28 mar. 2017

Una cateta en el SAS (Día 2 – Segunda parte)

Domingo 19 de marzo.
Ayer a última hora de la noche, poco después de publicar el último episodio, recibí una amenaza de muerte virtual por parte de mi madre. Mi madre pasa a ser a partir de este momento mi joven madre.
A las once de la mañana mi joven madre llamó desde mi casa. Pasé un rato guiándola mientras cogía de mis cajones y armarios los diversos objetos de primera necesidad que debía llevarme al hospital a la una de la tarde, durante el horario de visitas.
Asomé la nariz al pasillo dispuesta a aventurarme a inspeccionar los alrededores en pijama, bata, zapatillas de deporte y el bolso colgando porque aún no tenía claras las intenciones de María José y el autista.
Los alrededores se componían de un largo pasillo con habitaciones dobles a un lado, un par de habitaciones individuales al otro, y varias salas cerradas donde el personal del hospital entraba y salía constantemente. En una había estanterías cargadas de pijamas, sábanas, toallas, estropajos, etc. En otra guardaban material médico. En una tercera guardaban el material de limpieza, incluyendo una fregona que tuve que utilizar varias veces porque cada vez que me duchaba inundaba el cuarto de baño. Hacia la mitad del pasillo se encontraba el mostrador de enfermeras y una habitación donde se escondían de nosotros. En un extremo había una sala con un par de mesas y varias sillas pegadas unas a otras. Adjunta a esta sala había una terraza donde tanto enfermos como visitantes fumaban a escondidas usando una botella medio llena de agua como cenicero. Allí venían las oscuras golondrinas sus nidos a colgar.
El otro extremo del pasillo lo ocupaban un ventanal, una hilera de sillas pegadas, una máquina expendedora de agua y zumos, cuatro ascensores, y una escalera que conducían a la libertad.
Pronto se hizo evidente que el horario de visitas era tomado a pitorreo. Aparecieron varios parientes de María José mucho antes de la hora permitida, así como parientes y amigos de casi todos los inquilinos de la planta.
Unos minutos antes de la una nos trajeron nuevas bandejas con la comida, provocando aplausos por mi parte. Estaba hambrienta. Antes de destapar la mía sufrí un terror momentáneo pensando si en lugar de balneario barato sería aquello una clínica de adelgazamiento. Se oyen contar historias terribles sobre el trato y las comidas en los hospitales públicos.
Armándome de valor elevé la tapa de plástico. Inmediatamente invadió mi nariz un delicioso olor. Potaje de judías blancas con trocitos de chorizo, morcilla y pollo flotando, otro plato con fritos de pescado en adobo y flan de postre. Una comida la mar de adecuada para un enfermo. Me volví a mirar la bandeja de María José. “No he tenido tanta suerte. Estoy a dieta blanda”- me dijo.
Aparecieron mis jóvenes padres por la puerta de la habitación portando mis cremas hidratantes, mis cables, mi ropa interior limpia, mi cepillo de dientes de verdad. Por fin podía sentirme como en casa.
También se presentó el marido de María José, un señor con barriga cervecera que pasó la tarde entera con ella. El autista desapareció para siempre.
Tan pronto finalicé de devorar la comida, llevé a mis jóvenes padres a la sala contigua a la terraza para poder charlar un rato en la intimidad.
Sobre las dos se marcharon a comer, con la promesa de volver por la tarde.
Volví a la habitación a echarme un rato. Misión imposible. El marido de María José se quedaba dormido cada poco en la butaca azul. Roncaba como un animal. Estaba previsto que durmiera con nosotras esa noche. No podía creerlo. Iba a ser totalmente imposible pegar ojo con aquel bicho en la habitación.
Estuve leyendo a ratos y a ratos dormitando, sobresaltándome por los ruidos procedentes de aquel cuerpo extraño que descansaba en la butaca azul.
En el cuarto de baño descubrí que las enfermeras debieron de acudir a muchas tiradas de cadena antes de tomar drásticas medidas.
A las cinco nos llevaron una nueva bandeja conteniendo la misma bañera de leche y un paquete de galletas. Utilicé la otra mitad del sobre de Nesquik en lugar del sobre de café.
Durante toda la tarde los pasillos fueron un hervidero de gente. A la puerta de una habitación conté once visitantes, la mayoría con aspecto de labriegos con sus caras curtidas por el trabajo en el campo, evidentemente incómodos embutidos en sus ropas de domingo y con sus pelos engominados.
Sobre las seis me visitaron de nuevo mis jóvenes padres y un rato más tarde Alberto, su mujer Pilar y su hijo Alberto Jr. Alberto Jr. aparece con antifaz en la cara porque no tengo ninguna aplicación para pixelar caras de menores de edad.
Pilar, que también es radióloga, me comunicó que al día siguiente estaría de guardia en mi hospital, así que nos veríamos y hablaría con el neurólogo para que me tratara bien. Igualmente Andrea, nuestra amiga psicóloga, hablaría con él.
Pasamos un rato charlando en la terraza. Hacía una tarde estupenda.
Estando allí me llamó mi amado jefe para interesarse por mi salud.
Poco antes de las ocho, estando charlando con mis jóvenes padres a la puerta de la habitación, llegó un sujeto a inyectarme Heparina, un anticoagulante. Levanté la camisa del pijama y allí mismo, de pie, me clavó la aguja en la barriga. De repente me entró un intenso dolor agudo, tremendo. Comenzaron a zumbarme los oídos y empecé a marearme de tal manera que tuve que tomar asiento en una de las butacas azules. Poco a poco me recuperé.
Mientras tanto, habían traído ya la cena. Me encantan los horarios del balneario. Desayuno a las nueve, comida a la una, merienda a las cinco y cena a las ocho. Me encantan.
Cogí a mis jóvenes padres y a la bandeja y me los llevé a todos a la sala junto a la terraza para comerme allí un filete de pollo empanado y un yogur. No pude con la sopa ni con el segundo filete. Fueron acompañados por una pastilla y un botecito de cristal cuyo contenido sabía igual que cuando tragas agua en el mar.
El que me clavó la aguja asomó la cabeza y respiró tranquilo. “He ido a verte a la habitación para ver cómo estabas y no te he encontrado. Ya pensaba que me había cargado a una paciente con Heparina.”
Poco después de cenar mis jóvenes padres se marcharon dejándome allí abandonada a mi suerte.
Al volver a la habitación me encontré con una agradable sorpresa. El marido de María José había sido sustituido por el joven hermano de María José, un chico encantador, ligeramente amanerado, que pasaría la noche con nosotras.
Pronto descubrimos que teníamos algo importante en común, nuestros iPhone 7 Plus. Ante la atónita mirada de María José, comenzamos a charlar como dos cotorras sobre nuestros amados aparatos. Iván, que así se llamaba el joven, acabó comprando por internet el mismo protector que tengo yo en el iPhone.
Sobre las diez salieron a dar un paseo por el pasillo. Yo aproveché para acomodarme en la cama y echarme a dormir. Cuando volvieron les murmuré con la cara pegada a la almohada que por mí no se preocuparan, que yo tenía pensado entrar en coma en breve y que podían charlar o ver la tele sin problema.






