de agua a su paso. Me partí de la risa.

Nos dieron una vuelta por Marina Bay que es donde están los edificios más impresionantes. Tiraron todas las construcciones viejas y ganaron terreno al mar para construir esta maravilla. La verdad es que da una sensación de artificial un poco curiosa, todo tan nuevo, tan moderno, tan limpio.

Sufrí una agresión durante el paseo. Intentaron tirarme al agua. Adjunto prueba gráfica del hecho.

El guía nos fue contando anécdotas de las construcciones y datos curiosos del país. Hay restricciones de todo tipo y normas curiosísimas. Si eres soltero no te puedes comprar una casa hasta que tienes 35 años. Se da preferencia a las parejas casadas para potenciar el matrimonio y la reproducción.

Si te quieres comprar un coche de importación, tienes que pagar el 150% de impuestos. Como suena, el 150%. En ese momento me dirigí a Caroline Lee y le pregunté cuánto había pagado por el BMW serie 5 donde me llevó ayer. En Euros: 150.000. Todavía estoy flipando.

Cuando el pato-autobús nos devolvió al centro comercial, volvimos al hotel un rato. No tuvimos que pisar la calle. Pasadizos y escaleras de un sitio a otro.

En ese centro comercial se está celebrando una feria de tecnología. La gente salía a decenas con los televisores de 40 pulgadas, los ordenadores, las impresoras y todo tipo de artefactos en unos carritos con ruedas. Creo que el que ha hecho el agosto hoy ha sido el vendedor de carritos, no la feria tecnológica. Era increíble el número de personas que había. ¿Crisis? Aquí no saben lo que es eso. Todo está lleno a rebosar, las tiendas, los restaurantes. Hay gente por todas partes.

Fui a la habitación de Nuvara para disfrutar de la vista desde su balcón. Ayer se cambió de habitación porque quería vistas a Marina Bay. La mía está mirando a los rascacielos del lado opuesto.

Bajamos al hall y de nuevo los minibuses nos recogieron para llevarnos a Chinatown. En el salpicadero del nuestro estaban pegadas las dos advertencias de la foto. Te multan hasta por respirar más aire del que te corresponde. No me extraña que no haya papeles ni colillas ni chicles por la calle. Los coches no pitan, nadie se salta un semáforo, nadie te empuja en las aglomeraciones. Son un pelín aburridos.

En Chinatown lo primero que hice fue entrar en un templo budista a observar una ceremonia. Los monjes cantaban un soniquete repetitivo. Después de un rato apetecía decir. ¡BASTA!

A continuación estuvimos viendo los puestos callejeros y las tiendas. Nuvara compró a saco. Yo nada, absolutamente nada.

Chinatown estaba lleno de chinos, y a mí los chinos me dan mucha grima por dos motivos:

1.    Son amarillos

2.    Les encanta ir con los pies al aire, y además se los tocan.

No hay cosa más fea que un pie. Por algo se dice: “eres más feo que un pie.” Creo que sólo he visto tres pares de pies bonitos en mi vida, los míos y otros dos. Son una cosa desagradable que parece tener vida propia.

¿Alguien ha visto alguna vez a un chino en calzoncillos? Tiene que ser una experiencia sobrecogedora. No tienen un pelo en el cuerpo. Un tío sin pelo en el pecho esconde algo, seguro.

Entramos en un museo donde se reproducían casas de la zona tal y como eran desde después de la Segunda Guerra Mundial hasta los años sesenta. Nada que ver con cómo viven ahora. Vivían familias enteras hacinadas en una sola habitación, durmiendo sobre tableros. El cuarto de baño estaba en la parte trasera. Era un agujero y debajo había un cubo de lata donde caía todo. Cada dos días los cambiaban. La exposición es tan real que dentro del cubo había una reproducción de cómo tenía que ser aquel mejunje. Una cosa asquerosa.

Justo antes de salir de Chinatown, estuve a la puerta de un templo hinduista. No entré porque había que quitarse los zapatos y, al haber llovido hacía un rato, estaba el suelo del patio mojado. Se veía en la distancia a unos señores envueltos en trapos con el pecho medio descubierto y cantando. La puerta del templo era muy chula.

Joyce Tan, cuyo papá es dueño de dos astilleros de los rentables entre otras muchas cosas, invitó a helados. Yo no tomé ninguno porque enseguida íbamos a cenar y se me iba a quitar el apetito. Los helados eran de corte. En lugar de poner una galleta en cada extremo te los dan en una rodaja de pan Bimbo de colores. No sé si se ve bien en la foto. El pan era verde y rosa, verde y rosa.

Nos despedimos de todas las de Singapur, que ya habían hecho bastante por nosotras y se iban a sus casas.

Volvimos en taxi al hotel y en media hora nos reunimos en el hall para ir a cenar. Irene Lim vino a buscarnos. Nos sacó del hotel por una puerta oculta detrás de una escalera y aparecimos de repente en el centro comercial. Fue como ir con Harry Potter a Dragon Alley. Atravesamos la marabunta de gente arrastrando sus compras y salimos a Marina Bay para entrar en el restaurante chino donde teníamos reservada mesa. No me hizo mucha gracia la comida porque era bastante picante. Me concentré en el pollo con salsa de miel y sésamo por encima y el arroz blanco.

