29 sept 2010

Una cateta en Grecia (Día 3)


Después de no pegar ojo en toda la noche por congestión nasal y de garganta, el despertador me golpeó en la cara a las siete y cuarto de la mañana. Me arrastré hasta el cuarto de baño como pude y metí la cabeza debajo del agua para intentar espabilarme. Me vestí y bajé a desayunar a la terraza del hotel. Seguimos con temperatura tropical. Inmediatamente después fui a la sala de conferencias para preparar los últimos detalles pendientes de la Asamblea General que comenzaría a las ocho y media. 22 países estuvieron representados. Tuve que hablar en público durante unos diez minutos, lo cual me horroriza.
Durante toda la mañana estuve en la mesa presidencial junto al resto de miembros del Comité Ejecutivo y la presidenta de WISTA Grecia. Es curioso eso de tener a cien personas mirándote, observando cada uno de tus movimientos. No puedes rascarte la nariz. No puedes bostezar. No puedes rascarte la oreja tampoco.
Tuvimos elecciones de un nuevo miembro del comité. La nigeriana nos deja y entra como nuevo miembro una turca, así que ahora somos: una griega, dos suecas (una de ellas es persa de nacimiento), una norteamericana, una turca, una de Singapur y yo.
Había una asistente inglesa en primera fila a la que le queda un cuarto de hora para cumplir los 80 años. Después de la comida se quedó dormida profundamente. Desde el estrado nos estábamos partiendo de la risa viéndola dar cabezadas. Partiéndonos silenciosamente. No olvidemos que cien personas nos observaban. No, 99. La número 100 dormía.
A las cuatro y media terminó la Asamblea General, me bajé del estrado y pasé a ser una simple mortal y a disfrutar de la Conferencia con el resto de miembros de WISTA Spain. Hubo un descanso y comenzó la Conferencia en sí con varias ponencias que duraron dos horas y de las que poco me enteré porque estaba que me caía de sueño. Eran casi las siete cuando nos levantamos de la sala.
Salimos disparadas a las habitaciones para cambiarnos de ropa para la cena. Se celebró en el restaurante que el hotel tiene al borde del mar. Un lugar muy elegante donde nos sirvieron tres platos y postre. La delegación española ocupó una mesa completa ya que somos nueve. Nos acompañó una miembro de WISTA Francia, que este año viene sola. Habla español, así que no tuvo problemas para enterarse de la conversación. Un pianista estuvo amenizando la velada. Entre los invitados a la cena se encontraba el Secretario General de IMO (Organización Marítima Internacional), que mañana hará la apertura oficial.
Volvimos al edificio del hotel hacia las diez y media y nos sentamos en la terraza a tomar algo hasta las doce. Me duele la garganta de tanto reírme.
Ahora son las doce y media y voy a proceder a tomar posesión de la cama. Esta noche duermo, seguro.






Una cateta en Grecia (Día 2)

Me costó quedarme dormida la pasada noche. La cama tiene un enorme edredón de invierno y tuve que decidir entre dejármelo puesto y dejar el aire acondicionado a temperatura iglú o quitar el aire y eliminar el edredón. Me levanté, salí a la terraza y estuve contemplando el paisaje. La temperatura perfecta, pero sin ganas de dormir. A las siete y cuarto sonó el despertador, las seis y cuarto en España. Una vez finalizados los trabajos de reconstrucción de mi cara, bajé al hall a conectarme a internet y enviar el mensaje de ayer. Fui a desayunar copiosamente a las ocho menos cuarto. La temperatura sigue siendo perfecta. Todos los huéspedes estaban sentados en las mesas de la terraza. A las ocho y media dio comienzo la reunión del Comité Ejecutivo de WISTA. No voy a contar aquí los pormenores porque os aburriría muchísimo. Hicimos un descanso a media mañana para comer bizcocho y galletitas. A la una fuimos a comer a un restaurante justo al borde del mar, invitadas por nuestra presidenta. Las suecas siguen alucinando con cosas que para nosotros son normales: la temperatura, el mar, la gente bañándose, el pescado. A mí me alucinan los tomates. Son de anuncio.
Tan pronto finalizó la comida, volvimos al hotel para continuar con la reunión. A las tres vinieron dos miembros de la delegación sueca para presentarnos la conferencia del año que viene, que se celebrará en Estocolmo. Siempre tenemos una excursión el viernes por la tarde. Una de las que han propuesto es seguir los pasos de Lisbeth Salander (para los que hayan leído Millenium). Yo me inclino por la visita al puerto de Estocolmo.
La reunión finalizó a las cinco. A continuación llegó Anna-María, la presidenta de WISTA Grecia, con la que tuvimos una pequeña reunión para repasar la Asamblea General que tenemos mañana por la mañana. Terminamos tarde, así que subimos corriendo a las habitaciones a cambiarnos y fuimos a la cena de bienvenida, ya con todas las asistentes a la Conferencia. Fui con dos griegas en coche porque perdimos el autobús. Fueron sin cinturón de seguridad y la conductora hablando por el móvil todo el trayecto. “Esto es Grecia”, me dijeron. La cena se celebró en El Pireo, en el Club de Yates. Un sitio muy pijo con unas vistas espectaculares de todo el puerto de El Pireo y la costa hasta Vouliagmeni. La familia real solía ir por allí antes de que la junta militar los mandara a paseo.
Nos sentamos en la misma mesa todas las hispano parlantes más una polaca, una neoyorquina y una alemana. Comimos bastante bien, de un bufet surtido de ensaladas y varios tipos de carne. Aquí comen una cosa muy curiosa. Envuelven el arroz en hojas de parra y hacen un paquetito con ello. Todavía no me he atrevido a probarlo.
La cena finalizó a las diez de la noche y empaquetaron a todo el mundo en los autobuses. Una de las griegas, que habla español con acento argentino, nos llevó en su Mercedes todoterreno. Eramos siete. Nos reímos mucho. Paramos por el camino a tomar algo en Voula, en la costa. Nos sentamos en una terraza al borde del mar. La temperatura sigue siendo extraordinaria por la noche. Cuando estábamos a punto de llegar al hotel sonó mi teléfono. Anna-María, la presidenta de Grecia me citaba para una reunión en ese momento. Eran las doce de la noche. La encontré a ella y a otras tres griegas metidas en una sala de reuniones rodeadas de miles de cajas con todos los regalos que los patrocinadores ofrecen a las asistentes. Dos de ellas estuvieron fumando. “Esto es Grecia”, me dijeron.
Estuvimos de nuevo repasando los detalles de la Asamblea General. Terminamos a la una y cinco.
Ahora son las dos y cuarto de la mañana y me voy a meter en el sobre inmediatamente porque el despertador va a sonar a las siete y cuarto.

