3 oct 2012

Una cateta en París (Día 4)


Desperté a las siete y cuarto y me levanté a hacer unas cuantas cosas de WISTA que tenía pendientes desde ayer. Al abrir las ventanas me encontré con un día nubladísimo. Menos mal que se ha acabado el turismo y voy a pasar el día bajo techo.

Diréis que no he entrado en ningún museo, ni siquiera en el Louvre. Los dejé todos vistos la otra vez que estuve por aquí. Creo que sólo me quedó por ver la tumba de Napoleón. De todos ellos, mis favoritos fueron el Museo de Orsay y el Museo Rodin. El de Orsay por la cantidad de objetos Art Nouveau que contiene y el de Rodin porque sus esculturas me parecen una maravilla. Aparte de eso, viví una experiencia alucinante. El museo se encuentra en un palacete rodeado de jardines. Hay estatuas en el interior y en el exterior. Visité primero el edificio y luego salí a ver el resto. Según iba girando alrededor de la casa, me encontré con algo rarísimo. Una carpa de dimensiones extraordinarias estaba situada en el centro de los jardines. Por una puerta se podía ver a modelos vistiéndose y maquillándose. Al llegar al otro extremo me di cuenta de que me encontraba por casualidad en un desfile de moda de Chanel. Dentro, al fondo del todo, habían colocado una grada que se encontraba llena de fotógrafos. Empezó a sonar música y comenzaron a desfilar los invitados hacia el interior. Me senté en un banco de madera a pocos metros de la puerta. Desde allí veía parte del interior. Unos guardias de seguridad se dedicaban a echar a los turistas. Yo, con cara de esto-no-va-conmigo, seguí sentada impertérrita, hasta que apareció Karl Lagerfeld y se puso a charlar con un señor que se encontraba sentado a mi izquierda. ¿Os lo podéis imaginar? Lagerfeld justo delante de mí. De vez en cuando me miraba de reojo como pensando: “¿Quién será esta petarda?” Y yo con mi cara de esto-no-va-conmigo.

Me dio por mirar hacia una terracita del palacete y vi allí charlando a la infanta Elena, a Marichalar, al príncipe Pablo de Grecia y a su esposa Marie-Chantal. Y yo riéndome por dentro pensando: “¡Qué punto, colega!” pero por fuera con la cara de esto-no-va-conmigo.

Cuando me cansé de tanto glamour, salí a la calle y eché una carcajada.

 

Bajé a desayunar a las nueve y media. Coincidí con dos griegas de WISTA,  así que desayunamos juntas. Estuvimos charlando hasta las diez y media. El desayuno no era muy variado pero sí bastante rico. Tienen unos brioches en forma de magdalena que quitan el hipo.

 

A las once y media fui al hotel Château Frontenac, donde estábamos citadas las 7 miembros del comité ejecutivo de WISTA para ir caminando hasta las oficinas de Norton Rose en la rue de Courcelles. Allí nos reunimos en una sala de juntas que  nos prestaron. Comimos unos sándwiches y unas ensaladas mientras tenía lugar la reunión.

Por el camino, la miembro de WISTA Singapur nos contó que había estado en Longchamp comprando ocho bolsos que le habían encargado. Las dependientas tienen que haber flipado. En Singapur los impuestos por los objetos de lujo son tan altos que comprar en París para ellas es como para nosotras ir al rastro.

 

Estuve encantada de pasar tantas horas sentada después de estos días de esfuerzo físico. Hoy me dolían unos musculitos que tengo en los laterales exteriores de los tobillos.

 

A las seis de la tarde finalizamos la reunión, nos sacamos la foto de recuerdo y volvimos andando a nuestros respectivos hoteles. Al llegar al mío, me encontré con los trastos de Eleftheria en la habitación pero ni rastro de ella.

 


A las siete fui al hotel Château Frontenac donde habíamos quedado con las presidentas WISTA de todos los países para ir a cenar a Montmartre. Se suponía que íbamos a ir directamente al restaurante pero resultó que WISTA Francia nos tenía preparado un mini tour en autobús por París y un paseo de una hora andando por las callejuelas en cuesta de Montmartre. Las vistas desde el Sacré Cœur por la noche son alucinantes.

Muy bonito todo, pero para cuando llegamos al restaurante no éramos personas.

Cenamos bastante bien. Mujeres de 26 países diferentes nos sentamos a la mesa. A mi derecha tuve a Belén, una argentina que acaba de incorporarse a la asociación y con la que llevo meses intercambiando e-mails. Hoy por fin nos hemos conocido.

A las doce más o menos volvimos en autobús. Para entonces ya estaba Eleftheria en la habitación. Vinieron a charlar un rato la presidenta de WISTA Polonia y Nuvara de Turquía. Pronto nos despedimos. Eleftheria se acostó enseguida porque hoy salió muy temprano desde Atenas. Yo me di una ducha y ahora estoy escribiendo con un cadáver al otro lado de la habitación.

 

Buenas noches desde París.

2 oct 2012

Una cateta en París (Día 3)


