30 sept 2012

Una cateta en París (Día 2)


 
Desperté a las siete. Me dolían los hombros, me dolían los dedos de los pies, me dolían las plantas de los pies, me dolían los tobillos, me dolían las cejas. Aún así, fui valiente y conseguí levantarme y salir a la calle a las diez. Hacía frío, 4ºC según internet. No creo. La sensación era de un poco más.

Ayer cometí una grave falta de ortografía por la cual me disculpo. Achaquémoslo al cansancio y corramos un tupido velo.

 

Cuando fui a enchufar el ordenador ayer por la noche sufrí un segundo de pánico al ver el enchufe. Se me pasó por la cabeza que aquel pitorro había sido puesto allí para no poder enchufar, para no gastar electrididad. Sorpresa cuando vi que el enchufe del ordenador tiene un agujero en el que encaja perfectamente el pitorro. No me había fijado nunca.

 

Tomé el metro con destino Montmartre. En lugar de ir a Abbesses y coger allí el funicular hasta la cima de la colina, fui a una estación que queda por detrás, Lamarck Caulaincourt. Es más rápido. Tuve que cambiar de línea en Concorde, donde las paredes están alicatadas con azulejos que tienen letras escritas. Acabo de mirar en internet lo que era aquello, porque se podían leer perfectamente frases enteras. Es la Declaración de los Derechos del Hombre.

Una vez en Montmartre di  un paseo por las callejuelas y estuve viendo a los pintores callejeros en la plaza du Tertre.

Caminar por Montmartre requiere zapatos de senderismo. El suelo es de adoquines irregulares y todo está en cuesta. Lo más adecuado para el estado de mis extremidades inferiores.

A las once menos cuarto entré en la basílica del Sacré Cœur y me senté a esperar que comenzara la misa de once. Siendo del tamaño que es el templo, fue impresionante ver cómo se llenó de fieles de todo el mundo en un momento. La misa, que sólo duró hora y media, contó con toda la parafernalia: tres curas, ocho monaguillos, coro de monjas y órgano. Una de las monjas, vestida con un hábito blanco y velo negro, nos dirigía en los cánticos. Levantaba los brazos al aire y parecía que iba a levantar el vuelo con aquellas mangas.

Cuando finalmente pude salir a la calle me senté en las escaleras de la entrada. Desde allí arriba se divisa todo París en pequeñito. El día era estupendo, sin una sola nube. La temperatura había subido un poco y se estaba de muerte. Hay que añadir a la escena un sujeto tocando “La vie en rose” en un arpa y gente por todas partes.

Bajé andando los quinientos mil escalones que hay hasta la plaza Willette y cogí el metro para ir a la plaza St. Michel. Al subir a la superficie me encontré con la fuente de Davioud que representa a San Miguel matando al dragón.

Estuve paseando por el barrio latino. Lo de latino es porque es la zona de la universidad y antiguamente los estudiantes hablaban en latín. Busqué un sitio para comer. Recordé haber leído que había un restaurante americano por allí, así que lo localicé y me dispuse a dar buena cuenta de un brunch compuesto de huevos, patatas, tostadas y pancakes con zumo de naranja. Más que satisfecha, antes de salir fui al sótano a visitar el cuarto de baño. Cuando quise lavarme las manos no era capaz de encontrar cómo accionar el grifo, hasta que miré al suelo. Había que pulsar un pedal con el pie. Los alrededores del pedal no reflejan la limpieza del resto del local.

Di un paseo por el Boulevard St. Michel y el Boulevard St. Germain. Esta zona es famosa por sus librerías. Antes me hubiera vuelto loca comprando libros. Hoy, con el iPad y los ebooks ya no me hace falta. Puedo encontrar lo que quiera por internet.

Las terrazas de las cafeterías y restaurantes estaban a rebosar. Aquí la gente no se sienta alrededor de una mesa, sino que ponen las sillas mirando al tendido, para ver a los paseantes. Queda un poco raro cuando se ponen a comer de esa guisa.

 

Crucé a la Île de la Cité por el puente de l’Archevêché. Las barandillas han desaparecido de la vista, complemente llenas de candados. Incluso había algunos de bicicleta

Desde ese puente se accede a la parte trasera de Notre-Dame. Hay una placita muy agradable con jardines donde no suele haber mucha gente. Llegar a la plaza delante de la catedral es encontrarse con cientos de personas sacando fotos, haciendo cola para entrar o simplemente deambulando por allí. La cola se movía con rapidez, así que me puse a esperar para entrar. Fueron sólo cinco minutos. Dentro se celebraba una ceremonia por el 50 aniversario del Concilio Vaticano II. Habló un cardenal, unos actores/músicos estaban subidos en unos pedestales desde donde recitaban, cantaban o tocaban un violonchelo, aparecieron unos jóvenes con camisetas de colores bailando, una monja octogenaria se puso de pie y les seguía el ritmo, una mujer entre el público gritó algo y los de seguridad aparecieron de no se sabe dónde llevándosela rápidamente con destino desconocido.

Cuando me cansé de ver el espectáculo salí a sentarme en la plaza. Recordé que en mi última visita no pude ver la fachada completa de Notre Dame. Una de las torres estaba en restauración, cubierta por un andamio. Hoy todo quedaba a la vista. Estuve mirando las gárgolas. Tienen cara de mala leche. Ni rastro de Quasimodo.

Paseé un poco por la isla y crucé el Pont Neuf hasta el costado del Louvre. Eché a andar, andar, andar y acabé llegando al Arco del Triunfo. Es un paseo, lo atestigua el estado de mis pies. Pasé por los jardines de Les Tuilleries. En lugar de bancos fijos para sentarse, hay unas sillas de hierro color verde. Estas de hoy eran bastante nuevas. La gente las coloca donde le parece, casi todos mirando al sol o alrededor de los dos pequeños estanques. Las sillas están en perfecto estado. En España estoy segura de que amanecerían los peces sentados encima el primer día.

Pasé por la Place de la Concorde, de unas dimensiones tan tremendas como el atasco que había. Aquí fue donde se cepillaron a María Antonieta. Pusieron una guillotina y se pasaron por la piedra a todo el que les ponía mala cara.

En el centro de la plaza hay un obelisco egipcio de más de tres mil años, que no sé cómo rayos ha hecho para llegar hasta aquí.

