20 sept. 2017

Una cateta en Bérgamo y Milán (Día 4)

Hoy Angel fue puntual. Apareció por nuestra habitación inmediatamente después de llamarlo para que nos llevara su traje para guardar en la maleta comunitaria.
Decidimos ir a desayunar a la estación de tren Milano Centrale, que ya tuvimos oportunidad de ver por encima a la llegada.
La estación es un edificio majestuoso, diseñada originalmente para imitar a la de Washington, pero que posteriormente se fue haciendo cada vez más grandiosa, siendo impulsado el final de su construcción por Benito Mussolini.
Hay mogollón de gente entrando y saliendo todo el rato.
Me fijé que el acceso a los trenes de alta velocidad está restringido a los viajeros, no como en Nápoles, que aquello era un cachondeo.
Desayunamos en una de las estupendas cafeterías a la entrada de la estación. Como me gustó lo de ayer, volví a repetir chocolate caliente y croissant relleno de crema de pistacho, sólo que el de hoy sabía a almendra amarga. No es que se hubieran equivocado. Verde era. Muy rico.
El desayuno nos costó un ojo de la cara, lo cual nos llevó a reír con el momento de reflexión cateta que tuvo Angel recordándonos lo que nos hubiera costado media tostada con aceite y tomate, café y zumo de naranja en el bareto debajo de la oficina.
Enfrente de la puerta principal está el rascacielos Pirelli o Pirellone, un edificio construido por los de las ruedas pero que ahora alberga al gobierno regional de la Lombardía. Durante unos años fue el edificio más alto de la Unión Europea. Contra él se estrelló un chiflado con una avioneta en 2002.
Angel seguía con el capricho de subirse a lo alto de algún sitio, así que allá nos fuimos, a hablar con el vigilante jurado del control de seguridad, que nos dijo que allí no se podía entrar y que arriba no se podía uno subir alegremente.
No nos quedaba mucho más por hacer en Milán, así que echamos a andar un poco sin rumbo, yendo por la Via Pisani y volviendo por el Corso Buenos Aires hacia el hotel. Hay muchas tiendas por esa zona y muchos edificios con las fachadas bonitas.
Entramos en charcuterías, carnicerías y un pequeño delicatessen para ver lo que comen los italianos. Pili compró más pasta y Angel una botella de Aperol, porque le está cogiendo gusto al spritz.
¿Habéis visto alguna vez una pizza de albóndigas? Aquí la tenéis. Le saqué una foto para compartirla con vosotros. Estaba en el escaparate de una tienda de comestibles.
En el hotel nos sentamos un rato en nuestro salón particular a tomar algo y a hacernos fotos estúpidas con la botella de Aperol.
Cuando nos cansamos de estar allí, arrancamos arrastrando las maletas con destino a la estación de tren, donde tomamos un autobús que nos llevaría directamente al aeropuerto de Bérgamo por el módico precio de cinco euros.
No pudimos sentarnos juntos porque iba lleno, aunque estábamos bastante cerca unos de otros. A mí me tocó al lado de un sujeto de procedencia desconocida que a mitad de camino sacó una botella de medio litro de cerveza que tuvo que abrir dando un golpe con el canto de la chapa en una esquina del asiento. Pretendía ser discreto, pero todos nos dimos cuenta. Luego empezó a sacar trocitos de jamón cocido de dentro de una bolsa que llevaba en el suelo. Se me empezaron a remover los jugos gástricos porque olía que te cagas.
Angel, Pili y yo, por deformación profesional, íbamos comentando sobre las industrias que pasábamos por la carretera y las empresas de los camiones que adelantamos.
El sujeto de la cerveza resultó ser español. Intervino en una conversación sobre la posibilidad de visitar un centro comercial que hay justo enfrente del aeropuerto. Y yo, tan tonta, que para poder sentarme le dije “prego” para que me hiciera sitio.
En el aeropuerto, aunque faltaba mucho para embarcar, nos dejaron facturar la maleta comunitaria, así que entramos en la zona de pasajeros enseguida.
Yo tuve que dar marcha atrás en el arco detector porque a la vigilante no le gustó que pasara con el cinturón puesto, aunque ni siquiera pitó.
Nos sentamos a comer unas porciones de pizza. La mía era de jamón transparente y calabacín. Hasta la pizza de aeropuerto estaba rica.
Echamos un vistazo a las tiendas. Entramos a ver los chocolates Venchi. Angel compró bombones para llevar a su rubia, junto con un bote de crema de chocolate con aceite de oliva. Yo me conformé con sostener en la mano una tableta de chocolate de un kilo doscientos gramos que costaba cincuenta euros.
El y yo defendimos el honor patrio disputando un reñidísimo partido de futbolín con dos italianas.
Me encantaron los asientos de la pastelería Cavalleri, con forma de macaron.
Nuestro penúltimo golpe de catetismo fue plantarnos en la puerta de embarque con la bolsa del Carrefour conteniendo el picnic.
Se puso a llover a lo bestia mientras esperábamos a que apareciera nuestro avión. Tuvimos que correr por la pista como gallinas sin cabeza para no mojarnos. Lo aparcaron justo al lado de la puerta de embarque, pero sin finger, que sale más caro.
Salimos de Bérgamo casi con una hora de retraso, que tampoco es mucho tratándose de Ryanair.
Angel y yo nos comimos casi todo el picnic, porque Pili nunca tiene hambre. La mojama ya olía un poco a muerto, pero él se la cepilló sin contemplaciones.
En el asiento de delante de Pili viajaba una guitarra sola. Su dueña estaba varias filas más atrás. No es la primera vez que veo una maleta viajando con billete en un avión de Ryanair.
Aterrizamos en Sevilla a una velocidad desmesurada. El piloto pegó un frenazo en mitad de la pista para no comerse el fondo del aeropuerto. Menos mal que siempre pongo las manos en el respaldo de delante cuando aterrizo, porque si no pierdo los dientes.
Angel se fue al descampado a buscar el coche mientras Pili y yo nos quedábamos esperando por las tres maletas. Otra vez nos quitaron las dos pequeñas al entrar en el avión.
Todo el equipaje grande salió mojado. Esos malnacidos nos tuvieron las maletas a la intemperie mientras llovía a cántaros en Bérgamo.
Cuando Angel apareció con el coche por la puerta del aeropuerto nos pusimos en un sitio discreto a  repartir el contenido de la maleta grande entre sus propietarios. Toda mi ropa estaba húmeda.
Llegué a casa poco después de las diez de la noche. Lo primero que tuve que hacer fue sacar el tendedero y colocar la ropa para que se secara.
Pardiez, qué cansada estoy.


