7 oct 2014

Una cateta en Chipre (Día 4)

Siete y diez de la mañana. Me cago en las campanas de las iglesias ortodoxas.

Para quien no lo tenga bien situado en el mapa, Chipre se encuentra justo debajo de Turquía. Si por un golpe de mala suerte Turquía se cae al suelo, se lleva Chipre por delante. Al este están Líbano y Siria, al sur Israel (¡Hola, Vilma!) y Egipto. A las americanas las pone un poco nerviosas estar tan cerca de Oriente Medio.

Después de recoger el equipaje, desayunar y ser acosada en dos ocasiones por el servicio de limpieza del hotel, bajé a recepción a despedirme y tomar un taxi rumbo al hotel Four Seasons, donde se va a celebrar la conferencia internacional anual de WISTA. El hotel se encuentra en la zona turística de Limassol, donde hay un hotel de lujo detrás de otro junto al mar.

Por el camino pude observar que el paisaje es seco y rocoso, muy apropiado para las cabras, aunque no he visto ninguna de momento. Sin embargo, tienen que estar escondidas en algún sitio. Si el padre de Makarios estaba en el negocio de la cabra, haberlas haylas.

Al llegar al hotel mi maleta desapareció en manos de un botones. Me acompañaron hasta el mostrador de recepción, me dieron una toalla húmeda para limpiarme las manos que no tenía sucias, me ofrecieron un zumo de bienvenida, me invitaron a desayunar por cuenta de la casa y se deshicieron en disculpas por no tenerme la habitación lista a las diez de la mañana. Salí al jardín a sentarme con mi segundo zumo de mango. Allí me encontré con Joan, la presidente de WISTA Holanda, que es la reina del baile y está como unas maracas. ¿Os acordáis del objeto flotante que confundieron con un avión hundiéndose este invierno? Pues ella es la dueña de la empresa de remolques que transportaba aquello.

Al rato apareció Katerina, la griega miembro del comité ejecutivo de WISTA. Estuvimos charlando junto a la piscina. Luego se nos unió Alex de Estados Unidos.

A la una y media fui a tomar posesión de mi habitación. Mi maleta apareció por allí por arte de magia. Tengo jacuzzi y unas vistas espectaculares.

Las americanas no dejan de decir que se van a bañar en el océano, que si el océano para arriba, que si el océano para abajo. No se hacen a la idea de que estamos a orillas del Mediterráneo. Que ellas no tengan mares no significa que no existan.
Según fui sacando la ropa de la maleta me fue dando una taquicardia. Llevaba allí dentro desde el jueves por la noche y estaba impresentable. Llamé a recepción para que me subieran una plancha y una tabla, que fueron entregadas a los cinco minutos de llamar.

Tuve que bajar al jardín sin haber solucionado el problema porque me llamaron al orden. Habían llegado Karin, Jeanne y Kathi de hacer submarinismo en Larnaca y querían comer inmediatamente.

El servicio del hotel es exquisito. Están constantemente encima, te colocan la servilleta en el regazo, te acercan la silla cuando te vas a sentar, aparece de vez en cuando una señora inglesa a preguntarte si estaba bien lo último que habías pedido. Nos tiene a todos perfectamente controlados. Da un poco de miedo.

Después de comer se nos acabó la fiesta. Karin nos llevó a Jeanne y a mí a su habitación y nos tuvo trabajando toda la tarde. Es una máquina.

Me dio el tiempo justo de volver a la habitación para darme una ducha, planchar muy por encima toda la ropa, contestar a los ciento cincuenta mil correos electrónicos de WISTA que había recibido durante el día, y bajar a encontrarme con ellas para cenar a dos hoteles de distancia.

Me temo que el jacuzzi se va a quedar sin estrenar porque a partir de ahora empieza la locura.
Encima de la cama me encontré el pijama perfectamente preparado para cuando fuera a acostarme. Me recordó a la foto que nos envió Karin cuando estuvo haciendo submarinismo en Egipto. Le dejaban las toallas encima de la cama haciendo figuras.
Estuvimos bebiendo champán francés y Coca Cola mientras nos reuníamos todas y nos preparaban la mesa para la cena. Hacía una temperatura excelente.
Apareció Parker, que ha venido sola desde Estados Unidos con los huesos de un pie rotos, teniendo que coger tres aviones. Se transporta en un artefacto curiosísimo donde apoya la rodilla como si fuera en patinete. Por supuesto, todas tuvimos que probar cómo funcionaba aquello.

Se nos unió Despina, nuestra anfitriona para la conferencia. Se sentó a mi lado. No sé qué fue lo que más me impactó cuando dejó sus cosas sobre la mesa, si el iPhone 6 Plus o las llaves del Maserati.
Fuimos la mesa más ruidosa del restaurante. Justo al lado cenaba un grupo de sacerdotes rusos que rezaron una oración al levantarse de la mesa, no sé si por la salvación de nuestras almas después de oír los chistes verdes que nos contaba Alex y que casi nos hacen caer al suelo de la risa.

A las doce levantamos el campo porque mañana algunas de nosotras tenemos que madrugar.

