8 mar 2012

Una cateta en la quinta puñeta (Estambul, día 2)


A las seis de la mañana en el mundo sin persianas dos pájaros, a los que habría matado de un tiro, decidieron posarse en mi ventana y pasar allí un rato discutiendo. Harta de pájaros me levanté a las siete y encendí el ordenador para imprimir las tarjetas de embarque para esta noche.

Desayuné con Nuvara y me llevó en coche hasta el embarcadero de Üsküdar para coger el ferry con destino a Besiktas. Hacía algo de frío pero no tanto como esperaba. Al llegar a Besiktas fui caminando hasta el palacio Dolmabahçe, en la orilla del Bósforo. Entonces fue cuando empecé a sentir bastante frío. Tuve que ponerme mi gorro andino, que traje en previsión de estas cosas que pasan cuando es invierno. Llegué a la puerta del palacio, pasé el escáner y fui a comprar la entrada. Sólo se puede visitar el palacio en grupos, así que la gente espera hasta que se reúne un número suficiente cada hora y pico. Llevaba en el bolso solamente 15 liras turcas que me habían sobrado del viaje de Mayo. Convencida de que me dejarían pagar con tarjeta, no cambié dinero ayer en el aeropuerto. De todos modos, no es el sitio más aconsejable para cambiar. En Sultanahmet ofrecen mejores precios.

No hubo suerte, no pude pagar con tarjeta. Tuve que salir del palacio e ir a un stand de información cerca de la puerta. Me indicaron que la oficina de cambio más cercana estaba en Besiktas, a unos 15 minutos. Calculé media hora ida y vuelta más la espera de más de una hora para entrar en el palacio con el siguiente grupo y pensé: “La cama donde murió Atatürk se puede quedar sin ver. Aquí hemos venido a lo que hemos venido.”

Tomé el tranvía en Kabatas hasta Sultanahmet. Me bajé en la parada que hay justo al lado del Gran Bazar. Entré por una puerta y me puse a dar vueltas. Llevaba en un papel escrita la dirección de una tienda de bolsos que, aparentemente, pertenece al suministrador de Casa Pedro. Pregunté a un vendedor de pashminas, dejó su tienda al cargo del vecino y me acompañó hasta donde quería ir, aún sabiendo que la tienda estaba cerrada. Quiso demostrarme que no me engañaba. Entonces me ofreció ver otra tienda de bolsos de un amigo suyo. Me llevó a una tienda diminuta y allí me dejó con otro vendedor. Este me preguntó si quería ver un show room de bolsos. Vamos, una exposición para venta. Dije que sí. Cogió unas llaves, dejó la tienda al cargo de un vecino y empezamos a caminar por el bazar. Paramos un momento en la puerta de otra tienda y seguimos caminando. Al cabo de un momento me di cuenta de que el turco que me acompañaba no era el mismo de las llaves. Se relevaron en la última tienda, supongo. Salimos del bazar, anduvimos por unas callejuelas estrechas y entramos en un edificio. En ese momento empecé a pensar si no me estarían secuestrando. Inmediatamente me quité la idea de la cabeza. Soy ya muy mayor y muy fea para que me conviertan en esclava sexual. El turco abrió una puerta metálica y apareció un almacén de bolsos de todas las marcas, colores y tamaños. A pesar de la oferta, no encontré nada interesante. El turco volvió a cerrar la puerta, me dio las gracias y me devolvió al mismo sitio del gran bazar desde donde partí originalmente, en la tienda de pashminas. Como tenía que comprar un par de ellas por encargo, en agradecimiento por su amabilidad, las compré allí.

Después de dar varias vueltas y perderme seis o siete veces, salí por la puerta principal del bazar y fui caminando hasta Casa Pedro, la cueva de Alí Babá, el paraíso de las compras. No había nadie en la tienda cuando entré. Apareció al momento el empleado que nos atendió en Mayo. Me identifiqué y me abrió la puerta secreta que da acceso a esa maravilla indescriptible.

Estuve una hora y media yo sola con el dependiente a puerta cerrada. Han colocado una cámara en el exterior y un televisor sobre la puerta secreta, de modo que pueden ver si alguien accede a la tienda. Tuve tiempo de verlo todo con detalle y comprar tranquilamente. Incluso me invitó a tomar una Coca Cola. Salí de allí con una bolsa enorme al hombro. En ese momento llegaba el dueño de la tienda, el tal Pedro, que no se llama Pedro. Es un turco casado con una azafata de Málaga. Me preguntaba cómo se le había ocurrido a una azafata de Málaga casarse con un turco. Señoras, el turco está de muy buen ver.

Caminé hasta la explanada que hay delante de Santa Sofía y la Mezquita Azul y me senté un rato a ver pasar a la gente. Hacía un poco de frío pero brillaba el sol, así que se estaba a gusto.

Ya está terminada la obra de adoquinado que estaba en marcha en Mayo. Ha quedado bastante bien. Unos chicos se entretenían haciendo correr tres coches teledirigidos a velocidades alucinantes. Echaban humo, hacían ruido y derrapaban. Guay.

Tengo un amigo militar que ha estado destinado en El Líbano hasta hace poco. En sus permisos aprovechaba para ir a Estambul, así que tuvo tiempo de recorrerlo con detenimiento y hacerse con varias direcciones interesantes. Una era la mencionada anteriormente. Me dijo el dependiente de Casa Pedro que esa tienda está cerrada porque la policía le ha robado la mercancía tres veces últimamente. Así, tal cual.

Busqué otra de las direcciones que me facilitó, en la misma calle donde está la Cisterna de la Basílica. Al llegar allí me encontré con que la tienda se llamaba “Finito de Córdoba”. Pensando que me había equivocado, le pregunté al chico que había en la puerta si esa era la dirección correcta. Me dijo que sí, pero que lo que yo quería ver estaba en la puerta de al lado. Me abrió y accedí a un sótano. Creo que voy a hacer una guía de sótanos de Estambul. Era una versión pija de Casa Pedro, con material similar pero mejor presentación. La chica que me atendió era canaria. La dirección está a vuestra disposición. Se ruega máxima difusión.

Al salir de allí bajé hasta el Bazar de las Especies. Entré por un extremo y salí por la puerta que está cerca del Bósforo. Sentí hambre, mucha hambre. No me lo pensé dos veces. Estaba justo al lado del restaurante donde cenamos ayer, así que fui a comerme otro kebab de pistacho y un par de baklavas de postre.

