7 oct 2017

Una cateta en Holanda (Día 5)

A las seis y cincuenta minutos sonó mi despertador. Me di una ducha rápida y desperté a María. Se puso a leer mensajes en su móvil y me dijo que tenía uno de Anna-María a las cinco y pico de la mañana preguntando dónde estábamos. No lo entendí hasta que abrí yo los míos y vi comentarios sobre el desalojo del hotel desde las cinco hasta las seis y veinte por una alarma de incendio. Ni María ni yo nos enteramos de nada, y luego supimos que ninguna de las habitantes de la sexta planta fuimos despertadas durante la emergencia. Por un lado es un alivio, y por otro, si hubiera habido un incendio de verdad, nos hubiéramos frito seguro. Por cierto, felicitaciones al hotel por el buen sistema de aislamiento sonoro de las habitaciones.
Bastante perjudicadas por la falta de sueño, María y yo asistimos a las ocho menos cuarto a la reunión-desayuno del comité de comunicación de WISTA. Cuando se convocó para este día y a esta hora ya advertí que íbamos a estar en muy mal estado, pero no fue posible encontrar otro momento para vernos. Nos reunimos todos los meses por videoconferencia y parecía interesante hacerlo en persona al menos una vez.
Para sobrellevar el momento pedí huevos Benedict.
Con los ojos vidriosos contemplaba a través de los ventanales cómo en Rotterdam no llueve de arriba a abajo, sino de lado.
A las nueve tuvimos que dar la reunión por concluida para unirnos a la primera sesión de conferencias de la mañana.
Me puse mi pañuelo de WISTA, regalo de la presidenta de WISTA Poland.
De España sólo estábamos Carmen, Olivia y yo. Siempre pasa igual la mañana después de la cena de gala. Muchas van llegando poco a poco. Hoy fue peor por culpa del falso incendio. Vergüenza debería darles. Yo dormí sólo cuatro horas y media y ahí estaba como un clavo.
Tras el intermedio de la mañana, el director del hotel nos dirigió unas palabras de disculpa, tanto a las que tuvieron que bajar por la alarma como a las que no nos despertaron. Parece ser que hubo un problema técnico en un ascensor de servicio. Al final de la conferencia nos regalaron a cada una bolsita con cosméticos y té. Por la noche hubo quien se puso hasta las orejas de mojito a costa del hotel sin haber salido siquiera de la cama por el incendio. Y no voy a dar nombres. 
No os he hablado de la moderadora de la conferencia. Contrataron a una periodista muy famosa en Holanda que se llama Aldith Hunkar. Nació en Surinam y lleva rastas. Me tiene un poco obsesionada. No acabo de ver la  manera de dormir con todo eso en la almohada. Cuando veía que la audiencia estaba un poco apagada nos levantaba de las sillas y nos ponía a bailar treinta segundos.
Después de terminar las sesiones, agradecer a las organizadoras el gran trabajo hecho y pasar el testigo a Noruega para que organice la conferencia del año que viene, anunciaron el nombre de la ganadora del premio de la pulsera naranja Shake-on, yo. Fui la persona que a más participantes le chocó la mano. Me entregaron un diploma y un paquete conteniendo un libro sobre Rotterdam. Mejor me hubieran entregado un bono para que me dieran en el hotel una sesión de masaje en el brazo.