Siete de la mañana. Despierto. Pongo los pies en el suelo. ¡Diosssss! Me cuesta llegar al cuarto de baño. Hoy también me duelen los gemelos. Vuelvo a la cama como puedo y permanezco allí hasta las ocho. Me doy cuenta de que los dedos de los pies ya ni los siento, pero siguen ahí porque los veo.
A las ocho me puse en marcha. Hice el equipaje de nuevo para trasladarme a otro hotel. Mañana empiezan las actividades de la conferencia anual internacional de WISTA y me voy a hospedar más cerca de la sala de congresos.
Desayuné un croissant que aún me hace llorar de emoción. Crujiente por fuera, suave por dentro y con un intenso sabor a mantequilla. Exquisito.
Tomé el metro en Cambronne y fui hasta la estación George V haciendo esquina con los Campos Elíseos, donde está la tienda de Louis Vuitton. Los escaparates están decorados con unos tentáculos gigantes de lunares y una figura de cera tamaño natural de la artista japonesa Yayoi Kusama. La señora Kusama tiene una cara de mala leche que mete miedo. Ella ha diseñado los bolsos de esta temporada. En mi opinión, se los ha cargado con su mala leche.
Caminé cinco minutos y llegué al hotel en la Avenida Marceau. El recepcionista era un chico muy amable con el que estuvimos intercambiando correos durante varios días para negociar un precio especial para una habitación triple. Somos tres en la habitación pero no todos los días. Para no tener que andar cambiando, nos dan la habitación desde hoy haciendo un precio especial.
El ascensor estaba en reparación en ese momento. Como no quería dejar la maleta allí abandonada con mis camisas aplastadas, me armé de valor y dije que la subía yo por la escalera hasta la sexta planta. El recepcionista alucinó conmigo, pero más aluciné yo cuando iba por la planta cuarta por aquella escalera de caracol estrecha. Esto me va a pasar factura, seguro.
Llegué arriba dando gracias a mis sesiones diarias de gimnasio.
La habitación es muy chula. El techo es abuhardillado, es bastante amplia y muy acogedora.
Tras descansar un poco y tomar posesión del recinto, bajé por donde subí, me despedí del alucinado recepcionista y fui andando hasta el Arco del Triunfo. Desde allí bajé por la avenida Wagram y me adentré en la rue du Faubourg St. Honoré. Allí fue donde viví cuando estuve aquí estudiando francés. No pude acceder al pasaje donde estaba la casa porque han colocado una verja en la entrada. Allí seguía la tienda de pianos y la Maison du Chocolat, una tienda donde pegaba la nariz cada mañana para ver aquellos bombones y aquellas tartas de chocolate. ¿Cómo es posible que un pastelito de chocolate del tamaño de una caja de cigarrillos cueste ocho euros?
Recuerdo que una mañana desperté sobresaltada por un ruido atronador en la calle. Me asomé a la ventana y vi algo alucinante. ¡Tanques! ¡Los alemanes nos invadían!...... Nooooo, era 14 de Julio y se estaban preparando para el desfile.
Subí otra vez hacia el Arco del Triunfo, esta vez por la Avenue Hoche. Accedí al arco por el paso subterráneo y estuve observando, por un lado el Arco de La Défense, que es una cosa muy fea que construyó Mitterrand, y por el otro a lo lejos la Place de la Concorde. ¿Desde allí y más allá vine yo andando ayer? Me voy a matar.
En el arco están grabados nombres de generales de Napoleón y de batallas en las que intervinieron. Estamos nosotros retratados en una columna.
Hacía algo de fresco, así que eché a andar Campos Elíseos abajo sin destino aparente.
Se me ocurrió comer pronto un sándwich porque había quedado para cenar temprano y no iba a tener hambre. Lo compré y me senté en un banco. Fue entonces cuando me cagó la paloma. Esas bombas caen poco a poco y van dejando restos por todo el recorrido. Una masacre. Miré hacia arriba. En los árboles de toda la avenida había posadas cientos de palomas. No es de extrañar que me retrataran. El ataque me pilló con una servilleta de papel en la mano, así que pude deshacerme de lo más gordo sobre la marcha, pero tenía que limpiar aquello inmediatamente porque es ácido y te puede destrozar la ropa. Pensé en un baño pero no vi ningún sitio. Mi mente se despejó de repente y tuve una brillante idea. Toallitas de limpiar culitos infantiles. Si limpian los excrementos de un recién nacido, también pueden limpiar esto. He visto verdaderos milagros con esas toallitas. Una vez limpiamos un abrigo blanco al que le cayó tomate encima. Ni rastro.
Entré en Monoprix y me hice con un paquete. Lo dicho, mano de santo. No ha quedado rastro alguno del incidente.
Ya más tranquila y limpia, busqué otro banco que no estuviera debajo de un árbol. Lo encontré casi abajo del todo de la avenida. Comí mi sándwich y fui a ver una exposición de coches de carreras que vi ayer al pasar y en la que no entré entonces porque estaba harta de todo en aquel momento.
Una vez en la calle, volví a subir los Campos Elíseos y entré en el Monoprix a comprar provisiones para tener en la habitación. Agua, Coca Cola, chocolate. Llevaba sin comer chocolate desde el sábado y ya iba siendo hora. La cajera era de la edad de mi madre, si no más. No le hizo mucha gracia que le sacara la foto.
Volví al hotel pasando por la puerta del Four Seasons donde estaban aparcados los coches más caros del mundo. Un Ferrari amarillo, ¿quién es el hortera que se compra un Ferrari amarillo?
Estuve un rato contestando correos de WISTA hasta que me llamó Nuvara la turca para decirme que ya había llegado y me esperaba en su hotel, a unos metros del mío. Fui a buscarla y después de los saludos y abrazos de rigor salimos a la calle a dar un paseo, que hoy he caminado poco.
Bajamos los Campos Elíseos y entramos en Abercombie a ver los pechos desnudos de los modelos que se pasean por la tienda. Es todo un espectáculo.
Tomamos el metro y fuimos al barrio del Marais. Nuvara quería cenar en un restaurante judío donde sirven falafel. A mí no me hacía mucha gracia, así que me alegré internamente cuando llegamos y estaba cerrado porque celebraban no sé qué fiesta. Los judíos llevan un mes que no paran con las fiestas.
Tomé la iniciativa y decidí que lo mejor era cruzar a la orilla izquierda y cenar en el barrio latino, donde hay montones de restaurantes. Nos sentamos en la terraza de uno con vistas a la parte trasera de Notre Dame. No hacía mucho frío siempre y cuando no te quitaras la chaqueta. Pasamos un rato muy agradable. Para bajar la cena decidimos dar un paseo por los alrededores, por el Boulevard Saint Germain. Volvimos a cruzar el Sena y tomamos el metro en Chatelet hasta George V. La intención era tomar algo rápido en una terraza e irnos a dormir temprano. Los planes cambiaron cuando aparecieron de repente las presidentas de WISTA USA y WISTA Holanda, que venían con unas tremendas ganas de juerga. Luego llegó otra miembro de WISTA USA con su marido y su hermana. Cayó un chaparrón mientras estábamos sentados en plena calle. El camarero bajó el toldo y puso unos radiadores, así que estuvimos la mar de bien viendo caer la lluvia perfectamente guarecidos.
Pude contar cinco Ferraris negros que pasaron por allí, o era el mismo que daba vueltas a la manzana, no podría asegurarlo; una docena de Mercedes S500 color negro, todos ellos coches de alquiler con conductor; un Audi R8 de color blanco, un Rolls, dos Bentleys deportivos y un Porsche pintado de negro mate. Comentaron que una miembro de WISTA USA se acaba de comprar un Maserati. Ya os hablé de ella en alguna ocasión anterior. Es la que tiene una flota de remolcadores y gabarras que operan en el Mississippi. Ha venido esta vez con su madre.
Nos despedimos a la una de la madrugada.
Al volver a la habitación estuve estudiando con detenimiento el lavabo del cuarto de baño. Ya le voy cogiendo el tranquillo a los grifos raros. Enseguida di con la tecla. No veo muy práctico el artilugio para lavarse la cara por las mañanas. El agua sale como en cascada. Una pijada.
 