Buenas noches desde mi casita.











19 sept. 2017

Una cateta en Bérgamo y Milán (Día 3)

Ayer recibí una llamada de atención por parte de Patricia debido al uso repetitivo de la palabra meretriz en mi última crónica. Pido disculpas a las almas sensibles si se han sentido ofendidas, pero me temo que voy a tener que emplear la palabra nuevamente, porque la hijaputadelarusa no salió de nuestras vidas cuando salimos del Teatro alla Scala.
Quedamos con Angel a las nueve de la mañana en el hall del hotel. A las nueve y diez no había aparecido todavía. Tuvimos que llamarlo por teléfono para despertarlo. No tardó más de quince minutos en aparecer todo repeinado pidiendo disculpas. Un ejemplo más de que no es el sexo femenino el que llega tarde, no.
De nuevo en tranvía fuimos al Duomo, parando un poco antes para desayunar en un sitio que nos dijo la señora que vive dentro del teléfono de Angel, Bianco Latte, donde prometían un café excepcional. Yo, que estoy tratando de curarme de mi adicción al chocolate, pedí un chocolate caliente y un croissant relleno de crema de pistacho. Excelente. Se me acaba de hacer la boca agua acordándome.
Los tranvías de Milán funcionan de muerte. La gran mayoría ya eran antiguos cuando Mussolini, hay otros con aspecto de los años setenta, y otros ultra modernos. Muchos son amarillos y algunos van completamente decorados anunciando algún producto. Nosotros sólo viajamos en los viejos, que hacen un ruido infernal, van despacio y traquetean, pero tienen mucho encanto. Son perfectos para ir contemplando los bonitos edificios que hay en la ciudad.
Están hiperlimpios y perfectamente conservados por dentro y por fuera. Los asientos, corridos a lo largo, son de barrotes de madera recién barnizados. Te vas deslizando sin querer hacia el culo del vecino según avanza. Cuando vas con tus otros dos catetos no hay problema, pero cuando te vas echando encima de una desconocida que se acaba cambiando a los asientos de enfrente y te mira levantando una ceja, la cosa es muy diferente.
Está prohibido escupir dentro.
El servicio es muy frecuente. No tienes que esperar más de cinco minutos hasta que aparece uno. Se les oye chirriar a lo lejos antes de verlos. A veces vas a bordo y llevas otro justo detrás.
Cuando llegamos a la entrada del Duomo tuvimos que esperar un poco para entrar porque estaban metiendo por la puerta principal una grúa de esas con canasta.
Teníais que haber visto la cara de Angel allí dentro. Disfruta como un niño dentro de una iglesia. Es lo que aquí llaman un capillita, antiguo hermano mayor de una hermandad de Semana Santa y miembro de una banda de músicos de los que tocan detrás de los pasos, se le ilumina la cara delante de una vidriera, un santo o un altar. Nos metió en todas las iglesias que nos encontramos en Milán. Pili y yo encantadas, porque eran todas alucinantes.
Visitamos el templo por dentro y por debajo, donde están las catacumbas. Luego salimos a la calle para volver a entrar por una puerta lateral que nos conduciría, escaleras arriba, hasta el tejado. Tanto en la primera como en la segunda puerta había militares que nos pasaron un detector de metales y nos abrieron los bolsos.
La subida mereció la pena. También se puede hacer en ascensor, pero era más cara y menos emocionante. Durante el ascenso nos iban dando ánimos los que bajaban, e igualmente hicimos nosotros en sentido contrario.
Fuimos testigos de lo que es capaz de hacer un español en un monumento protegido. No voy a decir lo que pienso del autor para evitar que Patricia me llame la atención otra vez.
El mes pasado tuve oportunidad de ver otro ejemplo aún más execrable de vandalismo hispano. Estuve en las cuevas rupestres de San Román de Candamo en Asturias. Un malnacido había escrito su nombre justo encima de un bisonte de la época paleolítica. No sigo, que Patricia me va a llamar la atención.
En el tejado también presenciamos lo que un japonés es capaz de hacer por una buena foto.
Que digo yo que vaya trabajito decorar lo alto de la catedral para que no se vea casi nada desde abajo.
Una vez en la calle nos desplazamos andando hasta el Castello Sforzesco por la Via Dante, una ancha avenida peatonal con tiendas, cafeterías y restaurantes que estaba muy animada.
Antes de entrar en el castillo hicimos una parada en la iglesia neoclásica Santa María della Consolazione. Ahí queda eso.
El castillo es del siglo XV. Tiene un foso sin agua y unos jardines enormes al fondo que van a dar al Arco della Pace.