Dejamos el restaurante y nos fuimos a sentar al aire libre en una terraza. 30ºC a las once de la noche. Delicioso.

Volvimos al hotel intentando hacer la misma ruta de la ida, esta vez sin Irene de guía. Lo conseguimos no sabemos cómo. Encontramos la puerta secreta.

Nos despedimos de Kathy y su marido. Toman un vuelo a las cinco de la mañana con destino a Nueva York vía Hong Kong. Hay 13 horas de diferencia entre la costa este de Estados Unidos y Singapur. Eso sí que tiene que ser raro para el cuerpo.

Hoy también nos tomamos la pastillita de Nuvara. Adjunto foto del producto. Entre los componentes hay cobre, entre otras muchas cosas. Agradecería a los varios doctores que me leen que me indiquen si voy a fallecer a consecuencia de su ingestión o es totalmente seguro.

Me voy a la cama.



Buenas noches desde Singapur.








Una cateta en la quinta puñeta (Singapur, día 4)

Ayer me acosté a las once de la noche. Dormí hora y media y desperté por culpa de un coche que pasó por debajo del hotel como si fuera una pista de Fórmula 1. Desde el piso 14 lo oí perfectamente. Mi yo interno entendió que aquello era el final de la siesta después de comer, teniendo en cuenta que en España eran las cinco y media de la tarde, así que no fui capaz de pegar ojo de nuevo hasta las cuatro de la mañana. Dormí un par de horas más y a las seis me levanté. Aún no había amanecido. Estuve planchando la ropa, que había llegado hecha un trapo después de tanto paseo por el mundo. Me preparé para la reunión del día y bajé a desayunar a las ocho menos cuarto.
 
Frutas tropicales cuyos nombres desconozco, esos paquetitos de pasta caliente con carne o verduras dentro que se cocinan en unos recipientes de madera, soperas con extraños objetos flotando y el resto de comida que se suele encontrar en un desayuno buffet. La hora del desayuno no es el momento más apropiado para experimentar, así que me mantuve dentro de la normalidad.

Nuvara me dio una pastilla que ella y Karin suelen tomar para dar energía en caso de necesidad. Este es un caso de necesidad. Normalmente no tomo nada pero necesitaba sobrevivir al día como fuera.

A las ocho y media Irene Lim, que es de Singapur, vino a buscarnos al hotel y fuimos andando hasta Allen & Gledhill, un bufete de abogados en un altísimo edificio de cristal. Por el camino nos hicimos fotos con el hotel Marina Bay Sands de fondo.
En Allen & Gledhill, piso 30 del edificio One Marina Boulevard nos recibió Corina Song, socia del bufete. La subida en el ascensor fue bastante desagradable. Antes de llegar a cada parada pegaba una frenada suave que revolvía el estómago. Corina se paseaba con un bolso de Hermés y un iPad en funda de Tods. Corina no tiene pinta de ir a comprar al Gran Bazar de Estambul.

Comenzamos la reunión poco después de las nueve. El objeto de venir a celebrar la reunión de primavera del Comité Ejecutivo de WISTA en Singapore es potenciar el crecimiento de las asociaciones que tenemos en Asia y Australia. Mañana tenemos una pequeña reunión con todas ellas.

A la una vino Corina a recogernos con una griega que se llama Kelly (en realidad se llama Calíope), miembro de WISTA Grecia que acaba de mudarse a Singapur. Ya nos conocíamos de Atenas.

El chófer de Corina nos llevó en su coche hasta el hotel Marina Bay Sands, donde íbamos a comer. En las tres primeras plantas del conjunto hay restaurantes y un casino espectacular. No estaba permitido sacar fotos. Desde la tercera planta había una vista magnífica porque está construido en forma de balcones interiores. No sé cómo serán los casinos de Las Vegas, pero mucho mejores seguro que no pueden ser. Había un ruido ensordecedor procedente de las máquinas tragaperras.
Entramos en el restaurante chino Imperial Treasure. No vayáis a pensar que era un chino como los que vemos en España. No señor. Era un antro elegante. Nos sentamos en un reservado y tres camareros fueron sirviendo tres platos a cual más extraño y más rico. Comí gelatina transparente con marisco dentro, bolitas de gamba, cerdo con salsa de mostaza, pato chino dentro de un crepe finísimo y salsa agridulce. Todo con palillos y regado con té de jazmín. Sí, bebí té. No estaba muy caliente y sabía riquísimo. De cualquier modo, no se me hubiera ocurrido pedir una Coca Cola porque seguro que me echan. Acabó la comida con unos tallarines de aspecto sabroso. Cuando metí el primer bocado en la boca aquello empezó a quemarme los labios y la lengua. Tuvieron que traerme un vaso de agua fría para no morir allí mismo abrasada. Asesinos.
Una vez finalizada la comida, invitación de Corina, fuimos paseando de vuelta a su bufete, al otro lado de Marina Bay. Nos sacamos algunas fotos por el camino.

