26 ene. 2011

Una cateta en la Pérfida Albión (Londres, día 7)

Hoy desperté a las ocho, señal de que estoy hecha polvo y es hora de volver a casa.
Quince minutos de programa matinal de la BBC en la cama y me puse en marcha. Bajé a desayunar a las nueve y subí a terminar de preparar el equipaje. La hora límite de salida en este hotel es a las 10. Le dejé la maleta y la mochila a Candela, que estaba otra vez de recepcionista, y salí a dar un paseo por Kensington Gardens y Hyde Park, justo al lado del hotel. ¿Llevaba Candela en ese mostrador desde ayer al atardecer cuando la vi? Mejor no preguntar.
El día estaba plomizo y frío. Sin embargo, cientos de personas paseaban por el parque con sus perros, hacían ejercicio, montaban a caballo o simplemente caminaban sin destino aparente, como yo. Una chica corría saltando a la comba. Un perro afgano paseaba con abrigo de piel negro. Una casa preciosa junto a la entrada. ¿Quién vivirá en ella? Nadie sentado en la hierba. Debido a las nevadas de las últimas semanas, la hierba estaba mezclada con barro. Solamente unas cuantas señoras vistiendo botas Wellington se aventuraban a pisar aquel barrizal para jugar con sus perros. Los demás nos manteníamos en los senderos. Un cocker spaniel con las patas embarradas se dirigió a mí corriendo a gran velocidad causando un momento de terror, no porque me den miedo los perros, sino porque tenía toda la pinta de ir a tirárseme encima y ponerme la ropa perdida. Al llegar a mi altura cambió de rumbo y se dirigió hacia su dueño, que controló la situación con un grito que lo frenó en seco.
El parque en invierno está precioso, a pesar de los árboles sin hojas y del frío y la humedad.
Después de un largo paseo decidí volver al hotel para recuperar la temperatura de mi nariz. Me senté en el hall a leer el periódico. Una japonesa de 40 centímetros me miraba muy seria mientras yo intentaba hacerla sonreír sacándole la lengua, poniéndome bizca y haciéndole carantoñas. No hubo manera. Impertérrita. Los japoneses son educados desde su más tierna infancia para mantener las formas.
A las doce decidí tomar el camino hacia el aeropuerto. Metro hasta la estación Victoria y desde allí el Gatwick Express, comodísimo tren que enlaza Londres con el aeropuerto en media hora, sin paradas intermedias. Una vez allí, otro tren que conecta la terminal sur con la terminal norte. Esto me recuerda que, a la llegada, un matrimonio español con su hijo preadolescente intentaban encontrar la taquilla para pagar el trayecto en ese tren, que es gratis. No hablaban nada, absolutamente nada de inglés. El niño incluso se preguntaba en voz alta cómo se decía gracias en inglés. Ahí fue cuando aluciné en colores.
Como no podía facturar antes de las dos y media, decidí sentarme a comer para hacer tiempo. Por megafonía: “Los pasajeros del vuelo de British Airways xxxx con destino a Bermuda…..” No, no era mi vuelo.
La maleta pesó seis kilos y medio más que a la ida. Sigo pensando que es un misterio. Cuatro libros, una camisa y varios paquetes de chocolatinas no pesan seis kilos y medio.
Al pasar el control de seguridad la tomaron con la pasajera que atravesó inmediatamente antes de mí. Me hicieron esperar pero no me tocaron. Le quitaron las botas y la mujer policía la palpó centímetro a centímetro para luego pasarle el detector de metales manual. Para no interrumpir el paso, la colocaron aparte y continuamos los demás. No tenía aspecto de viuda chechena a punto de autoinmolarse.
Tras una inspección detallada de las tiendas del Duty Free me senté a leer y a observar el tránsito de pasajeros. Me encanta ver a la gente con las chanclas ya puestas camino de Alicante, donde el tiempo no está para ir en chanclas. Y varios pequeños grupos de estudiantes españoles. ¿Qué rayos hacen un miércoles por la tarde en el mes de enero en un aeropuerto inglés?
Ya están a la venta los souvenirs de las Olimpiadas 2012, que se van a celebrar en Londres. Las mascotas son dos, porque las pobres sólo tienen un ojo cada una. Yendo juntas pueden mirar cada una para un lado. Son muy muy feas. No creo que pasen a la posteridad ni les hagan una serie de dibujos animados porque, ¿qué van a hacer esos dos con un ojo cada uno en una serie?
A las cuatro y media nos llamaron para embarcar pero perdimos muchísimo tiempo porque todo el mundo llevaba equipaje de mano y no se aclaraban para colocarlo ordenadamente en los armarios superiores.
Apareció un matrimonio con un bebé recién nacido. No creo que tuviera mucho más de una semana. Es difícil saber si va a sobrevivir después de tenerlo el padre en brazos, completamente desabrigado en aquel finger donde hacía un frío terrorífico, mientras la madre se dedicaba a coger todos los artilugios necesarios para el bebé y entregar el cochecito a las azafatas en la puerta del avión, a la vez que interrumpía el acceso de los demás pasajeros. Padres primerizos. Estoy escribiendo este trozo desde el avión y me estoy dando cuenta de que el niño no ha dicho ni “mu” desde que entramos. Ese ya está fiambre, seguro.
Entre los últimos pasajeros entraron cuatro individuos de aspecto hindú, con turbantes negros y densas barbas igualmente negras. Un escalofrío me recorrió la espalda. Calma, calma, estos no son los que ponen las bombas.
El vuelo salió con quince minutos de retraso, a las cinco y veinticinco. Como nos retrasamos en salir, nos tuvieron en pista esperando un hueco para despegar. Llovía copiosamente.
La mayor parte del pasaje, exceptuando los padres primerizos, el niño muerto y yo, eran jubilados ingleses que vienen al Algarve a jugar al golf. Lo del golf es una deducción lógica al ver salir el equipaje por la cinta. Esas bolsas grandes no pueden llevar dentro a las suegras para que viajen barato.
Aterrizamos a la hora prevista pero el equipaje se hizo esperar un poco. La cinta arrancaba y paraba, arrancaba y paraba. Salieron primero unas diez maletas y luego nos tuvieron esperando casi veinte minutos por el resto. El padre primerizo apareció con la niña pegada al cuerpo, sólo sujeta con la palma de la mano. Supe que era niña por los volantitos cursis que llevaba el pelele en los tobillos. Apareció un maletón enorme y el tío se inclinó a cogerlo, inclinando a la niña con él. Cuando agarró la maleta del asa e hizo el esfuerzo para levantarla, por acto reflejo también hizo fuerza con la otra mano y casi espachurra a la niña. Varios viajeros se abalanzaron a socorrer al bebé, ¿o sería a linchar al padre? De la madre, ni rastro. Esa niña no sale viva del Algarve, y ya sería la segunda inglesa en poco tiempo.
Me esperaba mi taxista favorito en el aeropuerto de Faro. Nos tomamos una Coca Cola y nos pusimos al día de novedades. Por el camino llovió. Llegamos hacia las once y media.
Mi casa no es mi casa. Esto es Siberia. Lo primero que hice al entrar fue encender la calefacción. Vacié la maleta con el chaquetón puesto, hasta que el ejercicio me hizo entrar en calor.
Eso es todo.
El próximo viaje, si nada lo remedia, será en Mayo y hablaremos de alfombras.