Había un músico tocando Summertime. Cuando nos acercamos vimos que el instrumento era un theremín. Algo que ver con señales eléctricas. Hasta ahí llegan mis conocimientos de física.


Según salíamos hacia los jardines fue cuando nos cruzamos con la hijaputadelarusa, que no sabemos si se hizo la sueca o es que ve mal. Y es que el mundo es un pañuelo, y Milán más. No podíamos habernos encontrado con Giorgio Armani o Pierre Casiraghi, no, tenía que ser con la hijaputadelarusa.
A Angel le hacía ilusión subirse a lo alto de la Torre Branca, una construcción metálica gris que se daba un aire a la Torre Eiffel pero en cutre. Estaba cerrada porque cierran para comer dos horas como nosotros. Como no era plan de esperar tanto tiempo, la señora que vive en el teléfono de Angel nos buscó una parada de tranvía para ir a los Navigli. Viajamos acompañados de don Francisco de Quevedo.
Los Navigli son unos canales artificiales que se construyeron para conectar Milán con otros lugares de Europa. A través de ellos llegaron, por ejemplo, los mármoles que hicieron falta para construir el Duomo. Hoy en día quedan el Naviglio Grande y el Naviglio Pavese para uso y disfrute del público. Hay barcos restaurante y montones de lugares donde comer y tomar algo en ambas orillas.
Allí comimos en un antro donde nos vendieron unas rodajas de pizza enormes y riquísimas, de pie para no perder tiempo y no llenarnos más de la cuenta.
Caminamos por la zona adentrándonos en el Corso di  Porta Ticinese. Al principio de la calle hay muchos hoteles de una estrella. Según Angel, aquello tenía que ser el barrio de las titis (sinónimo de meretriz), aunque no vimos a ninguna. Los edificios eran espectaculares, pero se veía que la zona había ido a menos.
Intentamos entrar en la iglesia de San Lorenzo Maggiore alle Colonne, la más antigua de Milán, situada tras una columnata romana. No nos fue posible porque estaba cerrada por la comida. El anciano que vigilaba todo aquello comenzó a hablarnos cuando nos vio por allí, hasta que de repente dijo: “¡Ah, españoles!”, con cara de yoconvosotrosnimemolesto. Teníais que haber oído lo que salió por la boca de Pili según nos íbamos todos ofendidos. No repito sus palabras para que Patricia no me llame la atención.
A medida que nos íbamos acercando hacia el Duomo mejoraban las tiendas y el ambiente. Entramos en un supermercado outlet de chuches. ¡Qué os voy a contar del mal rato que pasamos allí dentro! Angel se portó como un campeón. Angel tiene con las chuches el mismo problema que yo con el chocolate. La única que salió con la bolsa llena fue Pili, para sus sobrinos.
Llegamos a la plaza del Duomo un pelín cansados de tanto andar. Nos dirigimos a otra terraza a la que le habíamos echado el ojo anteriormente, situada justo enfrente de la de Aperol, mirando al Duomo y a la Galería Vittorio Emanuele II, en la parte alta del Museo del Novecento. Nos tomamos un aperitivo sin prisa, disfrutando de las vistas de la plaza, observando la creciente presencia policial y militar, muy fuera de lo normal. Angel repitió con el spritz.
Salimos de la plaza buscando Peck, un delicatessen que se define como templo de las delicias gastronómicas. Verdaderamente lo era. Daban ganas de comprárselo todo. Pili adquirió pasta de diversos tipos y salsas. También nos llevamos unos grissini para acompañar al picnic del avión de vuelta.
Creo que entramos en todas las tiendas de Milán que nos encontramos antes de volver en tranvía al hotel  a sentarnos un rato antes de salir a cenar.
Tomamos el salón cafetería como si fuera el de nuestra propia casa.
Decidimos cenar en el restaurante junto al hotel. Ofrecían una carta variada de comida típica italiana. Compartimos una pizza, un carpaccio de atún y una olla de pasta con marisco. La pasta era como spaguetti gigantes con encaje por los lados. Llegó la olla cubierta por una tapa de pasta. Al principio no nos atrevíamos a tocarla. Nos quedamos mirando para ella como tres catetos hasta que Angel se armó de valor y le clavó un cuchillo con saña.
Después de cenar me apeteció un helado. Según la señora del teléfono del Angel, al costado de la estación de tren había un sitio bueno. Como estábamos a unos pasos de allí, nos acercamos. El costado de la estación estaba lleno de mendigos recogiendo enseres de una furgoneta de una ONG. No daba mal rollo, pero tampoco bueno.
La heladería resultó ser un puesto ambulante, pero los helados eran sensacionales. Lo pedí mitad de pistacho y mitad de avellanas. Tenía hasta tropezones.
Volvimos al hotel a caer muertos en la cama después de un larguísimo día de turistas.


