12 may 2015

Una cateta en Nueva York (Día 4)

Cuatro y cuarto. Menos mal que mi alma llega esta noche porque ya estoy perdiendo la paciencia. Vueltas y más vueltas hasta las seis menos cuarto. Me asomé a la ventana para sacar una foto. Allí mismo, donde está el círculo tuvo lugar una masacre en marzo de 1770. Los soldados ingleses se cepillaron a varios patriotas. Esa fue una de las chispas que encendió la revolución que condujo a la guerra de la independencia. El edificio de la derecha fue la sede del gobierno colonial.
Ducha, magdalena gigante de frutos del bosque, cierre de maleta, carretera y manta.  
Mantuve un diálogo de besugos con el recepcionista cuando fui a pagar porque me quiso cobrar un desayuno de 35 dólares que no consumí y porque luego me dijo que la cuenta estaba pagada por mi empresa. “Darling”, le dije, “te estás confundiendo de huésped”. Aclarado el entuerto salí a la calle a tomar el metro. La parada más cercana está en la acera de enfrente del hotel.
Tuve que hacer un trasbordo para llegar a South Station pero sin problema porque había ascensores para minusválidos y españolas con maletones. En el primer tren tuvimos que entrar a empujones de la cantidad de gente que había. Al llegar a mi destino se abrió la puerta contraria por la que había entrado, así que mi maleta y yo sufrimos bastante para salir de aquella lata de sardinas. Con un par de “excuse me” a voz en grito fue suficiente para que se nos abriera paso milagrosamente a mí y a mi enorme maleta destartalada.
Llegué a South Station con más de una hora de antelación, así que di una vuelta para inspeccionar el terreno y luego me senté a ver pasar a la gente. Son curiosos estos americanos.En Richmond el vagón se llenó completamente. Se me sentó al lado una señora con gafas de sol y paraguas. Paraguas que no soltó en todo el camino, hasta que llegó a su destino, West Kingston, Rhode Island.Al otro lado del pasillo un joven músico ensayaba como director de orquesta con unas partituras.

En New London, Connecticut, se me sentó al lado otra señora nerviosísima, que me preguntó si vendrían a recogerle el billete, que era la primera vez que subía en un tren. Llevaba el equipaje en una bolsa de la compra. Olía a maíz tostado. Cuando por fin se relajó un poco sacó chocolatinas de la bolsa de la compra y me invitó.
Se bajó en New Haven, ocupando su sitio un joven  rubio encorbatado muy serio. El pobre fue a la cafetería a buscar comida pero sólo fue capaz de darle un bocado. Yo, sabiendo que la comida de los trenes es de goma, me compré en la estación un wrap relleno de pavo, queso, manzana, lechuga, uvas y una salsa dulce muy rica. Un wrap, para entendernos, es una tortilla de maíz a la que le ponen encima los ingredientes y la usan como envoltorio. Sólo fui capaz de comerme la mitad porque era brutal de grande.
En total hicimos 12 paradas hasta llegar a Penn Station en Nueva York, contando New Haven y Stamford, que junto con Richmond eran los únicos sitios que me sonaban de algo.
El paisaje era espectacular, con bosques, lagos, casitas de madera y pequeños puertos con barcos de pesca y veleros.
Aproveché el viaje para preparar la reunión de WISTA que tengo el sábado.
Desde que se empezaron a ver los rascacielos a lo lejos entré en modo turista cateta sacando fotos desde la ventanilla completamente emocionada. Y además, me puse en el iPod a Frank Sinatra cantando New York, New York.
Penn Station era un caos total. Había gente por todos lados y mucho ruido. Mientras hacía cola para sacar un billete de metro, dos lesbianas adolescentes nos entretuvieron con una espectacular bronca a grito pelado porque una acusaba a la otra de serle infiel.
Patrullaban los pasillos policías del estado y soldados vestidos de campaña, con los mismos uniformes de camuflaje y las botas beige que usan para ir a las guerras éstas que tienen ahora. Llevaban chalecos antibalas, metralletas y pistolas sujetas al muslo. No me atreví a sacarles fotos porque tenían cara de pocos amigos. Con la temperatura que hacía no me extraña que estuvieran cabreados, porque la parafernalia que llevaban encima tenía que dar un calor tremendo.
Llegué al hotel en la calle 51 casi una hora después de bajar del tren. Justo enfrente hay una sinagoga, una tienda de deportes, una comisaría de policía y un parque de bomberos. Vamos a tener las noches moviditas.
No sé si los bomberos se pasean haciendo ruido por llamar la atención o si la gente enciende cerillas por deporte. El caso es que durante toda la tarde no vi menos de cinco coches de bomberos a toda pastilla haciendo ruido por las calles.
Nada más dejar la maleta en la habitación y los objetos de valor en la caja fuerte, salí a comerme Manhattan.
Bajé andando por Lexington Avenue admirando los edificios. Encontré el portal del edificio Chrysler por casualidad. Es inconfundible, con su diseño art decó. Es mi edificio favorito del mundo mundial y el sábado voy a tener la oportunidad de visitarlo por dentro. Tremenda emoción siento.
Al pasar por Grand Central en la calle 42 saqué esta foto donde se ven tanto la estación como el edificio Chrysler.
Empezó a llover un poco pero me dio igual. Seguí caminando hasta Times Square donde me encontré con el rodaje de una película. Habían vallado la zona donde están las sillas y las mesas metálicas. Cuando dejó de llover se pusieron en marcha. Me quedé esperando tras las vallas para verlo.
Los miembros del equipo de seguridad eran firmes pero muy amables. Nos dijeron que podíamos sacar todas las fotos que quisiéramos pero sin flash, y que debíamos estar en silencio cuando comenzaran a rodar. Movieron al público que podía salir al fondo de la escena indicándoles dónde podían situarse para verlo todo mejor. Llegaron un montón de extras que ocuparon las sillas. Iba todo muy muy lento. Por fin salió de una pequeña carpa Megan Fox. Estaban rodando una escena de Ninja Turtles 2.
Ya podían haber sido Brad Pitt y George Clooney, cachisendiez.
Cuando me aburrí de mirar fui a ver la tienda del chocolate Hershey’s. En la puerta siempre hay alguien regalando Hershey’s Kisses diminutos. Dentro los vendían grandes como melones.
Desde allí fui a la Quinta Avenida, subiendo por la catedral de San Patricio. La han debido de limpiar porque estaba reluciente, como si la hubieran construido este año.
Pasé por el Rockefeller Center, entré en la tienda de regalos del Met, me entretuve viendo el escaparate de la tienda de Lego, estuve en Abercrombie echando un vistazo y luego fui a la tienda de cinco plantas de Nike, junto a Tiffany’s. No dejé de mirar hacia arriba mientras caminaba porque hay edificios verdaderamente magníficos.
Me acerqué a la tienda del MOMA en la calle 53, donde venden objetos de diseño muy originales. En el museo debía de haber una recepción de gente importante porque había mucho coche negro enorme en la puerta y muchas parejas elegantes entrando.
En la acera de enfrente había aparcado un Lamborghini con un cartel y una placa de la policía en el salpicadero.
Una fuerza invisible me atraía irremediablemente hacia la acera de la derecha de la Quinta Avenida, junto a Central Park. Era el templo de la secta, el cubo de cristal de Apple. Bajé por la escalera de caracol que da acceso a la tienda, evitando acercarme a los iPhone 6 Plus, por si acaso me daba una ventolera y me compraba uno. Y es que no necesito un iPhone 6 Plus, no necesito un iPhone 6 Plus, no necesito un iPhone 6 Plus, no necesito un iPhone 6 Plus.
Entré en todas las tiendas de deportes a ver si me compraba unas Nike y a buscar una camiseta que me ha encargado Patricia. Ni lo uno ni lo otro. Sólo tres pares de calcetines blancos para el gimnasio.
A las siete y cuarto me dolían los riñones de tanto estar de pie sin parar de andar, así que di por terminada la jornada y me fui al hotel. No había entrado todavía en la tienda de deportes de enfrente, y mira por dónde triunfé. Las zapatillas Nike que me apetecían estaban 20 dólares más baratas que en los Foot Locker de Boston y los dos que había visto esta tarde. En resumen, que llevo comprados unos Levy’s, tres pares de calcetines, dos monedas de plata y unas zapatillas Nike negras.
Después de darme una muy necesaria ducha me comí la otra mitad del wrap con una Coca Cola de cereza que compré en una farmacia y os escribí un rato.
En las farmacias venden de todo aparte de medicamentos.
Hoy por fin estoy aguantando despierta hasta las once. Debe ser que mi alma ha llegado por fin a América.
Buenas noches desde Nueva York.