28 sept 2010

Una cateta en Grecia (Ένα βλαχαδερό στην Ελλάδα) Día 1



Hoy me levanté a las 03:45, pero como sarna con gusto no pica, pues no picó. Mi taxista favorito me recogió a las 04:30 y me depositó sana y salva en el aeropuerto de Sevilla a las 05:30 hrs. Facturé la maleta, me despedí de ella como si fuera la última vez que nos viéramos, desayunamos copiosamente sin tener en cuenta el colesterol y otros daños colaterales y procedí a atravesar a la zona de embarque. Como es habitual, fui cacheada. Había dos policías, un varón y una chica. En mi fila estaba el varón. Cuando ya estaba con las manos enguantadas dirigiéndose a mí, le indiqué con un gesto que “ni loco” me tocara, así que me pasó a la fila de la mujer policía y ella me cacheó. No encontró nada sospechoso, puesto que me permitió continuar mi camino. No acabo de entender qué ven en mí en los aeropuertos. ¿Tendré cara de abertzale por culpa del pelo corto?
En el avión me tocó sentarme entre una anciana china minusválida y un energúmeno de 150 kgs. Al principio pensé que la señora era japonesa, pero me sacó de mi error cuando extrajo de su bolso el pasaporte. Supongo que es la madre de algún mafioso chino, de vuelta a Pekín después de visitar a la familia. El bolso de la china debe de costar tres meses de mi sueldo, aunque, pensándolo bien, podría ser una imitación “Made in China”.
El individuo de 150 kgr ocupaba su asiento y parte del mío, así que tuve que viajar con aquel enorme muslo pegado al mío. Un muslo suyo era como los dos míos más un brazo.
Me quedé dormida y el viaje se me pasó volando (¡Qué tontería acabo de decir!). Una vez en Barajas, estudié detenidamente todas las tiendas de la T4 y compré algunos regalos para las amigas que voy a ver en Grecia estos días. Luego me quedé tirada como una colilla en una butaca porque los asquerosos de los controladores aéreos nos retrasaron el vuelo una hora con la huelga encubierta que mantienen. Y encima sin wifi gratis.
Compré un bocadillo enorme de jamón y queso y me lo comí tan pronto me senté en el avión, mientras las azafatas indicaban cómo hay que hacer cuando estás a punto de morir. Cuando estaba terminando la última miga el sobrecargo anunció que servirían comida en el vuelo. Es lo que tiene tanto volar en low cost. Ya no me acordaba que en Iberia dan de comer en los vuelos largos. Pero bueno, hice un esfuerzo y me comí aquellos macarrones con fiambre de cerdo y el bizcocho con mouse de chocolate que sirvieron.
Viajaba en el avión un flemático caballero, pero no de carácter, sino de garganta. Pasó el vuelo fabricando flemas y gimiendo. Cuando estábamos a punto de desembarcar en Atenas, en silencio absoluto, fabricó la última y hubo una carcajada general.
Por fin en el aeropuerto de Atenas, a las 16:30 hrs, después de doce horas de viaje. He tardado más que la chica que viene de Nigeria.
Mi maleta llegó. Es como un milagro verla salir por ese agujero negro. Traía más mierda que el rabo de una vaca, pero llegó. Al llegar a la zona de recogida de equipaje los letreros de los vuelos estaban sólo escritos en griego. Menos mal que le di un repaso al alfabeto antes de venir. Me habían dicho que todo estaba escrito en griego y en latino, pero no es cierto.
Tomé un taxi. Los taxis aquí son amarillo huevo. El taxista no hablaba inglés ni español, y mis conocimientos de griego se reducen a: kalimera, kalispera, efharistó poli, kronia pola, parakaló. A pesar de ello, fuimos todo el viaje riéndonos como tontos. No sé cómo me enteré que le gusta mucho el fútbol y los equipos españoles que conoce, y que estamos tan mal económicamente como ellos.
Finalmente, llegué a destino: Vouliagmeni, al sur de Atenas. El hotel está bien, aunque mucho spa y mucho cuento pero no tiene wifi gratis en las habitaciones. Tengo que bajar con el ordenador al hall para conectarme. En el hotel de al lado sí tienen wifi gratis, pero pide una clave. Mañana mismo, cuando lleguen las que se hospedan allí, voy a conseguirla.
En el hall ya estaban esperándome varias miembros del Comité Ejecutivo de WISTA, y justo después que yo llegó nuestra presidenta, que es griega y sólo tuvo que conducir diez minutos para llegar al hotel. Tuvimos una mini reunión de una hora y luego deshice el equipaje y salimos a cenar. Aquí tenemos una hora más que en España, de modo que me sacaron a cenar a las siete de la tarde, maldita sea su estampa. Escogimos un restaurante junto al mar y comimos unas ensaladas. Hay dos suecas con nosotras que están flipando. Salieron de casa con 12ºC y lloviendo. Aquí estamos a treinta. Estuvimos en manga corta todo el tiempo. Por cierto, qué tomates comimos. Esta vez ha podido venir la nigeriana, que no ha fallado al solicitar el visado, como cuando nos reunimos en Dublín.
En la guía de viaje sobre Atenas aconsejan no intentar utilizar el griego clásico estudiado en el colegio. De verdad, que algunas veces parecen idiotas. Es como si de repente te encuentras por la calle a un extranjero y te dice: “¿Podría indicarnos vuecencia la senda hacia la posada más cercana donde mi esposa y yo podamos saciar nuestro apetito y yacer posteriormente?” Bueno, mucho peor, porque el griego clásico es de muchos siglos antes y nadie entendería nada.
Son las 21:30 en España y las 22:30 aquí y ya no me tengo en pie. Me voy a dormir. Mañana más.

23 mar 2010

Receta culinaria


El domingo por la tarde me encontraba plácidamente postrada en mi sofá con chaise longue viendo una entretenida película cuando comencé a sufrir un peculiar desasosiego estomacal; hambre, que diría el pueblo llano coloquialmente.
Levantar un cuerpo adulto de una chaise longue en el curso de una tarde de domingo y en mitad de una película, requiere un esfuerzo sobrehumano, así que fui retrasando el momento de saciar dicha sensación todo lo que pude. Intenté, sin éxito, concentrar mi atención en la película. A mi mente venían imágenes de un Cola Cao con galletas. Finalmente, el peculiar desasosiego ganó la batalla a la pereza y, en un arranque de coraje, me incorporé en el asiento y me dirigí a la cocina.
Abrí mi sobria despensa y saqué de allí un bote de Cola Cao y un paquete de galletas digestivas, de esas que son gruesas y de gran circunferencia. La presencia de un bote de Cola Cao en mi casa no es habitual, es parte de un premio obtenido por mi madre en un supermercado.
De un armario saqué un tazón, medí su circunferencia y, con enorme satisfacción, descubrí que las galletas cabrían dentro en posición horizontal. Eché cuatro cucharadas de Cola Cao bien colmadas, un par de cucharadas de azúcar y leche en abundancia. Batí la mezcla enérgicamente. A continuación le llegó el turno a las galletas. No recuerdo el número exacto, pero sí que eran muchas. Introduje el brebaje en el microondas, no sin antes retirar la cuchara del tazón.
Que a nadie se le ocurra meter una cuchara en un microondas. Saltan chispas como si fueran los fuegos artificiales de las últimas Fallas. Y para qué hablar de un huevo duro dentro de un microondas. Es como una bomba atómica. La esposa de un compañero de trabajo colocó inocentemente dos huevos duros en su microondas. Al momento reventó el cristal y los huevos aparecieron desbaratados al final del pasillo. Ahora se ríen mucho cuando lo cuentan, pero imagino el cuasi infarto que sufriría la pobre mujer.
Volviendo a lo importante de esta crónica, el tazón pasó 30 segundos en el microondas. Una vez retirado del interior, volví a introducir la cuchara dentro. Dentro del tazón, no del microondas, porque dentro del microondas echan chispas las cucharas. Aplasté sin mucha resistencia las galletas digestivas, convirtiendo el contenido en una deliciosa papilla que digerí con gran satisfacción, dando por resuelto el problema del peculiar desasosiego estomacal.
Una vez lavados todos los objetos utilizados, volví a mi chaise longue y a mi película, pudiendo ya concentrar toda mi atención en ella. Y es que el hambre es muy mala.

9 feb 2010

Una cateta volviendo a casa (Dublín, día 6)


Puse el despertador del iPhone a las seis y cuarto de la mañana. Después de asearme y vestirme, fui a ponerme el reloj y me di cuenta de que mi iPhone seguía con la hora española, es decir, me había levantado a las cinco y cuarto. Como no era plan de volver a meterme en la cama, me puse a leer en el sofá de la habitación, que para eso tengo sofá, butaca y mesa para poner los pies. A las siete cogí un taxi rumbo al aeropuerto. Los taxistas dublineses son como los andaluces, inmediatamente entablan conversación contigo y te cuentan su vida. El mío ha estado varias veces en España con su mujer e hijos.
Ya en el aeropuerto, tuve que esperar casi una hora para facturar la maleta porque estaban en ese momento actualizando datos en el sistema informático. Hacía bastante frío en aquella zona. Una rusa tuvo que pagar 150 euros de sobrepeso. Además de varias maletas, llevaba una grandísima jaula de plástico rosa supuestamente con un animal dentro. No creo que fuera el marido.
Una vez pasado el control de pasaportes, ya fue otra cosa en cuanto a la temperatura. Por cierto, no me cachearon como tienen por costumbre cada vez que paso por un sitio de éstos. Es mi cara de terrorista.
Durante estos días en Dublín he hecho un importante descubrimiento. En Irlanda no hay calvos. O los mandaron a todos de vacaciones para que yo no los viera o probablemente una de las siguientes teorías sea cierta:
a) La humedad hace crecer el verdín por todos lados. Igualmente puede hacer crecer el pelo, ¿no?
b) La cerveza Guinness hace crecer el pelo en el pecho. También puede conservar el de la cabeza, ¿no?

