28 jun 2014

Una cateta en Nápoles (Día 5)

Se nos olvidó bajar la persiana ayer por la noche, así que a las cinco y cuarto de la mañana entraba una luz cegadora en la habitación. Laura dormía como una ceporra. A mí no me quedó más remedio que levantarme y arreglarme en silencio a partir de las siete.
A las nueve bajamos a desayunar. Esta vez quedaba bastante más comida que ayer. Volví a comer sfogliatelle.
Di un paseo con Laura hasta el palacio real, la Piazza del Plebiscito, la basílica donde hoy no había ninguna boda, la galería Umberto I y el Castello Nuovo. Volvimos poco a poco hacia el hotel. En la puerta nos encontramos a varias de las griegas y nos sentamos a tomar un refresco en una de las terrazas por allí cerca. Athina, que está buscando a su quinto marido, nos comentó que estaría muy interesada en que fuera un médico italiano entre los 60 y los 65 años, así que deberíamos estar atentas. Yo le dije que tenía que haber llegado un par de días antes porque hubo en el hotel un congreso de médicos, de los cuales ya no quedaba rastro. Athina está hospedada en la suite presidencial del hotel porque a ella las habitaciones le vienen siempre pequeñas.
Ayer comentábamos Imelda, Laura y yo lo bien que se conservan los hombres italianos de mediana edad. Me refiero a los de clase media alta. Todos tienen el estómago plano y llevan unas camisas ajustadas al cuerpo dejando ver musculitos. Una delicia para la vista. Luego tenemos el italiano de clase media baja peludo, tripón y con ojos libidinosos, pero en esos no nos vamos a fijar.
Al volver al hotel nos encontramos con una italiana que vive en Holanda. Le robaron el bolso Furla de un tirón esta mañana con todo dentro. Cuando digo todo es todo. Su fortuna en ese momento consistía en diez euros y los cinco pares de zapatos que venía de comprar cuando sucedió la tragedia.
Ya en Montreal tuvo la mala suerte de tener la maleta perdida durante dos días. WISTA no le trae buena suerte.
A las doce y media dio comienzo WISTA Med 2014, el encuentro informal de los países mediterráneos. Esta vez es informal total porque no han programado charlas, sólo actividades lúdicas.
Comenzamos con una comida bufet y continuamos con una demostración por parte de unos perfumistas. No tiene nada que ver con el sector marítimo y nadie sabe el motivo por el cual se escogió esta actividad para ocupar la tarde. Un sujeto con un aspecto extraño se encargó de hablarnos de perfumes, de cómo y cuándo echárselos. Nos pasaba muestras de todos los que iba mencionando. Al cuarto perfume la nariz se me negó a continuar oliendo. Menos mal que nos daban granos de café de vez en cuando para matar el olor. Esta extraña actividad duró casi hora y media. Cuando quedamos libres nos fuimos a dar un paseo con Rosana, que llegó de Barcelona sobre las tres, Imelda la filipina, una chica que trabaja en el puerto de Venecia, una abogada marroquí afincada en Marsella y yo. Por tercera vez en 24 horas volví a entrar en la basílica. Volvimos hacia el hotel por la calle donde Imelda triunfó ayer, volviendo a triunfar de nuevo con un bolso rojo precioso.
Llegamos con el tiempo justo de ducharnos y vestirnos para la cena de gala en el Castel dell’Ovo. Fue muy original porque nos reunieron allí a todos los que han participado en la semana marítima de Nápoles y a las miembros de WISTA. Todos llevábamos nuestros nombres en tarjetas identificativas. Aunque no hablé con ellos, me crucé con un D’Amico y un Grimaldi, dos sagas de armadores italianos muy importantes.
Comenzó el festejo al costado del castillo con un aperitivo y un grupo cantando y bailando canciones típicas napolitanas. Acabaron bailando la tarantela.
Luego nos hicieron pasar al castillo. Desde la entrada a la parte más alta habían colocado mesas con comida local que íbamos degustando según subíamos. Había pizza normal, pizza frita, calamares, pescado frito, una enorme mesa con todo tipo de quesos, un señor con un mortero gigante haciendo pesto y varios kioscos con bebida. Sólo servían vino espumoso, tinto, blanco y agua con o sin gas. Ni rastro de refrescos. Me di al agua con gas toda la noche.
Encima de una mesa se encontraban abandonadas las gorras de los muchos representantes de la marina italiana que se encontraban en el castillo.
Conocimos a dos arquitectas, una de Pontevedra y otra de Sevilla, que pertenecen a una asociación que potencia la colaboración entre puertos y ciudades. Ni nosotras habíamos oído hablar antes de ellos ni ellos de nosotras.
Me encontré también a una abogada italiana llamada Carmelita a la que conocí en la Toscana hace cinco años y de la que no había vuelto a saber desde entonces. Ya no pertenece a WISTA.
A las diez y media decidimos dar por finalizada la fiesta y volver al hotel. Esto de tenerlo enfrente es un punto.


26 jun 2014

Una cateta en Nápoles (Día 4)