11 may 2015

Una cateta en Boston, Massachussets (Día 3)


Abro un ojo y miro el reloj que hay en la mesilla de noche, que además de reloj es un reproductor para iPod, y veo que son las 03:45 hrs. Maldita sea mi estampa. Doy media vuelta y me ordeno dormir. Y me obedezco. Sorprendente. Vuelvo a abrir un ojo y son las 05:30 hrs. Esta vez no me hago caso y me quedo despierta hasta las seis y cuarto. Saludo a mi madre por Whatsapp y me levanto a darme una ducha. Os escribo mientras desayuno un muffin cubierto de cereales, lo que viene siendo una magdalena gigante de toda la vida.
A las nueve salí a la calle. Calorcito, como diez grados más que ayer. Estupendo. Fui paseando hasta Downtown Crossing para tomar el metro sin trasbordos en dirección a Cambridge, al otro lado del río Charles. En Cambridge se encuentran Harvard y el MIT (Instituto Tecnológico de Massachussets). Por ambos han pasado 78 premios Nobel. Al subir a la superficie en Harvard Square tuve que quitarme el forro polar y remangarme la camisa. Alucinante la diferencia entre ayer y hoy.
Tuve que preguntar por dónde ir a Harvard Yard. Es un recinto de hierba rodeado por edificios de ladrillo rojo que contienen dormitorios de estudiantes. También hay bibliotecas, aulas y edificios administrativos. Es la parte más antigua de la universidad. Dos jóvenes paseaban un sofá de un edificio de dormitorios a otro acompañados por una atractiva joven oriental que sospecho sería la propietaria del mueble y objeto de deseo de los transportistas.
Había gente sacándose fotos delante de la estatua de John Harvard, uno de los fundadores de la universidad. El individuo tiene el pie izquierdo reluciente porque los turistas lo tocan creyendo que es una tradición escolar que trae suerte. Mentira podre. Sólo los turistas le tocan el pie.
A las once menos veinte dejé el lugar camino de St. Paul, para asistir a misa de once.
Al entrar en la parroquia observé a un par de individuos de chaqueta organizando el cotarro. El que se encargaba de la parte donde me senté me ignoraba descaradamente, probablemente porque no iba vestida de señora elegante como las demás mujeres que entraban. Tuvo que venir el cura en persona a entregarme el programa de la misa. Típico ejemplar de pringado que durante la semana lleva una vida de mierda y el domingo se cree el amo porque mangonea a los monaguillos y se pasea entre los bancos de la iglesia poniendo orden. Pues mira, las dos parejas elegantes a las que más les hizo la pelota se le escaparon nada más recibir la comunión, sin esperar al ite, misa est.
La misa fue tal y como esperaba, con coro de niños, órgano y toda la parafernalia que hace durar la ceremonia hora y media.
A las doce y media tenía tanta hambre que casi me como al pringado a la salida. En el video se le ve al fondo con corbata roja chaqueta azul.
Volví a Harvard Square, donde había visto varios sitios para comer. En uno de ellos servían hamburguesas, que me apetecían mucho. La cajera se partía de la risa con mi acento y yo con el suyo. Cuando me dijo “eioei” tuve que preguntarle qué significaba “eioei”, a lo que contestó: “es lo que me debes”. O sea, 8,08 dólares. Acabamos las dos por los suelos de la risa.
Satisfecho mi estómago, paseé por los alrededores observando gran cantidad de jóvenes recién salidos de un anuncio de Tommy Hilfiger. El mercado de hombres guapos, elegantes e inteligentes es amplio. También hay mucho señor mayor gafapasta. Me crucé con uno que si no tiene un premio Nobel ya, seguro que se lo dan este año.
Hacía un calor importante. 29ºC según mi iPhone, que llevaba conectado al wifi gratuito de la universidad.
Recorrí con detalle Harvard Yard y los alrededores. ¡Qué bonito todo, qué limpio, qué tranquilidad!
Me senté a descansar un rato y a respirar hondo en un intento de absorber algo de sabiduría y conocimiento. Hoy me tomé las cosas con más tranquilidad que ayer, que me di una paliza importante.
Estuve en una tienda donde venden todo tipo de objetos con Harvard University escrito, desde las típicas camisetas a pelotas de baseball, edredones, pijamas, gemelos y gorras. Aun habiendo tremenda variedad, no encontré palo donde ahorcarme. Lo que sí compré en una tienda de deportes fue una botella para el agua porque la que llevo al gimnasio ahora está hecha una mierda. La compré hace años en Dinamarca. Está abollada de los cientos de golpes que ha llevado y le falta la pintura verde por varios sitios.
Satisfechísima por haber comprado por fin me fui en el metro de vuelta a Boston, donde hacía un poquitín menos de calor, pero sólo un poquitín. En el vagón viajaba un joven transportando un violonchelo o un dinosaurio disecado, no lo tengo muy claro.
Al salir a la superficie en Washington Street me di de bruces con una ambulancia/camión y le saqué una foto para que veáis que no exagero. A continuación pasó un camión de bomberos tocando la sirena y el claxon, aunque no había ningún vehículo ni peatón obstruyéndole el paso. Que les va la marcha y llamar la atención.
Entré en Macy’s a hacer un último intento. Hoy me encontraba bastante bien a media tarde, con ánimo para revolver entre los miles de Levi’s hasta que di con unos de mi talla. 27,50 euros al cambio. Nada mal.
Fui al hotel a dejar los Levi’s, el forro polar y a descansar media hora antes de lanzarme a la calle de nuevo camino del barrio chino, que era lo único que me quedaba por ver. Ya sabéis que a mí los chinos me dan un poco de repelús, así que la visita fue rápida. Es pequeñito, con la puerta china de los barrios chinos. Junto a la puerta había un parque con unas sillas y mesas de piedra donde docenas de chinos jugaban a las cartas rodeados por otros chinos que no paraban de hablar en chino.
Cuando me disponía a sacar una foto a una de las docenas de sucursales del Santander que hay en Boston, ésta en concreto para que veáis cómo se escribe Santander en chino, el chino que estaba sentado en la fachada va y se toca el pie. ¿Tengo o no tengo razón cuando digo que los chinos se tocan los pies continuamente?
El chino asqueroso me quitó las ganas de seguir viendo chinos, así que me fui de vuelta a occidente, donde no hay papeles tirados por el suelo y la gente no se toca los pies.
A las seis compré un sándwich de pollo y aguacate y me fui al hotel a meterme de cabeza en la ducha para no salir más a la calle, no sea que me encuentre al estrangulador de Boston y la fastidiemos. Por supuesto, regué el sándwich con una Coca Cola de cereza que tenía enfriando en la nevera.
Ahí va una imagen del original ascensor del hotel, con paredes acolchadas de cuero y espejo de cuarto de baño al fondo.
Os estoy escribiendo y me doy cuenta de que sigo igual de asna que esta mañana. No ha servido de nada la visita a Harvard. Buenas noches desde Boston, Massachussets.

10 may 2015

Una cateta en Boston, Massachussets (Día 2)