Una vez satisfecho mi apetito, volví a entrar en el Bazar de las Especies haciendo el recorrido inverso para entrar en la Mezquita Nueva, que es nueva de 1663. Estrené una de las pashminas de mi madre para ponérmela en la cabeza. No estaban controlando el uso de velo pero por respeto me lo puse. Muy bonita la mezquita por dentro y sin olor a pies. En el exterior estaban los musulmanes lavándose los pies y las orejas para entrar a rezar. En ese momento tuve que ponerme el gorro andino porque empezó a hacer frío de verdad. Aquellos tíos con los pies al aire, mojados, sin toalla, me daban escalofríos.

Salí de la mezquita porque ya estaban llamando al rezo y no se puede estar dentro haciendo turismo mientras se dan golpes en la cabeza contra el suelo.

Crucé un puente peatonal elevado para llegar a los embarcaderos de Eminönü e identificar el ferry que me llevaría un rato más tarde a la orilla asiática. Una vez localizado, anduve hasta el puente Gálata y me senté en una cafetería en los bajos a tomarme un  vaso de Ayran. Es yogur blanco líquido con ligero sabor agrio. Muy rico.

A las cinco y cinco cogí el ferry que tocó Besiktas antes de atravesar hacia Asia. Me bajé en Beylerbeyi, a unos cinco minutos de casa de Nuvara andando. Lo malo es que el último minuto es una cuesta empinadísima que te deja sin aliento. Al llegar tuve que despojarme de gorro andino, guantes y bufanda aprisa y corriendo porque la casa estaba a temperatura tropical. Nuvara ya estaba allí preparando la cena.

Me di una ducha y me vestí de verano. Çagri llegó enseguida. Cenamos a las siete menos cuarto pasta con tomates frescos y yogur agrio con hierbas desconocidas.

Nos sentamos un rato a charlar en el salón. A las nueve menos cuarto salimos hacia el aeropuerto. Tardamos unos cuarenta minutos. Había bastante tráfico. Nos despedimos de Çagri en la puerta. Hay un control de pasajeros justo a la entrada, así que no puede entrar nadie a despedirte.

Soltamos las maletas, fuimos a pagar las tasas que Nuvara tiene que pagar cada vez que sale del país (15 liras) y accedimos a la zona de tiendas. Estuvimos mirando puros para comprarle a Çagri, pero como la caja de Cohibas costaba 600 euros, lo dejamos para otra ocasión.

En los paneles de información anunciaban un vuelo para Uzbekistán previsto para las 12:00 hrs y retrasado hasta las 22:30 hrs. No me pillan ni muerta volando con Uzbekistan Airlines. Sabrá Dios.

Fuimos a la sala vip de clientes del Turkiye Bankasi o Banco de Turquía en cristiano. Nos sentamos a tomar una Coca Cola y a disfrutar de la red wifi gratuita.

Media hora antes del vuelo fuimos a buscar la puerta de embarque. Había bastante cola porque teníamos que pasar otro control de seguridad. No sé cuántas veces me he quitado el cinturón estos dos días. Para los turcos debo de tener aspecto normal. No me cachearon.

Justo por detrás de nosotras llegó una loca oriental, hablando sola, con pelos de loca y un ataque de nervios. Nos entró la risa porque no paraba de hablarnos y decir cosas sin ton ni son.

Delante de mí había dos señoras de Indonesia porque el vuelo sigue a Jakarta después de dejarnos a nosotras en Singapur. Los pasaportes indonesios son color verde manzana.

Salimos de Estambul sin novedad a las 23:40 hrs. En lugar de mantas nos entregaron unas pashminas, de verdad, lo juro por Snoopy. Luego nos trajeron unos neceseres conteniendo antifaz, calcetines, cepillo de dientes y bálsamo para los labios.

Desde mi sitio puedo ver las butacas de primera clase. Eso sí que es viajar. Hay una azafata disfrazada de chef de restaurante sirviéndoles la cena, y tienen una barra de bar en el frente.

Yo he vuelto a cenar otra vez porque había köfte y no se le dice no a un buen köfte.

La verdad es que en este avión va una gente muy rara. Hay dos que se han cubierto la cabeza con las pashminas y parecen fantasmas. Otra señora despegó tumbada, como si estuviera en el salón de su casa, y nadie le dijo nada.

El avión va medio vacío, así que estamos muy cómodos. Nuvara lleva un rato durmiendo.

Ahora voy a intentar dormir un rato. Es la una y media.

Buenas noches desde…. ¿Irán? Creo que estamos volando por encima.





6 mar 2012

Una cateta en la quinta puñeta (Estambul, día 1)


Primera etapa de mi viaje a la quinta puñeta.

Sonó el despertador a las cuatro y diez. No sabía si era el móvil del trabajo, una pesadilla o qué rayos era aquel ruido atronador. Tras varios segundos de estupidez absoluta desperté, paré el ruido y me levanté. 

Antes de salir de casa desayuné ligero. A las cinco menos dos minutos estaba mi taxista favorito en la puerta de casa. Llegamos al aeropuerto a las seis y diez. Facturé la maleta e intenté colarme en el vuelo de las siete, pero ya estaba completo. El mío salía a las ocho y media.

Mi taxista favorito y yo fuimos a comernos una de esas magdalenas de medio kilo que venden en la cafetería del aeropuerto. La acompañé con un batido de fresa. Ñam, ñam, delicioso.

Nos despedimos a las ocho menos veinte y pasé el control de pasajeros sin mayor problema.

Saqué los billetes hace dos meses, cuando los pilotos de Iberia aún no habían decidido qué días de Marzo irían a la huelga. Intentado evitar el problema, reservé con Turkish Airlines el trayecto hasta Estambul. Sevilla/Barcelona/Estambul. El primer tramo con Spanair. Cinco días antes de irse Spanair a la mierda. Aquel viernes llegué a casa después de un día intenso en el trabajo. Empecé a preparar la cena y encendí la radio. En ese momento Carlos Alsina decía: “Y ahora les vamos a contar lo de Spanair”. Se me cayó el cuchillo de la mano y el estómago se me dio la vuelta, literalmente.

Gracias a las gestiones de mi amiga Nuvara desde Estambul, conseguí un teléfono de contacto de Turkish Airlines en Barcelona. Fueron extremadamente amables y me solucionaron el problema cambiando el viaje con el nuevo trayecto Sevilla/Madrid/Estambul, utilizando Iberia para el primer tramo sin gastos adicionales.