Por supuestísimo, yo volví al hotel en el Maserati. ¿Cuándo voy a tener yo otra oportunidad de subirme a un Maserati, aunque sea para recorrer trescientos metros?

6 oct 2014

Una cateta en Chipre (Día 3)

Ocho menos diez. Sonaron las campanas de una iglesia cercana. Abrí un ojo y me quedé ciega de la luz que entraba por el ventanal de la terraza.
Este viaje a Chipre no me hacía ninguna ilusión, ninguna. De hecho, hace dos años tuve oportunidad de venir a WISTA Med y no hice ningún esfuerzo. En mi más tierna infancia sufrí un trauma del que no he llegado a recuperarme nunca. Mi trauma se llama Arzobispo Makarios. Este individuo, hijo de un pastor de cabras y etnarca de la comunidad grecochipriota, aparecía en la pantalla de nuestro televisor todos los días en todos los Telediarios en blanco y negro, que da mucho más miedo. En casa no nos permitían ver las películas de dos rombos, pero estábamos presentes en obligado silencio a la hora de los Telediarios, bastante más terroríficos que cualquier película de ficción.
El tal Makarios estaba metido en muchos líos a principios de los 70. Salía vestido de negro, con un gorrito negro y rodeado de mucha gente cabreada. Me causaba escalofríos cada vez que aparecía en la pantalla.
Aprovecho para contaros mis otros traumas televisivos, ya que estamos:
2- El terremoto de Nicaragua en  1972. Escombros y muchos niños de mi edad llorando llenos de polvo. Un recuerdo imborrable.
3- El asesinato de Carrero Blanco en 1973. Yo me preguntaba por qué había un agujero en el suelo y un coche en lo alto de un edificio y por qué el coche no estaba en el fondo del agujero. No tenía yo muy controlado entonces cómo funcionaba una explosión.
Debe de ser por todo esto que no veo televisión.
Por otro lado, he tenido que montar el circo de la cabra para llegar a Chipre porque Iberia se empeña en que no vuele con ellos. Han eliminado el vuelo de las siete de la mañana a Madrid, lo cual hace imposible conectar con cualquier vuelo diurno a casi cualquier destino. La otra opción era pasar la noche visitando cuatro aeropuertos para llegar a Larnaca a  las nueve de la mañana hecha un trapo. Faro/Londres/Larnaca era la opción menos salvaje y más económica.
Ayer no me quedé a dormir en Larnaca porque lo único que hay que ver allí es la iglesia de San Lázaro. Lázaro se murió allí definitivamente y parte de su cuerpo está enterrado en esa iglesia. Digo parte de su cuerpo porque ya sabéis la costumbre que tiene la iglesia de repartir brazos y piernas de santos por ahí para que todo el mundo tenga su relicario.
Una vez me armé de valor para salir de la cama, me asomé a la terraza a ver un poco el vecindario. Observé que todas las viviendas cuentan con sistemas de energía solar y que la mayoría de las edificaciones bajas tienen la ferralla a la vista, como si fueran a seguir edificando más plantas.
Encima de la mesilla de noche hay una hoja plastificada explicando a los huéspedes que las toallas están para secarse, no para limpiar los zapatos. ¿Qué tipo de gente se hospeda aquí?
A las diez me llamaron a la puerta para rellenar el minibar. Que digo yo que un domingo a las diez de la mañana es un poco temprano para eso.
A las once menos cuarto salí a la calle. Seguía aparcado en la puerta el coche de la boda de ayer, ya sin lazo en el techo. Supongo que les habrá hecho mucha gracia que les llamaran para rellenar el minibar después de acostarse a las tantas.
Eché a andar hacia el paseo marítimo. Todo me resultaba más que familiar, y es que esto es muy parecido a Portugal. Hay un aire semi cutre cuando te alejas de la zona turística o de las carreteras principales. Eso sí, no me crucé con ningún carro tirado por un burro como es costumbre en el país vecino.
El paseo marítimo es más largo que un día sin pan. Tardé una hora en llegar a la zona antigua de Limassol bajo un sol abrasador. Había mucha gente en la playa, pero todo gente de medio pelo. Mucho ruso, muchos grupos de mujeres filipinas e indias que supongo serán servicio doméstico con el día libre. La arena era parduzca y no había demasiado espacio entre el paseo y la orilla.
En la acera de enfrente, delante de un edificio de apartamentos de lujo, había aparcados varios carromatos.
Por aquí pasó Ricardo Corazón de León camino de las cruzadas después de los Bizantinos y antes de los alemanes, los mamelucos, los venecianos, los otomanos y los ingleses. Ahora están los rusos, pero extraoficialmente.
