12 oct. 2017

Una cateta en Holanda (Día 12)

Ayer, justo antes de acostarme, Vilma me envió un mensaje desde Israel para contarme gráficamente qué habían hecho en casa con los zuecos que su hijo Ianiv insistió en que le compraran entre llantos cuando era un crío.
Desperté a las siete y veinte con la garganta seca por culpa del aire acondicionado. Normalmente lo quito por la noche, pero como hace frío fuera, lo dejé en aire caliente toda la noche.
Tras desayunar tranquilamente en la habitación, cerré el equipaje, lo pesé y tuve que redistribuir un par de cosas para no sobrepasar los 20 kgs. ¡Qué buen invento el pesador de maletas de viaje! Te ahorra sorpresas desagradables al facturar. 
Al salir al pasillo me crucé con tres personas. En el ascensor tuve como acompañantes a tres individuos de origen balcánico, uno de ellos en pijama y zapatillas. Llevaban una bolsa de pan de molde y un tarro de Nutella, evidentemente para hacerse el desayuno en la zona donde te puedes preparar comidas. Estuve a punto de unirme a la fiesta.
En el hall volvía a haber bastante movimiento. Como había pagado la habitación a la llegada, sólo tuve que depositar la tarjeta en el mostrador de recepción antes de dirigirme a la estación de tren.
Había salido el sol, maldita sea mi estampa, pero hacía un frigolín importante.
Compré el billete en una taquilla automática y subí al tren de las 10:09 dirección Vlissingen. La aplicación del servicio de transporte para móvil es una pasada. Me permitió elegir el tren más conveniente para viajar más barato y sin hacer transbordos.
Me despedí de la ciudad del pecado desde la ventanilla. Según la Biblia, existen Sodoma, Gomorra y Amsterdam.
En el mismo vagón que yo viajaba un grupo de señoras pijas cercanas a los 60 años, de éstas que van a pasar el día de compras y se visten con zapatillas de deporte de marca, negras con brillantitos. Eran unas cotorras. Cuando se bajaron en Leiden se hizo por fin el silencio. 
Al otro lado del pasillo iba una señora concentradísima estudiando español con un libro de ejercicios que se llamaba “Con gusto”. Debe ser difícil eso de estudiar español, con tantas conjugaciones de verbos, y preposiciones, y los verbos ser y estar que se usan para cosas diferentes. 
Pasamos Haarlem, que dicen que tiene una visita, pero no me ha dado tiempo, por La Haya y Delft. A las 11:18 estaba en Rotterdam Central y a las 11:42 en el aeropuerto, tras tomar el bus 33, exactamente como decía la aplicación. 
En el autobús pasé los mismos lugares que al venir y que no pude ver porque estaba oscuro. Volví a ver a las ocas al borde de la carretera, junto a un canal con puentecitos de madera. 
El aeropuerto de Rotterdam es diminuto. La zona de llegadas y salidas es común. Conté un total de 16 asientos y una mesa larga de madera con taburetes en la cafetería. En los momentos en que llegaba algún vuelo aquello se llenaba completamente. Hubo dos llegadas de estudiantes. Se juntaron los padres esperando y los chavales llegando. La segunda llegada era desde Roma. Todas las chicas llevaban una sudadera rosa, y algunos chicos también, donde se leía ROMA.
La mayoría de los destinos de los vuelos eran a lugares poco serios, vacaciones al sol.
Estando sentada esperando para facturar me llegó una foto por WhatsApp de Mónica desde Amsterdam, justo al lado del muñeco cabreado. Ella y Héctor están allí pasando el fin de semana. No hemos coincidido por horas.
En el panel de salidas aparecía un curioso vuelo a las 20:00 hrs, Welkom Facebook Like.
A las dos y cuarto pude por fin deshacerme de la maleta. Pesó 300 gramos más de lo permitido. No me dijeron nada. No estoy de acuerdo con el peso. Según el mío, faltaban 100 gramos para llegar al límite.
El aeropuerto estaba casi desierto cuando facturé y cuando entré en la zona de pasajeros. Pude tomarme mi tiempo para quitarme chaquetones, cinturón, anillos, reloj, etc.
La zona de embarque es igualmente diminuta que la exterior, pero muy acogedora. Está decorada como un salón, con butacas, sofás y mesas muy cómodas. 
Di una vuelta a la única tienda y tomé posesión del una de las butacas. En ese momento no había casi público. 
Al cabo de media hora se llenó aquello de familias camino de Faro, Málaga y Barcelona. Mucho niño rubio.
Estuve leyendo, aunque con cierta dificultad porque la comodidad de la butaca invitaba a mirar para dentro.
Uno de mis vecinos iba disfrazado de estrella del rock trasnochada, con chaqueta y camisa blanca y un escandaloso pantalón de flores. El detalle de las gafas de sol no me queda claro, pues en el exterior había nubarrones negros.
Nos embarcaron andando por la pista. Comenzamos a rodar un minuto antes de la hora.
Mis compañeros de asiento y de fila eran cinco hombres holandeses de mediana edad que no pararon de hablar en holandés en todo el camino, así que no sé de qué iba la conversación.
Después de tantos días en el país, debe de habérseme puesto cara de holandesa. Es la única explicación que encuentro al hecho de que hoy todo el mundo me ha hablado en holandés, empezando por el revisor del tren y terminando por los azafatos del avión.
Volamos por encima de la entrada del puerto de Rotterdam. Aunque el holandés de al lado estaba claramente interesado en mirar al exterior, ocupé toda la ventanilla para sacar algunas fotos y no perder detalle.
Volvieron los pasajeros a comerse y beberse todo el material que ofrecían en el carrito del servicio de cafetería. Los precios no son muy diferentes de lo que pagan en tierra por tomarse algo en un bar.
En el avión hacía frío, así que mantuve las capas y capas de ropa puestas hasta que aterrizamos en Faro con diez minutos de adelanto.
Mi maleta salió sin ningún daño nuevo aunque algo húmeda.
Brillaba un sol estupendo en un cielo azul que llevaba diez días sin ver.
Mi taxista favorito me esperaba puntualmente.
Nos tomamos la Coca Cola de rigor y salimos raudos y veloces hacia casa, a donde llegamos sobre las nueve de la noche.
Me ha gustado Holanda. Un montón.