Desperté varias veces durante la noche sin motivo aparente. A las siete y media desperté por última vez. Cuando me miré en el espejo del baño me encontré con Urtain recién salido de un combate, excepto por la nariz, que no estaba rota.
Ayer al atardecer, mientras observaba el hotel desde el castillo, me di cuenta de que las habitaciones tienen persianas. Gran emoción. Cuando subí, lo primero que hice fue buscar la cinta para bajarla. No había cinta por ninguna parte. A las tres de la mañana tuve una visión. ¿Y si el interruptor de las flechitas que hay junto a la cama acciona un mecanismo que sube y baja la persiana? Ante el riesgo de provocar un cortocircuito y el consiguiente desalojo del hotel en mitad de la noche, opté por hacer el experimento a plena luz del día. A las ocho de la mañana probé el interruptor. La persiana sube y baja.
Estuve tonteando en la habitación hasta que mi cara tuvo un aspecto medio normal. Bajé a desayunar a las nueve. Habían arrasado con casi todo, aunque aún quedaban sfogliatelle y otras cosas interesantes, como brioches y mermelada de cereza. Cuando volví a sentarme después de servirme comida por segunda vez me encontré con que me habían recogido la mesa, dejando solamente una cucharilla de postre. No hubo manera de encontrar un camarero. Es bien difícil cortar un trozo de queso y otro de salami con una cucharilla de postre. Tuve que limpiarme las manos en el mantel. La boca me la limpié una vez de vuelta en la habitación.
Como mi iPhone predecía lluvia para mitad de la mañana, opté por elegir el museo arqueológico para guarecerme. Me armé de valor y eché a andar Nápoles arriba. Quise visitar primero un par de iglesias que me quedaban por ver en la zona de Via dei Tribunali porque las encontré cerradas el martes. Subí por Via Toledo buscando la plaza Dante para girar a la derecha. No me fue difícil encontrarla porque aquel señor de la estatua del centro de la plaza era Dante, seguro.
San Pietro a Maiella es del siglo XIV. Lástima que no dejen sacar fotos dentro porque era una maravilla.
La segunda iglesia que visité fue San Gregorio Armeno de estilo barroco. En una de las capillas laterales había una vieja sosteniendo un cesto para limosnas. Justo detrás de mí entró una pareja de turistas. El se puso a sacar fotos desde la puerta. La vieja empezó a hacer aspavientos desde la capilla y soltaba improperios en voz baja para que dejara de disparar. Tuvo que aparecer una monja sudamericana a poner orden.
Seguí subiendo por otra calle paralela a Via Toledo hasta el museo. En una tienda de comidas vi por segunda vez una cosa curiosísima. De lejos parece una tortilla de patata pero está hecha de macarrones con agujero y tomate. No me resulta nada apetecible.
Después de casi una hora andando descontando la visita a las dos iglesias llegué al museo arquelógico. Hoy no tengo agujetas, pero los pies me palpitan y me arden. Llegué en un estado lamentable.
Atravesar la calle para llegar a la puerta fue jugarme la vida. Los pasos cebra no se respetan, y los semáforos casi tampoco.
Me hicieron dejar la mochila en un casillero. Sólo pude entrar con la cámara de fotos. Si a alguien se le hubiera ocurrido mangar el contenido de los casilleros me hubieran dejado en cuadro, con una cámara de fotos estupenda y cuatro euros en el bolsillo del pantalón.
En el museo hay muchas estatuas romanas, egipcias y, sobre todo, las cosas interesantes que no se pueden dejar al alcance de los salvajes en Pompeya. Se han traído paredes enteras con frescos y muchos mosaicos.
Había dos perros de mármol mirando al techo y yo, como una tonta, miré para arriba a ver lo que estaban mirando.
Hay una sección que se llama “La cabina secreta”. Es como un sex shop pero del siglo I.
Me ha dicho mi padre que los señores cariátide se llaman atlantes. Y Patricia me ha dicho que vajilla se escribe con “v”. Juro que el ordenador lo corrigió por su cuenta, que debió de pensar que era algo de poca altura.
Una vez visto todo lo que se podía ver en el museo, bajé por Via Toledo pensando qué iba a comer, porque pizza otra vez como que no.
Estuve explorando las calles cerca del hotel, donde se encuentran las tiendas de lujo. Como pobre que soy, sólo miré los escaparates.
Me acordé de un restaurante especializado en risottos que vi ayer por el paseo marítimo y allí fui a comerme una maravilla que recordaré toda mi vida. Risotto de naranja y limón. Como hacía un calor que te podía dejar fulminada en la acera, opté por comer dentro, donde tenían el aire acondicionado a toda pastilla. Una vez comido mi risotto me fui al hotel a lavarme los dientes. Las cosas de Laura ya estaban en la habitación.
Salí de nuevo a la calle sin saber muy bien qué hacer. Pensé que lo mejor era comerme un helado italiano mientras lo pensaba. Busqué una heladería con buena pinta donde me pedí un cono picolo de praliné. Menos mal que era picolo, porque si llega a ser grande me sale por las orejas.
Apretaba el calor que daba gusto. Pensé que lo mejor era refugiarme un rato en una iglesia fresquita. Escogí la basílica di San Francesco di Paola en la Piazza del Plebiscito. Según iba yo llegando apareció un coche con una novia dentro. Empezaron a discutir los de dentro del coche con algunos de fuera. No me quedó claro si era que la novia estaba llegando antes que el novio o si alguno de los que discutían con ella desde fuera era el novio que no quería casarse con ella. El caso es que eran las cuatro de la tarde de un jueves. ¿Quién se casa un jueves a las cuatro de la tarde por la iglesia?
El coche arrancó con la novia dentro, el padrino, el conductor y una amiga de la novia que se metió con ellos. Destino desconocido.
Decidí que era interesante quedarse allí para ver el desenlace de la historia.
Fueron apareciendo invitados, todos ellos vestidos por el enemigo. Uno que parecía llevar la voz cantante discutía por el móvil. Deduje que hablaba con los ocupantes del vehículo desaparecido. Llegaron los pajes, una niña y un niño. La niña iba vestida de encaje. El niño llevaba pantalón corto de cuadros, camiseta como para ir a la playa, sandalias azules y blancas, calcetines de rayas azules y blancas, pelo pincho engominado y unas gafas de sol naranja. Siento no poder ofrecer imagen porque quedé paralizada cuando lo vi ir hacia el altar llevando los anillos de aquella guisa. Y es que finalmente hubo boda, porque el vehículo que contenía a la novia, el padrino y la amiga de la novia volvió a aparecer y se bajaron todos muy dignos como si fuera la primera vez que hacían su aparición delante de la basílica.
El vehículo quedó abandonado en mitad de la plaza, como si aquello no fuera un monumento nacional donde no se puede aparcar.
Decidí que ya había tenido bastantes emociones por hoy, así que poco a poco fui andando hacia el hotel siguiendo el paseo marítimo desde el palacio real. El Vesubio seguía sin dar señales de vida.
En el hotel estaba Laura esperándome, de vuelta de una visita a un cliente.
Subimos a la azotea del hotel a charlar un rato. A las seis bajamos al hall a encontrarnos con Imelda, la presidenta de WISTA Filipinas, que nos quiso llevar de compras. Ir de compras con Imelda es entrar en Gucci, Tod’s o Hogan. Nos hicieron la ola en todos sitios y Imelda volvió cargada de bolsas. Mirad qué bonitos los zapatos de Tod’s para bebé.
A la vuelta, Imelda insistió en que nos sentáramos en un restaurante a tomar una pizza entre las tres, aunque yo tenía pensado no cenar y Laura tenía una cita con un cliente a las nueve. Véase en la imagen cómo el público pasea por en medio de la calle.
A las nueve menos diez volvimos al hotel. Nos encontramos con tres miembros de WISTA Grecia sentadas en una de las terrazas por el camino.
Imelda se fue a dormir directamente porque aún tiene jet lag, Laura se fue a su cena y yo me tiré de cabeza a la ducha y ahora os escribo.
Buenas noches desde la tórrida Nápoles.
 