Los ingleses dejaron los volantes a la derecha, los almacenes Debenhams, los mismos semáforos que te encuentras en Londres y los pasos de cebra, aunque los respetan tanto como si fueran españoles. De los mamelucos no he sido capaz de identificar nada.
Cuando ya desesperaba un poco de tanto andar, vi que me encontraba en la zona de la catedral ortodoxa, donde se celebraba un bautizo cuando entré. Está construida sobre los restos de un templo bizantino, pero es completamente moderna, sin ningún interés especial.
Hay tal mezcla de culturas que te puedes encontrar una iglesia anglicana, una armenia, una católica, una ortodoxa, una evangélica, una copta y una mezquita. Y no se prenden fuego unas a las otras.
Di un paseo por lo que llaman el “old town”, que es “old” de viejo no de antiguo, porque está todo que se cae a pedazos. Las zonas mejor conservadas son aquellas donde se han instalado los restaurantes y los bares de copas.
Estuve en el castillo medieval, que no ofrece gran cosa, excepto cuatro piedras antiguas y un par de cañones.
Como había quedado para cenar, hice el esfuerzo de comer temprano aunque aún no tenía mucha hambre. Encontré un sitio muy chulo decorado con paraguas. Parece ser que aquí llueve poco, así que les han encontrado una utilidad diferente a la habitual.
Comí souvlaki con pan de pita, arroz y ensalada mientras sonaba música de Amparanoia. El souvlaki son los pinchos de carne. Era de cerdo y no estaba marinado. No fue un éxito. Los he comido mucho más ricos.
Al terminar fui a reservar mesa para la cena en un sitio muy chulo que había visto anteriormente.
Fui caminando hasta la marina. Hay zonas que están aún en fase de construcción. Es espectacular. Había atracados unos cuantos yates de tamaño grande y uno enorme en una zona a la que no se podía acceder sin permiso.
Y con esto quedó visto todo lo que había que ver en Limassol.
Volví sobre mis pasos hacia el hotel. Entré en un par de tiendas de souvenirs que son como museos de los horrores. No se salvaba absolutamente nada. Venden cerámica cutre, guerreros de cobre de la Grecia antigua, paños de cocina con “Cyprus” bordado en colores, toallas de playa con fotos de burros y un sinfín de objetos inútiles horrendos.
Tardé cincuenta minutos en llegar al hotel a paso de tambor sudando como un pollo. Tenía en el móvil una llamada perdida de Laura Ramil, una gallega que vivió diez años en Limassol, hasta que hace poco decidió cambiar de aires por motivos que no vamos a explicar aquí. Es miembro de WISTA Chipre y nos conocimos en París hace dos años. Quedé con ella en el hall del hotel, previo paso por la ducha.
Estuvimos un rato charlando junto a la piscina, hasta que pasaron a recogerla sus familiares. Yo subí a la habitación a descansar un rato.
Laura me explicó lo de la ferralla de las casas. Parece ser que no empiezas a pagar el IBI hasta que la edificación de tu casa está finalizada. Si dejas la ferralla al aire puedes decir que aún no terminaste de edificar la planta superior, así que estás exento del pago por los siglos de los siglos. Partida de chorizos.
A las ocho menos cuarto bajé a pedir un taxi. Mientras llegaba estuve charlando con el botones, un señor muy simpático que trabajó en Sony hasta que explotó la crisis aquí.
Llegué al punto de encuentro cerca del castillo con cinco minutos de antelación, pero tuve que esperar otros quince a que llegaran las demás, Karin, Jeanne, Kathi y Alex, que son nuestra presidente holandesa, la americana que está en el comité ejecutivo, la alemana directora de INTERTANKO y la presidente de WISTA USA. Las tres primeras son unas locas del submarinismo y llevan aquí desde el viernes practicando sus locuras. Alex llegó esta tarde procedente de Florida, donde vive con sus iguanas.
Cenamos en una terraza junto al castillo. Por fin pude probar el halloumi, un queso de cabra y oveja de aspecto gomoso que es mejor hacer al grill porque crudo no hay quien lo coma. Me encantó.
A las once y media nos subimos las cinco a un taxi (sí, no es la primera vez que lo veo aquí) porque Jeanne se negó a que me fuera yo sola. Tuve que ir sentada en los brazos de las otras tres que fueron en el asiento de atrás. Me depositaron sana y salva en mi hotel y siguieron ruta hacia los suyos.
Quince minutos más tarde entraba en coma profundo.
 