A las ocho y veinticinco estábamos subidos en un avión de Air Nostrum  saliendo con rumbo a la capital. En los asientos de atrás llevaba a una pareja, compañeros de trabajo. El me resultó cargante en un primer momento. Un gilipollas prepotente. Mi opinión fue cambiando a medida que lo oía hablar. Era un científico del CSIC con una historia alucinante de estudios en Cambridge, viajes alrededor del mundo y un padre con ocho hijos de cuatro mujeres diferentes. (Su padre, no él)

Como era Air Nostrum y no Iberia, nos dieron un zumo de naranja y unas galletas. O sea, tercer desayuno de la mañana.

Aterrizamos en Madrid a la hora prevista, pero bajar del avión llevó su tiempo por lo mucho que tardan los aviones desde la pista hasta la T4. Bajé zumbando a buscar la zona de recogida de equipajes. Tras casi media hora aparecieron mi maleta y una bolsa de Louis Vuitton. Los demás pasajeros debieron de facturar sus equipajes con otros destinos. A mí no me dejaron, y aunque me hubieran dejado, no lo hubiera hecho. Maleta perdida seguro. Tampoco hubiera facturado una bolsa de Louis Vuitton. Hay gente que va muy sobrada por la vida.

Siguiente destino: T1. Hay que recorrer pasillos, coger un ascensor, caminar por la calle y llegar a una parada de autobús. El autobús, servicio gratuito, te lleva por todas las terminales de Barajas. Una película.

Al llegar a la T1, después de unos 20 minutos desde que recogí la maleta, facturé enseguida porque había un mostrador especial para los que llevábamos la tarjeta de embarque impresa. La terminal estaba repleta de gente.

En los mostradores cercanos estaban facturando para Bangkok y Moscú. Tailandia, algún día.

Nuevo control de pasajeros. En el escáner miraban los equipajes con mucho detenimiento, formando una cola tremenda. Cuando era la tercera en la cola, la chica de seguridad me miró, sacó unos guantes de látex de una caja y se los colocó como diciendo: “Aquí te estoy esperando.” Y, efectivamente, me estaba esperando. Me hicieron quitar el jersey y pasarlo por el escáner, la de los guantes de látex me cacheó y se entretuvieron en mirar la imagen de mi mochila en la pantalla. Que alguien me diga de qué tengo cara exactamente. No me volví a poner el jersey. Hacía un calor tremendo, aparte del que traía yo conmigo después de las prisas para llegar lo antes posible.

Eché un vistazo a las tiendas sin encontrar nada interesante. Muchísimos chinos se paseaban por allí esperando embarcar en el vuelo para Beijing.

Me acerqué a la puerta B29, de donde salía el vuelo para Estambul. Una cola tremenda de gente ya estaba esperando para entrar. Y un olor horrible. ¡Ay, no! Era el vuelo de Ryanair para Marrakech. Menos mal, menos mal. No hubiera aguantado ese olor cuatro horas seguidas.

Di otro paseo por las tiendas y compré una chocolatina para desayunar por cuarta vez. Las emociones parecen despertarme el apetito. Por cierto, en la cafetería tenían croissants a 2.80 euros. Nos hemos vuelto locos.

En una juguetería vi la mesa infantil de Lego que podéis ver en la foto.

Comenzaron a llegar lo demás pasajeros del vuelo. Un niño turco llevaba dos muñecos casi tan grandes como él, de suficiente tamaño como para ocupar un asiento cada uno. Un grupo musical de melenudos y otro de sudamericanos. Conté seis guitarras de equipaje de mano. Uno de los melenudos me pareció una señora mayor, hasta que se dio la vuelta y le vi el bigote. Gracias a Dios no sacaron las guitarras durante el vuelo.

Embarcamos media hora tarde y nos pasearon por todas las pistas de Barajas hasta llegar a la T4. La pera. Salimos desde la T4 tras casi media hora a bordo. La pista debía de estar asfaltada de ayer o esta mañana. Estaba perfectamente limpia, excepto una caca de gaviota que vi desde la ventanilla.

Me senté en la fila 6, justo detrás de primera clase. Una decisión sabia porque la distancia entre mi asiento y el butacón de primera clase era superior a lo normal. Me

Me quedé dormida un rato, hasta que oí ruido de cubiertos. La comida, la comida. La azafata y yo mantuvimos un curioso diálogo en turco. Me miró, me hizo una pregunta y contesté: “Köfte”. Nos habían entregado un menú hacía un rato y había dos platos a elegir, bolas de carne o macarrones. Supuse que era lo que me preguntaba, así que escogí las bolitas. A los cinco minutos volvió, me soltó otra parrafada en turco y contesté: “Coca Cola”. Nuevo acierto. A la tercera le dije: “No, thank you”. Supuse que me estaba ofreciendo café. Que no vuelva una cuarta vez, porque ya no sé qué más podemos hablar ella y yo. No volvió, menos mal.

Fui al baño un poco antes de aterrizar. Como tengo que tocar todos los botones, quién me manda, había uno que decía: “Pulsar aquí para abrir el espejo”. Y yo pulsé. Se abrió el espejo, enorme espejo. Detrás sólo había rollos de papel higiénico. Intenté cerrarlo y no hubo manera. El enorme espejo se quedó abierto y se me pegaba al cuerpo mientras intentaba subirme los pantalones, a la vez que sufríamos leves turbulencias.  Con gran dificultad finalicé la maniobra, abrí la puerta del baño y salí como si no hubiera pasado nada, con cara de inocente.

Llegamos a Estambul a las seis, media hora tarde. Bajamos del avión en medio de la pista, sin finger ni nada. Frío que te cagas. Nos metieron en un autobús. Uno de los músicos sudamericanos pronunció la siguiente frase: “Me duele la cabeza por todo el cuerpo.” Ahí queda eso.

Una vez en la terminal, salí disparada a sacar el visado para evitar colas. Al llegar no había nadie esperando. La gestión duró segundos. Puse los 15 euros encima del mostrador, me pusieron la pegatina y listo. ¡Qué morro le echan!. Mi maleta ya paseaba por la cinta, en perfecto estado. Salí de allí en busca de Nuvara, que me esperaba en una cafetería cerca de la salida. Tomamos algo allí y cogimos el coche para ir a cenar a orillas del Bósforo. Dije bien claro hace días dónde quería cenar y qué quería cenar. Kebab de pistacho y baklava de postre. Nuvara había reservado mesa, así que disfrutamos de un lugar en la terraza acristalada, con vistas al Cuerno de Oro, la Torre Gálata y el Bósforo, con las varias mezquitas de los alrededores iluminadas. Espectacular. Se unió a nosotras Çagri, el marido de Nuvara. Es un tío simpatiquísimo. Está siempre de guasa.

En una mesa cercana diez americanos pidieron un kebab gigante para cenar. Hubo aplausos cuando llegó. Tuvieron que llevarlo entre tres camareros.