Me pregunto si esto se puede mencionar en el currículum. 
Noruega va a organizar la conferencia a finales de octubre de 2018 en Tromso, literalmente donde Cristo perdió el mechero, tan al norte que ya es el Artico. 
A toda prisa subí a cambiarme de ropa a la habitación y bajé a comer en los veinte minutos que tenía hasta que saliera el barco a Kinderdijk. Había tres excursiones a elegir. Las otras dos eran por el mismo Rotterdam. Pensé que sería más interesante ir a ver los molinos que mueven el agua de los diques. El sistema lleva funcionando más de mil años. Los molinos actuales son de mil setecientos y pico. Se construyeron para mantener seca la zona baja del poder de Alblasserwaard. No sé si lo he escrito correctamente. Demasiadas consonantes e imposible de pronunciar.
Tardamos hora y media en llegar. El agua estaba un poco revuelta. El barco iba a su máxima capacidad de pasajeros. El viaje fue muy entretenido porque fuimos pasando por distintos muelles. Vimos incluso una reproducción del arca de Noé con animales de plástico que es un museo. 
En Kinderdijk nos esperaba una guía que nos explicó cómo funcionan los molinos. Dimos un paseo por allí hasta que empezó a llover. Nos refugiamos en una tienda de souvenirs que vendía las zapatillas en forma de zueco holandés, porcelanas de Delft, chocolate con forma de molino y trastos varios con el nombre de Holanda escrito. 
El viaje de vuelta fue más rápido en algunos tramos porque nos acompañaba la marea. Tengo fotos de gente durmiendo en posturas cómicas, completamente agotadas después de estos días de no parar. No las voy a publicar porque temo por mi integridad física. Pongo aquí una más decente.
El patrón del barco no pudo dejarnos en el embarcadero del hotel ya que estaba demasiado alta y no se podía pasar por debajo del puente. El desembarco fue un poco arriesgado porque aquello se movía bastante. 
Ya de vuelta en la habitación, sólo tuve tiempo de cambiarme para salir a cenar. Nos reunimos un grupo de 20, la mayoría americanas con dos maridos, dos canadienses, tres holandeses y yo. Entre ellos venía una amiga de Karin con el marido, que es un artista muy conocido. Camino del restaurante pasamos por una de sus esculturas. Yo, si fuera artista, llevaría en el bolso un algodón y un bote de alcohol para limpiar de mis obras lo que los gamberros pintan en el arte urbano.
La cena se alargó bastante porque el servicio fue extremadamente lento. 
A la vuelta, nos sentamos en el bar del hotel hasta casi las dos de la madrugada.
Alex me preguntó si la iba a mencionar en mi blog. Dice que lo pone en Google  Translator para enterarse. Pues aquí lo tienes, Alex, te he mencionado.
Anna-María me comentó que le parecía alucinante que no me hubiera despertado la alarma de incendios. Dice que era un pitido estruendoso acompañado de una voz en holandés hablando sin parar.  Ella y Vivi tuvieron que bajar andando desde la décima planta en pijama. 
No recuerdo siquiera el momento en que por fin pude apoyar la cabeza en la almohada.