Los irlandeses son gente inteligente. Han tomado de los invasores marcianos todo lo que les ha parecido interesante y han desechado todo lo malo. Se han quedado con los enchufes de tres clavijas, con los coches con volante a la derecha, con el idioma marciano, con la formalidad y la educación. Sin embargo, los irlandeses comen bien, visten bien y son tremendamente amables y simpáticos. Lo de adoptar el idioma marciano tiene su importancia porque el gaélico se las trae. Un ejemplo: para decir “FOTOS NO” simplemente dicen “COSC AR GHRIANGHRAFADÓIREACHT”. No tengo ni idea de cómo se lee.
Las calles de Dublín son un remanso de paz. Están relimpias. Los coches jamás tocan el claxon. No hay animales sueltos. La gente no va con prisa como en las grandes ciudades. Da sensación de seguridad. Pena de clima.
Habrá que volver en primavera o verano para visitar los alrededores. En la guía de viaje aparecen paisajes impresionantes.

Nos empaquetaron a todos los irlandeses y a mí en el avión a la hora prevista. Cuando caminábamos por la pista hacia la escalerilla comenzó a nevar y a soplar viento. Una experiencia divina. No entiendo cómo no hay fingers en este aeropuerto. Están construyendo una terminal nueva. Imagino que se les habrá ocurrido la idea de encargar unos cuantos. El avión no acababa de moverse. La señora capitán nos habló diciendo que tendríamos unos minutos de retraso. Apareció por la retaguardia un camión cisterna provisto de plataforma elevadora. Sobre la misma, un individuo manguera en mano. Estuvo regando las alas del avión porque estaban heladas. Una vez finalizada la operación, nos dedicamos a corretear por la pista durante unos diez minutos. Finalmente despegamos sin novedad. Dormí gran parte del viaje, despertando cada vez que la barbilla golpeaba contra el pecho. Vergonzoso. Dormir con las gafas puestas puede resultar complicado.
Aterrizamos en Faro con media hora de retraso. Me esperaban mis padres. Alivio. Ya me veía andando arrastrando la maleta por la autopista como castigo por el comentario respecto a la velocidad durante el viaje de ida.
Comimos en el Fórum de Faro, dimos una vuelta por allí y regresamos en el juguete a una velocidad estándar de 100 km/hora, gracias al piloto automático que mi padre ha aprendido a utilizar tras un exhaustivo estudio del libro de instrucciones.
Ya tengo la maleta vacía, todo en su sitio y estoy cómodamente instalada en mi camita.
Adjunto foto de Irlanda tomada desde el avión. ¡Qué bonita es Irlanda!

Comentario cateto: Qué bien se está pasando el invierno en casita, en el sur.

8 feb 2010

Una cateta en una isla no tan desierta (Dublín, día 5)


A las cinco y cuarto de la mañana desperté como si fuera ya mediodía. Tuve una bronca conmigo misma y volví a acostarme hasta las siete. Estuve haciendo el tonto en la habitación hasta las nueve. Para algo tengo sofá, butaca y mesa para poner los pies encima.
He descubierto dónde están las bebidas. Al salir del ascensor hay dos pasillos. El mío es el de la derecha. En el de la izquierda hay una máquina dispensadora incrustada en la pared. Tienen refrescos, agua a 2.50 euros la botella de 330ml y enchufes. Ya puedo dormir tranquila.
Mi gorro andino y yo salimos a la calle y pensé que no hacía tanto frío, opinión de la cual me retracté tan pronto giré la esquina y me encontré al borde del río. Rasca no, RASCA. El cielo, de color negro Guinness amenazaba con descargar en cualquier momento. Caminé hasta el puente Ha’penny y allí giré a la izquierda entrando en Temple Bar, la zona de calles empedradas. Fui hasta Dame Street y subí pasando por delante del Ayuntamiento, un edificio del siglo XVIII con una cúpula enorme que entré a ver en el hall. Continué subiendo la calle hasta encontrarme en la catedral anglicana Christ Church. Cuando estaba visitando el coro, se me acercó el deán y estuvo charlando conmigo. Me pidió que mirara desde allí hacia la nave. Impactante sensación. La pared derecha está inclinada unos centímetros debido al hundimiento del terreno. Se nota perfectamente.
De nuevo en la calle, dejé sin visitar Dublinia, justo al lado de la catedral. Cubre la historia de la ciudad desde su fundación hasta el siglo XVI. Según la guía de viaje “con sonidos y olores de la época”. No, no tengo ningún interés en saber cómo olían los vikingos o las casas de los vikingos.
Fui caminando hasta St. Audoen’s, la iglesia medieval más antigua de Dublín. En ese momento empezó a hacer frío de verdad, con viento y una lluvia fina. Tuve que ponerme la capucha del chaquetón por encima del gorro. Un horror. Horror que vi reflejado en la cara de un crío de menos de un año, en su cochecito. Llevaba la cara pálida, los ojos desencajados y la nariz totalmente roja. A estas horas debe ser un niño sin nariz, seguro.
En el jardín de la iglesia había una señora vestida con ropa de trabajo fluorescente sentada en un banco como si fuera Agosto y estuviéramos a 30 grados. Le pedí que me sacara una foto. Ahí fue cuando descubrí que la señora no estaba en sus cabales. Creo que era la primera vez que tenía en sus manos una cámara digital. Tuve que explicarle cómo funcionaba. Se veía perfectamente que tanta tecnología la maravillaba. Tenía cara de borderline. Viendo ahora la foto, observo que me pilló con los ojos cerrados y totalmente desencuadrada.
Bajé por St. Patrick’s Close a echar un vistazo a la Catedral de San Patricio. En esta ciudad hay, que yo sepa, tres catedrales. Saqué una foto del exterior y salí de allí echando viruta. ¡Qué frío! Y es que toda la zona desde la catedral anglicana hasta aquí está en un alto.
Dejó de llover cuando entraba en el Castillo de Dublín. Estuve en el patio viendo sus torres. Desde allí me fui en busca de un chocolate caliente en un INSOMNIA al que ya le había echado el ojo antes. Tengo la lengua como una zapatilla. Estaba demasiado caliente y no me di cuenta hasta que la lengua ya estaba chamuscada.
Con mi vaso de chocolate en la mano me fui a visitar dos centros comerciales. El primero es un mercado cubierto en la calle South Great George y es una mierda porque sólo vendían mierda. El segundo es Powerscourt Townhouse, antiguamente la residencia de un vizconde. Es muy elegante y muy agradable, con un patio central ocupado por una cafetería/restaurante con butacas de cuero. Cuando estaba allí sonó el teléfono. Era Mairéad-mareid-Margarita, para quedar a las siete de la tarde para cenar y llevarme a ver los famosos pubs dublineses.
Crucé el río por el puente peatonal Ha’penny y fui hasta O’Connell Street. Allí sí tienes la sensación de estar en una gran ciudad. El resto de Dublín te da la impresión de modestia, a pesar de tratarse de una capital europea. O’Connell Street es una ancha avenida de edificios centenarios. Allí está la oficina de correos, desde cuya entrada se proclamó la República de Irlanda. Justo en el centro de la calle hay un monumento en forma de espiral de acero que se va estrechando hasta alcanzar los 120 m de altura. Si miras hacia arriba desde la base, se produce un curioso efecto, como si se balanceara.
Girando a la derecha está Cathedral Street, donde se encuentra la tercera catedral de Dublín, la católica, por fin. Los ingleses sólo permitieron su construcción allí, en una zona relativamente alejada. La fachada recuerda a un templo griego.
Pasa por la zona el tranvía, que aquí se llama Luas. Tiene dos líneas solamente, la roja y la verde. También está en esta calle la parada del autobús del aeropuerto, que pasa cada diez minutos.
Girando la esquina del edificio de correos comienzo la calle Henry, anchísima avenida llena de tiendas estupendas, grandes almacenes y restaurantes de comida rápida. Comí por allí sentada junto a un niño pequeño que me pegó tres tiros con su pistola de plástico y me habló en gaélico durante un rato.
Las tiendas de souvenirs en Dublín son enormes. Están divididas en dos secciones que se pueden resumir en sección verde y sección negra. Verde es el color de Irlanda y verdes son todos los objetos que se venden en esa sección. Camisetas, gorras, corbatas, pelotas de rugby y cosas varias con tréboles pintados. La sección negra pertenece a Guinness, con toda la parafernalia que se os pueda ocurrir con el logotipo de la marca de cerveza. Mi objeto favorito es la típica pinta de cerveza negra con el trozo blanco de espuma arriba. El vaso está fabricado en goma y es una de esas cosas que sirven para descargar el estrés apretando con las manos. Los calzoncillos largos de color negro con pintas de Guinness por todos lados también son guay.
Hacia las cuatro y media volví al hotel para descansar un rato. A las seis y cuarto salí otra vez y fui hacia Grafton Street. Mairéad-mareid-Margarita me esperaba en la puerta de los almacenes Brown Thomas. La mitad del camino desde el hotel hasta allí llovió; la otra mitad del camino granizó.
Fuimos a cenar a un restaurante japonés en la orilla norte del Liffey. Para ser lunes estaba a rebosar. Luego me llevó a un pub para escuchar música en directo. Lunes. No hay música los lunes. Pidió para beber una cerveza lager con dos dedos de Guinness. Es costumbre pedirla así en las zonas rurales si la Guinness te resulta demasiado amarga y espumosa. Yo pedí limonada.
A las diez y media dimos por finalizado el asunto. Nos despedimos y cogí un taxi hasta el hotel. El taxista fue todo el camino haciendo unos ruidos extraños con la boca. Difícil describirlo en palabras.