27 mar. 2017

Una cateta en el SAS (Día 2 – Primera parte)

Domingo 19 de marzo.
Antes de acomodarme en la cama del SAS tuve la precaución de poner el móvil de guardia del trabajo en silencio, algo que no había hecho nunca porque nunca antes había pasado una noche de guardia en una cama del SAS.
En contra de mi costumbre habitual de entrar en coma profundo en el instante de poner la cabeza en la almohada, no pegué ojo en el resto de la noche, exceptuando ratos sueltos que no duraron mucho. Mis compañeros de habitación respiraban, las sábanas de mi vecina de al lado sonaban atronadoramente cada vez que ella tenía la poca vergüenza de moverse, hubo movimientos de personas y artefactos rodantes por el pasillo, toses en las habitaciones vecinas e innumerables sonidos no identificados, el móvil del adolescente vibraba cada dos por tres con mensajes de sus coleguitas seguramente de juerga por la calle.
Dediqué la vigilia a diversos pensamientos, a reírme sola acordándome del chiquillo que impidió que el ascensor partiera con Alberto, un celador y yo  dentro a la llegada al segundo hospital, introduciendo una pierna embutida en un pijama y zapatillas como si anduviera por el pasillo de su casa. Nos pidió cambio de cinco euros en monedas como si aquello fuera normal en aquel lugar a aquella hora. Ideé diversas formas de comunicar a mis ancianos padres que no iría a comer el domingo con ellos añadiendo la noticia de mi ingreso hospitalario sin causarles alarma. Pensé que por fin estaba oficialmente mal de la cabeza. Hice una lista mental de las cosas que necesitaría durante mi estancia en el hospital y que mi madre tendría que ir a buscar a mi casa por la mañana.
A las cuatro en punto el teléfono de guardia comenzó a vibrar sobre la mesilla causando el mismo ruido que un tambor en Semana Santa.
No es que fuera una premonición lo de silenciarlo, es que el móvil de guardia suena a cualquier hora del día o de la noche para las cosas más peregrinas que dan para escribir otro blog.
Despertaron la señora despeinada, el adolescente y varios desconocidos de las habitaciones colindantes. Yo no tuve que despertar porque estaba despierta. Contesté con un susurro: “Un momento, por favor”.
Me calcé como pude y salí al pasillo a atender aquella llamada en susurros y a hacer otras dos para resolver el problema que se me planteaba en la primera. A causa de los susurros se abrieron las puertas de varias habitaciones y surgieron cabezas de gente. No puedo explicaros qué expresiones había en sus rostros porque con las prisas salí sin gafas y sólo alcanzaba a ver cabezas humanas sin más detalle.
Una vez todo claro volví a la cama rezando para que no hubiera más llamadas porque me veía de patitas en la calle mal de la cabeza y todo.
A las seis de la mañana se oyó una serie de gemidos procedentes de una garganta vecina. “Ayyyyyy, ayyyyyyyy, ayyyyyyy”. Exactamente como si una gitana estuviera iniciando una saeta mal cantada. Me alarmé, no por la salud de la propietaria de aquella garganta, sino porque los gemidos sonaron gitanos, y ya se sabe lo que pasa cuando hay un gitano ingresado. Aparecen veinte gitanos de visita, todos familiares directos del enfermo.
Los quejidos sirvieron como detonante para que surgieran ruidos de todas las habitaciones, como si todos hubieran estado en vigilia al igual que yo, en silencio esperando el momento de poder salir de aquellas malditas camas para iniciar el día.
Hacia las siete hubo luz suficiente en la habitación para hacer una inspección visual del terreno. La persiana de la ventana no estaba suficientemente bajada y se filtraba la luz del día. Dos camas de hospital, una mesilla al lado derecho de cada cama con posibilidad de convertirlas en mesa para comer, dos butacas azules para los acompañantes de los enfermos, un televisor de 20’’ pegado a la pared y enganchado a una caja donde era evidente que había que introducir monedas para que funcionara, unas zapatillas de ositos junto a la cama de la señora despeinada, unas zapatillas Nike junto a las butacas que ocupaba el adolescente, el armario empotrado de dos puertas del que os hablé ayer y un cuarto de baño. Encima de cada cama un llamador de emergencia, diversos enchufes y una bolsa de plástico cubriendo un artefacto que no llegué a saber qué era.
Pronto la señora despeinada y el adolescente volvieron a la vida, o al menos la señora, porque el adolescente adoptó una actitud de niño autista al que sólo la pantalla del teléfono móvil sacaba de su mundo interior.
Dado que era evidente que tendríamos que compartir momentos de intimidad por un tiempo indeterminado, tomé la iniciativa de presentarme y pedir disculpas por la interrupción de su sueño a las cuatro de la madrugada. A primera vista la señora despeinada me resultó simpática. La llamaremos María José a partir de ahora. Fue apropiadamente felicitada porque aquel día era su santo. Aún pasados varios días desde que dejé de verla, sigo con ganas de pasarle un cepillo por la cabeza.
A partir de las ocho y media empezaron a repartir por las habitaciones toallas y sábanas limpias, pijamas y unos estropajos como los que uso yo en casa para fregar los cuartos de baño. Colocaron en el pasillo unos recipientes para introducir la ropa sucia. Los enfermos capaces de manejarse solos teníamos que cambiar las sábanas nosotros mismos.
Observando que María José portaba una bata del SAS, pedí una para mí al objeto de ir un poco más cubierta, no por el frío, sino por decencia.
La temperatura tanto en la habitación como en el pasillo era ideal para mí.
Entré en el cuarto de baño con el bolso colgado del hombro, aún sin saber si mis nuevos amigos eran de fiar. Me lavé la cara y me la sequé con mi nueva toalla. No tenía crema hidratante, de modo que hubo que añadir la sensación de acartonamiento a la del hormigueo.
A las nueve en punto nos trajeron unas bandejas con tapa. Al descubrir la mía me encontré con una bañera de leche, un sobre de café descafeinado, un sobre de azúcar, un bollo de pan metido en una bolsa transparente, una tarrina de margarina, una cuchara y un cuchillo de plástico. Yo veo esas bañeras de leche y me viene a la imaginación una persona metida dentro como en un jacuzzi, con los brazos apoyados en el borde.
Entró una enfermera a traer pastillas para mi vecina y le pregunté tímidamente si sería posible cambiar el café por chocolate. Volvió a los pocos minutos con un sobre de Nesquik. Hice uso de la mitad, guardando la otra mitad para futuras ocasiones.
A las nueve y media me armé de valor y llamé a mi anciana madre para contarle la batalla y encargarle que fuera  a mi casa a buscar mis trastos. A los cinco minutos llamó mi tío de Madrid para que le explicara otra vez lo mismo porque mi anciana madre desconectó en el momento en que oyó la palabra hospital salir de mi boca.
Cuando María José se hubo aseado y sacó al autista a pasear un rato por el pasillo aproveché yo para darme una ducha haciendo uso del estropajo y de una agradable espuma que salía de un dispensador que colgaba junto al lavabo. De nuevo tuve que prescindir de la crema hidratante, pero me encontré muchísimo mejor.
Disfruté de unos pocos minutos de soledad en la habitación observando el paisaje desde la ventana. Fue en ese momento cuando decidí que me iba a tomar aquello de la mejor manera posible, como una estancia en un balneario barato.