Buenas noches desde mi casita.












11 oct. 2017

Una cateta en Holanda (Día 10)

Dormí toda la noche como una campeona, en absoluto silencio. A las siete desperté, desayuné y me puse en marcha sobre las nueve. 
En el larguísimo pasillo reinaba un silencio absoluto.
Llamé el ascensor con la tarjeta de la habitación, que sólo te permite ir al hall y a tu propia planta. Al abrirse la puerta me encontré con que estaba lleno de  ruidosas estudiantes rubias alemanas. Tuvieron que hacerme hueco para poder entrar. En la planta baja había un jaleo tremendo. Me huelo que han puesto a toda la juventud en las plantas altas para que se maten entre ellos y a los adultos nos han repartido más abajo.
Hoy el día ha estado frío. No ha subido la temperatura de quince grados. De vez en cuando ha caído una llovizna muy ligera, lo justo para regar los champiñones de la cabeza y tener que limpiar las gotas de las gafas. Me he dado una paliza importante andando de un lugar a otro. He estado a punto de caer a un canal y de ser atropellada por una bicicleta. Digamos que estoy intacta por poco.
Cuando llegué a la estación ya había un par de trenes que pasaban con dirección a Amsterdam Central. En unos minutos estaba saliendo de la estación para empezar la ruta del día. 
El centro de Amsterdam tiene forma semi circular, siguiendo  el curso de los canales. La parte siniestra que visité ayer queda a la izquierda según se sale de la estación. Hoy me dediqué a la parte derecha, mucho más agradable, más tranquila y más bonita. 
Como era temprano, había pocos turistas por la zona, pero sí gente fumando  marihuana en los Coffee Shops. 
Empecé por Brouwersgracht. Giré a la izquierda y bajé intercalando Prinsengracht con Keizersgracht y Herengracht. Todas estas calles tienen un canal en el centro, un carril para coches y bicis y unas casas preciosas. Hay que andar con cuatro ojos porque las aceras son casi inexistentes, hay bicis aparcadas por todos sitios, vienen coches, vienen bicis y vienen furgonetas de reparto. Una loca al volante de una bici literalmente me afeitó. Iba hablando por el móvil y me salió de repente en una curva sin mirar por dónde iba. Menos mal que yo sí la vi venir en el último momento. Si no, os estaría ahora escribiendo esta crónica con la lengua.
En Prinsengracht pasé junto a la casa de Ana Frank. Había cola esperando la hora de apertura. No es una visita que me apetezca. Me parece morbosa. 
Al lado se encuentran la Westerkerk y el Homomonument. Entré en una tienda de souvenirs y objetos varios. ¡Ay, si esto se pudiera llevar en la maleta! Lo que nos íbamos a reír. 
Crucé Leidsegracht hasta el mercado de las flores. Venden montones de bulbos de tulipán y otras plantas, además de souvenirs de todo tipo. La zona está muy animada por los turistas. 
Enfrente del mercado hay una de las muchas tiendas de quesos que he encontrado en Holanda. Me encantan. Los americanos inventaron el Apple Store y los holandeses el Cheese Store. Me quedo con las dos.
Llegué hasta Rembrandt Plein. Debajo de la estatua del artista han colocado una representación en tres dimensiones del famoso cuadro “The Nightwatch” formado por estatuas de bronce.
A la espalda de Rembrandt se encuentra el edificio que contiene la sede de Booking.com. Estuve tentada de acercarme a saludar para que conocieran en persona a su mejor clienta.
Andando hacia el sur llegué hasta el Rijksmuseum, que contiene una gran colección de arte holandés, sobre todo de los maestros del XV al XVII. Pero lo que a mí me llamó la atención fue el museo de al lado, la Wanrooij Gallery, con aquel muñeco cabreado en la puerta y una muñeca con cabeza de interruptor en una de las ventanas. 
Por el camino me despisté un par de veces. Gracias a la señora que vive dentro de mi teléfono llegué a destino.