Buenas noches desde París.

30 sept 2012

Una cateta en París (Día 2)


 
Desperté a las siete. Me dolían los hombros, me dolían los dedos de los pies, me dolían las plantas de los pies, me dolían los tobillos, me dolían las cejas. Aún así, fui valiente y conseguí levantarme y salir a la calle a las diez. Hacía frío, 4ºC según internet. No creo. La sensación era de un poco más.

Ayer cometí una grave falta de ortografía por la cual me disculpo. Achaquémoslo al cansancio y corramos un tupido velo.

 

Cuando fui a enchufar el ordenador ayer por la noche sufrí un segundo de pánico al ver el enchufe. Se me pasó por la cabeza que aquel pitorro había sido puesto allí para no poder enchufar, para no gastar electrididad. Sorpresa cuando vi que el enchufe del ordenador tiene un agujero en el que encaja perfectamente el pitorro. No me había fijado nunca.

 

Tomé el metro con destino Montmartre. En lugar de ir a Abbesses y coger allí el funicular hasta la cima de la colina, fui a una estación que queda por detrás, Lamarck Caulaincourt. Es más rápido. Tuve que cambiar de línea en Concorde, donde las paredes están alicatadas con azulejos que tienen letras escritas. Acabo de mirar en internet lo que era aquello, porque se podían leer perfectamente frases enteras. Es la Declaración de los Derechos del Hombre.

Una vez en Montmartre di  un paseo por las callejuelas y estuve viendo a los pintores callejeros en la plaza du Tertre.

Caminar por Montmartre requiere zapatos de senderismo. El suelo es de adoquines irregulares y todo está en cuesta. Lo más adecuado para el estado de mis extremidades inferiores.

A las once menos cuarto entré en la basílica del Sacré Cœur y me senté a esperar que comenzara la misa de once. Siendo del tamaño que es el templo, fue impresionante ver cómo se llenó de fieles de todo el mundo en un momento. La misa, que sólo duró hora y media, contó con toda la parafernalia: tres curas, ocho monaguillos, coro de monjas y órgano. Una de las monjas, vestida con un hábito blanco y velo negro, nos dirigía en los cánticos. Levantaba los brazos al aire y parecía que iba a levantar el vuelo con aquellas mangas.

Cuando finalmente pude salir a la calle me senté en las escaleras de la entrada. Desde allí arriba se divisa todo París en pequeñito. El día era estupendo, sin una sola nube. La temperatura había subido un poco y se estaba de muerte. Hay que añadir a la escena un sujeto tocando “La vie en rose” en un arpa y gente por todas partes.

Bajé andando los quinientos mil escalones que hay hasta la plaza Willette y cogí el metro para ir a la plaza St. Michel. Al subir a la superficie me encontré con la fuente de Davioud que representa a San Miguel matando al dragón.

Estuve paseando por el barrio latino. Lo de latino es porque es la zona de la universidad y antiguamente los estudiantes hablaban en latín. Busqué un sitio para comer. Recordé haber leído que había un restaurante americano por allí, así que lo localicé y me dispuse a dar buena cuenta de un brunch compuesto de huevos, patatas, tostadas y pancakes con zumo de naranja. Más que satisfecha, antes de salir fui al sótano a visitar el cuarto de baño. Cuando quise lavarme las manos no era capaz de encontrar cómo accionar el grifo, hasta que miré al suelo. Había que pulsar un pedal con el pie. Los alrededores del pedal no reflejan la limpieza del resto del local.

Di un paseo por el Boulevard St. Michel y el Boulevard St. Germain. Esta zona es famosa por sus librerías. Antes me hubiera vuelto loca comprando libros. Hoy, con el iPad y los ebooks ya no me hace falta. Puedo encontrar lo que quiera por internet.

Las terrazas de las cafeterías y restaurantes estaban a rebosar. Aquí la gente no se sienta alrededor de una mesa, sino que ponen las sillas mirando al tendido, para ver a los paseantes. Queda un poco raro cuando se ponen a comer de esa guisa.

 

Crucé a la Île de la Cité por el puente de l’Archevêché. Las barandillas han desaparecido de la vista, complemente llenas de candados. Incluso había algunos de bicicleta

Desde ese puente se accede a la parte trasera de Notre-Dame. Hay una placita muy agradable con jardines donde no suele haber mucha gente. Llegar a la plaza delante de la catedral es encontrarse con cientos de personas sacando fotos, haciendo cola para entrar o simplemente deambulando por allí. La cola se movía con rapidez, así que me puse a esperar para entrar. Fueron sólo cinco minutos. Dentro se celebraba una ceremonia por el 50 aniversario del Concilio Vaticano II. Habló un cardenal, unos actores/músicos estaban subidos en unos pedestales desde donde recitaban, cantaban o tocaban un violonchelo, aparecieron unos jóvenes con camisetas de colores bailando, una monja octogenaria se puso de pie y les seguía el ritmo, una mujer entre el público gritó algo y los de seguridad aparecieron de no se sabe dónde llevándosela rápidamente con destino desconocido.