Fe de erratas: En el episodio 3, donde se menciona que las casas alrededor de St. Stephen’s Green son de estilo “eduardiano”, debería decir “georgiano”.

7 feb 2010

Una cateta en el polo norte (Dublín, día 4)


Hoy que no tenía que madrugar desperté a las seis y media. Una cruz que llevo sobre mi espalda. Bajé a desayunar a las ocho y media y coincidí con nuestra presidenta, que es griega, que es una señora y que tiene mogollón de pasta. También apareció por allí la sueca. De lejos vimos a la persa, que aprovechó la mañana para citarse con un señor con el que mantiene relaciones de trabajo. La griega y yo salimos a dar un corto paseo juntas, antes de que ella se tuviera que ir al aeropuerto. Optamos por caminar junto al río. Los vikingos se fueron hace mucho, pero el agua sigue estando negra. Son muy bonitos los puentes sobre el Liffey. Los hay de varios tipos. No me voy a parar a describirlos. Lo miráis en internet, que para eso está.
A las diez y cuarto me abandonó a mi suerte. Hacía un frío terrible. Ha estado todo el día nublado pero sin llover. La humedad es tan tremenda que los semáforos son de acero inoxidable.
Con este clima es normal que Irlanda sea cuna de grandes escritores. Tienen que salirte Ulises, Gullivers y Godots por las orejas. Todo tu tiempo libre lo pasas encerrado en casa y no te queda más remedio que ponerte a escribir.
Otro claro ejemplo de la relación entre el mal tiempo y las letras está en Galicia, pero en la Galicia de antes, porque ahora la gente se idiotiza delante del televisor. Hay grandes escritores gallegos porque no para de llover. No se aplica la misma regla para Asturias por el exceso de sidrerías, o chigres, como diría mi padre.
Doy gracias a Dios por mi gorro andino. Hoy hubiera perdido una oreja o dos por culpa de la congelación. La nariz ha sufrido grave peligro, pero sigue intacta. Hubo momentos en que pensé que se me iba a despegar y caer al suelo. Además, el gorro andino está aquí de última moda. Un verdadero acierto.
Crucé a la orilla norte para ir a ver un grupo escultórico dedicado a la hambruna que hubo aquí en el siglo XIX. En el XX también pasaron hambre. Cada vez que leo un libro ambientado en Irlanda, la gente tiene hambre y un padre borracho.
Volví otra vez a la orilla sur y fui a ver el Trinity College. Está muy bien. Había un campo de rugby donde jugaron ayer. Eso de jugar al rugby tiene mérito. Aquello era un barrizal negro asqueroso. ¡Y con este frío! La capilla estaba abierta y me colé. Según mi guía de viaje, hay que pedir cita para entrar. ¡Qué suerte!, pensé. No, no fue suerte. Iba a empezar una misa anglicana y cerraron la puerta y me dejaron dentro y me tuve que tragar un rato de cánticos con órgano y voy a ir al infierno. Pude escapar soportando las miradas asesinas de los asistentes. Al menos entré en calor un rato. Salí de allí y me fui otra vez a Grafton Street, la calle peatonal de tiendas. Como hoy es domingo, estaba todo abierto como si fuera jueves, pero con menos gente que ayer por la tarde. Descubrí la iglesia de los Carmelitas en un callejón y entré cuando empezaba la misa de once para recuperarme de la misa de antes. La iglesia en sí no es de mi gusto. Demasiados tonos pastel. Pero me gustó la ceremonia. Tenían un coro, tocaban el órgano y una solista se hizo los salmos ella sola. Una voz impresionante. La iglesia estaba a rebosar de gente, no como en la capilla del Trinity College, que eran ocho y yo. (Ocho contando a los del coro). Al final de la misa la gente aplaudió. Es la primera vez que veo algo así, pero es que el coro era hasta para silbarles.
Comí por allí, visité el centro comercial con techo de cristal en la esquina del parque St. Stephen’s Green y luego estuve paseando por dentro del parque. Había gente a pesar de la temperatura. Dos cisnes blancos dormían sobre el agua del estanque central. Volví a pasar por la puerta del hotel Shelbourne. Estaba delante aparcado el autobús de la selección irlandesa de rugby. Ni rastro de los jugadores. Sólo estaban cargando el utillaje. Había tres bicicletas de spinning, maletas de plástico con contenido desconocido y una pierna ortopédica. Bueno, estoy exagerando, era una de esas piernas que te ponen por encima de la tuya cuando te la rompes, en lugar de la escayola de toda la vida. Cuántas piernas habrán roto éstos para que tengan que llevarla siempre en el equipaje.
Tuve que entrar en una cafetería a tomar un chocolate caliente. Me lo dieron en un vaso de cartón con tapa. Tomé la mitad allí y la otra mitad caminando por la calle. Apuntad este nombre: INSOMNIA. Si alguna vez encontráis una cafetería de esta franquicia, pedid un chocolate. ¡Para cagarse!
Fui caminando hasta Merrion Square para ver bien la estatua de Oscar Wilde. Ayer, con la oscuridad y el parque cerrado, no pude verla bien. Está hecha de mármol de varios colores y da sensación de realidad. En la esquina de la plaza está la casa de su padre, que se dedicó a muchas cosas. Fue oculista, anticuario, escritor y mujeriego.
Desde allí fui hasta Temple Bar. ¿Cómo describir aquello? Es una sucesión de calles empedradas, pubs, restaurantes, tiendas de souvenirs. Tiene un punto kitsch pero con estilo. Están al borde del río, y se puede acceder desde el puente Ha’penny, peatonal y una foto muy típica de Dublín. Ahí fue donde mi cuerpo dijo basta.
Entré en un sitio donde eliges el tipo de pan que quieres entre unos cuantos diferentes y luego les dices lo que quieres dentro. Hay mucho donde elegir. Me lo envolvieron con un zumo y volví al hotel echando viruta.
Para entrar en calor decidí bajar al spa. Estuve en el jacuzzi para devolver los riñones a su sitio porque los tenía en los talones, en la sauna para devolver la temperatura normal a mi cuerpo, y en el baño turco no sé para qué, pero estaba allí, así que me metí dentro.
Subí a ducharme a la habitación y ahora os estoy escribiendo y me estoy comiendo el pan con forma de donuts y con varias cosas dentro. A mi derecha me observa con detalle una chocolatina WISPA, que son mis favoritas y cuesta trabajo encontrar fuera de las islas británicas.