 







25 jun 2014

Una cateta en Nápoles (Día 3)



A las seis de la mañana desperté sin remedio. Estuve intentándolo hasta las seis y veinte sin éxito. Me levanté y me asomé a la ventana. Llovía. El Vesubio no se veía bien por culpa de las nubes. Preocupante.
La habitación tiene dos vistas diferentes. Por un lado están el Vesubio, la bahía de Nápoles y el Castel dell’Ovo, y por otro está la otra versión de Nápoles. Aunque esta zona es de las mejores de la ciudad, hay callejones y rincones donde te das de bruces con la realidad.
Bajé a desayunar a las ocho y media. Tardé en llegar al comedor exactamente un cuarto de hora. El ascensor me dejó en la primera planta en lugar de la entreplanta. Bajé pensando que estaba allí el comedor porque había una vitrina con unas vajillas frente a los ascensores. No, no era allí. Intenté coger el ascensor de nuevo sin éxito. No encontraba por ninguna parte las escaleras para bajar andando. Por fin apareció una chica vestida de “vengo a un congreso”. Empujó la pared frente a los ascensores y apareció una puerta que daba a las escaleras. Había gente subiendo y bajando con el mismo problema que yo. Dado que no me esperaba nadie en ningún sitio no me estresé lo más mínimo.
El comedor está mirando al Castel dell’Ovo. Las mesas junto a la ventana estaban muy solicitadas. Como yo estaba sola pude sentarme en una pequeñita con buenas vistas.
Entre otras vituallas tuve la oportunidad de probar el sfogliatelle napolitano, una delicia para la boca. Masticas notando todas y cada una de las hojas que componen el hojaldre. En el centro hay un poco de crema.
Mientras masticaba observé bastante gente haciendo deporte por el paseo marítimo, aunque la mayoría no hacía uso de la ancha acera, sino que corrían por mitad de la calle, algunos incluso con los auriculares puestos. Cierto es que no había mucho tráfico, pero lo había. Pasó un furgón de policía circulando todo el tiempo por encima del carril bici, a pesar de que en ese momento no pasaba ningún coche por donde ellos tenían que haber circulado. Pararon delante de la entrada del castillo. Más tarde pasé por al lado de los dos policías que lo ocupaban. Ambos estaban muy entretenidos con sus teléfonos móviles. Creo que si les robo el furgón ni se enteran.
Subí a la habitación aún sin decidir si iría a Pompeya o no, debido al riesgo de lluvia. Según mi iPhone estaría nublado pero con pocas probabilidades de agua. Como lo que dice mi iPhone va a misa, me eché la mochila a la espalda y salí en dirección a Via Toledo para coger el metro hasta la Plaza Garibaldi. No es que el metro en Toledo esté cerca, pero al menos me ahorraba andar la mitad del recorrido, en previsión de las horas que pasaría caminando por Pompeya.
Me sorprendió agradablemente la estación de metro Toledo. Es muy moderna, luminosa y sorprendentemente limpia; no así la calle del mismo nombre. Había bolsas de basura apiladas junto a las papeleras. ¿A qué hora pasarán los basureros en este pueblo?
El billete de metro no estaba a la venta ni en las máquinas expendedoras ni en un mostrador donde normalmente comprarías un billete de metro. Me lo vendió la señora del kiosco de caramelos.
En Garibaldi encontré la estación Circumvesuviana, una red de trenes que se mueven por la región. Son cutres, incómodos, antiguos, sucios y cómicos. En mi vagón viajábamos tres turistas, dos gitanas rumanas con una bolsa de plástico enorme llena de croissants y lo más granado de la sociedad napolitana. Por supuesto, el aire acondicionado consistía en abrir las ventanas de guillotina para que circulara la brisa. A esa hora ya había 32 grados en la calle, a pesar de estar nublado.

Comenzó a sonar un acordeón y las gitanas rumanas se volvieron al unísono para ver si era un primo suyo el que tocaba.

El tren tardó una media hora en llegar a Pompeya. En algunas estaciones por el camino no se sabía dónde estábamos porque los carteles estaban totalmente cubiertos con grafitis. Durante todo el recorrido pude observar el Vesubio con detenimiento. Todo en orden.
En Pompeya tuve que esperar un rato de cola para hacerme con la entrada a las ruinas. Cayó un poquitín de agua, lo justo para demostrar que el iPhone tenía razón.
Hacía calor pero era soportable gracias a que de vez en cuando soplaba algo de aire procedente del golfo. Un día al sol en Pompeya debe ser una experiencia aterradora, casi tanto como ver venir la lava desde el Vesubio.
Mereció la pena la visita. No se me hizo nada pesada a pesar de las muchas horas de andar y andar entre las ruinas. Es alucinante cómo se conservan las pizzerías, los frescos, los mosaicos, las casas y las calles. Se ven perfectamente los surcos que las ruedas de los carros dejaron en el suelo.
También me pareció alucinante que todo se pueda pisar, tocar y destrozar. En días de poco público te puedes llevar un martillo y un cincel para volver a casa con una cariátide miniatura en la mochila. Vi a una indeseable descansando tirada encima de un trozo enorme de mármol con los pies puestos en una pared. Me acordé de un sujeto que se subió a los restos de una columna en Atenas para sacar una foto y la vigilante casi lo baja de allí a patadas.
Ahora mismo me palpitan los pies. Caminar por aquellas calles de piedras desiguales ha sido toda una experiencia con los zapatos de turista que compré en Dubai. Una magnífica adquisición que me ha venido estupendamente hoy. No sé cómo tendrán los pies las señoras que iban en chanclas o en sandalias con una mínima suela de cuero. A una la vi incluso de tacones.