25 ene. 2011

Una cateta en la Pérfida Albión (Londres, día 6)

No me queda más remedio que comenzar hoy comentando lo molesta que estoy con la negativa actitud de algunos de mis lectores. De acuerdo que Beefeater es una marca de ginebra y no de whisky, pero es la primera vez que oigo la palabra “abstemia” empleada como insulto.
Por otro lado, se me ha pedido una prueba de viaje, es decir, demostrar que no estoy encerrada en mi casa escribiendo esto desde mi imaginación y poniendo fotos de corta y pega sacadas de internet. Ahí va. Siento no haber encontrado un periódico del día para sostenerlo mientras me sacaban la foto. Espero que sea suficiente y no se vuelva a dudar de la veracidad de mis relatos.
Hoy desperté a las ocho. Bajé a desayunar enseguida y a las diez menos cuarto me puse en camino hacia el British Museum, que abre a las diez. Tomé el metro hasta Tottenham Court Road y tuve que caminar unos cinco minutos hasta la puesta del museo. Hace 20 años de mi última visita. El contenido sigue siendo el mismo, pero el continente ha variado ligeramente. En el año 2000 se inauguró el nuevo hall principal, una sala circular muy bien iluminada por una cúpula de cristal.
Casi todas las civilizaciones están representadas en el Museo Británico gracias a los chorizos de los exploradores ingleses. Tienen allí hasta uno de los muñecos de la Isla de Pascua.
El caso más sangrante es el de Lord Elgin, que vino de Grecia cargando con media Acrópolis hacia el año 1800, cuando era embajador en Constantinopla. Entonces Grecia pertenecía al imperio otomano.
Estuve viendo a la Cariátide que, junto a sus cinco hermanas, soportaba el peso del Erecteion. Cinco hermanas que se encuentran en el Nuevo Museo de la Acrópolis de Atenas con un hueco entre ellas esperando la vuelta de ésta. Frisos, metopas, esculturas, piezas arquitectónicas y objetos varios forman la colección griega. Hay incluso un monumento funerario entero, grande como una casa.
En una sala dedicada a Asia, un hombre con cara de birmano cabreado observaba con atención la estatua de un Buda sentado traído de la antigua Birmania. Se supone que esos chismes son sagrados. La estatua era grande como para moverla en un camión. ¿Cómo se hace para sacar un artefacto de ese tamaño de un país sin provocar una revuelta popular? Es como si nos invaden a nosotros e intentan llevarse al Cristo del Gran Poder o a la Macarena desde Sevilla a un museo en el extranjero. Se forma la de Dios.
La zona del museo que más me gusta es la de las momias egipcias. No soy la única. Aquella sala era la más concurrida, llena de escolares, japoneses y demás turistas. ¡Qué morbosos somos!
Mi momia favorita no es de un faraón o un miembro de la nobleza. Es de un muerto al que metieron en un hoyo en medio del desierto, sin caja ni nada. El tío está acurrucado boca abajo, que parece que está durmiendo tan feliz en su urna de cristal. Está muy bien conservada porque la arena absorbió la humedad del cuerpo. Por eso no se lo comieron los bichos.
Una vez visitado el museo a paso de tambor, tomé el metro con destino a St. Paul. Ver el museo con detenimiento puede llevar dos o tres años, calculo. No dejé de preguntarme por el camino de qué rayos se reía en esqueleto de la foto.
En St. Paul se empezó a poner el tiempo feo, muy feo. No iba a visitar la catedral, sino atravesar el puente del Milenio hacia la Tate Modern. Esto ya lo conté el año pasado pero lo voy a repetir otra vez para que se os quede bien. El puente es peatonal y lo diseñó Norman Foster. Al poco de inaugurarlo tuvieron que cerrarlo al público porque se movía mucho. Y sigue moviéndose, lo certifico. Al llegar al otro lado del río entré en la Tate Modern, una antigua central eléctrica reconvertida en museo de arte moderno. Llegué con los mocos cayendo del frío que pasé cruzando el río.
En la sala de turbinas la mitad del espacio estaba dedicado a un no sé cómo llamarlo, cuyo creador es un chino muy feo con muy poca vergüenza que se llama Ai Weiwei. En una extensión de 1000 m2 hay tiradas por el suelo cien millones de pipas de girasol hechas de pocelana, pintadas una a una a mano por unos chinos. Y a eso lo llaman arte.
En las plantas superiores del museo hay cosas que me voy a abstener de contar y que no quise fotografiar por pudor. Una sala se llama “Surrealismo y más allá”. El título está perfectamente escogido. Una manta cochambrosa tirada por el suelo, dos palomas grises muertas clavadas con sendas flechas a la pared, unos objetos que me temo representaban excrementos y una estructura de hierro indescriptible fueron lo que más llamó mi atención.
Salí de allí ahíta de tanto arte, dispuesta a atravesar el puente valientemente, a pesar de la fina lluvia, el viento y el frío. Y mi paraguas en el hotel.
Llegué sana y salva a la estación de metro y fui hacia Westminster, a vigilar el desarrollo de los preparativos de la boda del príncipe Guillermo y Kate Middleton en la Abadía. Al llegar a la puerta me encontré con la sorpresa de que ahora cobran 16 libras por la entrada. O mi memoria falla o las otras dos veces que la visité era gratis. Como no iba a pagar 16 libras por ver la misma película una tercera vez, di media vuelta y busqué un sitio para comer algo. Ya veré la Abadía por dentro cuando pongan la boda por la tele y por las fotos del Hola.
Otra vez al metro en dirección a Leicester Square para ir a la librería Foyles en Charing Cross Road. Aparte de los libros, el encanto de esta librería está en su cafetería. Tiene un escenario pequeñito para actuaciones en directo. El personal se sienta en unas mesas de gruesa madera oscura que se comparten, aunque no conozcas a los que se sientan a tu lado. Tienen wifi gratis, así que está lleno de gente con sus portátiles. Me tocó compartir mesa con un personaje de unos 30 años, rubio, con el pelo engominado y bigotín años 20 que no paraba de teclear en su MacBook. Parecía sacado de una novela de E.M. Forster.
Después de un rato allí descansando las piernas y ya oscurecido, me fui a dar una última vuelta por Harrods y luego a Marble Arch. Llevo varios días viendo a gente subir al metro en la parada de Marble Arch con bolsas de una tienda llamada Primark. Las bolsas son de papel y la gente las lleva llenas hasta las trancas. Deducción: en las cercanías de Marble Arch hay una tienda de ropa barata, muy barata. El nombre me resultaba familiar, pero no recordaba de qué. Nada más subir a la superficie me encontré de bruces con la tienda. Es la última que hay en Oxford Street y que ayer me quedó por ver porque está justo a continuación de un terreno donde se construyen dos edificios enormes. Visto desde el otro lado, parece que ya no hay nada de interés después de la obra. Por eso no continué hasta el final de la calle.
Entré y encontré el paraíso de las clases trabajadoras. Camisas a 2 libras, calcetines a 1 libra, camisetas a 3 libras, jerseys a 8 libras. La calidad, evidentemente, deja mucho que desear, pero los diseños no están del todo mal. Es un alivio ver que esta gente no tiene por qué ir desnuda. No, no compré nada.
He observado estos días que los ingleses han mejorado mucho su forma de vestir. Hace años tenían un gusto depravado para la ropa. Ahora visten mucho mejor. Lo que no me acaba de gustar son los zapatos de hombre que se ponen con los trajes los jóvenes trabajadores. Son de cordones, de corte clásico pero con la puntera puntiaguda. Hoy vi a uno que andaba como una japonesa con los pies vendados porque la puntera era tan puntiaguda que le era imposible flexionar el pie al caminar.
Compré la cena en Mark & Spencer y volví al hotel. Hoy me he dado una paliza mortal.
Sufrí un momento de pánico al ver que no funcionaba la conexión a internet. Bajé a recepción a hablar con Candela, que por el nombre ya podéis imaginar de dónde es. Reseteó el módem y todo volvió a la normalidad.
En breve me voy a acostar.
Buenas noches.