6 feb 2010

Una cateta en Dublín (Día 3)


El día comenzó temprano. Quedamos para desayunar a las 07:45 hrs porque a las 08:15 hrs nos tenía que recoger la abogada para llevarnos a sus oficinas. Siendo sábado, allí no había un alma, así que tuvo que venir para abrirnos la puerta. A la única persona que vimos en todo el día fue al amable camarero que nos sirvió las bebidas y luego la comida.
Estuvimos trabajando hasta las 13:00 hrs. Comimos en media hora un menú compuesto por restos del día anterior y alguna cosa nueva y finalizamos con un pastel de chocolate negro con crema de chocolate negro por encima. ¡Ñam Ñam! Volvimos a nuestra sala de trabajo y estuvimos allí hasta las 14:30 hrs, dando por finalizada la reunión con todos los puntos tratados. Acabé con agujetas en las trompas de Eustaquio. Atender a una conversación en inglés oyendo acentos de cinco países diferentes, sobre todo de Singapur, requiere cierto esfuerzo.
Volvimos caminando hasta el hotel. Allí nos esperaba otra miembro de WISTA Irlanda. Su nombre es Mairéad. Se pronuncia “mareid” y significa Margarita. Habla como cuarenta. Incluso es capaz de mantener una conversación en un extraño castellano porque fue Erasmus en Barcelona hace diez años. Nos llevó a visitar el Museo Nacional de Irlanda, que contiene restos arqueológicos. Tienen incluso el esqueleto de un vikingo. No olía a nada. El edificio tiene todo el suelo cubierto de mosaicos y una impresionante cúpula.
Una vez cumplida la cuota cultural nos fuimos de compras. Estuvimos en Grafton Street, una calle peatonal llena de tiendas. Estaba a rebosar de gente. Había músicos cada dos pasos. Un individuo empujaba una carretilla llena de termos llenos de té y café para vender por vasos. Volvía la gente del partido de rugby del Torneo de las Seis Naciones. Todos con sus camisetas verdes, bufandas, gorros y banderas, satisfechos por haber borrado del mapa a Italia. Entramos en los almacenes Brown Thomas, una tienda muy elegante que vende sólo artículos de marca. Por primera vez en mi vida sostuve unos Manolos en mis manos. Será lo más cerca que esté nunca de unos Manolos.
A las 18:00 hrs fuimos a cenar a Bewley’s, un café art decó en Grafton Street. Muy bonito, pero eran las seis de la tarde, por Dios.
Cuando salimos de allí eran las ocho y la calle estaba aún más llena de gente. Los pubs estaban a rebosar. Había incluso gente en la calle con sus pintas en la mano. Ponen una especie de valla cerca de la puerta, rodeando el perímetro del pub, para que puedas sacar allí tu vaso. En la calle está prohibido beber.
Fuimos hasta el final de la calle y giramos a la izquierda dejando St. Stephen’s Green a nuestra derecha. Es el parque principal. A la izquierda, una fila de edificios de estilo eduardiano, donde están los restaurantes más selectos de Dublín. El hotel Shelbourne, el más elegante de la ciudad, estaba lleno de gente tomando una copa después de la cena. Se abrió la puerta y empezaron a oírse grititos de emoción. El que salía era Jerry Flannery, jugador de la selección irlandesa de rugby. Entre nosotros, un animal con la nariz rota vestido de chaqueta. La acompañante tampoco valía un pimiento. No sé siquiera si era mayor de edad.
Continuamos caminando hacia el hotel, pasando por Merrion Square, donde está la famosa estatua de Oscar Wilde y la casa de su padre en la esquina. Nos encontramos tres veces con la misma limusina, un Hummer blanco del tamaño de un autobús.
Llegamos a destino hacia las nueve y media. No llovió en toda la tarde. Frío sí que hizo. Estrené mi gorro de lana andino. Al principio se rieron de él pero acabaron intentando comprármelo porque hacía una rasca importante en la calle.
Nos despedimos de Mairéad-mareid-Margarita, que supongo iría a poner su lengua a reposar. ¡Lo que habla esa mujer!
Nos sentamos a charlar en el hall. A las diez y media nos fuimos a dormir. Besos y abrazos porque algunas ya vuelan mañana por la mañana temprano. La de Singapur dijo que no iba a acostarse, ya que sobre las cuatro tenía que salir para el aeropuerto.
He aprendido una cosa importante sobre Singapur. Todo está prohibido. No se puede salir con una pancarta a la calle, no se puede ser gay, no se pueden tirar papeles al suelo, NO SE PUEDE COMER CHICLE. Que no cuenten conmigo en Singapur.

5 feb 2010

Una cateta en Dubh Linn (Dublín, día 2)


A las 07:15 hrs me levanté y bajé a desayunar. Calmé mi sed de toda la noche con tres vasos de zumo de manzana y uno de naranja. Del zumo de naranja no se puede abusar por motivos que no vienen al caso.

Olvidé contaros que en la habitación hay también un enorme armario de seis puertas. No sé para qué tan grande. Aquí lo que sigue faltando es el mueble bar, por si acaso me doy a la bebida.

A las 08:45 hrs vino a recogernos una abogada miembro de WISTA Irlanda. Nos presta sus oficinas para celebrar allí nuestras reuniones. Caminamos durante unos cinco minutos y llegamos a un enorme edificio de cristal (enorme por lo ancho, no por lo alto) que resultó pertenecer a su bufete, Matheson Ormsby Prentice. Cuenta con 650 empleados solamente en Dublín. Fue como entrar en esas oficinas que salen en las películas, así que allí estaba esta cateta con la boca abierta mirando para todos lados. Subimos en un ascensor a la planta más alta, un sexto piso. Al abrirse las puertas, allí estaba una más que sonriente recepcionista que nos recogió los abrigos y nos explicó dónde estaban los servicios. Importante explicación, porque en esos sitios tan modernos lo mismo te metes por una puerta pensando que vas al baño y acabas en un armario. Aún no sé si la recepcionista pasa el día de pie delante de los ascensores con la sonrisa puesta o es que alguien le dijo que estábamos subiendo.

La sala de reuniones es una estancia muy amplia haciendo esquina, sin paredes, todo cristales y mirando al río. Una vista preciosa. Hizo sol todo el día, lo cual me preocupa porque eso significa que mañana nos las van a dar todas juntas. Tenemos un ordenador portátil y una pantalla a nuestra disposición para hacer presentaciones. Hay una barra con café, infusiones, zumos y fruta. De vez en cuando entra un camarero y repone lo que falte. También traen unas galletitas caseras que lo flipas. Hay un objeto con una pantalla táctil encima de la barra. Pulsas botones y bajan o suben dos tipos distintos de persianas. Hay otros botones que no he tenido la ocasión de pulsar y no creo que pulse, por si acaso salimos despedidas de allí o se produce alguna explosión.

Estuvimos trabajando toda la mañana. A las 13:00 hrs vino la abogada a recogernos con otras dos miembros de WISTA Irlanda y nos invitaron a comer en la sala adjunta, gemela de la nuestra. Comimos estupendamente. Había sopa, quiche, ensalada, pollo, arroz, roast beef, y una tarta de frutas como postre.

A las 14:00 hrs volvimos a nuestra sala y continuamos trabajando hasta las 16:00 hrs. Vinieron otra vez a buscarnos y nos dijeron que tenían una sorpresa para nosotras. La sorpresa resultó ser una auténtica marcianada. A la entrada del bufete había aparcado un camión americano con un letrero en el costado dándonos la bienvenida. Nos sacamos multitud de fotos. El dueño del camión tiene una empresa de transporte que opera dentro del puerto. Lo del camión americano lo tiene como entretenimiento y les pareció simpático. Lo mejor de todo es que nos paseó por medio Dublín metidas en la cabina. Cabe mucha gente allí dentro. Tiene un sofá enorme en la parte trasera, con unas luces rojas, que aquello parece un prostíbulo. Yo me senté de copiloto. La gente por la calle nos sacaba fotos. Esto en España no lo hago ni muerta. Me muero de la vergüenza.
Nos dejó en la Autoridad Portuaria y allí subimos a un minibús para dar un paseo por el puerto. Una señora muy amable nos fue explicando todo con detalle. Operan principalmente contenedores. Había por allí varios camiones cisterna llenos de cerveza Guiness. El dueño del camión americano me preguntó por el camino si ya la había probado. Quedó horrorizado al saber que no pruebo el alcohol. Me dijo que la Guiness es muy sana, que se dice que te sale pelo en el pecho.
Al terminar el paseo nos llevaron en el minibús a una vinoteca, un local en un sótano abovedado en lo que eran antiguamente almacenes de té y especias del puerto. Allí bebieron vino y yo agua con limón. Nos sirvieron unos aperitivos. Asistieron unas veinte mujeres del sector. Entre ellas, dos empleadas de las destilerías Jameson, del departamento de transportes. A las nueve en punto cogimos las de Villadiego porque estábamos hechas polvo.