Cuando me cansé de ver el espectáculo salí a sentarme en la plaza. Recordé que en mi última visita no pude ver la fachada completa de Notre Dame. Una de las torres estaba en restauración, cubierta por un andamio. Hoy todo quedaba a la vista. Estuve mirando las gárgolas. Tienen cara de mala leche. Ni rastro de Quasimodo.

Paseé un poco por la isla y crucé el Pont Neuf hasta el costado del Louvre. Eché a andar, andar, andar y acabé llegando al Arco del Triunfo. Es un paseo, lo atestigua el estado de mis pies. Pasé por los jardines de Les Tuilleries. En lugar de bancos fijos para sentarse, hay unas sillas de hierro color verde. Estas de hoy eran bastante nuevas. La gente las coloca donde le parece, casi todos mirando al sol o alrededor de los dos pequeños estanques. Las sillas están en perfecto estado. En España estoy segura de que amanecerían los peces sentados encima el primer día.

Pasé por la Place de la Concorde, de unas dimensiones tan tremendas como el atasco que había. Aquí fue donde se cepillaron a María Antonieta. Pusieron una guillotina y se pasaron por la piedra a todo el que les ponía mala cara.

En el centro de la plaza hay un obelisco egipcio de más de tres mil años, que no sé cómo rayos ha hecho para llegar hasta aquí.

El camino se puso cuesta arriba. Unos jardines con el Grand Palais a la izquierda y pronto los Campos Elíseos con sus tiendas. La acera de la derecha es más para gente de medio pelo, con Zara, Promod, H&M, etc. La acera de la izquierda contiene Louis Vuitton, Lacoste, y sitios así. La única excepción en derecha es Cartier, pero casi que no cuenta porque está arriba del todo, prácticamente en L’Etoile. El edificio de la esquina es la embajada de Qatar. El chalecito les ha debido de costar un par de pozos de gas porque el sitio no puede ser mejor.

Saqué un par de fotos al arco del triunfo. En ese momento estaban celebrando una entrega de corona de flores por parte de retirados del ejército.

A las siete de la tarde sentí una urgente necesidad de poner las piernas en alto, así que subí al metro y volví al hotel. Al llegar le pedí a la estreñida un nuevo vaso con hielo, que no me dio con tanta amabilidad como ayer, y subí a refugiarme en mi habitación.

Ducha y pijama. En este momento sólo puedo mover los dedos de las manos. Estoy paralizada.

 

Buenas noches desde París.

 

Una cateta en París (Día 1)


Tres y cinco de la madrugada. Suena el despertador y salto de la cama no sin cierta dificultad. La noche del lunes al martes sufrí el ataque de un virus gástrico asesino que me dejó completamente hueca, literalmente. Expulsé al demonio que llevaba dentro por todos los orificios de mi cuerpo, todos, literalmente. Desde entonces he estado para el arrastre, comiendo a base de puré de patata y fiambre de pavo en pequeñas cantidades. A las cuatro de la mañana del martes, tirada en el suelo del cuarto de baño, mi única preocupación era poder venir a este viaje, aunque tuviera que tomar el avión en camilla. Esta mañana me encontraba bastante mejor, pero algo débil aún.

Mi taxista favorito me recogió a las 03:57 hrs y salimos raudos pero no veloces con destino al aeropuerto de Sevilla, a donde llegamos hacia las 05:15. Había bastante ajetreo para la hora que era. Varios vuelos de Ryanair salían junto con el de Iberia para Madrid. Facturé la maleta (16,5 kgs) y fuimos a desayunar. Debido al estado de mi estómago, no me atreví a tomar la habitual megamagdalena. Me incliné por una palmera de hojaldre y un zumo de manzana. A las seis pasé a la zona de pasajeros y estuve echando un vistazo a la tienda Duty Free, que ya estaba abierta.

Embarcamos a las seis y media y salimos a las siete en punto. Yo, que había comprado un billete a Iberia, Líneas Aéreas de España, me encontré a bordo de un avión de Vueling y sentada al lado del Dr. No. 

Vueling es esa línea aérea donde por política de la compañía, los empleados te tratan de tú. Te tutean por megafonía y te tutean cuando les preguntas algo. Al Dr. No le hablaron de usted las dos veces que le dirigieron la palabra. El individuo, aparte de ser calvo y llevar gafas negras, iba completamente vestido de negro, con un traje de cuello mao y un abrigo negro que se echó por encima de la cabeza nada más despegar y no se quitó de la cabeza hasta que vinieron a hablarle de usted pidiéndole que lo guardara en el armario de arriba porque así no se podía aterrizar, mucho menos en la fila de  la salida de emergencia donde estábamos los dos. El Dr. No fulminó con la mirada al azafato, quien tuvo que encargarse personalmente de guardar el abrigo.

Durante el vuelo reinó un silencio de muerte porque muertos estábamos todos del madrugón que nos habíamos pegado. Sólo se oía a alguien comer pipas de girasol compulsivamente. En un avión, a las ocho de la mañana. Ahora que lo pienso, puede que fuera para calmar el miedo a volar.

A las 09:10 aterrizamos suavemente en el aeropuerto de Orly. Mi maleta salió de las primeras, sucia pero sin aplastar.

Salí a la calle para coger el Orlybus. En París el metro no llega a los aeropuertos. Hay varios medios para trasladarse a la ciudad. El más barato y bastante rápido es tomar el autobús Orlybus hasta la estación de RER/Metro Denfert-Rochereau y allí subir al Metro hasta destino. En mi caso, sin hacer transbordos, a la estación de Cambronne. Mi hotel está enfrente del metro.