24 ene. 2011

Una cateta en la Pérfida Albión (Londres, día 5)

Ayer, antes de apagar la luz para dormir, abrí el cajón de la mesita de noche, por pura curiosidad. Nunca se sabe lo que se va a encontrar en un cajón desconocido. Había una Biblia. En el otro hotel no había ninguna Biblia en el cajón. No es que me vaya a sentar a leerla, pero da cierta seguridad tener una Biblia en el cajón.

Desperté sobre las siete y media pero me quedé hasta las ocho viendo la tele. El programa matinal de la BBC es muy entretenido. Bajé a desayunar. Me abstuve de comer salchichas, alubias con tomate o champiñones. Me dediqué a cosas más suaves para no tentar al demonio. Esta vez mi estómago se está portando como un campeón. La Coca Cola de cereza está creando una capa protectora en las paredes del estómago que impide cualquier tipo de malestar.

A las nueve y media cogí el metro en dirección a Oxford Street. A partir de esa hora es más barato. Puedo afirmar que entré en todas y cada una de las tiendas de la calle, exceptuando Zara, Stradivarius y Massimo Dutti. Así mismo, puedo confirmar que, de las rebajas, sólo quedaban los letreros anunciándolas, cuatro trapos inservibles o demasiado caros y las dos cosas que compré, que no son en absoluto inservibles y fueron baratas.

Encontré a una dependienta de Córdoba. Lleva año y medio viviendo aquí y dice que es incapaz de controlar el inglés, que las “x” las “s” le resultan imposibles de pronunciar. Tenía un acento fortísimo, de esos de “sai” en lugar de “seis”.

Una vez recorrida la calle arriba y abajo por ambas aceras, me senté en un pub a comer una deliciosa sopa de tomate con albahaca y una porción de tarta de manzana con natillas.

El baño de señoras estaba ocupado, literalmente ocupado, por una señora negra de gran tamaño que aparentemente se ocupaba de la limpieza del mismo. Había que hacer un esfuerzo sobrehumano para evitar el contacto físico con ella.

Después de estos reconstituyentes alimentos, me adentré en Regent Street, donde lo primero que hice fue entrar en el Apple Store a jugar con los iPad. No necesito un iPad, no necesito un iPad, no necesito un iPad, no necesito un iPad, no necesito un iPad, no necesito un iPad. Estaban dando un cursillo de manejo del programa de tratamiento fotográfico Aperture 3. Me senté un rato y aprendí unas cuantas cosas que no sabía. No necesito un iPad, no necesito un iPad, no necesito un iPad, no necesito un iPad, no necesito un iPad, no necesito un iPad. Probé unos auriculares de 300 libras que demostraron su valor con creces. Enchufados a un iPod eran la pera. Sigo sin necesitar un iPad, sigo sin necesitar un iPad, sigo sin necesitar un iPad, sigo sin necesitar un iPad, sigo sin necesitar un iPad, sigo sin necesitar un iPad.

A continuación estuve en Liberty, un edificio estilo Tudor que contiene la tienda famosa por sus telas de flores. Venden otras muchas cosas, pero sus telas de flores son la marca de la casa. Había cientos de rollos de tela con diseños diferentes. El ascensor, forrado de madera labrada, debe de ser igual que una caja de muerto de las caras. Al menos es la sensación que tuve.

Entré en la tienda para buscar uno de los encargos que me han hecho para este viaje. Quede claro que no me importa en absoluto buscar lo que me pedís, es que pedís unas cosas muy raras. Entre las mejores, hasta ahora, una edición de “El Principito” en gaélico, que compré en Irlanda el año pasado, y lo que tenía que comprar en Liberty: un gorro de ducha decorado con uno de los estampados de flores de la tienda. También tuve que entrar en HMV (La voz de su amo) a buscar un disco, “Music for the Duke of Lerma”. El encargado de la sección de música clásica me miró con cara alucinada al oír el título. Lo buscó en el ordenador y existe, aunque está descatalogado. Lo siento, Ana. Yo que tú me lo bajaba de internet. No puede ser delito si has intentado comprarlo y no hay manera.

Hoy he aprendido una palabra nueva en inglés. Entré en una zapatería. Cuando quise probarme un zapato, pedí un……, un…., un….. ¿Cómo se dice calzador en inglés? Shoehorn.

Estuve en Hamley’s, la juguetería de varios pisos donde te recibe un señor con sombrero de copa, una individua vestida de Alicia en el País de las Maravillas o algo parecido, y un gigante con peluca amarilla blandiendo dos pistolas de plástico que disparaban burbujas de jabón. Al salir de la escalera mecánica en el segundo piso, un mago sacó de detrás de mi oreja una pelotita roja. Un payaso intentaba tomarle el pelo a una niña pequeña. Un dependiente hacía demostraciones de un coche teledirigido espectacular. En la penúltima planta, la sección de Harry Potter. Una vitrina contenía la escoba. Otra vitrina contenía las varitas mágicas de todos los personajes de los libros. Todas diferentes y etiquetadas con una chapa con el nombre del propietario. Una reproducción de Dobby las vigilaba atentamente.

Al llegar a Piccadilly Circus tomé el metro con destino a Victoria para buscar una tienda donde no vendían lo que estaba buscando, así que decidí volver al hotel a descansar un rato. Después de comer bajó mucho la temperatura. Al salir del metro en Lancaster Gate estaba la calle mojada. Había llovido.

A las siete y media volví a salir. Tomé el metro con destino a la Torre de Londres. A las 21:25 hrs estaba citada en la puerta oeste para presenciar la Ceremonia de las Llaves. Si llegas un minuto tarde ya no te dejan entrar. Fui con tiempo para ver exactamente por dónde se entraba. Mi intención era echar un vistazo, buscar un sitio para cenar y volver a la hora convenida.

