21 may 2019

Una cateta en Grecia (Día 3) ΈναβλαχαδερόστηνΕλλάδα

 Hoy esperé a que María desconectara la alarma para abrir la ventana del cuarto de baño. 
Mi estómago no estaba al cien por cien, así que renuncié a desayunar huevo. Me contenté con cereales, una tostada con crema de cacahuete y un zumo de naranja, plátano y melón. Lo recomiendo. El plátano mata la acidez de la naranja y le da la consistencia de un smoothie. 
Salimos de casa a las diez y media camino de El Pireo.
Para tirar la basura, María la mete en el coche y cuando pasa por un contenedor la arroja dentro. Hoy se bajó para depositarla, pero ayer lo hizo desde la ventanilla directamente.
Nuestra primera visita de hoy fue al buque Hellas Liberty.
La clase Liberty fue una serie de buques construidos a toda pastilla en Estados Unidos durante la II Guerra Mundial.  Su misión consistió en sustituir a la flota británica hundida por los ataques alemanes y servir de medio de transporte para tropas y suministros en el frente. El record de construcción se batió en 4 días, 15 horas y 29 minutos. Esto puede dar una idea de la calidad de los mismos. Tras la guerra, armadores griegos como Onassis o Niarchos compraron muchos de los barcos que sobrevivieron a la contienda.  
El SS Arthur M. Huddel, rebautizado Hellas Liberty, permanece atracado en el puerto de El Pireo convertido en museo flotante. Sólo sobrevivieron otros dos, actualmente en Estados Unidos.
Nos dejaron pasear a nuestra bola por todo el barco, excepto la máquina. Saqué un montón de fotos que fui enviando a mi anciano padre, marino jubilado, por Whatsapp. Le encantaron.
Desde allí fuimos por dentro del puerto a recoger a Anna-María a su oficina. Como donde hay confianza da asco, acabamos en una ferretería comprando un grifo antes de subir a tomar algo al club marítimo de El Pireo. 
Está situado en la octava planta de un edificio frente al puerto. Desde allí se divisaba el intenso tráfico de ferries con las islas.
Las paredes están decoradas con cientos de metopas de compañías navieras. Junto al ventanal tienen una maqueta del Hellas Liberty, y un gran cuadro en la pared opuesta muestra la llegada del buque a Grecia antes de ser restaurado.
En aquel momento sólo había un socio sentado en uno de los cómodos sofás Chester.  Fumaba como un carretero. Es otro ejemplo de cómo los griegos se saltan las normas, porque nadie te va a decir nada y nadie va a venir a ponerte una multa. Aún no he visto un agente de la ley, exceptuando los policías del control de pasaportes del aeropuerto.
A las dos menos cinco, llegando tarde a nuestra cita para comer, porque aquí hay que llegar tarde por norma, recibimos una llamada de teléfono informándonos que mi presencia en El Pireo ya era conocida. Alguien nos había visto por la calle.
En el restaurante Speranza nos esperaban varias miembros de WISTA Hellas, que amablemente habían organizado una comida para darme la bienvenida. 
Una reunión con griegas es lo más divertido del mundo. Todo el mundo habla a gritos a la vez. Me hablaban en griego y me hablaban en inglés. Están convencidas de que hablo griego perfectamente pero lo oculto. El caso es que cuando hay una conversación cuyo contexto conozco, puedo deducir aproximadamente lo que están hablando porque oigo palabras que en castellano hemos heredado de ellos. A veces intervengo en inglés y les entra el ataque de risa porque da la impresión de que sigo la conversación. También sé decir cuatro cosas en griego, y como nuestra fonética es prácticamente igual, suena muy griego cuando lo digo.
Entre las comensales estaba Evgenia. No nos veíamos desde hace ocho años. Me hizo mucha ilusión. Sigue llevando encima un teléfono Nokia como entonces. 
La comida no se alargó mucho, ya que todas tenían que volver a trabajar.
De vuelta al coche tuve que parar a sacar una fotografía. Aparco donde me da la gana porque me da la gana. Así funcionan las cosas aquí.
Nos acercamos a Palaio Faliro a ver los yates en la marina. Los hay enormes. Uno en particular nos llamó la atención. Está atracado en una zona especial, vallada  y con vigilancia. Tuve que sacar la foto a escondidas del guarda jurado. 