La cena finalizó con una deliciosa baklava, hojaldre con pistacho y miel.

Desde allí fuimos en coche hasta la Torre Gálata. Justo debajo hay un café que debe estar estupendo en verano pero en Marzo es un horror. Dos grados y viento. Tomamos algo y nos fuimos a casa. Atravesamos el puente sobre el Bósforo y entramos en Asia. Ahora estamos los tres cómodamente sentados en el salón, con la calefacción a tope y a punto de acostarnos.



Buenas noches desde Constantinopla.






18 sept 2011

Una cateta en Estocolmo (Día 8)

Me levanté a las ocho y media y terminé de hacer el equipaje. ¿Cómo puede ir la maleta a reventar si no he comprado nada? Es un misterio similar al de la Virgen de Fátima.
Bajé a desayunar a las nueve y media y me encontré con bastantes miembros de WISTA en un estado lamentable. Esto mata a una vaca.
Dos extraños personajes bajaron a desayunar para regocijo de todas. Conclusión tras largo debate: es una bata con piernas. Bajaron a desayunar en bata, descalzas, sin peinar. Suecas. Hasta las once estuve en el comedor charlando y despidiéndome de todo el mundo. Subí a buscar la maleta y me fui con dos turcas al aeropuerto de Arlanda en taxi. Sale más barato que el tren cuando son dos personas o más. Tardamos una media hora en llegar.
Había un Jumbo aparcado en medio del campo. Nos dijo el taxista que era un hotel.
Nos separamos para facturar. En el mostrador de Iberia había una pareja joven, él español y ella sueca, con un bebé y seis maletas. Tardaron exactamente 20 minutos en facturar el equipaje. También había una familia de sudamericanos con tres enormes maletas envueltas en plástico cada uno y una caja de cartón. A ese ritmo no me quedaba claro si íbamos a poder despegar o nos iba a pasar como al barco del museo Vasa.
Cuando dejé mi maleta llegaron Sara y su marido, que volaban conmigo. Estaban hospedados en un hotel diferente, por eso no fuimos juntos al aeropuerto.
Pasamos el control de seguridad sin ser cacheados. Se me debe de estar poniendo cara de ciudadana honrada porque ya van varios viajes que no me tocan.
Nos sentamos a comer unos bocadillos de salmón. Aparecieron Carmen, Laura y Sonia, que volaban a Barcelona. Estuvimos todos juntos un rato y luego nos levantamos a ver las tiendas. Sólo compré un libro. Vuelvo con bastantes coronas sin gastar. Espero que el banco me las cambie porque no tengo intención de volver por allí si puedo evitarlo.
Laura compró a sus dos niños unos caballitos de Dala.
Diez minutos antes de la hora fijada para el embarque estábamos entrando en el avión. Estos suecos son la pera. Finalmente no pudieron salirse con la suya y tuvimos un retraso de quince minutos porque tres pasajeros que habían facturado su equipaje no aparecieron y hubo que bajar sus maletas por motivos de seguridad. Me pregunto qué rayos estaban haciendo perdidos por el aeropuerto sin embarcar. ¿Comprando caballitos de Dala?
Se te tiene que quedar una cara de idiota impresionante cuando pierdes el avión estando en el aeropuerto.
Como el vuelo iba lleno de españoles y sudamericanos, había niño gritando, niño con cara de indio peruano correteando por el pasillo y españoles de pie charlando en el pasillo. Yo me incluyo en esta última categoría. Me levanté a hablar con Sara y Carlos, que iban sentados tres filas por delante de mí.
Un argentino con mucha labia, como todos los argentinos, comentaba que no le extrañaba que los suecos se suiciden tanto con el carácter que tienen.
El señor que iba sentado a mi lado se quedó dormido abrazado a su iPad. Entiendo que le tengas cariño al iPad, pero de ahí a abrazarlo hay un trecho.
Aterrizamos en Madrid a las siete. Nos dieron un paseo por todo Barajas antes de parar el avión, de modo que cuando bajamos eran casi las siete y veinte.
Nos sentamos en una cafetería y al cabo de unos veinte minutos nos despedimos porque ellos tenían que tomar el vuelo a Valencia.
Estuve dando vueltas por las tiendas sin encontrar nada que mereciera la pena. Cené en MacDonalds (a otros les da por beber) y fui a la T4 Satélite en el trenecito subterráneo. No me gusta nada esa terminal. Se puede rodar una película de miedo allí. No hay casi nadie y está todo demasiado limpio y brillante.
No he hecho el viaje de vuelta con la misma compañía que hice el de ida porque el vuelo salía a las seis de la mañana. Hubiera supuesto ir de la fiesta de ayer directamente al aeropuerto, y una ya está muy mayor para esos trotes.
A las 22:50 exactamente, como si fuéramos suecos, salimos de Madrid. Un grupo de unos veinte religiosos católicos, algunos con hábito pero todos con sandalias, viajaban sentados a mi alrededor. Venían de Roma. Todos llevaban teléfono móvil y ordenador portátil. “No nos va a pasar nada. Vamos protegidos.”, pensé. “Eso sí, si nos estrellamos, lo único que tengo que hacer es agarrarme a la cola del hábito de uno de ellos y subo para arriba echando viruta.”
Un momento antes de aterrizar en Sevilla, una chica sentada con sus padres se empezó a poner mala. Vomitó y se mareó. Su madre se puso a llorar. Las azafatas pidieron por megafonía un médico y apareció una chica tan joven como la enferma. Le estuvo haciendo preguntas y pidió que le trajeran una Coca Cola. Repito, una Coca Cola (mensaje para los que me dicen que la Coca Cola no es buena).
Entonces fue cuando me empecé a poner mala yo de ver a tanta gente de pie estando a punto de tocar suelo: tres azafatas, la médico y el padre.
Si hubieran necesitado darle la extremaunción lo hubiéramos tenido bastante fácil con tanto cura a bordo, pero no se dio el caso.
Volvieron todos a sus asientos justo a tiempo y aterrizamos suavemente.
Mi maleta salió de las primeras.
Mi taxista favorito me estaba esperando puntualmente, como si fuera sueco.
Llegué a casa poco después de la una y literalmente me arrojé a los brazos de mi cama.
Al caminar por el pasillo de casa rompí con la cara una telaraña. ¿Tanto tiempo he estado fuera?
Próximo destino: curioso lugar al que nunca se me ocurriría ir por voluntad propia.