A las tres puse fin a la visita. En lugar de comer en alguno de los muchos restaurantes para turistas que había a la entrada del recinto, decidí coger el tren de vuelta a Nápoles y probar suerte cerca de la estación. Pasaba uno justo cuando llegué al andén, así que a las tres y media ya estaba de vuelta en la plaza Garibaldi.

Junto a mí viajó una pareja de jóvenes japoneses. El soltó una exclamación como las de los dibujos animados japoneses mientras señalaba al Vesubio. Se me puso el corazón en la boca durante un momento porque a través de los cristales casi opacos se distinguía humo por encima del volcán. Pero no, era una nube traicionera.

Después del bendito silencio de Pompeya, por donde de momento no circulan coches, pero todo se andará porque estos napolitanos son capaces de todo, el estruendo de la circulación por los alrededores de la estación me pareció insoportable.

Bajé caminando por Corso Umberto I hasta Via Duca di S. Donato, donde está A Casa Di Federico, una pizzería que le recomendaron a Laura y a la que teníamos pensado ir a cenar mañana. Pedí otra Margherita más que nada para comparar con la de ayer. Esta era grande, aunque se dejaban ver los bordes del plato. Estaba muy rica, riquísima, pero creo que la de ayer era aún mejor. El punto que le dio la mozzarella de búfala no lo tenía ésta. No dejé nada en el plato, sabiendo que me quedaría otra vez sin cenar.
A las cuatro salí del restaurante y seguí bajando por Umberto I admirando los edificios, unos muy bien restaurados y otros muy maltratados. En la Piazza Nicola Amore los edificios tienen señores cariátides adornando las fachadas. Los de Pompeya están mejor tratados que éstos, a los que les hace buena falta un cepillado para quitarles la mierda.

Volví a pasar por la oficina de correos. Sin comentarios.
Llegué a Via Toledo y bajé poco a poco hacia el hotel. Se me ocurrió mirarme las manos porque las sentí raras. Las tenía hinchadas como nunca en la vida me las había visto. Ni siquiera podía cerrarlas con normalidad y el anillo lo tenía incrustado en la carne, cuando normalmente me baila en el dedo. Consecuencia de las muchas horas de andar con los brazos colgando sin levantarlos apenas. Continué hasta el hotel con las manos levantadas y moviendo los dedos como si estuviera tocando unas castañuelas. Menos mal que aquí no conozco a nadie.

Por fin en la habitación me quité los zapatos y me tiré de cabeza a la cama. Me conecté a internet para descubrir que Laura no llegaba hoy como estaba previsto porque le habían cancelado el vuelo debido a una huelga de controladores en Francia. A ver si hay más suerte mañana.
Me di una ducha que me dejó nueva y me tumbé otro rato en la cama. A las seis y media me obligué a salir otra vez a pasear por el lado contrario de la calle Partenope. Hay unos edificios muy bonitos en esta calle, mirando al mar, con terrazas restaurante en los bajos. Había mucha gente paseando, patinando y montando en bici. Todos por el lado contrario por el que deberían ir. Descubrí por qué hay tan poco tráfico en la calle. Está cortada por unos maceteros para los coches que vienen disparados desde Via Francesco Caracciolo. Aún así, se nos cuelan algunos por las bocacalles.
Paseé por los alrededores del Castel dell’Ovo. Había gente muy elegante entrando en el castillo. El viernes entraré yo también muy elegante a cenar dentro.
A las ocho volví a entrar en el hotel para no volver a salir. No sé si mañana seré capaz de salir de la cama.
Buenas noches desde Napoli.
 

24 jun 2014

Una cateta en Nápoles (Día 2)