5 oct 2014

Una cateta en Chipre (Día 2)

Me despertó un sutil olor a jazmín a las siete de la mañana y ya no pude volver a dormirme, pero me quedé en la cama en estado semi comatoso hasta las ocho, sabiendo que me esperaba un día entero por delante de no poder poner las piernas en alto.
Tal y como sospechaba, al darme una ducha todo el cuarto de baño se mojó, así que tuve que usar una toalla para secarlo todo. No os cuento cómo quedó el rollo de papel higiénico. Por cierto, la grifería Roca.
Me quedé en la habitación-camarote hasta las once, hora límite de salida. Al salir me di cuenta de que al final del pasillo había una ventana al exterior, a la que corrí a asomarme (foto 2. Es curiosa la sensación de claustrofobia que puede dar una habitación sin ventana, por muchas comodidades que tenga.
Bajé a buscar una factura a recepción y di una vuelta por la Terminal Sur. Mucha tienda de chucherías, sándwiches y revistas pero poco más.
En el andén del trenecito para desplazarme a la Terminal Norte tuve ocasión de disfrutar del frío de la mañana. Aunque está perfectamente cubierto, los laterales están al aire libre. Había gente con chaquetones y un par de jóvenes con gorros de lana, aunque esto último me pareció un poco exagerado.
Ya en la Terminal Norte tuve que esperar una hora para facturar la maleta, así que me senté a ver un episodio de una serie en el iPad y luego di una vuelta por las mismas tiendas que había en la otra terminal. No compré lo que tenía que comprar porque sabía que en el Duty Free lo iba a encontrar más barato, quizás de oferta.
Ya  en la larguísima cola para facturar con EasyJet tuvimos que dejar pasar a esos grupúsculos de gente que va de vacaciones y llega a los aeropuertos con el tiempo justo y tienen que acabar corriendo como locos y los pasajeros los miran con cara asesina cuando por fin suben al avión en el último minuto con los ojos desorbitados pero sabiendo que lo han conseguido y que va a volver a pasar la próxima vez.
En el control de pasajeros mi ordenador y mi iPad pasaron un tiempo superior a lo normal dentro del escáner. Los pobres tienen un aspecto de lo más inocente. No lo entiendo.
En el Duty Free de WHSmith, tal y como sospechaba, las chocolatinas Wispa estaban de oferta al comprar dos en lugar de una. No era mi intención comprar una, ni mucho menos. Adquirí casi todas la que había en la bandeja, en número par para beneficiarme del descuento. También me hice con dos Coca Colas de cereza, una para beberla con el sándwich de queso de la comida y la otra para mejor ocasión. Ahora las venden en España, pero el sabor no tiene comparación. Nada más abrir el tapón ya notas el olor diferente.
Había Coca Cola de vainilla y con limón. Esto último me parece una aberración. Echarle limón a la Coca Cola es como echarle gaseosa a un vino caro.
También vendían, atención atención, una nueva Coca Cola llamada Coca Cola Life  fabricada con productos naturales. ¿Nos están diciendo que las de toda la vida son sintéticas? No compré ninguna porque simplemente no me cabía nada más en la mochila.

Me estoy acordando ahora de la foto que me envió mi hermano esta primavera, otra aberración que supongo una broma de alguien que tiene poco que hacer y mucha habilidad con el Photoshop.
Confieso que me está costando entender el acento británico. Sé lo que me están diciendo pero no pillo las frases completas. Hace tiempo que no visito el país, trato bastante con gente de Estados Unidos y casi todas las películas que veo son americanas excepto Downton Abbey. El problema es que en los mostradores del aeropuerto nadie habla con el perfectísimo acento de clase alta que sí entiendo sílaba por sílaba.
Anunciaron la puerta de embarque de mi vuelo, la 569, a las dos menos cuarto. Estaba en una zona del aeropuerto que no conocía y que sospecho es bastante reciente. En lugar de duros asientos había butacas y un mostrador con taburetes para poder enchufar el ordenador. Allí me senté a disfrutar del final de mi Coca Cola y de mi primera Wispa mientras veía cómo llovía a cántaros en el exterior.

Embarcamos a la hora prevista pero salimos casi media hora tarde por el tráfico en las pistas. El piloto, un inglés graciosísimo, nos comunicó emocionado que viajaba con una copiloto.
Otra vez llevaba asiento de pasillo. La chipriota que estaba ya sentada en ventanilla se había equivocado y se había sentado en la letra A en lugar de la F, así que tuvimos que movernos todos los de la fila cuando llegaron los dueños de la A y la B con un bebé precioso de seis meses en brazos. Es la primera vez que me siento junto a un bebé en un avión. El padre, inglés cien por cien de clase media, ataviado con pantalón de chándal negro, camiseta de licra blanca y calcetines blancos de deporte, nos abandonó a la mujer, a su bebé, a mí y a sus zapatos y se fue con un amigote a la cola del avión, donde se aposentaron como si estuvieran en la barra de un pub. De vez en cuando aparecía una azafata a cobrarle a la mujer la siguiente ronda de cervezas que se estaban bebiendo. Cuatro veces vino. Cuatro latas de cerveza se bebió el sujeto.

El bebé se portó estupendamente, gracias a Dios. No lloró nada y sonreía todo el tiempo. Por cierto, el individuo que aparece sentado justo detrás llevaba un iPhone 6, teléfono que tuve la ocasión de sujetar en mis emocionadas manos en una tienda del aeropuerto. Le cayó al suelo dos veces, dos. Hay mucha gente desalmada por el mundo.

Cuando ya estábamos rozando tierra apareció el inglés de los calcetines blancos. Se sentó entre su mujer y yo, me miró y me preguntó si había tenido un buen vuelo. Muy cocido tiene que ir un inglés para dirigirte la palabra así por las buenas. Se cuenta la anécdota de dos ancianos que habían compartido barra de pub durante 40 años sin hablarse porque nadie los había presentado nunca.
Aterrizamos exactamente cuatro horas después de dejar tierras británicas, con el inglés sin abrocharse el cinturón de seguridad.