El camino se puso cuesta arriba. Unos jardines con el Grand Palais a la izquierda y pronto los Campos Elíseos con sus tiendas. La acera de la derecha es más para gente de medio pelo, con Zara, Promod, H&M, etc. La acera de la izquierda contiene Louis Vuitton, Lacoste, y sitios así. La única excepción en derecha es Cartier, pero casi que no cuenta porque está arriba del todo, prácticamente en L’Etoile. El edificio de la esquina es la embajada de Qatar. El chalecito les ha debido de costar un par de pozos de gas porque el sitio no puede ser mejor.

Saqué un par de fotos al arco del triunfo. En ese momento estaban celebrando una entrega de corona de flores por parte de retirados del ejército.

A las siete de la tarde sentí una urgente necesidad de poner las piernas en alto, así que subí al metro y volví al hotel. Al llegar le pedí a la estreñida un nuevo vaso con hielo, que no me dio con tanta amabilidad como ayer, y subí a refugiarme en mi habitación.

Ducha y pijama. En este momento sólo puedo mover los dedos de las manos. Estoy paralizada.

 

Buenas noches desde París.

 

Una cateta en París (Día 1)


Tres y cinco de la madrugada. Suena el despertador y salto de la cama no sin cierta dificultad. La noche del lunes al martes sufrí el ataque de un virus gástrico asesino que me dejó completamente hueca, literalmente. Expulsé al demonio que llevaba dentro por todos los orificios de mi cuerpo, todos, literalmente. Desde entonces he estado para el arrastre, comiendo a base de puré de patata y fiambre de pavo en pequeñas cantidades. A las cuatro de la mañana del martes, tirada en el suelo del cuarto de baño, mi única preocupación era poder venir a este viaje, aunque tuviera que tomar el avión en camilla. Esta mañana me encontraba bastante mejor, pero algo débil aún.

Mi taxista favorito me recogió a las 03:57 hrs y salimos raudos pero no veloces con destino al aeropuerto de Sevilla, a donde llegamos hacia las 05:15. Había bastante ajetreo para la hora que era. Varios vuelos de Ryanair salían junto con el de Iberia para Madrid. Facturé la maleta (16,5 kgs) y fuimos a desayunar. Debido al estado de mi estómago, no me atreví a tomar la habitual megamagdalena. Me incliné por una palmera de hojaldre y un zumo de manzana. A las seis pasé a la zona de pasajeros y estuve echando un vistazo a la tienda Duty Free, que ya estaba abierta.

Embarcamos a las seis y media y salimos a las siete en punto. Yo, que había comprado un billete a Iberia, Líneas Aéreas de España, me encontré a bordo de un avión de Vueling y sentada al lado del Dr. No. 

Vueling es esa línea aérea donde por política de la compañía, los empleados te tratan de tú. Te tutean por megafonía y te tutean cuando les preguntas algo. Al Dr. No le hablaron de usted las dos veces que le dirigieron la palabra. El individuo, aparte de ser calvo y llevar gafas negras, iba completamente vestido de negro, con un traje de cuello mao y un abrigo negro que se echó por encima de la cabeza nada más despegar y no se quitó de la cabeza hasta que vinieron a hablarle de usted pidiéndole que lo guardara en el armario de arriba porque así no se podía aterrizar, mucho menos en la fila de  la salida de emergencia donde estábamos los dos. El Dr. No fulminó con la mirada al azafato, quien tuvo que encargarse personalmente de guardar el abrigo.

Durante el vuelo reinó un silencio de muerte porque muertos estábamos todos del madrugón que nos habíamos pegado. Sólo se oía a alguien comer pipas de girasol compulsivamente. En un avión, a las ocho de la mañana. Ahora que lo pienso, puede que fuera para calmar el miedo a volar.

A las 09:10 aterrizamos suavemente en el aeropuerto de Orly. Mi maleta salió de las primeras, sucia pero sin aplastar.

Salí a la calle para coger el Orlybus. En París el metro no llega a los aeropuertos. Hay varios medios para trasladarse a la ciudad. El más barato y bastante rápido es tomar el autobús Orlybus hasta la estación de RER/Metro Denfert-Rochereau y allí subir al Metro hasta destino. En mi caso, sin hacer transbordos, a la estación de Cambronne. Mi hotel está enfrente del metro.

Durante el trayecto me encontraba un poco desganada y cansada, hasta que subió en una estación un músico y se puso a tocar canciones francesas con un acordeón. En ese momento el tren salió a la superficie y recorrió un tramo entre los característicos edificios hausmannianios. Se me puso una sonrisa en la cara y pensé: “Estoy en París”.

Para salir del metro había que bajar un tramo de escaleras bastante empinado. Cuando me disponía a agarrar la maleta, oí que un chico me decía por detrás: “Espere, madame, que yo se la bajo”. ¿Madame? ¿Yo? Nunca jamás en ningún sitio nadie me ha ayudado con la maleta. ¿Quién dijo que los franceses eran idiotas? ¿Quién dijo que los parisinos llevaban un palo metido por el culo?

 

Cuando llegué al hotel eran las 10:20 hrs. Por supuesto, me dijeron que no me podían dar la habitación tan temprano, que dejara el equipaje en una consigna automática que había en la entrada y volviera a partir de las doce.

Vacié parte de la mochila en la maleta quedándome con todos los objetos de valor encima, excepto el ordenador, que ese ya no creo que me lo robe nadie, y me fui caminando hasta la torre Eiffel. Se suponía que estaba cerca pero tardé más de media hora en llegar a los pies de la misma. La ves ahí y parece que estás al lado, pero no. El Campo de Marte, los jardines que tiene delante, estaba lleno de gente corriendo. Esto está lleno de cobardes.

Se celebraba una jornada dedicada a los minusválidos. Les iban a dar un homenaje a los atletas paralímpicos. Había un grupo de samba brasileña compuesto por disminuidos físicos y psíquicos. Toda una experiencia verlos tocar y bailar. También había una montaña de zapatos viejos como de tres metros de alto para llamar la atención sobre aquellos que pierden miembros a causa de las bombas.

Adjunto prueba de mi presencia en el lugar para aquellas petardas que dicen que mando mis crónicas escondida en el trastero de mi casa.

La cola para subir a la torre era kilométrica. Normalmente se puede subir a partir de cualquiera de las cuatro patas, pero una estaba cerrada. En un letrero luminoso decía que la parte de arriba del todo no estaba abierta hoy. Decidí, por tanto, no molestarme en esperar. Al fin y al cabo, ya estuve ahí arriba en otra ocasión.

