30 sept. 2013

Una cateta en Canadá (Día 9)

05:43. Inesperada regresión en mi estado que no me afectó hasta la hora de la cena.
A las ocho y cuarto quedé con Karin para desayunar. Dejamos a Jeanne durmiendo pues había estado trabajando en sus cosas de abogado hasta bien entrada la madrugada.
Cerca de nuestros hoteles descubrí ayer una cafetería panadería donde comí un croissant gigante con onzas de chocolate dentro. No, no estoy curada. Karin, que es más grande que yo, se cepilló una baguette entera con queso fundido por encima, dos tazas de café y una de té verde.
A las diez menos cuarto recogimos a Jeanne y subimos al coche de alquiler que trajo desde el aeropuerto de Montreal. Como es americana, en lugar de alquilar un Opel Corsa, apareció con un tanque.
Después de tener más que palabras con la señora del GPS, por fin salimos en dirección al Parc de la Chute de Montmorency, donde visitamos una catarata aún más alta que las del Niágara. Un puente colgante la atraviesa por encima. Para acceder a él tuvimos que coger un teleférico. La catarata se forma al vaciar el río Montmorency en el río San Lorenzo. Las vistas desde allí arriba eran espectaculares.
Hacía un día tan magnífico que me pude quedar en camiseta hasta que volvimos a Québec por la tarde.
Seguimos ruta hacia el Cañón de Sainte-Anne, donde paseamos entre las rocas y atravesamos la cascada por dos puentes colgantes. Hay un tercero pero está en restauración. Creo que en mi vida no había visto una cosa tan bonita como lo que visitamos hoy.
Jeanne, que es una loca de los deportes y la aventura, se empeñó en lanzarse en tirolina por el cañón. Convenció a Karin para hacer lo mismo. Conmigo no pudieron.
Al volver de la excursión, paramos en Saint-Anne-de-Beaupré, uno de los templos sagrados más visitados de Canadá. La iglesia original se construyó en el siglo XVII como agradecimiento a Santa Ana por parte de los supervivientes de un naufragio que llegaron a estas costas. El templo actual es de principios del siglo XX. El anterior se quemó. No sé qué les da a los canadienses con las iglesias, que se les queman todas.
Por el camino nos reímos mucho con/de Jeanne por lo americana que es. A Karin y a mí nos llama “kids”, a pesar de peinar canas hace tiempo. A la Coca Cola la llama “soda”, al grupo de WISTA USA que va a asistir a la conferencia de la semana que viene se refiere como su “gang” y a la señora del GPS la llamó “baby”.
No me gusta nada la señora del GPS. Se dirige a nosotras con una voz mandona y siempre nos dice que giremos donde se pueda hacer legalmente.
A las cinco y media regresamos a Québec, tras sufrir un leve atasco por la carretera y tener que ir a paso de carreta detrás de diez motoristas en sus niqueladas Harley Davidsons.
Aparcamos el coche y fuimos al hotel de Karin y Jeanne. Karin y yo dedicamos  un rato a WISTA y Jeanne se puso a trabajar en su ordenador, aunque la pillamos un par de veces jugando a Candy Crash.
En la escalera de mi hotel me crucé con un tío que me resultó cara conocida, pero no le di mayor importancia.
A las ocho subimos a cenar a la parte alta del viejo Québec. Habíamos quedado con Joyce, una medio asiática miembro de WISTA Holanda, y su marido Fritz, llegados por la tarde desde Montreal. Cuando entraron en el restaurante me di cuenta de que Fritz era el señor que me crucé en la escalera un rato antes. Otros que, sin organizarlo, se hospedaban en el mismo sitio que yo.
Es difícil explicar lo que comimos porque fue algo indescriptible. Desde mejillas de venado a vieiras con burbujas y arenilla por encima, risotto con arroz de color marrón que más bien parecían pipas de girasol, y otra lista de alimentos que no soy capaz de definir. En resumen, cocina experimental que intentaré no volver a probar en el resto de mis días.
Durante la cena se me empezaron a caer los ojos de cansancio. Al volver al hotel andando me espabilé un poco. Como éstos son bastante jueguistas, tuvimos que parar en el bar de mi hotel a tomar la última. A las doce nos despedimos. Joyce y Fritz se quedaron en el bar. Deben de tener la cabeza del revés porque vienen desde Indonesia, donde es doce horas más tarde que aquí. Mi jet lag es un juego de niños comparado con eso.
Buenas noches desde Québec.

29 sept. 2013

Una cateta en Canadá (Día 8)