El aparato, con helicóptero y todo, pertenece a un billonario de los Emiratos Arabes. De 110 m de eslora, su construcción sólo costó 280 millones de dólares.
Volvimos a El Pireo a tomar un refresco. Yo pedí limonada con mastiha. La mastiha es una resina que sale de unos matojos que crecen en la isla de Chios. Desde que vine aquí la primera vez, me enganché al sabor.
A las seis y cuarto, tarde a propósito porque no se llega temprano a ningún sitio, aparecimos por la entrega de premios Efkranti, que se entregaban en una biblioteca perteneciente a una fundación costeada por un armador. 
Los armadores griegos, algunos podridísimos de dinero, construyen museos, pagan estatuas o crean fundaciones. Hay uno que hizo una iglesia en memoria de una hija que se le tiró por un barranco porque no la dejaron casarse con un pobre. En Atenas hay madera para escribir un culebrón.
Hablando de iglesias, el domingo olvidé contaros que, yendo por la carretera, observé de vez en cuando maquetas de iglesias ortodoxas colocadas en las cunetas. No fue difícil deducir que la gente las coloca como nosotros colocamos cruces para marcar el lugar donde alguien se mató en un accidente de tráfico. Dan un poco de yuyu.
Cuando entramos en la biblioteca de la fundación, todo el mundo estaba ya sentado. Según iba caminando hacia un asiento libre, fui saludando gente conocida de WISTA.
Una de las receptoras de los premios era Despina, nuestra actual presidente internacional. Toda la ceremonia transcurrió en griego. Confieso que no me enteré de nada. De vez en cuando me acercaba a Lucy, del registro de las Islas Marshall, sentada delante de mí, para preguntarle qué estaban diciendo o quién era el que hablaba.
Después de la ceremonia ofrecieron un cocktail en los jardines, con fotocall y todo. 
Sobre las nueve nos despedimos y volvimos a casa de María para cenar una cosa muy rara típica de creta. Es un pan marrón que está duro pero que se ablanda un poco cuando le pones encima salsa de tomate casera, aceite de oliva y queso feta. Me gustó mucho.
A las once y media me metí en la cama completamente destrozada.
Buenas noches desde Atenas.








19 may 2019

Una cateta en Grecia (Día 2) ΈναβλαχαδερόστηνΕλλάδα

El yogur que echan en el souvlaki produjo una reacción en mi estómago al poco de tomarlo. Pude acostarme y dormir sin consecuencias hasta las seis y media. Fue entonces cuando tuve que salir corriendo al cuarto de baño. 
Al acabar de deshacerme de los cuerpos extraños de mi interior, abrí la ventana para ventilar. Oí sonar una estridente alarma en la calle. Sin embargo, no le concedí mayor atención. 
Al salir del baño vi a María pasar corriendo camino de la puerta, donde había un teclado, donde desactivó la alarma que yo había hecho sonar al abrir la ventana del baño. Los vecinos tienen que estar contentos de ser despertados un domingo a las seis y media de la mañana.
Volvimos a la cama hasta las ocho y media. Me levanté con el estómago en su sitio, más o menos.
María tiene un hotel en el Dodecaneso, aparte de trabajar en seguros. Por eso sabe cómo recibir a un huésped dándole un servicio de calidad suprema. 
https://www.kallichoron.gr/en/
Ha recibido varios premios por el pantagruélico “Desayuno de la abuela” que sirven, consistente en una tremenda variedad de manjares frescos o cocinados, todos procedentes de la huerta de la casa.
Hoy tuve el honor de disfrutar de una versión reducida del mismo, con huevos frescos de sus gallinas, variedad de cereales y pan. Bueno, vale, los cereales eran del Lidl.
A las once salimos con destino a la Cueva de Panaia a bordo del enorme vehículo de María. Para llegar allí tuvimos que subir a un monte por una carretera que en un tramo no era más que un camino de cabras lleno de agujeros. En cierto momento nos vimos obligadas a frenar en seco para dar paso a una enorme tortuga que estaba atravesando precisamente en ese momento.
