29 sept. 2010

Una cateta en Grecia (Día 3)


Después de no pegar ojo en toda la noche por congestión nasal y de garganta, el despertador me golpeó en la cara a las siete y cuarto de la mañana. Me arrastré hasta el cuarto de baño como pude y metí la cabeza debajo del agua para intentar espabilarme. Me vestí y bajé a desayunar a la terraza del hotel. Seguimos con temperatura tropical. Inmediatamente después fui a la sala de conferencias para preparar los últimos detalles pendientes de la Asamblea General que comenzaría a las ocho y media. 22 países estuvieron representados. Tuve que hablar en público durante unos diez minutos, lo cual me horroriza.
Durante toda la mañana estuve en la mesa presidencial junto al resto de miembros del Comité Ejecutivo y la presidenta de WISTA Grecia. Es curioso eso de tener a cien personas mirándote, observando cada uno de tus movimientos. No puedes rascarte la nariz. No puedes bostezar. No puedes rascarte la oreja tampoco.
Tuvimos elecciones de un nuevo miembro del comité. La nigeriana nos deja y entra como nuevo miembro una turca, así que ahora somos: una griega, dos suecas (una de ellas es persa de nacimiento), una norteamericana, una turca, una de Singapur y yo.
Había una asistente inglesa en primera fila a la que le queda un cuarto de hora para cumplir los 80 años. Después de la comida se quedó dormida profundamente. Desde el estrado nos estábamos partiendo de la risa viéndola dar cabezadas. Partiéndonos silenciosamente. No olvidemos que cien personas nos observaban. No, 99. La número 100 dormía.
A las cuatro y media terminó la Asamblea General, me bajé del estrado y pasé a ser una simple mortal y a disfrutar de la Conferencia con el resto de miembros de WISTA Spain. Hubo un descanso y comenzó la Conferencia en sí con varias ponencias que duraron dos horas y de las que poco me enteré porque estaba que me caía de sueño. Eran casi las siete cuando nos levantamos de la sala.
Salimos disparadas a las habitaciones para cambiarnos de ropa para la cena. Se celebró en el restaurante que el hotel tiene al borde del mar. Un lugar muy elegante donde nos sirvieron tres platos y postre. La delegación española ocupó una mesa completa ya que somos nueve. Nos acompañó una miembro de WISTA Francia, que este año viene sola. Habla español, así que no tuvo problemas para enterarse de la conversación. Un pianista estuvo amenizando la velada. Entre los invitados a la cena se encontraba el Secretario General de IMO (Organización Marítima Internacional), que mañana hará la apertura oficial.
Volvimos al edificio del hotel hacia las diez y media y nos sentamos en la terraza a tomar algo hasta las doce. Me duele la garganta de tanto reírme.
Ahora son las doce y media y voy a proceder a tomar posesión de la cama. Esta noche duermo, seguro.






Una cateta en Grecia (Día 2)