06:02. Ya casi estoy. Esto ya es una hora más normal.
Me quedé en la habitación hasta las nueve. Hoy han aparecido músculos desconocidos en mis dos piernas. ¡Cómo me duelen al andar!
Dejé la maleta en recepción y salí a pasear por la calle Sherbrooke, que hace esquina con la del hotel. Por el camino me crucé con una vagabunda borracha como una cuba. Aquí no se andan con tonterías. En lugar del brick de Don Simón llevaba una botella de Jack Daniels.
En la calle Sherbrooke quedan algunas mansiones de piedra del siglo XIX y hay también edificios de viviendas de lujo, con gárgolas y fachadas decoradas. Uno, llamado Le Château, parecía un castillo medieval. A la puerta de todos ellos había porteros vestidos con librea. Pasé por el hotel Ritz Carlton, la joyería Tiffany’s, y todas esas tiendas que se miran pero no se tocan, la iglesia de San Andrés y San Pablo y el museo de Bellas Artes. En los alrededores de este museo se exponen esculturas al aire libre. Me gustó mucho una vaca de bronce a tamaño natural.
Hacía una temperatura excelente ya que el sol brillaba desde las seis. Las terrazas de estilo parisino estaban a rebosar de gente tomando el brunch.
Al pasar por una panadería me llegó el olor a croissant recién hecho y no pude  evitar la tentación de comprar uno. Fui a comerlo sentada en un banco de la plaza Dorchester. Delicioso. Mientras estaba allí, apareció un empleado del ayuntamiento con una bayeta. Limpió con ella todos y cada uno de los bancos de madera de la plaza.
Recordé de repente que llevo desde el domingo sin probar el chocolate. El último fue el que contenía el bizcocho que nos sirvieron en la comida del avión. ¿Me estaré curando de mi adicción?
Seguí paseando por la rue Sainte-Catherine llena de tiendas. A la puerta del Apple Store había aparcado un Ferrari color rosa. ¿TestaRosa?
Tuve que quitarme el chaquetón porque hacía por lo menos 15ºC.
Volví al hotel a recoger la maleta. En el hall me crucé con un matrimonio de comedores de carne cruda. Deben de darle bien a la carne cruda porque estaban gordos como toneles.
Caminé hasta la estación de tren, a unos cinco minutos de distancia.
Compré un sándwich de pan de brioche relleno de lechuga, jamón york y queso, para comer por el camino y me senté a esperar a que nos llamaran para embarcar con destino a Québec.
Un amable empleado de la estación se acercó a los pasajeros con maletas grandes y nos indicó que las teníamos que facturar.
A la una en punto salió el tren. El vagón era diferente al del viaje desde Toronto. El sitio era comidísimo, con una enorme mesa donde pude colocar el ordenador, enchufarlo y conectarme a internet. El suelo tenía una leve inclinación para colocar los pies.
A mi lado dos señoras jugando al póker como si fueran tahúres profesionales. ¡Qué manera de manejar las cartas!
Llegamos a Québec a las 16:15, con cinco minutos de adelanto. Tardé en salir del andén porque sacaron las maletas del vagón de equipajes una  a una.
Lo mío por Québec ha sido amor a primera vista, empezando por la estación de tren.
El hotel está a unos minutos de distancia. Me registré y salí a pasear un rato por el viejo Québec antes de ir a cenar. Fue como volver a Europa de repente. Calles y casas de piedra, flores por todos lados, terrazas llenas de gente aprovechando la agradable temperatura.
A las siete fui a recoger a Karin y a Jeanne, miembros de WISTA Holanda y USA que han coincidido aquí conmigo sin haberlo planeado. Y lo más gracioso de todo es que su hotel es el edificio de al lado.
Subimos a la parte alta a buscar un lugar agradable donde cenar. Todos los restaurantes estaban hasta la bola de gente. Encontramos sitio en uno de comida americana. Probamos el poutin, un plato típico canadiense que consiste en patatas fritas, taquitos de queso y salsa de carne. Una bomba.
A las diez volvimos paseando al hotel y nos despedimos.
Desde mi habitación se ve la terminal de cruceros. Hay uno atracado desde que llegué. Junto a él está The Image Mill, un antiguo silo de grano donde proyectan imágenes. Hoy se ve como una cortina de colores que se mueve al viento. 
Buenas noches desde Québec.

28 sept. 2013

Una cateta en Canadá (Día 7)