Durante el trayecto me encontraba un poco desganada y cansada, hasta que subió en una estación un músico y se puso a tocar canciones francesas con un acordeón. En ese momento el tren salió a la superficie y recorrió un tramo entre los característicos edificios hausmannianios. Se me puso una sonrisa en la cara y pensé: “Estoy en París”.

Para salir del metro había que bajar un tramo de escaleras bastante empinado. Cuando me disponía a agarrar la maleta, oí que un chico me decía por detrás: “Espere, madame, que yo se la bajo”. ¿Madame? ¿Yo? Nunca jamás en ningún sitio nadie me ha ayudado con la maleta. ¿Quién dijo que los franceses eran idiotas? ¿Quién dijo que los parisinos llevaban un palo metido por el culo?

 

Cuando llegué al hotel eran las 10:20 hrs. Por supuesto, me dijeron que no me podían dar la habitación tan temprano, que dejara el equipaje en una consigna automática que había en la entrada y volviera a partir de las doce.

Vacié parte de la mochila en la maleta quedándome con todos los objetos de valor encima, excepto el ordenador, que ese ya no creo que me lo robe nadie, y me fui caminando hasta la torre Eiffel. Se suponía que estaba cerca pero tardé más de media hora en llegar a los pies de la misma. La ves ahí y parece que estás al lado, pero no. El Campo de Marte, los jardines que tiene delante, estaba lleno de gente corriendo. Esto está lleno de cobardes.

Se celebraba una jornada dedicada a los minusválidos. Les iban a dar un homenaje a los atletas paralímpicos. Había un grupo de samba brasileña compuesto por disminuidos físicos y psíquicos. Toda una experiencia verlos tocar y bailar. También había una montaña de zapatos viejos como de tres metros de alto para llamar la atención sobre aquellos que pierden miembros a causa de las bombas.

Adjunto prueba de mi presencia en el lugar para aquellas petardas que dicen que mando mis crónicas escondida en el trastero de mi casa.

La cola para subir a la torre era kilométrica. Normalmente se puede subir a partir de cualquiera de las cuatro patas, pero una estaba cerrada. En un letrero luminoso decía que la parte de arriba del todo no estaba abierta hoy. Decidí, por tanto, no molestarme en esperar. Al fin y al cabo, ya estuve ahí arriba en otra ocasión.

Es la segunda vez que vengo a París. Ya hace tiempo de la primera, tanto que yo tenía el pelo negro y se pagaba en francos. Estuve haciendo un curso de francés y me hospedé en una casa para estudiantes con una señora que no estaba muy bien de la cabeza pero poseía una vivienda estupenda en la rue du Faubourg St. Honoré, una de las mejores zonas de París. La casa tenía unos salones espectaculares con techos altísimos, chimeneas de mármol y espejos enormes con el marco dorado. Cada salón había sido convertido en dormitorio. Era como dormir en un campo de fútbol.

Por las mañanas salía de casa a las ocho de la mañana y me dedicaba a ver París. Por las tardes iba a clase. Me dio tiempo de ver montones de museos y patearme todo lo que hay que patear en la ciudad. También estuve en Versalles y en Eurodisney.

Después de pasear por los alrededores de la Torre Eiffel y acercarme a Trocadero, volví al hotel en metro a las doce y media para tomar posesión de mi habitación. Cuando terminé de vaciar la maleta me dio de repente un bajón tal que me tuve que tumbar en la cama un rato. Me di cuenta de que necesitaba comer urgentemente y meterme una Coca Cola en vena. No tenía absolutamente nada de comer en la habitación, así que me armé de valor y me fui a la calle. Al venir de la torre Eiffel había visto en la distancia una M amarilla muy conocida. Comida rápida, Coca Cola…….MacDonalds era mi salvación. Allí fui a solucionar mi problema. Y vaya si se me solucionó. Salí de MacDonalds a las 13:30 hrs y estuve caminando sin parar hasta las ocho de la tarde.

Fui en metro hasta la rue de Rivoli, la recorrí hasta llegar al ayuntamiento, luego paseé por el Marais, el barrio donde puedes ver a judíos con tirabuzones en las patillas, estuve en la Plaza des Vosgues, intacta desde hace 400 años, caminé hasta el centro Pompidou a ver si algún artista callejero estaba en la explanada inclinada de la entrada. Recuerdo que la otra vez que estuve me reí muchísimo con unos que hinchaban unos guantes de goma rosa, de esos de fregar los platos, de tal forma que se los podían meter por la cabeza y los dedos parecían unos cuernecillos. Los hinchaban tanto que acababan explotando con las cabezas dentro.

Las calles estaban repletas de gente paseando, de compras o haciendo turismo. En la rue des Francs Bourgeois había una tienda de maquillaje donde tenía lugar la escena que aparece en la foto. Sin comentarios.

Fui a Les Halles y me encontré con que está todo patas arriba. Están remodelando el barrio para aumentar el centro comercial subterráneo y hacer jardines en la superficie. Por allí estaba la escuela de francés donde yo estudiaba. Hay una iglesia que se llama San Eustache. Es impresionante, de planta gótica, grandísima. La recordaba llena de palomas y muy descuidada. Ahora tiene mucho mejor aspecto, excepto por una capilla. Creo que la señora restauradora de ecce homos ha estado por aquí.

Estuve en la entrada del Louvre, junto a la pirámide de cristal. Me senté un poco en el césped, a rebosar de gente. Volví a la calle Rivoli y entré en una tienda de souvenirs a hacer el estudio habitual. Selecciono para la colección de imágenes una torre Eiffel con lucecitas. Caminé hasta la Place Vendôme, donde está Cartier, Van Cleef, Dior, y todas aquellas tiendas donde los comunes mortales no ponemos el pie. En el centro de la plaza hay un obelisco con una estatua de Napoleón. También está allí el hotel Ritz. Pasó un Masserati nuevo flamante lleno de tíos buenos dentro.

Como estaba bastante cerca de la iglesia de la Madeleine me acerqué a verla. Está rodeada de una columnata corintia. Las escaleras de acceso estaban decoradas con flores. Estuve dentro un rato descansando. Estas iglesias no tienen bancos. Ponen sillas de enea unidas unas a otras por las patas.