Me senté en la cafetería del Rijksmuseum a descansar mientras tomaba una Coca Cola. El edificio es impresionante, por fuera y por dentro.
Después de un rato salí a ver los jardines de detrás, donde también está el Museo Van Gogh, pintor que no me gusta un pelo, pero que no se sepa, que está mal visto.
Había montones de gente por los alrededores, sobre todo fotografiándose junto a y encima de unas letras en tres dimensiones que decían “I Amsterdam” para luego colgarlo en redes sociales. Al que estaba engarametado encima de la letra “d” le hubiera estado bien empleado caer desde allí arriba por tonto. 
Fui andando hasta el Magere Brug, el puente canijo de madera sobre el río Amstel a pocos metros del Hermitage. 
Pasé por la sinagoga portuguesa y por lo que fue en su día el barrio judío, arrasado por los nazis. Prácticamente toda la población judía de Amsterdam fue deportada a los campos. Les fue fácil identificarlos porque la ciudad mantenía un censo muy preciso de la población. También contaron con ayuda de los vecinos, a los que prometieron quedarse con los bienes de aquellos a los que delataran. 
Eran más de las tres cuando me senté a comer en una hamburguesería. A media mañana comí por la calle un croissant relleno de praliné que compré en una pastelería. Por eso no tuve hambre hasta tan tarde. 
Las hamburguesas eran caseras. Te permitían añadir los ingredientes que quisieras de una lista. La mía llevaba queso Cheddar y aguacate. Muy rica. Venía acompañada de las patatas fritas que hacen aquí, enormes y deliciosas.
Seguí paseando por los canales. Vi una madreña fuera borda. Se ven unas cosas muy raras en este país.
Volví a pasar por el mercado de las flores, deteniéndome a comprarle a Pili el lápiz que me encargó en una tienda de souvenirs. Los objetos estrella en las tiendas de souvenirs son los zuecos, las casitas imán para la nevera, tulipanes de madera y piezas de porcelana de Delft con forma de cualquier cosa. Toda tienda que se precie tiene sus zuecos gigantes para que la gente se fotografíe dentro. En algunas tienen un letrero advirtiendo que te cobran 50 céntimos por el retrato. Quisiera yo ver dónde coloca la gente esos zuecos que compran  una vez llegan a casa.
Volví a entrar en el patio de Begijnhof, donde sólo viven mujeres. Ayer no tuve tiempo de verlo con detenimiento. Entré en la pequeña iglesia católica. Un grupo de señoras rezaba el rosario en holandés. Todas tenían aspecto de filipinas.
Estuve de nuevo en la Plaza Dam, mirando mejor el Palacio Real. Entré en varias tiendas pero no compré nada. 
Poco a poco fui subiendo en dirección a la estación viendo más calles con casas inclinadas hacia delante. Según me acercaba a la estación aumentaba el número de Sex Shops y Coffee Shops, aunque en algunas no se veía la cafetera por ningún lado.
Entré en un supermercado a comprar algo para cenar. Opté por unos plátanos. La hamburguesa me había dejado completamente llena. 
Ya en la estación, con la aplicación para el móvil busqué el andén al que tenía que dirigirme para subir al primer tren que parara en Amsterdam Sloterdijk. Andén 8a. El tren estaba a punto de salir.
En el hotel no había menos de diez personas haciendo cola para registrarse. En la zona de la cafetería también había movimiento, no así en la zona donde puedes hacerte la comida. Me acerqué a verla con detalle. Ayer no quise molestar a los indios que estaban cenando. Hay dos tostadoras para hacerte el desayuno, microondas, cocinas, un par de lavadoras que funcionan con monedas y todo tipo de artefactos para cocinar. Está muy bien.
Pedí un vaso con hielo para mi Coca Cola y subí a la habitación. De nuevo, silencio sepulcral en el largo pasillo. 
Casi lloro de la emoción cuando me encontré con la cama. Estaba destrozada, pero antes de darle un abrazo a la almohada me di una buena ducha, os escribí y me comí un par de plátanos.