05:08. A este ritmo calculo que el martes ya estaré adaptada pero, teniendo en cuenta que a partir de hoy no me van a dejar acostarme temprano, va a ser un desastre total.
Salí a la calle a las ocho y media. Me dirigí a la calle Peel y empecé a subir su empinada cuesta. A ambos lados hay pabellones de la McGill University, pequeños chalets con torreones rodeados de jardines. Hay que pensárselo dos veces para ir a clase por la mañana. En enero debe de ser un verdadero acto heroico por la subida y por el frío que tiene que hacer. Llegué casi sin aliento a la entrada del Mont-Royal. Es una alta colina boscosa bautizada así por Jacques Cartier, el primer francés que apareció por aquí en 1535. De ahí surgió el nombre de la ciudad.
Estuve un minuto dudando si iniciar el ascenso o no, ya que no veía a nadie por los alrededores y tuve dudas de si acabarían encontrando mi cadáver descompuesto al final del invierno. Enseguida empezaron a aparecer chicas solas haciendo deporte, lo cual me garantizó la seguridad del entorno.
La subida tenía dos tramos diferentes. Primero unas escaleras de madera y luego un camino de grava serpenteando hasta la cima. Al llegar al final de la escalera estaba sudando como un pollo porque soy muy burra y subí rápido y sin descansar.
No sé qué me gustó más del paseo, si los árboles y sus diferentes colores, las ardillas que atravesaban el camino constantemente o el  intenso olor a bosque.
Casi en la zona más alta está el chalet Mont-Royal, un pabellón enorme con una sala vacía que supongo alquilan para eventos. Olía a cerruno allí dentro. Delante del pabellón hay una amplia terraza con vistas a la ciudad.
En la entrada del pabellón había unas sillas de madera comodísimas donde me senté un rato a descansar. La paz se rompió cuando apareció un camión con un depósito de agua. Bajó del mismo una señora que puso en marcha una ruidosa bomba y se dedicó a regar todos los maceteros de la terraza.
Poco después de marchar la ruidosa señora empecé a tener frío. El sol aún no se había dignado a aparecer por entre las nubes y yo había dejado de sudar como un pollo.
Continué el ascenso encontrándome por el camino con varios grupos de religiosos rezando el rosario, jubilados en una forma estupenda haciendo ejercicio y jóvenes corriendo. También, y ya van varias veces estos días, grupos de estudiantes rodando cortos. Llevan sus guiones en la mano con texto y dibujos y repiten las escenas una y otra vez. O aquí están locos por el cine o hay una escuela en la universidad.
Llegué a la cima, donde hay una cruz metálica horrorosa que en principio confundí con una torre de comunicaciones.
A partir de ahí inicié el descenso volviendo sobre mis pasos hasta la escalera de madera. Me  crucé con un matrimonio bastante mayor subiendo con un perro de lanas que resoplaba de tal manera por el esfuerzo que no creo que les dure mucho si se dedican a llevarlo por allí todos los días.
En lugar de bajar por el camino hacia la calle Peel, giré hacia el norte en dirección al Plateau Mont-Royal, un barrio que me recomendó la señora de la oficina de información turística. Tardé más de una hora en llegar hasta allí, pero mereció la pena porque caminar entre los árboles en silencio fue una experiencia extraordinaria. La salida del parque por ese lado tiene unos jardines muy bonitos con una estatua dedicada al Sr. Cartier, del que ya os hablé más arriba.
Se me ocurrió mirar hacia atrás y al ver hasta dónde había subido y desde dónde había bajado pensé: “Si lo sé, no vengo”.
El barrio, bohemio y multicultural, estaba muy concurrido. Me gustaron las casas. En muchas de ellas, para subir al primer piso tienen escaleras metálicas exteriores, con la puerta principal en lugar de una terraza. Curioso.
Dado que las piernas ya no me respondían correctamente y que estaba donde Cristo perdió el mechero, me metí en el metro para bajar hasta el viejo Montreal a comer. Quería tomar algo temprano porque hoy estaba citada para cenar a las seis y media con el comité ejecutivo de WISTA Canadá.
Me apetecía comer un crêpe. Recordaba haber visto ayer varios sitios donde los servían. Pedí uno de queso y champiñones que se salía del plato.
Di un paseo por los alrededores, subí hasta la basílica Notre-Dame-de-Montréal y desde allí poco a poco me fui acercando al hotel.
En la puerta de una tienda de telefonía había dos afganos con dos afganas repartiendo publicidad.
Las puertas del parque de bomberos estaban abiertas, mostrando a los viandantes los flamantes coches de bomberos y a los flamantes bomberos. Sin comentarios.
Subí a la habitación y me tiré en la cama. Los pies me palpitaban.
A las seis y cuarto salí hacia el restaurante Andiamo. Cené con la presidenta de WISTA, que acababa de aterrizar desde Amsterdam, y las organizadoras de la conferencia. Sólo conocía a la presidenta de WISTA Canadá. Con las otras dos llevaba meses intercambiando mensajes casi a diario. Hoy, por fin, nos pusimos cara.
La carta del restaurante se anunciaba como mediterránea. Cierto es que en ella aparecía el gazpacho andaluz y los vinos eran todos españoles. Comí vieiras sobre una deliciosa cama de risotto. Todo ello regado con agua del grifo.
Durante la cena repasamos los flecos que quedaban pendientes y todos los cotilleos referentes  a la conferencia.
A las diez de la noche salimos del restaurante. Eso es lo que tiene de bueno salir a cenar tan temprano. No acabas a las mil quinientas.
Volví al hotel dando un paseo. Las calles estaban llenas de gente. Estoy en la zona de la movida.
Buenas noches desde Montreal.

27 sept. 2013

Una cateta en Canadá (Día 6)