Buenas noches desde Milán.















18 sept. 2017

Una cateta en Bérgamo y Milán (Día 2 – Segunda parte)

Tres catetos en la ópera.
He decidido dedicar un capítulo entero a nuestra aventura operística porque hay mucho que contar. No quiero ahorraros el más mínimo detalle.
En cuarenta y cinco minutos estábamos los tres duchados y maqueados para salir con destino al Teatro alla Scala para disfrutar de una noche de ópera, Angel y yo con zapato plano y Pili subida a unos andamios color fucsia.
Hicimos el trayecto en tranvía, que para eso somos tres aldeanos. Lo de llegar en limusina no va con nosotros. Y no éramos los únicos. A mitad de trayecto se nos unió un matrimonio de septuagenarios de cabellos blancos y noble porte, él de smoking azul y ella en traje de cocktail negro.
La línea 1 del tranvía para convenientemente en la puerta del teatro, que aún estaba cerrado. Ya había otros esperando para entrar. Entre el público, ciudadanos de muchos países vestidos de muy diversas maneras, desde el traje de noche y el smoking hasta polo y zapatillas de deporte, aunque éstos eran los menos.
Entramos en el bar contiguo al teatro donde se bebía champán francés durante la espera. Mucho glamour para esta cateta, que se tomó una Coca Cola por si acaso le entraba el sueño. Lo del champán quedó descartado para evitar acabar cantando a coro con Plácido Domingo. Sí, queridos, uno de los cantantes era Plácido Domingo en persona.
Los tres catetos admiramos boquiabiertos las lámparas que colgaban del techo, las escaleras, el ambigú. Nos sacamos fotos sin ningún tipo de vergüenza. ¿Quién nos iba a conocer allí?
Yo me sentía como Julia Roberts en Pretty Woman, sin Richard Gere ni  prostitución de por medio.
Unos sujetos vestidos de negro con un medallón gigantesco colgando del pecho hacían de acomodadores. El nuestro nos abrió el palco con una llave que no era muy de fiar, como la de un armario ropero, pero quedaba guay.
Nuestro palco era de cuatro asientos, dos sillas en primera fila y dos bancos tapizados en segunda. El banco de la derecha no permitía ver mucho del escenario. Para tener una buena vista era necesario estar de pie. Lo ocupó una rusa de San Petersburgo que nos contó que había adquirido la entrada junto con unas amigas hace unos días. Estaban distribuidas en distintas localidades pues ya no había posibilidad de acomodarse juntas.
El espectáculo comenzó puntualmente a las ocho de la tarde y terminó a las doce y veinte de la noche, con dos intermedios. Sí, cuatro horas y veinte minutos que no se hicieron ni largas ni aburridas, y que no me hicieron echar de menos la presentación de los nuevos aparatos de Apple que estaba teniendo lugar en ese mismo instante y que suelo ver en directo on-line.
Procedo a contaros lo que sucedía en aquel escenario.
Imaginad un suelo cubierto de nieve y mugre, una batalla entre dos bandos que ni hablaban ni cantaban. Los malos vestidos con uniforme gris verdoso y los buenos con casacas rojas y blancas. El jefe de los malos es un tal Tamerlano y el jefe de los buenos, Bajazet, interpretado por Plácido Domingo. Ganan los malos y meten preso a Plácido Domingo, que de vez en cuando se escapa por el escenario. Mientras tanto, como quien no quiere la cosa, nuestra rusa va aproximando su banco hacia el borde del palco, en el estrecho hueco entre Pili y yo.
Aparecen dos vagones de tren tamaño natural por la izquierda del escenario. Uno se abre para que podamos ver lo que está pasando dentro.
Sale una señora vestida un poco hortera. Es la hija de Plácido Domingo. Lo sé porque en los momentos de euforia gritaba: “Mío padre”. Muy joven no era. Desde mi asiento podía verle la celulitis de los brazos.
Parece que la hija de Plácido Domingo está enamorada de uno que se llama Andrónico, pero se tiene que casar con el malo, Tamerlano.
Plácido Domingo va preso en el tren, en una jaula, pero ya digo que de vez en cuando sale porque se escapa.
Nuestra rusa va tomando posición entre Pili y yo echándole un morro que lo flipas.
Desde nuestros asientos teníamos una vista estupenda de la orquesta. El director era como el malo de las películas de James Bond antiguas, calvo y vestido con una casaca negra de cuello mao. El tío era un máquina porque, aparte de dirigir a la orquesta, tocaba uno de los tres clavicordios. Entre nosotros, a mí los clavicordios me parecen pianos baratos.