En el metro me dediqué a observar al público. Es curioso lo del metro. Ves gente de todos los países del mundo y de varios colores distintos. En el metro la gente hace de todo. Muchos van leyendo, otros comen o cenan mientras van de un lado a otro. Me parece una porquería, con la mierda que se pilla en el metro. Hay quien va jugando a algo super emocionante en su iPhone. La emoción les hace pulsar la pantalla de tal manera que la van a romper cualquier día. Hay quien vende cuadros. Hay quien va durmiendo, quien va rezando, quien se ríe solo. Ayer hubo uno que incluso dijo en voz alta: “Bloody tourists!” (¡Malditos turistas!) y se ganó la mirada asesina de una veintena de turistas, yo incluida.

Estábamos en la Ceremonia de las Llaves. Llegué sobre las ocho y cuarto y encontré el lugar exacto enseguida. Pregunté al policía que vigilaba la verja para estar segura del todo. Controlada la situación, empecé a buscar un sitio para cenar. Imposible misión. Todos los lugares de comida rápida estaban cerrados a cal y canto, habiendo pasado ya la hora del tumulto de turistas. Escoger un restaurante en la cercana St. Katherine’s Docks hubiera supuesto llegar tarde a la ceremonia. Quedarme quieta hubiera acabado con mi muerte por congelación. Decidí pasear. Fui andando hasta Tower Bridge. Un poco antes de llegar a la mitad del puente te puedes parar a observar la vista. Atracado a poca distancia estaba el HMS Belfast, barco de guerra de la 2ª Guerra Mundial. A la izquierda, el edificio de cristal del Gobierno de Londres. Después de un rato allí cogiendo un frío de muerte, volví a la Torre de Londres a esperar que fueran las 21:25 horas exactamente. Me senté en un bloque de hormigón que sirve de banco o de cubito de hielo, según la época del año. Fueron llegando las otras 14 personas invitadas a la ceremonia. Las entradas se solicitan por correo con meses de antelación. Te las envían con tu nombre impreso. Tengo que agradecer a María Dixon que se encargara de conseguírmela.

Llegada la hora exacta, uno de los guardianes de la Torre, que se llaman Beefeaters

como el whisky, aunque es el whisky el que se llama como los Beefeaters, vino a buscarnos a la reja llamándonos uno a uno por el nombre. El tío, muy serio, nos fue llevando por el interior de la Torre explicándonos detalles de la misma. Poco a poco su seriedad se convirtió en buen humor y acabamos riéndonos con él.

La ceremonia consiste en cerrar las puertas de la Torre igual que se ha hecho durante los últimos 700 años, sin faltar un día. Participan dos Beefeaters y un grupo de soldados de esos que llevan el gorro alto de pelo negro. Resulta que los del gorro de pelo no son simples soldaditos de plomo de adorno. Los de esta noche acaban de volver de Afganistán. Tan pronto como finaliza la ceremonia, se visten de camuflaje y patrullan por la Torre con sus ametralladoras. Uno de ellos, al oír llegar a los Beefeaters, que hacen ruido al pisar el suelo empredrado como si llevaran zapatos de claqué, saca el fusil y se establece un diálogo entre él y un Beefeater:

-“¿Quién anda ahí?”

- “Las llaves”

- “¿Qué llaves?”

- “Las llaves de la Reina Isabel”

- “Que pasen las llaves de la Reina Isabel. Todo está bien.”

Suben por una escalera y desde lo alto de la misma un soldado toca la trompeta. Exactamente a esa hora comienzan a sonar las diez campanadas en el reloj de la Torre. El trompetista debía de estar tan aterido de frío como nosotros porque no le salió la melodía muy afinada. Allí terminó la historia. El Beefeater nos acompañó a la puerta de salida contándonos anécdotas de la vida en la Torre. Treinta y tantos Beefeaters viven allí con sus familias. A partir de las doce de la noche está terminantemente prohibido entrar o salir. Quiere decir que el adolescente hijo de Beefeater tiene una vida social muy limitada.

A las diez y diez estábamos saliendo de allí. En el metro fui entrando en calor después de estar a la intemperie a dos grados de temperatura durante más de una hora. Menos mal que se me ocurrió llevar mi gorro andino para protegerme las orejas. Pero mereció la pena aguantar el frío para presenciar algo tan único.

La tienda de porquerías que hay a la salida del metro me solucionó el problema de la cena.

De la pulmonía, sin embargo, no me libra nadie.

Buenas noches.










23 ene. 2011

Una cateta en la Pérfida Albión (Londres, día 4)

Aunque desperté temprano, me quedé en la cama hasta casi las nueve. Salí a desayunar hacia las nueve y media. Encontré un sitio donde servían bagels calientes, que son como dónuts pero de pan. Me comí uno con queso fundido y roastbeef, acompañado por un batido de fresa. ¡Qué cantidad de porquerías estoy haciendo con la comida!
Dejé la habitación y esperé en el hall a María Dixon, la presidenta de WISTA UK. María me ha conseguido una entrada para presenciar mañana la ceremonia de las llaves en la Torre de Londres. El viernes se le olvidó, así que hoy, muy amablemente, se acercó a traérmela y a despedirse. Mañana os cuento en qué consiste.
Di un paseo, recogí la maleta y me fui en metro hasta Lancaster Gate, donde está el hotel en el cual me hospedaré por mi cuenta los últimos días de mi estancia aquí. Está en la zona norte de Hyde Park. Los edificios son todos blancos, de esos con un pequeño porche de entrada sostenido por dos columnas. La parada de metro Lancaster Gate está a dos minutos de distancia. El hotel está recién restaurado, así que todo es nuevo. Buscar un hotel a buen precio en Londres es muy difícil. Te puedes encontrar un cuchitril inmundo. Al llegar me registré pero no pude ocupar la habitación al no estar aún disponible. Les dejé la maleta y volví por donde había venido. Tomé el metro de nuevo y fui a Covent Garden, donde los fines de semana hay mucha animación, con artistas callejeros y puestos ambulantes. Nada más salir del metro encontré el templo de la sabiduría, la recién abierta Apple Store. Tres plantas llenas de iMacs, iPods, iPhones, iPads, MacBooks. Hay decenas de empleados con camiseta azul que te cuentan las maravillas de tales artilugios, y casi el mismo número de personal de seguridad vigilando que nadie se lleve los artículos dispuestos en las muchísimas mesas para que el público los pruebe. El personal de seguridad está compuesto por armarios de dos puertas de color negro con camiseta negra y pinganillo blanco en la oreja. Después de jugar un rato con los iPad (¡Snif!) y de probar el nuevo Office 2011 para Mac, salí a buscar un sitio para comer. Encontré una cafetería italiana y allí me instalé un rato en una comodísima butaca.
Hoy hemos disfrutado de temperaturas casi tropicales: 8ºC. El cielo ha estado cubierto pero no ha llovido. Aún no he abierto el paraguas. Ha llovido por las noches, pero me ha pillado durmiendo.
Entré en unas cuantas tiendas y, sin haber triunfado en absoluto, tuve que abandonar la zona en dirección a Knightsbridge. Destino: Harrods. Las rebajas de Harrods son célebres. Salen todos los años en las noticias. Hay una señora que siempre entra la primera y se lleva todos los chollos. Hoy era el último día. Lo anunciaban continuamente por megafonía. Evidentemente, ya no quedaba nada que comprar. No es que hubiera basurilla como te puedes encontrar en otros sitios. Es que un abrigo azul de cachemira precioso, divino de la muerte, costaba 370 libras, siendo su precio original 799. Eso, para el pueblo llano, no son rebajas, son ganas de echarse a llorar. Harta de vivir una situación melodramática, me fui a la planta donde están los juguetes, mi favorita. Por el camino pasé por la zona dedicada a mascotas.
Tuve que sacar una foto porque sabía con toda seguridad que no me ibais a creer lo que os voy a contar. Además de los abriguitos de lana venden vestidos para perros, vestidos, con tutú y collar de perlas incorporados. También había camitas, con almohada y sábanas, y juguetes, cientos de juguetes para perro.
Por fin, juguetes. Un soldado del Imperio de la Guerra de las Galaxias hecho con piezas de Lego a tamaño natural compartía espacio con un portero de Harrods igualmente hecho de Lego.
Estuve en la sección de libros, donde se puede comprar sin miedo a pagar más de la cuenta, porque vienen los precios marcados por la editorial. Además, había una oferta de 3x2, que no tuve ningún inconveniente en aprovechar. Hubiera comprado 30 en lugar de 3, si hubiera sitio suficiente en la maleta.
No había árabes millonarios comprando como otras veces he visto. Seguramente prefieren no mezclarse con las masas los domingos. Sin embargo, en una puerta lateral había aparcado un Maybach en dos tonos de marrón, con chófer dentro.
¿Quién tiene dinero para comprarse un Maybach si no es un árabe con petrodólares?
Salí de Harrods y estuve mirando escaparates por los alrededores. Ya era de noche. La fachada de la tienda estaba iluminada por cientos de bombillas.