Entramos en el agujero acompañadas de otros diez visitantes y un guía que sólo hablaba griego. Yo lo único que le entendía era cuando decía estalactitas y estalagmitas. Gracias a que María me iba traduciendo a grandes rasgos lo que decía, pude enterarme de que la cueva fue descubierta porque una cabra cayó dentro desde un agujero que nos enseñaron. Es la luz blanca que aparece en la foto. La cabra no se mató milagrosamente, pero debió llevarse una costalada importante. El pastor bajó no sé cómo por el mismo agujero a rescatarla, encontrándose con las estalactitas y las estalagmitas. 
La cueva está muy bien acondicionada para las visitas, con barandillas de acero inoxidable y el suelo antideslizante.
No es tan impresionante como la de Aracena, pero da el pego. Además, el guía que sólo hablaba griego nos dejó sacar fotos dentro, cosa que en la de las Maravillas no está permitido.
Desde lo alto del monte se veía Maratón, municipio que da nombre a la carrera porque un tal Filípides fue desde allí a Atenas a toda pastilla para anunciar el resultado de una batalla contra los persas. Se murió del esfuerzo, y no me extraña, porque es un trecho largo.
Desde el monte bajamos con prudencia. Yo creo que si llegamos a pisar un bache grande, el Smart sale rodando con nosotras dentro por aquella cuesta abajo.
Al poco de acceder a una carretera como Dios manda paramos en una panadería muy pija a comprar algo para restaurar nuestros vacíos estómagos. María se encargó de escoger unos pastelillos con queso dentro que quitaban el aliento.
Llegamos a Cabo Sunio sobre las dos de la tarde. Milagrosamente encontramos mesa en primera fila al borde de un pequeño acantilado mirando al Templo de Poseidón. Ahora que lo pienso, no fue tan milagroso. Es que ningún vehículo normal cabía ya en la diminuta zona de aparcamiento.
Aunque estuvo nublado gran parte del día, hizo calor. Estuvimos muy a gusto comiendo debajo de una sombrilla.
El templo fue construido en el año 440 a.C., y destruido por los persas. Mucha guerra dieron los persas por aquí.
Desde Cape Sunio volvimos costeando. La carretera pasa por el sinuoso paisaje ático ofreciendo unas vistas magníficas. Vimos yates impresionantes fondeados y coches no menos impresionantes nos adelantaron, como un flamante Ferrari rojo que nos pasó con su característico sonido atronador.
Grecia es un país pobre, pero cuenta con el sector marítimo más rico del mundo. Grandes armadores viven aquí, lo mismo que la industria que les rodea.
En Vougliameni vimos una clase de yoga sobre tablas de surf. No puede ser cómodo de ninguna manera estar haciendo posturitas intentando evitar caer al agua y controlar que la tabla no se te vaya a pasear fuera del lugar de la clase.
Allí también echamos un vistazo al Lago Vouliagmeni, que se alimenta de aguas subterráneas y mantiene el agua templada todo el año.
En Voula paramos en un chill out al borde del mar donde habíamos quedado con María Christina. María Christina me va a matar porque sigue este blog y me prohibió publicar la fotoporque  se encuentra gorda.
María Christina habla español perfectamente. De origen griego, nació en Brasil y vivió en Argentina antes de venir a establecerse en Grecia, desde donde dirige junto a su marido su compañía naviera.
Al despedirnos en el aparcamiento, me enseñó el mini vehículo que ahora conduce. Ha pasado de un tanque donde una vez nos metimos ocho a un artefacto que le permite aparcar en todos sitios. El tanque lo deja para los viajes largos.
Volvimos a casa de María a descansar, con la intención de no volver a salir a la calle porque estábamos las dos completamente muertas, y yo con el plan de no cenar nada para mantener el estómago a raya.
Me di una ducha antes de sentarme en el sofá a escribiros. Mientras tanto, María discutía por teléfono asuntos políticos. Se presenta a las elecciones municipales en la isla donde tiene su hotel. No sé de dónde saca el tiempo.
A las doce menos cuarto me despedí dejándola en el sofá con su ordenador, preparando una lista de vinos que tiene planeado servir en el hotel.
Buenas noches desde Atenas.









Una cateta en Grecia (Día 1) ΈναβλαχαδερόστηνΕλλάδα

A las seis y media sonó el despertador como si fuera un día normal, pero no lo era. Comenzaba un día en el que iba a poner el pie en cuatro países diferentes, y tres husos horarios.