Desperté sin despertador a las seis y cuarto por culpa de la luz que se filtraba por las contraventanas. Me levanté, desayuné y salí del extraño hotel dejando las llaves encima de la mesa de mi habitación, tal y como había convenido ayer con la dueña.  Dormí estupendamente, como si estuviera en casa.
A las siete de la mañana había una actividad tremenda en el pueblo y en la estación de tren en particular. Utilizando las 23 palabras que conozco del idioma italiano adquirí un billete de ida y vuelta a Roma Termini. En estas 23 no incluyo los insultos, que conozco también unos cuantos gracias a dos hermanas de Monza que estudiaron conmigo en Inglaterra. Normalmente se hablaban en inglés para practicar, pero cuando se desataba tormenta, salían de aquellas bocas verdaderas barbaridades. Incluso una vez la mayor le dio una patada a la más joven y la llamó “móngola, espástica”.
A las siete y cinco subí a un tren como quien sube a la máquina del tiempo. Hace por lo menos 25 años que no he visto uno igual en España. Era un  artefacto con ventanas de guillotina opacas de tanta mierda y asientos de escay. Pasamos por debajo de un acueducto romano, de los de la época de Astérix. Tardamos diez minutos en llegar a Roma Termini, o al menos al mismísimo principio de Roma Termini porque tuvimos que andar otros diez minutos para llegar a la estación en sí. El edificio es de la época del Duce. Sólo le faltaban las banderolas fascistas. En Nápoles descubrí más tarde otros dos edificios de la época, la sede del Banco de Napoli y la oficina de correos. Son inconfundibles.
Como era muy temprano, di una vuelta por la enorme estación no sin antes tomar medidas preventivas porque había cantidad de sujetos sospechosos sin actividad aparente. Me asomé a la calle un momento para poder decir que estuve en Roma. Sin andar un solo paso vi tres iglesias, una de ellas con un Cristo en lo alto sospechosamente parecido al de los Jesuitas de Gijón. Espero que a Francisco no le ofenda que no haya ido a visitarlo. Ayer vi su casa cuando descendíamos hacia el aeropuerto.
Puedo decir que en este trozo de Roma que he visto hay muchas monjas y muchos militares.
Los trenes de alta velocidad se llaman Frecciarossa, Frecciabianca y Frecciargento. El mío era un Frecciarossa. Efectivamente, papá, los motores son Fiat. Estos trenes están mezclados con los regionales, sin ningún tipo de parafernalia especial para acceder a ellos. Ni siquiera me pidieron el billete a bordo de la carroza. No es coña. Los vagones se llaman “carrozza” en italiano. Tienen acceso a internet gratis y facilitan datos a tiempo real en su web.
Desde que llegué ayer me enteré perfectamente de lo que me decían en italiano y de todo lo que he ido oyendo por megafonía tanto en el aeropuerto como en las estaciones de Ciampino y Roma. En el momento en que me bajé del tren en Nápoles dejé de entender italiano completamente. Aquí hablan muy raro. El taxista que me llevó al hotel me habló un par de veces y tuvimos que acabar por señas porque el dialecto napolitano se me hace imposible. Se me ocurrió pestañear en el taxi y al abrir los ojos dudé si estaba en Europa. El tráfico era un verdadero infierno. Había motos por todos lados, coches pitando, gente atravesando calles de mala manera, calles sin aceras, calles cayéndose de viejas, basura por todos lados, ruido, calor, más motos, más pitos, más gente. Perdí la cuenta de los cruceros que había atracados en el puerto. Tardamos en atravesar aquel infierno casi un cuarto de hora. Menos mal que acordamos el precio antes de salir de la estación. Incluso me cobró por adelantado. Las cosas que tendrán que ver estos taxistas.
Aún siendo las diez y media de la mañana, me dieron la habitación. Es la primera vez que me pasa. Un botones sin botones me subió la maleta y me mostró dónde estaba el cuarto de baño, como si fuera difícil encontrar el cuarto de baño dentro de una habitación de hotel.
Lo primero que hice fue asomarme a la terraza para disfrutar de las vistas. Eso del fondo es el Castel dell’Ovo. Hay un barco italiano con este nombre. A bordo tuvimos hace tiempo una conversación relativa a por qué se llama así el castillo puesto que no tiene forma de huevo. Al parecer se trata de una leyenda relacionada con Virgilio y un huevo que si no se movía de su posición todo iba bien. Supongo que el huevo se pudrió y alguna desgracia sucedería.
A la izquierda del hotel queda el Vesubio. Me gusta esto de tenerlo a la vista porque lo voy a observar con detenimiento. Al mínimo rastro de humo salgo pitando en una Flecharoja, verde o amarilla.
A las once salí a la calle dispuesta a comerme a Nápoles antes de que Nápoles me comiera a mí. Mi padre me ha visto salir con destino a los lugares más insospechados sin inmutarse. Cuando le conté que iba a venir me dijo: “Ahí ya puedes tener cuidado”. Y es que Nápoles cuenta con el mayor número de chorizos por metro cuadrado de toda Europa.
Comencé la visita por la Plaza del Plebiscito, donde hacía un calor de espanto, entré en la Galería Umberto I (Marta, la han debido de limpiar desde que tú estuviste porque estaba impoluta), continué con el Castel Nuovo y subí por Via Toledo, mirando sólo de reojo hacia Quartieri Spagnolo, el que un día acogió a las tropas españolas cuando estuvimos por aquí de invasores y que ahora es una zona muy poco recomendable con calles estrechas, ropa tendida en las fachadas y casas que se caen de viejas.
Según entraba en Spaccanapoli se me abrió un agujero en el estómago y pasé de monumenti completamente. Salí como un volador en busca de la Via dei Tribunali para comerme una pizza margherita en Di Matteo, una de las pizzerías más famosas de la ciudad. El lugar es cutre, con vasos de plástico, un cantante que cantaba de pena y muy poco glamour, pero sirve unas pizzas excepcionales. Hay que comer la margherita en cualquiera de sus variantes. Yo la pedí con buffala. La pizza recibe su nombre en honor de la reina Margarita, esposa de Umberto I. Esta era comida propia de pobres hasta que ella mostró un día interés por probarla, seguramente atraída por el olor. Descubrió que los pobres eran pobres pero no tontos.
Por cierto, cuando en la carta de un restaurante italiano leáis “a la putanesca”, sabed que sí viene de puta. Parece ser que era una forma rápida de preparar la pasta por parte de las prostitutas, que pasaban poco tiempo en casa, ocupadas en otras tareas más beneficiosas.
La pizza era tan grande que no se veía el plato. Me enfrenté a ella valientemente, tan valientemente que no he podido cenar.
Al abandonar el establecimiento recorrí la calle en ambas direcciones, primero hacia Porta Capuana, aunque no llegué hasta allí porque poco a poco me fue pareciendo que la zona se volvía peligrosa, aunque yo iba pegada a un cura jovencísimo con larga sotana que seguramente hubiera dado su vida por mí sin ningún problema. Di media vuelta y seguí a cuatro prostitutas brasileñas, a las que dejé enseguida para girar a mano derecha y visitar el Duomo, que es la catedral, donde tienen la sangre coagulada del patrón, San Genaro. Esta sangre tiene que licuarse dos veces al año, en dos días concretos. Si no es así, sucede una desgracia. Lo del Vesubio creo que no tiene nada que ver porque el tal Genaro no había nacido.
Delante de la catedral está el único banco para sentarse de todo Nápoles. El segundo lo encontré en la Piaza Bellini, pero estaba roto.
La Via dei Tribunali es una calle sorprendente. Es cutre a más no poder, sin aceras ni ley que valga. Las motos pasan afeitándote el vello sin ningún miramiento. Hay unos postes de hierro que separan, teóricamente, la parte de los peatones de la de los vehículos. El problema es que la parte de los peatones normalmente está ocupada por motos aparcadas, contenedores de basura, tenderetes de venta ambulante y no tan ambulante, señores sin ocupación aparente interrumpiendo el paso, colas para entrar en las pizzerías, etc, etc. En resumen, es un sinvivir de calle. Pero me encanta. Vas andando y, de repente, en medio de toda la cutrez te encuentras con una iglesia espectacular de mármol, o una bocacalle donde venden figuritas de portal de Belén o papas.  No conozco al individuo de la cresta. No soy muy del Nápoles.
Bajé hacia la Piazza del Gesù Nuovo para retomar la visita que interrumpí para comer. Estuve dentro de la iglesia que da nombre a la plaza. La pera. Enorme, de mármol de colores, perfectamente conservada. Enfrente estuve admirando la fachada de Santa Chiara. Sólo en Nápoles puede estar una fachada del siglo XIV llena de pintadas. Llegaron cuatro gamberretes que se pusieron a jugar al fútbol. La pelota volaba peligrosamente junto a las vidrieras.
Hay militares destacados por toda la ciudad para mantener el orden pero ni se inmutaron ante la escena.
Fui por toda la Via Benedetto Croce y luego por S. Biagio dei Librai entrando en todas y cada una de las iglesias. En Nápoles hay una iglesia, una pizzería, una iglesia, una pizzería, así hasta contar miles. Creo que Francisco me habrá perdonado por no haberlo visitado esta mañana. Hoy me he ganado el cielo.
Volví por el mismo camino, bajé por Via Toledo, entré en un par de tiendas sin comprar nada, me asomé a la famosa heladería Gay-Odin pero fui incapaz. La pizza ocupa todo el hueco disponible. Mañana lo intentaré.
A las seis de la tarde se hizo el silencio en las calles. Desaparecieron las motos y los hombres. Estaban todos metidos en los bares, parados en los escaparates de las tiendas, incluso dentro de los supermercados viendo el partido del Mundial. Yo fui andando poco a poco hacia el hotel para quitarme la ropa que llevaba pegada como una pegatina y el olor a camionero, dándome una ducha y poniéndome inmediatamente en horizontal. Previamente subí a la azotea para echar un vistazo al Vesubio desde la piscina. Todo en orden.
Italia perdió contra Uruguay y vuelven para casa como volvimos nosotros ayer. Me alegro mucho de estar guarecida en mi habitación, porque debe de haber mucho napolitano rabioso por la calle en este momento.
Se me olvidaba. En la puerta del hotel hay una moto aparcada con la matrícula hecha de cartón y escrita a rotulador, pegada con cinta de embalar.
Buenas noches desde Nápoles.