26 mar. 2017

Una cateta en el SAS* (Día 1)

*Servicio Andaluz de Salud

Sábado 18 de marzo.
El viernes desperté tarde con el muslo izquierdo dormido. Nunca antes había tenido esa sensación. Se me han dormido brazos, piernas, cualquiera de mis 20 dedos y otras partes del cuerpo que no voy a enumerar, pero nunca un muslo.
Ya en la oficina empecé a sentir hormigueo en el lado izquierdo de la cara, a veces también en la zona occipital.
Como estaba de guardia no tuve tiempo de prestarle mayor atención al asunto, aunque aquello siguió con mayor o menor intensidad a lo largo del día.
El sábado la sensación continuaba. Tuve que comer a la una porque tenía varios barcos que visitar a partir de las dos y media. No noté falta de fuerza al subir y bajar las escalas.
A las siete de la tarde, cuando ya tenía todo el trabajo casi finalizado, empecé a pensar en ello seriamente. “¿Y si esta noche me quedo tiesa o, peor aún, me quedo como Marichalar por no prestar suficiente atención a los signos de alerta?” Así que entre mis amigos médicos escogí a Alberto para consultarle qué hacer. Lo llamé y le conté los síntomas. Me recomendó que no lo dejara correr, que lo mismo no era nada que sí lo era, y se ofreció inmediatamente a llevarme él mismo al hospital a hacerme un TAC.
Como tengo un seguro privado, le dije que no era necesario. Me pidió que lo mantuviera informado.
Terminé en la oficina sobre las ocho de la tarde. Pedí a mi taxista favorito que me acercara a la clínica de Sanitas, donde tuve que esperar unos cuarenta minutos a ser atendida. Por delante de mí pasaron dos adolescentes en silla de ruedas, uno de ellos con un pie más grande que el otro fruto de una evidente inflamación.
La sala de espera estaba a reventar de gente porque por cada enfermo o herido había dos o tres familiares acompañantes, amigos en el caso del adolescente con los pies diferentes.
Un señor gordo como un tonel y colorado como un tomate se encontraba sentado frente a mí en silencio, evidentemente preocupado, rodeado de sus tres parientes correspondientes. Salió un doctor a verlo y a comunicarle que el resultado del electro era normal. Fue como si le devolvieran la vida de repente. Recuperó el habla y comenzó a contar a su familia con todo detalle lo que había estado sintiendo. Seguro que luego celebró su no-infarto con una tremenda cena.
La doctora que me atendió me hizo caminar y tocarme la nariz con los ojos cerrados, me dio martillazos en las rodillas, me auscultó, me miró dentro de los oídos y la boca y me envió a enfermería, donde me tomaron la tensión y me pincharon un dedo para ver si tenía la glucosa alta. Todo normal.
La amable doctora me envió a casa con una patada en el culo y la recomendación de pedir sin dilación cita en un neurólogo para investigar a fondo el asunto. Eso sí, me advirtió que volviera echando viruta al menor síntoma extraño.
Desde la misma clínica llamé a Alberto para informarle de todo.  Con la boca llena (estaba cenando, evidentemente) me dijo que no me moviera de allí, que iría en unos quince minutos a recogerme para ir al hospital a hacerme el TAC.
No fueron quince minutos. Uno no termina de cenar, se acicala, baja al garaje y conduce hasta la clínica en quince minutos. Era un decir lo de los quince minutos.
Cuando llegamos al hospital, aparcamos donde todo el mundo pero hicimos entrada por donde sacan la basura. Subimos a radiología, que es la especialidad de Alberto, y en un momento me encontré tumbada entrando en aquel enorme cilindro. 
A continuación, Alberto me llevó a una habitación donde había varios ordenadores, taquillas y butacas donde descansan los médicos de guardia. Cuando logró entrar en mi expediente, apareció en pantalla una imagen de mi cabeza que se movía de diversas formas según él tocaba el ratón. Paró en la que adjunto. Me
pidió que me acercara para explicarme sin paños calientes lo que estaba viendo. Ese es el momento en que una persona normal sufre un ataque de nervios, un micro infarto o un desmayo del que sales cuando ponen un bote de sales bajo tu nariz. Yo no soy así. A veces creo que tengo el corazón de goma.
Lo primero que me llamó la atención fue el puntito blanco en el plexo coroideo de la izquierda (las dos masas negras con forma de plátano, que se llaman ventrículos laterales). No es que yo sepa lo que es un plexo coroideo, que lo acabo de mirar en Google y lo he consultado con Alberto para no escribir burradas.
La imagen, según me explica, es como si cortas un chorizo y lo miras desde abajo. Por lo tanto, lo que vemos a la izquierda pertenece al lado derecho de mi cabeza.