17 sept 2011

Una cateta en Estocolmo (Día 7)

Después de acostarme ayer a las cuatro, decidí no levantarme temprano y, por primera vez, llegar tarde a las conferencias de la mañana. Me levanté a las nueve menos cuarto. A las nueve y media estaba sentada escuchando terminar al primer ponente. Al entrar me encontré en la última fila a una sueca descalza, con los zapatos perfectamente colocados debajo de su asiento y tomándose un café. Como si estuviera en el salón de casa, más o menos.
No fui la única en llegar tarde. En el ascensor bajamos varias junto con un crío de unos ocho años, rubio platino y con unos ojos azules preciosos. A esa edad ya hablan inglés perfectamente. Aquí todo el mundo habla inglés perfectamente.
Hablando de niños, este año tenemos tres con nosotras. La presidente de WISTA Emiratos Arabes ha venido con su hija de ocho meses, una nigeriana con un muñeco precioso y una de las suecas estuvo por la sala acunando esta mañana a un recién nacido.
La sesión duró hasta las doce y media, hora en que se dio por clausurada la conferencia oficialmente.
Salimos pitando a cambiarnos de ropa porque a las doce y cuarenta y cinco minutos salíamos para las excursiones. Había varias opciones: visita al puerto por mar, visita al museo Nobel, visita al museo marítimo y The Millenium Walk, que consistía en recorrer las zonas de Estocolmo que aparecen en los libros de Stieg Larsson. Yo hice la visita al puerto por mar.
Salimos desde el embarcadero junto al Museo Vasa en un antiguo barco de vapor de 1903, ahora reconvertido a fuel. En la cubierta de abajo tenían un restaurante donde comimos estupendamente. De primero sirvieron salmón ahumado y de segundo una albóndiga del tamaño de una pelota de tenis acompañada de puré de patatas y salsa de arándanos. Bebimos agua ♫ ♪loka loka loka ♫ ♪. Simplemente delicioso.
Durante el trayecto un representante del puerto de Estocolmo nos fue explicando detalles de las terminales que íbamos pasando.
Nos dejaron sin postre. Algo habríamos hecho.
Subimos a la cubierta superior, donde hacía algo de frío, y estuvimos viendo Estocolmo desde el mar.
A las cuatro nos volvieron a dejar en el embarcadero desde el que salimos y volvimos al hotel caminando, sin pasar por el cementerio como ayer.
Subimos a una de las habitaciones y estuvimos charlando hasta las seis.
Nos fuimos a vestir para la cena de despedida en Wallmans Salonger. Salimos en autobús exactamente a las siete menos cuarto, según programa.
Wallmans Salonger es una sala de fiestas donde ofrecen cenas con música en directo. Un grupo de cantantes estuvo animando aquello. Ellos mismos nos sirvieron la cena: pasta de marisco, solomillo de ternera con Bovril y patatas con crema de nata. De postre, un vaso con chocolate y mouse de café.
Cuando cantaban en sueco parecía aquello el festival de Eurovisión. Eran muy buenos y muy marchosos. El baile se puso en marcha entre plato y plato.
El marido de una de las miembros de WISTA Suecia, impresionante ejemplo de la fauna autóctona, estuvo charlando un rato en la mesa de la delegación española.Hay ejemplares similares a cientos por la calle. Es otro de los atractivos de Estocolmo. El número de tíos buenos por metro cuadrado es mayor de lo habitual en otros países.
A las doce salió el primer autobús y en ese aproveché para volver.
Estuve charlando en el hall con varias de las griegas y algunas turcas. Enseguida nos despedimos porque estábamos todas derrotadas.

Buenas noches.

16 sept 2011

Una cateta en Estocolmo (Día 6)

Me levanté a las siete y bajé a desayunar a las ocho. A las nueve en punto comenzaron las sesiones. Conferenciantes bastante interesantes durante la mañana. Muchos iPads a mi alrededor.
Comenzó la sesión con el discurso de apertura del Secretario General de la OMI (Organización Marítima Internacional), el Sr. Mitroupoulos. A nivel internacional es la mayor autoridad en el sector marítimo, el que corta el bacalao, así que fue un honor poder sacarme una foto con él (foto 1), pero sin poner caras. Su mujer, que es holandesa y un ejemplo de elegancia y educación, habla perfectamente español. La conocimos el año pasado en Grecia.
A las doce y media en punto nos dieron de comer en el restaurante. Hoy había pescado, ternera con una salsa riquísima y sopa de color verde con objetos desconocidos flotando. De postre unos deliciosos pastelitos de chocolate, macedonia de frutas y yogur.
Las sesiones de la tarde eran grupos de trabajo sobre distintos asuntos. Yo escogí uno sobre nuevos combustibles para los buques, que fue lo que más interesante me pareció. Uno de los conferenciantes nos contó que en Goteborg hay camiones Volvo funcionando con gas natural.
A las cuatro nos reunimos un rato las miembros del comité ejecutivo y luego nos dispersamos. Recibí un SMS informando de un encuentro informal en una de las habitaciones y allí fui rauda y veloz a sentarme. Salimos de excursión por los pasillos a visitar habitaciones para comparar y ver quién tenía la peor. Como no tenemos cajones, hay dos turcas que han decidido utilizar la nevera como armario. Yo no tengo nevera, pero tengo caja fuerte, que las turcas no tienen. Por cierto, las dos griegas que en Estambul pidieron una habitación más grande estaban ayer en recepción reclamando un sitio donde guardar su ropa. Han venido con dos maletas grandes cada una, y se quedan sólo cuatro días.
A las seis y cuarto nos fuimos a arreglar. Habíamos quedado en recepción a las siete menos cuarto en punto, ni un minuto más, para ir a la cena de gala. Este año se celebra el jueves en lugar del viernes porque las suecas consideran que los patrocinadores no deben perder la noche del viernes con nosotras.
No había salido del hotel en todo el día, así que los doce grados que había en la calle me dieron en la cara como una bofetada. El trayecto duró unos ocho minutos andando. Las suecas nos llevaron por un atajo que atravesaba un cementerio. Lo juro. Quedó decidido en aquel momento por unanimidad que la vuelta la haríamos en taxi.
Llegamos al Museo Vasa. Vasamuseet es un museo construido para contener un solo objeto, un espectacular galeón del siglo XVII que se hundió a la salida del puerto de Estocolmo el día de su viaje inaugural. Le metieron tantos cañones que no resistió el peso y se fue a pique. Lo construyeron en dos años y se les hundió en dos minutos.  En 1956 lo encontraron y decidieron reflotarlo. Los tres palos del barco sobresalen por el tejado. Las mesas para la cena estaban dispuestas junto a la proa del barco. Primero nos dieron un paseo con guías.
En las cenas de gala no nos dejan sentarnos donde queremos. Nos distribuyen intentando que no coincidamos con gente del mismo país. Mi mesa era sólo de 8 personas y estábamos una turca, una griega, una norteamericana, una finlandesa, una nigeriana, una sueca, un sueco y yo. Cuando hay un hombre es porque es uno de los conferenciantes, uno de los patrocinadores o el marido de alguna miembro. El nuestro se me sentó al lado y empezó muy serio pero lo fuimos metiendo en vereda y acabó riéndose.
El menú: sándwich abierto de marisco con bicho encima. Reno a la brasa. Sí, reno. Parfait de cloudberry (como las moras, pero en amarillo) y galleta de harina de avena. Definitivamente, estas navidades nos vamos a comer una mierda. Papá Noel se va a cabrear cuando se entere de que nos hemos comido a Rudolph con nariz y todo.
Entre plato y plato sirvieron unos licores y la presidenta de WISTA Suecia nos obligaba a cantar una estrofa de una canción, brindar y beber. Nos habían dado previamente la letra para que nadie se escaqueara. Parece ser que aquí es normal hacer esas cosas. Les seguimos la corriente, aunque yo con agua del grifo.
Hacía un frío siberiano allí dentro. Aunque nos habían advertido previamente de que la temperatura del museo es baja para conservar la madera del galeón, hubo quien apareció con vestido de tirantes y sandalias. Yo me puse una camiseta gorda debajo de la ropa y estuve estupendamente.
Al terminar la cena nos mandaron pasar a la cafetería del museo. Allí había una orquesta con todas las de la ley. Nos tocaron canciones de Abba, que para eso estamos en Suecia. El baile duró exactamente una hora.
Tal y como acordado, tomamos un taxi para volver. Subimos a una de las habitaciones a charlar unas cuantas y estuvimos hasta después de la dos, cuando la dueña del cortijo empezó a bostezar y nos echó. En la habitación de al lado hay una danesa a la que no conocemos de nada pero sabemos que tiene una paciencia infinita porque es imposible que pueda dormir con las carcajadas.