Buenas noches desde Amsterdam.











10 oct. 2017

Una cateta en Holanda (Día 9)

Ayer a las diez y media de la noche estábamos en la cama. Creo que podría vivir en Holanda si no fuera por el clima.
A las siete menos cuarto me levanté y desayuné con Karin. Elisa ya estaba lista para marchar a trabajar. 
Fuimos a las oficinas de Karin. Subimos a su despacho donde tomé un chocolate caliente mientras esperaba a que llegara la empleada que me iba a trasladar en coche hasta la estación de tren de Groningen. Podía haber tomado un tren en Appingedam y transbordar en Groningen, pero Karin no quiso.
A las nueve menos cuarto, mientras bajábamos en el ascensor para despedirnos en la entrada, oímos que había varios empleados charlando en la planta baja esperando para subir. Cuando se abrió la puerta, Karin les gritó: ¡Uhhh!. Pegaron un bote y hubo dos que gritaron del susto. Así es Karin. Va a trabajar en vaqueros cuando no espera visitas y trata a sus empleados con mucha familiaridad. 
La empleada de Karin que me llevó es una señora mayor encantadora.  Está al cargo de la cafetería. Tardamos casi media hora en llegar a Groningen por culpa del tráfico. Perdí el tren de las 09:18 hrs, que era mi primera opción. Tuve que tomar el de las 09:48, que seguía otra ruta pero era igualmente conveniente. 
El tren pasó por Assen y Zwolle antes de parar en el aeropuerto de Schiphol, donde tuve que cambiar de tren. Fue muy rápido. Subí una escalera, bajé otra, subí al segundo tren y enseguida partimos. 
Normalmente hubiera dedicado el tiempo de viaje a leer, pero el paisaje era tan bonito que me quedé embobada mirando por la ventana. Holanda es completamente llana. Se veían enormes extensiones de tierra cultivada, hierba muy verde, muchas vacas y ovejas, casitas de madera o de ladrillo rojo oscuro, e incluso llegué a ver una manada de ciervos. 
A las 12:12 exactamente me apeé en la estación de Amsterdam Sloterdijk, a seis minutos de Amsterdam Central. Cuando estuve buscando hotel en internet me encontré con que los buenos y respetables estaban a precios desorbitados. Los asequibles eran antros impresentables. Los medio asequibles tenían críticas regulares por culpa de la falta de limpieza y el ruido por las noches. Amsterdam es pura fiesta según oscurece. Por casualidad descubrí esta zona moderna de edificios de cristal donde hay varios hoteles nuevos a precios discretos justo al lado de la estación. El mío es de estilo juvenil e informal, con zona para cocinar tu propia comida, un bar acogedor y la posibilidad de hospedarte en habitaciones compartidas. Una cosa es dormir con mis amigas de WISTA y otra muy distinta hacerlo con desconocidas. Reservé una individual. 
No se podía ocupar la habitación hasta las tres de la tarde. Les dejé la maleta en depósito y me fui a la estación de nuevo para ir a Amsterdam Central, la estación principal de Amsterdam. 
El día estaba nublado y fresco, pero no tan frío como ayer. 
Caminé por entre los canales hasta Oude Kerk, donde tenía concertado iniciar un paseo guiado a las 13:45 hrs. No tengo costumbre de ir en grupo si no es absolutamente necesario. Esta vez lo preferí porque no tenía ganas de adentrarme en el Barrio Rojo sola. Y me adentré, vaya si me adentré. En cierto momento iba tan pendiente de no perderme y de no matarme con los adoquines irregulares del suelo que no estaba pendiente de las fachadas de las casas. De repente giré la cabeza hacia mi derecha y me encontré con una mulata de enormes dimensiones en ropa interior mirándome con cara asesina desde un escaparate, y luego otra, y otra más. Inmediatamente volví a mirar al suelo completamente espantada. El punto de encuentro estaba en pleno Barrio Rojo. 