Buenas noches desde Rotterdam.








6 oct 2017

Una cateta en Holanda (Día 4)

Desde ayer comparto habitación con María Mavroudi, la griega que habla mientras duerme.
Se quedó dormida semi sentada apoyada en el cabecero de la cama. Tuve la tentación de agarrarla por los pies y tirar para abajo pero me dio un poco de apuro. O tiene el cuello de silicona o sufre en silencio, porque eso tiene que doler.
La habitación es una ruina desde que llegó. Como si hubiera pasado un huracán. Saca cosas de la maleta y las vuelve a meter sin orden ni concierto. Hay trastos por todas partes. Como no es mi casa me da igual. Si estuviéramos en mi casa ya la habría matado.
En cierto momento noté que se movía y se metía en la cama como las personas normales. Luego empezó a hablar en griego y a soltar unos gemidos raros. Después no sé lo que pasó porque me quedé dormida.
A las cinco de la mañana volvió a hablar, pero esta vez me estaba hablando a mí porque era en inglés. Tuve que tirarle una almohada para que se callara y me dejara dormir. 
A las seis desperté yo sola con el ruido del temporal que había fuera. Soplaba fuerte viento y se oía llover con alegría.
Las sesiones de conferencias comenzaron a las ocho y media. La mayoría de las españolas nos sentamos en la última fila, justo delante de las ventanas. Cuando vas a pasar todo el día metida en una sala, mejor tener las ventanas cerca para ver un poco el exterior.
La sala estaba llena. Este año somos casi 300 asistentes de 32 países diferentes.
La presidenta de WISTA UK estaba sentada cómodamente con los pies en alto porque tiene una infección en una pierna, no porque sea una grosera.
Las sesiones duraron hasta las doce y media, con un descanso hacia la mitad.
A través de una aplicación en el móvil se puede seguir el programa, ver las biografías de los ponentes y hacerles preguntas, y encontrar todo tipo de respuestas logísticas. Es una pasada.
Mercedes me dejó tocar sus nuevos AirPods, los auriculares inalámbricos de la secta.
Para comer tuvimos un buffet, como normalmente se hace, para que sea rápido y ligero, aunque hay quien llena el plato como si llevara una semana en ayunas. Me senté con las griegas Anna-María, Vivi y Elpi.
A las dos reanudamos la conferencia hasta las tres y media. 
A pocos metros del hotel, debajo del puente Erasmus, embarcamos para hacer una visita al puerto, o al menos a una parte, porque visitar todo el puerto puede llevar días.
Durante parte del recorrido nos acompañó un remolcador de Multraship, uno de los patrocinadores de la conferencia, empresa propiedad de Joan Müller, miembro de WISTA. Hizo varias maniobras de giro al costado de nuestro barco, despertando gran entusiasmo.
No llovía pero continuaba soplando fuerte viento. Dentro del barco se notaba poco. Fuera era como un huracán.
Pasamos por la refinería, la terminal de Vopak, los astilleros de Damen, una terminal de graneles sólidos y varias terminales químicas. Me encantó.
Sirvieron café y pasteles WISTA  riquísimos. Casi daba pena comerlos.
Regresamos sobre las cinco y media. Subí a la última planta del hotel con Anna-María y Vivi para disfrutar un rato de las vistas.
Enseguida volvimos a nuestras habitaciones a arreglarnos para la cena de gala.
A las siete y media nos llevaron en el mismo barco hasta la orilla de enfrente para cenar en Hulstkamp, uno de los pocos edificios que quedaron en pie tras la Segunda Guerra Mundial.
En el barco finalmente fuimos capaces de hacer la foto del grupo de WISTA Spain, después de cuatro intentos. Siempre nos faltaba alguien. No sé cómo se las ingenian las americanas. Normalmente acuden más de veinte y salen todas en la foto.
En la cena me tocó sentarme con Eleonora, una buena amiga griega, dos alemanas, una holandesa, Kathy Plemer y su marido, y Lena.
El plato principal era “Guinea fowl”. Ni Elenora ni yo supimos lo que era hasta que las griegas empezaron a circular una foto del animal en su grupo de WhatsApp junto con el mensaje “Que aproveche”. Por el aspecto era evidente que se trataba de un pariente del pollo. Según el traductor de Google es gallina de Guinea. Venía acompañada de una ensalada riquísima con lentejas y otros ingredientes desconocidos. Eso de cenar en penumbra puede ser un problema cuando no sabes lo que hay en el plato.
El postre se sirvió de pie en la zona de baile. Eran unos vasitos con mouse de chocolate o de fresa. Atención al cubierto.
Justo antes de levantarnos actuó un humorista inglés que despertó sentimientos encontrados. Hubo quien se partió de risa y a quienes no les hizo ni puñetera gracia, yo entre ellas.
La orquesta del baile era realmente buena, tanto que aguanté hasta que nos echaron de allí a la una de la madrugada.











Regresamos en el último barco. Cuando me metí en la cama eran más de las dos de la madrugada.
Buenas noches desde Rotterdam.

5 oct 2017

Una cateta en Holanda (Día 3)

Cuando me acosté ya sabía que el estómago me iba a dar la noche. A las tres de la mañana y trece minutos desperté por primera vez y tuve que hacer mi primera visita al baño. Ni que hubiera comido saltamontes secos.
A partir de ahí fue dar vueltas y vueltas hasta que a las seis y media salí de la cama para darme una ducha y escribiros un rato.