04:40 hrs. Estaba en un duermevela pensando que lo iba a conseguir por fin cuando, de repente, suena un bocinazo en mi móvil. “Ahora de regalo 25% en Cortefiel y Pedro del Hierro…..” y mientras me iba acordando de los parientes difuntos de Pedro del Hierro me fui despertando del todo.
A las cinco y media me levanté, me arreglé y estuve enviando y contestando e-mails de WISTA. Luego estuve paseando por internet.
A las ocho y media salí del hotel hacia el viejo Montreal, donde se instalaron los primeros pobladores franceses a orillas del río San Lorenzo. De aquella época no queda absolutamente nada. Los edificios de piedra del siglo XVIII y las calles empedradas le dan un aire centroeuropeo que te hace olvidar que dos calles más arriba hay rascacielos y tanques aparcados en las aceras. Muchos conducen estos bichos desafiando a la aerodinámica. Ningún coche con matrícula de Quebec lleva placas en la parte delantera. En Toronto sí las llevaban.
La primera visita del día fue a la Basílica Notre-Dame-de-Montréal en la Place d’Armes. El interior está inspirado en la Sainte-Chapelle de París. A esa hora tan temprana sólo estábamos allí los japoneses y yo.
Me senté un momento a ver con detalle las imágenes del altar. El órgano de la basílica no dejaba de sonar, siempre la misma estrofa, una y otra vez, algunas desafinando. Me huelo que el organista era la señora de la limpieza pasando la bayeta por las teclas.
Las imágenes de las capillas eran tallas de madera muy rústicas. A los capillitas de la Semana Santa les escandalizaría tanta sencillez. Es la primera vez que veo una talla de una monja con gafas.
Paseando por la rue Saint Paul llegué hasta el ayuntamiento, donde una excursión de diminutos estaba a punto de entrar. Los llevaban sujetando los picos de una tela para no perderlos. Iban todos muy abrigados. Aunque amaneció un día muy bonito, se nubló y refrescó mucho. En esa zona tan cerca del río soplaba un biruji helador.
Justo enfrente del ayuntamiento está el Château Ramezay, una casa de piedra construida al estilo de Normandía para el gobernador que vino desde allí en 1702. Los jardines estaban abiertos al público.  Había unas calabazas enormes en colores naranja y amarillos.
Recorriendo la zona coincidí varias veces con unos estudiantes que llevaban en la mano unos papeles y cintas métricas. Se detenían en las placas conmemorativas y las medían. La última vez que los vi estaban midiendo la altura de la entrada a un callejón.
También andaba por allí un numeroso grupo de niñas todas vestidas igual, con pantalón azul, camiseta rosa y forro polar azul con letras en rosa. La mochila también era rosa y azul. Pensé que era una excursión de un colegio, hasta que el dueño de una tienda de souvenirs les preguntó de dónde eran. Australianas, contestaron ellas. Entonces presté atención a lo que llevaban escrito en el pecho: “Coro de niñas australianas”. ¿Hace falta venir tan lejos a cantar?
Los souvenirs canadienses consisten principalmente en todo tipo de objetos en color rojo con la hoja de arce en blanco (Cake, ya tengo tu llavero). También las botellitas con sirope de arce e incluso piruletas con sabor a sirope de arce. En todas las tiendas hay una sección dedicada a la artesanía inuit, que son los esquimales de toda la vida, que ahora no se les puede llamar esquimales porque está mal visto porque significa “comedores de carne cruda”. Toda nuestra infancia insultando a estos pobres señores sin saberlo.
Del viejo Montreal subí andando hasta el barrio chino. No sé para qué voy a los barrios chinos si tengo que salir de allí siempre a carreras. Esta vez lo que me hizo huir fue un individuo chupando lo que parecía ser una hoja de tabaco con arroz pegado.
Entré en el Palacio de Congresos a tomar el metro con destino al Parque Olímpico. Ir andando hubiera sido una barbaridad porque está en la quinta puñeta.
En el metro tuve oportunidad de descubrir que en Montreal también hay locos. Había uno en el andén de enfrente con gafas de sol y los zapatos en la mano. Los calcetines tenían el dibujo de los huesos del pie. Ya dentro del vagón, había otro comiendo de un recipiente de plástico unas judías verdes como si alguien se las fuera a quitar.
El Parque Olímpico está perfectamente conservado pero tiene un aire demodé. Teniendo en cuenta que han pasado casi 40 años no es de extrañar.
Comí un sándwich en una cafetería y di una vuelta por los alrededores. Salió el sol y pude quitarme el chaquetón los cinco minutos que estuve rodeando el estadio olímpico.
Volví en metro hasta la estación Peel, donde está uno de los accesos a la ciudad subterránea. Estuve echando un vistazo a las tiendas y volví al hotel a descansar un rato. Cuando salí otra vez estuve paseando por la zona subterránea debajo de la estación de tren. Desde allí se puede entrar a varios edificios de rascacielos y al hotel Fairmont Queen Elizabeth sin salir a la calle. En este hotel celebraremos la semana que viene la conferencia de WISTA.
A las seis de la tarde di por terminado el día y volví al hotel a descansar.
Me duelen esos musculitos que tengo en la parte exterior de los tobillos y que sólo me duelen cuando hago turismo.
Buenas noches desde Montreal……..76.
 

26 sept. 2013

Una cateta en Canadá (Día 5)