Estuvimos dos horas más reunidas, hasta las seis menos cuarto. Al salir de Allen & Gledhill me quedé alucinada con el jardín que tienen en el piso 30.

Fuimos de vuelta al hotel para cambiarnos rápidamente porque habíamos quedado a las seis y cuarto con miembros de WISTA Singapur y otros países asiáticos para cenar. También venían dos australianas. Bueno, en realidad australiana era una. La otra era mejicana. Aproveché para recordar mi español, que llevo dos días sin practicar.

Nos llevaron en un minibús y varios coches hasta el restaurante Jumbo, en la avenida camino del aeropuerto, junto al mar. Yo fui en el BMW de Caroline Lee. Nos conocemos desde hace varios años. Es muy agradable y habla por los codos.

Singapur es uno de los cinco puertos más importantes del mundo. Además es zona de tránsito, con lo cual hay cientos de barcos navegando por aquí, fondeados para tomar suministros, entrar en puerto o esperando órdenes de viaje. Es impresionante verlos.
Cuando comenzó la crisis económica, el tráfico marítimo se vino debajo de un día para otro. Circuló por internet una foto sacada desde un avión que pasaba por aquí encima. Se veían barcos fondeados por todas partes esperando que les saliera algún flete. Me ha hecho bastante ilusión ver el lugar en persona.
En el restaurante nos sentamos en tres mesas redondas con una bandeja giratoria en el centro. Después de varios entrantes de nombre irrepetible, trajeron la especialidad de la casa, unos cangrejos enormes con salsa de curry. Hay que comerlo con los dedos. Las camareras te ponen unos baberos para que no te pongas la ropa perdida.Yo acabé con el babero hecho una mierda y las manos pringadas de grasa. Una porquería. No comí mucho cangrejo porque picaba un poco.

De allí caminamos unos metros hasta un pub donde tomamos algo durante un rato. Una de los miembros de Singapur es una economista alemana paralítica. Se vino al otro extremo del mundo a trabajar ella sola con su silla motorizada y está encantada de la vida. Dice que aquí los accesos para minusválidos son mucho mejores que en Europa.

No os he contado que es posible caminar por gran parte de la zona moderna sin salir al exterior para nada. Casi todos los centros comerciales, los hay por docenas, los hoteles y los aparcamientos subterráneos están conectados por pasillos, puentes elevados y pasajes, de modo que evitas el calor o las lluvias torrenciales. Dicen que aquí en agosto es insoportable. Hoy estábamos a las diez de la noche al borde del mar y se estaba estupendamente en manga corta.

A la australiana se le ocurrió preguntar por qué los obreros de la construcción aquí no les dicen cosas a las mujeres. Según parece, cuando pasas por una obra en Australia, te dicen todas las groserías del mundo. Aquí ni te miran.

Alguien dijo de Singapur que es como Disneylandia con pena de muerte. Hay montones de cosas prohibidas. Por ejemplo, el contrabando de chicle. La gente es respetuosa con la ley por educación y también por miedo porque las multas son increíbles.

A las diez de la noche nos devolvieron al hotel en dos minibuses y nos despedimos hasta mañana. Nadie tiene ganas de fiesta. Estamos todas bajo el efecto del jet lag.

La verdad es que la pastillita de Nuvara ha hecho su efecto. He estado estupenda todo el día. El estómago bien, gracias.
Buenas noches desde Singapur.








9 mar 2012

Una cateta en la quinta puñeta (El cielo + Singapur, día 3)


El avión no iba muy lleno, así que Nuvara buscó una fila central donde hubiera tres asientos vacíos seguidos, levantó los reposabrazos, se colocó sus cascos inhibidores de ruido y se echó a dormir. No supe nada más de ella hasta las ocho de la mañana. Yo, por mi parte, me tuve que quedar donde estaba, usando dos asientos contiguos con un brazo fijo entre los dos. Di quince mil vueltas y dormí solo a ratos. Despertaba con el culo dormido y la espalda en posturas extrañas. De ésta no me recupero. Ya tengo mis años.

Una de las veces que desperté se me ocurrió pensar en tenía una pinta impresentable, con dos pashminas azul claro por encima, unos calcetines verdes de avión, unos tapones amarillos saliendo por las orejas, un antifaz verde en la cara y los pelos revueltos. Si alguien más en el avión escribe un blog, salgo en él seguro seguro.

Desperté definitivamente cuando sobrevolábamos el Golfo de Bengala, hacia las siete de la mañana, hora de Turquía. Lo que me despertó fue mi estómago, que tomó la decisión de darme un escarmiento por haber abusado de él los dos días anteriores. Tuve que abrir la bolsa de papel que facilitan por si vas a vomitar. Menos mal que hago las cosas con tiempo. Tardé al menos tres minutos en abrirla. Estaba cerrada por arriba con un sistema de esos de recortar por la línea de puntos y costaba trabajo. No vomité, gracias a Dios. De haberlo hecho no me hubiera dado tiempo y hasta el cogote del piloto hubiera acabado con mis restos encima.