Estuve viendo en internet el discurso del rey de ayer por la noche mientras me comía unas tortas de aceite de Inés Rosales que traje para desayunar. 
Que sepáis que estamos en boca de todo el mundo. Hoy hasta el revisor del tranvía nos ha preguntado por Cataluña.
A las nueve me reuní en el hall con Mercedes, Sara, María José y María la sueca para ir a Delfshaven en tranvía. Es un puerto interior con edificios históricos y gabarras atracadas. Es de las pocas cosas antiguas que quedan en pie en Rotterdam. Casi todo son edificios modernos y arquitectura vanguardista. En 1940, a causa de los bombardeos de la Luftwaffe, el centro  quedó arrasado.
Nos sentamos allí a tomar algo para volver al hotel sobre las diez y media. 
Estuvimos charlando con las holandesas en el mostrador de registro de la conferencia y probando las pulseras Shake-On. Hay que descargar una aplicación en el móvil y conectarla con la pulsera por Bluetooth. Cada vez que le das la mano a alguien para saludar, los datos de esa persona pasan a tu pulsera y de ahí a una lista que sale en la aplicación. De ese modo no es necesario entregar tarjetas de visita. No se puede dar la mano suavemente. Tienes que hacerlo con energía, así que estamos todas moviendo los brazos con insistencia hasta que se enciende una luz verde en la pulsera. Habrá lesiones graves a causa de las pulseras. 
Subí con Sara a su habitación para conectarle el ordenador a internet porque no era capaz de enganchar con la red del hotel. Es lo que sucede cuando usas Windows, que pasan cosas raras. Solucionado el problema, subí a mi habitación a quitarme los vaqueros y vestirme de conferenciante.
A las doce menos cuarto bajé para asistir a la comida previa a la conferencia internacional de WISTA. No hay mejor lugar que éste para celebrarla. En Rotterdam está el puerto más grande de Europa, Europort. Durante más de 40 años el mayor puerto del mundo. Ahora tiene por delante a Singapur y Shanghai. En el primero ya estuve. En el segundo espero no estar. Ya sabéis de mis problemas con los chinos y sus pies.  
Comí un poco de arroz y salmón. 
A la una en punto comenzó la reunión anual de WISTA, donde se trata la gestión de la asociación, y se vota a los nuevos miembros del comité ejecutivo. Este año Karin Orsel se despide como presidenta y Despina la sustituye. Su primer discurso fue tan bueno que no se oía una mosca en la sala, de lo atentas que estábamos todas escuchando sus palabras.
También tenemos nueva secretaria, la neozelandesa de los pies normales.
Se entregó el premio a la personalidad del año a la primera mujer capitán de la marina india. Vino en persona a recogerlo. Nos estuvo contando el rescate de un barco de pesca en el que participó estando navegando. Llevaban siete días a la deriva. Cuando los recogieron, ya estaban celebrando sus funerales en casa.

Poco antes de finalizar la reunión hicimos un pequeño homenaje a Karin, que ha sido nuestra presidenta durante los últimos seis años. La música de fondo es el himno informal de WISTA.

Tuve tiempo de darme una ducha rápida antes de salir para el cocktail que se celebraba en el museo marítimo, a unos minutos andando del hotel. Hacía frío y lloviznaba ligeramente.
El alcalde de Rotterdam nos dirigió unas palabras antes de subir a la primera planta a comer algo, supuestamente. Digo supuestamente porque yo sólo pillé unas patatas fritas y un bollo de pan sin nada dentro. Sobre las mesas altas había unos recipientes conteniendo sal, aceite y mantequilla. Supusimos que eran para el pan. Pan con sal.
En la lejanía pude ver algunos recipientes negros que seguramente contenían algún tipo de comida. De verdad, en este país pasan unas cosas muy raras. Después de haber visto al bebé de goma sonorizado estoy realmente impresionada.
Conocí a Cleopatra Doumbia-Henry, presidente de la World Maritime University, un personaje. Es la señora calva de la foto. 
Volvimos al hotel de las clases altas a sentarnos en el restaurante. Algunas cenaron. Yo me abstuve para no despertar a la bestia esta noche.
A las once y media di por finalizado el día porque estaba simplemente machacada.

Buenas noches desde Rotterdam.