Absolutamente destrozada, entré en Marks & Spencer a comprar la cena sabiendo de sobra que, una vez en el hotel, sería incapaz de volver a ponerme los zapatos para salir a cenar.
Llegué al hotel tras viajar en el metro embutida como una morcilla. ¡Cómo puede haber tanta gente por todas partes!
Me metí en la ducha inmediatamente después de sonarme la nariz, para sacarme de encima la porquería del metro porque los mocos eran de color gris. Disculpad que entre en detalles, pero es que lo consideraba necesario para darle más dramatismo a la historia.
Los grifos de este hotel se entienden perfectamente.
Excepto por la ausencia de mueble bar, este hotel tiene poco que envidiarle al otro en cuanto a comodidades. Además, en el otro las toallas eran de alquiler, que lo ponía en una etiqueta que llevaban pegada en una esquina. El papel higiénico es de excelente calidad.
Bajé al bar del hotel a pedir unos cubitos de hielo para echar a mi Coca Cola de cereza. El bar es una pasada de chulo. Parece la biblioteca de una mansión inglesa, con las paredes forradas de madera oscura, muchos libros y butacones. Me dieron una cubitera entera. No pasé allí mucho tiempo porque una dama nunca entra sola en el bar de un hotel, por razones obvias.
Me voy a acostar pronto para reponer fuerzas. Mañana pienso pasar el día entero en la calle.
Buenas noches.

22 ene. 2011

Una cateta en la Pérfida Albión (Londres, día 3)

De nuevo desperté a las seis y por fin a las siete. Me arreglé y encendí la tele. En la esquina inferior de las noticias de la BBC aparecía la hora: 06:20 de la mañana. ¡Maldición! Ayer por la noche cambié de reloj y estaba con la hora española. Podía haber dormido una hora más. Bueno, qué se le va a hacer. Estuve leyendo hasta las ocho, hora en la que salimos del hotel caminando hacia Piccadilly. Día húmedo pero un poco menos frío, pero sólo un poco.
Por más que busco no encuentro termómetros en la calle. Seguramente no los instalan para no alarmar a la población.
Llegamos a la Patisserie Valerie y volví a zamparme dos huevos escalfados con cuatro tostadas regados con una taza de chocolate. Me entró un calor por dentro que me duró hasta las tres de la tarde.
Comenzamos la reunión a las nueve y cuarto y no paramos hasta terminar. Ni siquiera comimos. A media mañana le eché valor y me comí una lápida-galleta, sin efectos secundarios aparentes por el momento. Estas extranjeras no tienen corazón. No se dan cuenta de que un español no puede saltarse la comida de mediodía así como así.
Justo enfrente de la Egyptian House está Old Bond Street, en cuya esquina está la joyería De Beers. En la calle, Yves Saint Laurent, Cartier, Tiffany, Prada, Chanel; todas esas tiendas donde acostumbramos a comprar a diario, ya sabéis. No pasé de la esquina. Demasiado ocupada con otras cosas.
Al terminar la reunión, nos separamos en dos grupos. Yo fui con la de Singapur y la de WISTA Dinamarca que vive en Suecia y nació en Persia. Estuvimos primero en Fortnum and Mason comprando té. Quiero aclarar que fueron ellas las que compraron té. Mamá, no te he comprado té. No sé, allí podía haber treinta tipos de té, o cuarenta, sabe Dios. A mí el té como que me da un poco de lado, así que me aburrí como una ostra ese rato. Tuve que entretenerme viendo los terrones de azúcar en forma de corazón y las piruletas de chocolate a 4,75 libras la unidad. Luego estuvimos en una librería, en una camisería y en el mercadillo de una iglesia. A los ingleses les encanta montar películas en las iglesias. Cuando no es un concierto en el que te sirven té y scones que te puedes comer sentado en los bancos, organizan una tómbola o un mercadillo. La cuestión es estar entretenidos.
La de Singapur se despidió de nosotras al poco tiempo. Tiene el vuelo de vuelta esta misma noche porque mañana al atardecer tiene que asistir a una boda. Con el cambio de horario, va a llegar justo para cambiarse de ropa y salir pitando a la ceremonia. Debe de querer mucho a los novios. No encuentro otra explicación.
Justo antes de decirnos adiós nos quedamos embobadas viendo pasar un Audi R8 de acero inoxidable. Tal cual, brillante y reluciente. Macarra al volante, por supuesto.
La persa y yo volvimos caminando al hotel. Las hordas de trabajadores han sido sustituidas por turistas de fin de semana. El puente de Westminster, a pesar del frío, estaba hasta las trancas de gente. La mayoría cámara en mano sacando fotos del Big Ben e interrumpiendo el paso de los viandantes.
Un turista en pantalón corto y chanclas. Seguro que esta noche le tienen que amputar un par de dedos del pie izquierdo.
Llegamos al hotel y nos separamos. Estuve en la habitación un rato descansando y llamé a nuestra presidenta para quedar para cenar a las siete. Eran las cinco y cuarto. Imposible aguantar hasta esa hora sin morir de inanición. Aquí puedes encontrar la muerte con facilidad. Si no es por una cosa es por otra. Salí a la calle a buscar uno de esos paraísos de la comida basura. Encontré uno enseguida. Los hay a cientos. Una tienda estrecha y alargada. Un pasillo dedicado a las patatas fritas, otro pasillo dedicado a las chocolatinas. Al fondo, una nevera con todo tipo de refrescos, de todos los colores y sabores. Una cesta de plátanos que en España te regalarían en el mercado de pura vergüenza. Impresentables. Escogí una Coca Cola de cereza y una caja de Pringles. Pagué y volví rauda y veloz al hotel.
He olvidado contar que, al salir, coincidí en el ascensor con una madre y una hija preadolescente. Mirando al suelo observé que la cría no llevaba zapatos. Iba en calcetines, un calcetín blanco y otro no tan blanco. Aquí mucha gente anda descalza por casa porque tienen los suelos enmoquetados, así que no me resultó del todo extraño. Los fabricantes de zapatillas lo tienen crudo. A medio camino la madre se dio cuenta y gritó: “¡Lydia!”. La tal Lydia ni se inmutó. Se encogió de hombros y salió del ascensor con destino a uno de los restaurantes del hotel, a cenar con su calcetín blanco y su calcetín no tan blanco.
Devoré las patatas con verdadera ansia y me tumbé en la cama un rato a descansar. En la tele un programa de esos en que un cámara de televisión sigue a una patrulla de policía por la noche. La gente está muy, pero que muy pasada.
A las siete bajé a cenar con nuestra presidenta y la persa. Tomamos algo ligero y estuvimos charlando hasta las diez. La persa nos contó que en Suecia va a comprar a un supermercado donde no hay dependientes. Coge un escáner, va pasando el escáner por todos los artículos que mete en la cesta, llega a la caja, pasa el escáner, ella misma introduce la tarjeta de crédito, mete la compra en la bolsa y se va. Ya le dije que eso es algo impensable en España.
Nos llevaríamos la compra por la cara. Aunque he visto alguno, hay dos guardas jurado en la puerta intentando controlar el mangoneo.
Nos despedimos en el ascensor, que compartimos con dos jovenzuelas que subían en albornoz. Una de ellas sin zapatos, con unos calcetines tobilleros de muñequitos. Venían del spa.
Os mando foto del London Eye visto desde aquí.
Buenas noches.