Es la segunda vez que vengo a París. Ya hace tiempo de la primera, tanto que yo tenía el pelo negro y se pagaba en francos. Estuve haciendo un curso de francés y me hospedé en una casa para estudiantes con una señora que no estaba muy bien de la cabeza pero poseía una vivienda estupenda en la rue du Faubourg St. Honoré, una de las mejores zonas de París. La casa tenía unos salones espectaculares con techos altísimos, chimeneas de mármol y espejos enormes con el marco dorado. Cada salón había sido convertido en dormitorio. Era como dormir en un campo de fútbol.

Por las mañanas salía de casa a las ocho de la mañana y me dedicaba a ver París. Por las tardes iba a clase. Me dio tiempo de ver montones de museos y patearme todo lo que hay que patear en la ciudad. También estuve en Versalles y en Eurodisney.

Después de pasear por los alrededores de la Torre Eiffel y acercarme a Trocadero, volví al hotel en metro a las doce y media para tomar posesión de mi habitación. Cuando terminé de vaciar la maleta me dio de repente un bajón tal que me tuve que tumbar en la cama un rato. Me di cuenta de que necesitaba comer urgentemente y meterme una Coca Cola en vena. No tenía absolutamente nada de comer en la habitación, así que me armé de valor y me fui a la calle. Al venir de la torre Eiffel había visto en la distancia una M amarilla muy conocida. Comida rápida, Coca Cola…….MacDonalds era mi salvación. Allí fui a solucionar mi problema. Y vaya si se me solucionó. Salí de MacDonalds a las 13:30 hrs y estuve caminando sin parar hasta las ocho de la tarde.

Fui en metro hasta la rue de Rivoli, la recorrí hasta llegar al ayuntamiento, luego paseé por el Marais, el barrio donde puedes ver a judíos con tirabuzones en las patillas, estuve en la Plaza des Vosgues, intacta desde hace 400 años, caminé hasta el centro Pompidou a ver si algún artista callejero estaba en la explanada inclinada de la entrada. Recuerdo que la otra vez que estuve me reí muchísimo con unos que hinchaban unos guantes de goma rosa, de esos de fregar los platos, de tal forma que se los podían meter por la cabeza y los dedos parecían unos cuernecillos. Los hinchaban tanto que acababan explotando con las cabezas dentro.

Las calles estaban repletas de gente paseando, de compras o haciendo turismo. En la rue des Francs Bourgeois había una tienda de maquillaje donde tenía lugar la escena que aparece en la foto. Sin comentarios.

Fui a Les Halles y me encontré con que está todo patas arriba. Están remodelando el barrio para aumentar el centro comercial subterráneo y hacer jardines en la superficie. Por allí estaba la escuela de francés donde yo estudiaba. Hay una iglesia que se llama San Eustache. Es impresionante, de planta gótica, grandísima. La recordaba llena de palomas y muy descuidada. Ahora tiene mucho mejor aspecto, excepto por una capilla. Creo que la señora restauradora de ecce homos ha estado por aquí.

Estuve en la entrada del Louvre, junto a la pirámide de cristal. Me senté un poco en el césped, a rebosar de gente. Volví a la calle Rivoli y entré en una tienda de souvenirs a hacer el estudio habitual. Selecciono para la colección de imágenes una torre Eiffel con lucecitas. Caminé hasta la Place Vendôme, donde está Cartier, Van Cleef, Dior, y todas aquellas tiendas donde los comunes mortales no ponemos el pie. En el centro de la plaza hay un obelisco con una estatua de Napoleón. También está allí el hotel Ritz. Pasó un Masserati nuevo flamante lleno de tíos buenos dentro.

Como estaba bastante cerca de la iglesia de la Madeleine me acerqué a verla. Está rodeada de una columnata corintia. Las escaleras de acceso estaban decoradas con flores. Estuve dentro un rato descansando. Estas iglesias no tienen bancos. Ponen sillas de enea unidas unas a otras por las patas.

Justo detrás de la iglesia está Fauchon, una tienda de delicatesen donde compran los millonarios. En la pastelería tenían unas mini tartas de frutas enanas  con un aspecto delicioso. No medían más de cuatro dedos y costaban 7,50  euros cada una. Yo me compré un pain au chocolat et a l’orange que sabía exactamente como suena.

Puestos a seguir andando a lo bruto, estuve viendo el edificio de la Opera Garnier. Tengo que contaros que la otra vez que vine asistí a una representación del ballet de la ópera. Entonces el primer bailarín era español. Era el 14 de julio. Ese día hacen una representación gratuita. Las colas son interminables. Confieso que me colé con toda la cara dura. Me senté en el gallinero. Casi podía tocar el techo desde allí, pero estuve. Fue alucinante. El edificio por dentro es grandioso. No es solo la sala, sino también los salones y la escalinata.

Encontré casualmente un Apple Store, así que entré a conocer al nuevo iPhone 5. ¡Qué máquina!

Ya que estamos, ya que estamos, como estaba cerca del Boulevard Hausmann, fui a echar un vistazo a los escaparates. Sólo escaparates. No merece la pena entrar para no poder comprar.

Arrástrándome llegué a una parada de metro y volví como pude al hotel, haciendo una parada en un Monoprix para comprar algo para la cena. ¿Qué descubrí en la zona de bebidas? COCA COLA DE CEREZA.

En el hotel entré en la cafetería. A la camarera con cara de estreñida le pedí que me diera un vaso lleno de hielo. Pensé que me iba a hacer un corte de mangas pero fue muy amable dándome un vaso de cartón lleno de hielo hasta arriba para mi Coca Cola de cereza.

Me duché y llegué a la cama no sé cómo. Tengo las plantas de los pies ardiendo.

Mientras os escribo están poniendo en la tele un programa homenaje a Charles Aznavour. Ha cantado Carla Bruni. La cara de Aznavour era un poema cuando la miraba. No debe ser muy de Sarkozi este señor.

Voy a ir cerrando las pestañas porque llevo 20 horas levantada.

 

Buenas noches desde París.

 

13 mar 2012

Una cateta en la quinta puñeta (Singapur, día 8)

Tomamos un taxi hasta el aeropuerto a las ocho y cuarto de la noche. Pillamos algo de tráfico. En la zona de facturación nos encontramos con la misma loca que viajó con nosotras a la ida. Tomó posesión del mostrador de clase Business y estuvo allí discutiendo con la azafata desde que nos pusimos en la cola hasta que entramos en la zona de pasajeros. No volvimos a saber más de ella, a Dios gracias. La facturación de cada pasajero fue como un parto. Menos mal que tenían cuatro mostradores abiertos. Comprobaban y recomprobaban cada detalle y cada cosa que tecleaban. Mi maleta pesó 17.5 kgs. Esto es muy misterioso, muy misterioso. No compré nada en Singapur. El único objeto adicional es un reloj de mesa que nos regaló Joyce Tan, y no pesa tres kilos y medio.