Volvimos caminando al hotel, a unos cinco minutos de distancia, al otro lado del río. Tuvimos que atravesar un puente que se parecía sospechosamente a los de Calatrava. Hacía frío y algo de viento, pero vamos bien preparadas.

Ahora tengo el radiador a toda pastilla porque algún animal dejó la puerta de la terraza medio abierta y no hacía precisamente calor cuando entré en la habitación. Ya se está a gusto.

Mi padre ha mandado un mensaje contestado a lo del coche. Dice que no me lo va a prestar porque lo quiero conducir como si fuera un F1.

Mañana más.

4 feb 2010

Una cateta en Baile Átha Cliath…………. Dublín, para entendernos (Día 1)

Aquí estoy. He venido a una reunión del Comité Ejecutivo de WISTA, al que pertenezco desde el pasado septiembre. Somos siete en total, procedentes de Estados Unidos, Grecia, Suecia, España, Singapur, Nigeria y Dinamarca. La que viene por Dinamarca ni es danesa ni vive allí. Es persa de nacimiento, reside en Suecia y todos los días cruza el puente para ir a trabajar a Copenhague. Ella y la sueca se han levantado hoy a las cuatro y media y cinco de la mañana respectivamente. Han tenido que salir de casa con una pala en la mano, cavar para quitar la nieve de la puerta de entrada y de la puerta del garaje. 20º bajo cero. Y dicen que es una experiencia preciosa, vigorizante, extraordinaria. ¡Anda ya!
La nigeriana ha tenido que quedarse en casa porque no ha sabido sacar su visado correctamente para venir a Irlanda. Todavía no me lo explico. Esto está programado desde Septiembre. Por algo son el tercer mundo.

Tomé un vuelo de Aer Lingus hoy a la hora de comer desde el aeropuerto de Faro. Me llevó mi padre en su nuevo juguete alemán. A mitad de camino se me ocurrió preguntarle: “Papá, ¿por qué vamos a 80?”. A lo cual respondió: “Estamos haciendo el rodaje.”
Hace años que los coches no necesitan hacer rodaje, y así se lo dijo el vendedor cuando le entregó las llaves, pero por si acaso.

Esto de volar con una línea regular carece totalmente de emociones. No ha pasado nada de nada. Hemos venido todos callados como muertos; todos los muertos irlandeses, excepto yo. Lo único que me llamó la atención fue un anciano leyendo un libro en un e-book Sony. Me dieron ganas de mangárselo, pero me contuve a tiempo. Estaba a tres asientos de mí, con el pasillo de por medio, y aún así era capaz de leer las letras de la pantalla desde mi sitio. Esa es una de las grandes ventajas de los e-books. Puedes poner la letra al tamaño que te parezca. Como si quieres leer en titular de periódico.

Baile Átha Cliath es como se llama esta ciudad en irlandés, porque aquí se habla irlandés por tradición e inglés por invasión.
Hicimos la mayor parte del viaje sobre nubes y, poco antes de aterrizar, nos metimos entre unas nubes gordas y negras, así que casi no vi nada. Una vez aterrizas, lo primero que ves es un cartel amarillo verdoso en el edificio principal del aeropuerto: BAILE ÁTHA CLIATH. Si no hubiera hecho el cursillo turístico que hago cada vez que salgo por ahí, habría pensado que el piloto se había equivocado de sitio y estábamos en una ciudad al norte de Islandia.

Dublín viene de Dubh Linn, que significa charca negra. Fue el nombre que le dieron los vikingos. Sabe Dios las porquerías que tirarían éstos en el río. Porque eran unos guarros los vikingos. En las películas de vikingos lo único que hacen los vikingos es dar alaridos, comer con los dedos, beber cerveza y dormir sobre los pelos de un bicho muerto, que sabrá Dios las pulgas que tendría. Nunca se lavan los vikingos, nunca.

Me estoy desviando. Al llegar a Dublín, me estaba esperando en el aeropuerto nuestra presidenta, que venía de Grecia y aterrizaba a la misma hora que yo. Tomamos un taxi y seguimos sin ver nada porque llovía, era de noche y los cristales se empañaron por culpa del frío. Después de hablar como cotorras durante unos minutos abordamos al taxista con varias preguntas. Tuvimos que abandonar la tarea porque el hombre hablaba con un acento muy pero que muy raro. Debe ser de pueblo.
Al llegar al hotel coincidimos con la sueca, que quería acostarse temprano. Supongo que era el cansancio por lo de la pala.
Localizamos a la persa y cenamos en la cafetería del hotel. No está el tiempo para andar zascandileando por ahí. Nos pusieron una hamburguesa de ternera irlandesa tamaño natural que me está empezando a salir por las orejas.
A las nueve menos cuarto dimos por finalizada la jornada y nos retiramos a nuestros aposentos. Es lo que me gusta de estos países. Saben acostarse pronto.
Me acabo de dar una ducha y he intentado beber un vaso de agua del grifo. He tenido que desistir. Sabe amarga. Y no hay mueble bar para cogerme un pedo, aunque yo no bebo, pero bueno. Por cierto, el hotel magnífico. Tengo una habitación con sofá, butaca, enorme mesa de unos tres metros de largo, conexión a internet por cable gratis, cama king size, calefacción a toda marcha. ¿Qué más se puede pedir? Bueno, un vaso de agua.

1 feb 2010

Abusé de una teleoperadora

Hoy he abusado psicológicamente de una teleoperadora.
Me encontraba plácidamente tumbada leyendo, o más bien devorando, un libro interesantísimo. Entraba el sol por la ventana, dándome directamente en los piececitos, así que estaba en la gloria. Música de fondo: Silje Nergaard.
Sonó el teléfono. Tuve que cerrar el libro, levantarme de la butaca, ir a buscar el aparato y contestar.
Teleoperadora: Buenos días, ¿hablo con la señora de la casa? (Fuerte acento andaluz)
Withfloor: (Ya como una moto) Sí, dígame.
T: Le hablo de aafodifjadfjaopsdjfpaofjdjadjf
W: Señorita, repita lo que acaba de decir pero vocalizando. No he entendido nada. (Seria, muy seria)
T: Perdone. Le llamo de adfasdfasofja y es para informarle que ha sido usted agraciada con un premio asdfasdfaopdiuf. ¿Viaja usted con frecuencia?
W: Señorita, ¿de dónde ha sacado este número de teléfono?
T: De una agenda
W: ¡De una agenda! ¿De qué agenda estamos hablando? ¿A quién pertenece esa agenda?
T: Bueno………….. de…………………. de las páginas amarillas.
W: Señorita, este número no figura en las páginas amarillas.
T: Ehhhh…………………….de……………………… de las páginas blancas, en la página 347.
W: Bien. Y, ¿en qué consiste ese premio?
T: Le ha correspondido un premio que consiste en siete días de estancia en adfadufpoafupaduf por 90 euros solamente, sin ningún cargo para usted.
W: Señorita, ¿es o no es sin ningún cargo para mí? Me acaba de decir que me va a cobrar 90 euros.
T: (Cada vez más nerviosa) Bueno, es que tiene usted un descuento porque el prec…..
W: Señorita, tiene usted que hacer un cursillo de teleoperadora porque su habilidad para atraer clientes es manifiestamente lamentable. (Colgué el teléfono sin esperar respuesta)

Volví a mi butaca, coloqué mis piececitos estratégicamente para que continuara dándoles el sol y retomé la lectura del interesantísimo libro, no sin antes pensar que la teleoperadora tenía mi teléfono y dirección y podría venir en cualquier momento a sacarme las tripas.

25 ene 2010

Sopa coreana


El capitán me preguntó si quería desayunar. Dado que llevaba en pie desde las dos y cuarto de la madrugada, no pude negarme. “¿Tostada o coreano?” Tostada, por supuesto. A las seis y media de la mañana el estómago de un ser humano de este lado del planeta no está para pruebas culinarias. Aún estoy dando gracias por la elección. La tostada resultó ser un sándwich caliente de huevo frito. Exquisito.
En el comedor, los oficiales se acercaban a una enorme palangana con tapa enchufada a la pared. Metían sus cuencos dentro y los sacaban llenos de una sopa sospechosamente grasienta. Para explicarme los ingredientes, el capitán me señaló su rodilla y me dijo que la sopa llevaba un día entero preparándose, porque era más saludable. No explicó si la rodilla era humana o de qué otro animal.
Sobre la mesa había un tupperware de los chinos con algas verdinegras y otro con un extraño mejunje rojizo (ver foto adjunta). “Ese es picante. Muy sabroso”, me dijo el capitán. En el centro, un bote con docenas de palillos chinos. Para el sándwich consideré más apropiados un cuchillo y un tenedor.
Según costumbre local (local porque estábamos bajo pabellón coreano), la sopa se bebe del cuenco directamente, sin usar la cuchara. No eructaron al terminar, por cierto. Raro, porque no sería el primer oriental que me sorprende con un eructo en mitad de una conversación.