03:55 hrs. Poco a poco voy adaptándome al horario. El último día en Canadá seguro que ya me habré adaptado totalmente.
A las cinco desperté por segunda vez y ya no pude volver a dormir, pero me obligué a estar en la cama con los ojos cerrados hasta las seis menos cuarto, a ver si servía de algo.
Me arreglé y le dediqué una hora a WISTA. Cerré la maleta, pagué la habitación y me fui caminando hasta Union Station, sorteando por el camino a las hormigas que se dirigían al trabajo ordenadamente, sin empujar. 9ºC y un sol brillante. ¡Qué suerte estoy teniendo con el tiempo!
En la cola para acceder al andén nos pesaron las maletas como si fueran a meterlas en un avión. En una cola paralela observé a dos chicas Amish. Pero, ¿estos no tenían que viajar en coche de caballos?
A las 09:25 en punto salió el tren. No era tan elegante como el AVE pero estaba bastante bien. Tenían servicio wifi y enchufe para el ordenador.
Los paisajes por el camino fueron espectaculares. Circulamos por la orilla del lago Ontario, atravesamos bosques de arces cuyas hojas eran de colores que iban del verde al rojo y al amarillo. También pasamos por una fábrica de cemento. No podía ser todo perfecto.
El viaje se me hizo corto gracias a la conexión a internet y al precioso paisaje. Llegamos a Montreal a las 14:15, unos diez minutos antes de la hora prevista. Tan pronto bajé del tren fui consciente de la diferencia entre Ontario y Quebec. Todo el mundo hablaba francés, los coches hacían más ruido por la calle y algunos incluso tocaban el claxon.
Cada vez que digo “Montreal” me sale automáticamente “76”. No puedo evitarlo. Las Olimpiadas de Montreal 76 son las primeras que recuerdo con claridad y se me ha quedado esa coletilla pegada al nombre de la ciudad.
A cinco minutos andando por el Boulevard René-Lévesque estaba mi hotel. Hice el registro de entrada pero no pude subir a la habitación porque aún no la tenían lista. Dejé el equipaje en recepción y salí buscar un lugar donde comer para evitar un desmayo. A nivel del suelo no encontré ningún sitio que me gustara, así que busqué un acceso a la ciudad subterránea. Como en invierno hace un frío tremendo, han construido poco a poco otro Montreal bajo tierra. Es una red de pasajes de unos 30 kms que cuenta con tiendas, restaurantes, hoteles y teatros. Se dice que puedes vivir bajo tierra sin necesidad de salir a la superficie para nada.
Localicé un sitio donde me dieron de comer algo de lechuga con pollo, una ensalada de pasta y otra de frutas que contenía trozos de melón duros como piedras. Si probaran nuestros melones seguramente morirían de la impresión.
No sé qué le echaron a la comida que me dio un subidón turístico y me puse a caminar y a ver cosas como una loca. Tanto que creo que he visto la mitad de lo que tenía que ver en una sola tarde.
Empecé por la catedral católica Marie-Reine-du-Monde (No hace falta que traduzca, ¿verdad?) Por fuera es un edificio neoclásico con un montón de santos subidos en el tejado. Por dentro es una imitación de San Pedro, con las columnas de Bernini incluidas.
Por las calles hay una curiosa mezcla de edificios de piedra de principios del siglo XX, grandes bloques modernos de cristal y pequeñas iglesias con jardines. Un ejemplo del contraste es la catedral anglicana Christ Church, situada justo delante de un rascacielos enorme.
Entré en la oficina de turismo a coger un plano de la ciudad. Me pilló por banda una señora que me explicó de cabo a rabo lo que tenía que hacer estos días desde la mañana a la noche. O yo ya no hablo francés o aquí pronuncian raro porque a mitad de la conversación le tuve que pedir que pasáramos al inglés porque no me enteraba de la mitad de lo que me estaba diciendo.
Salí de allí pertrechada con planos y guías para no perderme por todo Canadá. Subí hasta la rue Sherbrook, donde quedan algunas de las preciosas villas construidas a mitad del siglo XIX por los ricos de la época.
Desde allí accedí al campus de la McGill University, la más antigua de Canadá. ¡Qué ambientazo! Los jardines estaban llenos de jóvenes tirados en la hierba disfrutando de la tarde de sol. De los edificios de piedra salían estudiantes sin parar. Algunos me miraban pensando qué haría esa señora de pelo blanco por allí.
Los terrenos de la universidad están en cuesta, en la falda del parque Mont-Royal. Inicié el ascenso pero sólo llegué hasta la mitad. Preferí dejar la visita al parque para otro momento, por si se me hacía muy tarde allí arriba. Los árboles del camino tenían las hojas rojas, verdes y grises.
Andando andando me planté en el Barrio de los Espectáculos, un enorme complejo donde se encuentra el Museo de Arte Contemporáneo, la sala de conciertos de la Sinfónica de Montreal, una plaza de estilo moderno de cuyo suelo salían chorros de agua, y la sede de un circo que no era el Circo del Sol pero parecido. El Circo del Sol tiene su base aquí en Montreal pero no están en este momento ofreciendo ningún espectáculo.
Volví al hotel dando un paseo. Subí a mi habitación a dejar la maleta y volví a salir a buscar algo para cenar.

En uno de los laterales del hotel me encontré con un callejón como los que salen en las series de policías, donde siempre encuentran un cadáver apoyado en uno de los contenedores de basura o incluso dentro. En el lado opuesto hay un parque de bomberos con unos camiones rojos preciosos. Espero que a nadie se le ocurra prender fuego a su casa en las próximas noches.
Os estoy escribiendo tirada en la cama y me está entrando un dolor de piernas que voy a tener que alquilar una silla de ruedas eléctrica como siga así mañana. Es que he sido muy bruta esta tarde.

Buenas noches desde Montreal.


25 sept. 2013

Una cateta en Canadá (Día 4)