Pasé el control de entrada sin que me escanearan el equipaje de mano por primera vez en mi vida. A Nuvara sí la hicieron pasar por el aro.

Estuvimos echando un vistazo al duty free sin mucho éxito. Me quedaban por gastar unos dólares, así que los invertí en una camiseta que se ríe de la estricta normativa del país.

El souvenir que hay por todas partes es la imagen del Merlion, el símbolo de Singapur. Es un animal con cabeza de león y cuerpo de pez. Lo del pez es porque originariamente era un pueblo pesquero. Lo del león no lo recuerdo bien, pero tiene que ver con alguien que vio un león pero no podía ser un león porque en Singapur no había leones, así que tuvo que ser un tigre.

Empezamos a ver grupos de gente todos vestidos iguales. En una puerta de embarque estaban todos los que veis en la foto esperando el vuelo para Sri Lanka.

Unos minutos antes un par de individuos de este grupo vaciaron la estantería de donuts del Dunkin Donuts. Los compraron todos excepto dos. Iban cargados de cajas. Supongo que en Sri Lanka no hay Dunkin Donuts.

Para acceder a la puerta de embarque del vuelo de Turkish Airlines con destino a Estambul tuvimos que pasar control de pasaportes y escáner. No tuve que quitarme el cinturón, ni el reloj ni el anillo. El funcionario que me cogió el pasaporte dijo: “Ahhhh, Epoti Diyón”. Y yo dije: “No, Dijon está en Francia”. Y él dijo: “Equipo de fútbol, Diyón”. Y entonces caí en la cuenta de que había visto mi lugar de nacimiento y se refería al Sporting de Gijón. Gran equipo, famoso hasta en Singapur. Gran equipo.

Embarcamos inmediatamente, aunque faltaban cuarenta y cinco minutos para la salida. Con diez minutos de antelación estábamos todos a bordo y rodando por las pistas.

El avión iba completamente lleno. Ibamos rodeadas de gente vestida con la misma camisa, las mujeres con un pañuelo blanco en la cabeza. No pude resistir la tentación y me asomé a preguntar a las dos que tenía sentadas detrás. En un inglés defectuoso me explicaron que eran de Indonesia e iban a la Meca de peregrinación. Lo mismo que si te vistes de gitana para ir al Rocío, más o menos. Les hizo mucha gracia que les preguntara. Nos estuvimos sacando fotos mutuamente hasta que las azafatas pusieron orden.

En la misma fila que Nuvara y yo pero en los asientos del centro viajaba un anciano del grupo con un gorrito haciendo juego con la camisa que no paraba de asomar la cabeza para mirarme. Llegó un momento en que, cada vez que lo pillaba mirando, lo saludaba con la mano y él inclinaba la cabeza también saludando. Una cosa cómica cómica.

Al lado del viejo iba un chico más joven que confundió el antifaz con una mascarilla para la boca y la nariz. Fue todo el camino con él puesto en los morros, excepto los momentos en que comió.

Nos trajeron la cena. Escogí köfte en lugar de salmón. Error. Como la comida estaba hecha en Singapur, siguiendo receta turca, era un intento de bola de carne pero sabía a chino y estaba apelmazada. Sólo comí un poco. Me concentré en la ensalada y en el bizcocho de postre.

Estuve viendo una película, la del Sr. Popper  y los pingüinos. Me gustó mucho. A las dos de la mañana cerré el antifaz y me eché a dormir. Desperté cada poco porque no era capaz de encontrar postura. Iba en un asiento junto a la ventanilla, sin posibilidad de estirar las piernas ni dar vueltas ni nada de nada. No sé qué le pusieron al aire que despertaba cada dos por tres con la garganta seca y tenía que beber de la botella que nos dieron las azafatas.

El collarín hinchable que me dejó mi madre se desinflaba cada poco. Debe de estar picado. Tenía que volver a hincharlo cada vez que me despertaba.

Uno de los indonesios hablaba en sueños y tenían que mandarlo callar de vez en cuando. Una de las veces se puso a repetir dos palabras sin parar hasta que alguien lo despertó.

Hacia las seis me quedé dormida profundamente y abrí los ojos sobre las diez menos diez, cuando sobrevolábamos Batumi, que para los que no lo sabéis, es la capital de Georgia. Un momento después vinieron con el desayuno. Ensalada de frutas, quesos y una tortilla con queso. Con la tortilla no pude porque el estómago lo tenía un poco damnificado, aunque no de gravedad.

A las once y media aterrizamos en Estambul, y de repente eran las cinco y media de la mañana otra vez. Doce horas de viaje exactamente.

En lugar de desembarcar por un finger nos dejaron en pista y tuvimos que ir en autobús. Horror de los horrores. Yo, vestida con una camiseta y una sudadera fina a cinco grados de temperatura. Corrí todo lo que pude a refugiarme en el autobús y lo mismo hice del autobús a la terminal cuando llegamos.

Nuvara y yo nos despedimos a la salida. Ella ya había llegado a destino. Yo tenía que esperar el vuelo a Madrid de las ocho y diez.

Entré en el baño y me encontré con tres peregrinas, éstas vestidas de blanco, lavándose los pies en los lavabos. Lo curioso de la situación no era que se lavaran los pies, era que eran gordas como toneles y subían aquellas piernacas con gran dificultad. Una azafata que andaba por allí las miraba horrorizada. Una de las peregrinas llevaba los dos pies teñidos de marrón claro, como si los hubiera metido en yodo.

Me senté un rato cerca de la puerta de la sala VIP del Turkiye Bankasi. Como tenía las claves de acceso al wifi de la sala que nos facilitaron cuando estuvimos allí antes del viaje de ida, estuve un rato navegando por internet.

A las siete y cuarto me acerqué a la puerta de embarque. Ya estaban pasando el control de pasaportes los viajeros. En la cola un español contaba que en el baño de caballeros se había encontrado con al menos veinte tíos lavándose los pies en los lavabos.

Una vez pasé a la sala de espera, que estaba vacía, me salió al encuentro un individuo diciendo: “Madrid, corre, corre”. Miré el reloj y pensé que me había equivocado al cambiar la hora porque aún faltaba casi una hora para la salida. Corrí detrás del empleado del aeropuerto bajando por una escalera en lugar de acceder a un finger. Otra vez autobús y otra vez carreras para no helarme. El autobús ya estaba lleno. Tan pronto como entré salimos hacia el avión. Tardamos un rato en llegar porque estaba aparcado justo al lado de las pistas de despegue.