Una vez inspeccionado el terreno, busqué algo para comer. La visita amenazaba con durar dos horas y media. No podía esperar a después. En una tienda de quesos observé que vendían unas pequeñas pizzas caseras. Compré una de queso y champiñones. Me dieron una servilleta de papel toda entera para mí sola. 
En la misma tienda vendían los quesos de la foto. He consultado con mi hermano la posibilidad de transportar uno en la maleta a la vuelta. Es picoleto y sabe de estas cosas. Le mandé el siguiente mensaje por WhatsApp adjuntando la foto: “¿Esto se puede llevar en el equipaje o acabo en Alcalá Meco?”
Su respuesta fue breve y concisa: “Alcalá Meco”.
Una lástima. Me hubiera encantado organizar una cata en casa con algunos que yo me sé. 
También he visto los Chupa Chups con contenido adicional. Otra lástima. 
He estado respirando profundamente todo el día para ver si se me pegaba algo. Al pasar junto a los Coffee Shops se percibe un aroma reconocible. No sé si será por eso que aguanté toda la tarde como una campeona.
Oude Kerk significa vieja iglesia. Data del siglo XIV. Según parece, está financiada en su mayoría por las donaciones de los pecadores que limpiaban sus culpas dando dinero a la iglesia antes o después de pecar por los alrededores. A la espalda, entre los adoquines, está la escultura de bronce de la foto, colocada ahí en honor de las prostitutas.
El paseo comenzó a las 14:00 hrs. Eramos 26 personas de Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Canadá, Alemania, Gran Bretaña y yo, que soy de España. Comenzamos presentándonos uno a uno. Es curioso cómo los americanos no dicen que son americanos, sino de Colorado, o de Holland, Michigan. Estos últimos eran un matrimonio. A la guía le hizo mucha gracia.
Se llama Charlotte y acaba de graduarse en Ciencias Políticas. En estos tours cobran solamente las propinas que los turistas les quieran dar al finalizar. Por eso son muy buenos. Tienen que ganarse al público.
Nos advirtió que no se deben sacar fotos de los escaparates donde están las mujeres que llaman de tú a los hombres, porque son capaces de salir, agarrar la cámara de fotos y tirártela al suelo. 
Sin darme cuenta, antes de empezar la visita, saqué una foto a uno. Quería retratar el letrero de la casa de ladrillo y me salió al lado un escaparate. Para los que no hablan francés, ahí dice “Barrio de las putas”.
Más adelante, con toda la intención porque soy una desobediente, encendí la cámara, la dejé colgando de mi cuello y comencé a disparar sin enfocar. Conseguí que saliera una de estas señoras en el fondo de la imagen. Os la paso recortada para que se vea mejor.
A la zona donde está ésta y las tres con las que me encontré de bruces según llegué la llaman “Big Mamma Lane”. Es porque están muy bien despachadas. 
Charlotte nos estuvo explicando cómo funciona el sistema, nos mostró las cámaras de seguridad que hay por todos lados, así como las alarmas que hay distribuidas para que las señoras avisen en caso de que alguno se pase de la raya. Cada escaparate es una puerta de cristal que se abre hacia dentro. De ese modo las señoras controlan mejor al que intente entrar. 
Entre los componentes del grupo de turistas llevábamos a un australiano enorme vestido de verano. Me tenía obsesionada por el tamaño de los pies y por lo caluroso. Según iba pasando el tiempo, se iba poniendo más fea y más fría la tarde. 