A las tres de la mañana desperté después de siete horas seguidas durmiendo no profundamente por culpa de los miles y miles de coches de bomberos y ambulancias que pasaron por debajo de mi ventana. Llegué a pensar que estaban prendiendo fuego a todo Boston y a preguntarme si quedaría algo en pie por la mañana para visitar. Las ambulancias de aquí son como camiones. Cuando vas por la calle y tocan la sirena de repente, te infartan.
Di mil vueltas, me puse a chatear por Whatsapp, volví a intentar dormir, estuve a punto de beberme el medio litro de Jack Daniels para entrar en coma, fui al baño, volví a chatear, saqué una foto desde mi ventana para colgarla en Facebook, y por fin dormí un rato más.
Dijo García Márquez en cierta ocasión que el jet lag son los tres días que tarda tu alma en reunirse contigo, porque ésta no viaja en avión. Entonces, ¿puedo decir que soy una desalmada?
A las seis decidí que era una hora suficientemente prudente para levantarme definitivamente. Me duché con tranquilidad y me senté en la cama a escribiros. El enchufe adaptador que traigo es el mismo que casi me mata de un corrientazo en Montreal cuando se quedó una parte pegada a la pared y tuve que sacarla utilizando una navaja y un cortaúñas. He soldado las dos partes calentándolas con una aguja caliente. Una obra de arte.
A las nueve, bien abrigada porque hacía fresquete, salí a la calle. Me compré un donuts sin agujero cubierto de chocolate y relleno de crema en Dunkin Donuts y me lo fui comiendo por la calle camino de Boston Common, el parque público en el centro de la ciudad desde donde parte el Freedom Trail. Este es una ruta de cuatro kilómetros que pasa por dieciséis lugares importantes para la historia de los Estados Unidos, ya que aquí se fraguó la independencia del país. El camino es fácil de seguir porque está marcado en el suelo por dos líneas rojas bien de ladrillo o bien pintadas, con placas de bronce de vez en cuando.
De tanto mirar para el suelo me di cuenta de que está limpio limpísimo. No hay colillas, ni caca de perro, ni papeles, ni nada de nada. Impoluto. ¿Y la gente? Son amables e hiper educados. Te rozan al cruzarse contigo y te están pidiendo disculpas al segundo. Si, sin querer, te impiden el paso en la acera, se apartan inmediatamente y te piden perdón. Te sonríen todo el tiempo. Incluso en un semáforo una chica me miró y me dijo que le encantaban mis gafas.
Casi no hay gordos, visten bien y huelen bien. Los pocos gordos que he visto eran gordos de verdad, de los que se sientan delante de la tele con una lata de cerveza de medio litro y una bolsa de fritos barbacoa grande como una funda de almohada. Ayer me encontré en Macy’s con tres negros de ciento cincuenta kilos vestidos con ropa de deporte tres tallas más grande que ellos y esos chismes que llevan en la cabeza que parece que les han robado las medias negras a las madres. Sin embargo, por lo general, la gente tiene aspecto europeo y hablan un inglés perfectamente comprensible, sin chicle en la boca.
El Freedom Trail pasa por jardines, cementerios, edificios representativos del siglo XVIII, iglesias y monumentos. Lo de los cementerios es la pera porque están en mitad de la población. En uno de ellos las lápidas están dañadas porque los soldados ingleses de la época las utilizaron como dianas en prácticas de tiro.
La zona que más me gustó del camino fue el barrio italiano. Es de película. Había unos señores mayores sentados a la entrada de un bar gritando a otros en la acera de enfrente. El acento era exactamente igual que el de los gangsters italianos del cine. Por supuesto, era la zona más ruidosa y animada del trayecto.
Entré en Mike’s Pastry, la pastelería donde se hacen los cannoli más famosos de Boston. Lástima que no era hora de dulce. Además, eran de un tamaño descomunal.
En la época colonial, el barrio italiano estaba separado del resto de Boston por un estuario que ya no existe. Esta separación física potenciaba las rencillas entre ambos lados, de tal manera que cada 5 de noviembre, coincidiendo con la celebración del día del Papa, cada bando sacaba a pasear una imagen del Pontífice, encontrándose en los jardines de Boston Common donde iniciaban una "batalla" para capturar la imagen del contrario. Cuando ganaban los italianos, quemaban al pobre Papa de madera. Una práctica y un comportamiento muy religiosos.
La primavera ha explotado con ganas en Massachussets. Hay jardines llenos de tulipanes y los vecinos plantaban flores en sus jardineras aprovechando el día de sol. La casa de madera más antigua que se ve en la foto es la de Paul Revere, un famoso patriota.
Freedom Trail termina en Bunker Hill, Charlestown, tras cruzar el río Charles por un puente metálico que tiene toda la pinta de ir a caerse cualquier día. Allí tuvo lugar una batalla que acabó con la derrota de los patriotas contra los ingleses en 1775. A pesar de ello, se conmemora porque los ingleses no quedaron muy bien parados tampoco y ello dio moral a los independentistas.
Charlestown es un remanso de paz. Sólo hay casas de dos plantas, de madera o de ladrillo rojo, con jardines muy cuidados y familias sonrientes por la calle.
Una de las grandes atracciones del Freedom Trail es la visita al USS Constitution, una fragata de la armada botada en 1779. Al cruzar el río ya me di cuenta de que no estaba atracada en su sitio. Luego me enteré de que está en astillero para ser restaurada.
Volví sobre mis pasos hasta el hotel a descansar un rato. Me compré una Coca Cola de cereza y unos Pringles en un 7-eleven y puse los pies en alto un rato. Cuando me encontré con fuerzas de nuevo inicié el camino hacia Seaport District, al que se llega caminando atravesando el barrio financiero lleno de rascacielos y otro puente donde está el Boston Tea Party Ship and Museum. Sí, lo del Tea Party empezó aquí hace muchos años, cuando los colonialistas se levantaron contra los ingleses por los impuestos sobre el té y quemaron varios barcos atracados en el puerto.
Desde Seaport District hay una vista estupenda de Boston. Pedí que me sacaran una foto como prueba de viaje, que siempre hay alguien que dice que estoy escondida en casa y me lo invento todo.
Algunos aborígenes andaban en pantalón corto y camiseta. No había más de 15 grados. Cierto es que lo del frío es muy relativo. Cuando has pasado el invierno a 20 grados bajo cero con nieve hasta la rodilla, esto tiene que ser tropical.
En la zona hay un museo infantil. Estaba lleno de niños haciendo actividades varias, como romper enormes cubos de hielo con martillos de madera o rodear estatuas de mármol con cintas de colores. Aquello era un campo de batalla.
Volví a cruzar el puente y fui hasta Beacon Hill, que como su nombre indica es una colina que subes y bajas para visitar las preciosas calles estrechas con casas de ladrillo rojo y jardineras llenas de flores. Antiguamente las calles eran empedradas. Hoy sólo queda un trozo simbólico en una placita.
Desde allí fui a visitar Cheers, el bar donde se rodó la famosa serie de televisión.
Empezó a hacer un poco de calor, suficiente para quitarme el cortavientos y quedarme con el forro polar encima. La población autóctona iba en camiseta de tirantes y sandalias.
Bajé hasta las calles comerciales de Newbury y Boylston abarrotadas de gente guapa comprando compulsivamente. Yo nada de nada. Entré en el Apple Store a comprar un Apple Watch que me encargó Carmen y a tomar nota de los precios para Karin, la presidenta de WISTA. Nuestro gozo en un pozo. Te dejan jugar con ellos para luego decirte que sólo están a la venta a través de la web.
Cansada de ver tiendas y no comprar nada fui a sentarme en una terraza frente al Hancock, un rascacielos de 60 plantas al que antes dejaban subir para disfrutar de las vistas. Desde el atentado de las Torres Gemelas el mirador está cerrado. Podéis ver en la imagen el contraste entre lo clásico y lo moderno, que se da con frecuencia en Boston.
Anduve hasta la calle Washington, otra zona de tiendas que ya visité ayer. Eché un nuevo vistazo sin ningún éxito para mí pero sí para Juan, que me había encargado dos monedas de dólar de platay que encontré en una tienda para coleccionistas de cromos y monedas.
A las seis de la tarde yo no era yo. Compré una mega ensalada y me la llevé al hotel, donde por fin pude quitarme los zapatos.
Aguanté como una campeona sin acostarme hasta las nueve y media, hora en la que claudiqué.
Buenas noches desde Boston, Massachussets.