Una cateta en Nápoles (Día 1)

A las doce menos cuatro minutos me recogieron mis ancianos padres en la puerta de casa para llevarme al aeropuerto. Tardamos exactamente una hora y veinte minutos, circulando a la despeinante velocidad de 91 km/horacon momentos en los que corríamos a la friolera de 88 km/hora, aunque he de decir en descargo del conductor que era cuesta arriba y llovía.

Comimos en una curiosa venta llamada Casa Bartolo, justo después del aeropuerto, donde vendían botos de Valverde del Camino, navajas de Albacete, jamones, garrafas de aceite y llaveros de España. Os hacéis una idea del entorno, supongo.

Sin haber abierto la boca nos plantaron en medio de la mesa una fuente con cuatro hojas de lechuga, una cebolla cortada y cuatro trozos de tomate. Creo que lo llaman ensalada. No comimos del todo mal para ser una venta llamada Bartolo junto a una gasolinera llena de camiones y camioneros.

Volvimos sobre nuestros pasos para entrar en el aeropuerto. Me puse a la cola de facturación de Ryanair nada más llegar. La verdad es que da para mucho esto de Ryanair. Estábamos los que viajábamos a Roma y los que iban a Marrakech. Mientras nosotros esperábamos, algunos de ellos iban facturando y otros sólo lo intentaban. En seguida notas quién ha leído con detenimiento las instrucciones de la web de la línea aérea y quién no ha hecho ni puñetero caso. Estaban los que llegaban a facturar sin la tarjeta de embarque imprimida. Pasen ustedes por el mostrador de la compañía que les van a meter una penalización que se van a quedar temblando. Estaban los japoneses que no sabían que para facturar equipaje hay que pagar una tarifa antes de imprimir la tarjeta en casa. Pasen ustedes por el mostrador de la compañía que les vamos a cobrar más por la maleta que por sus cuerpos. Y estaban las sevillanas que se iban de vacaciones a Marruecos con 22 kg a la ida y tuvieron que sacar las cosas más inverosímiles de la maleta para que aquello pesara los 20 kg por los que habían pagado. Esperemos que no compren mucho.

Yo saqué los billetes con 15 kg a la ida y 20 a la vuelta, por aquello del misterio que se produce cuando vuelvo a casa después de una aventura en el extranjero. La maleta pesó 9.5 kg. De verdad, de verdad, estoy haciéndome máster del universo de los equipajes.

Uno de los japoneses sacó el móvil del bolsillo. Pensé que se iba a hacer un selfie, pero no, el tío utilizaba la cámara para peinarse. Tomad nota para cuando no haya espejos cerca.

A las tres y media despaché a mis ancianos padres de vuelta para casa y atravesé a la zona de viajeros sin novedad, sin tocamientos.

Di una vuelta por las tiendas. Me encontré con un Seat 850 pintado con la bandera de España. De verdad, papá, ¿cómo hacíamos para recorrer España de punta a punta en un chisme tan pequeño? No lo recordaba tan chiquitín. Y tenía sus asientos de escay, a los que se nos pegaban las piernas cuando atravesábamos Extremadura en pleno mes de agosto de vuelta a casa. Es el tipo de experiencia que te forja el carácter o te deja traumatizada para toda la vida. No tengo claro cuál de los dos es mi caso.

Una vez recorridas todas las tiendas, las pocas tiendas que hay en el aeropuerto de Sevilla, reparé en la pantalla anunciando las salidas. Mi vuelo tenía casi una hora de retraso. Me senté a leer tranquilamente. De vez en cuando me levantaba a mirar la pantalla. Cada vez añadían cinco minutos más de retraso. Menosssss mal, menossss mal que no se me ocurrió sacar el billete de tren a Nápoles para esta misma noche porque hubiera infartado allí mismo.

Me dio tiempo de ver el comienzo del último partido de España en el Mundial. Como no vi ninguno de los otros dos me pareció oportuno al menos ver cómo es un Mundial en Brasil.

Enseguida nos llamaron para embarcar. Fuimos andando por la pista. Nos tuvieron de pie a pleno sol detrás de una pantalla metálica esperando a que aparcara otro avión junto al nuestro. No lo vimos pero lo oímos perfectamente. Fue atronador. En el hueco entre nosotros y la pantalla había una colección curiosa de objetos: tres llaves de maleta oxidadas, un tenedor de plástico, una alcayata, un vaso, una hoja impresa con unos horarios y la hebilla de una maleta. Me preocupó especialmente lo de las llaves.