Sin embargo, lo que Alberto quería contarme se refería a la mancha negra que señalo en naranja. Me dijo que se trataba de un accidente vascular o de una inflamación, en ambos casos algo antiguo y no necesariamente relacionado con lo que me estaba pasando. Descartó el accidente vascular por el tipo de vida que llevo, que para algo tiene que servir comer sano y machacarme todos los días en el gimnasio. El chocolate no cuenta.
Se quedó pensando un momento, me pidió que me acomodara mientras él iba a ver a la médico de guardia internista para preguntarle si debería tomar una aspirina infantil antes de marchar.
Alberto salió de la habitación en vaqueros y polo, pero volvió al cabo de un rato vistiendo su bata de médico. “Uy, uy, uy, aquí pasa algo”, pensé. Y sí pasaba. La internista le dijo a Alberto que yo de allí no me podía marchar, que me tenían que ingresar para hacer más pruebas.
A mí en ese momento lo único que se me pasó por la cabeza fue que tenía hambre, que ya había pasado hace rato la hora de ducharme y que estaba de guardia y que tenía que terminar mi guardia el lunes por la mañana.
-“Alberto, ¿no me vais a dejar terminar la guardia? Déjame marchar a casa y vuelvo el lunes para hacerme las pruebas”.
- “Esto va a quedar para los anales de la historia. Tú de aquí no te mueves” – me dijo medio riendo. “¿Has cenado?”
¿Cenado? Lo último que comí fue a la una de la tarde y ya nos habíamos plantado en las once de la noche.
Volvió a dejarme allí mientras iba a buscarme un sándwich mixto y una botella de agua que devoré. Devoré el sándwich, no la botella.
Bajamos para hacer el ingreso legalmente, por la puerta por donde salen y entran los pacientes, no la basura. A partir de ahí se repitió casi literalmente la secuencia de pruebas que me hicieron en la clínica privada. Ojos cerrados, martillazos, pinchazos, tensión, auscultar; añadiendo electrocardiograma y extracción de sangre. Me dejaron puesta una vía en el brazo derecho para futuros procedimientos.
Fue entonces cuando me dijeron que en lugar de quedarme en aquel hospital tendrían que trasladarme en ambulancia al de enfrente, donde se encuentra el departamento de neurología. Al estar ingresada no era posible el traslado en vehículo particular.
El conductor de la ambulancia apareció casi una hora después. Salimos a la calle caminando porque me pareció ridículo sentarme en una silla de ruedas, y más ridículo subir a la parte de atrás de la enorme UVI móvil. “Yo ahí no me subo, voy con usted de copiloto”. Y así llegué al segundo hospital, copilotando una UVI móvil a la una de la madrugada.
En recepción me colocaron una pulsera como las de los hoteles todo incluido, me acompañaron a la segunda planta donde me entregaron un pijama de rayas y abrieron la puerta de una habitación. Tan inocente de mí, pensé que iba a dormir sola conmigo misma. No, aquello era un hospital público. En aquella habitación había una señora de mi edad despeinada y un adolescente a los que despertamos al encender la luz principal.
Me hicieron la cama, me explicaron para qué servían unos cuantos interruptores y me dejaron allí con aquellos dos desconocidos. Alberto estuvo conmigo hasta ese momento, la una y veinte de la madrugada. Eso es un amigo y lo demás cuento.
Apagué todas las luces para dejar dormir a aquellos dos y me metí con mi bolso en el cuarto de baño a hacer recuento de mis pertenencias: dos teléfonos móviles cortos de batería, un cepillo de dientes de viaje, un mini tubo de pasta de dientes seca, una barra de labios de cacao, dos pañuelos de papel, los auriculares de mi iPhone, 25 euros en billetes y varias monedas que no conté para no hacer ruido, dos tarjetas de crédito, mi iPad, un ibuprofeno y las llaves de casa. Un kit de supervivencia que te cagas.
Me puse el pijama de rayas que misteriosamente era exactamente de mi talla, me lavé un poco, me sequé con servilletas de papel de un dispensador que encontré en la pared y fui hasta la cama tanteando el camino bajo una luz azul que iluminaba apenas la habitación.
Había un armario con dos puertas. Abrí una. Dentro no había nada, así que me apoderé de aquella nada para guardar mi ropa. El bolso lo escondí como pude en la mesilla de noche, por si me robaban aquellos dos desconocidos o cualquier otro desconocido que entrara durante la noche en la habitación.
Me metí en la cama. Aquellas sábanas almidonadas hacían un ruido atronador cada vez que me movía. Me acomodé y me dispuse a pasar el resto de la noche en una cama extraña con dos desconocidos.
Acabo de releer la última frase. Los dos desconocidos no estaban conmigo en la cama. La señora despeinada tenía su propia cama y el adolescente yacía sobre dos butacas enfrentadas.