A las siete y media nos recogió en la puerta de casa mi taxista favorito. Nos recogió a mí y a mi pobre maleta. Maleta que me prometí cambiar después del último viaje, pero que sigue conmigo porque no encuentro la adecuada. Tiene un asa rota, una esquina rota, ha viajado en avión a múltiples destinos, alguna vez en tren, en barco, e incluso en burro. 
Llegamos al aeropuerto de Faro a las nueve menos cuarto, ocho menos cuarto hora local. Tan pronto nos acercamos, supe que iba a tener una larga cola para facturar. Había autobuses, minibuses, furgonetas, taxis y coches por todos lados desembarcando viajeros.
Le dije a mi taxista favorito que no me acompañara dentro para desayunar juntos como hacemos otras veces. 
La cola de facturación de Easy Jet daba varias vueltas y se salía de las cintas que colocan para mantener el orden, a pesar de los seis mostradores que tenían abiertos para dejar el equipaje. 
Tardé 45 minutos en facturar la maleta, otros 30 en pasar el control de seguridad y un largo rato en el control de pasaportes por culpa de un desagradable policía que me tuvo esperando mientras se dedicaba a teclear en su ordenador sin hacerme caso. Tuve que pedirle por favor que me mirara el pasaporte sin más dilación porque mi vuelo ya estaba embarcando. 
Pasé a todo correr por el duty free sin poder mirar nada para ponerme directamente en la cola de embarque al borde del infarto.
En los 45 minutos de espera para facturar me dediqué a observar a la fauna que me rodeaba. 
Una pareja de ingleses modernos pero más horteras que un botijo con pegatinas, calzaban lo que la moda ha dado en llamar zapatos feos. Eran de Balenciaga y llevaban la talla bordada en la punta. Dudo que sea cómodo caminar con ellos, pero iban marcando tendencia. El iba tatuado desde los tobillos hasta el límite entre el cuello y la cara. Ella llevaba encima un pastizal en ropa y accesorios de marca.
Había unas cuantas pandillas de jóvenes volviendo a Inglaterra después de unas vacaciones en el Algarve. Uno en particular llamó mi atención porque iba evidentemente bajo los efectos de alguna sustancia sospechosa, con los ojos entornados y sonrisa estúpida. 
Abordé el último autobús con destino al avión, embarcando entre los últimos pasajeros. Hice levantar a mis vecinas de fila, ya que mi asiento era de ventanilla. Eran dos gordas, madre e hija, de esas gordas pálidas inglesas que engordan por comer chocolatinas y porquerías todos los días. Aunque no ocupaban nada de mi espacio, me agobiaban. Si giraba la cabeza, no podía ver nada más allá de las enormes tetas de la que tenía al lado.
Aparcado junto a nosotros había un avión de Air Lingus guapísimo, con la foto de varios jugadores de la selección de rugby.
Despegamos a las 09:30, con diez minutos de retraso.
Tan pronto permitieron desabrochar los cinturones, las gordas se cambiaron a la fila de al lado para sentarse con un señor que no sé si era el marido de la madre o de la hija. No era posible verlo bien porque las gordas estaban en medio. En su lugar se sentó un pareja de delgados de mediana edad, dando una sensación de espacio que no había con las gordas. Se portaron muy bien durante el vuelo, hablando bajito como hablan los ingleses bien educados.
En el asiento de atrás oía comer patatas fritas a la temprana hora de las nueve y media de la mañana.
Estuve hojeando la revista de la compañía aérea. Parece ser que en Ibiza hay un restaurante que sirve paella deconstruida. Nos estamos volviendo gilipollas. Hasta el corrector de Word me está diciendo que la palabra no le suena de nada.
En la revista del duty free anunciaban una crema que vale para todo, desde hidratante para la cara hasta para curar un eczema. Es egipcia.
Ofrecían una variada carta de bebidas alcohólicas a bordo.
Aterrizamos en la verde y nublada Inglaterra a las 12:05, según horario previsto. 
El paso por el control de pasaportes no fue tan largo como la última vez. Han instalado un servicio automático para los pasaportes electrónicos que va bastante ágil. Aún así, no pasaron menos de 20 minutos hasta que me encontré en la zona de recogida de equipajes. 