No tenía la hora equivocada. Era el primero de dos viajes del autobús. Cuando ya pensaba que me iba a quedar con toda la fila de asientos para mí sola apareció un chino vestido de negro y se sentó en el lado del pasillo, dejando un asiento entre los dos. El vuelo iba lleno de chinos. Parece que no me voy a librar de ellos fácilmente.

Estuvimos más de una hora metidos en el avión sin movernos. Se veía bastante atasco en la pista de salida.

El chino se quedó dormido inmediatamente. ¡Qué habilidad tienen algunos!

Por fin salimos de Estambul. Al rato vinieron a traernos la carta y un paquete de almendras. Estos no han perdido las buenas costumbres. ¿Os acordáis cuando Iberia daba cacahuetes?

El menú era de desayuno. Lástima. Quería comer mi último köfte del viaje.

Los chinos y yo desayunamos con cerveza y Coca Cola porque para nosotros era la hora de comer. Esta  vez me lo comí todo.

Estoy capacitada para hacer un estudio comparativo entre los aviones Boeing y los Airbus. Las cisternas de los Boeing funcionan mejor. Las puertas de los espejos del baño de los Boeing abren y cierran sin dificultad. Los asientos de los Boeing son más cómodos. Las papeleras de los baños de los Boeing son mejores. No puedo emitir un juicio sobre los motores.

Llegamos a Madrid a las doce y media, tras pasar unos diez minutos sobrevolando Cuenca porque no nos daban pista.

Mi maleta salió después de bastante rato en un estado lamentable. Le habían arrancado una hebilla y estaba asquerosa. Fui al mostrador de reclamaciones donde me presentaron una hoja que explicaba que Turkish Airlines no se hace cargo de daños menores.

Tomé el autobús de la T1 a la T4 y facturé la maleta. Pasé el control de pasaportes y el escáner sin ser cacheada y me senté a escribiros.

Una madre peruana y su bebé se sentaron a mi lado. La peruanita quiso jugar con mi ordenador creyendo que era el suyo de Dora Exploradora, según me explicó la madre. Me quedé vigilándola cuando se quedó dormida mientras la madre iba a ver los paneles de información. La gente se fía de cualquiera, dejan a sus hijos en manos de cualquiera.

Para entonces ya no sabía si era de día, de noche, si tenía que comer, merendar o cenar. El jet lag que sufrí en Nueva York va a ser de risa comparado con éste.

El vuelo para Sevilla salió con media hora de retraso. Llegamos a las seis y cuarto. Mi taxista favorito me esperaba. Me depositó sana y salva en la puerta de casa a las siete y media.

Tuve un emotivo encuentro con mis zapatillas después de llevar los mismos zapatos puestos sin interrupción durante 32 horas.

Tiempo de viaje puerta del hotel / puerta de casa: 30 horas.

Daños colaterales: me duelen las orejas de llevar las gafas, tengo las piernas hinchadas de no ponerlas en alto en todo este tiempo, olía a difunto hasta hace diez minutos y unas agujas invisibles me están pinchando los ojos.



Adiós desde mi casa.

12 mar 2012

Una cateta en la quinta puñeta (Singapur, día 7)


A las nueve de la mañana sonó el despertador, sacándome de un profundo sueño. A los treinta segundos de poner un pie en el suelo sonó el timbre de la puerta. Esos treinta segundos pertenecen al tiempo en que no sé si soy persona o cosa, si estoy viva o muerta. Tardé en reconocer que era el timbre. Pregunté quién era y abrí a una oriental del servicio de habitaciones que quería comprobar mi minibar. En pijama, con los pelos revueltos y sin gafas. Bueno, como no nos conocemos de nada ni nos vamos a ver nunca más, la dejé pasar.

Nada más salir de la ducha volvió a sonar el timbre. ¡Por Dios, que me dejen en paz! Era una pareja de orientales que querían entrar a hacer la habitación. Los mandé a hacer puñetas. Los dos se fueron no sin antes doblarse en dos en señal de respeto y sonreir sin parar.

Bajé a desayunar con Nuvara a las diez. Hoy, con más tiempo, me dediqué a inspeccionar todos los manjares del buffet. Descubrí mermelada de huevo. Como ya he mencionado en otra ocasión, no es hora de hacer experimentos, así que me limité a mirarla a distancia.

Una niña de unos dos años desayunaba con sus padres en la mesa contigua. Eran malayos o de por allí cerca. La niña tenía un huevo duro destrozado encima de la mesa e iba comiendo trocitos a la vez que los restregaba por todas partes. Luego la madre le puso unos dibujos animados en el iPhone y se dedicó a hablar con el Pájaro Loco como si la estuviera oyendo. Verídico.

Hicimos el check out y dejamos las maletas al cargo del hotel. Cogimos un taxi y nos fuimos hasta el extremo más lejano de Orchard Road para ir viniendo hacia el hotel poco a poco caminando. Orchard Road es una avenida llena de tiendas. Son centros comerciales uno detrás de otro. El primero que visitamos fue Ion Orchard, recomendado por el chico de la recepción del hotel. Nos debió de ver cara de millonarias porque allí sólo había tiendas de Louis Vuitton, Bottega Veneta, Chanel, Dior y esos sitios donde te da miedo hasta mirar el escaparate porque hay un señor de traje negro vigilando que el populacho no se acerque más de la cuenta.

Entramos en una tienda de regalos y me llevé una sorpresa mayúscula al ver el precio de las grapadoras El Casco. Esa es la misma grapadora que tengo en la mesa de la oficina. Estaban expuestas como si fueran objetos de diseño de lujo. Costaba, al cambio, 180 leuros, 180 leuros. Ya sabéis, si tenéis que hacerle un regalo a alguien de Singapur, grapadora El Casco y quedáis como reyes. Les saqué una foto e inmediatamente vinieron dos dependientas a decirme que aquello estaba prohibido, que en las tiendas no se sacan fotos, que me podían denunciar, que….. y yo simultáneamente explicando que las grapadoras eran españolas como yo y que me hacía ilusión sacarles la foto y que lo siento, lo siento, lo siento. Nuvara decía: “Vámonos, vámonos, vámonos”. Y nos fuimos a toda prisa, antes de que nos remataran de un tiro allí mismo.

Fuimos pasando de centro comercial en centro comercial alucinando con los precios. Entré en Zara para comparar. Unos pañuelos gigantes que vi en España hace unos días costaban seis veces más.

Vi, por primera vez en mi vida, un kiosko MacDonalds. Llevo siete días fuera de casa y aún no he pecado, que quede constancia.