14 nov. 2016

Una cateta volando (Día 13)

En el avión de Miami a Madrid me tocó sentarme junto a una estudiante española. No le di oportunidad de iniciar la conversación que se veía que quería mantener conmigo. Me coloqué la almohada cervical, la capucha de la sudadera, el antifaz, me enrollé en la manta y me eché a dormir.
Me despertó a las once y media el olor a comida. Me quité el antifaz y acepté el menú de pollo que me ofrecieron. Aquello era como un nugget gigante con mostaza por encima. En el centro tenía un trozo de jamón york. La ensalada era una pasta formada por atún, medio tomate, maíz y guisantes. Lo que me gustó de verdad fue la tarta de queso con fresa por encima. De lo demás sólo comí un poco.
Una vez terminé de cenar, me volví a poner el antifaz y a envolverme en la manta. Estiré las piernas todo lo que pude y me eché a dormir. Y dormí, vaya si dormí. Creo que desperté un par de veces, pero no fue grave.
Llevábamos unos cuantos niños en el vuelo. Dos necesitaron cunas. Las instalaron en la pared de los baños a mitad del avión. Aunque no lo parezca, debajo de esa cantidad de trastos hay un bebé durmiendo. Al principio, uno de los bebés no hacía más que asomar la cabeza por el borde de la cuna. Había mucha luz y mucho ruido durante la cena. No era capaz de dormirse.
A las seis de la mañana hora de Miami, doce del mediodía hora de España, una azafata caminó por el pasillo despertándonos con un “buenos días, vayan bajando las bandejas” que me sentó como una patada en la boca.
Nos pusieron en la bandejas una de esas cajitas rojas que tanto valen para merendar como para desayunar conteniendo un croissant de jamón y queso que estaba seco, una magdalena de manzana, un paquete de gominolas y una chocolatina diminuta. Se nota cuando la comida no está preparada en España.
Aterrizamos en Barajas a la una de la tarde. Casi no se notó cuando las ruedas se posaron sobre la pista.
Al salir del avión vi una de las naves de Emirates que tiene dos pisos, con duchas para la clase superior, el Airbus A-380-800. Un trasto enorme.
Intenté quedar con Laura, que aterrizó media hora antes que yo en el vuelo de Air Europa. No fue posible porque ella estaba en la T2 y yo no podía entrar allí sin un billete para esa terminal. Tuvimos que despedirnos por Whatsapp.
Sufría un intenso dolor en el coxis por haber pasado tantas horas en la misma postura en el asiento del avión.
Me senté junto a una de las estaciones de recarga que Samsung tiene instaladas en el aeropuerto. La batería de mi ordenador falleció hace tiempo. No me he molestado en reemplazarla. El pobre tiene ya ocho años y medio, ha dado la vuelta al mundo conmigo y sigue funcionando sin un solo pantallazo azul. Pero le cuesta, le cuesta la misma vida hacer cualquier cosa.
En el televisor estaban dando las noticias. Desde que embarcamos el miércoles en Port Everglades he estado completamente aislada del mundo. Ahora me acuerdo que tenemos gobierno, que Trump es el próximo presidente de los Estados Unidos y que tengo un trabajo que me está esperando el miércoles. Voy a ver si parte algún vuelo de aquí a Las Bahamas para salir huyendo.
Y luego pusieron el anuncio de la lotería de Navidad. La Navidad a la vuelta de la esquina y yo en manga corta.
Un señor sentado frente a mí utilizaba una lupa para leer en el móvil. Así voy a acabar yo cualquier día.
Después de escribiros un rato di una vuelta por el aeropuerto. Aunque hubiera querido compra algo no habría podido porque la tarjeta está muerta cadáver. Me pregunto si Josefa la Grilla me la habrá cogido de la mochila mientras dormía para inutilizarla. Menos mal que llevaba diez euros encima que me sirvieron para comer en McDonalds a las cuatro y media.
La próxima vez que venga a este aeropuerto me voy a pegar la tarjeta de crédito de Iberia en la frente. No menos de cuatro veces me la ofrecieron durante el día las señoritas que están a la caza y captura de clientes.
A las cinco y media comenzó el embarque para Sevilla. Por supuesto, el pasaje se puso en cola como si fueran a quedarse sin sitio.
Una azafata de Iberia, recién llegada de un vuelo de Tokio, amenazaba a sus hijos por el móvil con no darles sus regalos si no tenían los deberes hechos cuando ella llegara a casa.
En el avión me encontré con que mi asiento estaba ocupado por una señora envuelta. Ni ella ni su acompañante hablaban ningún idioma conocido. Tuve que llamar a una azafata para que arreglara el asunto.
Fueron en silencio absoluto la primera parte del viaje. Luego cuchichearon y se rieron bajito. ¿Será que escriben un blog de viajes y se ríen de los pasajeros de al lado?
Los aviones de Iberia Express no llevan pantalla en el respaldo, pero ofrecen acceso desde el móvil o la tableta a una aplicación de entretenimiento. Lo de las películas me parece absurdo porque no da tiempo a verlas. Por algo se llama Express.
Al despegar nos saludó la comandante por megafonía. Guay eso de que haya comandantes en Iberia.
Aterrizamos a las siete en Sevilla. Mi maleta tardó tanto en salir que ya la daba por perdida.
Mis taxista favorito me estaba esperando como un clavo a la salida. Nos tomamos una Coca Cola para ponernos al día.
A mitad de camino nos encontramos con un atasco. Se había quemado un camión. Cuando pasamos a su altura el incendio estaba extinguido completamente.
Llegamos a casa a las nueve de la noche.
Lo primero que hice fue despegarme la ropa del cuerpo como quien se quita una tirita y meterme de cabeza en la ducha. Han pasado muchas horas desde que me levanté en el barco el domingo por la mañana.
Lo segundo que hice fue poner la ropa sucia en dos pilas para empezar a lavar mañana tan pronto resucite. Aunque no son las doce de la noche, la carroza ya se ha convertido en calabaza.
Lo tercero que hice fue colocar todo mi botín de chocolate encima de la cama para enseñároslo. No es ninguna tontería. Las tabletas blancas y marrones pesan medio kilo cada una, lo mismo que la caja marrón con el lazo.
Me ha encantado usar el roaming de Vodafone. Advierto que este blog no está patrocinado por Vodafone, es que me ha encantado. Estando en Estados Unidos es como si estuvieras en casa. Voz y datos gratis. Me ha encantado.
Y lo cuarto que voy a hacer es abrazar a mi almohada y echarme a llorar de la emoción.

Buenas noches desde mi casita.


Una cateta en alta mar (Día 12)