Desperté por primera vez a las tres y diez de la madrugada. Vamos mejorando poco a poco. La segunda vez eran las cinco y cuarto. A las seis menos cuarto di por finalizada la noche.
Estuve trabajando un rato para WISTA, contestando a los millones de mensajes que llegan estos días porque la semana que viene tenemos la conferencia internacional en Montreal.
A las ocho de la mañana, arreglada y desayunada, salí a hacer turismo. No son horas de hacer turismo porque no hay nada abierto para turistas, pero bueno.
8ºC. La sensación de frío era menor hoy, o será que yo caminaba por la calle deprisa, siguiendo el ejemplo de los cientos de trabajadores que salían como hormigas de la estación de tren para llenar los rascacielos de cristal de la zona. Me encanta la gente de Toronto. Son todos extraordinariamente amables y sonrientes. Van con prisa pero no empujan, te dan las gracias cuando les cedes el paso y no llevan cara de cabreo. Lo mismo pasa con los coches. La circulación es densa pero ordenada. Nadie toca el claxon. Circulan despacio, respetan los pasos cebra, y cuando van a tomar una curva lo hacen con cuidado, como si temieran pisar los pies de los peatones.
Se dice que Toronto es la ciudad más cosmopolita del mundo. En ella están representadas todas las etnias. Es cierto que ves todo tipo de caras por la calle. Predominan los orientales, pero no orientales en chanclas, son orientales de zapato y calcetín negros.
Hoy decidí no usar el transporte público para visitar Toronto. Las distancias son largas pero no tanto como para no poder hacer los recorridos andando. Como hay poco que ver, me daba tiempo perfectamente. Además, hizo un día espléndido para pasear.
Lo primero fue la zona de ocio y los embarcaderos junto al lago Ontario. Al ser tan temprano no había casi nadie por allí. Accedí pasando por el estadio Rogers Centre, sede de los equipos locales de fútbol americano y de baseball. La particularidad del estadio es que tiene un tejado retráctil. Hoy estaba totalmente cerrado. Junto al estadio se encuentra la torre CN, símbolo de la ciudad.
Desde el borde del lago disfruté de la panorámica de la ciudad. Están construyendo montones de edificios enormes de cristal, tanto para viviendas como para oficinas. Ninguno tiene paredes de ladrillo, sólo cristal. Eso demuestra que en invierno deben de tener poca luz. Me pregunto de dónde van a sacar toda la gente que hace falta para llenar tanto edificio. Espero que no les explote la burbuja en la cara como a nosotros.

Me senté un momento a disfrutar de la vista y del sol. Frente a Toronto hay un pequeño grupo de islas con vegetación muy frondosa y muy pocas viviendas. En una de ellas hay un pequeño aeropuerto del que no paraban de despegar aviones de estos que llevan las hélices por fuera.
Volví sobre mis pasos hasta la torre CN. Aunque en principio no tenía pensado subir, decidí que una vez aquí no podía dejar pasar la oportunidad de ver Torontontero desde arriba.
Los ascensores se desplazan a una velocidad de 22 km/hora. La pared exterior es de cristal, así que vas viendo cómo te alejas del suelo. Subir fue guay, pero bajar dio un poco de mal rollo.
El mirador principal está a 346 m de altura. Hay otro más arriba pero no vi la necesidad de pagar los 12 dólares adicionales para ver lo mismo desde 447 m. Hay un restaurante giratorio que tarda algo más de una hora en dar la vuelta completa.
Hay una zona del mirador donde el suelo es de cristal. Pisarlo fue al principio espeluznante, pero según iba cogiendo confianza me pareció una pasada ver el suelo desde allí.
Había una excursión de ancianos ancianísimos. Ninguno se atrevió a ponerse encima del cristal conmigo. Apareció de repente una viejecita muy encorvada empujando un andador. No se lo pensó dos veces. Empujó el aparato y se colocó a mi lado como si estuviera andando por el pasillo del geriátrico. No expresó ningún tipo de emoción. Los demás se partían de la risa. Imagino que, al ir mirando siempre para el suelo, lo de hoy habrá supuesto para ella un cambio interesante.

En los días de buena visibilidad como hoy es posible ver a más de cien kilómetros de distancia. Yo al lago no le encontré el final. A pesar de ser el más pequeño de los cinco, es enorme.
Al bajar del ascensor con los ojos casi salidos de las órbitas por la experiencia de la caída en picado, pasé a ver una película en tres dimensiones sobre aviones y a meterme en un simulador que imitaba una montaña rusa. Las tres experiencias seguidas me provocaron una curiosa sensación en el estómago que necesitó varias horas para colocarse en su sitio habitual.
Al salir del recinto de la torre, subí caminando por la calle John hasta llegar al parque Grange, donde las ardillas campaban a sus anchas sin que nadie se inmutara, excepto yo, que no paré de sacarles fotos como buena cateta que soy.
Un poco más arriba del parque giré a la izquierda para adentrarme en Chinatown, bastante limpia y llena de chinos. Cuando me encontré con una tienda donde vendían peces secos muertos metidos en bolsas de plástico transparentes, decidí dar por terminada la visita al barrio chino y volver a la zona occidental donde venden la comida como debe ser, sin hacer porquerías con ella.
Seguí caminando hacia el norte hasta llegar a Queen’s Park, donde está el bonito edificio del parlamento local. Justo antes de llegar allí se encuentran el hospital Monte Sinaí y otros centros sanitarios dedicados a tratar el cáncer.

En Queen’s Park también había ardillas. Esta vez puse cara de póker porque la gente de los alrededores tenía aspecto de culta. Por allí, aparte del parlamento y los hospitales, está la universidad, así que el público era de alto nivel.

Me senté un rato en el parque a ver jugar a las ardillas y a tomar el sol.

Reinicié la marcha buscando la calle Yonge, que es donde está mi hotel. Esta calle ostenta el record Guiness de la calle más larga del mundo, con 1896 Kms. Sale de Toronto hacia el norte y no tengo ni idea de dónde termina.