9 may 2015

Una cateta en Boston, Massachussets (Día 1)

No sé si empezar a contaros desde que salí de casa el martes o ir directamente al aeropuerto ayer por la mañana. Tuve que ir a Madrid a hacer un curso y me quedé allí un par de noches más para evitar pasearme. Viajé en el AVE con un compañero de la oficina. Nos reímos mucho con un grupo de mejicanos que se dedicaron a beber ron Barcardí en los vasos de Coca Cola del McDonald’s que llevaban con la comida.

Vamos, pues, al aeropuerto. Mi querido tío me tuvo acogida en su casa desde el miércoles por la tarde y amablemente me llevó en coche hasta allí. Sufrimos un tremendo atasco en La Castellana, a la altura de los rascacielos.

¡Qué bueno esto de tener aeropuerto en la misma ciudad y no levantarte a las tres de la mañana para hacer una hora de coche y tomar otro vuelo de enlace con Madrid o Barcelona!

Tardé 50 minutos desde que me despedí de mi querido tío hasta que llegué sana y salva a la zona de embarque de los vuelos a Estados Unidos. Entre los controles de seguridad, pasaporte, paseíto en el tren subterráneo hasta la T4 satélite y caminata hasta el extremo más lejano de la terminal pasa un montón de tiempo.

La zona de embarque se llenó de estudiantes americanos de vuelta a casa después de pasar el curso en España. Algunos llevaban puesto encima lo que no les cabía en la maleta, como unas botas de mosquetero por mitad del muslo, unas botas de agua Hunter, o un abrigo largo. Totalmente impropio del mes de mayo. No paraban de hablar entre ellos. Se abrazaban y daban grititos cuando se encontraban. Supongo que habrán estado repartidos por distintos puntos de España.

Nos metieron en el avión casi media hora antes de salir. La verdad es que éramos el ciento y la madre dentro del Airbus 330-300. Tuve la suerte de pillar ventanilla en una fila de dos para mí sola. Los estudiantes americanos estaban repartidos por todo el avión. Se les oía hablar sin parar, hasta que descubrieron la pantalla táctil que todos llevábamos en el respaldo del asiento de delante. Fue pura magia, como si les hubiéramos puesto el chupete en la boca. Se hizo el silencio más absoluto hasta que aterrizamos en Boston. 

Poco antes de despegar, el comandante se presentó por megafonía. Menos mal, se apellidaba Montoliú. No era alemán.

Es la primera vez que hago un vuelo largo con Iberia, Líneas Aéreas de España. No estuvo mal. Nos dieron de comer pasta o albóndigas. Yo preferí la pasta, que estaba bastante rica. Un rato antes de aterrizar nos entregaron una caja de cartón roja alargada que contenía unas palmeras de hojaldre, un mini Kit Kat, un mega croissant de jamón y queso y un yogur de melocotón. Los yogures no se pueden abrir en los aviones mirando para ti porque con la presión te duchas de yogur. Como estaba ensimismada con la película que estaba viendo, no caí en la cuenta y me duché de yogur. Vi “Kingsman”, del marido de Claudia Schiffer, que me pareció divertidísima, y una de acción de Liam Neeson. También aproveché para hacer parte de los deberes del curso que estoy haciendo en Madrid. Las siete horas de vuelo se pasaron volando, literalmente.

Mi vecina de la fila de al lado estuvo viendo American Sniper. Cada vez que había una escena de tensión, y hubo muchas, gesticulaba y murmuraba “fuck, fuck, fuck”, del miedo que estaba pasando. Llegué a pensar que le iba a dar un ataque al corazón. No pude contenerme y la grabé en video. 


El señor que iba sentado con su señora delante de mí no se quitó la gorra en todo el viaje. Que digo yo que la gorra es para protegerte del sol y allí dentro no había sol ninguno.
Me sorprendió el cuarto de baño. Era el doble de grande que en los de los aviones pequeños.

Volvimos a tierra firme volando por encima de Terranova y posteriormente Nueva Escocia. Entramos en Estados Unidos a las dos de la tarde. Aterrizamos a las dos y cuarto sin novedad, ocho y cuarto de la tarde en España.

