25 oct 2019

Una cateta en Miami (Día 2)

Tres de la mañana. Desperté repentinamente. Atendí a varias necesidades fisiológicas y volví a dormirme. 
Seis de la mañana. Desperté. Volví a dormirme.
Siete de la mañana. Desperté. Ya no volví a dormirme.
Teniendo en cuenta que normalmente lo paso fatal los primeros días a este lado del Atlántico por culpa del jet lag, esta vez ha sido estupendo. Tengo que agradecer a la doctora Manene su consejo de tomar melatonina para paliar el problema de sueño. Según Patricia, es puro placebo. A mí me da igual. Ha funcionado, que es lo importante.
Estuve hasta las diez tonteando en la habitación. A esa hora abren las tiendas aquí. Mi primera misión en este país era ir a una tienda en concreto, al templo de la sabiduría, al Apple Store. 
Mi hotel está a unos pasos de Lincoln Road, la calle donde están todas las tiendas interesantes.
Encontré por el camino a poca gente, los negocios abriendo sus puertas, los restaurantes preparándose para los desayunos tardíos de los que ayer anduvieron de fiesta hasta las tantas. Sin embargo, el Apple Store estaba a reventar de gente. Turistas que como yo aprovechan las ventajas del cambio Euro/Dólar para comprar más barato que en Europa, o de otros países donde los productos de este tipo se gravan con un impuesto desorbitado. 
Mi objetivo era un iPad Mini 5. Mi iPad actual lleva conmigo desde que lo compré en Nueva York en 2011. El pobre ha dado todo lo que tenía que dar y mucho más. Últimamente anda renqueando, necesitado de un merecido retiro. 
Los iPhone 11 me ponían ojitos, dos y tres ojitos, pero resistí la tentación. El que compré aquí hace tres años va como una bala. Puede aguantar alguna temporada más.
En lugar de llevarme mi tesoro sin abrir, me quedé en la tienda poniéndolo en marcha bajo la supervisión de un chico encantador que hablaba español perfectamente y que nos atendía a mí y a todos los que estaban sentados a la mesa a la vez. Un máquina.
Una vez estuvo todo en funcionamiento, me fui a dar una vuelta por Macy’s, Forever 21, Foot Locker, y todas las demás tiendas que me parecieron interesantes. Compré unos Levi’s. Lo que no puede comprar fueron unas zapatillas de deporte Nike que me hacen falta. Había el modelo que quería, a un precio estupendo, pero no me encontré cómoda con ellas.
Cayó un chubasco tremendo mientras estaba en la casa Nike. Yo me enteré al salir, cuando lucía el sol de nuevo. Estaba toda la calle encharcada y se notaba el ambiente mucho más húmedo y caluroso. 
No hace tanto calor como hace tres años. Se soporta perfectamente, aunque no deja de ser un calor húmedo pegajoso.
Estuve en una de esas farmacias que hay por aquí, en las que se vende más un poco de todo que medicamentos. Tenían caretas para Halloween, souvenirs, chocolatinas de todo tipo, bebidas variadas, leche condensada La Lechera, bolas de nieve de pega para jugar dentro de casa y Kit Kat que brilla en la oscuridad. 
Los precios de la comida son disparatados. Ya os conté la otra vez que vine a Florida que el agua de botella sale más cara que la Coca Cola. Una caja de cereales cuesta alrededor de cinco dólares. La botella de medio litro de Coca Cola de cereza que compré para tener en el hotel me costó 2,19 dólares.
A las dos de la tarde me acerqué a Five Guys a probar sus hamburguesas, las preferidas de Obama. Menos mal que pedí la opción pequeña. Son las nueve y pico de la noche y aún me dura el atracón. 
Lo mejor son las patatas. Están cortadas y preparadas allí mismo, fritas en aceite de cacahuete. Te entregan la comida en una bolsa de papel, con las patatas dentro de un vaso de plástico. Al sujeto que preparaba los menús debí de caerle bien porque volcó la cesta de la freidora en mi bolsa, dejando caer todas las patatas que había. Una barbaridad de patatas.
La bebida te la tienes que servir tú en un dispensador de refrescos chulísimo. Hay un montó de sabores diferentes. No se me ocurrió mejor idea que probar la Coca Cola de frambuesa. Nada recomendable. Nada comparable con el magnífico sabor de la Coca Cola de cereza que me estoy tomando ahora mientras os escribo.
Después de comer subí a la habitación del hotel para meter las chanclas y el bronceador en la mochila, por si me daba un aire y me metía en la playa. No me metí en la playa. Di una caminata larguísima por el paseo marítimo en dirección norte, pasando por todos los hoteles de lujo que tienen piscina y acceso directo a la playa. Unos cuantos estaban en obras, entre ellos el Ritz Carlton, justo enfrente de mi hotel.