Entré en el hotel un momento a refrescarme y fui a St. Lawrence Market a comer. En la revista de Air Transat que leí en el avión, recomendaban un bocadillo de peameal que hacen en un restaurante dentro de ese mercado. Según indicaba, estaba hecho de carne de cerdo marinado.

El restaurante resultó ser un puesto de comida. El bocadillo venía envuelto en papel. Salí a comerlo a la terraza del mercado, donde había unas mesas de madera que todo el mundo compartía sin ningún problema. Al abrir el envoltorio del bocadillo me encontré con lo que viene siendo un bocata de lomo de cerdo adobado de toda la vida, con la única diferencia que éste tenía una especie de costra por encima.
El bocadillo era grande como para dar de comer a seis o siete familias, pero como estaba tan rico y yo tenía tanta hambre, desapareció sin dejar rastro.
Desde el mercado fui a visitar la catedral anglicana de St. James. Parece ser que no es necesario respetar un mínimo de silencio allí dentro porque la señora encargada del recinto hablaba a voz en grito con un par de turistas.
Siempre me han parecido curiosas las iglesias anglicanas. Recuerdo que en la época de estudiante en Inglaterra iba de vez en cuando a conciertos a una de estas iglesias. La gente tomaba el té con scones sentada en los bancos como si estuvieran en el salón de su casa mientras alguien tocaba el órgano o una soprano intentaba reventar las vidrieras.
Fui al mismo centro comercial donde estuve el primer día porque le tenía echado el ojo a varias cosas en Abercrombie y no quería marchar de Toronto sin comprármelas. Por cierto. aquí los empleados masculinos no van enseñando la tableta de chocolate. Todos llevaban la camisa puesta. Una lástima.  
Estudié con detenimiento el resto de las tiendas del centro comercial hasta que a las seis y cuarto me dio el bajonazo porque mi yo interior se dio cuenta de que eran las doce y cuarto de la noche. Lo he tenido engañado todo el día, así que no me puedo quejar.

Ya en el hotel me di una ducha y recogí las pocas cosas que tenía fuera de la maleta. Mañana continúa el viaje a otro destino.

Buenas noches desde Toronto.


24 sept. 2013

Una cateta en Canadá (Día 3)


Desperté a las dos de la madrugada, las ocho en España. Lo que me temía, un jet lag como un camión. Mi primer pensamiento fue: “En El Resplandor, el que andaba en triciclo era un niño, no una niña”. Y volví a dormirme. Desperté de nuevo a las cinco y ya no pude dormir más. Reinaba un silencio absoluto. No me extraña. La habitación tiene unas vistas estupendas a un muro lateral, alejado de la calle principal.

Me levanté, estuve entretenida con cosas de WISTA en el ordenador, me arreglé, desayuné y salí a la calle a las siete y cuarto. 9ºC. A unos metros del hotel estaba el punto de encuentro para tomar el autobús que me llevaría a las cataratas del Niágara. Contraté la excursión por internet ante la imposibilidad de ver todo lo que quería ver por mi cuenta. Me alegro de haberlo hecho porque pasé un día estupendo. El conductor del autobús era un tío simpatiquísimo que no paró de contarnos cosas durante el viaje. Eramos unos 20 pasajeros, procedentes de Canadá, Estados Unidos, Bélgica, Reino Unido, Japón, Indonesia, Méjico, Francia, Alemania y yo de España.
El autobús apareció cinco minutos tarde, cuando ya se me estaban empezando a congelar los dedos de las manos. ¿Por qué no trajiste los guantes, por qué, si los tuviste en la mano, idiota?
Subimos un chico inglés con cara de pedo y yo. A bordo estaba un matrimonio francés, musulmán y negro, con un bebé en brazos. Que eran musulmanes lo deduje porque ella no iba vestida, iba envuelta en trozos de tela desde la cabeza a los pies. Bueno, en los pies llevaba unas sandalias de tiras de cuero. Supongo que esta noche habrá tenido que ir a que le amputaran varios dedos por congelación. Hicimos una última parada frente al Hard Rock Café para recoger al resto de los pasajeros.  A las ocho en punto, según horario, salimos hacia Niágara.
Por el camino pasamos por encima del canal de Welland.

Me hizo una ilusión tremenda. Cuando busqué esta excursión, intenté localizar alguna que visitara el canal. Como no es una atracción para turistas sino para chiflados del sector marítimo, no está en las rutas.


Os explico. Hay una ruta marítima muy importante para llegar a los grandes lagos entrando por el río San Lorenzo, en cuyas orillas se encuentran Quebec City y Montreal. Se cruza el lago Ontario y para poder llegar al lago Eirie hay que salvar un desnivel del terreno. Por eso se producen las cataratas del Niágara. Se ideó un sistema de esclusas que son como ascensores de agua que suben y bajan a los barcos poco a poco hasta dejarlos a la altura deseada. En el video adjunto podéis ver el tránsito de un barco a cámara rápida.