Estuve muy quieta y respirando hondo. Poco a poco se me fue pasando el malestar pero comencé a tener unas horribles ganas de ir al baño. En ese momento la gente empezaba a despertar y había cierta cola para entrar. “Yo me muero aquí mismo”, pensé. Cuando por fin terminaron las cuatro señoras indonesias vestidas de negro, entré a prisa y corriendo. Tener una diarrea mortal a bordo de un avión es una experiencia inolvidable. No digo más.

Volví a mi asiento y una azafata me colocó una bandeja con comida a bocajarro. Volvieron a darme nauseas con el olor de la comida y tuve que pedirle por favor que se llevara aquello o íbamos a tener un numerito. Empecé a tener escalofríos. Me dijo que otra de las azafatas estaba en la misma situación que yo, y señaló hacia la zona Business. A mí nadie me llevó a sentarme en Business porque estaba mala.

Cuando me retiró la bandeja, tuve que salir disparada de nuevo al baño para finalizar lo que creía había ya terminado.

Volví a mi sitio y poco a poco fui sintiéndome mejor. Me trajeron un zumo de manzana y eso fue lo que tomé en todo el resto del día.

Media hora antes de aterrizar, tras diez horas de vuelo, comenzamos a ver el paisaje. Montones de pequeñas islas cargadas de vegetación y muy poca civilización. Llegamos a Singapur a las nueve y media de la mañana, hora de Turquía, tres y media de la tarde hora local.

Salimos del avión ordenadamente y pasamos un control de entrada donde nos sellaron el pasaporte y un documento que rellenamos en el avión. El funcionario que me atendió a mí tenía un tic nervioso y movía constantemente los ojos, la nariz y la boca. Nuvara tuvo más suerte. El suyo sonrió y le ofreció un caramelo.

Recogimos las maletas y salimos en busca de transporte para ir al hotel. Fue entonces cuando nos encontramos con Tosan, la nigeriana. Fue fácil ver a Tosan entre tanto oriental porque es negra.

Ella ya tenía concertado uno de esos mini autobuses que van parando por los hoteles dejando viajeros a un precio bastante módico. Compramos billetes para nosotras también y enseguida salimos rumbo al hotel.

El trayecto fue precioso. Más de diez kilómetros a lo largo de una avenida arbolada llena de flores y vegetación por todos lados antes de llegar a la ciudad. Todo es de un verde intenso, ordenado, limpio.

Llegamos al hotel en unos 20 minutos. Entramos en un hall enorme donde nos recibieron unas señoritas vestidas con unos trajes largos de seda salvaje y aberturas que permitían verles las piernas hasta el muslo. Se llevaron nuestro equipaje con rumbo desconocido y nos acompañaron a la cuarta planta para hacer el check-in. Tardó bastante tiempo el proceso. Finalmente, ya con las llaves de nuestras habitaciones en mano, fuimos a la piscina en busca de nuestra presidenta y Kathy la americana, que estaban allí con sus parejas tomando algo al borde del agua.

La temperatura ambiental era de unos 30 grados, nublado y con sensación de bochorno. Llevo en camiseta desde que me bajé del avión. Vaya cambio, ayer con el gorro andino, bufanda y guantes y hoy con calor tropical.

Singapur se encuentra a ciento y pico kilómetros del Ecuador, y se nota.

Es una ciudad estado, antigua colonia británica. Conducen por la izquierda, los enchufes son de tres clavijas y tienen avenidas que se llaman Mountbatten o Reina Victoria. Por lo demás, es  un lugar con grandes edificios impresionantes y varios barrios étnicos. La mayoría de la gente tiene aspecto malayo pero hay también muchos expatriados europeos.

Quedamos para ir a cenar a las siete. Subí a la habitación y me di una ducha reparadora. Deshice el equipaje y bajé al encuentro de los demás. Kathy no nos acompañó porque tenía una cena de negocios, pero su marido sí vino con nosotros. Apareció por allí también una holandesa que está aquí por trabajo y quiso unirse a nosotras. En total fuimos seis a encontrarnos con Imelda, la presidenta de WISTA Filipinas. Nos llevó a cenar a Bugis Street, una calle con montones de restaurantes callejeros. Nos sentamos a cenar en uno donde se podía escoger bastante variedad de comida con o sin picante. Yo me decanté por un plato de arroz tres delicias y una botella de agua para no molestar a mi estómago.

Una vez cenados salimos a dar un paseo y entramos en un mercado donde vendían frutas tropicales. Nuvara fue valiente y compró una de las frutas verdes que se ven en la foto. Huelen a demonios pero saben a paraíso. Así es como te las definen. Por la cara de Nuvara, el sabor también era infernal.

Había gente por todas partes, a pesar de ser jueves por la noche.

Nos despedimos de Imelda hacia las diez de la noche y fuimos caminando hasta el hotel. Un calor horrible para ser la hora que era.

Llegamos sin novedad y nos despedimos.

Subí a la habitación y tardé un nanosegundo en meterme en la cama.



Buenas noches desde Singapur.