Tuvimos que ir andando hasta la terminal, con una temperatura estupenda. Ya eran las nueve y media de la noche en Larnaca.

Mi maleta apareció, como otras muchas, completamente mojada. Podemos decir que ha pasado definitivamente a la categoría de maleta destartalada. Traía en el culo un siete y una hendidura donde podía meter un dedo. Lástima que no le hayan hecho un desperfecto más grande porque éstos de EasyJet te dan unas maletas muy apañadas cuando te rompen la tuya.

Para trasladarme a mi destino final, Limassol, tenía dos opciones, esperar casi dos horas al siguiente autobús o tomar un taxi. Dado mi estado lamentable y el hecho de que no sale de mi bolsillo, decidí tomar el taxi. Era un Mercedes clase E como el de mi taxista favorito pero en negro y con el volante a la derecha. El taxista hablaba poco inglés, pero conseguí averiguar que el coche era del año 2012. Ya tenía 509.000 km. En media hora llegamos a mi hotel. Hicimos todo el trayecto por el carril derecho de la autopista. Si lleva el volante a la derecha, tiene que ir por el izquierdo, ¿no?

En el hall del hotel había un escándalo importante. Se estaba celebrando una boda con cantante y bandurrias en directo. El coche de los novios estaba en la puerta. En lugar de matrícula llevaba una placa que decía “Just married” y tenía un enorme lazo de encaje en el techo.

Subí a la habitación. Lo primero que hice fue abrir la maleta para ver si estaba mojada por dentro. No, menos mal.

Me asomé a la terraza. Vi una tiendecita de ultramarinos en la esquina y bajé a comprar algo para cenar. La tienda estaba regentada por una señora que cenaba un plato de alubias en el mismo mostrador. Los únicos bocadillos que ofrecía tenían un contenido misterioso de colores misteriosos, así que compré una botella de agua y una caja de Pringles, que sé cómo saben y de qué están hechas.

Me di una ducha y entré en un profundo coma instantáneamente a las doce de la noche.


4 oct 2014

Una cateta en Chipre (Día 1)