La orquesta merece un capítulo aparte. Allí pasaban muchas cosas interesantes. Llegó un tío que tocó la trompeta no más de tres minutos y luego se fue. Había una señora mal sentada en su silla, como quien está en su casa viendo la tele. Su intermitente actuación no duró más de media hora. Su instrumento era una flauta de esas grandes que se tocan de lado.  Me pregunto si ella y el de la trompeta ganan lo mismo que los que tocaban el clavicordio principal y el del laúd, que no pararon. Había también tres flautistas con instrumentos como los que se tocan en el colegio pero en grande.
A los contrabajos les hacía falta  una mano de barniz urgentemente.
Los violines se veían bien desde arriba.
Según el programa, todos los instrumentos eran históricos.
De vez en cuando se me iba la vista al patio de butacas, donde se sentaban los que pagaron más de 300 euros por la entrada. Allí estaba el matrimonio del tranvía, sentados en los asientos que yo hubiera escogido de haber podido. Seguro que eran de los de abono anual.
Un matrimonio mayor sentado en primera fila pasaron la primera parte cogidos de la mano. Desaparecieron en el intermedio entre el segundo y el tercer acto.
Una pareja de jóvenes musulmanes, ella con la cabeza bien envuelta, se hacía arrumacos. ¡Cómo se nota que no estaban en su país!
El malo era un ser despreciable maltratador. Le cascó varias bofetadas a la hija de Plácido Domingo. En la foto aparecen los dos delante del tren. Esta imagen la saqué de la crítica del Financial Times. No se podían tomar fotos durante la representación.
De vez en cuando salían a escena una joven elegantísima con el pelo burdeos y un abrigo de pieles del mismo color. Cantaba de puta madre.
Casi siempre salía acompañada de un individuo disfrazado de Rasputín. Y es que la ambientación era así como de la revolución rusa, pero no podía ser porque el compositor, Händel, se murió un poco antes.
No conseguí enterarme de la relación de estos dos con los personajes principales. Eso de que no pusieran subtítulos fue un fastidio. En la Maestranza de Sevilla salen por encima del escenario para que te enteres de todo. Supongo que aquí se considera sacrilegio. Cierto es que teníamos en el palco unas minipantallas estrechas y alargadas donde suponemos que salían las letras, pero las nuestras debían de estar sin pilas porque no se veía nada.
El malo y Andrónico cantaban con voz de mujer. Si cerrabas los ojos no tenías nada claro que fueran tíos cantando. A mí me dan un poco de grima los tíos cantando en falsete, pero cuando llevaba un rato oyéndolos me acostumbré.
Seguro que la ópera estaba escrita para castrati. No sé cómo se las arreglan ahora porque eso de castrar a la gente ya no se puede hacer alegremente como antes.
Los únicos que cantaban con voz de hombre eran Plácido Domingo y el que iba disfrazado de Rasputín.
Plácido Domingo iba vestido con una casaca blanca que acabó llena de mugre. Cada vez que se escapaba acababa por los suelos, y ya os he contado que el suelo era una mezcla de nieve pisoteada y mugre. Al final se suicida y se tira al suelo para morirse del todo. No lo recogió nadie de allí. El suelo se abrió y desapareció.
En uno de los solos de Plácido Domingo Pili tosió estrepitosamente. Pili ya puede decir que le tosió a Plácido Domingo.
En los intermedios sólo me moví del palco para ir al baño. No quería perderme las vistas con las luces encendidas.
En el primer intermedio Angel colocó su banco en el sitio que la hijaputadelarusa, como fue bautizada, había ocupado sin permiso durante el primer acto, así que se pasó la segunda parte de pie para poder ver algo. En el segundo intermedio desapareció para siempre. La descubrimos sentada en el patio de butacas junto a los árabes, ocupando la localidad de una de las bastantes personas que habían desaparecido en el último intermedio.
En un momento dado, desde el fondo muy hondo del escenario se empieza a desplazar una estructura que resulta ser un balcón con dos escaleronas a los lados. Cuando las escaleras se despligan crujen un poco. Tienen que arreglar eso.
Es en ese momento cuando me doy cuenta de que el escenario del teatro es enorme, tanto de fondo como de ancho. Para guardar el tren que entraba y salía por la izquierda hace falta mucho espacio.
La última escena de la ópera es simplemente espectacular. Los cuatro cantantes que quedan vivos cantan a coro “D’atra notte”.