8 mar 2012

Una cateta en la quinta puñeta (Estambul, día 2)


A las seis de la mañana en el mundo sin persianas dos pájaros, a los que habría matado de un tiro, decidieron posarse en mi ventana y pasar allí un rato discutiendo. Harta de pájaros me levanté a las siete y encendí el ordenador para imprimir las tarjetas de embarque para esta noche.

Desayuné con Nuvara y me llevó en coche hasta el embarcadero de Üsküdar para coger el ferry con destino a Besiktas. Hacía algo de frío pero no tanto como esperaba. Al llegar a Besiktas fui caminando hasta el palacio Dolmabahçe, en la orilla del Bósforo. Entonces fue cuando empecé a sentir bastante frío. Tuve que ponerme mi gorro andino, que traje en previsión de estas cosas que pasan cuando es invierno. Llegué a la puerta del palacio, pasé el escáner y fui a comprar la entrada. Sólo se puede visitar el palacio en grupos, así que la gente espera hasta que se reúne un número suficiente cada hora y pico. Llevaba en el bolso solamente 15 liras turcas que me habían sobrado del viaje de Mayo. Convencida de que me dejarían pagar con tarjeta, no cambié dinero ayer en el aeropuerto. De todos modos, no es el sitio más aconsejable para cambiar. En Sultanahmet ofrecen mejores precios.

No hubo suerte, no pude pagar con tarjeta. Tuve que salir del palacio e ir a un stand de información cerca de la puerta. Me indicaron que la oficina de cambio más cercana estaba en Besiktas, a unos 15 minutos. Calculé media hora ida y vuelta más la espera de más de una hora para entrar en el palacio con el siguiente grupo y pensé: “La cama donde murió Atatürk se puede quedar sin ver. Aquí hemos venido a lo que hemos venido.”

Tomé el tranvía en Kabatas hasta Sultanahmet. Me bajé en la parada que hay justo al lado del Gran Bazar. Entré por una puerta y me puse a dar vueltas. Llevaba en un papel escrita la dirección de una tienda de bolsos que, aparentemente, pertenece al suministrador de Casa Pedro. Pregunté a un vendedor de pashminas, dejó su tienda al cargo del vecino y me acompañó hasta donde quería ir, aún sabiendo que la tienda estaba cerrada. Quiso demostrarme que no me engañaba. Entonces me ofreció ver otra tienda de bolsos de un amigo suyo. Me llevó a una tienda diminuta y allí me dejó con otro vendedor. Este me preguntó si quería ver un show room de bolsos. Vamos, una exposición para venta. Dije que sí. Cogió unas llaves, dejó la tienda al cargo de un vecino y empezamos a caminar por el bazar. Paramos un momento en la puerta de otra tienda y seguimos caminando. Al cabo de un momento me di cuenta de que el turco que me acompañaba no era el mismo de las llaves. Se relevaron en la última tienda, supongo. Salimos del bazar, anduvimos por unas callejuelas estrechas y entramos en un edificio. En ese momento empecé a pensar si no me estarían secuestrando. Inmediatamente me quité la idea de la cabeza. Soy ya muy mayor y muy fea para que me conviertan en esclava sexual. El turco abrió una puerta metálica y apareció un almacén de bolsos de todas las marcas, colores y tamaños. A pesar de la oferta, no encontré nada interesante. El turco volvió a cerrar la puerta, me dio las gracias y me devolvió al mismo sitio del gran bazar desde donde partí originalmente, en la tienda de pashminas. Como tenía que comprar un par de ellas por encargo, en agradecimiento por su amabilidad, las compré allí.

Después de dar varias vueltas y perderme seis o siete veces, salí por la puerta principal del bazar y fui caminando hasta Casa Pedro, la cueva de Alí Babá, el paraíso de las compras. No había nadie en la tienda cuando entré. Apareció al momento el empleado que nos atendió en Mayo. Me identifiqué y me abrió la puerta secreta que da acceso a esa maravilla indescriptible.

Estuve una hora y media yo sola con el dependiente a puerta cerrada. Han colocado una cámara en el exterior y un televisor sobre la puerta secreta, de modo que pueden ver si alguien accede a la tienda. Tuve tiempo de verlo todo con detalle y comprar tranquilamente. Incluso me invitó a tomar una Coca Cola. Salí de allí con una bolsa enorme al hombro. En ese momento llegaba el dueño de la tienda, el tal Pedro, que no se llama Pedro. Es un turco casado con una azafata de Málaga. Me preguntaba cómo se le había ocurrido a una azafata de Málaga casarse con un turco. Señoras, el turco está de muy buen ver.

Caminé hasta la explanada que hay delante de Santa Sofía y la Mezquita Azul y me senté un rato a ver pasar a la gente. Hacía un poco de frío pero brillaba el sol, así que se estaba a gusto.

Ya está terminada la obra de adoquinado que estaba en marcha en Mayo. Ha quedado bastante bien. Unos chicos se entretenían haciendo correr tres coches teledirigidos a velocidades alucinantes. Echaban humo, hacían ruido y derrapaban. Guay.