18 ene 2010

Eficaz dieta de adelgazamiento


Acérquese al mercado de abastos a primera hora de la mañana. Adquiera el filete de ternera más grueso del puesto de carne más barato. Haga con él lo que quiera durante la mañana, excepto comérselo. Llévelo con usted a casa a la hora de comer. Prepare una sartén con poco aceite. Fría el filete a fuego lento, vuelta y vuelta solamente. Calcule la maniobra para quedar sentado a la mesa exactamente a las 15:00 hrs. Tome el mando a distancia del televisor. Enciéndalo. Sintonice la primera cadena y elimine el sonido para obtener mayor grado de concentración. Mire su filete fijamente durante cinco segundos. Mire fijamente el televisor durante tres minutos, sin parpadear. Absorba con atención las imágenes de cadáveres esparcidos por las calles, niños polvorientos con los ojos reventados, brazos saliendo de los escombros. Vuelva a mirar su filete fijamente durante cinco segundos. Retorne la vista al televisor. Continúe absorbiendo imágenes, esta vez de la última explosión en la plaza del mercado de Kirkuk (Irak) a la hora de más concurrencia. Padres sosteniendo los cadáveres de sus bebés muertos, ciudadanos con extraños hábitos y sandalias llorando amargamente, coches destrozados, más escombros. Mire de nuevo su filete sanguinolento. Apague el televisor. Levántese de la mesa. Coja el plato con el filete intacto. Déselo al perro. Vuelva al salón. Siéntese en el sofá. Medite.

12 ene 2010

Confesiones de un feto


Si aquí dentro hubiera ordenadores esto sería un blog. Llamémoslo diario submarino, porque estoy inmerso en un líquido y nado dentro. Lo malo es que cada vez hay menos espacio. Antes me hacía unos largos por las mañanas. Ahora apenas puedo mover los brazos.
Estoy acojonado, colegas. Ya puedo contar con los dedos de las manos los días que faltan para salir de aquí. Voy a conocer por fin a papá y a mamá. No es que no los conozca ya, es que no nos hemos visto las caras. A mí ya me han visto en fotos. Hay un tío muy bajito que me hace video y retratos de vez en cuando. Me da mucha vergüenza, porque al principio sólo querían verme los genitales. Cuando por fin me encontraron la colita, empezaron a centrarse en otras cosas, menos mal.
Me han dicho aquí dentro que cuando salga me tengo que hacer el loco una temporada, como un año más o menos, y que luego haga como que me voy enterando de las cosas poco a poco. No puedo ir de “enterao” porque los puedo matar del susto.
Ahí fuera se pasan el día hablando de mí. Creen que no me entero, pero yo estoy al loro de todo.
Me han puesto una habitación llena de barcos, y hay un armario que mamá enseña a todo el mundo, donde está la ropa que me voy a poner. También hay una bolsa que me ha regalado un amigo de papá y mamá que es farmacéutico. Dentro hay todo lo que hace falta para estar limpio. Incluso un termómetro que te lo pegan en la frente y da la temperatura en digital. Ya no hace falta meter el tubito con mercurio en la boca. ¡Qué pasada, tíos!
Papá y mamá tienen muchos amigos. Hay varias amigas de mamá que llevan coleguitas dentro. Uno se llama Iñigo y va a ser pijo. El sábado estuvimos charlando mientras las mamás miraban el armario. A él le queda todavía un rato largo para salir. Dice que le tengo que contar cómo es para estar bien preparado.
Todavía no saben cómo me voy a llamar. Ahora tengo nombre de artista americano. Es que papá no se decide. Dice que me tiene que ver la cara para saberlo. Pues, tíos, lo tenemos crudo, porque yo creo que al salir se te tiene que poner cara de “pringao”, fijo. Y no me van a llamar Pringao, ¿verdad?........¿VERDAD?
Mamá y papá me hablan mucho. No voy a poner aquí las cosas que me dicen porque me sonrojo. Veremos si luego tienen valor de decírmelas a la cara.
He tardado mucho en venir, por eso están que no cagan conmigo.
Mañana o pasado salgo, depende del frío que haga. Yo saco el dedito para medir la temperatura y ya veré lo que hago.

7 ene 2010

Manifiesto a los Reyes Magos


Camaradas:

Les resultará algo extraño recibir una carta el día 7 de Enero, cuando están iniciando sus meses de vacaciones. El asunto a tratar es de suma importancia y merece su inmediata atención.
Ante todo aclarar que este colectivo reúne a republicanos, anarquistas y comunistas. Los que suscriben rechazamos la existencia de los Reyes, con o sin magia.
Nos dirigimos a ustedes por pura necesidad, para denunciar el trato vejatorio que sufrimos en los últimos tiempos.
Para el día de ayer esperábamos la llegada de al menos dos nuevos compañeros que vinieran a continuar y consolidar nuestro objetivo, hacer honor al dicho “Trabajas menos que los Reyes Magos”, es decir, una vez al año como tope máximo. En la actualidad, nuestra jornada laboral es de un día cada 32 con una duración máxima de 12 horas y vacaciones entre los meses de Junio y Octubre, ambos inclusive. Dicho propósito se ha visto truncado al interrumpirse de forma unilateral la contratación de nuevos miembros de este colectivo, que tradicionalmente comienzan su labor cada 6 de Enero. Pasamos el día de ayer en un sinvivir al no llegar éstos ni recibir noticias al respecto.
Puestos en contacto con la patronal, nuestro representante sindical fue informado de que este año la llegada de los compañeros había sido sustituida por otras necesidades más perentorias, dada la crisis económica que sufre el país en los últimos tiempos. Además, se nos comunicó la obligación de efectuar un viaje a Dublín en el mes de Febrero sin el consiguiente cobro de dietas y horas extras. Seis de nosotros serán elegidos al azar para dicha misión.
Reiteramos nuestro más profundo rechazo por el trato humillante, denigrante y ofensivo que este discriminado colectivo sufre.
Por todo lo arriba mencionado, presentamos oficialmente preaviso de huelga para los próximos días, coincidiendo con la ola de frío siberiano que arrasará la península, que es cuando más duele.
Quedan ustedes informados. Copia de esta misiva será enviada a la patronal para su conocimiento.

El colectivo de calcetines de rombos “SOCKS FOR FREEDOM”.

1 ene 2010

Han intentado asesinarme o la riqueza del refranero español


Recientemente he sido víctima de un intento de asesinato. Tengo seis amigas, si a eso se pueden llamar amigas, que para más detalles son hermanas entre sí. Tienen más peligro que una caja de bombas. Cuando están aburridas maquinan terribles monstruosidades. De la última ocurrencia fui el objetivo. Una de ellas, ejerciendo de inocente amiga, me llamó para invitarme a merendar en su casa. Acudí al día siguiente a la hora indicada. Estaban sólo ella y sus dos hijos pequeños. Me abandonó al cuidado de ellos alegando que tenía que salir a comprar no sé qué. (Refrán nº1: Donde hay confianza da asco). Poco a poco fueron llegando más hermanas y otros invitados. Volvió la anfitriona también. Cuando llevaba allí aproximadamente una hora, reparé en un extraño ser humano de alrededor de trece meses que paseaba por la casa sin prestar atención a nadie en concreto, con un chupete en la boca. Supe al cabo de los días que aquella bomba ambulante era portadora de un virus mortal, que fue esparciendo allí donde se acercaba.
La merienda transcurrió con aparente normalidad, si exceptuamos las extrañas miradas que las hermanas intercambiaban. He de decir que una de ellas no asistió excusando su ausencia por cierta extraña inflamación que padecía. Es la cabeza pensante del grupo. Sabía el peligro que corría, máxime estando como está en avanzado estado de gestación.
Exactamente treinta horas después de finalizar la celebración, y hallándome tranquilamente reposando en mi cama, mis ojos se abrieron repentinamente y tuve que salir disparada al cuarto de baño, donde por todos los orificios de mi cuerpo expulsé……vamos a dejarlo aquí. No voy a entrar en detalles. El caso es que cuando salí del baño estaba absolutamente hueca. (Refrán nº2: Quien con tiernos infantes pernocta, excrementado alborea). Me arrastré hasta la cama como pude, y de allí no salí prácticamente en dos días, con 38º de fiebre y hecha un verdadero trapo.
Por un fallo de cálculo, el virus se extendió más allá de lo pretendido originalmente, afectando a gran parte de los asistentes a la merienda, entre ellos la madre de mis torturadoras, que Dios las perdone.
Sirva este texto para denunciar el maltrato sufrido y para dejar constancia del hecho acaecido.
P.S. (Refrán nº3: Bicho malo nunca muere)