Dado que no íbamos a comprar nada de nada, agilizamos el paso y fuimos viendo los últimos centros comerciales sólo por encima.

Pasamos por delante del Museo de Arte de Singapur y pudimos ver cómo hasta Supermán se estaba derritiendo del calor.

Caminamos hasta el Raffles Hotel en Raffles Boulevard. En su origen era un bungalow de estilo colonial al que le han añadido varias alas que contienen las habitaciones, un centro comercial y una veranda con cocoteros y plantas tropicales. Le estuve tocando las narices a Sir Thomas Stamford Raffles, el fundador de la moderna Singapur, que le da nombre al hotel.

Allí vi mi quinta o sexta tienda de Louis Vuitton en Singapur. Las hay por todas partes, como si fuera Zara. Eso da una idea del poder adquisitivo de esta gente.

Nos sentamos a tomar algo en la veranda y estuvimos allí tranquilamente hasta las cinco de la tarde.

Volvimos caminando al hotel, a pocos pasos. Desde donde llegamos no se puede atravesar la calle porque no hay semáforos ni pasos cebra. O te juegas la vida cruzando una carretera de seis carriles o vas al centro comercial y tomas el pasadizo secreto para llegar hasta el hotel. Nuvara se jugó la vida y yo fui por el pasadizo.

Subimos a la piscina en el quinto piso y allí nos sentamos. Nuvara se dio un baño mientras yo entraba en internet con mi ordenador. Me di una ducha en las duchas de la piscina y aquí estoy escribiéndoos la última crónica desde Singapur recién limpita.

Dentro de media hora nos vamos al aeropuerto a tomar el vuelo de las 23:35 horas con destino a Estambul. A mí me esperan unas 27 horas de viaje hasta llegar a la puerta de mi casa.



Buenas tardes desde Singapur.








11 mar 2012

Una cateta en la quinta puñeta (Singapur, día 6)


Ocho y cuarto de la mañana. Suena el despertador. Dormí como un tronco, como si fuera de Singapur de toda la vida.

Desayuné con Nuvara, Karin, Elisa y Swanhilde. Nos despedimos de Swanhilde, que viajaba a Filipinas a las dos de la tarde para seguir su ruta por Asia. Swanhilde es una holandesa simpatiquísima que pertenece a WISTA Holanda y ha coincidido aquí con nosotras por motivos laborales.

Todos los días me dejan el periódico local en la puerta de la habitación. Sólo me da tiempo de echarle un vistazo rápido antes de salir. En el de ayer aparecía en la portada la foto de una maestra jubilada en el balcón de su casa en un altísimo edificio. El titular decía algo así: “Están construyendo un rascacielos frente a mi casa y me va a quitar la vista pero no me molesta.” Claramente propaganda del estado. Otro: “Estamos ayudando a los pobres pero ellos tienen que colaborar con sus propios recursos.” Y así sigue todo el periódico.

A las diez nos fuimos a hacer turismo. Cogimos un taxi entre las cuatro y fuimos a Kampong Glam, el barrio árabe. Lo recorrimos en un pispás. Está compuesto por calles estrechas con casas de una planta pintadas de colores y con las ventanas decoradas con motivos árabes. Visitamos la mezquita del Sultán. Tuvimos que quitarnos los zapatos en la puerta. Los dejamos sin vigilancia en una estantería porque parecía una zona segura. La mezquita es mucho más aparente por fuera que por dentro. Es del siglo XX.

Encontramos poca gente por la calle, la mayoría hombres. Desde un bar sin alcohol nos miraron pasar con curiosidad.

Desde allí fuimos caminando hasta Little India. Eso sí que fue un shock. Fue como entrar en la India de verdad, con los olores, los colores, la suciedad. No es que estuviera asqueroso, es que pasar de la más absoluta pulcritud de la zona moderna a aquello fue un cambio impresionante. Hacía un calor terrible. Con aquello doy la India por vista.

Por las calles había mucha gente, lo mismo que en las pequeñas tiendas. En una joyería había decenas de indios comprando oro como si lo regalaran.

Pasamos junto a dos ancianos sentados a la sombra. Atención a la posturita del que está a la derecha. Un anciano de los nuestros se descoyunta si intenta hacer eso.

Fuimos a visitar un templo hindú que se llama Sri Veeramakaliamman. Los muros exteriores estaban decorados con estatuas de vacas. Allí también hay que quitarse los zapatos. Tuvimos que entrar en dos turnos porque esta vez no nos atrevimos a dejarlos solos. Esa gente hace tiempo que no le echa el ojo a  unos buenos zapatos de cuero españoles. No paraban de entrar indios que se acercaban al altar principal a hacer gestos de respeto a una deidad de la que sólo se veía un trozo de cabeza porque le habían puesto por el cuello más collares de flores de la cuenta. Unos señores  muy mayores envueltos en tela de cintura para abajo cuidaban de otros altares laterales.  A uno de ellos le saqué una foto y me puso muy mala cara.

De no haber llevado calcetines no entro allí ni a punta de pistola. El suelo, a pesar de que todo el mundo entraba descalzo, necesitaba un buen fregado.

Las mujeres se sentaban en el suelo a un costado y sacaban unos cartuchos donde había arroz amarillo con sabrá Dios qué más. Lo comían con los dedos mugrientos. Unas sospechosas palomas paseaban cerca para pillar los restos.

Del templo, aún no recuperada de la impresión, pasamos a un centro comercial en versión hindú. En la planta baja estaba la zona restaurante, por llamarla de alguna manera. Indios por todos lados comiendo cosas raras con los dedos. Nos sentamos a beber unos zumos de mango en un sitio aparentemente limpio. Subimos a la planta superior. Allí sólo vendían vestidos de mujer al estilo indio en unos tenderetes como si fuera un mercadillo. Eran baratísimos y muy vistosos. Nuvara se compró uno y Elisa otro para una sobrina. Yo no compré ninguno porque no uso vestidos. Desde la planta de arriba pudimos ver la otra zona de la planta baja, un mercado de pollos y pescado que olía a perro muerto. Fijaos bien en la foto, justo detrás del cartel que dice CHAI FRESH & FROZEN CHICKEN. Esas manchas grises y los cartones sobre los puestos llenos de manchas grises. Son cagadas de paloma. Es decir, que las palomas cagan encima de la mercancía. Así no me extraña que cojan las enfermedades que cogen, que si la gripe aviar, la fiebre aftosa y la peste negra.