Hacia las diez de la mañana llegamos a Niágara. Dejamos a la mayoría de los pasajeros en la torre Skylon, que es un mirador al que se sube previo pago, y nos dirigimos a las cataratas. He de confesar que la primera impresión fue de desilusión, porque las esperaba mucho más espectaculares. Una vez bajé del autobús y comencé a pasear por el borde del acantilado empezó a gustarme más. Cuando estuve a los pies de las cataratas flipé en colores.
Hacía un frío siberiano junto a la catarata Horseshoe, que es la que tiene forma de herradura de caballo. Soplaba algo de viento y no dejaban de pasar nubes, pero sin ninguna intención de llover.
El autobús nos llevó hasta la entrada del embarcadero del Maid of the Mist, que es el barco que navega río arriba hasta colocarse a pocos metros de donde rompen las cataratas. Fue entonces cuando empecé a sentirme como Marilyn, aunque salvando las distancias, porque ella era más rubia y yo duermo en pijama.
Nos dimos una verdadera ducha. Gracias a los impermeables no nos calamos.
Lorena, te comunico que ya no dan impermeables reutilizables. Son de usar y tirar, así que el problema de ponerse un impermeable sudado por otro ser humano ya no es un inconveniente para hacer la excursión.
Fue el momento más chulo del viaje, seguido a poca distancia por el paso por el canal de Welland.
Después del paseo en barco nos dieron veinte minutos para comer. Me dio tiempo justo para acercarme a Clifton Hill a comer una hamburguesa sin tiempo para respirar.
Clifton Hill es una calle en cuesta donde se concentran atracciones de feria como El Museo de los Horrores (horrorizada estaba yo) que contiene el perro con dientes humanos, un hombre con un número inusual de pupilas y un genio dentro de una bola de cristal con el que puedes hablar si te apetece. También estaba el Museo Guiness de los Records y otras barbaridades por el estilo. En lo alto de la colina un casino para dejarse los dólares.
Salí de allí despavorida.
El autobús salió a la hora convenida como salió de todos los sitios donde paramos. Cómo se nota que no iba ningún otro español a bordo. De haber sido una excursión de españoles, aún estaríamos allí esperando por alguno.
Hicimos breves paradas en Whirpool Rapids donde el río Niágara gira bruscamente creando un remolino, en la central eléctrica Sir Adam Beck, en un reloj floral de 12 metros de diámetro, y finalmente en el pueblito Niagara-on-the-Lake, un sitio precioso con casas bajas de madera y parterres por las calles. Todo cuidado y limpio.
A las afueras está Fort George, donde entre 1812 y 1813 los Estados Unidos y los ingleses que ocupaban entonces la zona mantuvieron un te quito me lo quitas con el fuerte, que acabó en manos de los ingleses finalmente. Me acerqué a verlo por mi cuenta, cruzándome con una ardilla cuando atravesé un bosque de arces.
A las 14:20 en punto partimos con rumbo a un viñedo de los muchos que hay por la zona. Nos invitaron a beber vino helado. Se llama así porque las uvas se recogen cuando están congeladas por el frío, a una temperatura en concreto que no recuerdo.
Constaté que los musulmanes eran musulmanes de verdad porque ellos y yo fuimos los únicos que bebimos zumo de uva en lugar de vino.
Al inglés con cara de pedo lo vimos sonreír por primera vez, probablemente por el efecto de los tres vasos de vino que se metió entre pecho y espalda sin casi respirar.
El niño negro musulmán aprovechó el revuelo general causado por el vino, en el que no participábamos ni sus padres ni yo, para soltarse la melena y empezar a corretear por entre los excursionistas. Véase en la imagen al inglés sonriendo al fondo.
Hacia las 15:30 hrs (no recuerdo el minuto exacto) dimos por finalizada la visita y volvimos al autobús. De haber sido una excursión de españoles, hubiera habido cánticos y algarabía en el camino de vuelta, pero tratándose de otras nacionalidades predominó la contención.
El viaje fue rápido. No pudieron decir lo mismo los coches que circulaban en dirección contraria por la autopista de cuatro carriles. Eran los mismos que por la mañana circulaban a paso de carreta para entrar en Toronto para trabajar y entonces volvían a sus casas.
A las cuatro y media el conductor me depositó enfrente del hotel con una caja de galletas de sirope de arce de regalo. El sirope de arce se obtiene de la sabia del arce y con él hacen multitud de postres. Lo venden por todos lados, pero no pienso volver a España cargando con una botella de sirope de arce.
Entré en el hotel a refrescarme un momento para salir a la calle inmediatamente antes de que me diera el bajón porque mi yo interior creía que eran las diez y media de la noche.
Estuve paseando por los alrededores del mercado de San Lorenzo, que hoy estaba cerrado porque es lunes. Habrá que volver mañana.
Entré en un supermercado a cotillear lo que come la gente aquí. Me espantó el precio de la Coca Cola. Exactamente el doble que en España. Decidí inmediatamente no quedarme a vivir en Canadá.
Las frutas y las verduras parecían de plástico, del aspecto tan bonito que tenían.
Compré un par de cosas para cenar y fui a investigar cómo llegar a la estación de tren desde el hotel, constatando que se puede hacer el camino perfectamente andando, lo cual me será muy útil cuando me vaya.
A las seis, o a las doce de la noche, según yo o mi yo interior, volví al hotel para no volver a salir.
Llené la cubitera de hielo en la máquina de hielo del pasillo para mantener fría la Coca Cola que me costó el doble que en España, me di una ducha y tengo que confesar que llevo tirada en la cama desde las siete luchando para no quedarme dormida antes de las nueve y media, que es la hora que considero menos vergonzosa para echarme a dormir. Quedan ocho minutos para que llegue ese momento, así que me despido hasta mañana.
Buenas noches desde Toronto.