Aplaudimos durante largo rato al terminar la representación.

Plácido Domingo, con su casaca llena de mierda, fue el más aplaudido, aunque ya se le nota que no está al cien por cien. Incluso a la hora de saludar le costaba inclinarse.
Salimos sin prisa ninguna, asomándonos primero a ver el escenario desde la planta baja.
Tuvimos que esperar un rato a que nos adjundicaran un taxi. Ya no eran horas de tranvía.
Había una cola ordenada dentro del teatro, junto a una puerta lateral. Una de las acomodadoras de medallón organizaba la distribución del público que precisaba transporte.
Llegamos al hotel cerca de la una.  Angel y yo teníamos un poco de hambre, así que dimos cuenta de parte del picnic que nos sobró del avión. Nos sentamos en el salón cafetería del hotel, donde no había nadie a esa hora. Entraron muy bien el queso y la mojama. Pili se fue a acostar, porque Pili nunca tiene hambre.
Hacia la una y media nos retiramos a nuestros aposentos.


Buenas noches desde Milán.

16 sept. 2017

Una cateta en Bérgamo y Milán (Día 2 - Primera parte)

Desperté a las cinco de la mañana con una sed tremenda, provocada seguramente por el jamón y la mojama.
Fui al baño con el teléfono en la mano para preguntarle a la señora que vive dentro si el agua del grifo es potable en Bérgamo. Lo es.
Volví a acostarme. Di cabezadas intermitentes hasta que sonó el despertador.
Acordamos levantarnos a las nueve para dormir las ocho horas que necesita el cuerpo para estar en condiciones de afrontar un largo día de turismo y espectáculo.
Desayunamos en el comedor del hotel, con unas magníficas vistas a la ciudad alta, disfrutando de un más que bien surtido buffet. La mayoría de los comensales eran adultos elegantemente vestidos. Pili y yo comentamos lo elegantes que van vestidos los italianos y lo bien que se conservan.
Desalojamos las habitaciones y dejamos el equipaje en recepción para ir a visitar la ciudad alta, donde está el centro histórico.
El funicular se encontraba a unos metros caminando por una zona residencial, que según Angel es donde vive la gente del taco. Había unos chalets espectaculares, rodeados de bonitos jardines.  Algunos incluso estaban benditos.
Bérgamo se encuentra justo a los pies de los Alpes. La temperatura por la mañana era fresca, lo justo para llevar un jersey encima. Amaneció un poco nublado, pero aclaró más tarde.

La subida en el funicular fue muy chula. Nos colocamos al principio del vagón para poder disfrutar de cómo ascendía renqueando por la empinadísima pendiente.

