25 nov. 2019

Una cateta en Viena (Día 3)

A las siete menos veinte el despertador me sacó del coma profundo en el que me encontraba. Después de empaquetar todos mis trastos en la mochila y despedirme de la caja, bajé a recepción a devolver la tarjeta y pedir un Uber para que me llevara a xxxxx para la cita que tenía con xxxxx.
Por si alguien tiene curiosidad, la caja no se podía abrir.
Escogí Uber para ir a mi destino porque ofrecían un precio bastante decente. Lo que se suponía iba a ser una espera de cuatro minutos, se convirtió en más de diez. Veía en la pantalla del móvil el coche venir hacia el hotel y pasar de largo, y de nuevo venir hacia el hotel desde otra dirección y pasar de largo. Nuevo y extranjero, seguro.
La última vez que lo vi venir lo paré brazo en alto en la esquina de la calle porque hubiera tenido que pasar de nuevo de largo ya que era dirección contraria.
Nada más subir al vehículo oí la voz del navegador hablándole en turco. Como los turcos me caen muy bien, tengo unas cuantas amigas turcas y me encanta Turquía, entablé conversación con el conductor. Tuvimos que comunicarnos en alemán. Si su alemán era macarrónico, el mío más. Sin embargo, nos entendimos. 
Me dijo que era búlgaro/turco, que llevaba cuatro meses en la ciudad, que no estaba contento porque los vieneses son agresivos. Los españoles le resultan mucho más simpáticos.
No me extraña un pelo que lo traten mal. Si se dedica a pasar con el coche por delante de los clientes haciendo cosas raras, lo pondrán de vuelta y media. Yo fui muy paciente esta mañana porque iba con tiempo de sobra y porque con la edad se me están calmando los instintos asesinos.
Durante el camino no perdí de vista la pantalla de mi teléfono, siguiendo la ruta por donde me llevaba, por si las moscas. Cuando nos acercábamos al edificio de oficinas donde tenía mi cita con xxxxx, se lo señalé para que supiera exactamente dónde debía parar. 
El asunto que me llevó a Viena se resolvió rápida y satisfactoriamente. 
Para ir al aeropuerto, en lugar de tomar el tren de los pobres, elegí el CAT, un servicio directo de 16 minutos de duración. Incluso puedes facturar el equipaje en la estación de tren y desentenderte de él. No era mi caso. La mochila no se iba a separar de mí.
La estación del aeropuerto se encuentra en la terminal 3. La pared que separa a los que llegan de los que esperan es una enorme pantalla donde aparecen detalles de las llegadas. Una idea estupenda.
Para ir a la terminal 1 hay que caminar un rato, salir a la calle por una puerta y entrar por otra contigua. No entendí en ese momento que no hubiera un pasillo que te evitara la congelación instantánea de manos y nariz. La sensación térmica en el exterior era de 1ºC. Más tarde vi en la terminal 1 una pared de madera con un letrero en el que decían que estaban trabajando para mejorar las instalaciones, bla, bla, bla. 
Pasé el control de pasajeros sin incidencias.
En ningún momento me pidieron prueba de identidad en el aeropuerto, sólo la tarjeta de embarque en tres ocasiones. 
La afluencia de personajes con rasgos balcánicos era importante.
Tuve tiempo de recorrer todas las tiendas del duty free. No eran muchas. 
Vi estuches con cara de pocos amigos, una tienda de souvenirs donde podías comprar un traje completo de tirolés para tu hijo, historiadísimas jarras de cerveza con tapa y Mozartkugeln (bolas de chocolate y mazapán que vi en muchas tiendas de Viena). Dejo lo mejor para el final: botellas de licor con la cabeza de Sisí como tapa. ¡Por el amor de Diosssssss! ¿Quién se gasta cinco euros con noventa y nueve céntimos en esa aberración?
En otra tienda me entretuve mirando una exposición de dispensadores de caramelos Pez. De pequeña tuve uno con la cabeza de Mickey Mouse.
Desde una cristalera estuve observando los diferentes aviones que había paseando o aparcados en la pista. Tanto a la llegada como hoy vi aviones de compañías aéreas de las que no había oído hablar en mi vida: Lever, Fegasus Airlines, Eva Air, People, Luxair. Y otros de los que había oído hablar pero no recuerdo haber visto anteriormente, como los de Lauda, la compañía del piloto Niki Lauda. 
Manner tiene su propia tienda en el aeropuerto. Aparte de vender variedad de chocolates y galletas rellenas de crema de avellana, cuenta con una sección de merchandising de la marca. Fue fundada en el siglo XIX. Entonces puede que ese color que no es ni rosa ni naranja fuera guay, pero ya no. Vendían maletas, camisetas, chanclas, toallas, bolsas, imanes.
El vuelo de Iberia salió puntual a las doce y media. Hoy no volé con Eurowings vía Faro porque no vuelan allí los lunes.
Me he librado del mal tiempo justo por una semana. El próximo finde se espera nieve.
Embarqué casi la última, seguida por una pareja compuesta por un argentino y una madrileña con una niña pequeña. El llegó un poco tarde. Perdió tiempo en una cola comprando algo de comer. Me encantó la frase que pronunció al llegar: “soy un caballero encabronado” (póngase el correspondiente acento argentino).
Al llegar a mi fila, al fondo del avión, encontré a una señora argentina acomodada en mi asiento de ventanilla como si fuera suyo. Tardé en convencerla de que allí me tenía que sentar yo y no ella. Nuestra vecina del asiento de pasillo, una austriaca que también viajaba sola, intercambiaba miradas solidarias conmigo mientras yo negociaba con la otra, que pasó todo el viaje con la chaqueta de cuero puesta y el bolso colgado del hombro y bien sujeto con ambas manos, como si la austriaca o yo misma fuéramos a robárselo. 
Dado que esta vez no tenía que estudiar nada durante el trayecto y estaba bastante cansada (la vida de turista es agotadora), me chupé tres episodios seguidos de The Morning Show en el iPad. Estoy enganchada con la serie.
Intenté comer en el avión, pero el pimiento me lo impidió. Cuando el carro de comida llegó a mi altura, sólo tenían a la venta unos bocadillos de pollo con pimiento y tortellini rellenos de queso con tomate por encima. Descarté los tortellini por no apestar todo el avión y el bocadillo porque no puedo con los pimientos. 
Desde la ventanilla que intentó quitarme la argentina estuve observando los Alpes italianos, que en algunas zonas sobresalían por encima de las nubes.
Aterrizamos en Barajas a las tres y diez de la tarde.
Tomé el tren de cercanías que une el aeropuerto con la estación de Atocha. Por fin reabrieron la semana pasada el túnel de Recoletos y se puede hacer el trayecto directo sin hacer transbordo en Chamartín.
En Atocha me encontré con la sorpresa de que mi tren a casa salía desde la planta baja en lugar de la planta primera como es habitual. Iba soñando con un sándwich de Rodilla que tiene la tienda arriba. Mi gozo en un pozo. 
La planta baja no tiene zona de escritorios, hay menos asientos y sólo un par de mini cafeterías donde te extraen un riñón a cambio de un bocadillo de jamón y una Coca Cola. No los voy a pagar yo, pero me duele igualmente el gasto. Era eso o caer desmayada víctima de la inanición. 
Caso curioso, me encontré con un grupo de militares españoles vestidos con uniforme de campaña. No es algo habitual. Luego salió de un tren otro grupo de oficiales de alto rango vestidos de uniforme de diario (no sé cómo se dice cuando van con guerrera). Más tarde vi a un grupo de miembros de la Guardia Civil con forros polares del cuerpo.
Y lo peor, se me cruzó una mujer de edad indeterminada con la cara completamente quemada. Le faltaban la nariz y toda la zona de los labios, dejando los dientes al aire. Sujetaba un móvil donde algún día hubo una oreja, con una mano que era puro esqueleto. Impresionante.
A las seis y seis minutos, con uno de retraso, partimos hacia el sur en el chucuchú. 
Viajé en preferente porque el viernes compré de oferta el billete. Éramos pocos en el vagón, pero suficientes. La señora que viajaba en la fila individual delante de mí estuvo viendo videos de internet con el sonido a toda pastilla, en algún lugar indeterminado del vagón viajaba un perro que no paró de llorar, mi vecina de asiento llevaba los rabillos de los ojos pintados como si fuera una faraona, un matrimonio de un pueblo de la costa no dejó de reírse de todo, sobre todo de un pasajero que viajaba con una caja llena de perdices; a la señora que se cayó en el andén cuando trataba de subir al tren le sonó la Salve Rociera dos veces como timbre del teléfono. Quince minutos antes de llegar a una de las paradas, el sistema de megafonía pegó una explosión sonora que nos infartó a todos. A continuación se oyó “les rogamos coloquen sus equipajes” para cortar inmediatamente el sonido y reanudarlo con “próxima estación”, aún quedando un cuarto de hora para llegar a esa estación.
A las diez menos cinco llegamos a destino. El perro, un enorme cachorro de labrador,  salió del tren en brazos de su dueña.
Llegué al portal de casa a las diez y cuarto, cuando entraba mi vecino de arriba en chanclas, procedente del gimnasio. ¡Viva el clima mediterráneo!