A pesar de haber dormido sólo tres horas y cuarto, a las seis estábamos despiertas tirándonos las almohadas. En el camarote había cinco almohadas, como si sobrara el espacio.
Ayer por la tarde encontramos sobre la cama un sobre para cada una con instrucciones para el desembarque. Siendo cuatro mil personas a bordo entre pasaje y tripulación, es increíble que no haya aglomeraciones ni sensación de multitud en ningún momento. La logística para sacarnos del barco ordenadamente implica que cada pasajero tenga unas etiquetas con un color y un número indicando a qué hora puede salir del barco dependiendo de estas referencias. 
En el sobre también nos pedían que dejáramos el equipaje en la puerta del camarote a medianoche para no tener que desembarcarlo personalmente. Ni María ni yo hicimos caso. Sumando la ropa de la cena, el pijama y el neceser, no era posible meterlo todo en el equipaje de mano. Además, al bajar del baile, según íbamos parando dejando gente en las distintas cubiertas, nos encontramos a un ejército de filipinos metiendo equipajes en carros como si se tratara de balas de pajas, cuidado cero.
Mi maleta pesó 21 kgs. Mi tío Jose me regaló por mi cumple un artefacto súper práctico para pesar equipajes. No me extraña el aumento de peso con respecto a la ida. Llevo casi dos kilos de chocolate que me trajeron de Suiza y de Turquía.
Desayunamos en el Lido con Laura. Probamos un croissant relleno de chocolate con avellanas que estaba espectacular. Y pensar que esta noche tirarán decenas de esos croissanes a la basura. ¡Qué lástima y qué hambre me está entrando en este momento.
A las ocho y media cerré la maleta, nos despedimos, me puse en la cola de las etiquetas azules y salí del barco con destino a la cola de inmigración. La actitud de los policías en la terminal de cruceros es totalmente distinta a la de los que trabajan en los aeropuertos, donde te miran con cara de elemento sospechoso. Eso de venir de Las Bahamas te da una pátina de glamour.
Tardé más de media hora en salir. Tal y como nos instruyó Nicki ayer, declaré el papel con las semillas. El policía me llevó a una sala donde un oficial de aduanas me estuvo haciendo preguntas sobre el origen y el destino del papelito. Me preguntó cuántas pasajeras llevábamos las semillas encima. Cuando le dije que unas 250, me contó que hasta el momento era la segunda persona que las había declarado. Me las devolvió y me dejó marchar. Toda la conversación, tanto con el de inmigración como con el de aduanas, fue en un tono amistoso.
Mientras yo pasaba por todo este proceso, Alex se tuvo que ir con Karin, Jeanne y Parker sin esperarme. No cabíamos en el tanque con tanto equipaje. Quedamos en que iría a su casa por mi cuenta. Intenté tener mi primera experiencia Uber, pero me fue imposible pedir el coche porque mi tarjeta de crédito ha dejado de funcionar. No es porque la haya quemado comprando, hay alguna otra misteriosa razón. Gracias a Yasmina de Suiza, que me lo pidió usando su cuenta, pude salir de allí.
El conductor me fue contando por el camino que tiene un primo millonario que tiene una pared de cristal separando el garaje de su casa para poder ver el Ferrari desde el sofá. Ahora que lo pienso, no sé a santo de qué me contó esa historia.
En casa de Alex me tomé una Pepsi de cereza. A pesar de ser Pepsi, estaba bastante rica.
Nos sentamos en el embarcadero a ver corretear a las iguanas por la casa de la difunda de enfrente. Digo corretear porque cuando se enfadan meten el turbo persiguiéndose unas a otras. 
Parker se marchó enseguida. Tenía por delante cinco horas de coche hasta Jacksonville. 
Alex nos propuso ir a dar una vuelta en un taxi boat por los alrededores. El marido, además de tener un gato y ser escocés, es un santo. Nos llevó en tanque hasta el embarcadero. Allí tuve el placer de ver de cerca a una iguana de verdad. Ni se inmutó cuando me acerqué a sacarme una foto con ella. También casi tuve el placer de que me cayera un cagallón de iguana en el hombro. Estaba subida a una palmera justo encima de mí cuando soltó la bomba. Me pasó a un milímetro de la tragedia. De verdad, hubiera sido una tragedia.  Era una plasta verde potente y consistente.
Durante el paseo en barco nos fueron enseñando las casas de los millonarios con gusto y con gusto cero. Yates de todos los tamaños navegaban o estaban atracados delante de las mansiones.
Nos bajamos cerca de la playa para ir a Hooters.
Vas a vivir tu primera experiencia Hooters, me dijo Alex. Hooters significa tetas. Hooters es una cadena de restaurantes llena de pantallas de televisión donde emiten deportes. Las camareras llevan camisetas blancas ajustadas y unos pantalones rojos que cubren lo justo. Alex pidió 40 alitas de pollo que nos tuvimos que llevar para comer en su casa por falta de tiempo.
Karin, Jeanne y yo nos fuimos en un Uber al aeropuerto de Fort Lauderdale. Tras despedirnos y dejarlas allí, la conductora me acercó a la estación de Tri-Rail, un tren que circula desde Palm Beach hasta el aeropuerto de Miami.Intenté sacar el billete con la tarjeta de crédito en una máquina expendedora. Por supuesto, no funcionó. Encontré un billete sin picar que un alma caritativa dejó colocado para que una afortunada como yo lo aprovechara.El tren pasó a las tres de la tarde, dejándome en destino cuarenta minutos después.
Pude facturar la maleta a pesar de las horas que faltaban para el embarque.
Cuando esperaba en la cola para el control de pasaportes, apareció una miembro de WISTA Holanda. Iba con el abrigo puesto aunque hacía temperatura para manga corta. Le pasa como a mí, que la maleta le encoge a la vuelta aún no habiendo comprado casi nada.
Me hicieron quitar los zapatos y pasar por un escáner corporal, pero no me detuvieron.
Perdí de vista a la holandesa en la cola.
Di una vuelta por las dos lamentables tiendas de la terminal. Alguien me asaltó por la espalda: Kathi Stanzel de INTERTANKO y Julie de WISTA UK. Las acompañé a su puerta de embarque, donde también estaba Rachel.
Volvieron a asaltarme por la espalda. Judy, de República Dominicana estaba con su socio y su marido esperando el vuelo para Santo Domingo.
Cuando dejé a las inglesas me senté con los dominicanos. Su vuelo se retrasó una hora.
Apareció Lena de Suecia al cabo de un rato con una alemana.
A las siete y media nos despedimos.
En mi puerta de embarque había un grupo de peregrinos camino de Roma. Hicieron un círculo y se pusieron a rezar en voz alta.
Más de una hora antes de embarcar estaba la mayoría de pasajeros de pie haciendo cola delante del mostrador. Una jovencita alemana sentada junto a mí me preguntó: "Perdona, ¿por qué hacen cola?" A lo que contesté: "Typical Spanish".
A las diez y veinticinco de la noche despegamos de Miami, diez minutos antes de la hora.
Buenas noches desde el cielo






13 nov. 2016

Una cateta en alta mar (Día 11)