Después de estar toda la semana de guardia, despertar a las cinco de la mañana, pasar el día trabajando y comer con varios compañeros de la oficina (Me encanta entrar en un restaurante acompañada de seis guardaespaldas, la mayoría de muy buen ver y con un sentido del humor muy negro. Vuelan por la mesa pildorazos como preguntarle a un joven ingeniero naval si debajo del colchón de su padre, antiguo comandante del Juan Sebastián Elcano, alguna vez aparecieron polvos blancos), a las cinco y veinte de la tarde decidí que era hora de coger las de Villadiego.
Mi taxista favorito me esperaba cerca de la oficina para llevarme a casa a coger el equipaje y salir inmediatamente con destino al aeropuerto de Faro.
Llegamos en poco más de una hora. Nos sentamos a tomar algo mientras abrían el mostrador de facturación. A las ocho y media nos despedimos, facturé mi maleta de 13.5 kgr., pasé el control de pasajeros sin incidentes y di un paseo por las tiendas. Ha mejorado un poco la oferta desde la última vez que volé desde aquí.
Al cabo de un rato me senté en una chaise longue a comer un plátano que llevaba en la mochila y a leer una revista que también llevaba en la mochila. Estaba muerta. A las diez menos cuarto por fin anunciaron la puerta de embarque. Tan cansada estaba que cuando el guardiña me preguntó mi destino en el control de pasaportes, me quedé en blanco.
Cuando por fin entré en el avión me encontré con un individuo aposentado en mi asiento. Tuve que explicarle que la letra F corresponde a ventanilla y la D a pasillo. Su mujer, sentada en el asiento central, tomó posesión de la ventanilla inmediatamente, pero el marido no se movía. Me dijo que su intención era pasar el vuelo dando paseos por el pasillo y que sentado en el centro iba a tener que molestarme continuamente. Como mi intención era pasar el vuelo mirando para dentro, le cedí el asiento del pasillo y me senté en el central.
Salimos con 45 minutos de retraso. El piloto nos explicó que llevaban arrastrándolos todo el día debido a la niebla que hubo en Londres por la mañana.
Ibamos a bordo 180 adultos ingleses, dos bebés calvos, uno con pelo, una pareja de españoles, un azafato valenciano, un piloto escocés y yo. Desconozco si el piloto era independentista o unionista porque no manifestó su ideología por megafonía.
Antes de despegar tuve ocasión de hojear la revista del avión con un chicle pegado a la contraportada.
Al bebé con pelo lo descubrí al otro lado del pasillo en brazos de su madre cuando empezó a llorar y ésta intentó ahogarlo con una mantita de lunares rojos para hacerlo callar. Para vuestra tranquilidad no consiguió su propósito porque cuando aterrizamos en Gatwick el bebé dormía plácidamente. Eso sí, se mantuvo en silencio todo el viaje. No así su abuela, que no paró de toser durante todo el vuelo.
Tan pronto hubimos despegado, me coloqué mi nueva almohada cervical de látex y el antifaz que me dieron cuando volé a Singapur. Ambos objetos no fueron adquiridos en un chino. No volverá a suceder la desgraciada experiencia del viaje a Dubai.
Dormí a ratos, interrumpida por el azafato valenciano anunciando el menú, vendiendo comida y recogiendo la basura en repetidas ocasiones. El matrimonio inglés en medio del cual me encontraba sentada se comunicó en pocas ocasiones. Eso sí, me desveló un rato la frase pronunciada por el marido: “Los muffins son comida para señoras”. “Muffins” son magdalenas, normalmente de tamaños descomunales. Después de un rato de reflexión llegué a la conclusión de que se refería al hecho de tener que comerlos a pellizcos, un acto en sí poco masculino.
Cuando cambió el ruido del motor del avión al empezar a descender, me quité el antifaz para ir resucitando poco a poco y terminar de hojear la revista con el chicle pegado.
A las doce y media, una y media en España, estábamos tomando tierra en Gatwick. Hubo suerte en el control de pasaportes. No había casi nadie. La última vez, el año pasado, había cientos de personas esperando allí ordenadamente para entrar en la Pérfida Albión.
Lo que sí tardó un poco fue la maleta. Nos tuvieron un rato esperando hasta que anunciaron la cinta por donde saldrían. La mía llegó bastante aplastada,  con un tremendo golpe en una esquina, como si la hubieran usado para ayudar a frenar el avión en la pista.
Tomé el trenecito desde la Terminal Norte a la Terminal Sur, entré en Marks & Spencer Food Halls, que es donde venden la comida y donde sé que puedo pagar una pequeña compra con Visa. No llevaba encima ni un solo penique con la cara de su Graciosa Majestad.
Entré buscando mi sándwich favorito de jamón inglés con mayonesa de mostaza. Es el único sándwich que venden normal. Los demás tienen dentro..... cosas. Por ejemplo, como cuando dice en los ingredientes: lechuga. Mentira. Se asoman a la puerta y del primer árbol que encuentran arrancan una hoja y te la meten en el bocadillo, con rabo y todo. Luego tienen una cosa que llaman “chutney”, que es como una mermelada pero te encuentras tropezones de cebolla dentro.
Pertrechada con mi cena, entré en el hotel Bloc, dentro de la terminal. Elegí este hotel para evitar salir a la calle de madrugada. No olvidemos que estamos en el país de Jack el Destripador y donde llueve a todas horas.
La habitación es como un camarote pero sin los hermanos Marx dentro. Si abres la maleta no puedes abrir la puerta. La ducha está en el mismo habitáculo que el lavabo y el retrete, lo cual va a complicar las cosas a la hora de tomar una ducha intentando evitar mojarlo todo. La enorme cama está pegada a la pared sin ventana. Hay un televisor Samsung de 42 pulgadas incrustado en la pared a los pies de la cama. Las paredes están forradas de ante beige y madera. Al entrar me llegó una bocanada de aire siberiano. No lograba encontrar el interruptor del aire acondicionado, hasta que descubrí una tableta Samsung junto a la cama. Cuando la toqué se abrió un menú desde el que podía controlar todas las luces, el aire e incluso hacer el check out cuando me vaya. Demasiado.
A las dos de la mañana, hora local, tres de la mañana en España, caí en un profundo coma.

29 jun 2014

Una cateta en Nápoles (Día 7)