Mientras aterrizábamos, la loca de American Sniper se maquillaba a todo correr. Seguro que la estaba esperando el novio en el aeropuerto.

El personal de inmigración fue bastante amable. Los que llevábamos ESTA tuvimos que pasar en primer lugar por unas máquinas donde rellenamos una serie de datos, escaneamos el pasaporte y nos sacaron una foto con cara de susto. Sé lo de la cara porque la máquina escupía un recibo con todos los datos y la foto. Había dos opciones, o entrabas del tirón en el país o tenías que pasar por un control. Por supuesto, yo tuve que pasar por el control. Cuando el policía me preguntó mi profesión me dieron ganas de empezar a gritar, porque al responder a esa pregunta en Nueva York me llevaron escoltada a una sala para interrogarme. Sin embargo, cuando oyó lo de los barcos, el policía me miró, me sonrió, me estampó un sello en el pasaporte y en el recibo con la foto de susto y me dijo: “Bienvenida a Estados Unidos”.

Salí despavorida por si cambiaba de opinión. Las maletas estaban dando vueltas y vueltas en la cinta desde hacía rato. La mía, como siempre, llegaba con una nueva herida de guerra. La arrastraron por el suelo sin contemplaciones y le hicieron otro siete en el culo. Pobrecita, si hasta en burro ha viajado la pobre.

Salí a la calle en busca del autobús gratuito de la línea plateada para ir hasta la estación de metro más cercana. Saqué un billete de metro allí mismo para no tener que entretenerme más adelante. El bus llegó casi inmediatamente. Nos metimos en un atasco monumental. Cuando nos metimos en un túnel por debajo del río caí en la cuenta de que me había confundido de autobús. Yo pretendía coger uno que enlaza con el metro directamente y no uno que te lleva a la ciudad. El error no era de gravedad, pero me obligó a ir como una sardina enlatada durante más de 40 minutos hasta la última parada, que también enlazaba con el metro. Allí tomé la línea roja hasta la estación donde estaba el hotel. Al salir a la calle caí en la cuenta de que el billete de metro seguía en mi bolsillo intacto. No tuve que pasar por ningún torno. Bueno, ahí queda para el próximo viaje subterráneo.

El hotel se encuentra en pleno centro, en un edificio histórico restaurado. Tan pronto dejé la maleta arriba y me lavé la cara, salí a la calle a dar una vuelta. Hacía algo de frío pero un sol espléndido. Recorrí parte de la calle Washington, llena de tiendas. Me llevé una tremenda decepción. Nada de gangas. Aunque traigo conmigo dólares comprados antes de la bajada, ningún artículo era suficientemente barato o atractivo. Lástima. 

Estuve también en Faneuil Hall Market Place, un par de edificios del siglo XVIII convertidos en zona de restaurantes y tiendas.

A las seis de la tarde para mí eran las doce de la noche, aunque brillaba un sol magnífico. Empecé a sentirme zombi y decidí volver al hotel previo paso por uno de los muchísimos sitios donde venden comida por los alrededores. Compré un sándwich de pan con frutos rojos relleno de pollo y verdura. 

Ya en la habitación tardé algo más de diez minutos en encontrar el interruptor de la luz del cuarto de baño. Aunque da la exterior, mi preocupación era tener que ir durante la noche a oscuras.

Me di una larga ducha y estuve investigando el mueble bar, porque nada de mini bar, es un bar en toda regla, con una botella de medio litro de Jack Daniels, botellas de champán, refrescos varios y un surtido de chucherías impresionante. También hay medicinas y una caja con juguetes….., con juguetes….. para adultos.

A las ocho de la tarde cometí el error de meterme en la cama más muerta que viva. 

Buenas noches desde Boston, Massachussets.








12 oct 2014

Una cateta en Chipre (Día 9)