Las maletas de Faro tardaron un rato en aparecer. Tan pronto tuve la mía, con un cartelón colgando diciendo que estaba dañada por culpa del asa rota, fui al mostrador de Gatwick Connect. Antes, cuando hacías conexión con otro vuelo, aún siendo de Easy Jet, tenías que recoger la maleta, ir al mostrador de facturación, hacer una cola de al menos dos horas hasta poder soltar la maleta otra vez y pasar por el control de seguridad. Con el tráfico de personas que hay en Gatwick, había que dejar un margen bastante grande entre la llegada y la salida para no perder el vuelo. Encima, la compañía no se hacía cargo si perdías el segundo, aunque fuera por retraso del primero. 
Ahora, con Gatwich Connect, tienes garantizado el segundo vuelo. Una azafata te acompaña hasta pasar la aduana y allí se hace cargo de tu maleta para llevarla al segundo avión. Eso sí, no te libras de pasar el control de seguridad porque hay que salir de la zona de pasajeros y volver a entrar. Eso tienen que mejorarlo de alguna manera.
Cuando me encontré de nuevo en la zona de embarque, respiré tranquila. 
Te hacen pasar por el duty free de perfumes, chocolates, alcohol y tabaco de manera obligatoria. Están colocadas en un pasillo circular que te conduce a la zona de espera. En esa zona están Woolworth y Boots, una pequeña sucursal de Harrods y la tienda de Harry Potter, donde venden escobas que no vuelan, varitas mágicas que no hacen magia y ropa de estudiante de Hogwarts. 
En Woolworth entré en trance. Compré varias barras de chocolate WISPA y una Coca Cola de cereza. 
Me senté a comer los bocadillitos que traía preparados de casa mientras disfrutaba de la Coca Cola, terminando con una WISPA de postre.
A las 13:40 saltó un mensaje en la aplicación de Easy Jet que tengo instalada en el móvil, avisando de la puerta de embarque para mi siguiente vuelo. Me encantan estas pijadas tecnológicas que te hacen la vida más fácil.
Tardé un ratito en llegar a la puerta 112. Hay que atravesar el enorme paso elevado sobre la pista que ya he visitado en ocasiones anteriores. Para el que tenga un poco de vértigo, la escalera mecánica tiene que ser todo un reto.
En la cola de embarque había una mezcla curiosa de nacionalidades. Justo detrás de mí había una pareja de españoles. 
Un joven griego nos preguntó si aquel era el vuelo a Atenas, porque al ver tantos españoles le había entrado la duda. Tantos no éramos, sólo tres.
La azafata del mostrador llevaba un curioso peinado. O había metido los dedos en un enchufe o había abusado de la gomina. Los pelos le quedaban completamente tiesos mirando hacia atrás.
Accedimos al avión caminando. Menos mal que no llovía en aquel momento.
Esta vez mi asiento era de pasillo. Volando sola suelo ir en un extremo y otro. La mayoría de la gente viaja en pareja, así que es difícil que me toque ir en el asiento del centro.
Me tocó al lado de un joven matrimonio con un niño de meses. Durante la primera media hora a bordo montó un pollo importante. He de decir que eran bastante rectos con él. Le hablaban como a una persona normal, sin caca, jaca ni guau. No, eso no es un juguete, tienes que tranquilizarte, ya sé que estás cansado, etc. 
Estuvimos casi media hora sin movernos de la pista, esperando permiso para despegar. 
Cuando el avión se estabilizó en el aire, saqué el ordenador y os estuve escribiendo un rato. Después estuve leyendo.
El marido del joven matrimonio se parecía mucho a Mark Zuckerberg, pero en lugar de estar casado con una china, estaba casado con una india.
Tan pronto el niño se quedó dormido, la pareja siguió el mismo camino, ella con la boca abierta.
Las azafatas de Easy Jet van vestidas con un traje gris marengo muy ajustado con detalles naranja. Una de las azafatas, portuguesa, ha debido de engordar recientemente. El traje se le subía. Me apeteció varias veces darle un tirón por la parte baja de la falta para ponérselo en su sitio.
Aterrizamos en Atenas a las 20:20, según programa. El niño lanzó varios alaridos cuando el avión estaba descendiendo sobre el aeropuerto. 
En el control de pasaportes me encontré a Bridget, la secretaria de WISTA UK, acompañada de su marido. Parece ser que viajábamos en el mismo avión y no nos habíamos dado cuenta. 