4 oct 2017

Una cateta en Holanda (Día 2)

Ayer me costó un rato quedarme dormida, y eso que la cama es mullida, el edredón y la almohada abrazables. 
Desperté a las seis. Intenté dormir un rato más pero sólo conseguí quedarme en la cama hasta las siete. 
A las ocho y cuarto tomé el metro desde enfrente del hotel hasta La Haya directamente.
Hacía un frío moderado y algo de viento. Pasaban nubes no demasiado sospechosas.
Los viajeros iban todos muy bien peinados y aseados. No como los guarros del avión.
El metro circula subterráneo sólo por Rotterdam. Luego sale a la superficie y te permite observar los muchos canales, los campos verdes, las vacas, unas ovejas descomunales y montones de invernaderos de cristal donde supongo que crecen las flores que convierten a Holanda en el principal productor mundial.
En La Haya necesité de la señora que vive en mi iPhone para llegar andando desde la estación hasta la zona donde se encuentran las cosas que quería ver. Disponía de poco tiempo, así que me decidí por una visita estilo japonés. Todo a la carrera y sin entrar en ningún sitio. 
Pasee por los alrededores del parlamento, por Binnenhof, una serie de edificios administrativos que llevan ahí desde el siglo XV por lo menos. Pasé por la puerta del Mauritshuis, el museo que contiene, entre otras cosas, a la joven de la perla de Vermeer; estuve en Passage, un pasaje comercial de siglo XIX que contiene elegantes tiendas y una chocolatería que vendía zapatos de tacón de chocolate. También estuve en el Apple Store a conocer al nuevo iPhone 8. Muy bonito, pero no.
Di una vuelta por varias calles con muchas tiendas de lujo, jardines, plazas, etc. 
No fui a visitar la playa de Scheveningen porque el día estaba ventoso y empezaron a verse unas nubes poco amistosas en la lejanía.
Es posible que estos días fallezca atropellada por una bicicleta, una moto, un tranvía, un coche o incluso una vaca. Hay momentos en los que es imposible discernir lo que es una acera de por dónde van los vehículos o por dónde te pueden aparecer decenas de bicicletas. Hubo un momento en La Haya en el que tuve que esperar a que se despejara completamente  la calle para atravesar yo. Tampoco me queda claro si las bicis tienen preferencia siempre. Los pasos de cebra parecen no existir para ellas.
Cuando me cansé de La Haya volví caminando a la estación de tren y tomé uno con destino a Delft, a donde llegué en apenas diez minutos.
Desde que salí de la estación me empezó a gustar. Ni un sólo edificio alto, sin apenas ruido de coches. La mayor parte de la arquitectura data del siglo XVII, con estilos góticos y renacentistas y muchos canales. Tienen dos iglesias principales, la vieja y la nueva. Nueva del siglo XVI.
Cuando llegaron los protestantes a Holanda se cepillaron la mayor parte de los símbolos católicos, así que están un poco desnudas para mi gusto.
Delft es la cuna de la porcelana azul y blanca, que te venden por todos sitios en todas sus posibles versiones. 
En la plaza del mercado tuve que guarecerme en un café porque se puso a llover con cierta alegría. Quise tomar una Coca Cola pero no pude. El camarero me miró como si le hubiera pedido cianuro. Miré a mi alrededor y caí en la cuenta de que me había metido en uno de esos antros alternativos donde te sirven comida vegana y bebidas naturales. “¿Un chocolate caliente?”, aventuré. Sí, eso sí era aceptable a los ojos del camarero. 
Me mandó sentar y me trajo un vaso de leche con mucha espuma y un vasito conteniendo muchas grageas de chocolate que tuve que dejar caer dentro de la leche. No estuvo mal.
Mientras hacía tiempo me dediqué a leer el menú. Estuve a un tris de salir corriendo de allí. Le saqué una foto porque supe que no me ibais a creer. Ofrecían bagels rellenas de insectos muertos. Eran gusanos, saltamontes y otras porquerías por el estilo,
Tan pronto amainó el temporal en la calle, salí por patas. 