Gute Nacht desde mi casa.









24 nov. 2019

Una cateta en Viena (Día 2)

Dormí bastante bien toda la noche. Sólo medio desperté un par de veces al darme cuenta de que tenía un pie fuera del edredón, y eso es catarro seguro para mí. 
A los viajes llevo siempre pijama de verano, vaya al círculo polar o al trópico. En todo hotel que se precie hay una temperatura estándar.
Lástima que haya venido sólo con la mochila. Este edredón merece salir escondido en una maleta.
A las seis de la mañana estaba con los ojos como platos, no porque hubiera ruido, que esto es como estar hospedada en un cementerio, sino porque entraba luz por una esquina de la cortina, justo detrás del respaldo de silla que sale del cojín. En este pueblo no hay persianas. Como mucho he visto contraventanas de madera en los edificios antiguos. Como éste es de acero y cristal, no lleva persianas.
Aguanté hasta las siete en la cama. Estuve trasteando por la habitación hasta poco antes de las ocho y media. 
De camino a la estación de tren y metro casi muero de un pasmo por el frío que hacía. La sensación térmica, según el iPhone, era de 2ºC, con brisa. Gracias al gorro andino ha sido soportable. Con la cabeza caliente se puede ir a cualquier parte. 
A las nueve menos dos minutos salí de las profundidades de la tierra en Stephansplatz, frente a la catedral. Entraba gente con prisa. “Misa de nueve”, me dije. Y entré justo cuando los tres curas que concelebraron se presentaban en el altar para comenzar. La idea original era asistir a la de doce, pero me pareció mejor así, para no cortar el día.



