29 sept. 2010

Una cateta en Grecia (Día 2)

Me costó quedarme dormida la pasada noche. La cama tiene un enorme edredón de invierno y tuve que decidir entre dejármelo puesto y dejar el aire acondicionado a temperatura iglú o quitar el aire y eliminar el edredón. Me levanté, salí a la terraza y estuve contemplando el paisaje. La temperatura perfecta, pero sin ganas de dormir. A las siete y cuarto sonó el despertador, las seis y cuarto en España. Una vez finalizados los trabajos de reconstrucción de mi cara, bajé al hall a conectarme a internet y enviar el mensaje de ayer. Fui a desayunar copiosamente a las ocho menos cuarto. La temperatura sigue siendo perfecta. Todos los huéspedes estaban sentados en las mesas de la terraza. A las ocho y media dio comienzo la reunión del Comité Ejecutivo de WISTA. No voy a contar aquí los pormenores porque os aburriría muchísimo. Hicimos un descanso a media mañana para comer bizcocho y galletitas. A la una fuimos a comer a un restaurante justo al borde del mar, invitadas por nuestra presidenta. Las suecas siguen alucinando con cosas que para nosotros son normales: la temperatura, el mar, la gente bañándose, el pescado. A mí me alucinan los tomates. Son de anuncio.
Tan pronto finalizó la comida, volvimos al hotel para continuar con la reunión. A las tres vinieron dos miembros de la delegación sueca para presentarnos la conferencia del año que viene, que se celebrará en Estocolmo. Siempre tenemos una excursión el viernes por la tarde. Una de las que han propuesto es seguir los pasos de Lisbeth Salander (para los que hayan leído Millenium). Yo me inclino por la visita al puerto de Estocolmo.
La reunión finalizó a las cinco. A continuación llegó Anna-María, la presidenta de WISTA Grecia, con la que tuvimos una pequeña reunión para repasar la Asamblea General que tenemos mañana por la mañana. Terminamos tarde, así que subimos corriendo a las habitaciones a cambiarnos y fuimos a la cena de bienvenida, ya con todas las asistentes a la Conferencia. Fui con dos griegas en coche porque perdimos el autobús. Fueron sin cinturón de seguridad y la conductora hablando por el móvil todo el trayecto. “Esto es Grecia”, me dijeron. La cena se celebró en El Pireo, en el Club de Yates. Un sitio muy pijo con unas vistas espectaculares de todo el puerto de El Pireo y la costa hasta Vouliagmeni. La familia real solía ir por allí antes de que la junta militar los mandara a paseo.
Nos sentamos en la misma mesa todas las hispano parlantes más una polaca, una neoyorquina y una alemana. Comimos bastante bien, de un bufet surtido de ensaladas y varios tipos de carne. Aquí comen una cosa muy curiosa. Envuelven el arroz en hojas de parra y hacen un paquetito con ello. Todavía no me he atrevido a probarlo.
La cena finalizó a las diez de la noche y empaquetaron a todo el mundo en los autobuses. Una de las griegas, que habla español con acento argentino, nos llevó en su Mercedes todoterreno. Eramos siete. Nos reímos mucho. Paramos por el camino a tomar algo en Voula, en la costa. Nos sentamos en una terraza al borde del mar. La temperatura sigue siendo extraordinaria por la noche. Cuando estábamos a punto de llegar al hotel sonó mi teléfono. Anna-María, la presidenta de Grecia me citaba para una reunión en ese momento. Eran las doce de la noche. La encontré a ella y a otras tres griegas metidas en una sala de reuniones rodeadas de miles de cajas con todos los regalos que los patrocinadores ofrecen a las asistentes. Dos de ellas estuvieron fumando. “Esto es Grecia”, me dijeron.
Estuvimos de nuevo repasando los detalles de la Asamblea General. Terminamos a la una y cinco.
Ahora son las dos y cuarto de la mañana y me voy a meter en el sobre inmediatamente porque el despertador va a sonar a las siete y cuarto.

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