Paseé por los alrededores de las dos iglesias haciéndome una interesante pregunta. Dado el alto número de bares, de canales y de bicicletas, ¿están los canales llenos de borrachos muertos y bicicletas tiradas? Y otra, ¿a qué se debe el sospechoso color verde de los canales?
Me metí por un pasaje que conducía a una placita con jardines donde las farolas imitaban a la porcelana de Delft. Había allí una tienda como sacada de la postguerra, con su balanza antigua y cajas de productos antiguos. La dueña vendía regaliz y caramelos al peso. 
Desde Delft volví en tren a Rotterdam y luego en metro hasta el hotel. Subí un momento a refrescarme. Enseguida me lancé a la calle a explorar. Tanto a la llegada como a la salida me encontré a miembros de WISTA llegando con sus maletas. Casi todas nos hospedamos en mi hotel y en el de al lado. Están unidos por un pasillo. En el otro están las élites y en el mío la clase trabajadora. En realidad no hay mucha diferencia de precio entre uno y otro, pero sí que nota que hay más pasta invertida en el de al lado.
Anduve por los alrededores del museo marítimo, a pocos metros del hotel. Es un lugar perfecto para los frikis del sector. Tienen grúas antiguas, contenedores, gabarras, y todo tipo de artilugios relacionados con nuestro trabajo. Hasta un faro hay.
Andando por el Makthal, una enorme estructura que contiene viviendas y dentro un mercado gastronómico, me encontré con Wanda, la presidente de WISTA Polonia. Continuamos paseando juntas por dentro y por fuera. Muchos tenderetes de comida española, jamón de Huelva, pescado frito andaluz, tapas, bocatas, etc.
Por fuera vimos un aparcamiento de bicicletas de dos alturas y unas casa muy raras. Estoy encontrando cosas muy raras en este país, muy raras.
Me llamaron por teléfono Sara y María José, dos de las doce miembros de WISTA Spain que este año venimos a la conferencia internacional que comienza mañana. Nos citaron en un lugar donde casualmente también estaban tomando algo tres turcas, entre ellas Nuvara.
Después de los abrazos de rigor nos sentamos a charlar un rato. 
Wanda y yo, que estábamos citadas a un cocktail a partir de las cinco, nos fuimos al hotel un poco antes. Por el camino vimos un bebé de goma sodomizado en el escaparate de una tienda. Ya os digo que esto es todo muy raro.
En el hotel nos registramos para la conferencia. Nos entregaron unas bolsas con montones de merchandising y material que nos va a hacer falta estos días.
Subí a mi habitación y me lo tomé con calma porque llevaba sin parar desde por la mañana temprano.
Bajé al cocktail sobre las seis. Era la despedida de la conferencia Mare Forum, que se celebraba hasta hoy y que estaba combinada con nuestra conferencia. Es de temas financieros que no tienen relación con mi trabajo.
Había unas cuantas miembros de WISTA. Luego llegaron Karin, Jeanne y Alex.
A las siete ellas se fueron a la cena de presidentas de los países WISTA y yo a la cena paralela que organizó la coordinadora del comité de comunicación, al que pertenezco. 
Fuimos a cenar al Markthal, a un restaurante italiano donde nos atendió un turco que nos tuvo sentadas desde las siete y media de la tarde hasta las diez de la noche. El servicio no pudo ser más lento, pero lo pasamos bien poniéndonos al día. Aquello parecía las Naciones Unidas: Suecia, Estados Unidos, Noruega, Turquía, España, Nueva Zelanda y Grecia.
¿Conocéis a alguien de Nueva Zelanda aparte de a los Hobbits? La nuestra tiene los pies de tamaño normal y las orejas redondas.
Después de la cena volvimos paseando al hotel. Nos sentamos en el bar a charlar. Aparecieron Thea, Alex y otra sueca que acababa de llegar. Charlamos y nos reímos hasta casi las doce.
Alex nos contó que tiene una bañera jacuzzi en el centro de su habitación, en el hotel de al lado. Me llevó a verlo. También tiene un bar súper provisto de todo y dos paquetes con juguetes para adultos que no piensa abrir. 
A las doce y media pude por fin acostarme en mi camita.
Buenas noches desde Rotterdam.