De uno de los hoteles salió un camarero con una cajita de madera con comida para uno de sus huéspedes que estaba en la zona privada de la playa tumbado en una hamaca. Son esas cosas que tiene ser rico.
Soplaba bastante viento, pero se agradecía porque mitigaba la sensación de calor.
Cuando me cansé de caminar me subí a un autobús con forma de tranvía que circula de manera gratuita arriba y debajo de Collins Avenue. Quería ver la parte más al norte de South Beach. Pasamos por la zona donde están las casas de Julio Iglesias y otros pobres hombres. Subieron varios adolescentes hispanos cuya conversación podría haber tenido lugar en cualquier lugar de España. Comparaban a los jugadores del Real Madrid y el Barcelona. Pasamos por un negocio llamado “Churros Manolo”.
En cierto momento el chófer paró el vehículo y se bajó dejándolo en marcha con nosotros dentro. Ahora vengo, dijo. Se metió en un parque para volver al cabo de diez minutos. Dejo a vuestra imaginación lo que sucedió en ese parque.
Los asientos del autobús/tranvía son bancos de la calle atornillados al suelo. Llamarlos incómodos se queda corto.
Hoy he visto Miami con otros ojos. Me ha gustado un poco más.
Como me bajé junto al hotel, subí un momento a descansar. Luego estuve husmeando por la zona de la piscina. Hay unas ventanas redondas desde las que puedes ver a la gente dentro del agua.
Me acerqué de nuevo a la farmacia que vende de todo para inspeccionar pasillo por pasillo en busca del encargo que me ha hecho Dani. Cuando viajo recibo encargos de lo más variopintos, pero creo que éste se lleva el premio.
Hay una película llamada Zombieland que no he visto porque no me van las cosas de zombies. Parece ser que tiene lugar un apocalipsis zombie, durante el cual el protagonista no tiene mejor idea que ir a buscar los Twinkies que quedan sin comer por el mundo. Pues Dani quiere comer Twinkies, así que Dani va a comer Twinkies.
Me llamó Alex para quedar para comer mañana. Va a venir desde Fort Lauderdale a pasar la tarde conmigo. Alex es la que tiene iguanas viviendo en el embarcadero de su casa, muy a su pesar. También me comunicó que la naviera le ha cancelado la visita de trabajo que teníamos programada para el sábado por la mañana a bordo de un crucero aquí en el puerto de Miami. Una lástima.
Di un corto paseo hasta que anocheció poco después de las siete. Estuve por Española Way, una calle peatonal que conocí completamente destripada y que ha quedado muy bonita, con terrazas de restaurantes españoles e italianos.
A las siete y media volví al hotel definitivamente. En recepción pedí hielo para mi Coca Cola de cereza. A esta hora aún estoy esperando a que alguien venga a traérmelo, aunque no ha hecho falta. La nevera de la habitación está vacía, para que metas dentro lo que quieras. La temperatura dentro es suficiente para congelar pingüinos. 
Me voy a la cama sin cenar. Sigo haciendo la digestión de la comida.
Buenas noches desde Miami.








24 oct 2019

Una cateta en Miami (Día 1)

Seis de la mañana. Ducha rápida, desayuno y pitando para la estación de tren a pie. Esta vez cambié de sistema, yendo en tren hasta Madrid y desde allí en avión hasta Miami. 
El tren iba medio lleno. Fue un viaje sin nada digno de reseñar. 
Ese tren tiene la mala costumbre de descarrilar de vez en cuando o frenar justo a tiempo para no destripar a una cabra muerta en la vía, que a veces puede ser un caballo. A mí no me ha pasado nunca, pero tengo un compañero que salió en la portada del periódico arrastrando la maleta por el campo hasta llegar a la carretera más cercana, donde un autobús los recogió para llevarlos a la siguiente estación.
Estuve viendo un par de episodios de una serie inglesa muy buena, Bletchley Park, que aprovecho para recomendaros. Está ambientada en los años 50. La gente fuma sin parar. Tal fue la concentración en la pantalla del iPad y lo que estaba sucediendo en la trama, que me empezó a oler a tabaco, hasta que me di cuenta de que el olor era real y nos venía por el conducto del aire. Alguien, en algún lugar del tren, se estaba saltando la prohibición de fumar.
Es como en el gimnasio, donde alguna gilipollas no puede esperar a salir a la calle y se pone a fumar en las duchas aprovechando los vapores del agua caliente, como si el olor fuera a ocultarse como el humo.
Llegamos a Madrid a las 11:40. Fui la primera en salir del tren. 