Tras recoger las maletas, nos despedimos y quedamos en vernos el jueves.
María, mi anfitriona de estos días, me esperaba junto a su enorme coche en la puerta del aeropuerto.
Tardamos un buen rato en llegar a Agios Dimitrios, la zona de Atenas donde vive. Atenas es grande y hay siempre mucho tráfico.
Paramos por el camino a comprar la cena y el postre, souvlaki y mousse de chocolate. 
Su casa es un loft muy confortable en la primera planta de un pequeño edificio que ocupan ella, su hermano y sus padres en diferentes viviendas.
Antes de acostarme, quise darme una ducha. Es una de esas con muchos mandos, que tiene chorros de diferentes tipos. No debe de estar en buenas condiciones, puesto que al darle al mando de chorros fuertes, en lugar de disparar agua, me disparó un pitorro a la barriga.
A la una y media entré en coma profundo.
Buenas noches desde Atenas.








28 oct 2018

Una cateta en Noruega (Día 11)

Menos dos grados centígrados para empezar el día.
A las tres menos diez, cuando aún no había apagado la luz, se abrió la puerta y apareció Rae como una moto, murmurando entre dientes insultos varios que no voy a repetir. 
Empezó a meter cosas en la maleta que había dejado abierta encima de la cama ayer por la mañana sin orden ninguno. Rectifico la palabra meter por tirar, porque las iba tirando dentro de la maleta. Entró en el cuarto de baño, cogió entre los brazos todas sus cosas y las arrojó con el resto de sus pertenencias. 
Cuando vi que se enfundaba unos pantalones vaqueros le pregunté a dónde iba a esas horas, y me contestó que no quería pasar un minuto más en el hotel, que se iba al aeropuerto, que aunque se las fuera a encontrar en el avión no quería seguir en el hotel. ¿Encontrarse a quién? Imaginé que había tenido una pelea con sus compañeras de WISTA.
Salió arrastrando la maleta sin cerrar la puerta de la habitación.
A las tres apagué la luz y la tuve que encender a las cinco y veinte, cuando sonó el despertador. 
Me arreglé, cerré el equipaje y fui a encontrarme con Laura en recepción para ir al aeropuerto en el autobús de las seis que salía de la puerta del hotel.
Antes de dejar la habitación metí en una bolsa las cosas que Rae había dejado abandonadas y las entregué en recepción para que se las entregaran a su tía Alex.
El autobús iba lleno de miembros de WISTA. 
Facturamos el equipaje en las máquinas sin azafata. Tuve que sacar de la maleta tres tabletas de chocolate para alcanzar los 20 kgs máximos de peso. El mostrador sin azafata no me aceptaba la maleta con 21.5 kgs.
El paso por el control de pasajeros tuvo lugar sin incidentes.
En las zonas de embarque nos encontramos a las dos amigas de Rae que sospechaba tenían algo que ver con su enfado de la madrugada. Me estuvieron contando la historia, una historia sin importancia que la falta de sueño y un poco de alcohol habían convertido en un drama.
Mientras charlábamos me di cuenta de que la suela de una de mis botas estaba llena de caca de reno. Lo comenté con Laura Sherman. Se miró inmediatamente las suyas. Precisamente en el autobús de vuelta del campamento se preguntó en voz alta qué tenía que responder en el cuestionario que hay que rellenar cuando vas a entrar en Estados Unidos a la pregunta de si has estado en contacto con ganado recientemente.
El aeropuerto de Tromsø estaba literalmente invadido por WISTA.
Los vuelos de las siete y media, ocho y ocho y media iban llenos de mujeres.
Me senté a bordo con Laura y Belén de Argentina. Véanse en la foto los ojos vidriosos de las tres.
Aunque nos correspondía embarcar por la puerta de atrás del avión por la fila en la que viajábamos, nos colamos por la de delante para no tener que salir a la pista bajo la nieve. Mi chaquetón, gorro andino, bufanda y guantes estaban convenientemente guardados dentro de la maleta.
Belén se puso a mirar para dentro tan pronto colocó la cabeza en el respaldo. Laura y yo fuimos charlando todo el camino. A pesar de haber dormido sólo dos horas y media me encontraba bastante bien.