Justo detrás de la iglesia está Fauchon, una tienda de delicatesen donde compran los millonarios. En la pastelería tenían unas mini tartas de frutas enanas  con un aspecto delicioso. No medían más de cuatro dedos y costaban 7,50  euros cada una. Yo me compré un pain au chocolat et a l’orange que sabía exactamente como suena.

Puestos a seguir andando a lo bruto, estuve viendo el edificio de la Opera Garnier. Tengo que contaros que la otra vez que vine asistí a una representación del ballet de la ópera. Entonces el primer bailarín era español. Era el 14 de julio. Ese día hacen una representación gratuita. Las colas son interminables. Confieso que me colé con toda la cara dura. Me senté en el gallinero. Casi podía tocar el techo desde allí, pero estuve. Fue alucinante. El edificio por dentro es grandioso. No es solo la sala, sino también los salones y la escalinata.

Encontré casualmente un Apple Store, así que entré a conocer al nuevo iPhone 5. ¡Qué máquina!

Ya que estamos, ya que estamos, como estaba cerca del Boulevard Hausmann, fui a echar un vistazo a los escaparates. Sólo escaparates. No merece la pena entrar para no poder comprar.

Arrástrándome llegué a una parada de metro y volví como pude al hotel, haciendo una parada en un Monoprix para comprar algo para la cena. ¿Qué descubrí en la zona de bebidas? COCA COLA DE CEREZA.

En el hotel entré en la cafetería. A la camarera con cara de estreñida le pedí que me diera un vaso lleno de hielo. Pensé que me iba a hacer un corte de mangas pero fue muy amable dándome un vaso de cartón lleno de hielo hasta arriba para mi Coca Cola de cereza.

Me duché y llegué a la cama no sé cómo. Tengo las plantas de los pies ardiendo.

Mientras os escribo están poniendo en la tele un programa homenaje a Charles Aznavour. Ha cantado Carla Bruni. La cara de Aznavour era un poema cuando la miraba. No debe ser muy de Sarkozi este señor.

Voy a ir cerrando las pestañas porque llevo 20 horas levantada.

 

Buenas noches desde París.

 

13 mar 2012

Una cateta en la quinta puñeta (Singapur, día 8)

Tomamos un taxi hasta el aeropuerto a las ocho y cuarto de la noche. Pillamos algo de tráfico. En la zona de facturación nos encontramos con la misma loca que viajó con nosotras a la ida. Tomó posesión del mostrador de clase Business y estuvo allí discutiendo con la azafata desde que nos pusimos en la cola hasta que entramos en la zona de pasajeros. No volvimos a saber más de ella, a Dios gracias. La facturación de cada pasajero fue como un parto. Menos mal que tenían cuatro mostradores abiertos. Comprobaban y recomprobaban cada detalle y cada cosa que tecleaban. Mi maleta pesó 17.5 kgs. Esto es muy misterioso, muy misterioso. No compré nada en Singapur. El único objeto adicional es un reloj de mesa que nos regaló Joyce Tan, y no pesa tres kilos y medio.

Pasé el control de entrada sin que me escanearan el equipaje de mano por primera vez en mi vida. A Nuvara sí la hicieron pasar por el aro.

Estuvimos echando un vistazo al duty free sin mucho éxito. Me quedaban por gastar unos dólares, así que los invertí en una camiseta que se ríe de la estricta normativa del país.

El souvenir que hay por todas partes es la imagen del Merlion, el símbolo de Singapur. Es un animal con cabeza de león y cuerpo de pez. Lo del pez es porque originariamente era un pueblo pesquero. Lo del león no lo recuerdo bien, pero tiene que ver con alguien que vio un león pero no podía ser un león porque en Singapur no había leones, así que tuvo que ser un tigre.

Empezamos a ver grupos de gente todos vestidos iguales. En una puerta de embarque estaban todos los que veis en la foto esperando el vuelo para Sri Lanka.

Unos minutos antes un par de individuos de este grupo vaciaron la estantería de donuts del Dunkin Donuts. Los compraron todos excepto dos. Iban cargados de cajas. Supongo que en Sri Lanka no hay Dunkin Donuts.

Para acceder a la puerta de embarque del vuelo de Turkish Airlines con destino a Estambul tuvimos que pasar control de pasaportes y escáner. No tuve que quitarme el cinturón, ni el reloj ni el anillo. El funcionario que me cogió el pasaporte dijo: “Ahhhh, Epoti Diyón”. Y yo dije: “No, Dijon está en Francia”. Y él dijo: “Equipo de fútbol, Diyón”. Y entonces caí en la cuenta de que había visto mi lugar de nacimiento y se refería al Sporting de Gijón. Gran equipo, famoso hasta en Singapur. Gran equipo.

Embarcamos inmediatamente, aunque faltaban cuarenta y cinco minutos para la salida. Con diez minutos de antelación estábamos todos a bordo y rodando por las pistas.

El avión iba completamente lleno. Ibamos rodeadas de gente vestida con la misma camisa, las mujeres con un pañuelo blanco en la cabeza. No pude resistir la tentación y me asomé a preguntar a las dos que tenía sentadas detrás. En un inglés defectuoso me explicaron que eran de Indonesia e iban a la Meca de peregrinación. Lo mismo que si te vistes de gitana para ir al Rocío, más o menos. Les hizo mucha gracia que les preguntara. Nos estuvimos sacando fotos mutuamente hasta que las azafatas pusieron orden.

En la misma fila que Nuvara y yo pero en los asientos del centro viajaba un anciano del grupo con un gorrito haciendo juego con la camisa que no paraba de asomar la cabeza para mirarme. Llegó un momento en que, cada vez que lo pillaba mirando, lo saludaba con la mano y él inclinaba la cabeza también saludando. Una cosa cómica cómica.

Al lado del viejo iba un chico más joven que confundió el antifaz con una mascarilla para la boca y la nariz. Fue todo el camino con él puesto en los morros, excepto los momentos en que comió.