Aunque existe un tren directo desde Atocha al aeropuerto de Barajas, lleva sin funcionar desde junio por obras en el túnel de Recoletos. Hay que ir hasta Chamartín y allí cambiar a otro con destino aeropuerto. No fue nada complicado. Tardé unos 45 minutos en total. Además, es gratis. El trayecto va incluido en el billete de larga distancia. Sólo hay que ir a una máquina expendedora, poner el código QR en una pantallita y esperar a que te escupa el billete de cercanías.
En Madrid hacía un frío importante. Llovía también, pero no me mojé porque anduve todo el tiempo por andenes y estaciones.
Nada más llegar a Barajas me quité el chaquetón y lo metí en la maleta, porque ya no me va a hacer falta hasta el mes que viene.
Facturé muy rápido. La maleta pesó 16.5 kgs. Es algo más de lo habitual. Aunque llevo ropa ligera de verano, he metido cosas que a lo mejor no me van a hacer falta, como un tubo y las gafas de la piscina, por si hago snorkel. También llevo una peluca verde, una nariz postiza con verruga y un sombrero de bruja, que ya os contaré para qué, pero eso será la semana que viene.
Pasé el control de seguridad sin que me tocara nadie. La edad es lo que tiene. Voy perdiendo el aspecto de terrorista para ir tomando el de señora respetable de mediana edad.
Eché un vistazo a las tiendas y me fui hasta la T4S en el trenecito subterráneo, en el que viajaban dos azafatas de Latam, la línea aérea chilena. Los zapatos de la foto son parte del uniforme. ¿Quién en su sano juicio diseña un uniforme con esos andamios sobre los que tienen que sostenerse durante horas? 
Al llegar, estuve viendo más tiendas. Me entró hambre y me senté a comer mis bocadillitos de jamón y queso. Ahorras una pasta llevando la comida de casa. Un plátano costaba dos euros en uno de los mostradores de comida. Al menos han reducido el precio del agua a 1 euro la botella, tras las quejas continuas de los viajeros por los precios desorbitados. Yo llevo mi botella rellenable. 
Junto a mí y a mi espalda estaban sentadas dos familias de Puerto Rico que venían de un crucero por Italia y las Islas Griegas. Tuve que prestar atención a la conversación porque lo primero que oí nada más sentarme fue lo siguiente: “Yo maté a todo el mundo con galletitas”. Esto salió de la boca de una señora entrada en los sesenta con aspecto de no haber matado una mosca. Lo que quería decir es que llevaba galletas como regalo para todo el mundo. Deducción tras escuchar el resto de la conversación.
Hacia las dos y media fui caminando hasta la puerta de embarque de mi vuelo, con dos horas de antelación según nos recomendaban por megafonía. Para viajar a Estados Unidos hay que pasar tres controles en total, el último a unos metros de la puerta, la del fondo del todo de la T4S. Al lado de la nuestra estaba la del vuelo de Nueva York/JFK. No me hubiera importado nada cambiarme. Aunque ellos salían 15 minutos después que nosotros, estaban todos dentro cuando a nosotros nos quedaba la mitad del avión por embarcar. Perdí la cuenta del número de sillas de ruedas empujadas por empleados del aeropuerto que llevaban a pasajeros para dentro.
En la zona de embarque me senté detrás de una señora que viajaba con sus dos hijos pequeños. Ella hablaba Spanglish, pero cuando se dirigía a ellos lo hacía en un perfecto inglés. Me enteré de que es norteamericana de origen cubano, vive en Mallorca, los niños van a un colegio inglés y también estudian alemán, el marido tiene un restaurante en Soller y ella decora locales. Su hermano regenta una armería en San Juan de Puerto Rico, donde tiene como clientes a agentes del FBI, a los que vende chalecos antibalas. La gente, que es muy poco discreta hablando de su vida privada con desconocidos.
Estuvo al teléfono con alguien al que le contó que ella y los niños habían comido “sopa de matansas” y “bisté empanisado”. No tardé ni dos segundos en sacar la libreta para apuntarlo. Seguro que al querer contarlo aquí habría sido incapaz de recordarlo. También dijo: “¿Me pusiste la secadora? Oh, my God!” 
Mientras tanto, el hijo pequeño daba vueltas alrededor de la fila de asientos con un patinete maleta mientras su hermano cronometraba el tiempo en cada vuelta. El chaval se fue envalentonando de tal manera que redujo el tiempo en diez segundos y aumentó las posibilidades de estrellarse contra alguno de los ya lisiados en sus sillas de ruedas.