Me costó quedarme dormida la pasada noche. La cama tiene un enorme edredón de invierno y tuve que decidir entre dejármelo puesto y dejar el aire acondicionado a temperatura iglú o quitar el aire y eliminar el edredón. Me levanté, salí a la terraza y estuve contemplando el paisaje. La temperatura perfecta, pero sin ganas de dormir. A las siete y cuarto sonó el despertador, las seis y cuarto en España. Una vez finalizados los trabajos de reconstrucción de mi cara, bajé al hall a conectarme a internet y enviar el mensaje de ayer. Fui a desayunar copiosamente a las ocho menos cuarto. La temperatura sigue siendo perfecta. Todos los huéspedes estaban sentados en las mesas de la terraza. A las ocho y media dio comienzo la reunión del Comité Ejecutivo de WISTA. No voy a contar aquí los pormenores porque os aburriría muchísimo. Hicimos un descanso a media mañana para comer bizcocho y galletitas. A la una fuimos a comer a un restaurante justo al borde del mar, invitadas por nuestra presidenta. Las suecas siguen alucinando con cosas que para nosotros son normales: la temperatura, el mar, la gente bañándose, el pescado. A mí me alucinan los tomates. Son de anuncio.
Tan pronto finalizó la comida, volvimos al hotel para continuar con la reunión. A las tres vinieron dos miembros de la delegación sueca para presentarnos la conferencia del año que viene, que se celebrará en Estocolmo. Siempre tenemos una excursión el viernes por la tarde. Una de las que han propuesto es seguir los pasos de Lisbeth Salander (para los que hayan leído Millenium). Yo me inclino por la visita al puerto de Estocolmo.
La reunión finalizó a las cinco. A continuación llegó Anna-María, la presidenta de WISTA Grecia, con la que tuvimos una pequeña reunión para repasar la Asamblea General que tenemos mañana por la mañana. Terminamos tarde, así que subimos corriendo a las habitaciones a cambiarnos y fuimos a la cena de bienvenida, ya con todas las asistentes a la Conferencia. Fui con dos griegas en coche porque perdimos el autobús. Fueron sin cinturón de seguridad y la conductora hablando por el móvil todo el trayecto. “Esto es Grecia”, me dijeron. La cena se celebró en El Pireo, en el Club de Yates. Un sitio muy pijo con unas vistas espectaculares de todo el puerto de El Pireo y la costa hasta Vouliagmeni. La familia real solía ir por allí antes de que la junta militar los mandara a paseo.
Nos sentamos en la misma mesa todas las hispano parlantes más una polaca, una neoyorquina y una alemana. Comimos bastante bien, de un bufet surtido de ensaladas y varios tipos de carne. Aquí comen una cosa muy curiosa. Envuelven el arroz en hojas de parra y hacen un paquetito con ello. Todavía no me he atrevido a probarlo.
La cena finalizó a las diez de la noche y empaquetaron a todo el mundo en los autobuses. Una de las griegas, que habla español con acento argentino, nos llevó en su Mercedes todoterreno. Eramos siete. Nos reímos mucho. Paramos por el camino a tomar algo en Voula, en la costa. Nos sentamos en una terraza al borde del mar. La temperatura sigue siendo extraordinaria por la noche. Cuando estábamos a punto de llegar al hotel sonó mi teléfono. Anna-María, la presidenta de Grecia me citaba para una reunión en ese momento. Eran las doce de la noche. La encontré a ella y a otras tres griegas metidas en una sala de reuniones rodeadas de miles de cajas con todos los regalos que los patrocinadores ofrecen a las asistentes. Dos de ellas estuvieron fumando. “Esto es Grecia”, me dijeron.
Estuvimos de nuevo repasando los detalles de la Asamblea General. Terminamos a la una y cinco.
Ahora son las dos y cuarto de la mañana y me voy a meter en el sobre inmediatamente porque el despertador va a sonar a las siete y cuarto.