Nos trajeron la cena. Escogí köfte en lugar de salmón. Error. Como la comida estaba hecha en Singapur, siguiendo receta turca, era un intento de bola de carne pero sabía a chino y estaba apelmazada. Sólo comí un poco. Me concentré en la ensalada y en el bizcocho de postre.

Estuve viendo una película, la del Sr. Popper  y los pingüinos. Me gustó mucho. A las dos de la mañana cerré el antifaz y me eché a dormir. Desperté cada poco porque no era capaz de encontrar postura. Iba en un asiento junto a la ventanilla, sin posibilidad de estirar las piernas ni dar vueltas ni nada de nada. No sé qué le pusieron al aire que despertaba cada dos por tres con la garganta seca y tenía que beber de la botella que nos dieron las azafatas.

El collarín hinchable que me dejó mi madre se desinflaba cada poco. Debe de estar picado. Tenía que volver a hincharlo cada vez que me despertaba.

Uno de los indonesios hablaba en sueños y tenían que mandarlo callar de vez en cuando. Una de las veces se puso a repetir dos palabras sin parar hasta que alguien lo despertó.

Hacia las seis me quedé dormida profundamente y abrí los ojos sobre las diez menos diez, cuando sobrevolábamos Batumi, que para los que no lo sabéis, es la capital de Georgia. Un momento después vinieron con el desayuno. Ensalada de frutas, quesos y una tortilla con queso. Con la tortilla no pude porque el estómago lo tenía un poco damnificado, aunque no de gravedad.

A las once y media aterrizamos en Estambul, y de repente eran las cinco y media de la mañana otra vez. Doce horas de viaje exactamente.

En lugar de desembarcar por un finger nos dejaron en pista y tuvimos que ir en autobús. Horror de los horrores. Yo, vestida con una camiseta y una sudadera fina a cinco grados de temperatura. Corrí todo lo que pude a refugiarme en el autobús y lo mismo hice del autobús a la terminal cuando llegamos.

Nuvara y yo nos despedimos a la salida. Ella ya había llegado a destino. Yo tenía que esperar el vuelo a Madrid de las ocho y diez.

Entré en el baño y me encontré con tres peregrinas, éstas vestidas de blanco, lavándose los pies en los lavabos. Lo curioso de la situación no era que se lavaran los pies, era que eran gordas como toneles y subían aquellas piernacas con gran dificultad. Una azafata que andaba por allí las miraba horrorizada. Una de las peregrinas llevaba los dos pies teñidos de marrón claro, como si los hubiera metido en yodo.

Me senté un rato cerca de la puerta de la sala VIP del Turkiye Bankasi. Como tenía las claves de acceso al wifi de la sala que nos facilitaron cuando estuvimos allí antes del viaje de ida, estuve un rato navegando por internet.

A las siete y cuarto me acerqué a la puerta de embarque. Ya estaban pasando el control de pasaportes los viajeros. En la cola un español contaba que en el baño de caballeros se había encontrado con al menos veinte tíos lavándose los pies en los lavabos.

Una vez pasé a la sala de espera, que estaba vacía, me salió al encuentro un individuo diciendo: “Madrid, corre, corre”. Miré el reloj y pensé que me había equivocado al cambiar la hora porque aún faltaba casi una hora para la salida. Corrí detrás del empleado del aeropuerto bajando por una escalera en lugar de acceder a un finger. Otra vez autobús y otra vez carreras para no helarme. El autobús ya estaba lleno. Tan pronto como entré salimos hacia el avión. Tardamos un rato en llegar porque estaba aparcado justo al lado de las pistas de despegue.

No tenía la hora equivocada. Era el primero de dos viajes del autobús. Cuando ya pensaba que me iba a quedar con toda la fila de asientos para mí sola apareció un chino vestido de negro y se sentó en el lado del pasillo, dejando un asiento entre los dos. El vuelo iba lleno de chinos. Parece que no me voy a librar de ellos fácilmente.

Estuvimos más de una hora metidos en el avión sin movernos. Se veía bastante atasco en la pista de salida.

El chino se quedó dormido inmediatamente. ¡Qué habilidad tienen algunos!

Por fin salimos de Estambul. Al rato vinieron a traernos la carta y un paquete de almendras. Estos no han perdido las buenas costumbres. ¿Os acordáis cuando Iberia daba cacahuetes?

El menú era de desayuno. Lástima. Quería comer mi último köfte del viaje.

Los chinos y yo desayunamos con cerveza y Coca Cola porque para nosotros era la hora de comer. Esta  vez me lo comí todo.

Estoy capacitada para hacer un estudio comparativo entre los aviones Boeing y los Airbus. Las cisternas de los Boeing funcionan mejor. Las puertas de los espejos del baño de los Boeing abren y cierran sin dificultad. Los asientos de los Boeing son más cómodos. Las papeleras de los baños de los Boeing son mejores. No puedo emitir un juicio sobre los motores.

Llegamos a Madrid a las doce y media, tras pasar unos diez minutos sobrevolando Cuenca porque no nos daban pista.

Mi maleta salió después de bastante rato en un estado lamentable. Le habían arrancado una hebilla y estaba asquerosa. Fui al mostrador de reclamaciones donde me presentaron una hoja que explicaba que Turkish Airlines no se hace cargo de daños menores.

Tomé el autobús de la T1 a la T4 y facturé la maleta. Pasé el control de pasaportes y el escáner sin ser cacheada y me senté a escribiros.

Una madre peruana y su bebé se sentaron a mi lado. La peruanita quiso jugar con mi ordenador creyendo que era el suyo de Dora Exploradora, según me explicó la madre. Me quedé vigilándola cuando se quedó dormida mientras la madre iba a ver los paneles de información. La gente se fía de cualquiera, dejan a sus hijos en manos de cualquiera.

Para entonces ya no sabía si era de día, de noche, si tenía que comer, merendar o cenar. El jet lag que sufrí en Nueva York va a ser de risa comparado con éste.