Un judío con kipá estaba pegado al cristal del fondo, vestido de traje con los flecos blancos saliendo por debajo del faldón, inclinando la cabeza y dando pasitos adelante y atrás. Supuse que rezaba. No era el único con kipá en la cabeza. Tanto para nuestro vuelo como para el de Nueva York había unos cuantos.
Seguro que Vilma se está riendo desde Israel leyendo esto, tomándome por cateta porque me llaman la atención los judíos. Querida, es que donde yo vivo sólo hay moros y cristianos.
Me hubiera gustado haber dormido una mini siesta mientras esperábamos para embarcar. No me atreví. Viajando sola, siempre existe el peligro de quedarme sentada con la boca abierta y mirando para dentro mientras el vuelo parte sin mí.
Entré en el avión entre los últimos pasajeros. Ya hace tiempo que aprendí que si no tengo que meter una maleta arriba, no merece la pena pelearse por entrar entre los primeros. Dejo que la gente se vaya acomodando y entro caminando por el pasillo tranquilamente hasta mi asiento.
Delante de mí se sentó una familia árabe a la que ya había echado el ojo en la terminal. Eran un matrimonio bien entrados en los setenta con un hijo de unos 40. La madre no abrió la boca más que para comer. Vestía una túnica de lunares enormes en negro y morado, con un pañuelo en la cabeza del mismo morado que los lunares. El marido, que entró en silla de ruedas, no se quitó el sombrero fedora en todo el viaje. En lugar de ir sentados juntos en la misma fila, iban uno detrás del otro. Cuando íbamos por la pista a punto de despegar, el señor se levantó de su asiento por motivos que desconozco. El hijo tuvo que llamarlo al orden.
A mi lado se sentó un matrimonio que por el acento debían ser de la zona de Levante. El ocupaba algo más del espacio de su asiento, obligándome a encoger el brazo izquierdo. En cierto momento sacó su portátil para trabajar, ocupando incluso algo más de mi espacio vital.
Nada más despegar intenté dormir un poco, pero me fue imposible. Me puse el antifaz, mi almohada cervical y conecté los auriculares a la pantalla del asiento escogiendo una música que se suponía que servía para dormir. Cierto es que me relajé bastante durante media hora, pero eso fue todo.
Hablando de almohadas, vi a dos extranjeras cargando con almohadas de verdad para dormir en sus aviones.
A las seis nos sirvieron la cena. Yo me había comido uno de mis bocadillitos no hacía mucho, así que deseché el cuscús y me centré en el plato principal, pasta con salsa de nata, trocitos de zanahoria y brócoli. No estaba mal. La otra opción era pollo, pero no me llamó la atención cuando se lo vi a la señora del señor que me ocupaba el sitio.
En el avión viajaba Cuca García de Vinuesa, esa señora que salía en programas de cotillas. Yo, que no veo la tele, tuve que preguntar en mi propio grupo de cotillas. Me sonaba la cara pero no era capaz de ponerle nombre. Fue Stella quien me informó. Iba con modelo antesmuertaquesencilla, de blanco nuclear, con bailarinas blancas y un pellejo por encima. Tuvo que pasar frío, seguro. Yo hice todo el viaje con la manta roja de Iberia encima, sin quitarme el forro polar.
Después de cenar, las azafatas nos apagaron las luces y bajaron las persianas de las ventanillas para obligarnos a dormir. Yo creo que lo hacen para que las dejemos en paz un rato. Nadie se pone a dormir a las siete de la tarde. No les salió del todo bien. Pasado un rato, los pasajeros se levantaban a pasear, al baño o a acercarse al final del avión a pedir Coca Colas.
Después de ver otro par de episodios de Bletchley Park y la película 70 binladens, me levanté al baño para estirar las piernas. El avión era una pocilga, con servilletas por los suelos, fundas de plástico de las mantas por todos lados y gente paseando a oscuras desorientada, entre ellas la de la túnica de lunares.
De once a doce de la noche conseguí dar una cabezada. Tengo fundadas sospechas de que incluso estuve con la boca abierta un rato. Menos mal que no iba ningún conocido a bordo. Quizás aparezca en el blog de algún vecino de avión como la loca de la boca abierta. 
Volví a sentarme un poco desesperada. Estaba en esa fase del viaje en la que la rabadilla te palpita, quieres tumbarte y no puedes y estás dispuesta a bajarte en marcha.
A las dos menos cinco de la madrugada, ocho menos cinco de la tarde en Miami, por fin aterrizamos en tierras americanas.
Después de un recorrido en un trenecito interior y miles de pasillos con cintas, llegué al control de acceso al país. Primero esa máquina que te pregunta si has tratado con animales y si vas a meter productos cárnicos, y que luego te saca una foto y te escupe un papel que dice que pases por un mostrador a retratarte con un policía de fronteras. 