Tengo un amigo militar que ha estado destinado en El Líbano hasta hace poco. En sus permisos aprovechaba para ir a Estambul, así que tuvo tiempo de recorrerlo con detenimiento y hacerse con varias direcciones interesantes. Una era la mencionada anteriormente. Me dijo el dependiente de Casa Pedro que esa tienda está cerrada porque la policía le ha robado la mercancía tres veces últimamente. Así, tal cual.

Busqué otra de las direcciones que me facilitó, en la misma calle donde está la Cisterna de la Basílica. Al llegar allí me encontré con que la tienda se llamaba “Finito de Córdoba”. Pensando que me había equivocado, le pregunté al chico que había en la puerta si esa era la dirección correcta. Me dijo que sí, pero que lo que yo quería ver estaba en la puerta de al lado. Me abrió y accedí a un sótano. Creo que voy a hacer una guía de sótanos de Estambul. Era una versión pija de Casa Pedro, con material similar pero mejor presentación. La chica que me atendió era canaria. La dirección está a vuestra disposición. Se ruega máxima difusión.

Al salir de allí bajé hasta el Bazar de las Especies. Entré por un extremo y salí por la puerta que está cerca del Bósforo. Sentí hambre, mucha hambre. No me lo pensé dos veces. Estaba justo al lado del restaurante donde cenamos ayer, así que fui a comerme otro kebab de pistacho y un par de baklavas de postre.

Una vez satisfecho mi apetito, volví a entrar en el Bazar de las Especies haciendo el recorrido inverso para entrar en la Mezquita Nueva, que es nueva de 1663. Estrené una de las pashminas de mi madre para ponérmela en la cabeza. No estaban controlando el uso de velo pero por respeto me lo puse. Muy bonita la mezquita por dentro y sin olor a pies. En el exterior estaban los musulmanes lavándose los pies y las orejas para entrar a rezar. En ese momento tuve que ponerme el gorro andino porque empezó a hacer frío de verdad. Aquellos tíos con los pies al aire, mojados, sin toalla, me daban escalofríos.

Salí de la mezquita porque ya estaban llamando al rezo y no se puede estar dentro haciendo turismo mientras se dan golpes en la cabeza contra el suelo.

Crucé un puente peatonal elevado para llegar a los embarcaderos de Eminönü e identificar el ferry que me llevaría un rato más tarde a la orilla asiática. Una vez localizado, anduve hasta el puente Gálata y me senté en una cafetería en los bajos a tomarme un  vaso de Ayran. Es yogur blanco líquido con ligero sabor agrio. Muy rico.

A las cinco y cinco cogí el ferry que tocó Besiktas antes de atravesar hacia Asia. Me bajé en Beylerbeyi, a unos cinco minutos de casa de Nuvara andando. Lo malo es que el último minuto es una cuesta empinadísima que te deja sin aliento. Al llegar tuve que despojarme de gorro andino, guantes y bufanda aprisa y corriendo porque la casa estaba a temperatura tropical. Nuvara ya estaba allí preparando la cena.

Me di una ducha y me vestí de verano. Çagri llegó enseguida. Cenamos a las siete menos cuarto pasta con tomates frescos y yogur agrio con hierbas desconocidas.

Nos sentamos un rato a charlar en el salón. A las nueve menos cuarto salimos hacia el aeropuerto. Tardamos unos cuarenta minutos. Había bastante tráfico. Nos despedimos de Çagri en la puerta. Hay un control de pasajeros justo a la entrada, así que no puede entrar nadie a despedirte.

Soltamos las maletas, fuimos a pagar las tasas que Nuvara tiene que pagar cada vez que sale del país (15 liras) y accedimos a la zona de tiendas. Estuvimos mirando puros para comprarle a Çagri, pero como la caja de Cohibas costaba 600 euros, lo dejamos para otra ocasión.

En los paneles de información anunciaban un vuelo para Uzbekistán previsto para las 12:00 hrs y retrasado hasta las 22:30 hrs. No me pillan ni muerta volando con Uzbekistan Airlines. Sabrá Dios.

Fuimos a la sala vip de clientes del Turkiye Bankasi o Banco de Turquía en cristiano. Nos sentamos a tomar una Coca Cola y a disfrutar de la red wifi gratuita.

Media hora antes del vuelo fuimos a buscar la puerta de embarque. Había bastante cola porque teníamos que pasar otro control de seguridad. No sé cuántas veces me he quitado el cinturón estos dos días. Para los turcos debo de tener aspecto normal. No me cachearon.

Justo por detrás de nosotras llegó una loca oriental, hablando sola, con pelos de loca y un ataque de nervios. Nos entró la risa porque no paraba de hablarnos y decir cosas sin ton ni son.

Delante de mí había dos señoras de Indonesia porque el vuelo sigue a Jakarta después de dejarnos a nosotras en Singapur. Los pasaportes indonesios son color verde manzana.

Salimos de Estambul sin novedad a las 23:40 hrs. En lugar de mantas nos entregaron unas pashminas, de verdad, lo juro por Snoopy. Luego nos trajeron unos neceseres conteniendo antifaz, calcetines, cepillo de dientes y bálsamo para los labios.