Oír misa en alemán fue toda una experiencia. Pude seguir la eucaristía gracias a unos libretos que había en los bancos. Lo de la homilía fue otra cosa. Sólo entendí pequeños trozos sueltos de lo que decía el cura. En el banco de atrás tuve a una familia de sudamericanos que no se cortaron un pelo y rezaban en voz alta en español. Acompañó la ceremonia un organista.
A la hora de comulgar pude observar lo variopinto de la parroquia. Una señora coja que se ayudaba con unos bastones de marcha nórdica se posicionó en mitad del pasillo central un rato antes de la comunión para ser la primera en recibirla. Una individua con un caso grave de anorexia se paseó por entre los bancos tras recibir la comunión, sin destino determinado. Un matrimonio con dos hijos pequeños inició una discusión nada más darle la espalda al cura, a la vista de todo el mundo. Un sujeto en pantalón de chándal, zapatos de cuero negro y camisa de rayas por toda prenda de abrigo se acercó al altar mientras miraba a todo el mundo con cara de ir buscando guerra.
Al salir de la catedral fui dando un paseo hacia la orilla del Danubio. Poco antes de llegar me encontré con un puesto ambulante del autobús turístico que recorre la ciudad. Desde ayer andaba dándole vueltas al tema. No me lo pensé dos veces. Con el frío y las distancias a recorrer no iba a ser capaz de cubrirlo todo en un día. 
A los quince minutos estaba sentada confortablemente y calentita en la planta de arriba del autobús. Los de Viena tienen el piso superior acristalado. Ir al descubierto hubiera sido un suicidio.
Comencé la ruta en la línea roja. Dimos vuelta al Ringstrasse, que no es una calle, sino varias que forman un anillo, descrito como el bulevar más bello del mundo. Contiene edificios señoriales, palacios, monumentos y jardines en unas avenidas amplísimas. Todo está perfectamente conservado. 
Uno de los monumentos está dedicado al Mariscal Radetzky, el de la marcha.
El único pero que le puedo poner a Viena son los cables que cuelgan por todos lados. En lugar de farolas, en muchos casos las lámparas están en mitad de la calle sostenidas en el aire.
Pasamos por Prater en Leopoldstadt, el parque de atracciones donde se encuentra la noria de la película “El tercer hombre”. Allí sigue, aunque sólo quedan quince de las treinta góndolas originales. Por los auriculares nos iban comentando el paseo. Nos pusieron la banda sonora de Anton Karas. 
También, cuando pasamos por el barrio donde los niños cantores tienen su sede, nos pusieron un rato de niños cantando.
Prater proviene del español “prado”.
Lo que más me impactó no fue la noria, sino el cerdo rosa cajero automático a la entrada del parque.
Cruzamos el Danubio por el único puente que sobrevivió a la II Guerra Mundial pero que se hundió un domingo por la mañana en los años setenta. La guía decía que menos mal que fue un domingo por la mañana. “Japuta, hoy es domingo por la mañana”, pensé para mis adentros.
El Danubio ni es bonito ni es azul. Digo lo de bonito porque el nombre original del vals es “an der schönen blauen Donau” (en el bonito Danubio azul). Es verde y bajaba revuelto por culpa del viento. Pobres viajeros que estaban embarcando en uno de los muchos cruceros fluviales que había atracados en los muelles. Tienen que estar arrepentidos a esta hora de haberse metido en esa aventura en pleno mes de noviembre.
En la otra orilla se encuentra UNO City, un complejo de edificios que alberga la sede de las Naciones Unidas. En esa zona, igual que en la de mi hotel, se pueden construir edificios altos. No así en el centro, donde el límite es de cinco plantas.
Volvimos a cruzar a este lado del río camino de la zona de la Opera, pasando por el Stadtpark, el parque de la ciudad. En la puerta del hotel Sacher volvía a haber colas para entrar a comer tarta.
Cambié de autobús para hacer la ruta azul. Me deshice de las cuatro italianas que parloteaban a voz en grito sin interrupción en el autobús anterior, no haciendo caso de los instructivos comentarios que nos hacían por los auriculares.
La primera parte fue un poco cutre porque pasamos por calles normales y corrientes, aunque de vez en cuando te sorprendía algún edificio fuera de lo normal. 
Llegamos al Palacio Schönbrunn, antigua propiedad de la dinastía Habsburgo, que contiene el zoo más antiguo del mundo y unos jardines que quitan el hipo. Quedaban menos de dos horas para la puesta de sol, iba a hacer un frío de impresión al aire libre, estaba sin comer y aún me quedaba parte del recorrido por hacer. No hice la visita con gran pena por mi parte.
Circulamos después por otra zona carente de interés, hasta llegar a la estación principal de tren. Incluso pasamos por la esquina de la calle donde está mi hotel. 