Buenas noches.

15 sept 2011

Una cateta en Estocolmo (Día 5)

Desde que llegué el sábado estoy intentado averiguar qué es eso del Síndrome de Estocolmo. De momento no lo sufro, porque me encuentro estupendamente. Me miro al espejo y no me noto nada raro, más raro de lo raro habitual.
Después de dormir fatal y dar mil vueltas por motivos desconocidos, salí de la cama a las siete menos cuarto. Bajé a desayunar a las siete y media. Enseguida tuve que irme a la sala de conferencias para preparar las reuniones de hoy: mesa redonda con las presidentes de los distintos países y, después de comer, asamblea general de WISTA. No os voy a aburrir con los detalles porque son verdaderamente aburridos. Sin embargo, puedo decir que no se nos durmió nadie como el año pasado. Cierto es que no había ninguna miembro mayor de 80 años como en aquella ocasión.
Llegaron las otras cuatro miembros de WISTA Spain que han venido a la conferencia. Desde que el sábado por la mañana me dejó mi taxista favorito en el aeropuerto, no había hablado español con nadie, así que en el descanso para tomar café aproveché para resarcirme. Hay unas cuantas americanas con apellidos hispanos y a todas, una por una cuando se presentaban, les fui diciendo: “Con ese apellido tienes que hablar español”. Y, efectivamente, lo hablaban.
Hay mucha gente conocida este año en la conferencia. En la foto estoy con las hermanas griegas Bezantakou, dos fuerzas de la naturaleza que no saben sacarse una foto sin pegar la cabeza. Debo de tener diez o doce fotos así con ellas.
Comimos a las doce y cuarenta y cinco minutos exactamente. Fue de nuevo un bufet. Esta vez comí pescado con una salsa riquísima y ensalada. No tenía mucha hambre ni tampoco mucho tiempo.
A las dos de la tarde comenzó la asamblea general. La presidenta de WISTA Suecia nos cronometró durante la reunión para que no nos pasáramos de la hora. Lo del cronómetro es verídico. Tenía el iPhone en la mano y lo ponía en marcha cada vez que una ponente salía a hablar.
Hoy tuvimos elecciones. La nueva presidente de WISTA es una holandesa; una nigeriana es nueva miembro del comité ejecutivo y yo salí reelegida secretaria por otros dos años. Dejan el comité la presidenta griega y una miembro sueca.
Se decidió por unanimidad que la conferencia del año que viene se celebre en París en el mes de octubre. Iba a ser en Alejandría, pero por razones obvias es mejor no aparecer por allí de momento.
A las seis menos veinte finalizó la reunión y salimos pitando a arreglarnos porque a las seis y media salían los autobuses para la cena. Como hay varias que están en otro hotel no muy cerca, decidieron dejar los trastos en mi habitación y salir directamente desde aquí para la cena para no perder tiempo. Fueron apareciendo más miembros y en un momento mi habitación pareció el camarote de los hermanos Marx. Quiero aclarar que ninguna de nosotras tiene bigote.
Salimos de allí en tropel para sorpresa de aquellas que estaban esperando el ascensor. Recogimos a otra griega en su habitación y bajamos corriendo. Seis y veintiocho minutos. Estas suecas no esperan.
El recorrido hasta la Casa de la Nobleza fue bastante breve. Nos ofrecieron allí un cóctel consistente en: cuatro canapés de queso, cuatro canapés de crema de pescado y cuatro canapés de carne de Rudolph. Seguro que estas Navidades no cae ni un solo regalo, por habernos comido al reno de Papá Noel.
Hay una sueca que aparece todos los años con el traje nacional, y éste no iba a ser menos. El detalle de los caballitos de Dala colgando del cuello es nuevo.
La Casa de la Nobleza, un edificio de estilo clásico construido en el siglo XVII tiene varios salones enormes en la planta baja. Las paredes están cubiertas por retratos a tamaño natural de señores nobles de entonces. Es un poco tétrico.
Los baños estaban en el sótano, después de bajar unas escaleras de piedra y dar varias vueltas por un laberinto de pasillos. Cuando estuve por allí acababan de sacar a una holandesa que se había quedado encerrada cincuenta minutos antes y a la que nadie oía cuando aporreaba la puerta pidiendo socorro.
A las nueve en punto salió el primer autobús de vuelta al hotel. Llovía.
Lo primero que hicimos al entrar en el hotel fue ir el restaurante para cenar algo. Nos atendió una chica amabilísima que hizo todo lo posible para satisfacer nuestras necesidades. “Tú no eres sueca, ¿verdad?”, le pregunté. “Bueno, más o menos, me crié en Ecuador”. Evidente, no podía ser sueca de verdad una persona tan amable y sonriente.
Se nos unieron al grupo dos griegos amigos de mis amigas griegas. Uno de ellos es agregado militar en la embajada griega. Espía, seguro. Incluso llevaba un Omega como James Bond. El otro está pasando unos días en su casa y hablaba por los codos.
Después de cenar nos unimos a la fiesta que las holandesas tenían montada en el bar del hotel. Es habitual que las holandesas monten una fiesta escandalosa allá donde vayamos. Estaban todas bailando como locas. Yo, como no bailo, me quedé un rato charlando y me fui en un momento en que estaban todas despistadas, porque si digo que me voy no me dejan.