Seis y veinticinco de la mañana. Después de tres horas de sueño desperté yo sola cinco minutos antes de sonar el despertador. Me arreglé rauda y veloz, cerré la maleta y bajé a desayunar. Tuve que esperar cinco minutos a que abrieran el buffet. Me entretuve charlando con el loro del hotel, al que ya habían limpiado la jaula y habían servido su desayuno. Yo le decía hola y él me decía hello. Le silbaba melodías y él las repetía mientras me miraba fijamente. Imagino que también hablará ruso.
Podía haber desayunado en la habitación al módico precio de 125 euros con champán francés y caviar, pero es que a mí el caviar a las siete de la mañana me da ardor de estómago.
A las siete en punto me sirvieron un zumo de de naranja recién exprimido y comí algo con Laura y Mercedes. A las siete y veinte estábamos las tres subidas en el taxi que nos llevaría al aeropuerto de Larnaca a una velocidad media de 90 km/hora, a pesar de estar el límite marcado en 100. Me contó el taxista que puedes conducir hasta 120 por hora sin ser multado, pero si vas a 121 la multa cuenta desde 100. Cosas de los chipriotas.
En el mostrador de facturación nos encontramos todas las que íbamos a tomar el vuelo de las diez y veinte con destino a Atenas. Eramos once en total entre griegas, españolas, italianas, una argentina, una sueca y una danesa/sueca/iraní.
En la tienda de prensa del duty free estaba a la venta la versión griega del Hola, mucho más vulgar que la nuestra. Pregunté quiénes eran los sujetos de la foto principal, pero no me supieron contestar.
Salimos de Chipre sin retraso. En el avión nos portamos todas bien. Yo di una cabezada de cinco segundos porque Laura y Mercedes, que me tenían aplastada como un sándwich entre las dos, no pararon de darme conversación en todo el camino. Sólo callaron cuando nos sirvieron el desayuno y estaban con la boca llena.
Al empezar a descender en Grecia el oído derecho casi me revienta del dolor. Me llegaba la molestia hasta la nariz, la garganta y los dientes.
En Atenas nos despedimos del grupo de griegas y de la argentina. Tuvimos que recoger el equipaje, salir y volver a facturar. A Mercedes, que volaba con destino a Madrid, la dejamos sola con las italianas porque su mostrador aún no estaba abierto. Yo volaba con Laura vía Barcelona porque el vuelo de Madrid no me permitía enlazar con el último a Sevilla.
En el hotel quedó la italiana a la que robaron el bolso en Nápoles cuando fuimos a la reunión de WISTA Med en junio. Ayer le advertí varias veces que tuviera cuidado durante los días que va a pasar de vacaciones en la isla. Me contó que por la mañana había perdido el móvil. Es un caso sin remedio.
Mientras esperábamos para embarcar en el siguiente avión, se nos sentó al lado un grupo de mochileros con pinta de abertzales sin lavar. Efectivamente, algunos hablaban en vasco cuando estaban tomando asiento a bordo.
El vuelo a Barcelona salió puntual. Tan pronto despegamos me coloqué mi almohada cervical junto con el antifaz turco y dormí hasta que el matrimonio griego que tenía al lado empezó a repetir en voz alta palabras en catalán que leían en su guía de viaje. Me sentó de miedo la siesta.
Los pies de la griega estuvieron demasiado cerca de mi espacio vital, encima de las piernas de su marido. La manicura estaba recién hecha y no despedían ningún tipo de efluvio, gracias a Dios, pero demasiado cerca, demasiado cerca.
Laura, que fue buena chica y se acostó ayer a una hora mucho más prudente que yo, leía en su iPad al otro lado del pasillo.
Aterrizamos en Barcelona a las cuatro y cuarto, hora española. Acompañé a Laura hasta la salida, donde nos despedimos hasta la próxima, que espero sea pronto.
Según le estaba dando un abrazo se me fue la vista hacia el McDonalds que había detrás, donde comí una hamburguesa tan pronto nos separamos. Llevo meses sin pisar un McDonalds, así que no me sentí en absoluto culpable. Cuando estaba a punto de pedir el menú en inglés me habló la chica del mostrador en español y no pude dejar de sonreir. Ya estaba en casa.
Cuando terminé di una vuelta en busca de un enchufe donde enganchar el ordenador para escribiros un rato. Encontré uno escondido detrás de una columna en una zona donde no había un alma. El aeropuerto estaba bastante tranquilo.