A poca distancia se encuentra Belvedere, palacio y jardines que fueron residencia de verano de Eugenio de Saboya.
Volvimos a entrar en zona interesante, con la estupendísima embajada de Francia entre otros edificios magníficos.
Llegamos de nuevo a la zona de la Opera, donde me bajé del autobús al borde de la inanición.
En ambos recorridos vimos iglesias de los cristianos coptos. Ni había parada organizada ni estaban abiertas. Me hubiera gustado echarles un vistazo porque es la primera vez que las veo.
Desde Grecia me escribió esta mañana María Christina K. para reñirme por haber cenado ayer en un MacDonalds, recomendándome que fuera a comer el schnitzel a Figlmüller. Por las fotos que acompañaban a su mensaje supe que o el schnitzel me comía a mí o yo moría en el intento.
El destino puso en mi camino una pizarra anunciando schnitzel en la puerta de un restaurante con un aspecto bastante bueno a pocos metros de la parada del autobús. El hambre y la necesidad de ir al baño me hicieron decidir rápidamente que mejor schnitzel en mano que ciento volando. Cola garantizada en Figlmüller por lo que pude leer en internet mientras iba en el autobús.
Nada más abrir el menú supe que me encontraba en un moderno restaurante turco. La primera bebida en la lista de refrescos era Ayran. Conozco el Ayran de mis visitas a Estambul. Es un yogur agrio líquido que me encanta. Al pasar a la sección de platos allí estaba el köfte, esas bolas de carne de ternera con especias que tanto me gustan. Pero yo había entrado allí a comer schnitzel y fue lo que pedí, sabiendo que no me iban a defraudar. Los turcos se toman la carne muy en serio.
El plato era del tamaño de una fuente, pero no me arredré lo más mínimo. Me lo comí todo de una sentada. Burp. Hacía años que no degustaba una ternera tan rica. Casi no hacía falta masticarla.
De postre hubiera podido comer imitación de tarta Sacher pero me contuve a tiempo. Hubiera sido vomitona nocturna segura.
Volví a la misma parada de autobús para tomar el de la línea roja de nuevo. No me importó esperar diez minutos a la intemperie. El schnitzel me había quitado el frío de golpe. 
Quería ir a Rathausplatz a ver el mercado navideño. Rathaus significa ayuntamiento en alemán. No cabía más gente en aquella plaza. Los puestos navideños vendían adornos, regalos, comida, ponche, sopa dentro de bollos de pan, pretzels enormes rellenos de todo tipo de cosas, pizzas en forma de cono, plátanos cubiertos de chocolate, donuts, y yo con el estómago lleno.
Los jardines estaban adornados con corazones rojos iluminados, bolas gigantes de colores, árboles de navidad. En ningún momento vi alusión cristiana alguna.
Parte de la plaza está ocupada por una pista de patinaje sobre hielo. Además de un rectángulo hay caminos de hielo que rodean los jardines. Está todo perfectamente organizado, con taquillas manuales y automáticas para vender entradas, taquillas para guardar los zapatos y objetos personales, filas de bancos para sentarse a cambiarse de calzado, el suelo de madera para no dañar las cuchillas de los patines. Orden, organización, limpieza, ni una voz más alta que otra. Me gustan estos austriacos.
Tras estudiar detenidamente la zona fui andando hasta Stephansplatz, cruzándome por el camino con cientos de personas de vuelta a casa, otros dos mercados navideños un poco más pequeños, una convención de papás noeles, un edificio aparentemente en llamas que en realidad era una performance llamada Niebla Amarilla, de un artista llamado Olafur Eliasson.
Con el gorro andino pierdo completamente la visión lateral. Cuando cambio de rumbo choco con la gente y tengo que mirar con cuidado cuando cruzo las calles para no ser atropellada por un tranvía como Gaudí.
En el metro de Viena no hay tornos. Tras comprar el billete tienes que validarlo en unas máquinas que encuentras un poco antes de bajar a los andenes. Es cuestión de civismo y buena voluntad. Hubiera podido viajar gratis porque no he visto controles por ningún sitio.
La estación central de tren estaba hasta las trancas de gente.
No quiero imaginarme lo que tiene que ser esto en pleno verano, con las hordas de turistas de todas partes del mundo invadiendo la ciudad.
Entré en la tienda de Manner de la estación. Venden unos barquillos rellenos de crema de avellana que te hacen pensar que los Huesitos son una mierda.
A las seis estaba de vuelta en el hotel. 
Pedí en recepción/bar de copas que me llenaran de hielo una de las tazas que hay en la habitación.
Estoy degustando una Coca Cola con unos barquillos Manner mientras os escribo desde debajo de la manta eléctrica.