Aunque las colas no eran multitudinarias, el proceso fue lento porque la mayoría de los accesos estaban vacíos. No fue hasta las ocho y media que entró un turno de funcionarios nuevos y aquello se agilizó bastante. 
A mí me tocó con el agente Smith, un negro muy amable que me habló en castellano con alguna palabra en portugués. Cuando me preguntó de dónde venía y le contesté que de Madrid, su siguiente pregunta fue: ¿No traerás jamón? A lo que tuve que responder inocentemente que llevaba en la mochila un mini bocadillo de jamón que no había sido capaz de comerme durante el día. Me sonrió y me dijo que no me preocupara, pero me pegó al pasaporte una etiqueta naranja y llamó a un compañero para que me escoltara en dirección contraria a la que tomaban todos los demás pasajeros que pasaban por el control, exceptuando a un negro con pinta sospechosa. 
Tuve que caminar un rato siguiendo instrucciones del escolta, hasta que llegué a otro control, justo después de la cinta de recogida de equipajes, donde mi maleta pasaba seguramente dando su décima vuelta.
Me puse en cola porque estaban atendiendo al negro sospechoso. Le vaciaron la mochila completamente, le vaciaron la cartera, le sacaron la tarjeta SIM del móvil. Dejé de prestarle atención cuando me llamaron a mí desde otro mostrador, donde me atendió un funcionario amabilísimo, al que le entregué el bocadillo, que cogió con unos guantes azules como si fuera una rata. Me sonrió, me agradeció haber declarado la llegada del bocadillo a América y me despachó sin más novedad.
Me dirigí al MIA Mover, un trenecito que conecta con la zona donde se alquilan coches y se toman los trenes y autobuses. El bus 150 iba medio vacío, así que el trayecto hasta South Beach fue mucho más rápido que hace tres años. Eran las diez y cuarto de la noche cuando tomé posesión de mi habitación.
Lo primero que hice fue darme una ducha y cepillarme los dientes. El mando de la ducha sólo permite cambiar la temperatura, no la potencia. El agua sale como esos manguerazos que les dan a los locos en los manicomios. Al mojarme la cara tuve que sujetarme la nariz para que no me la arrancara. 
En la pared del baño hay un salvavidas colgado. Es todo un detalle que traten de evitar ahogamientos en la bañera.
Quiero aprovechar el momento para despedirme y rendir un homenaje a mi maleta azul, que por fin disfruta de una merecida jubilación tras acompañarme por muchos países en varios continentes, por tierra, mar, aire y burro. Su sustituta es de color naranja y tapa dura. A ver lo que me dura. De momento ha llegado con todos los bordes manchados de negro.
23 horas después de levantarme en mi casita, por fin he podido poner los pies en alto.
Buenas noches desde Miami.






26 may 2019

Una cateta en Grecia (Día 9) ΈναβλαχαδερόστηνΕλλάδα



Desperté a las siete y media. Me quedé en la cama con los ojos cerrados hasta que a las ocho sonó una alarma en la calle, a continuación el móvil de Despina, los pasos de Despina corriendo hacia el teclado de la alarma. No fui yo, esta vez no fui yo. Tatsoula abrió la ventana de su habitación sin desactivarla.
Alucinante lo rápido que llamaron a Despina desde la empresa de seguridad.
A las diez nos reunimos las cuatro en la cocina a desayunar en la pesada mesa de madera que ayer estuvimos cambiando de sitio. Ahora está mucho mejor.
Nos asomamos a ver la casa de enfrente, donde según el marido de Despina, vive una actriz porno. Lleva las domingas operadas, tiene siempre las persianas bajadas, y guardaespaldas las 24 horas. El retrete portátil que se ve en la foto es para que no tengan que entrar en la casa a molestarla.
A las doce menos cuarto me levanté a cerrar la maleta. Según el pesador de maletas, se pasaba en kilo y medio del límite permitido. Va llena de chocolate y objetos varios que me han regalado.
A las doce menos cinco minutos, en una demostración de puntualidad desconocida en este país, María Christina y su marido aparecieron a recogerme en un BMW con tapicería de cuero color vainilla para llevarme al aeropuerto. No había apenas tráfico en la carretera. Tardamos un poco menos de media hora.
Niko se quedó en el coche mientras nosotras íbamos dentro con mi maleta y la caja de bombones Leonidas que me regalaron como despedida. ¿Qué habré hecho yo para merecerlos?
Facturé entre los primeros viajeros, después de una excursión de zangolotinos madrileños acompañados de sus profesores.