Desde mi sitio puedo ver las butacas de primera clase. Eso sí que es viajar. Hay una azafata disfrazada de chef de restaurante sirviéndoles la cena, y tienen una barra de bar en el frente.

Yo he vuelto a cenar otra vez porque había köfte y no se le dice no a un buen köfte.

La verdad es que en este avión va una gente muy rara. Hay dos que se han cubierto la cabeza con las pashminas y parecen fantasmas. Otra señora despegó tumbada, como si estuviera en el salón de su casa, y nadie le dijo nada.

El avión va medio vacío, así que estamos muy cómodos. Nuvara lleva un rato durmiendo.

Ahora voy a intentar dormir un rato. Es la una y media.

Buenas noches desde…. ¿Irán? Creo que estamos volando por encima.





6 mar 2012

Una cateta en la quinta puñeta (Estambul, día 1)


Primera etapa de mi viaje a la quinta puñeta.

Sonó el despertador a las cuatro y diez. No sabía si era el móvil del trabajo, una pesadilla o qué rayos era aquel ruido atronador. Tras varios segundos de estupidez absoluta desperté, paré el ruido y me levanté. 

Antes de salir de casa desayuné ligero. A las cinco menos dos minutos estaba mi taxista favorito en la puerta de casa. Llegamos al aeropuerto a las seis y diez. Facturé la maleta e intenté colarme en el vuelo de las siete, pero ya estaba completo. El mío salía a las ocho y media.

Mi taxista favorito y yo fuimos a comernos una de esas magdalenas de medio kilo que venden en la cafetería del aeropuerto. La acompañé con un batido de fresa. Ñam, ñam, delicioso.

Nos despedimos a las ocho menos veinte y pasé el control de pasajeros sin mayor problema.

Saqué los billetes hace dos meses, cuando los pilotos de Iberia aún no habían decidido qué días de Marzo irían a la huelga. Intentado evitar el problema, reservé con Turkish Airlines el trayecto hasta Estambul. Sevilla/Barcelona/Estambul. El primer tramo con Spanair. Cinco días antes de irse Spanair a la mierda. Aquel viernes llegué a casa después de un día intenso en el trabajo. Empecé a preparar la cena y encendí la radio. En ese momento Carlos Alsina decía: “Y ahora les vamos a contar lo de Spanair”. Se me cayó el cuchillo de la mano y el estómago se me dio la vuelta, literalmente.

Gracias a las gestiones de mi amiga Nuvara desde Estambul, conseguí un teléfono de contacto de Turkish Airlines en Barcelona. Fueron extremadamente amables y me solucionaron el problema cambiando el viaje con el nuevo trayecto Sevilla/Madrid/Estambul, utilizando Iberia para el primer tramo sin gastos adicionales.

A las ocho y veinticinco estábamos subidos en un avión de Air Nostrum  saliendo con rumbo a la capital. En los asientos de atrás llevaba a una pareja, compañeros de trabajo. El me resultó cargante en un primer momento. Un gilipollas prepotente. Mi opinión fue cambiando a medida que lo oía hablar. Era un científico del CSIC con una historia alucinante de estudios en Cambridge, viajes alrededor del mundo y un padre con ocho hijos de cuatro mujeres diferentes. (Su padre, no él)

Como era Air Nostrum y no Iberia, nos dieron un zumo de naranja y unas galletas. O sea, tercer desayuno de la mañana.

Aterrizamos en Madrid a la hora prevista, pero bajar del avión llevó su tiempo por lo mucho que tardan los aviones desde la pista hasta la T4. Bajé zumbando a buscar la zona de recogida de equipajes. Tras casi media hora aparecieron mi maleta y una bolsa de Louis Vuitton. Los demás pasajeros debieron de facturar sus equipajes con otros destinos. A mí no me dejaron, y aunque me hubieran dejado, no lo hubiera hecho. Maleta perdida seguro. Tampoco hubiera facturado una bolsa de Louis Vuitton. Hay gente que va muy sobrada por la vida.

Siguiente destino: T1. Hay que recorrer pasillos, coger un ascensor, caminar por la calle y llegar a una parada de autobús. El autobús, servicio gratuito, te lleva por todas las terminales de Barajas. Una película.

Al llegar a la T1, después de unos 20 minutos desde que recogí la maleta, facturé enseguida porque había un mostrador especial para los que llevábamos la tarjeta de embarque impresa. La terminal estaba repleta de gente.

En los mostradores cercanos estaban facturando para Bangkok y Moscú. Tailandia, algún día.

Nuevo control de pasajeros. En el escáner miraban los equipajes con mucho detenimiento, formando una cola tremenda. Cuando era la tercera en la cola, la chica de seguridad me miró, sacó unos guantes de látex de una caja y se los colocó como diciendo: “Aquí te estoy esperando.” Y, efectivamente, me estaba esperando. Me hicieron quitar el jersey y pasarlo por el escáner, la de los guantes de látex me cacheó y se entretuvieron en mirar la imagen de mi mochila en la pantalla. Que alguien me diga de qué tengo cara exactamente. No me volví a poner el jersey. Hacía un calor tremendo, aparte del que traía yo conmigo después de las prisas para llegar lo antes posible.