2 oct 2017

Una cateta en Holanda (Día 1)


Hoy no tuve que levantarme a las tantas de la madrugada para coger un vuelo y luego otro. Desperté tranquilamente a las ocho y cuarto, recién terminada mi guardia, que no me dio ningún trabajo durante la noche.
Después de varios preparativos de última hora, hice un brunch a las doce para no tener que comer comida de plástico en el aeropuerto. 
Cerré la maleta y la pesé. 17,5 kgs. Mucho para el viaje de ida, pero hay que tener en cuenta que van dentro varios regalos y Raúl el toro. 
Raúl The Bull es un toro de hierro y esmalte rojo, más feo que un pie y pesado como un cadáver. Lo compró Jeanne cuando fue a España en junio. Lo dejó bajo mi custodia porque tuvo que marcharse a Australia a toda prisa por una emergencia laboral un día antes de lo previsto y no quería dar la vuelta al mundo cargando con el toro. Literalmente dio la vuelta al mundo.
Fueron a verme varias miembros de WISTA, Karin, Kathi, Jeanne y Lena, una holandesa, una alemana, una americana y una sueca. Pilar dice que es como en los chistes. La sueca casi se nos muere de una congestión por culpa de la ola de calor que sufrimos.
El caso es que tuve que hacer la maleta rodeando a Raúl con ropa por todos lados, no por protegerlo a él, sino a mi maleta. Temía que al salir por la cinta de equipajes aparecieran un cuerno o una pata de Raúl saliendo por algún lado.
Mi taxista favorito me recogió a la una menos cuarto de la tarde. Hacía calor.
Paramos en la gasolinera que hay un rato antes de llegar al aeropuerto de Faro a tomarnos un refrigerio. Aproveché para probar uno de esos pasteles portugueses hechos de hojaldre y crema pastelera. Estaba recién hecho y calentito. Perfecto como postre. 
Había allí aparcada una “fragoneta” con matrícula escocesa. Sí, la matrícula era escocesa, no del Reino Unido. Los propietarios estaban dentro de la cafetería. Tenían aspecto de viejunos alternativos.
Mi taxista favorito me depositó en la puerta del aeropuerto a las dos y media. 
Hacía tiempo que no iba por allí. Lo han estado renovando poco a poco. Ya lo tienen casi listo. Les está quedando la mar de guapo.
Facturé y entré en la zona de pasajeros sin mayor problema, aunque la cola fue bastante larga. Supongo que por eso se veía después a la gente corriendo camino de sus puertas de embarque, por ir con el tiempo justo.
Me vi rodeada de cientos de turistas británicos, polacos y holandeses de vuelta a casa, vestidos de verano y bien bronceados. Pobrecitos, iban camino del invierno.
Un grupo de hombres solos ingleses llevaban en la mano las bolsitas de plástico donde tienes que llevar los líquidos. Llevaban más productos de cosmética que yo.
Nos subieron al avión con una velocidad que no había visto nunca. Las filas de delante por el finger y las de detrás andando por la pista, entrando por la puerta trasera. En menos de diez minutos estábamos todos dentro, con un poco de retraso sobre la hora prevista porque el avión acababa de llegar. 
Mi asiento estaba lleno de migas de galleta.
Me tocó sentarme junto a una madre y una hija que no me dieron nada de guerra. El marido y padre iba al otro lado del pasillo. La madre iba vestida como recién salida de una peli de los años 80.
Cuando por fin nos metieron todo el equipaje en la bodega y pudimos salir ya llevábamos 20 minutos de retraso.
Es la primera vez que viajo con Transavia, y no me ha disgustado nada. Los asientos son de color verde y las azafatas también. 
El piloto nos llevó por la pista a calzón quitado para despegar lo antes posible. Mientras tanto, las azafatas verdes nos hablaban por megafonía en holandés, un idioma que suena más o menos así: “druken, ajmedan, ajo, jjjjj”. Bueno, más o menos. 
Iba sentada en ventanilla pero sin ventanilla. La más próxima quedaba a la altura de mi respaldo, así que para ver Faro desde arriba tuve que hacer un esfuerzo de cuello importante.