A las seis y media estábamos todos hacinados en el avión. Ha perdido emoción esto de Ryanair. Ahora te asignan el asiento al imprimir la tarjeta de embarque. No es necesario correr por la pista para sentarte donde más te guste. También han eliminado a la sargento mayor que te hacía meter la maleta o la mochila en ese artefacto que mide el tamaño de tu equipaje. Incluso puedes llevar el bolso contigo.

Despegamos a las siete y cuarto, con dos horas de retraso.

Me tocó ventanilla junto a una pareja de italianos muy agradables que se querían mucho porque no dejaron de manosearse en todo el camino, al igual que a un paquete de roscos de pan que abrían de vez en cuando y comían a palo seco. A las nueve de la noche estuve a punto de arrancárselo de las manos para devorar lo que quedaba. Maldita la hora en que guardé mis galletas en la maleta en lugar de llevarlas en la mochila. Tenía un hambre de locos.

Aterrizamos a las nueve y veinte en Ciampino. Aplaudieron al piloto a rabiar y decían “bravo, bravo”. Sólo les faltó llamarlo torero. Los componentes de un cuadro flamenco se arrancaron a tocar las palmas. Uno de ellos tuvo problemas al embarcar porque quería viajar abrazado a su guitarra y le dijeron que de eso nada, que para ir con ella tenía que haberle sacado billete. A la bodega con ella.

Tardamos dos horas en hacer el trayecto que originalmente se anunciaba en tres. No me preguntéis cómo es posible porque no lo sé, aunque se me ocurre pensar que, si no hay retraso, vienen a paso de carreta para ahorrar combustible.

Mi maleta salió de las primeras, justo cinco minutos antes de la hora en que salía mi autobús para el pueblo de Ciampino, o al menos eso era lo que yo pensaba, porque al llegar a la parada me encontré con que habían tachado del panel horario el de las 21:50 con un boli. Respiré hondo y me senté pacientemente a esperar al de las 22:40. Se sentaron a mi lado un padre y una hija mochileros de Baltimore. Estuvimos charlando hasta que llegó nuestro transporte. La hija le decía al padre que le gustaría vivir aquí. Y yo pensé que a nosotros nos gustaría vivir allí.

Montamos en el autobús. En cinco minutos llegué al pueblo de Ciampino, pueblo de mala muerte donde tenía reservado hotel para esta noche justo al lado de la estación del tren.

En el mostrador del hotel me encontré con una chica negra que hablaba un inglés macarrónico y que no tenía noticias de mi reserva. Aluciné porque desde Sevilla les escribí un mensaje diciendo que llegaría más tarde y me contestaron que me estarían esperando. Le mostré en mi iPad copia de la reserva y me dijo que no era ese el hotel, sino uno con el mismo nombre en la acera de enfrente cuatro casas más arriba. Os juro que en la web daban la dirección de éste e incluso las fotos coincidían.

A la puerta del verdadero hotel estaba esperándome una chica amabilísima que me llevó a mi habitación. A ver cómo os lo explico. Es como si te quedas con varios pisos de un edificio y los conviertes en habitaciones individuales, todo muy limpio y muy moderno pero con aire casero, sin mostrador de recepción tan siquiera.

Estoy sola en toda la planta, con las llaves de la puerta principal en mis manos. Por eso pedían en la web que se avisara si llegabas un poco tarde y que había que pagar en efectivo.

Tengo todo cerrado a cal y canto, con pestillos y vuelta de llave, aunque no parece que sea un sitio en absoluto peligroso.

Buenas noches desde Ciampino.

 

12 abr 2014

Una cateta en Dubai (Día 7)