Eché un vistazo a las tiendas sin encontrar nada interesante. Muchísimos chinos se paseaban por allí esperando embarcar en el vuelo para Beijing.

Me acerqué a la puerta B29, de donde salía el vuelo para Estambul. Una cola tremenda de gente ya estaba esperando para entrar. Y un olor horrible. ¡Ay, no! Era el vuelo de Ryanair para Marrakech. Menos mal, menos mal. No hubiera aguantado ese olor cuatro horas seguidas.

Di otro paseo por las tiendas y compré una chocolatina para desayunar por cuarta vez. Las emociones parecen despertarme el apetito. Por cierto, en la cafetería tenían croissants a 2.80 euros. Nos hemos vuelto locos.

En una juguetería vi la mesa infantil de Lego que podéis ver en la foto.

Comenzaron a llegar lo demás pasajeros del vuelo. Un niño turco llevaba dos muñecos casi tan grandes como él, de suficiente tamaño como para ocupar un asiento cada uno. Un grupo musical de melenudos y otro de sudamericanos. Conté seis guitarras de equipaje de mano. Uno de los melenudos me pareció una señora mayor, hasta que se dio la vuelta y le vi el bigote. Gracias a Dios no sacaron las guitarras durante el vuelo.

Embarcamos media hora tarde y nos pasearon por todas las pistas de Barajas hasta llegar a la T4. La pera. Salimos desde la T4 tras casi media hora a bordo. La pista debía de estar asfaltada de ayer o esta mañana. Estaba perfectamente limpia, excepto una caca de gaviota que vi desde la ventanilla.

Me senté en la fila 6, justo detrás de primera clase. Una decisión sabia porque la distancia entre mi asiento y el butacón de primera clase era superior a lo normal. Me

Me quedé dormida un rato, hasta que oí ruido de cubiertos. La comida, la comida. La azafata y yo mantuvimos un curioso diálogo en turco. Me miró, me hizo una pregunta y contesté: “Köfte”. Nos habían entregado un menú hacía un rato y había dos platos a elegir, bolas de carne o macarrones. Supuse que era lo que me preguntaba, así que escogí las bolitas. A los cinco minutos volvió, me soltó otra parrafada en turco y contesté: “Coca Cola”. Nuevo acierto. A la tercera le dije: “No, thank you”. Supuse que me estaba ofreciendo café. Que no vuelva una cuarta vez, porque ya no sé qué más podemos hablar ella y yo. No volvió, menos mal.

Fui al baño un poco antes de aterrizar. Como tengo que tocar todos los botones, quién me manda, había uno que decía: “Pulsar aquí para abrir el espejo”. Y yo pulsé. Se abrió el espejo, enorme espejo. Detrás sólo había rollos de papel higiénico. Intenté cerrarlo y no hubo manera. El enorme espejo se quedó abierto y se me pegaba al cuerpo mientras intentaba subirme los pantalones, a la vez que sufríamos leves turbulencias.  Con gran dificultad finalicé la maniobra, abrí la puerta del baño y salí como si no hubiera pasado nada, con cara de inocente.

Llegamos a Estambul a las seis, media hora tarde. Bajamos del avión en medio de la pista, sin finger ni nada. Frío que te cagas. Nos metieron en un autobús. Uno de los músicos sudamericanos pronunció la siguiente frase: “Me duele la cabeza por todo el cuerpo.” Ahí queda eso.

Una vez en la terminal, salí disparada a sacar el visado para evitar colas. Al llegar no había nadie esperando. La gestión duró segundos. Puse los 15 euros encima del mostrador, me pusieron la pegatina y listo. ¡Qué morro le echan!. Mi maleta ya paseaba por la cinta, en perfecto estado. Salí de allí en busca de Nuvara, que me esperaba en una cafetería cerca de la salida. Tomamos algo allí y cogimos el coche para ir a cenar a orillas del Bósforo. Dije bien claro hace días dónde quería cenar y qué quería cenar. Kebab de pistacho y baklava de postre. Nuvara había reservado mesa, así que disfrutamos de un lugar en la terraza acristalada, con vistas al Cuerno de Oro, la Torre Gálata y el Bósforo, con las varias mezquitas de los alrededores iluminadas. Espectacular. Se unió a nosotras Çagri, el marido de Nuvara. Es un tío simpatiquísimo. Está siempre de guasa.

En una mesa cercana diez americanos pidieron un kebab gigante para cenar. Hubo aplausos cuando llegó. Tuvieron que llevarlo entre tres camareros.

La cena finalizó con una deliciosa baklava, hojaldre con pistacho y miel.

Desde allí fuimos en coche hasta la Torre Gálata. Justo debajo hay un café que debe estar estupendo en verano pero en Marzo es un horror. Dos grados y viento. Tomamos algo y nos fuimos a casa. Atravesamos el puente sobre el Bósforo y entramos en Asia. Ahora estamos los tres cómodamente sentados en el salón, con la calefacción a tope y a punto de acostarnos.



Buenas noches desde Constantinopla.