Di una vuelta por las tiendas sin comprar nada. Me senté a tomar una Coca Cola en la cafetería donde siempre me siento en el aeropuerto de Barcelona, junto a una cristalera con vistas a las pistas. Por primera vez en una semana pude leer un rato.
A las ocho y veinte apareció en las pantallas el anuncio de que mi vuelo estaba embarcando. Recogí mis bártulos y fui a la puerta B27. Entré la penúltima. Había una chica sentada en mi sitio. Tuve que enseñarle la tarjeta de embarque para convencerla de que estaba en el lugar equivocado.
Aunque intenté seguir leyendo, tuve que renunciar y dar otra cabezada. Tardamos mucho en aterrizar en Sevilla porque había tormenta eléctrica. El piloto tuvo que desviarse y entrar por una dirección diferente a la habitual. Fue todo un espectáculo ver los rayos en la oscuridad mientras dábamos saltos entre las nubes.
Una vez a salvo en tierra las maletas se hicieron esperar bastante porque coincidimos varios vuelos a la vez.
Me esperaba fuera mi taxista favorito. Salió a la vez que yo una individua rubia y gorda a la que esperaba su familia con pancartas. Daban gritos y lloraban. España profunda total.
Llegué a casa después de medianoche. Dejé la maleta abandonada sin abrir, me di una ducha y me abracé a mi cama emocionada.

11 oct 2014

Una cateta en Chipre (Día 8)

Hacia las ocho de la mañana me despertaron unos estornudos inhumanos procedentes de la habitación vecina. Ruso, seguro. Es la primera vez que oigo señales de vida a mi alrededor. La insonorización es estupenda, pero estornudos de ese calibre pueden atravesar una cámara acorazada. Mercedes, que se hospeda tres habitaciones más al fondo, dice que los oyó también.

Me quedé en la cama en estado semi comatoso hasta las nueve menos cuarto.
Bajé a desayunar al comedor de la terraza a las nueve y cuarto. Brillaba un sol ofensivo. Compartí mesa con dos turcas, dos canadienses y una inglesa.
A las diez se reanudaron las sesiones de la conferencia con poca presencia de público. Esto de celebrar la cena de gala el jueves es un tremendo error de cálculo. El año que viene intentaremos volver al viernes como se hacía antes.
Después del descanso para el café apareció el resto del público.
A la una se clausuró la conferencia. Comimos en el buffet de la terraza.
A las dos y media nos dividimos según la visita que habíamos elegido. Yo escogí la antigua ciudad de Curium y la playa de Petra tou Romiou, donde dicen que nació Afrodita.
En las ruinas hacía bastante calor. Hay un teatro demasiado restaurado para mi gusto y los restos de algunas casas.
Camino de la playa pasamos por los terrenos de una base militar británica. La carretera es de la base pero puedes usarla siempre y cuando no te pares para nada. Sólo vimos barracones, una gasolinera y un campo de rugby. Nos dijo la guía que hay un pueblecito inglés, incluso con su propio banco.
Vimos cabras por los montes.
En la playa las suecas inmediatamente se metieron en el agua. Alguien  se preguntó en voz alta si sabrían que no iban a poder cambiarse de ropa pero todo lo tenían previsto. Se escondieron detrás de un arbusto y se quitaron los bañadores. Desde la carretera las hubieran visto perfectamente. Muy sueco todo.
Dicen que si te bañas en pelotas un día de luna llena y le das unas vueltas a una roca que hay muy cerca de la orilla, sales tan guapa como Afrodita.
En el viaje de vuelta se nos sentaron al lado las dos indias. Huelen bastante a sobaquina. Mercedes tuvo que sacar del bolso un perfume en crema para que nos lo pasáramos por las narices con la intención de aliviarnos. Laura nos pidió por favor que no les dirigiéramos la palabra porque al girarse para hablarnos la corriente de aire que se formaba era insoportable.
Volvimos sanas y salvas a las seis de la tarde. En mi habitación se organizó una tertulia con Eleftheria y Anna-María que duró hasta más allá de las siete y media.
Bajamos a cenar a la barbacoa del hotel, donde nos metieron una clavada importante. Nos juntamos más de veinte. Seguía haciendo una temperatura estupenda. Cuando nos echaron de allí tomamos posesión del bar exterior. Allí estaban los padres de Joan la holandesa, que vienen a pasar al hotel dos meses al año, octubre y mayo. No quiero pensar lo que les cuesta la broma.