Durante el vuelo tuve oportunidad de observar a la gente de mi alrededor, o mejor dicho, a sus cabezas. Tengo la impresión de que en Holanda no venden peines. Había un despeinado general entre el pasaje, doscientos holandeses y yo.
He de añadir que los holandeses son moderadamente ruidosos para ser de tan al norte. No es como aquel vuelo que tomé con destino a Estocolmo, que daban miedo. Estos de hoy iban hablando, se reían y los niños lloraban.
Cuando pasaron las azafatas con el carro de las chuches, fue una fiesta. Se lo comieron todo, absolutamente todo. No hubo holandés que no se comprara algo.
Yo llevaba en la mochila un sandwich de chorizo por si me entraba hambre, pero no me entraba. Cada vez que abría la cremallera para sacar o meter algo, salía un efluvio a chorizo tremendo. Menos mal que no me entró hambre. Hubiera sido un espectáculo.
Según nos acercábamos a San Sebastián, nos fuimos acercando también a las nubes, por encima de las que volamos hasta que llegamos a destino. Sé lo de San Sebastián porque lo dijo el piloto. Estos aviones de bajo coste no llevan pantallita para ver por dónde vas.
Cuando nos encontramos por debajo de las nubes, a punto de aterrizar, pude ver un poco de Holanda. Hay muchos charcos, mucha agua por todos lados y todo muy verde. Fue casi lo único que pude ver porque enseguida oscureció. Aterrizamos en Rotterdam a las siete y media y ya era de noche. Como yo de noche no veo tres en un burro, poco más pude ver hasta que llegué al hotel.
El aeropuerto es pequeñito, muy moderno y muy bonito. Nos bajaron del avión andando por la pista. No me di cuenta hasta que me vi en la escalerilla. Iba yo a cuerpo gentil, con una camisa por toda protección contra los 16ºC que hacía. Ya ha habido muertos por culpa de eso, por un cambio de temperatura tan repentino. Y es que en Holanda ya es invierno.
Mi maleta salió de las primeras, con un poco de polvo blanco por encima que espero que no sea cocaína. No voy a esnifarlo por si acaso. Por lo demás, con sus achaques, incluido el siete que le hicieron en el viaje a Milán hace un par de semanas.
Antes de salir a la calle me puse el cortavientos fucsia que compré en Nueva York. Fondo de armario, Patricia, qué razón tenías.
El sistema de transportes holandés tiene una aplicación para el móvil que se llama Reisplanner. Le dices que quieres ir a la calle Leuvehaven 80 desde el aeropuerto de Rotterdam y te dice cómo tienes que hacer, lo que vas a tardar, lo que te va a costar, en qué andén tienes que tomar el metro, y a qué hora sale. Tremendo. Cogí el autobús 33 hasta la estación de tren y allí el metro hasta Leuvehaven. En frente de la parada estaba el hotel. 3 euros. Con el mismo billete vas en el autobús y en el metro. Tremendo.
De lo poco que vi en la oscuridad, me gustaron los alrededores de Rotterdam. Había ocas al borde de un charco, muchos puentecitos de madera, casitas bajas, jardines, y unos que ya tienen las luces navideñas puestas en la fachada de casa.
En el metro me empezó a entrar hambre, pero como la aplicación decía que iba a tardar cuatro minutos en llegar a destino, me abstuve de sacar el sandwich de chorizo.
Ya en el hotel fue casi lo primero que hice cuando me encontré sana y salva en la habitación. Me lavé las manos y me comí el sandwich de chorizo, un plátano y una chocolatina.
Eran casi las nueve de la noche, tarde para aventurarse a oscuras por ahí y tarde para unirme a las cenas de las miembros de WISTA que ya andan por aquí.
Tras constatar que era necesario dar un repaso a la ropa que iba saliendo de mi maleta, pedí que me subieran una tabla y una plancha. Estuve planchando mientras oía la radio por internet, como si estuviera en casa.
Raúl ha llegado intacto. No se le han salido ni un cuerno ni una pata del envoltorio.
Y eso es todo por hoy.
Buenas noches desde Rotterdam.