El vuelo para Sevilla salió con media hora de retraso. Llegamos a las seis y cuarto. Mi taxista favorito me esperaba. Me depositó sana y salva en la puerta de casa a las siete y media.

Tuve un emotivo encuentro con mis zapatillas después de llevar los mismos zapatos puestos sin interrupción durante 32 horas.

Tiempo de viaje puerta del hotel / puerta de casa: 30 horas.

Daños colaterales: me duelen las orejas de llevar las gafas, tengo las piernas hinchadas de no ponerlas en alto en todo este tiempo, olía a difunto hasta hace diez minutos y unas agujas invisibles me están pinchando los ojos.



Adiós desde mi casa.

12 mar 2012

Una cateta en la quinta puñeta (Singapur, día 7)


A las nueve de la mañana sonó el despertador, sacándome de un profundo sueño. A los treinta segundos de poner un pie en el suelo sonó el timbre de la puerta. Esos treinta segundos pertenecen al tiempo en que no sé si soy persona o cosa, si estoy viva o muerta. Tardé en reconocer que era el timbre. Pregunté quién era y abrí a una oriental del servicio de habitaciones que quería comprobar mi minibar. En pijama, con los pelos revueltos y sin gafas. Bueno, como no nos conocemos de nada ni nos vamos a ver nunca más, la dejé pasar.

Nada más salir de la ducha volvió a sonar el timbre. ¡Por Dios, que me dejen en paz! Era una pareja de orientales que querían entrar a hacer la habitación. Los mandé a hacer puñetas. Los dos se fueron no sin antes doblarse en dos en señal de respeto y sonreir sin parar.

Bajé a desayunar con Nuvara a las diez. Hoy, con más tiempo, me dediqué a inspeccionar todos los manjares del buffet. Descubrí mermelada de huevo. Como ya he mencionado en otra ocasión, no es hora de hacer experimentos, así que me limité a mirarla a distancia.

Una niña de unos dos años desayunaba con sus padres en la mesa contigua. Eran malayos o de por allí cerca. La niña tenía un huevo duro destrozado encima de la mesa e iba comiendo trocitos a la vez que los restregaba por todas partes. Luego la madre le puso unos dibujos animados en el iPhone y se dedicó a hablar con el Pájaro Loco como si la estuviera oyendo. Verídico.

Hicimos el check out y dejamos las maletas al cargo del hotel. Cogimos un taxi y nos fuimos hasta el extremo más lejano de Orchard Road para ir viniendo hacia el hotel poco a poco caminando. Orchard Road es una avenida llena de tiendas. Son centros comerciales uno detrás de otro. El primero que visitamos fue Ion Orchard, recomendado por el chico de la recepción del hotel. Nos debió de ver cara de millonarias porque allí sólo había tiendas de Louis Vuitton, Bottega Veneta, Chanel, Dior y esos sitios donde te da miedo hasta mirar el escaparate porque hay un señor de traje negro vigilando que el populacho no se acerque más de la cuenta.

Entramos en una tienda de regalos y me llevé una sorpresa mayúscula al ver el precio de las grapadoras El Casco. Esa es la misma grapadora que tengo en la mesa de la oficina. Estaban expuestas como si fueran objetos de diseño de lujo. Costaba, al cambio, 180 leuros, 180 leuros. Ya sabéis, si tenéis que hacerle un regalo a alguien de Singapur, grapadora El Casco y quedáis como reyes. Les saqué una foto e inmediatamente vinieron dos dependientas a decirme que aquello estaba prohibido, que en las tiendas no se sacan fotos, que me podían denunciar, que….. y yo simultáneamente explicando que las grapadoras eran españolas como yo y que me hacía ilusión sacarles la foto y que lo siento, lo siento, lo siento. Nuvara decía: “Vámonos, vámonos, vámonos”. Y nos fuimos a toda prisa, antes de que nos remataran de un tiro allí mismo.

Fuimos pasando de centro comercial en centro comercial alucinando con los precios. Entré en Zara para comparar. Unos pañuelos gigantes que vi en España hace unos días costaban seis veces más.

Vi, por primera vez en mi vida, un kiosko MacDonalds. Llevo siete días fuera de casa y aún no he pecado, que quede constancia.

Dado que no íbamos a comprar nada de nada, agilizamos el paso y fuimos viendo los últimos centros comerciales sólo por encima.

Pasamos por delante del Museo de Arte de Singapur y pudimos ver cómo hasta Supermán se estaba derritiendo del calor.

Caminamos hasta el Raffles Hotel en Raffles Boulevard. En su origen era un bungalow de estilo colonial al que le han añadido varias alas que contienen las habitaciones, un centro comercial y una veranda con cocoteros y plantas tropicales. Le estuve tocando las narices a Sir Thomas Stamford Raffles, el fundador de la moderna Singapur, que le da nombre al hotel.

Allí vi mi quinta o sexta tienda de Louis Vuitton en Singapur. Las hay por todas partes, como si fuera Zara. Eso da una idea del poder adquisitivo de esta gente.

Nos sentamos a tomar algo en la veranda y estuvimos allí tranquilamente hasta las cinco de la tarde.

Volvimos caminando al hotel, a pocos pasos. Desde donde llegamos no se puede atravesar la calle porque no hay semáforos ni pasos cebra. O te juegas la vida cruzando una carretera de seis carriles o vas al centro comercial y tomas el pasadizo secreto para llegar hasta el hotel. Nuvara se jugó la vida y yo fui por el pasadizo.

Subimos a la piscina en el quinto piso y allí nos sentamos. Nuvara se dio un baño mientras yo entraba en internet con mi ordenador. Me di una ducha en las duchas de la piscina y aquí estoy escribiéndoos la última crónica desde Singapur recién limpita.

Dentro de media hora nos vamos al aeropuerto a tomar el vuelo de las 23:35 horas con destino a Estambul. A mí me esperan unas 27 horas de viaje hasta llegar a la puerta de mi casa.



Buenas tardes desde Singapur.