Buenas noches.

13 sept 2011

Una cateta en Estocolmo (Día 4)

Seis de la mañana. Entraba por las rendijas de las cortinas una luz como si fueran las tres de la tarde. Metí la cabeza debajo de la almohada e intenté dormir hasta las siete y media con bastante poco éxito. Voy a poner una fábrica de persianas en Goteborg y me voy a hacer de oro.
Me levanté y bajé a desayunar. Fueron bajando el resto de miembros del comité ejecutivo. Nos faltaba nuestra presidenta, que mandó un mensaje ayer por la noche explicando que un virus estomacal le impedía volar. Entre nosotros, que se fue por la pata abajo y no se podía mover del cuarto de baño. En algún momento del día de hoy tiene que aparecer por aquí.
El desayuno era similar al del otro hotel, así que todo bajo control.
A las nueve comenzamos la reunión, en una sala muy acogedora con grandes ventanales desde los que podíamos ver el día tan asqueroso que hacía. Nublado, ventoso y lluvioso. Finales de Noviembre para nosotros.
Estuvimos reunidas hasta las doce, hora en la que fuimos al restaurante del hotel a comer de bufet. ¡Qué rico todo! Había unas hamburguesas gordas de ternera que tuvimos que compartir entre dos, salsa de arándanos, patatas asadas, crema de champiñones con pipas de girasol flotando, tomates y arroz de varios tipos. De postre, mini brownies con salsa de chocolate.
Reanudamos la reunión a la una y cuarto. A las dos y media vino la presidenta de WISTA Suecia para tratar de asuntos de la conferencia. A las cuatro y media dimos por finalizada la reunión.
Subí a la habitación a descansar un rato pero no pudo ser porque ya habían llegado mis amigas Eleftheria y Anna-María de Grecia. Estuvimos en su habitación, que es el doble de grande que la mía y tiene un armario de verdad, aunque sin techo. Me metí dentro para comprobar si podía esconderme, pero tampoco. Se te ve desde fuera perfectamente porque en lugar de puerta tiene unas cortinillas amarillas caladas y se ve todo.
Se unió a nosotras Nuvara de Turquía y estuvimos allí charlando y comiendo galletas hasta las seis y media.
Nos arreglamos rápidamente porque a las siete y diez exactamente estábamos citadas en la entrada para ir a cenar con las suecas. Con las suecas no se juega, de modo que estábamos allí todas a la hora en punto, ni un minuto más. La cena de hoy era sólo para presidentas y miembros del comité ejecutivo. Entre otras, estaba la presidenta de WISTA Emiratos Arabes, que el año pasado en Atenas estaba embarazadísima y este año ha venido con su marido y su bebé de ocho meses.
Nos llevaron andando hasta el restaurante. Tardamos cinco minutos. No llovía y tampoco hacía demasiado frío, como unos 12/15 grados.
Descubrí la embajada española por el camino. Nosotros, más chulos que nadie, estamos en una de las zonas más caras de Estocolmo, en un chalet enorme. En este lugar se celebró la Expo de 1930. Quedan aún en pie los chalecitos, que ahora son en su mayoría restaurantes. Cenamos en uno de ellos.
El menú consistió en un bufet con arroz mezclado con frutos secos (riquísimo), unos pastelitos de salmón con verdura, pollo, ensaladas varias y pinchitos vegetales. De postre, una escandalosa tarta de frambuesas y otra de chocolate con frutos secos. Mortal.
La presidenta de WISTA Francia, sentada enfrente de mí en la foto, salió a la puerta a fumarse su habitual puro. Tendríais que verla con qué estilo se los fuma. Me río yo de Sara Montiel.
A las nueve y media en punto finalizó la cena. Seguro que lo tenían programado, no me cabe duda.
Volvimos al hotel y nos despedimos enseguida. La mayoría ha viajado hoy y estaban todas reventadas.
Según el ascensor, la planta baja está en el piso 2, yo estoy en el piso tres, que en realidad es el 1, y la presidenta de WISTA Holanda dice que su habitación está en las mazmorras, porque tiene que bajar desde recepción a lo que, según el ascensor, es el piso 1.
Mañana comienza la conferencia en sí. Vienen delegadas de 28 países diferentes. Somos 220 este año.

Buenas noches.

12 sept 2011

Una cateta en Estocolmo (Día 3)