Aunque desperté a las seis, aguanté en la cama hasta las siete en previsión del largo día que me esperaba.
A las siete y media fui a The World Stage, el teatro del barco, para asistir a la conferencia de hoy. Tuve que atravesar el casino, donde un individuo estaba muy concentrado jugando con una máquina tragaperras.
Nicki desayunaba una Coca Cola para darse un chute de energía. Estamos todas hechas polvo.
Las sesiones comenzaron a las ocho de la mañana, con la presencia del presidente de la naviera Holland America y dos vice-presidentes. También tuvimos con nosotros al capitán, jefe de máquinas y hotel director. Al capitán me lo encontré el jueves pidiendo un helado junto a la piscina. Estuvimos charlando un momento. Nos conocimos cuando el barco nos visitó en España el pasado septiembre.
Ayer la máquina del barco estuvo en marcha todo el tiempo que estuvimos en la isla para que mantuviera su posición exacta en paralelo, perfecta para sacar miles de fotos. Es uno de los miles de detalles que tienen a bordo.
Dejan animales muertos en la habitación, pasan varias veces a recoger las papeleras y poner orden en el cuarto de baño, ponen chocolatinas sobre la almohada, colocan unas alfombras de goma sobre la cama el primer día y el último para que pongas la maleta encima, los camareros están continuamente pendientes de tus necesidades en los restaurantes, y nunca les falta una sonrisa en la cara.
Tenemos con nosotras una delegación de Egipto. Son tres hombres y una mujer. Uno de ellos siempre lleva sombrero. Son provisionistas de buques. Parece ser que ella es la jefa. Ni habla inglés ni se relaciona con nadie. Nadie tiene muy claro a qué han venido.
Ayer me descubrí tres picaduras en el brazo. Espero que no sea Zika. Dos de nuestras miembros americanas no han venido porque han sabido recientemente que están embarazadas. Sus médicos les recomendaron quedarse en casa para evitar el riesgo.
Tuvimos el primer descanso a las diez. Salí a cubierta a tomar un poco el aire. Estábamos navegando en mitad de ninguna parte. Hacía un día estupendo. Mi madre me escribió diciendo que ya están encendiendo la calefacción por las noches en casa. No me hago a la idea.
Hoy el barco no toca ningún puerto. ¿Habremos desaparecido en el Triángulo de las Bermudas? Internet sí que tengo. ¿Os estaré escribiendo desde el más allá?
A la hora de comer fuimos unas cuantas a comer pizza. Nos sentamos junto a la piscina.
El barco navegaba a mínima velocidad. No hay tanta distancia desde Las Bahamas hasta Fort Lauderdale como para ir a velocidad normal desde que salimos de la isla ayer por la tarde.
Los demás pasajeros nos miraban con cara de lastima. Ellos en bañador tomando el sol y nosotras elegantemente vestidas para la conferencia. Muchos nos preguntan en los ascensores qué es WISTA.
A las dos menos cuarto reanudamos las sesiones. Este año las sesiones han sido bastante entretenidas y muy dinámicas. No se me hizo el día nada largo. A pesar de haber dormido poco no me entró sueño en ningún momento.

Al dar por concluida la conferencia, las holandesas nos regalaron un papel con unas semillas de tulipán. Al volver a entrar en Estados Unidos hay que declararlas en el documento que se presenta en la aduana. Nos han aconsejado que las llevemos en el bolso de mano y no intentemos esconderlas.
A las ocho subimos a cenar al comedor. Recibimos instrucciones de traer ropa de color blanco para esta noche. Si el resto de pasajeros ya alucinaba con nosotras, hoy fue el remate.
La presidenta de WISTA Hong Kong apareció en bata porque no tenía ropa blanca. Triunfo absoluto.
El vicepresidente de la  naviera pidió prestada una chaqueta blanca en el barco. Lo único que le encontraron fue una de camarero, y con ella apareció por el comedor.
Incluso Ektoras fue a cenar vestido de blanco.
Cuando terminamos de cenar nos sacamos miles de fotos. Luego subimos a la cubierta 12, donde teníamos una zona reservada para bailar. El presidente de la naviera Holland America se unió a nosotras. Creo que no lo ha pasado tan bien en su vida como esta noche. Lo que se rió ese hombre.
A la una y media Laura, María y yo nos marchamos. Ahora son las dos y cuarto y aún estamos levantadas.
Se me olvidaba. Hoy el bicho muerto era un pavo real.


Buenas noches desde el Triángulo de las Bermudas.




12 nov. 2016

Una cateta en Las Islas Bahamas. (Día 10)

Ayer por la noche, durante los treinta segundos que tardé en entrar en coma, noté cómo el barco se balanceaba. Cuando desperté esta mañana a las seis, aún estábamos navegando pero con un tiempo estupendo.
Fondeamos sobre las ocho en Half Moon Cay, una isla privada perteneciente a las navieras Carnival y Holland America.
María y yo desayunamos en la cubierta 9, donde están los stands de comida. El camarero que atiende el tenderete de bollería, tartas y galletas ya me conoce por mi nombre.
Subimos a la cubierta 10 a mirar el paisaje. No había visto en mi vida una cosa igual. El color del agua y de la arena son completamente distintos a los de España. Aún siendo las ocho y media de la mañana el sol pegaba fuerte.
Me embadurné de crema protectora para no acabar hospitalizada al final del día.
Las alfombras de los ascensores llevan escrito el nombre del día de la semana. Alguien me dijo que es una gran idea porque a bordo se pierde completamente el contacto con la realidad.
Deberían poner un cartel encima del retrete avisando a la gente que tirar de la cisterna estando sentando es altamente peligroso. El sistema de succión es tan potente que se lleva por delante hasta el aire del cuarto de baño.
Para ir a tierra hay un servicio de lanchas yendo y viniendo continuamente. La isla está deshabitada. Sólo hay unos cuantos chiringuitos, varias cabañas que puedes alquilar para pasar el día junto al mar y un tenderete enorme donde sirven una barbacoa a mediodía para que no tengas que volver al barco a comer.
Dimos un paseo por la playa y los alrededores y sacamos trescientas mil fotos cada una.
A las dos comí una hamburguesa a la brasa con queso. Me senté con Yasmina, presidenta de WISTA Suiza y su marido. Volví al barco con Despina, su madre y Ektoras.
Me duché y me volví a poner el uniforme de conferenciante. A las dos y media tenía concertada una visita al departamento de tratamiento de basura del barco. Tuvimos que rellenar un documento donde se nos preguntaba si habíamos tenido diarrea ayer.
Comenzamos la visita por la cocina, una de las dos cocinas del barco. El mobiliario es de acero inoxidable. Había comida por todas partes.
Después bajamos a la zona donde se separan y gestionan los residuos. Me encontré con el oficial holandés que me atendió cuando tuvimos el barco en puerto a finales de septiembre.
Es increíble la cantidad de comida que se tira todos los días y las cosas que tira la gente a la basura.
El oficial medioambiental nos contó ayer que han llegado a encontrar toallas en las aguas residuales de las cisternas.
Tras la visita subí a la piscina a sentarme con Laura mientras ella comía.
A las cuatro bajamos a la cubierta 1 para  asistir a un debate que duró dos horas. La moderadora nos invitó a las dos a ir a su camarote con algunas más para beber una copa de champán. Aquello acabó como el camarote de los hermanos Marx. Descubrimos que en el de al lado había más miembros de WISTA, de modo que abrimos la puerta que comunica los dos camarotes y montamos una tertulia.
A las ocho cené en el comedor principal. Estuve un rato con los dominicanos y luego me senté a comer con las griegas. En la mesa había una chica de Hong Kong que no se estaba enterando de nada. Entre que las griegas no paraban de hablar en griego y que las bromas tenían que ver con gente y situaciones que le eran totalmente desconocidas, la pobre estaba completamente alucinada.
Fui con Despina a su suite a recoger mis camisas planchadas para mañana.
En mi camarote me encontré con un gorila colgando de la lámpara.
Hoy he conocido a una práctico del puerto de Houston. Conocí a otra en Nueva York el año pasado. A esta le han hecho un trabajito en la cara como para meter al cirujano en la cárcel.