Gute Nacht aus Wien.












23 nov. 2019

Una cateta en Viena (Día 1)

¡Sorpresaaaaaaa! ¿A que no esperabais a la cateta de viaje otra vez tan pronto? La cateta tampoco lo esperaba. De hecho, hoy tenía que haber asistido a la fiesta sorpresa de cumpleaños de Vilma en Israel, pero no se me pasó por la cabeza pedir vacaciones para desaparecer de nuevo de la oficina.
Ayer a las seis de la tarde tuve que poner la maquinaria en marcha para venir a Viena porque el lunes por la mañana tengo que estar en xxxx para xxxx. Un tema de trabajo que surgió por sorpresa.
¿Y qué tiene que ver Austria, en mitad de Europa, que no huele el mar ni de lejos, con el sector marítimo? Misterios del mundo de los negocios. 
El caso es que recuerdo haber tenido en puerto hace años un barco con bandera austriaca.
En circunstancias normales, dos meses antes de irme tengo todo perfectamente estudiado: rutas, billetes, hoteles, visitas, historia del lugar.
Confieso que montar el chiringuito con doce horas de antelación me causó varios micro infartos durante la tarde/noche. 
¡Viena! ¿Qué sabía yo de Viena ayer por la tarde? Me venían a la cabeza “El tercer hombre”, opera, bollo de pan, Danubio, Sisí, Mozart, niños cantores, tarta Sacher, vals, Strauss, Klimt, y poco más.
Encontré entre mis guías de viaje electrónicas dos referentes a Viena, una a Austria y un manual de alemán para tontos. Los cargué todos en mi nuevo iPad, que aún no puede salir a la calle porque está sin abrigo. Lo encargué en AliExpress tan pronto llegué de Cayman, pero como las cosas de AliExpress las trae un chino debajo del brazo andando desde China, hay que esperar unos días pacientemente. De momento, lo he envuelto de mala manera en una funda de neopreno que me regaló Nuvara y que le queda enorme. Cuando lo saco tengo que sujetarlo con mucho cuidado para evitar una tragedia.
A las seis y diez, cinco minutos antes de sonar el despertador, desperté.
A las siete y media me recogió puntualmente mi taxista favorito. 
Paramos en la gasolinera de CEPSA cerca de Faro a pagar el peaje y tomar un pastel de nata y hojaldre. Yo no les veo la nata por ninguna parte. Veo crema. En cualquier caso, están riquísimos los pasteles de nata portugueses.
A las nueve menos diez, hora española, me depositó en la puerta del aeropuerto de Faro. 
Al contrario de la última vez, hoy estaba la cosa tranquila. Viajo con una mochila con lo imprescindible, de modo que pasé directamente al control de pasajeros sin pasar por facturación. Coloqué la mochila y el chaquetón en una bandeja y el ordenador y el iPad en otra para pasar por el escáner. Al salir, la bandeja del ordenador y el iPad vinieron en mi dirección, pero la otra bandeja salió por otra ruta, hacia un mostrador donde había una empleada de Prosegur desbaratando equipajes de mano. “Ya la hemos liado”, pensé.
Mira que tuve cuidado de no meter armas de destrucción masiva en la mochila. Incluso dejé en casa las pinzas de depilar, porque me parecieron potencialmente peligrosas. Se le pueden sacar los ojos al piloto, clavárselas en la yugular a la sobrecargo, hacer un agujero en la ventanilla a base de insistir haciendo rosca durante todo el trayecto. No sé, se me ocurren muchas funciones para ellas aparte de arrancarme los pelos del entrecejo.
La empleada de Prosegur abrió todas las cremalleras de la mochila, que mira que tiene cremalleras esa mochila, hasta que encontró el neceser transparente que preparé con sumo cuidado. Lo miró y lo volvió a meter de mala manera en el interior. Luego agarró mi botella de agua, a la que le quedaba dentro menos de un dedo de líquido. La sostuvo mirándome acusadoramente. Le dije que me bebería el dedo de agua, pero que no tirara la botella, porfa, porfa. Se dio la vuelta botella en mano y caminó hacia el exterior del control. Abrió la botella, vertió el contenido en el contenedor de botellas abandonadas y volvió con mi botella rellenable y una sonrisa. Aún queda gente buena en el mundo.
Me dio tiempo de ver las tiendas del duty free tranquilamente. Cristiano Ronaldo ahora vende zapatos además de calzoncillos.
Me senté a esperar el anuncio de mi puerta de embarque con el iPad cuidadosamente sujetado para comenzar el cursillo acelerado de Viena.
A las nueve y media, ocho y media hora local, apareció mi puerta en pantalla. Tuve que subir unas escaleras, señal de que nos iban a embarcar por un finger. 
El control estaba justo a la entrada de la sala de embarque, de modo que cuando nos llamaron para entrar en el avión fue todo muy rápido.
Antes de embarcar aproveché para ir al baño. Muy grande y muy limpio, pero ninguna percha para colgar la mochila. Como no me gusta depositarla en el suelo, la coloqué encima del lavabo, momento en el que se masticó la tragedia. El grifo se activaba automáticamente al detectar una presencia, que en este caso era mi mochila, no mis manos buscando una ablución. Salió un chorro de agua a presión que mojó todo un lateral de la mochila, mochila que es como un bazar chino lleno de aparatos electrónicos que mueren si se mojan. Mochila que llevaba en su interior las pocas prendas de ropa de que disponía para todo el viaje. La sequé rápidamente con el secador de manos. No caló al interior, gracias a Dios.
Hice el viaje de Faro a Viena en un vuelo directo de Eurowings, compañía que conocía sólo de vista, a la que no había prestado nunca la más mínima atención. 49,50 euros por un billete sin maleta. No está del todo mal para un vuelo de tres horas y media, que finalmente duró tres porque nos dio el viento con alegría durante casi todo el camino.
Desde que se empezaron a reunir austriacos en la sala de embarque me comenzaron a caer bien los austriacos. El único austriaco que recuerdo en mi vida fue un estudiante que coincidió en la misma casa que yo en Inglaterra. Era un descerebrado, pero no me sirve como ejemplo porque la madre era oriental.
Estos austriacos de hoy eran gente sonriente, hablaban alemán con un acento más suave que los alemanes. No parecía que te fueran a matar o a escupir en la cara. Gente de bien.