Dimos una vuelta por las calles colindantes. Había un mercado lleno de gente comprando frutas, verduras y capullos de flores ensartados en collares para el tiemplo. Todo de muchos colores, como las casas, cada una pintada en un tono diferente.

Hacia las dos de la tarde decidimos volver a la civilización. Tardamos más de media hora en encontrar un taxi que nos devolviera al aire acondicionado, la limpieza y el orden. Uno que pasó nos dijo que no nos podía llevar porque iba a….. No sabemos a dónde iba porque no lo entendimos. Estos orientales hablan inglés con un fuerte acento. Los de Singapur son los que mejor se entienden, si tienen estudios. Las clases bajas son otra historia. Llevo varios días con la mano pegada a la oreja para intentar entender mejor lo que me dicen.

El taxi nos depositó en uno de los centros comerciales cerca del hotel. Allí comimos en una zona llena de restaurantes donde puedes acercarte a pedir en cualquier mostrador y luego te reúnes en las mesas comunes para comer. Fui incapaz de encontrar nada sin picante, así que pasé de bravuconadas y me comí un sándwich de jamón y queso con una botella de agua mineral.

Las otras tres se fueron a la piscina del hotel, aunque llevaba un rato lloviendo. Yo me fui a la feria de la tecnología que hay aquí este fin de semana. No sé cómo explicaros lo que era aquello. Tres plantas enteras de un centro comercial convertidas en centro de convenciones, grandes como naves industriales llenas de stands de marcas de aparatos. Estaban todos los que tienen que estar excepto Apple, que no necesita estar en una feria porque es gente seria la que compra en Apple, no los papafritas que van a las ferias y compran sin ton ni son. No cabía allí un alfiler. El ruido era atronador. Casi todos los stands tenían un animador que hablaba por un micrófono y contaba las maravillas de sus productos y lo baratos que estaban. Barato para ellos. Fui a la zona de Samsung a preguntar el precio de unas gafas 3D y me pidieron tres veces más de lo que me pueden costar en España.

Cuando pude salir de allí, sin haber sido pisoteada ni empujada, aún no sé cómo porque en España una marabunta similar me hubiera pasado por encima como un rebaño de búfalos, fui al hotel sin pisar la calle, usando los pasajes que lo unen todo. Seguía lloviendo.

Subí a la quinta planta donde está la piscina de agua mineral. Ni rastro de Karin y Elisa, que se habían ido a dormir un rato porque esta noche vuelan a las doce. Nuvara estaba tan feliz metida en el agua, como si no estuviera lloviendo. La temperatura era estupenda para bañarse pero no me apeteció. Me fui a mi habitación a hacer la maleta. Quedamos a las cinco y media.

Fuimos dando un paseo hasta el hotel Marina Bay Sands, el de los tres edificios con eso que parece una tabla de surf en lo alto. Ya no llovía. Después de varios pasillos, visita al casino (a mí no me dejaron entrar porque no llevaba el pasaporte encima), escaleras abajo y escaleras arriba, llegamos al ascensor que conduce al piso 57, donde está la plataforma superior que llaman Skypark. Los no residentes en el hotel tienen que pagar 20 dólares para subir allí arriba. Nosotras aún no sé cómo nos las arreglamos pero subimos sin que nadie nos hiciera pagar la entrada.

Mientras contemplaba las magníficas vistas, mi teléfono recibió un mensaje: “Estimado cliente de Vodafone. Bienvenido a Indonesia…” ¿Cómorrrrr? Y es que Indonesia era aquello que se veía allí cerca.

Una zona vallada y vigilada por un malayo muy simpático, nos separaba de los clientes del hotel. Estaban metidos en la piscina, justo al borde del abismo, contemplando las vistas, o tumbados en las hamacas al mismo borde del agua. Acabo de mirar en internet y la habitación más barata cuesta 312 leuros la noche.

Esperamos a que anocheciera en un bar de estos donde la gente guay va a tomarse las bebidas y te cobran 25 euros por copa porque sí, porque les da la gana.

Salimos otra vez al mirador pero llovía, así que la vista nocturna se nos chafó un poco.

Tuvimos que volver al hotel en taxi. Los taxis aquí son bastante baratos de día. Eso y comer medio decente es bastante asequible comparado con los precios de las casas, los coches y las gafas 3D de Samsung.

Nos encontramos con Karin y Elisa. Estuvimos un rato sentadas en el bar del hotel y a las ocho y media nos despedimos de ellas. Fuimos por el pasaje secreto al centro comercial de enfrente, donde cenamos. Al chino del mostrador le dije que tenía una enfermedad que me impedía comer picante, así que me iba a hacer un favor tremendo si me ponía pato chino con arroz sin ninguna sorpresa. Al chino le hizo mucha gracia lo de mi enfermedad y me preparó  el plato sin cosas raras. “Especialmente para usted”, me dijo muy sonriente cuando me lo entregó. Continué mi máster en palillos haciendo uso de ellos para comérmelo.

Volvimos al hotel por el pasadizo secreto. Tuvimos que llevar con nosotras a un cliente del hotel que también lo estaba buscando y no lo encontraba.

Subimos a la habitación de Nuvara a intercambiar las fotos de nuestras cámaras y nos despedimos hasta mañana.

Os dejo, que aquí ya es a una de la madrugada del lunes.



Buenas noches desde Singapur.








10 mar 2012

Una cateta en la quinta puñeta (Singapur, día 5)


Desperté a las siete y diez cuando sonó el despertador, fresca como una lechuga sin haberme despertado en toda la noche.

Bajé a desayunar a las ocho menos cuarto con los demás miembros del ExCo. A continuación nos encontramos en el hall con las australianas, dos filipinas, una japonesa y dos chinas. Fuimos todas juntas hasta Clifford Centre, muy cerca de donde nos reunimos ayer. Hoy nos prestaban sus oficinas los abogados Haridass Ho & Partners. Estuvimos toda la mañana reunidas con los países asiáticos y Australia. A las doce nos trajeron la comida de un restaurante cercano. Una bandeja para cada una con varias separaciones conteniendo salmón, una empanadilla con algo dentro, un frito de pescado, aunque no estoy segura, verdura, arroz y varias salsas. Estoy haciendo un máster en palillos. No ponen tenedor en ningún sitio. La verdad es que la comida viene preparada de tal forma que el cuchillo es innecesario.

Mientras comíamos nuestra presidenta siguió hablando para no perder tiempo. Yo estaba con los palillos en la mano derecha, la boca llena y con la mano izquierda manejando el ordenador para ir pasando las imágenes del Power Point que estaba presentado Karin.