Desperté y no me molesté en averiguar la hora. Di media vuelta y seguí durmiendo. Aguanté hasta las siete y media en la cama. Puse las noticias de la BBC y las vi cuatro veces hasta que me cansé y apagué la tele.
Bajé a desayunar. Mismo plan de ayer, pero ya iba yo preparada para escoger tipo de leche, tipo de cereales, tipo de yogur, tipo de pan y tipo de mermelada. Di buena cuenta de las galletas. ¡Qué galletas, qué galletas!
Volví a la habitación a cerrar el equipaje y dejé la maleta en recepción. Hoy me traslado al hotel donde se va a celebrar la conferencia anual de WISTA. Está lejos del centro, por eso no me he hospedado allí desde el principio.
Salí a la calle y me encontré con que llovía violentamente. No hay otra manera de describirlo, violentamente. Y yo sin paraguas.
En la puerta del hotel había un taxi eléctrico enchufado a la corriente. Estos suecos están obsesionados con la ecología, el reciclaje y la comida orgánica. Leche orgánica, cereales orgánicos, tomates orgánicos. Son la pera estos suecos. En la habitación del hotel hay un cubo de basura con tres compartimentos para reciclar. Vas por la calle y no hay un solo papel por el suelo, ni una caca de perro, nadie se salta un semáforo, no tocan el claxon, no corren, no gritan, están muertos.
Como no me iba a quedar en la puerta del hotel todo el día esperando a que parase de llover, me lancé en dirección a la zona comercial. En Estocolmo parece que no hay cornisas donde guarecerse. A mitad de camino tuve que meterme en una galería comercial. Entré en Zara, por hacer tiempo. Nunca entro en Zara cuando salgo al extranjero. Aluciné. Un chaquetón que estuve mirando en España hace cuatro días y que costaba 49 euros, aquí cuesta el equivalente a 74. Probablemente los precios españoles sean demasiado baratos para Suecia. Se dice que cuando Zara abrió tienda en París, en La Madeleine, donde están las boutiques caras, nadie entraba porque los precios del escaparate eran muy bajos. Los subieron y se les llenó la tienda de gente.
Me lancé de nuevo a la calle. Al cabo de cinco minutos me corría el agua por la cara, por las gafas, por las orejas. Llegué por fin a NK, unos grandes almacenes de lujo, y busqué el cuarto de baño soñando con un secador de manos de esos que echan viento caliente. Pues no, fui a dar con el único cuarto de baño de Suecia donde en lugar de secador de viento había una de esas toallas enrolladas de las que vas tirando y se va enrollando y misteriosamente sigue saliendo un trozo de toalla limpio cada vez que tiras. Como no había nadie a la vista, tiré de la toalla todo lo que pude y me sequé la cabeza y la cara. Me peiné como pude y volví a adquirir un aspecto medianamente respetable.
Recorrí los almacenes sin tocar nada porque era todo muy caro. Encontré una cafetería de esas que parece que estás en el salón de casa, con butacas, sofás, mesas altas y mesas bajas y gente compartiendo sitio como si se conocieran de algo. Pedí un chocolate caliente y me lo dieron con nubes flotando. Había wifi, así que me entretuve un rato con Facebook y el correo electrónico. Me fijé que todo el mundo tiene Macs de 13 pulgadas.
Me asomé a la calle. Había dejado de llover. Salí a dar un paseo por la calle peatonal Drottninggatan, pero por el tramo que no había visto el sábado por la tarde. Entré en muchas tiendas. Estuve en una especie de chino gigante pero en versión sueca, de diseño. Se llama Clas Ohlson y vende de todo, desde hachas a fundas para el iPad. Todo a precios estupendos. Le compré una funda nueva a mi iPhone, que la que tenía se estaba cayendo de vieja. Antes, en otra tienda, tuve en la mano una funda preciosa de piel suavísima. Se le cayó una etiqueta de dentro. “Fabricado en Ubrique”. No, no he venido a Suecia a comprar una funda para el iPhone hecha en Ubrique, así que la dejé allí.
Después de ver todas las tiendas empecé a buscar dónde comer. Decidí volver a la cafetería de NK y comer una ensalada César que había visto por la mañana. Normalmente, cuando pides una de esas ensaladas, ves que todo lo rico está encima y debajo sólo hay lechuga. En este caso había cosas ricas por arriba y por abajo. Es que estos suecos son muy legales.
Después de comer di un paseo. Había salido el sol como si no hubiera llovido nunca. Temperatura: 16ºC.
A las cuatro decidí acercarme a visitar el parque enfrente del hotel, Humlegarden. Allí está la biblioteca nacional. Estaban todos los suecos puestos al sol, paseando a sus suequitos y a sus perros.
A las cinco recogí la maleta del hotel y subí a un taxi en la puerta. “Vamos al hotel Scandic Hasselbacken”, le dije. Miró para mí y se quedó como si le hubiera mandado ir a la luna. Saqué la hoja donde tenía escrita la dirección, se la enseñé, le dije que estaba entre el museo Vasa y el parque de atracciones Gröna Lund, tuvo que venir otro taxista a explicarle el camino y por fin arrancamos. Ahí fue cuando le pregunté de dónde era. “Kurdo”, me contestó. “Ave María Purísima”, pensé yo.  A ver dónde acabamos el kurdo y yo. A los cinco minutos nos dimos cuenta el kurdo y yo de que por allí no se iba al hotel Hasselbacken. Paró el taxímetro, paró el coche y puso en marcha el navegador, que era lo primero que tenía que haber hecho. Apuntó la dirección con bastante dificultad y seguimos la ruta que indicaba el aparato. Llegamos enseguida, pero el kurdo no tenía muy claro que había llegado porque me miró y me preguntó: “¿Aquí?”. Sí, hijo, sí, aquí era.
Me bajé del taxi, hice el registro en recepción y subí a mi habitación en la primera planta, aunque en el ascensor dice que es la tercera. Da a la parte de atrás del hotel pero no me quejo porque es muy tranquila.
A los cinco minutos tuve que volver a bajar para pedir más perchas, un mando a distancia nuevo para la tele y las claves para acceder a internet. El armario es tan pequeño que no te puedes esconder dentro. No caben los zapatos, no tiene estanterías, no tiene cajones. Me río yo de las que llegan mañana y comparten habitación. Estoy pensando en dos griegas que en Estambul tuvieron que pedir una habitación más grande porque no les cabía la ropa en el armario. Mañana se van a enterar de lo que es un armario de diseño.
La ventana no se puede abrir del todo. Tiene un tope de cuerda. No lo entiendo. En Nueva York tampoco podíamos abrir el balcón pero tiene su explicación, a la gente le da por tirarse. Aquí no creo que sea el caso. Lo más que puede pasar es que aplaste las hortensias que hay abajo.
Tuve que ponerme a planchar porque toda la ropa estaba hecha un trapo, después de pasar tres días dentro de la maleta y vivir la terrible experiencia de ser prensada y venir en un carro de heno.
A las seis y media llegó Nuvara, la turca. Estuvimos charlando un rato en su habitación y decidimos salir a dar una vuelta. Como en esta isla sólo hay museos, un circo en la acera de enfrente y el parque de atracciones, decidimos tomar un barquito hasta Gamla Stan, la isla más antigua. Tardamos ocho minutos en llegar y estuvimos dando un paseo. Oscureció enseguida. Fue chulísimo, porque empezaron a encenderse las luces de los ventanales de las casas y quedaba precioso.
Encontramos un restaurante italiano muy bonito y cenamos allí una pizza entre las dos. Al salir, volvimos a dar otro paseo hasta el Palacio Real, la catedral y las callejuelas de los alrededores. Aunque no había mucha gente, la sensación de seguridad era total.
Caminamos de vuelta al embarcadero y tomamos el mismo barco. El cobrador estuvo charlando con nosotras todo el camino. Es el primer sueco simpático que encuentro. Según Nuvara es que no era sueco, porque no era rubio ni antipático.
A las diez menos cuarto estábamos de vuelta en el hotel.
Mañana a las nueve tenemos la reunión del Comité Ejecutivo, así que hay que levantarse pronto.

Buenas noches.