28 sept. 2010

Una cateta en Grecia (Ένα βλαχαδερό στην Ελλάδα) Día 1



Hoy me levanté a las 03:45, pero como sarna con gusto no pica, pues no picó. Mi taxista favorito me recogió a las 04:30 y me depositó sana y salva en el aeropuerto de Sevilla a las 05:30 hrs. Facturé la maleta, me despedí de ella como si fuera la última vez que nos viéramos, desayunamos copiosamente sin tener en cuenta el colesterol y otros daños colaterales y procedí a atravesar a la zona de embarque. Como es habitual, fui cacheada. Había dos policías, un varón y una chica. En mi fila estaba el varón. Cuando ya estaba con las manos enguantadas dirigiéndose a mí, le indiqué con un gesto que “ni loco” me tocara, así que me pasó a la fila de la mujer policía y ella me cacheó. No encontró nada sospechoso, puesto que me permitió continuar mi camino. No acabo de entender qué ven en mí en los aeropuertos. ¿Tendré cara de abertzale por culpa del pelo corto?
En el avión me tocó sentarme entre una anciana china minusválida y un energúmeno de 150 kgs. Al principio pensé que la señora era japonesa, pero me sacó de mi error cuando extrajo de su bolso el pasaporte. Supongo que es la madre de algún mafioso chino, de vuelta a Pekín después de visitar a la familia. El bolso de la china debe de costar tres meses de mi sueldo, aunque, pensándolo bien, podría ser una imitación “Made in China”.
El individuo de 150 kgr ocupaba su asiento y parte del mío, así que tuve que viajar con aquel enorme muslo pegado al mío. Un muslo suyo era como los dos míos más un brazo.
Me quedé dormida y el viaje se me pasó volando (¡Qué tontería acabo de decir!). Una vez en Barajas, estudié detenidamente todas las tiendas de la T4 y compré algunos regalos para las amigas que voy a ver en Grecia estos días. Luego me quedé tirada como una colilla en una butaca porque los asquerosos de los controladores aéreos nos retrasaron el vuelo una hora con la huelga encubierta que mantienen. Y encima sin wifi gratis.
Compré un bocadillo enorme de jamón y queso y me lo comí tan pronto me senté en el avión, mientras las azafatas indicaban cómo hay que hacer cuando estás a punto de morir. Cuando estaba terminando la última miga el sobrecargo anunció que servirían comida en el vuelo. Es lo que tiene tanto volar en low cost. Ya no me acordaba que en Iberia dan de comer en los vuelos largos. Pero bueno, hice un esfuerzo y me comí aquellos macarrones con fiambre de cerdo y el bizcocho con mouse de chocolate que sirvieron.
Viajaba en el avión un flemático caballero, pero no de carácter, sino de garganta. Pasó el vuelo fabricando flemas y gimiendo. Cuando estábamos a punto de desembarcar en Atenas, en silencio absoluto, fabricó la última y hubo una carcajada general.
Por fin en el aeropuerto de Atenas, a las 16:30 hrs, después de doce horas de viaje. He tardado más que la chica que viene de Nigeria.
Mi maleta llegó. Es como un milagro verla salir por ese agujero negro. Traía más mierda que el rabo de una vaca, pero llegó. Al llegar a la zona de recogida de equipaje los letreros de los vuelos estaban sólo escritos en griego. Menos mal que le di un repaso al alfabeto antes de venir. Me habían dicho que todo estaba escrito en griego y en latino, pero no es cierto.
Tomé un taxi. Los taxis aquí son amarillo huevo. El taxista no hablaba inglés ni español, y mis conocimientos de griego se reducen a: kalimera, kalispera, efharistó poli, kronia pola, parakaló. A pesar de ello, fuimos todo el viaje riéndonos como tontos. No sé cómo me enteré que le gusta mucho el fútbol y los equipos españoles que conoce, y que estamos tan mal económicamente como ellos.
Finalmente, llegué a destino: Vouliagmeni, al sur de Atenas. El hotel está bien, aunque mucho spa y mucho cuento pero no tiene wifi gratis en las habitaciones. Tengo que bajar con el ordenador al hall para conectarme. En el hotel de al lado sí tienen wifi gratis, pero pide una clave. Mañana mismo, cuando lleguen las que se hospedan allí, voy a conseguirla.
En el hall ya estaban esperándome varias miembros del Comité Ejecutivo de WISTA, y justo después que yo llegó nuestra presidenta, que es griega y sólo tuvo que conducir diez minutos para llegar al hotel. Tuvimos una mini reunión de una hora y luego deshice el equipaje y salimos a cenar. Aquí tenemos una hora más que en España, de modo que me sacaron a cenar a las siete de la tarde, maldita sea su estampa. Escogimos un restaurante junto al mar y comimos unas ensaladas. Hay dos suecas con nosotras que están flipando. Salieron de casa con 12ºC y lloviendo. Aquí estamos a treinta. Estuvimos en manga corta todo el tiempo. Por cierto, qué tomates comimos. Esta vez ha podido venir la nigeriana, que no ha fallado al solicitar el visado, como cuando nos reunimos en Dublín.
En la guía de viaje sobre Atenas aconsejan no intentar utilizar el griego clásico estudiado en el colegio. De verdad, que algunas veces parecen idiotas. Es como si de repente te encuentras por la calle a un extranjero y te dice: “¿Podría indicarnos vuecencia la senda hacia la posada más cercana donde mi esposa y yo podamos saciar nuestro apetito y yacer posteriormente?” Bueno, mucho peor, porque el griego clásico es de muchos siglos antes y nadie entendería nada.
Son las 21:30 en España y las 22:30 aquí y ya no me tengo en pie. Me voy a dormir. Mañana más.