Mientras esperábamos para embarcar en Tromsø, cayó una nevada importante. Nos tuvieron que regar las alas antes de despegar.
Aterrizamos en Oslo a las diez menos cuarto.
No me quedó más remedio que correr por la pista hasta el edificio del aeropuerto para no morir congelada.
Laura tuvo que salir a recoger su equipaje y volver a facturarlo porque hace el viaje a Barcelona en tres etapas en dos líneas aéreas diferentes.
Belén volvió a mirar para dentro en una butaca mientras esperábamos a que volviera Laura.
Al rato de aparecer, nos encontramos con Míriam de Perú, Débora de Venezuela y Chloe de Francia. Estuvimos trasteando por las tiendas antes de sentarnos a comer. Primero, Laura nos llevó a ver un curioso artilugio. Parece una farola. Cuando te pones en un punto metálico que hay debajo oyes una voz que te habla en la misma oreja. Hablaba un sujeto que tenía la misma voz que el Golum. Inquietante. 
Un grupo de chipriotas andaba paseando como nosotras, a la espera del siguiente vuelo con destino a casa.
A las dos y veinte me despedí de todas para ir a la puerta de embarque de mi vuelo a Faro. Nos dijeron por megafonía que el segundo oficial se había puesto enfermo y estaban buscando un sustituto. Sólo perdimos 20 minutos. Eficiencia noruega. 
Fui una de las últimas en embarcar. Observé que la mayor parte del pasaje eran sonrientes septuagenarios noruegos camino de sus vacaciones en el sur de Portugal y España.
Desde que entré en Escandinavia nadie me ha pedido el pasaporte, ni en los hoteles ni en los aeropuertos. Es posible viajar con Norwegian comprando un billete de menor de 25 años por internet porque nadie se para a mirar quién eres. Lo digo porque sé de alguien que lo ha hecho.
Tanto el sobrecargo como las azafatas eran vikingos talla XXL. El sobrecargo hablaba continuamente en noruego por el micrófono. Debía de ser muy gracioso porque todo el mundo reía a carcajadas. De vez en cuando se subía al borde de dos asientos en el pasillo y hacía como que era un pájaro que volaba hacia arriba y hacia abajo. Dado el tamaño del pájaro, eso sí que era gracioso.
Aproveché el viaje para escribiros un rato y comer una de las chocolatinas de mi botín. No fui capaz de pegar ojo. El efecto Red Bull es digno de estudio. He pasado el día estupendamente a pesar de haber dormido poco más de dos horas por la noche.
Me tocó al lado una señora noruega que sólo hablaba en noruego. Intentó comunicarse conmigo un par de veces sin éxito. Quedó la cosa en un par de sonrisas. Es probable que ahora se encuentre en el hospital municipal de Faro intentando que le arreglen la espalda. A su edad no creo que haya salido indemne después de la postura que cogió para dormir.
Aterrizamos en Faro a las siete de la tarde, hora española. Tardamos bastante en abandonar el avión y la pista gracias a la agilidad del pasaje. Montarlos en el autobús para ir a la terminal llevó su tiempo.
Mi maleta apareció….. iba a decir sana y salva pero no creo que sea sana la palabra correcta para describir el estado de mi maleta. En el hotel de Oslo le descubrí un nuevo daño. Esta mañana, cuando la dejé la cinta al facturar, me cargué una de las asas. Ha llegado tu hora, maleta.
Mi taxista favorito me esperaba puntualmente. Comimos unas magdalenas gigantes exquisitas en la cafetería del aeropuerto. Luego tomamos rumbo a casa. Ha llegado el frío aquí también, hoy precisamente, conmigo.
Llegué a destino poco después de las nueve y media.
Os dejo foto del botín. Son los chocolates que mis amigas de todo el mundo me regalan cuando nos vemos.
Mi almohada me está esperando.
He de decir que las camas noruegas son extraordinariamente cómodas. Lo comentaba todo el mundo.
Daños reseñables: 
-      labios completamente despellejados,
-      la piel de las piernas seca como un bacalaonoruego puesto a secar,
-      mi iPhone no reconoce mis dedos secos,
-      el catarro finalmente no se atrevió a dar la cara,
-      mañana tengo que poner tres lavadoras.

Buenas noches desde mi casita.