21 ene. 2011

Una cateta en la Pérfida Albión (Londres, día 2)

Desperté a las cinco, desperté a las seis menos cuarto, desperté a las siete y me levanté harta de despertarme. A las ocho y cuarto me reuní en el hall del hotel con Kathy, miembro norteamericana del comité ejecutivo de WISTA. Decidimos ir caminando hasta el lugar donde hoy y mañana se celebran las reuniones. Hacía un día estupendo, con un frío refrescante, tan refrescante que al cruzar el puente de Westminster los muslos empezaron a picarme. Creo que son los primeros síntomas que se sienten cuando vas a morir congelado.
Las casas del Parlamento y el Big Ben estaban iluminados por el sol, produciendo reflejos en todos los cristales de las ventanas y en los dorados de la torre del reloj. Precioso. Tardamos media hora en llegar a Piccadilly, subiendo por Whitehall, Pall Mall y Regent Street. Preferimos no atravesar por St. James Park por miedo a perdernos en cualquiera de los senderos. El edificio de estilo victoriano donde nos reunimos se llama Egyptian House. Nos han prestado la sede de la Arab Academy for Science and Technology. Todo el suelo está enmoquetado y las paredes cubiertas de madera, incluso las del ascensor. Antes de entrar dimos cuenta de un buen desayuno en Patisserie Valerie, a pocos metros de allí. Yo me cepillé dos huevos escalfados con tres tostadas y una taza de chocolate. Después de la caminata estaba dispuesta a comerme una vaca. En algún lugar por el camino perdí mis orejas por congelación. Volvieron a crecerme rápidamente tras la taza de chocolate.
A las nueve y media comenzó la reunión. De las siete miembros del comité ejecutivo sólo hemos podido venir cinco: yo (el burro delante), una americana, una de Singapur, una de WISTA Dinamarca que vive en Suecia pero nació en Persia, y nuestra presidenta que es griega. Nos dio la bienvenida la presidenta de WISTA UK, María Dixon. Estuvimos reunidas toda la mañana, hasta la una y media.

Por la ventana que tenía de frente veía aquel cielo azul que pocas veces se puede disfrutar aquí en pleno invierno. Me entraron ganas de salir corriendo a tirarme en un parque. Pronto recapacité pensando en el frío siberiano, así que continué sentada con cara de póker, como si todo lo que se estaba hablando fuera lo más importante del mundo mundial.
La secretaria de WISTA UK se unió a nosotras para comer. Estuvimos en un restaurante muy agradable llamado Fish Works. Y comimos pescado, claro. Me dio pena pedir lo que pediría en España, así que me lancé al Fish and Chips (pescado rebozado con patatas fritas). Acerté de lleno. El bacalao estaba delicioso y muy fresco. La ración era tan enorme que no pude comer nada más.
Volvimos a la Egyptian House. Pasamos la tarde reunidas. Después de haber comido tanto fue un poco soporífero.
El plato de galletas que pasó el día en el centro de la mesa llevaba obsesionándome desde primera hora. Concretamente una galleta con forma de lápida de cementerio inglés.
¿A quién se le puede ocurrir diseñar una galleta así? Al marcharnos a las cinco allí seguía la galleta. Mañana, si le echo valor suficiente, me la como.
Adjunto imagen tomada hoy durante la reunión.
Tres de nosotras volvimos andando a buen paso. Ya era noche cerrada y hacía un frío terrorífico. Igual que ayer, muchísima gente por la calle volviendo a casa después de la jornada laboral. Bajamos por St. James Street, llena de tiendas para pijos sibaritas. Tiendas de sombreros, de puros, de vinos, de zapatos hechos a mano.
Llegamos al hotel en media hora y nos citamos para cenar a las ocho.
Subí a la habitación, os escribí un rato y me asomé a la ventana….. no, no hay ventana. Me asomé a la pared de cristal, me asomé al cristal, me asomé…… lo que sea. En la acera de enfrente, a la derecha, hay un edificio de oficinas hecho de cristal, con las vigas de acero. Es como estar viendo 13 Rue del Percebe pero sin la alcantarilla en la puerta ni la tienda de ultramarinos del bajo. Todas las luces están encendidas y se ve perfectamente el interior. Siendo viernes y las siete menos cuarto, ya no quedaba un alma dentro. Ayer sí que había gente trabajando. No entiendo por qué dejan las luces encendidas.
Encendí la tele. Estaban poniendo “Coronation Street”, esa serie que lleva en pantalla desde 1960 y que puedes dejar de ver todo un año y no perder el hilo de la trama.
A las ocho nos reunimos cuatro y fuimos a cenar a un italiano a dos pasos del hotel. Siberia es el trópico comparado con esto. Comimos bastante bien y estuvimos charlando hasta las diez y cuarto. Mi Coca Cola venía servida en un vaso de Coca Cola que no tengo en mi colección. No me atreví a mangarlo. Aquí no se andan con tonterías.
La miembro de WISTA Dinamarca que vive en Suecia pero nació en Persia nos estuvo contando que vive junto a un bosque. En pleno invierno, cuando hay mucha nieve, los ciervos no tienen qué comer, así que ella y su marido les dejan alimentos en la ventana de la cocina. Todas las madrugadas vienen varios animales a cenar. Les encantan los plátanos.
Volvimos a toda prisa al hotel. Me voy a acostar ya porque estoy muerta cadáver y mañana hay que madrugar.