Antes de las ocho estábamos Laura y yo despiertas. Ella se fue a las ocho y media porque volaba a Barcelona desde Nápoles. Yo me levanté tranquilamente y bajé a desayunar a las nueve con Rosana, una francesa residente en Suiza, una marroquí residente en Francia, una maltesa residente en Suiza y una griega residente en Grecia. A las nueve y media nos despedimos, recogí la maleta de la habitación y tomé un taxi con destino a la estación de tren. Antes de subir negocié con el taxista el precio para evitar problemas. Quedamos en quince euros. Cuando el taxímetro llegó a esa cantidad, paró el taxi y me bajó. Menos mal que estábamos a unos metros de la estación. Napolitana de toda la vida y harta de tanta tontería, levanté el brazo y paré el tráfico para atravesar el paso cebra que me llevaría a la estación.
No sólo los coches y las motos van como locos, también los barcos. Ayer, al salir del puerto, otro ferry nos adelantó por babor a nosotros y a la canoa de los prácticos haciendo un giro por delante que casi nos lo comemos.
El tren Frecciarossa salió a las once con destino a Milán parando en Roma. Unos minutos antes de la partida, cómodamente sentada en mi butaca, se me acercó un individuo empeñado en venderme unos calcetines blancos. Luego pasó otro vendiendo mecheros. No me imagino una situación igual en el AVE.
Al salir de la estación eché un último vistazo al Vesubio, cubierto por las nubes, de modo que no tengo del todo claro si estaba echando humo o no. No he leído nada en las noticias.
Pasó el revisor esta vez. De los seis trenes que he cogido en Italia sólo en éste me pidieron el billete.
Cuando faltaban veinte minutos para llegar a Roma pasaron dos camareros sirviendo aperitivos. Yo tomé una Coca Cola con cacahuetes, por cortesía de Trenitalia.
El tren llegó puntualmente a las doce y diez a Roma. En las pantallas del vagón anunciaban los andenes de otros destinos, entre ellos el mío. Andén 18. En diez minutos salía mi tren con destino a Ciampino. Tenía el billete comprado de ida y vuelta, así que fui directamente a buscar el andén. Como he leído todos los libros de Harry Potter, no me resultó extraño que hubiera un andén 17 y a continuación el 19. Sin rastro del 18. Pregunté a dos señores con chalecos reflectantes utilizando la palabra número 24 que he aprendido estos días: “binari”, que significa vías. Al igual que el andén nueve y tres cuartos de Harry Potter, el 18 aparecía misteriosamente caminando entre el 17 y el 19.
Subí al tren de ventanas de guillotina y cristales opacos. A éste de hoy le han cambiado la tapicería recientemente.
En quince minutos estábamos en Ciampino. Estupendo, porque a la una salía el siguiente autobús con destino al aeropuerto desde la puerta de la estación. Me senté a esperarlo al sol. Gracias a la amabilidad de un vecino del pueblo, que tenía su red wifi en abierto, pasé la espera conectada a internet desde el móvil. El autobús salió a la una menos cinco, así que si alguien llegó a cogerlo con el tiempo justo se encontró con un palmo de narices. El chófer me cobró dos billetes, uno por mí y otro por la maleta. Había leído en internet que suelen hacerlo, aunque el de la ida sólo me cobró uno.
A la una y diez estaba entrando en el aeropuerto de Ciampino. El vuelo salía a las cuatro y media, así que estuve dando vueltas, aunque vueltas casi en redondo, porque el aeropuerto es diminuto. Está invadido por Ryanair.
Aunque en los paneles decía que no te pusieras en la cola de facturación más de dos horas antes de tu vuelo, viendo que no había mucho público me hice la loca y facturé. 11 kilos.
Delante de mí facturó un grupo de monjas alemanas acompañadas de un cura que las protegía de los peligros mundanos. Una de ellas estuvo todo el rato con el bolso abierto. Estaba en las manos de Dios.
Pasé a la zona de pasajeros sin novedad. Había dos mostradores vendiendo bocadillos, un duty free diminuto y una tienda de objetos de diseño, donde me entretuve viendo memorias USB con forma de pinza de colgar la ropa.
La zona de embarque parecía un campo de refugiados con gente tirada por los suelos comiendo bocadillos. Todos los destinos estaban mezclados en una única sala.
Aunque no tenía mucha hambre, a las tres y cuarto decidí adquirir un bocadillo de jamón york y queso que me tostaron en una plancha. Sabía a plástico. Al señor negro de plástico que viajó ayer con nosotras a Capri seguro que le hubiera encantado.
Mi avión salió con diez minutos de retraso. Viajaban de vuelta conmigo los integrantes del cuadro flamenco de la ida. Esta vez habían comprado billete para la guitarra, que iba cómodamente sentada en ventanilla. Cuando estábamos descendiendo para aterrizar, los palmeros nos deleitaron con unos minutos de flamenco.
Me tocó al lado una señora muy cursi que iba acompañada de una adolescente a la que no dejó de dar consejos sobre homeopatía y nutrición. Tuve que ponerme los cascos para no darle un par de bofetadas.
Con diez minutos de retraso aterrizamos en Sevilla. El piloto frenó por la pista como si fuera napolitano.
Mis ancianos padres me esperaban a la llegada.
Volvimos a casa a paso de carreta, pero no por culpa del conductor, sino por los conos que ponen los domingos para que los sevillanos tengan un carril más cuando vuelven de la playa.
A las nueve y cuarto estaba por fin de vuelta.
Buenas noches desde mi casita.

Una cateta en Nápoles (Día 6)