Después de dar una vuelta por las tiendas, fui a mirar los paneles para buscar la puerta de embarque. Nos anunciaban un retraso de una hora y cinco minutos en la salida del vuelo de Iberia.
Me senté pacientemente a esperar. 
Estuve dándole vueltas a la foto que saqué ayer mientras desayunábamos en el resort. ¿Para qué se molestan en hacer una puerta y unas escaleras que conducen a un estanque lleno de agua y piedras?
A las cuatro menos cinco apareció por la pista nuestro avión procedente de Madrid. Salieron de allí con retraso por culpa de una reparación.
Nos embarcaron a las cinco menos veinte y salimos a las cinco. 
A mi lado se sentaron dos portugueses que durmieron con la boca abierta y que no me ofrecieron ninguna anécdota sabrosa para contaros.
A mi alrededor viajaba un equipo de trabajo que tenía toda la pinta de ser del rodaje una película. Eran de varias nacionalidades. El que se sentaba delante de mí se dedicó a hacer ejercicio sin levantarse del asiento. Lo mismo se elevaba sujetando su peso sobre los brazos apoyados en los reposabrazos que hacía estiramientos. Pero el campeón fue el de mi derecha. Un verdadero profesional de los viajes. Iba perfectamente equipado con auriculares de los que suprimen en ruido externo y un antifaz de nivel.
Aterrizamos en Madrid a las siete y cinco, ya en hora española. Debió de meter la sexta el piloto porque recuperamos más de media hora del tiempo perdido en Atenas. 
Gracias a que la puerta de embarque del vuelo de Sevilla estaba justo enfrente de la salida del vuelo de Atenas no perdí la conexión. Entré la última a bordo. 
Me senté junto a una pareja que no se dirigió la palabra en todo el camino. Es lo que tiene volver medio muerto de las vacaciones.
Dos filas por delante de mí iba sentada una pareja que conozco y no veía desde hace años, tantos que no les conocía a los dos hijos que llevaban consigo. El pequeño nos dio el viaje, primero hablando sin parar y luego llorando porque se quería sentar junto a su mamá.
Aterrizamos en Sevilla con diez minutos de adelanto. 
Mi maleta no llegó a salir nunca de la cinta de equipajes. Ha decidido continuar las vacaciones por su cuenta. La de la monja sí llegó. Digo yo que será porque tiene enchufe. Y yo me pregunto, ¿no es un poco sospechosa una monja que viaja sola y con tanto equipaje? ¿Cuántos hábitos y pares de bragas necesita una monja?
El chico del mostrador de reclamaciones fue muy amable y eficaz. Me informó de que, por el momento, no hay noticias de la huida. 
Los bombones Leonidas estaban a salvo en mi mochila, por lo que no me preocupé mucho por la desaparición. Ya volverá la muy traidora. Esto le va a costar acabar en el contenedor de basura. 
Mi taxista favorito me esperaba pacientemente en la salida. Nos tomamos un refrigerio antes de emprender el camino a casa con la puesta de sol frente a nosotros.
El estómago bien, gracias.
Buenas noches desde mi casa.









Una cateta en Grecia (Día 8) ΈναβλαχαδερόστηνΕλλάδα

A las cinco de la mañana desperté de repente. Inmediatamente supe que el demonio me había poseído y tenía que salir de mí como fuera. 
Me encerré en el cuarto de baño para no molestar a Nuvara y esperé hasta que salió por casi todos los orificios de mi cuerpo al cabo de una media hora.
Nuvara se despertó y me preguntó si necesitaba algo desde detrás de la puerta. Tardé un poco en contestar porque tenía la boca ocupada. 
Volví a acostarme cuando me encontré en condiciones. No tardé mucho en entrar en coma hasta las siete y media. A partir de esa hora estuve despierta aguantando para descansar un poco más. A las ocho y media nos levantamos. Mientras Nuvara cerraba su equipaje os estuve escribiendo.
A las diez fuimos a desayunar. Muchas miembros de WISTA estaban en la terraza disfrutando del sol y sus cafés. 
Anna-María, Vivi, Nuvara y yo compartimos mesa con los pájaros, a pesar de haber pasado por allí el halcón a poner orden.
Comí un par de rebanadas de pan y un zumo de manzana. Descubrí un recipiente gigantesco con crema de praliné que tendría que haber descubierto ayer en lugar de hoy. Me sentí incapaz de comer chocolate. Así de mal me encontraba.
Después de hora y media de desayuno charlando con unas y otras, fuimos a cerrar el equipaje y hacer el check out. Tardamos un rato largo porque era la hora límite para dejar las habitaciones.
Nuvara subió al coche de Anna-María, Despina llevaba en el suyo a Anna, Tatsoula y mi maleta, y yo subí con Vivi. 