04:45 hrs. Suena el teléfono: "Señora, su despertador".
Rauda y veloz me levanté, me arreglé y salí con destino al aeropuerto en un taxi con banda sonora de los Bee Gees.  No había apenas tráfico. Tardé unos quince minutos en llegar. La terminal tres, dedicada en exclusiva a los vuelos de Emirates, estaba en plena actividad, como si no fuera mitad de la noche.
Tardé más de cuarenta minutos en facturar la maleta. 18 kgs. Esta vez no hay misterio que valga. Me han hecho tantos regalos que  la maleta abulta el doble que a la ida. Hasta una daga traigo conmigo. Creo que es la primera vez en años que no vuelvo con una nueva memoria USB de propaganda de alguna empresa. 
Atravesé sin problemas el control de pasajeros. Estuve visitando cada una de las tiendas del Duty Free sin encontrar nada de interés. Aquí el Duty Free no tiene mucho interés, ya que en los Emiratos no se pagan impuestos. Los únicos que tenemos que abonarlos somos los turistas en los hoteles. Desde el 1 de abril se han inventado uno nuevo para ayudar a financiar la Exposición Universal de 2020, que habrá que venir a ver porque he dejado pagada la entrada con lo que me han cobrado. Dado que en Dubai todo se hace más grande y más impactante que en cualquier otro lugar, la Expo va a ser la pera. Garantizado. Tendrán que arreglar el problema del tráfico, sin embargo. Es el único pero que le pongo a la visita, sin hablar de la diarrea.
Ha habido momentos en los que, mirando hacia los edificios, me he sentido como si estuviera en la película de Flash Gordon.  Había uno en particular al que le salían unos tentáculos. Copiado de una película de ciencia ficción, seguro.
Cada vez que me preguntaban por mi nacionalidad, todos contestaban lo mismo: ¿Vives cerca de Marbella? Una de las miembros de WISTA me contó que vendrá de vacaciones a Marbella este verano, cuando termine el Ramadán. Es hija de un armador que tiene cuatro hijas y ningún varón, de modo que no le ha quedado más remedio que ponerlas al frente del negocio. Siempre va envuelta en negro. Aún así fue la más elegante en todo momento. Usa zapatos de tacón espectaculares, combinados con unos bolsos de impresión. Las gafas de sol de Prada que se puso para la visita al puerto fueron lo más. Lleva el rabillo de los ojos pintado como la misma Nefertiti y las cejas perfectamente depiladas.
En la cervecería que tiene Heineken montada en el aeropuerto había gente bebiendo pintas de cerveza a las seis de la mañana.
Nos embarcaron en el avión media hora antes de salir. Era el mismo modelo de Boeing del viaje de ida pero en una versión más moderna. El mando a distancia de la pantalla era como una mini consola y el baño era más amplio, con más detalles, como un bote de perfume encastrado en una base. Los compartimentos para el equipaje encima de los pasajeros eran enormes.
Esta vez vine en una fila de tres con un oriental al otro extremo y nadie entre los dos. El oriental no dio nada de guerra. Ni siquiera se levantó al baño. Aguantó las siete horas y veinte de vuelo como un campeón. Eso es una señora vejiga.
Intenté dormir un rato hasta que nos sirvieron el desayuno. Tenía una parte con pollo, rajas de tomate y queso y otra más normal con pan, mantequilla, mermelada, trozos de melón, piña, melocotón y un croissant caliente.  Del pollo y el tomate mi estómago no quiso ni oír hablar.
Tuve que ponerme el jersey y echarme por encima la pashmina gigante que te prestan por si tienes frío. Tardaron un rato largo en volver a poner la temperatura a un nivel agradable.
Seguí dando cabezadas con mi almohada cervical del chino de enfrente de la oficina medio desinflada, el antifaz y los tapones para los oídos hasta que en un momento dado la única goma que le quedaba viva al antifaz saltó de las costuras y me dejó con el artefacto colgando de media cara. Tuve que cancelar mis intenciones de dormir la mayor parte del viaje porque la luz me lo hizo imposible. En ese momento sobrevolábamos la Península del Sinaí, dejando atrás Arabia Saudita. Un alivio, porque no tiene que ser nada divertido hacer un aterrizaje por una emergencia en ese país. En Dubai comentaron que pocas mujeres van por allí de visita o por negocios. Conseguir un visado es un quebradero de cabeza y viajar con un hombre que no sea tu marido queda completamente descartado. No hace mucho una señora de 70 años tuvo problemas por viajar en un taxi con un taxista que, evidentemente, no era su marido.
En Dubai hay taxis rosa conducidos por mujeres para comodidad de aquellas mujeres que no tengan un marido taxista.
En el avión llevábamos azafatas y azafatos de trece nacionalidades diferentes. Tenía que mirar la chapita donde llevan sus nombres escritos cada vez que se acercaba uno para saber si podía hablarle en español o no.
Delante de mí, separadas por el pasillo, viajaban dos japonesas de unos sesenta años que no pararon de hablar en todo el camino, aparte de meterse entre pecho y espalda dos botellas de vino tinto cada una, la primera con el desayuno. Estuve por aplastarles la cara un poco más con la bandeja para que callaran de una vez.
Estuve viendo una película inglesa. Cuando los protagonistas caminaban por los pasillos del metro de Londres me di cuenta de que en el de Dubai no hay pobres pidiendo, ni músicos, ni chicles pegados a las tapicerías de los asientos.
Los azafatos pasaron innumerables veces con bebidas. Después del segundo zumo de mango me pasé a la Coca Cola para probar las sensaciones de mi estómago. No fue mucho porque las Coca Colas de los aviones son de juguete.
La bolsa para la basura que pasaban de vez en cuando no era como las de los aviones de Ryanair de un supermercado, sino una bolsa marrón con el logo de Emirates.
Nos dieron de comer a la una, hora de Dubai. Cuando llegaron con el carrito a mi altura sólo quedaban menús de cordero. Al abrir la tapa del recipiente mi estómago dijo que de eso ni hablar, así que comí el arroz blanco que iba acompañando al animal, unas galletas saladas con queso de untar y una magdalena de chocolate flotando en natillas.
Sobrevolamos el Canal de Suez, Tobruk, el sur de Sicilia, Carthago, Annaba y Cuenca.
Al acercarnos a las Islas Baleares comenzamos a sufrir turbulencias. A pesar de decir por megafonía que nos quedáramos sentados y bien atados, una de las japonesas se levantó para ir al baño.  Es curioso, cada vez que paso por esta zona hay turbulencias. La japonesa volvió sana y salva a su sitio. No se debió de dar un golpe en la cabeza ni nada porque siguió hablando con su amiga del otro lado del pasillo como si tal cosa. ¿Qué venían contándose las dos desde Japón, por Dios?
Aterrizamos sin novedad en el aeropuerto Adolfo Suárez, recogí mi maleta, que fue una de las últimas porque tardó como si la hubieran sacado del fondo del avión, salí de la zona de pasajeros, volví a facturar y a entrar otra vez sin novedad. Me he librado esta vez de ser manoseada.
Oí a una madre sudamericana decir a su hijo: “Juanpa, ¿quieres una carrela?” señalando al stand donde puedes tomar prestados carritos de niño mientras estás por la terminal. Ya sabéis, se llaman carrelas. Por un momento pensé que ya no entendía mi propio idioma después de casi una semana sin hablarlo.
Di un paseo por entre las tiendas y me senté a ver un episodio de Sherlock en el iPad. Comí unas galletas saladas que llevaba en la bolsa para no estar con el estómago vacío.
Me entretuve estudiando mi tatuaje. Tranquilo, papá, se borra en diez días. Pensar que hay gente que en un arrebato como el que tuve ayer en el campamento se hace uno para toda la vida.
A las seis menos cuarto nos metieron en un autobús para llevarnos al mini avión de Iberia que nos trasladaría a Sevilla. Por el camino saqué fotos del cielo con mi cámara nueva. ¡Qué contenta estoy con mi cámara nueva!
En Sevilla, al recoger la maleta, observé que había desaparecido el candado, que estoy totalmente segura que llevaba puesto cuando volví a facturar en Madrid. Cada vez que recojo mi maleta de la cinta le hago una inspección general para ver si hay algo roto. De hecho, esta maleta que tengo ahora me la tuvo que pagar Iberia tras dañar la anterior que me había dado Easy Jet por el mismo motivo. Fui al mostrador de reclamaciones, donde me dijeron que no se hacen cargo de elementos externos rotos o desaparecidos y que si faltaba algo de dentro no era problema suyo, que es como si te roban en casa. Una mierda muy gorda para Iberia. Abrí la maleta delante del sujeto. Parecía que estaba todo en orden.
Mi taxista favorito me estaba esperando. Me depositó en la puerta de casa una hora más tarde, sobre las nueve de la noche.
A partir de mañana dieta Margarita, que es la que me sienta bien.
Buenas noches desde mi camita.