El idioma alemán y yo tenemos una historia trágica en común. Consiguió dominarme él a mí antes que yo a él.
El avión llevaba 156 asientos, un tercio de los cuales vacíos de personas. Yo me senté en la penúltima fila, en ventanilla, con un joven de gorra, gafas y barba en el asiento del pasillo. Detrás de nosotros no iba nadie. El sujeto en cuestión durmió casi todo el trayecto con la gorra puesta mientras yo hacía un curso acelerado de Viena con el iPad bien sujeto con las dos manos. Tan acelerado que me dio tiempo de ver un rato un episodio de una serie en el iPad. Con la compra del aparato me han regalado un año de suscripción a Apple TV+, el canal de televisión de pago de Apple. De momento tienen un catálogo muy reducido, con algunas series de producción propia, como “The Morning Show”, que es la que estoy viendo ahora. Muy buena.
Poco antes de aterrizar me llegó un efluvio sospechoso a la nariz, a la vez que veía a una azafata hacer acopio de papel higiénico y pañuelos de papel. Alguien había vomitado en las primeras filas. No es de extrañar, ya que parte del viaje fue como ir en una olla de bacalao al pil pil.
A las tres y media de la tarde aterrizamos en la soleada Viena. Pasamos por encima de campos verdes y un sitio donde se juntaban varias decenas de vías de tren. Nunca había visto tantas juntas. No es de extrañar. Estando donde está, Viena tiene que ser un nudo ferroviario donde convergen vías de toda Europa.
Salir del aeropuerto no fue complicado. Tomé un tren hacia la ciudad. Tuve que hacer transbordo para poder llegar a la estación más cercana a mi hotel. No está el hotel en un sitio ideal. Se encuentra al sur de la ciudad, a pocos metros de la estación principal de tren, en una zona moderna de edificios de cristal, a tres estaciones de metro de la zona turística. Me hubiera gustado estar más en el centro. Todos los hoteles estaban a tope ayer por la tarde cuando me puse a buscar. Me da la impresión de que mucha gente ha aprovechado para venir a pasar el fin de semana porque el tiempo iba a estar bueno. Aquí se puede venir desde muchos sitios en tren o en avión en poco tiempo. 
Gracias a la aplicación Moovit me pude mover desde el aeropuerto y desde el hotel al centro sin perderme. Te avisa cuando tienes que bajarte de los trenes, de las combinaciones con andenes y horas incluidos. 
El hotel es uno de esos modernos sin armario, con la ducha a la vista de la habitación, un banco con un respaldo de silla saliendo del asiento y una caja de madera en el suelo que no se sabe para qué sirve. Eso sí, la cama es de esas que te abrazan, y el edredón parece una manta eléctrica. Ahora mismo os estoy escribiendo desde dentro. Me arden las rodillas.
Junto a recepción hay una máquina donde puedes comprar BitCoins. 
Tan pronto llegué al hotel vacié todo el contenido de la mochila que no necesitaba conmigo y salí zumbando hacia el centro para aprovechar el poco rato de luz que quedaba. Poco después de las cuatro se hizo de noche. Hacía un frío tremendo. Aunque el termómetro del iPhone marcaba 7ºC, también decía que la sensación era de 3. Entre los edificios era más o menos soportable, pero en las esquinas corría una brisa que cortaba el cutis.
Comí un sándwich infecto comprado en un Spar mientras viajaba en el metro.
Me bajé en Stephansplatz, donde está la catedral de San Esteban, un edificio cuyo origen data del año 1137. La pobre ha sufrido todo tipo de desgracias. Es una maravilla tanto por dentro como por fuera. Detalle importante: es gratis entrar.
Desde allí fui paseando por todos los alrededores, donde se encuentra la zona comercial. Quise dedicarle la tarde de hoy porque parece ser que mañana cierran porque es domingo, como buenos católicos que son.
Hay pasta en Viena. Hay sucursales de todas las tiendas caras del mundo mundial. Sucursales de buen tamaño. En Gucci había cola para entrar.
La iluminación navideña y los mercadillos de Navidad están en pleno funcionamiento. Había gente por todas partes, incluso sentada en las terrazas a pesar de la temperatura.
Que la música clásica es importante en Viena te queda claro desde el momento que llegas. Hay oferta de conciertos por todas partes. Te los ofrecen por la calle como en otros sitios te salen los camareros con el menú en la mano invitándote a entrar en sus restaurantes.
Sin querer me encontré con el Palacio de Hofburg, un complejo de edificios que contiene el museo de Sisí o la Escuela Ecuestre Española. Se podían ver desde fuera las cuadras de los caballos. Tengo que volver mañana porque estaba muy oscuro para verlo con detenimiento.
Allí también está la Hofmusikkapelle, que es donde cantan los Niños Cantores de Viena durante la misa del domingo. Intenté sacar entradas. Agotadas con ocho semanas de antelación.
Al salir me encontré con una pareja que llevaba a su mascota en una mochila maquinando la huida. 
Fui dando un paseo hasta el edificio de la Opera. Me ofrecieron entradas para un concierto. Estuve tentada, pero me di cuenta de que no lo iba a disfrutar porque iba a estar cansada para esa hora.
Ilusa de mí, pensé en merendar en el Hotel Sacher para probar la auténtica tarta Sacher. Me comí una mierda. Aunque la cola no era de asustar, el frío sí lo era. La tranquilidad con que se veía a los afortunados disfrutar de sus tartas en el interior del hotel me dejó claro que iba a ser cuestión de horas. Hay tienda en el edificio, pero yo si la como la como allí, no con los dedos en la habitación del hotel.
Volví paseando hacia Stephansplatz cruzándome con los coches de caballos ya de retirada.
Un para de señoras con aspecto de haber escapado de una reserva india tuvieron la amabilidad de sacarme una foto como prueba de mi presencia en la ciudad. Yo lo de los selfies lo llevo regular.
Cené temprano en un MacDonalds, aunque me hubiera apetecido un Schnitzel. Los que vi anunciados eran una monstruosidad, se escapaban del plato. Mañana a lo mejor lo intento.
Me retiré a las siete a mi hotel, a donde llegué sana y salva, con las orejas intactas gracias a que ayer por la noche tuve una iluminación que me llevó a recordar que mi gorro andino me iba a ser imprescindible.