En el bar junto al hall me reuní después con nuestra presidenta y varias americanas. La broma duró hasta las dos y media. Ahora son casi las tres y cuarto.
Buenas noches desde Chipre.


10 oct 2014

Una cateta en Chipre (Día 7)


Ayer por la noche, cuando intenté conectarme a internet en la habitación, no fui capaz. Llamé a recepción y en diez minutos apareció un fulano tuerto a arreglar el entuerto. Eran casi las dos de la madrugada. Eso es un servicio de calidad.
Otra cosa que funciona maravillosamente son los ascensores. Pulsas el botón y en menos de diez segundos aparece alguno, a pesar de estar el hotel completo. Siempre hay un par de rusos dentro. Nunca los mismos. Esta mañana bajé con una señora mayor y un niño de meses con cara de ruso cabreado.
Lo único sorprendente son los gatos. Se pasean por los jardines y te miran con cara de víctimas cuando estás comiendo sin que nadie haga nada por echarlos.
Otra vez desperté unos minutos antes de que sonara el despertador a las ocho. Bajé a desayunar con más tranquilidad que ayer. A las nueve empezaron las sesiones de la conferencia. Iba a venir a inaugurarla el presidente de Chipre, pero ya se sabe cómo son los presidentes. Nos mandó en su lugar a un ministro con un mensaje escrito en un papel.
Confieso que tuve enormes dificultades para seguir las ponencias porque estaba muerta cadáver por las pocas horas de sueño.
A la hora del descanso trajeron a Ektoras, el hijo de Despina, para que viera a su madre, a la que tenemos secuestrada en el hotel. El tío no se inmutó lo más mínimo cuando se le echaron encima trescientas mujeres a hacerle carantoñas.
Comimos a la una en la terraza del hotel, en el mismo buffet donde sirven el desayuno. Hacía un calor importante. En la sala de conferencias, sin embargo, la pashmina que nos han regalado las holandesas está salvando la vida a la mayoría.
La vista desde la mesa donde estaba comiendo con cuatro griegas y una india era interesante.
Antes de reanudar las sesiones vino Alex la americana a traerme un paquete de Maltesers para hacerme más llevadera la tarde.
Se sentó delante una nigeriana que me quitaba toda la vista con sus pelos. Es la misma que en Montreal iba subida a unos zapatos espantosos de plataforma. Hoy lleva unos parecidos. Es una tía enorme, lleva unas gafas doradas enormes, unos collares enormes, unos anillos de oro enormes y un culo enorme. Después del descanso para tomar café desapareció, así que pude ver a los ponentes sin problema.
A las seis en punto terminamos. Me fui con ocho griegas a tomar un refresco a la terraza y, sobre todo, a que nos diera el aire después de tantas horas metidas dentro.
Birgit y Baby WISTA hicieron acto de presencia por primera vez durante el día. Erik había tenido un día difícil. La madre llegó a pensar en tirarlo por la ventana, abandonarlo en la habitación o darse a la bebida.
Ektoras también vino a vernos. Por fin se conocieron los dos bebés de la conferencia.
A las siete subí a darme una ducha y a vestirme para la cena de gala.
Sobre las ocho salimos en autobuses hacia Carob Mill, un antiguo almacén y molino reconvertido en sala de festejos y varios restaurantes. Fue allí donde cenamos el domingo pasado.
Antes de sentarnos estuvimos sacándonos fotos como recuerdo, las americanas con unas gafas luminosas.
Despina dio un discurso, el ministro de transporte otro, Karin otro más, luego le dieron un premio de agradecimiento a la periodista británica Rose George por haber hecho visible a la invisible industria marítima con su libro “90 por ciento de todo”.
A continuación subieron al escenario unos chicos guapísimos vestidos de esmoquin. Eran un grupo de cantantes suecos a capela con algunos de los cuales no pude evitar fotografiarme para la posteridad.
Mientras cantaban nos comíamos el pan porque había mucha hambre y ya era un poco tarde.
Aparecieron a cenar treinta personas más de las previstas porque varios patrocinadores se presentaron con invitados sin avisar. Tuvieron que improvisar rápidamente más mesas. Misteriosamente hubo comida para todos.
Entre plato y plato se desmadró la situación. Empezaron a bailar en la pista sin esperar a los postres. Se desató la locura cuando sonó “Dancing Queen”, nuestro himno extraoficial.
A la una y cuarto dejamos bailando a las más fiesteras y nos fuimos de vuelta al hotel en autobús, yendo directamente a dormir, sin pasar por la terraza, donde algunas griegas continuaban la fiesta.