La idea era parar todas a ver el canal de Corinto, pero las del coche de Despina se despistaron por el camino. 
Estuvimos sacando fotos y un video de un quimiquero saliendo del canal camino de mar Egeo. Con esto cumplo con todo lo que tenía programado hacer en Grecia durante este viaje.



El Canal de Corinto une el golfo de Corinto con el mar Egeo, y a la vez separa el Peloponeso del resto de Grecia. Mide apenas 6 kilómetros de largo y fue construido en el siglo XIX, aunque llevaban desde el siglo VII a.C. intentándolo. Tuvieron que venir unos ingenieros franceses con dinamita de la buena para llevarlo a buen término. Sólo los barcos pequeños pueden atravesarlo, porque tiene un ancho de 21 metros y un calado de 8. Aún así, el tránsito es constante. Te ahorras un rodeo de 400 kilómetros alrededor de la península del Peloponeso.
Nos sentamos en la terraza de un restaurante de mala muerte pero con una vista privilegiada a la salida del canal. Hay un puente que se hunde para dejar pasar los barcos. Cuando sube, vuelve cargado de peces sorprendidos en el momento más inoportuno.
Las cisternas del baño y los grifos de los lavabos se accionaban pisando un botón en el suelo.
Comimos souvlaki  y patatas fritas. Me entró muy bien.
Nos reímos muchísimo cuando Vivi nos contó que en su familia hay un miembro que saca fotos a los muertos. Cuando murió un pariente, todos tuvieron derecho a un pendrive con el reportaje fotográfico.
A las cuatro y media nos despedimos de Vivi, que se quedaba por la zona para poder votar mañana en su pueblo. Seguí el camino en el coche de Anna-María.
La expedición del coche de Despina y mi maleta habían llegado a destino cuando nosotras aún estábamos saliendo de la zona de Corinto. 
No paramos a ver la ciudad por falta de tiempo y porque los corintios son gente de vida disipada. San Pablo les tuvo que escribir unas cartas para llamarlos al orden.
Estando en el coche nos llamó la madre de Anna-María, que se acababa de bajar del Celebrity Edge en el puerto de Civitavequia. Me estuvo contando que habían tocado puerto en Bilbao y La Coruña. 
Anna-María acelera cuando un semáforo se va a poner en rojo y maneja el teléfono mientras conduce.
Dejamos a Nuvara en la puerta del aeropuerto, con el tiempo justo para facturar y tomar su avión a Estambul. Nosotras nos dirigimos a Glyfada para encontrarnos con las chipriotas en casa de Despina, que tiene vivienda en Limassol y aquí. 
Flipé con la chabola. Es un dúplex con un salón espectacular, cuatro dormitorios en la parte de arriba y una enorme terraza. 
En la cocina estuvimos charlando y cambiando los muebles de sitio siguiendo instrucciones de Anna Vourgos.
Anna-María se despidió de nosotras sobre las ocho y media para volver a su casa en Kifisia.
Como teníamos reservada mesa para cenar a las nueve, salimos de casa con tiempo para llegar a las nueve y cuarto.
Cenamos en la terraza de un restaurante de pescado. A las diez se nos unió María Christina, que vive cerca, en Voula y tuvo la amabilidad de invitarnos a todas.
A Tatsoula se le murió un hijo hace seis años. Cuando se acuerda de él se le saltan las lágrimas y a todo el mundo alrededor igualmente. Esta vez, sin embargo, pasamos a la risa floja de inmediato, y así seguimos hasta llegar de vuelta a casa a la una y cuarto paseando por la zona residencial.
Anna, que tiene risa de fumadora muy contagiosa, dijo una frase en dialecto chipriota, de la que únicamente entendí la palabra “Satanás”. Le pedí que tradujera al inglés lo que había dicho. Me contestó que estaba hablando de su suegra.
Despina nos pidió que dejáramos la luz del salón encendida. Todos los vecinos lo hacen como medida para despistar a los ladrones.
En las zonas de clase alta hay bastante protección. Se dan casos de robos y secuestros a armadores millonarios.
Antes de acostarnos nos dio instrucciones de cómo desactivar la alarma, para que no acabara pasando como en casa de María.
Buenas noches desde Atenas.




25 may 2019

Una cateta en Grecia (Día 7) ΈναβλαχαδερόστηνΕλλάδα

Dormí pocas horas pero muy bien. La cama es cómoda y no sentí a Nuvara en toda la noche.
Antes de salir a desayunar, se dedicó a perseguir a una mosca por la habitación para sacarla por la puerta del jardín sin matarla. Nuvara es incapaz de matar una mosca, literalmente.