Gute Nacht aus Wien.












4 nov. 2019

Una cateta en Miami e Islas Caimán (Días 12 y 13)

Antes de meterme en la cama ayer sobre las once y media, me asomé a la ventana a cotillear los alrededores. Un grupo de adultos celebraba una fiestuqui dentro del jacuzzi mientras varios jóvenes llegaban a la piscina para bañarse.  La temperatura durante la noche invita.
El despertador sonó a las cinco en punto. Sé que un rato antes un gallo lo intentó desde los jardines del hotel, aunque no me despertó del todo. Hubo intentos de gallocidio estos días por parte de las miembros que estaban en este hotel y en el Marriott por culpa de los cantos a altas horas de la madrugada.
Me duché con agua templada. Debe ser que a esas horas todavía no tienen el calentador encendido. Ayer por la noche salía caliente.
Cerré el equipaje como pude. La maleta va un poco hinchada. No me explico qué pasa cuando vuelvo de los sitios, que pesa como un ataúd a punto de estallar. 
Bajé a recepción a las seis menos veinticinco. Me entregaron una bolsa de papel con una manzana, una barrita de cereales y una botella de agua como desayuno, ya que el comedor no abría hasta las siete. Todo un detalle.
La taxista era una jamaicana coja. Me llevó en su minivan junto a otro huésped de Nueva Inglaterra. La coja le preguntó dónde está eso de Nueva Inglaterra. El contestó: “Boston”. Y ella: “Ah”. No sé si le quedó claro o era por no seguir preguntando.
El trayecto desde el hotel al aeropuerto fue de unos diez minutos, pero nos cobró como si nos hubiera llevado a la luna. 
Al bajar del vehículo me encontré con dos gallinas marrones de charla en la puerta de la terminal. Espero que no anden por la pista dando paseos.
Hice el check-in en una máquina automática. La maleta pesó 24,5 kgs, pero no me dijeron nada. Conseguí cambiar a pasillo el asiento del vuelo Miami/Madrid. Ayer me asignaron uno en la fila del centro, entre dos personas. Si los dos se echan a dormir y tienes que ir al baño, estás jodida.
El control de pasajeros fue rápido y sin incidentes.
Aún siendo un aeropuerto de juguete, está muy bien preparado. Pude rellenar mi botella de agua y hubiera podido cargar el móvil. Debajo de los asientos había enchufes. 
Todavía me acuerdo de una vez hace muchos años en el aeropuerto de Gatwick cuando un pasajero conectó su móvil en un enchufe que encontró en la pared y que seguramente estaba allí para los aspiradores. Apareció rápidamente un policía que le increpó diciendo que estaba robando la electricidad de su majestad.
A las 07:40, un minuto antes de la hora prevista, despegamos del aeropuerto Owen Roberts.
Me ha causado muy buena impresión la isla. Limpia, verde, llana, gente amable, pollo, tortugas carnívoras. Ha llovido todos los días, pero un rato solamente. Lo justo para mantener el verdor y no molestar. No se puede decir que la lluvia refresque. Aumenta la sensación de calor húmedo.
El trayecto fue de una hora y cuarto aproximadamente. Pasamos por encima de Cuba y Los Cayos antes de aterrizar en Miami. Nos dieron zumo y unas galletas para desayunar. Me ha gustado la experiencia de volar con American Airlines.
En el avión tuve que ponerme el jersey porque hacía frigolín. La primera vez que me lo pongo en doce días.
En el aeropuerto de Miami hacía más frío que en Siberia. Me crucé con gente vistiendo chaquetones de plumas. 
El control de pasaportes fue más sencillo al ser pasajera en tránsito. En la máquina donde te hacen preguntas y te sacan una foto, dudé si poner sí o no donde pregunta si has estado en una granja últimamente. Lo de las tortugas carnívoras era una granja (Turtle Farm). Mejor no. Si por un bocadillo de jamón te montan un circo, imaginad si les cuento que me mordió un bicho.
Aunque no salí de la zona de pasajeros, tuve que pasar un nuevo control donde me hicieron quitar los zapatos y pasar por un escáner corporal.
Recorrí la terminal norte del aeropuerto de cabo a rabo, inspeccionando una a una todas las tiendas.
Me tuve que poner el forro polar encima del jersey. 
No sé qué rayos había dentro de la lavadora del apartamento que me ha dejado el forro lleno de pelusa como si lo hubieran utilizado para limpiar el suelo.
A la una no pude resistir comer una grasienta hamburguesa en Wendy’s.
Me senté a esperar el embarque de mi vuelo a Madrid con más de una hora de antelación. Llegaron dos chicas de color marrón con rastas. A una de ellas le llegaban a la cintura, de color marrón claro. Parecían cuerdas. Le saqué una foto, o eso pensaba. No la encuentro en mi teléfono. 
Recé para que no se sentara en el avión junto a mí. En esa melena tiene que vivir fauna y flora.
La azafata que nos controló a la entrada del avión tenía un ojo albino.
El avión resultó ser de American Airlines, Me senté en la antepenúltima fila junto a una señora de Costa Rica y otra de Guatemala. La costarricense no se quitó el chaquetón de plumas en todo el viaje. Yo me eché la manta por encima.