20 ene. 2011

Una cateta en la Pérfida Albión (Londres, día 1)

Seis y treinta y cinco minutos de la mañana. Suena el despertador y me levanto como si no fueran las seis y treinta y cinco minutos de la mañana. Me voy a Londres a pasar unos días. Mañana y pasado se celebra la reunión de invierno del Comité Ejecutivo de WISTA. A las siete ya estoy cerrando la maleta. Llenar la maleta se convierte en una tarea estresante que no acabo de dominar del todo, a pesar de los años. Hay que intentar llevar lo menos posible para evitar el sobrepeso a la vuelta. Es necesario dejar atrás artículos de primera necesidad, como las gafas de sol o el gel anticelulítico. Lo de las gafas de sol es terrible. Vienen en unas fundas enormes como ataúdes que no hay manera de meter en ningún bolso de tamaño medio. Cada vez que hojeo el Hola me pregunto cómo lo hacen las famosas. Estoy segura que llevan un ayuda de cámara oriental en alpargatas caminando a dos o tres pasos de ellas con una alforja cargada de trastos. Nunca salen en las fotos de las revistas porque no son estéticos.
Mis padres se ofrecieron voluntarios a llevarme al aeropuerto de Faro, desde donde salen vuelos de Easy Jet a muy buen precio. Velocidad de crucero: 96 Km/hora. En un tramo cuesta abajo alcanzamos la friolera de 102 Km/hora, momento en el que clavé las uñas en el asiento pensando: “¡Dios mío, nos matamos!
Llegamos sin novedad al aeropuerto, sin incidentes dignos de mención. Facturé y accedí a la zona de pasajeros. La maleta pesaba 8 kgs. He batido mi récord. Eso significa que puedo comprar como una posesa en las rebajas londinenses.
Lo de mi maleta es un misterio tan misterioso como el de la Virgen de Fátima. Salgo de casa con poco peso, no compro casi nada y a la vuelta la maleta viene que revienta y rozando el límite de peso.
147 pasajeros británicos, una pareja de jóvenes portugueses, treinta bolsas de palos de golf y yo componíamos el pasaje. El británico que pasó el control de seguridad justo detrás de mí contestó que llevaba un iPad encima cuando nos preguntaron si llevábamos ordenador. “Bastard”, pensé. Porque ya empecé a blasfemar en inglés, para practicar.
Easy Jet, a pesar de ser una línea de bajo coste, no ofrece tantas emociones como Ryanair. Incluso la bolsa de basura que pasan para recoger nuestros desechos no es de supermercado, sino naranja como el color de la línea aérea.
El vuelo estaba programado para las 10:05 hrs. A las 10:04 hrs ya estábamos corriendo por la pista. ¿Se debió a que la mayoría de británicos a bordo influyó en la puntualidad o, quizás, a que la torre de control de Faro no está controlada por los descontroladores españoles?
Aterrizamos en Gatwick con casi veinte minutos de adelanto. Al salir del aparato, por un hueco entre el avión y el finger entraba un aire gélido. 5 grados centígrados, según nos informó el piloto, para horror de las adolescentes inglesas que viajaban justo detrás de mí. La maleta bien, gracias.
Tomé el tren Gatwick Express con destino a la estación Victoria. En una media hora llegué y tomé el metro. Salí a la superficie en la estación de Waterloo. Caminé unos metros y llegué al hotel. Ayer a la hora de comer recibí una llamada desde aquí. Hice la reserva por internet y en la casilla “Peticiones” solicité, si era posible, una habitación con vistas al Támesis. Me llamaban para decirme que podían facilitarme dicha opción, pero a 80 libras más por noche. “No, muchas gracias, no es necesario. Puedo sacar una foto al llegar y ponerla de fondo de pantalla, que me sale más barato.”
Guarecidos del frío, justo detrás de la cristalera del hotel, había cinco señores vestidos con abrigos negros y bombines. Uno salió raudo y veloz a cogerme la maleta tan pronto me vio aparecer por la esquina. Eran los botones. Mi maleta desapareció de mi vista y apareció por arte de magia en mi habitación al cabo de un rato. Piso 9. La pared del fondo no existe. Es de cristal. Y la vista es la que se observa en las fotos .


El London Eye, la noria gigante construida para conmemorar el cambio de milenio, de frente. A la izquierda, las casas del Parlamento con el Big Ben, del cual me tapa un trozo el antiguo ayuntamiento de Londres, que es el que me impide la vista al Támesis.
Deshice el equipaje, me conecté a internet para comprobar que funcionaba correctamente y enseguida salí a dar un paseo muy abrigada. Al atravesar el puente de Westminster corría por el río una brisa siberiana que cortaba el cutis. En medio del puente un gaitero escocés, con falta escocesa, tocando la gaita. Espero que llevara calzoncillos………. por su bien.
Tocaban las cuatro de la tarde en el Big Ben cuando empecé a subir la avenida Whitehall. Hacia la mitad, a la izquierda, Downing Street, donde vive el primer ministro. Se me ocurrió que he pasado por allí teniendo como inquilinos primero a aquella señora tan seca, luego a Tony Blair, después al de los pelos en la nariz, y ahora a ese chico tan mono.
Un poco más arriba estaba terminando el cambio de la guardia de la reina a caballo. No es que la reina estuviera a caballo. Son los de la guardia los que van a caballo. Debido al frío vestían unas enormes capas azules con ribetes rojos. Muy elegantes. Uno de ellos era negro. Es la primera vez que veo un negro miembro de la guardia a caballo.
Al llegar a Trafalgar Square entré en la librería Waterstone’s, donde hacía una temperatura muy agradable. Estuve hojeando libros pero no compré ninguno. Dejo las compras para otro día. Seguí paseando por Strand y me puse a buscar el MacDonalds más cercano para cenar. Sí, cené a las cinco de la tarde. Tenía un hambre que me comía las piedras. Hoy sólo comí un sándwich en el avión. Recordé que en la zona de Charing Cross había uno donde el hijo de unos amigos de mis padres trabajó hace años cuando vino a perfeccionar el idioma. Allí seguía MacDonalds. Devoré una hamburguesa doble con queso, que ya en España no se sirve, por misteriosas razones. El tomate no te lo dan en sobrecitos. Hay un enorme dispensador de tomate en el centro del restaurante y vas allí con un vasito de cartón que llenas con la cantidad que necesitas. Me senté en una mesa frente a los baños. Me entretuve viendo entrar a la gente. Lo curioso es que salía gente que no había visto entrar. Gente con aspecto extraño. Una señora negra con alpargatas de esparto de cuña abiertas por delante. Ahí, sí señor. A cinco grados con el pie al aire. Diversos tipos de vagabundos que utilizan MacDonalds como baño público.
Al salir a la calle ya era noche cerrada. Cinco y cuarto de la tarde. Bueno, cinco y cuarto de la noche. Frío que te cagas. Montones de gente por la calle. Trabajadores volviendo a casa a toda prisa. Hay que andar con ojo en esos momentos para que no te arrollen.
Volví sobre mis pasos hacia el hotel. Entré por el camino en dos tiendas de souvenirs para ver las últimas novedades y entrar en calor. Como era de esperar, los objetos estrella son aquellos dedicados a la boda del príncipe Guillermo y Kate Middleton. Cucharillas, tazas, platitos, postales, dedales, etc.
También entré en un Spar a comprar dos objetos de culto que no hay manera de encontrar en España: una lata de Coca Cola de cereza y una barrita de chocolate WISPA. Las estoy degustando mientras os escribo.