2 dic 2009

Nochebuena

Faltan 22 días para Nochebuena y aún no he comprado ningún regalo. En casa nos los damos el día 24. No podemos esperar a Reyes, porque el día de Reyes no hay nadie a quien dar regalos.
Llevo 18 años recibiendo dos pares de calcetines de rombos y un sobre con pasta. He ido acumulando tal cantidad de calcetines, que he tenido que dedicarles un mueble a ellos solos. El primer cajón es para los de tonos azules, el segundo para los de tonos negros y grises, el tercero para los marrones, el cuarto para los inclasificables, y el quinto y sexto para los que no tienen rombos. Esos me los he comprado yo sola, con mi dinero, no con el dinero del sobre.
Volviendo a los regalos que no he comprado, tendré que ir a El Corte Inglés a buscar algo. En la sección de Informática podré elegir entre los ratones con forma de pimiento rojo y las alfombrillas para ratón con forma de sartén con huevo frito dentro. En la sección de caballero, los pijamas rojos con dibujos de Papá Noel, los gayumbos con árboles de Navidad, o los tres pares de calcetines de rombos metidos en una caja metálica muy elegante como si fueran galletas danesas. En la sección de relojes podré elegir entre los trescientos veintisiete modelos existentes. En la sección de música no entro, por razones que no voy a explicar aquí, no vaya a ser que me corten la conexión a internet. Y la sección de señoras no merece una visita porque ya estoy saturada de ver objetos inservibles sin haber salido siquiera de casa.
Llegará el día 24 y nos haremos entrega de nuestros regalos. El cajón de los calcetines de tonos azules recibirá con alborozo a un nuevo inquilino, y mi cartera, con aún más alborozo, la llegada de nuevos colegas marrones o amarillos, si hay un poco de suerte.

6 nov 2009

La verruga

Estimada Cindy:
He leído no sé dónde que estás preocupada por tu verruga. Déjame que te diga que yo sí que estoy preocupada por la mía. Si la tuya te ha convertido en una mujer rica, la mía va a hacer de mí una pobre bruja. Mi verruga me mira desde el espejo con cara de pocos amigos. Mi verruga crece a lento ritmo, pero crece. Mi verruga se va a volver marrón, como la tuya. Pero a mi verruga le va a salir un pelo en el centro, estoy convencida de ello. Tiene una hermana mayor viviendo bajo el lóbulo de mi oreja derecha y esa ha sido su evolución. Pero una cosa es vivir discretamente bajo una oreja y otra muy distinta salir en medio de una cara para llamar la atención. Deja de quejarte de tu verruga y disfruta de tus millones mientras otros humildes mortales nos preocupamos por nuestras verrugas, nuestras cuentas corrientes y el precio del litro de leche.
Atentamente te saluda,
W.

2 nov 2009

Excursión a Dondecristoperdióelmechero, provincia de Cádiz

Celebrar un bautizo el día de los muertos puede considerarse una excentricidad, pero tratándose de la familia que se trata, podemos esperar cualquier cosa. Para ellos, una celebración es una celebración, sea el día que sea, vivos o muertos.
Fue una jornada curiosa. De todo lo vivido, lo más impactante no fueron ni las cuatro horas de viaje en coche, ni la bollería fina (cortesía de Patri) y los batidos que nos metimos entre pecho y espalda durante el trayecto, ni los ojos color turquesa de la neófita, ni la breve ceremonia de bautismo, ni los langostinos de Sanlúcar, ni el día tan perfecto en cuanto a lo meteorológico, ni los payasos que animaron la zona infantil. Lo que me quitó el aliento fue el individuo de la foto.
Está subido en un altar lateral de la única iglesia del pueblo, como si fuera un maniquí de Nuevas Galerías (Susana dixit). Es santo, porque lleva alrededor de la coronilla el chirimbolo ese que llevan los santos para distinguirse del resto de los mortales. Sin embargo, no es un santo habitual. Estamos acostumbrados a santos vestidos de monje, santos a pecho descubierto, santos con toga, pero ¿santos de chaqueta y corbata? Para mí es el primero.
Lo cierto es que, nada más entrar en la iglesia, ya quedé impresionada por una imagen de Santa Ana. Una señora con una cara de pocos amigos que tiraba de espaldas. ¡Y es santa! Y virgen también, seguro, porque con esa cara….
Volviendo al sujeto elegante, desconozco quién es el autor de la imagen, pero dudo que se trate de un Salcillo. El joven lleva en la mano un papel donde dice algo así como “Hasta la muerte”. Así que entregó la cuchara voluntariamente en plena juventud. Meritorio, sí señor. Nada que objetar. A mí lo que me tiene hablando sola es la imagen en sí. Esos cachetes coloreados como si fuera una foto antigua, esa raya del pantalón tan bien planchada, esa cara de rancio, esa chaqueta cruzada. Los prefiero como San Sebastián, con sus flechas clavadas y el pecho henchido como diciendo: “Aquí estoy yo, pecadores”.

20 oct 2009

Once peluqueras

Once peluqueras

Dado que tenía la mañana libre y unas greñas impresentables, fui ayer a la peluquería. Entré a lavar la cabeza sin esperar. Empezamos bien. Una vez sentada en la silla de tortura, a través del espejo pude observar ciertas miradas extrañas por parte de unas jovencitas presentes en la sala. Resultaron ser estudiantes de peluquería. La profesora las llamó, me rodearon y todas se negaron a coger las tijeras que les eran ofrecidas para meterle mano a mi cabellera. Escalofríos. La profesora agarró del brazo a una de ellas, la colocó justo detrás de mí y le puso las tijeras en la mano. Comenzó un tira y afloja entre la profesora, la involuntaria alumna, las tijeras, unas pinzas enormes, un peine, mi cabeza y los dedos de la alumna. De repente, sentí que algo oscuro se deslizaba desde mi cabeza al suelo, pasando por mi oreja. El corazón se me puso en la boca. Se aceleraron mis pulsaciones. Casi se me salen los ojos de las órbitas. “Un mechón de mi melena acaba de caer al suelo”, pensé. Pensamiento absurdo, pues hace meses que no tengo melena. Se trataba de una pinza gigante. Alivio.
De pronto, gritos de la profesora y un teléfono móvil que cae en el mostrador con gran estrépito, junto a mis gafas. Yo sin gafas sólo me entero de la mitad de lo que pasa. Tremenda bronca a una de las once peluqueras, que había decidido iniciar una conversación telefónica en mitad de la explicación de cómo cortarme el pelo. No hay respeto.
La involuntaria peluquera y yo aprovechamos el revuelo para llegar a un acuerdo. “Tú tranquila. Haz lo posible para respetar mis orejas. El pelo no importa. Ya crecerá”. “Yo te corto poco y luego la profesora que lo repase”.
Llegado el momento de cortar las patillas, la involuntaria peluquera dijo que tururú trompetas, que ella no metía las tijeras en mis orejas. La profesora aprovechó el momento para dejar por imposibles a la involuntaria peluquera y a sus diez compañeras, que estaban más ocupadas en mascar chicle, criticar a la profesora, mirarse las uñas y poner cara de asco, que en aprender un oficio para el día de mañana. Se acercó entonces la autora de mi nuevo look, una tal Ursula. Empuñó las tijeras y con gran maestría arregló lo que pudo. Satisfechas ambas partes, me dirigí a mi casa a deshacerme de todos los pelos que habían caído sobre mi cuerpo durante la batalla. Hasta dentro de los calcetines había.