Despegamos puntualmente a las cuatro de la tarde. 
Tan pronto alcanzamos altura comenzaron a servir la cena. Cuando llegaron con el carro a mi altura eran las cinco y media de la tarde. Sólo quedaba pollo y no tenía hambre.  Acepté la bandeja para comer más tarde el bollín de pan con queso cheddar y el postre. Bebí una Coca Cola. Los americanos no se andan con tonterías. Te dan la lata de tamaño normal, no como otras compañías que las llevan de tamaño enano.
La azafata que servía las bebidas se lleva el record de edad. Recuerdo que me llamó la atención una muy mayor hace tiempo también en un viaje a Estados Unidos, pero es que esta americana era aún más vieja.
La oferta de películas en la pantalla del respaldo era bastante buena. Estuve viendo “Erase una vez en Hollywood”, la última de Tarantino. Hacia el final, cuando llega la parte gore, me entró un ataque de risa que no podía parar. Supongo que los que estaban viendo lo que pasaba en mi pantalla y me veían carcajearme de aquello pensarían que estoy como una cabra. Recomendable.
Me hubiera gustado ver otra película pero el sentido común me dijo que había que intentar dormir algo. 
Fui al baño. En los Boeing son un poco más grandes que en los Airbus. Es porque en Estados Unidos los gordos son gordos de verdad. No hay término medio, no hay gorditos, hay gordos de 150 kilos y basta. Juzgando por las porquerías que venden en las tiendas del aeropuerto y en los supermercados, que visité estos días, no me extraña.
Me coloqué el antifaz y unos discos de música clásica. Cerré los ojos y entré en modo standby, como los ordenadores, que siguen con el motor encendido y en el momento que mueves el ratón se enciende la pantalla.
No pude reclinar el asiento porque la persona que ocupaba el asiento detrás de mí había abierto la bandeja y se había acostado sobre ella con la manta por encima de la cabeza. Cada vez que me quedaba traspuesta se me iba la cabeza hacia delante y despertaba de nuevo.
Sufrimos turbulencias casi todo el camino. Hacia las nueve dimos dos botes seguidos que despertaron a todo el pasaje. Aproveché para reclinar el asiento un poco. Si la persona a mi espalda no despertó con aquello, es que estaba muerta. Muerta estaba yo a esa hora, igual que el bebé que viajaba en la última fila. Le entró una llorera tremenda cuando botamos. A más de uno le habría gustado llorar también, pero somos adultos y hay que controlar.
A las diez y media de la noche nos sirvieron el desayuno, un sobre conteniendo un yogur al que se le podía echar granola, una galleta rellena de higo y un zumo. 
Entramos en España por la zona entre La Coruña y Vigo, según el seguimiento de vuelo de la pantalla.
A las doce menos cuarto de la noche, seis menos cuarto de la mañana en España, aterrizamos en el aeropuerto Madrid-Barajas-Adolfo Suárez. Todo eso.
Desde que tocamos tierra hasta que salí por la puerta del avión pasó media hora. Paseamos por todo Madrid antes de aparcar junto al finger y tuve que esperar a que saliera todo el mundo para poder alcanzar la puerta.
En el control electrónico de pasaportes tuve que leer en la pantalla que el mío no pertenecía a un país aceptado. Hay que joderse. Paso doce días en el extranjero y ya me repudian. Al segundo intento me dejó pasar.
Mi maleta estaba paseando por la cinta cuando llegué a buscarla. Este es su primer viaje por el mundo pero parece que le ha dado la vuelta siete veces. Está arañada, golpeada y con más mierda que la cola de una vaca.
A las siete y cuarto subí al tren del aeropuerto a Chamartín. En esa estación estaban estropeados tanto las escaleras mecánicas como el ascensor para bajar al andén del tren con destino a Atocha, a donde llegué a las ocho menos diez. 
Anuncian que el túnel de Recoletos abre en noviembre. Ya es noviembre y seguimos con el túnel cerrado al tráfico.
Intenté cambiar el billete para salir a las nueve. Lamentablemente no había plazas libre. 
Me senté a escribiros en un mostrador muy mono para que la gente trabaje mientas espera el tren.
A las diez partió el AVE con destino a Sevilla, conmigo dentro y tres señoras cotorras indias a mi alrededor. Me enchufé los auriculares con música para no oirlas, el antifaz y la almohada cervical. Dormí algo más de una hora. Nunca había dormido en un AVE. Esas butacas no están preparadas.
Fui al baño, donde me encontré con los restos de un holocausto caníbal extraterrestre.
A las doce y media llegamos a Sevilla. Mis ancianos padres me esperaban para llevarme en coche a casa a la velocidad del viento, del viento que soplaba de cola, porque por pisar el acelerador no fue.
En total han sido 27 horas de viaje puerta a puerta. 
Me ha molado esto del Caribe.
Buenas tardes desde mi casita.

P.S. Mis ahorros siguen en España.