Cuando terminó la reunión, nos llevaron en dos minibuses al hotel para cambiarnos de ropa y dejar todos los trastos. Justo en la acera de enfrente hay un centro comercial enorme desde donde salen los Duck Tours. Son unos vehículos anfibios que salen rodando por la carretera y se meten en el agua usando rampas. La primera vez que vi uno de esos fue en Londres. Acababa de salir del Támesis e iba circulando por la calle dejando un reguero de agua a su paso. Me partí de la risa.

Nos dieron una vuelta por Marina Bay que es donde están los edificios más impresionantes. Tiraron todas las construcciones viejas y ganaron terreno al mar para construir esta maravilla. La verdad es que da una sensación de artificial un poco curiosa, todo tan nuevo, tan moderno, tan limpio.

Sufrí una agresión durante el paseo. Intentaron tirarme al agua. Adjunto prueba gráfica del hecho.

El guía nos fue contando anécdotas de las construcciones y datos curiosos del país. Hay restricciones de todo tipo y normas curiosísimas. Si eres soltero no te puedes comprar una casa hasta que tienes 35 años. Se da preferencia a las parejas casadas para potenciar el matrimonio y la reproducción.

Si te quieres comprar un coche de importación, tienes que pagar el 150% de impuestos. Como suena, el 150%. En ese momento me dirigí a Caroline Lee y le pregunté cuánto había pagado por el BMW serie 5 donde me llevó ayer. En Euros: 150.000. Todavía estoy flipando.

Cuando el pato-autobús nos devolvió al centro comercial, volvimos al hotel un rato. No tuvimos que pisar la calle. Pasadizos y escaleras de un sitio a otro.

En ese centro comercial se está celebrando una feria de tecnología. La gente salía a decenas con los televisores de 40 pulgadas, los ordenadores, las impresoras y todo tipo de artefactos en unos carritos con ruedas. Creo que el que ha hecho el agosto hoy ha sido el vendedor de carritos, no la feria tecnológica. Era increíble el número de personas que había. ¿Crisis? Aquí no saben lo que es eso. Todo está lleno a rebosar, las tiendas, los restaurantes. Hay gente por todas partes.

Fui a la habitación de Nuvara para disfrutar de la vista desde su balcón. Ayer se cambió de habitación porque quería vistas a Marina Bay. La mía está mirando a los rascacielos del lado opuesto.

Bajamos al hall y de nuevo los minibuses nos recogieron para llevarnos a Chinatown. En el salpicadero del nuestro estaban pegadas las dos advertencias de la foto. Te multan hasta por respirar más aire del que te corresponde. No me extraña que no haya papeles ni colillas ni chicles por la calle. Los coches no pitan, nadie se salta un semáforo, nadie te empuja en las aglomeraciones. Son un pelín aburridos.

En Chinatown lo primero que hice fue entrar en un templo budista a observar una ceremonia. Los monjes cantaban un soniquete repetitivo. Después de un rato apetecía decir. ¡BASTA!

A continuación estuvimos viendo los puestos callejeros y las tiendas. Nuvara compró a saco. Yo nada, absolutamente nada.

Chinatown estaba lleno de chinos, y a mí los chinos me dan mucha grima por dos motivos:

1.    Son amarillos

2.    Les encanta ir con los pies al aire, y además se los tocan.

No hay cosa más fea que un pie. Por algo se dice: “eres más feo que un pie.” Creo que sólo he visto tres pares de pies bonitos en mi vida, los míos y otros dos. Son una cosa desagradable que parece tener vida propia.

¿Alguien ha visto alguna vez a un chino en calzoncillos? Tiene que ser una experiencia sobrecogedora. No tienen un pelo en el cuerpo. Un tío sin pelo en el pecho esconde algo, seguro.

Entramos en un museo donde se reproducían casas de la zona tal y como eran desde después de la Segunda Guerra Mundial hasta los años sesenta. Nada que ver con cómo viven ahora. Vivían familias enteras hacinadas en una sola habitación, durmiendo sobre tableros. El cuarto de baño estaba en la parte trasera. Era un agujero y debajo había un cubo de lata donde caía todo. Cada dos días los cambiaban. La exposición es tan real que dentro del cubo había una reproducción de cómo tenía que ser aquel mejunje. Una cosa asquerosa.

Justo antes de salir de Chinatown, estuve a la puerta de un templo hinduista. No entré porque había que quitarse los zapatos y, al haber llovido hacía un rato, estaba el suelo del patio mojado. Se veía en la distancia a unos señores envueltos en trapos con el pecho medio descubierto y cantando. La puerta del templo era muy chula.

Joyce Tan, cuyo papá es dueño de dos astilleros de los rentables entre otras muchas cosas, invitó a helados. Yo no tomé ninguno porque enseguida íbamos a cenar y se me iba a quitar el apetito. Los helados eran de corte. En lugar de poner una galleta en cada extremo te los dan en una rodaja de pan Bimbo de colores. No sé si se ve bien en la foto. El pan era verde y rosa, verde y rosa.

Nos despedimos de todas las de Singapur, que ya habían hecho bastante por nosotras y se iban a sus casas.

Volvimos en taxi al hotel y en media hora nos reunimos en el hall para ir a cenar. Irene Lim vino a buscarnos. Nos sacó del hotel por una puerta oculta detrás de una escalera y aparecimos de repente en el centro comercial. Fue como ir con Harry Potter a Dragon Alley. Atravesamos la marabunta de gente arrastrando sus compras y salimos a Marina Bay para entrar en el restaurante chino donde teníamos reservada mesa. No me hizo mucha gracia la comida porque era bastante picante. Me concentré en el pollo con salsa de miel y sésamo por encima y el arroz blanco.

Dejamos el restaurante y nos fuimos a sentar al aire libre en una terraza. 30ºC a las once de la noche. Delicioso.

Volvimos al hotel intentando hacer la misma ruta de la ida, esta vez sin Irene de guía. Lo conseguimos no sabemos cómo. Encontramos la puerta secreta.

Nos despedimos de Kathy y su marido. Toman un vuelo a las cinco de la mañana con destino a Nueva York vía Hong Kong. Hay 13 horas de diferencia entre la costa este de Estados Unidos y Singapur. Eso sí que tiene que ser raro para el cuerpo.

Hoy también nos tomamos la pastillita de Nuvara. Adjunto foto del producto. Entre los componentes hay cobre, entre otras muchas cosas. Agradecería a los varios doctores que me leen que me indiquen si voy a fallecer a consecuencia de su ingestión o es totalmente seguro.

Me voy a la cama.



Buenas noches desde Singapur.