La ciudad alta es un conjunto medieval amurallado muy bien conservado. Comenzamos subiendo por la Vía Gombito, llena de pastelerías, tiendas gourmet y diminutas boutiques. Pili adquirió un original bolso color beige fabricado con papel tratado. ¡Lo que disfruta esa mujer comprando!
Llegamos a la Piazza Vecchia, tomada por una instalación del diseñador Lodewijk Baljon. Maceteros y globos gigantes, césped y un enorme cubo de hielo derritiendose para llamar la atención sobre nuestra relación con el medio ambiente.
Visitamos primero la basílica de Santa María Maggiore y luego el Duomo. La primera es mucho más impresionante, con bóvedas pintadas y una cúpula altísima. Allí está enterrado el músico Gaetano Donizetti, hijo de la ciudad.
Dimos un paseo por las calles adyacentes y volvimos a tomar el funicular en sentido contrario.
Recogimos las maletas y fuimos a coger el autobús hasta la estación de tren desde enfrente del hotel. Los billetes no se pueden adquirir a bordo, hay que comprarlos previamente en estancos o kioscos. Tuvimos la suerte de encontrar uno junto al hotel.
Mientras esperábamos tuve ocasión de evaluar los daños causados a mi maleta durante el viaje. Un siete como una catedral y un golpe en un costado como si la hubieran dejado caer de canto desde el avión al suelo. Pobre maleta, si hasta en burro ha viajado.
El trayecto en línea recta hasta la estación nos descubrió una amplia avenida con bonitos edificios, bastantes conteniendo sedes de bancos. En Bérgamo hay pasta, mucha pasta.
Nos alegramos mucho de haber dedicado la mañana a visitarla. Merece la pena.
A las 12:02 tomamos el tren con destino a Milán. Tardamos unos 50 minutos en llegar.
Nos sorprendió lo llano del paisaje estando los Alpes tan cerca.
Caminando hacia la salida disfrutamos de la monumental Stazione Centrale, construida en 1931.
Fuimos andando hasta el hotel, a apenas cinco minutos de camino.
Deshicimos las maletas y salimos raudos y veloces a tomar el tranvía con destino al centro. Tranvía que no pudimos tomar porque no encontramos dónde comprar los billetes, así que caminamos un poco más hasta Piazzale Loreto para coger el metro, justo donde acabaron los cuerpos de Benito Mussolini y señora colgados boca abajo tras ser ejecutados en 1945.
Al salir del metro en la plaza del Duomo lo primero que vimos fue un andamio cubriendo la fachada del mismo. ¡Mierda, mierda, mierda, está en obras!, fue lo primero que nos vino a la mente a los tres. Pero sólo era el lateral izquierdo, menos mal. La fachada principal estaba perfectamente libre de obstáculos y recién fregada.
Nos quedamos un rato disfrutando del espectáculo, sacando fotos sin parar.
Hacía algo de hambre a esa hora. Momento perfecto para acercarnos a Panzerotti Luini a comer una de sus deliciosas empanadillas gigantes hechas con masa de pizza y rellenas de diferentes opciones. Yo escogí queso y tomate. Todavía me estoy relamiendo.
Comimos de pie en la puerta, no sin cierta dificultad. Sostener el panzerotto dentro de su bolsa de papel, la botella de agua y la servilleta y comer con cierta decencia conlleva una cierta práctica que no tenemos.
A continuación pasamos a la heladería de enfrente, donde tenían tres grifos de los que salía ininterrumpidamente chocolate negro, con leche o blanco que vertían al fondo de los cucuruchos de helado. ¡El paraíso! Y yo ya no tenía hambre para probarlo.
Nuestro siguiente destino era visitar el Duomo, pero tuvimos que desistir de la idea porque la cola para adquirir las entradas era bastante considerable y sólo teníamos hasta las cinco de la tarde para hacer turismo. Acordamos entonces comprarlas para la mañana siguiente y dedicar el rato libre a callejear por los alrededores.
Entramos en la galería Vittorio Emanuele II, con sus elegantes tiendas: Louis Vuitton, Prada, Gucci, y próximamente Massimo Dutti. Sí, Amancio abre tienda en el mejor sitio de Milán.
En el impoluto suelo de mármol hay un mosaico de un toro. Según se dice, si das tres vueltas sobre tu talón sobre los genitales de dicho toro, el deseo que estés pensando se cumple, además de poder volver a visitar Milán. Ni que decir tiene que ese trozo de mosaico ha tenido que ser repuesto porque se había hecho un agujero de los miles de subnormales que están continuamente girando sobre sí mismos.
Paseamos por el cuadrilátero de la moda, una serie de calles entre las que se encuentran Via Montenapoleone y Via Alessandro Manzoni. Allí están las sedes de los principales diseñadores de moda, y el hotel de Armani. Nos cruzamos con mucha gente guapa y elegante, con chicas de piernas interminables y cutis de porcelana, varones de cuerpos espectaculares embutidos en trajes azules de pantalón estrecho y perneras muy cortas. “A coger coquinas van”, según Angel.
En el escaparate de una joyería vi unos pendientes que sólo costaban 44.500 euros y eran muy feos. En Cartier estaban expuestas las pulseras de la colección Pantera, sin precio a la vista para evitar accidentes al caer de espaldas.
Angel tenía muchas ganas de probar el spritz, un aperitivo cuyo principal ingrediente es el Aperol, una bebida naranja compuesta de naranjas amargas, ruibarbo y otras cosas con nombres misteriosos.
Nos sentamos en lo alto de la galería Vittorio Emanuelle, en la Terrazza Aperol, con vistas al Duomo. Pili y Angel pidieron spritz y yo una bebida de manzana, lima y menta porque no bebo. A Pili no le hizo mucha gracia la bebida naranja. Angel, sin embargo, le fue cogiendo el gusto según la iba bebiendo.
Junto a nosotros se sentaron una llamativa oriental y su pareja. La oriental se sacó no menos de 50 selfies mientras no le hacía ni puñetero caso al rubio que la acompañaba.

A las cinco, pertrechados con billetes adquiridos en un kiosko de prensa, tomamos el tranvía de vuelta al hotel para  prepararnos para el verdadero objeto de nuestro viaje.









Una cateta en Bérgamo y Milán (Día 1)


He de aclarar que este viaje os lo estoy contando en diferido pero como si fuera en vivo y en directo. Lo digo por si alguien me encuentra por la calle estos días y piensa que me lo estoy inventando. Que no, que de verdad estuve en Milán. Hay pruebas gráficas que adjunto.