Buenas noches desde el Triángulo de las Bermudas.

11 nov. 2016

Una cateta en Florida (Día 9)

A las seis de la mañana me levanté, me arreglé y subí a la cubierta nueve a ver el paisaje. Al fondo se veía un crucero fondeado junto a una de las islas. Al pasar por el gimnasio vi que había bastante actividad. Laura estaba subida en una elíptica, Martina acababa de correr y Mary levantaba pesas. En una sesión de yoga había no menos de 20 personas.
El barco navega con cierto balance porque sopla algo de viento, pero no hace ningún tipo de ruido. Sólo en las maniobras se nota algo.
A las siete y media fui a desayunar a la puerta de The World Stage, el teatro del barco que hemos alquilado para las sesiones de WISTA. Hoy  se celebró la reunión anual donde se tratan temas internos de la asociación.
Comenzamos a las ocho en punto. Muchas se fueron incorporando más tarde. En la parte delantera se sientan un máximo de tres representantes de cada país, que son las que tienen voz y voto. Al tratarse de un teatro y no tener mesas, en lugar de poner las banderas o los nombres de los países, se les ocurrió a las americanas colocar unos cuadrantes en los respaldos de las butacas con el nombre de cada país bordado.
Como nos sentamos por orden alfabético, me tocó al lado una sueca que me contó que ayer les tiraron las maletas al agua al embarcar. Se las devolvieron por la noche con toda la ropa limpia, algún par de zapatos y otros objetos destrozados por el agua.
La reunión transcurrió sin problema, incluso terminamos un rato antes de lo previsto. Holanda presentó la conferencia del año que viene a celebrar en Rotterdam y se votó la sede de 2018, que será Tromso en Noruega. Vamos a pasar un frío de la muerte porque pretenden hacerlo a finales de octubre.
A la una atracamos en Nassau. A la una y media desembarcamos para ir a la presentación oficial de WISTA Bahamas.
Todos los niños que veis en las fotos vienen acompañados de sus respectivas abuelas que se hacen cargo de ellos mientras las madres están en la conferencia. Hoy sacamos a pasear a Ektoras y a Federica, la niña de Belén de Argentina. También vinieron Knut y Eric, los niños de Birgit. Esos abuelos son más listos porque sabemos que están a bordo pero no les vemos el pelo.
En Nassau no hay semáforos y los negros son tan negros que no se les ve la cara en las fotos. Los semáforos son sustituidos por unos policías muy elegantes que dirigen el tráfico.
Fuimos caminando hasta una carpa donde nos ofrecieron comida. Yo, la verdad, no me atreví a comer y bebí agua mineral directamente de una botella. Tuvimos que esperar un buen rato a que vinieran las autoridades, entre ellas una ministra. Otra ministra, ésta de la iglesia local, bendijo la celebración y hubo varios discursos. Me despisté un rato para ir a sentarme a descansar a una silla y luego a echar un vistazo por los alrededores con Catherine, presidenta de WISTA de Hong Kong.
El color del agua es azul verdoso. Hacía un calor importante.
Lo poco que pude ver de Nassau fueron las calles alrededor del puerto. Estaban llenas de turistas de los cuatro barcos atracados hoy visitando los muchos bares y tiendas de la zona.
Varios negros oscuros vendían caracolas que vaciaban ellos mismos junto a sus barcas. María compró dos. Aunque viaja en business, no sé dónde va a meter todo lo que lleva adquirido hasta ahora. Me tiene el camarote lleno de bolsas y paquetes.
Regresamos al barco sobre las tres. Me quedé muerta con el estilismo capilar del policía de la puerta de la terminal.
Comí en la piscina con Despina, Ektoras y su madre, que tampoco habían probado bocado en tierra.
A las cuatro y media comenzaron las charlas. Elegí una sobre el tratamiento de residuos a bordo del barco, a cargo del oficial medioambiental. Seguro que os preguntáis que para qué me sirve a mí saber cómo tratan la basura en un barco. Parte de mi trabajo es gestionar que los buques descarguen los residuos que llevan a bordo cuanto están en puerto.
A las seis menos cuarto terminó la charla. Fui rauda y veloz al camarote a darme una ducha y ponerme elegante para el cocktail y la cena. De camino le dejé a Despina un par de camisas para planchar. Está hospedada en una suite y tiene servicio de plancha incluido. En el barco no se pueden tener planchas de viaje en los camarotes.
Mientras estábamos en el cocktail el barco salió de puerto, a las siete en punto. Era completamente de noche.
A las ocho y media fuimos al comedor a cenar. Cada pasajero tiene una mesa asignada y una hora para la cena. Todos los participantes en la conferencia tenemos cena a las 20:15 horas. Mi mesa estaba vacía, de modo que me senté con los cuatro miembros de la delegación dominicana. Vinicio me recomendó que comiera una sopa fría de un fruto tropical cuyo nombre no recuerdo. Estaba exquisita. De postre tomé una mini tarta de frutos rojos con helado de vainilla.
Al levantarnos de la mesa, ellos se fueron al teatro del barco a ver un espectáculo. Yo me senté con las griegas, que estaban a media cena todavía.
A las diez di el día por finalizado.
Saliendo del restaurante parecía que había bebido más de la cuenta. El barco se mueve y vas dando tumbos por los pasillos. No he oído aún de nadie que se haya mareado.
Al entrar en el camarote me encontré con otro bicho muerto encima de la cama. Esta vez una raya.
María apareció al cabo de media hora.
Comentamos que este año hay poca fiesta por la noche. Seguramente es porque la mayoría de las europeas despertamos muy temprano y el cuerpo no da para tanto.
 
Buenas noches desde el Triángulo de las Bermudas.