Gracias a Dios, la zona de desayuno está a pocos metros de nuestra habitación. Caso contrario, probablemente me habría perdido por el camino. 
Pocas miembros de WISTA estaban levantadas temprano. Una alemana que vive en Chipre me estuvo contando que algunas acabaron bailando en una discoteca del resort hasta las dos y media. Parece ser que hay aquí un congreso de hombres portugueses y que se les saltaron los ojos de las órbitas cuando se enteraron de que hay un congreso de ciento y pico mujeres. Va a ser que no, queridos.
Por razones que desconozco, se paseaba por el comedor una señora con un ave rapaz tranquilamente posada en su brazo.
Mi estómago parece estar de nuevo en su sitio, así que me arriesgué con un huevo escalfado, una tostada y una galleta. Viviendo peligrosamente.
Fui a registrarme para la conferencia. Como era temprano, di un pequeño paseo por el resort. Aquí te pierdes y no te encuentran en años. Tengo la teoría de que puedes no volver nunca a casa y nadie se va a dar cuenta. Desayunas fuerte, te duchas en la piscina, mantienes un perfil bajo todo el día y luego duermes en cualquier rincón de este laberinto, sobre una hamaca o una butaca. Se puede entrar y salir desde la playa privada sin que controlen.
No gano para broncas. María Christina me obliga a corregir que no llegó 20 minutos tarde ayer a recogerme, sino 8. Queda dicho, María Christina. Continúo.
Haciendo honor a la puntualidad griega, la conferencia comenzó a las diez y veinte. La puerta de la sala permaneció cerrada hasta esa hora porque no estaba lista para recibirnos.
Me gustó mucho la organización en mesas redondas
Mientras los primeros ponentes hablaban, saqué el ordenador para trabajar un rato.
A las doce y media, quince minutos tarde,  hicimos la pausa del café, que aproveché para bajar a mi habitación a dejar el ordenador y los regalos que me han hecho. 
La segunda parte de la conferencia se retrasó hasta casi las cuatro, y luego nos llevaron a todas al jardín a sacar una foto, de modo que comimos casi a las cuatro y media. Sirvieron un buffet no muy variado pero bastante sabroso.
Nos sentamos en el exterior, repartidas por las mesas con butacas.
Alguien explicó el motivo por el cual una señora se pasea con un halcón en el brazo. Esto parece la película de  Los Pájaros pero en dibujos animados, porque no dan nada de miedo. Los hay por todos lados y tienen la cara durísima. Se suben a la mesa a picotearte la comida con total tranquilidad. El halcón sirve para que no se acerquen a comerte el desayuno.
Sobre las seis fui de exploración con Vivi. Nos perdimos varias veces. Vimos las tiendas, las piscinas y nos acercamos a ver la playa. No bajamos porque yo llevo calcetines.
Al volver, paramos en una de las terrazas a tomar un gin tonic y un zumo con Anna, otra de las víctimas del vino tinto. 
Le pregunté qué opinión le merecían sus zapatos a su perro chiguagua. Dice que los considera otras mascotas de su dueña.
No os he contado que Vivi colecciona gafas. Cuanto más originales, mejor. Hoy llevaba unas con un ojo redondo y el otro cuadrado. Ayer, cuando viajamos, llevaba unas en tonos pantalón vaquero, a juego con su ropa. Recuerdo haberle visto unas de terciopelo.
A las ocho volví a la habitación para prepararme para la cena. 
Nuvara me ha regalado una variedad de dulces turcos. Este año me ha traído uno que no había visto nunca. Es una cuerda a la que están pegadas unas nueces recubiertas de una goma hecha con el jugo de la uva. Original y riquísimo.
La cena, que tenía que haber empezado a las nueve, comenzó a las diez menos cuarto. En la espera nos estuvimos sacando fotos todo el mundo con todo el mundo. Aquí aparezco con Sadan Kaptanoglu, la nueva y primera mujer presidente de BIMCO, estrella del evento.
En la mesa de la cena me tocó sentarme sólo con dos personas a las que no conocía de antes. Lo pasamos muy bien.
Sin esperar a terminar el postre, el disc jockey, que nos había deleitado con música de jazz durante toda la cena, dio comienzo al baile poniendo Dancing Queen, el himno no oficial de nuestras fiestas. Como siempre, todo el mundo se lanzó a la pista a darlo todo.
La noche acabó con el tradicional sirtaki, bailado por las griegas y las chipriotas.
De la sala de la cena pasamos unas cuantas a una de las terrazas a beber margaritas, whisky, gin tonics y cosas por el estilo. Yo no.
A las tres de la mañana nos fuimos a la cama.
Buenas noches desde Costa Navarino.