El gaitero seguía tocando la gaita en el puente de Westminster. Un trilero intentaba embaucar a dos judíos ortodoxos, de esos con tirabuzones delante de las orejas y sombrero negro. Tremendo frío en el puente. Lo atravesé a toda prisa y llegué al hotel en unos minutos. Una vez en la habitación, me preparé un baño caliente con unas sales que amablemente obsequian a los huéspedes junto con el gorro de baño de plástico y la pastilla de jabón. Entré en calor enseguida y quise darme una ducha antes de secarme. Hay ducha fija y ducha de teléfono. Quince minutos de búsqueda del interruptor, manilla, botón o similar que accionara la maldita ducha. Quince minutos recordando aquél artículo de Elvira Lindo contando una experiencia similar en un hotel japonés, que me hizo reír entonces y que casi me hace llorar hoy. Por fin, sin pensar, giré el grifo en sentido contrario, como si lo fuera a cerrar pero más fuerte. Y empezó a salir el agua helada desde la ducha fija. Sus muertos. Siguiendo la misma lógica, seguí accionando el grifo en el mismo sentido, y comenzó a salir el agua por la ducha de teléfono. Será un invento japonés.
Ya seca y vestida de nuevo tuve que esperar para poder encender/cargar el ordenador porque sólo tengo un adaptador de enchufe y lo estaba usando para cargar el móvil. Aquí los enchufes tienen tres clavijas.
Estuve viendo la tele un rato, pasatiempo que no practico en mi vida normal. La BBC1 estaba emitiendo un programa de variedades. Entre otras cosas me enteré de que esta tarde acuchillaron a un adolescente en el norte de Londres. Tomo nota para no visitar el norte de Londres. Luego salió un individuo que colecciona botellas de leche. El programa terminó con los presentadores devorando un pastel de vainilla y chocolate. Ahora tengo puesta la radio para concentrarme en lo que escribo.
Son las diez de la noche en España y las nueve aquí. Creo que me voy a acostar ya. Mañana me espera un día largo.

13 ene. 2011

Conejillo de Indias

Se me están cayendo los mocos, me acabo de lavar los dientes y no sentía las cerdas (perdón) al rozarme el paladar, me cae la baba por el lado izquierdo de la boca. Todo esto es consecuencia de haberme convertido en cobaya de laboratorio, conejillo de indias en manos de dos desalmados: un otorrinolaringólogo y una alergóloga.

Todo empezó hace cuatro meses y medio, cuando decidí tomar cartas en el asunto tras llevar un tiempo respirando con dificultad. Como soy más burra que un arado, lo fui dejando dejando hasta que la situación se volvió insostenible. No es que me estuviera ahogando, pero casi.

Cogí el listado de médicos y busqué un otorrino. Encontré uno con dos apellidos que me resultaron familiares. Tenía que ser el hermano de dos compañeras mías de colegio. Un tipo serio y formal, seguro, porque lo recordaba con ocho años acudiendo de la mano de sus padres a las funciones escolares de nuestro colegio y aguantándolas estoicamente. Entonces tocaba yo la bandurria, pero esa es otra historia.

Nada más llegar a la consulta lo reconocí inmediatamente. Era él, sin duda. El doble de alto pero con la misma cara. Me trató con mucha formalidad, llamándome de usted, para luego meterme unas pinzas en la nariz y abrirme los orificios todo lo que pudo para mirar dentro. Me recetó un par de medicamentos y me mandó hacer análisis de sangre por si se trataba de una alergia. En caso de resultado positivo, tendría que acudir a un alergólogo.

Así fue. Pedí cita a una alergóloga que el primer día me hizo remangar los dos brazos, me pintó rayitas con un bolígrafo azul, me hizo un cortecito junto a cada raya, dejó caer gotas diferentes sobre cada herida y me mandó a la sala de espera de esa guisa. “Si te pica, no te rasques. Dentro de 20 minutos voy a buscarte.” Y así me senté en la sala de espera, ante los ojos sorprendidos de los pacientes que nunca habían visto una prueba de alergia. ¿Que si picaba? A los cinco minutos aquello empezó a picar como sus muertos, y yo soplaba para aliviarme, deseando arañarme los brazos para deshacerme de aquella tortura. Cuando vino a buscarme, casi le araño la cara a ella.

“Eres alérgica a las gramíneas y al olivo. Vas a tomar estos medicamentos y vuelves dentro de 20 días”. Menos mal que no vivo en Jaén ni tengo una almazara.

Los 20 días se convirtieron en 35 por culpa de motivos varios. Los medicamentos no me habían hecho efecto. Lo que me encantó fue el bote de agua de mar que me tenía que pulverizar en la nariz nada más levantarme por las mañanas. Ahí sí que se me caían los mocos, pero no vamos a entrar en detalles.

La doctora decidió enviarme a un radiólogo para hacerme una radiografía de senos. No, no de los senos que estáis pensando. Es que a los dos lados de la nariz también tenemos senos. Otro momento de tortura. Me pusieron de frente a una pared, me hicieron levantar la cabeza, abrir la boca lo más posible y apoyar la cara contra aquella pared, como si me la fuera a comer. Me encantaría poder colgar aquí la radiografía, pero no sé cómo. Resulta hilarante. Esta que he colgado la encontré en Internet. Es parecida pero con mi cara.

Pasados unos cuantos días volví a la alergóloga con mi hilarante radiografía. Tengo un quiste detrás de la nariz. Un quiste de mocos. ¿Mocos petrificados? Me hizo un informe y me remitió al estoico aguantador de funciones escolares, de cuya consulta acabo de volver. Nada más llegar me he puesto a escribir esta historia, en caliente, para que no se me escape ningún detalle. El tipo me sentó en una cámara de tortura, me echó unas gotas en la nariz, gotas que se salieron y me corrieron por la cara. Eran gotas anestesiantes. Por eso tengo el labio tonto. Cuando consideró que mi nariz estaba suficientemente dormida, sacó de no sé dónde un artilugio que parecía un látigo, así como de un metro de largo, con una lucecita en la punta. ¡Dios mío! Me lo iba a meter por la nariz. Era una cámara. “Si me la introduce entera, me va a salir por el ano (perdón)”, pensé. Cerré los ojos para no ver aquello. Me da grima pensarlo. Empecé a notar aquella cosa dentro de mi nariz. Primero por un orificio y luego por el otro. A punto estuve de darle una patada en la entrepierna cuando me dolió de verdad. Por fin terminó aquello. “Te voy a mandar a hacer un TAC para ver bien lo que hay”. Así que la tortura continúa. Acabaré en quirófano, tiempo al tiempo.