Laura puso el despertador a las siete para salir a correr un rato. Tal y como puso los pies en el suelo los volvió a meter en la cama de lo doloridas que tenía las plantas por andar con tacones ayer por el suelo irregular del castillo.
Seguimos durmiendo media hora más. No pudimos alargarlo más porque a las nueve teníamos que estar listas en el hall para coger un autobús.
Bajamos a desayunar a las ocho y cuarto. Nos sentamos en una mesa redonda diez miembros de WISTA Suiza, Francia, España, Filipinas, Grecia e Italia. No voy a repetir la conversación, que versó sobre los hombres italianos pudientes de la edad de Berlusconi y su interés por imitarlo.
A las nueve y diez salimos en el autobús hacia el puerto para coger un ferry con destino a Capri. Tardamos unos 50 minutos con bastantes saltos porque la mar estaba un poco regular, lo suficiente para que más de una tuviera que salir al exterior a tomar el aire.
En el barco viajaba un grupo de chicas italianas con un señor negro de plástico. No tengo claro si el señor negro pagó billete o no. El caso es que sí iba ocupando asiento.
Atracamos en Marina Grande y tomamos un funicular de fabricación suiza con destino a la Piazzetta, que es una plaza con unas vistas magníficas de la isla y sus alrededores. La guía nos recomendó que no compráramos en la zona ni nos sentáramos a beber en las terrazas a riesgo de dejarnos allí el sueldo. Lo cierto es que algunas de las presentes no tienen ese problema mundano.
Todo Capri estaba hasta las trancas de gente. Dicen que los días que llegan turistas procedentes de los cruceros que atracan en Nápoles, puede duplicarse la población.
Desde la Piazzetta fuimos caminando hasta los jardines de Augusto, desde donde pudimos contemplar Marina Piccola, donde se esconden los millonarios. Parece ser que durante el día no se les ve de cerca. Sólo de noche aparecen por una sala de fiestas donde les gusta reunirse a bailar.
Fue aquí donde pillaron hace años a Marichalar con el pantalón de paramecios, y no me extraña que perdiera el norte porque en algunos escaparates había cosas aberrantes.
Volvimos dando un paseo hacia el funicular para volver a bajar al puerto. Comimos en un restaurante muy agradable al borde del agua. Desde allí pude ver en la distancia la casa del Axel Munthe en Anacapri. Este señor era un doctor sueco que ejerció la medicina a principios del siglo XX en París y Roma. Escribió “La historia de San Michele”, un compendio de anécdotas de su carrera y de sus estancias en la finca que se compró allí arriba. Os recomiendo su lectura por su originalidad.
Cuando marchábamos de la isla me enteré de que una italiana se había saltado la comida para ir a visitar la casa museo.
Después de comer, la mayoría se fueron a bañar a la cala junto al restaurante. Yo me fui con tres griegas pudientes a ver las tiendas de la marina. ¡Con qué alegría compran los millonarios! Una de ellas tiene una naviera que maneja cerca de doscientos barcos, y no se le nota nada.
Mientras tomábamos una granizada en una terraza del puerto vimos pasar el taxi de la foto. Todos los taxis de la isla son descapotables pero les han puesto un toldo. Algunos son discretos, pero otros eran de rayas como los de las terrazas.
A las cuatro y media tomamos el barco de vuelta. Este era mucho más grande que el de ida, y la mar estaba mucho mejor que por la mañana, así que no sufrimos ninguna baja.
Viajaba con nosotros un grupo de aldeanos de la provincia de Huesca, de esos que se meten en un autobús y ven toda Italia en una semana. También una oriental que me recordó porqué yo no me quedo nunca dormida en los transportes públicos. Por cierto, que en Nápoles no he visto ninguna tienda de chinos. Sospecho que la Camorra no los querrá por aquí.
Al llegar a Nápoles Laura y Rosana se fueron a dar una vuelta para ver todo lo que yo ya he visto, así que decidí volver al hotel a reposar un rato.
Me di una ducha y comprobé con horror que tengo moreno de albañil de todo el sol que me ha dado estos días paseando arriba y abajo.
Pasó por debajo del hotel el desfile del Día del Orgullo Gay. Eran varios camiones con altavoces enormes y gente con un aspecto muy normal siguiéndolos. Había niños en cochecitos. Montaron un escándalo tremendo al pasar.

Me di una ducha y comprobé con horror que tengo moreno de albañil de todo el sol que me ha dado estos días paseando arriba y abajo.
Pasó por debajo del hotel el desfile del Día del Orgullo Gay. Eran varios camiones con altavoces enormes y gente con un aspecto muy normal siguiéndolos. Había niños en cochecitos. Montaron un escándalo tremendo al pasar.

A las nueve menos cuarto bajamos a coger de nuevo el autobús para ir a cenar al hotel Paradiso en Posillipo, en la zona alta de la ciudad. Desde allí disfrutamos de unas vistas estupendas.

Por el camino Eleonora, que está casada con un armador greconapolitano, me estuvo contando anécdotas de la Camorra napolitana. Un día iba con su marido en el coche, aparcaron delante de un restaurante y un individuo de buen aspecto se les acercó y les pidió 20 euros. El marido pagó y entraron al restaurante. Al salir tenían una multa de 80 euros pegada al coche. Eleonora preguntó al marido si no habían pagado 20 euros a aquel individuo para que les cuidara el coche. El marido respondió que los 20 euros eran para que no se lo robaran.

La cena consistió en aperitivos, tres platos, postre y tarta. Para derribar a un elefante. Después de la tarta nos recogió el autobús y volvimos lentamente hacia el hotel hacia medianoche. Digo lentamente porque todo Nápoles estaba en la calle. Había gente, motos y coches por todos lados. Los había aparcados en las aceras en tres filas.

El chófer nos tuvo que dejar junto a los maceteros que cortan el acceso a nuestra calle. Anduvimos como pudimos hasta el hotel. No cabía más gente en el paseo marítimo. Los había cenando en las terrazas y los había no haciendo nada en particular. Era como un botellón gigante pero sin líquido.

Le pregunté a Eleonora qué hacía toda aquella gente allí y me respondió que estaban allí porque es gratis.

En el hall del hotel nos despedimos hasta la próxima y subimos a dormir sin más dilación.

Buenas noches desde Nápoles.