Hoy fui a trabajar como todos los lunes, pero no con cara de lunes, porque al salir de la oficina no haría lo de todos los lunes, sino que me iría de viaje a Milán con Angel y Pili.
Este viaje surgió para mí de carambola. Ni lo tenía programado ni me correspondían vacaciones.
Iban a ir Angel, su mujer y Pili, pero a la mujer de Angel le surgió un imprevisto laboral y tuvo que cancelarlo, así que me propusieron sustituirla hace un par de semanas. Conseguir tres días libres supuso presentarnos los tres en el despacho de mi jefe a contarle le película para que me diera permiso. Y me lo dio.
A las cinco y veinticinco de la tarde estaban los dos en la puerta de mi casa recogiéndome. ¡Cómo me gusta la gente que llega cinco minutos antes de la hora! Empezamos bien.
Llegamos a Sevilla sin novedad.
Fuimos a dejar el coche más allá del aeropuerto, en un aparcamiento muy barato donde dejas el vehículo a pleno sol en un descampado vallado y vigilado.
Angel es muy de sitios de esos, muy de tascas en garajes sin ventana que nadie más que él conoce.
Del descampado al edificio del aeropuerto nos trasladaron en una furgoneta de reparto enorme con asientos dentro, donde cabía de pie toda la selección nacional de baloncesto y algunos más.
Acordamos previamente facturar una sóla maleta para llevar los trajes de noche y poder meter las compras a la vuelta. Malabares que hay que hacer con Ryanair.
Una vez dentro de la zona de pasajeros nos sentamos a tomar un refrigerio acompañado de una enorme bolsa de patatas fritas. Había hambre.
Puntualmente nos llamaron para embarcar en la última puerta de embarque del aeropuerto, al fondo muy hondo del pasillo, como si fuéramos apestados.
Hicimos cola pacientemente seguidos por una madre sevillana que viajaba sola con sus dos hijos pequeños, de unos 2 y 4 años. El más pequeño, un varón, tenía cara de escandinavo. No hacía más que lloriquear, así que me volví hacia él, puse mi cara de asustar con el índice en los labios para mandarlo callar. Y calló, vaya si calló. Quedó acojonado el pobre. A partir de entonces, con sólo mirarlo se ponía firme. Pero me cogió cariño, porque cuando tuvimos que bajar andando hasta la pista fue de mi mano para que su madre pudiera ocuparse de su hermana y de las dos pequeñas maletas que llevaba consigo.
Nos empaquetaron en el avión casi media hora antes de la hora prevista para el despegue, que se retrasó por un problema en el espacio aéreo francés por un conflicto laboral.
La megafonía del avión era una mierda, y sólo hablaban en italiano y en inglés, excepto cuando ofrecieron los boletos para un sorteo. Entonces sí que se oyó bien en un español muy clarito.
Desde que vi un documental sobre Ryanair sé que volar con ellos a última hora de la tarde es una mala idea. Los aviones sólo se limpian una vez al día, así que te puedes encontrar con sapos y culebras. De hecho, el baño de la parte delantera estaba clausurado. Sabrá Dios lo que había dentro.
Vimos la preciosa puesta de sol desde los cristales sucios.
Cuando el avión se estabilizó sacamos la cena. En nuestro encuentro organizativo de hace unos días habíamos decidido llevar un picnic para evitar la comida de plástico. Jamón serrano del bueno, queso y mojama con unos roscos. Angel y Pili querían llevar chicharrones, pero me negué en redondo.
Imagino que debimos causar estragos entre los pasajeros de los asientos colindantes por el delicioso olor.
El azafato que pasó con la bolsa de supermercado recogiendo la basura quedó simplemente alucinado al ver la que teníamos montada.
Al niño escandinavo no lo oímos en todo el trayecto.
Llegamos a Bérgamo sobre las once y media de la noche. Hacía una temperatura estupenda. Nos trasladaron en autobús desde la pista hasta el edificio del aeropuerto. Gran despilfarro para Ryanair.
La maleta grande y los dos trolleys que nos quitaron a pie de pista porque no cabían en cabina salieron bastante pronto.
La madre sevillana esperaba también a que salieran los dos asientos infantiles para coche que había facturado. Así que se vio caminando cargada con los dos asientos, dando instrucciones a la niña pequeña que empujaba los dos trolleys y al escandinavo pequeñito que iba abriendo camino. Admirable.
Tomamos un taxi desde el aeropuerto hasta Bérgamo, donde teníamos reservadas un par de habitaciones en un estupendo hotel a los pies de la ciudad alta.
Ya digo que el hotel era estupendo, pero lo de las cerraduras todavía no lo tienen muy modernizado. Nos dieron unas ruedas de coche con la llave colgando.
En Italia los hoteles tienen persianas, como debe ser. Tardé un poco en encontrar la cinta porque estaba escondida en un armarito. Muy curioso.
A Angel lo metimos en una habitación individual y Pili y yo compartimos otra. Tardamos minuto y medio en entrar en coma.
Buenas noches desde Bérgamo.