Nos fuimos encontrando con grupitos de hinchas suecos, hasta que llegamos a Waag en Nieuwmarkt. Es un edificio que servía de puerta a la ciudad. Allí tenían lugar las disecciones de cadáveres que Rembrandt retrató el la “Lección de Anatomía del Doctor Nicholaes Tulp”. Los suecos tenían montado su cuartel general allí mismo, que ahora es un restaurante. Algunos hacían cola para pintarse la bandera nacional en la cara, otros compraban camisetas y pelucas que jamás se pondrían en su vida normal. Todos cantaban repetidamente lo que parecía el nombre del país deletreado acompañado de una frase. Esta noche se juega aquí el partido de clasificación para el mundial. Holanda le tiene que meter ocho goles a Suecia para poder clasificarse.
Estuvimos dentro de las instalaciones de la universidad, donde queda uno de los pocos viejos árboles que sobrevivieron a los tiempos de penuria que siguieron a la invasión Nazi. Los habitantes de Amsterdam tuvieron que comerse a sus mascotas y quemar la mayoría de los árboles de la ciudad para calentarse. En uno de los patios había una señal que prohibía quemar otras cosas.
Hablando de patios, entramos en Begijnhof, donde sólo viven mujeres siguiendo una tradición de hace muchos años. Construido en el siglo XIV, aún conserva una de las pocas casas de madera que sobreviven. 
Paseamos por los alrededores de la plaza Dam admirando las fachadas de las casas inclinadas hacia delante. Antiguamente se pagaba impuestos según la anchura de la casa. Por eso son todas estrechas y con mucho fondo. Como subir grandes objetos por las escaleras se hacía complicado, se subían por la fachada, utilizando un gancho que tienen en la parte superior. Para evitar que los objetos dieran golpes contra la misma, cuentan con una más que ligera inclinación.
El tour finalizó bajo el balcón del Palacio Real. Charlotte nos enseñó una foto de los reyes de Holanda preguntando si los conocíamos. Algunos de los americanos pusieron cara de yoaestosdosnoloshevistonunca.
Nos sacamos una foto de grupo que ya aparece colgada en la página de Facebook de FreeDam tours.
Al separarnos estuve dando un paseo por varias calles, entrando en varias tiendas y mirando las fachadas de las casas.
A las cinco y media empezó a lloviznar. Poco a poco fue oscureciendo. Empecé a sentirme cansada y hambrienta, así que entré en un supermercado a comprar un sandwich y unas Pringles para cenar. Volví a la estación. Enseguida tomé un tren, de los muchos que salen continuamente en dirección a Amsterdam Sloterdijk.
Ya en el hotel me dieron la llave de la habitación, mi maleta y un vaso de cartón lleno de hielo para mi Coca Cola.
En la zona donde puedes cocinar tu propia comida había una familia con aspecto de indios cenando sopa. 
Tras recorrer un larguísimo pasillo encontré mi habitación. Me llevé una agradable sorpresa. Me asignaron una para cuatro personas bastante espaciosa, con dos camas normales y una litera. Está muy bien pensada para mantener cierta intimidad en la ducha y el retrete. Tiene cinco taquillas para que cada uno guarde sus cosas y cierre con un candado. Toda para mí sola. De momento no se oye ningún ruido por el pasillo. Buena elección.
Cené, me di una larga ducha y os escribí un rato. 

Buenas noches desde Amsterdam.












9 oct. 2017

Una cateta en Holanda (Día 8)

Hoy, por fin, pude dormir ocho horas seguidas. Casi no me lo creo. 
Me levanté a las siete y media, me di una ducha y bajé a desayunar con Karin. Elisa se marchó a trabajar temprano. Karin se tomó el día libre para estar conmigo. Como es la jefa no tiene que pedir permiso a nadie.
A las ocho y media fuimos a ver sus oficinas en Farmsum, a unos diez minutos en coche desde Appingedam. La gente joven iba camino del colegio en bicicleta, charlando en pequeños grupos.
MF Shipping Group está en un edificio de cuatro plantas donde trabajan unas 50 personas. Manejan 58 barcos, algunos propios y otros de clientes a los que les llevan el mantenimiento.
Pasamos un par de horas en la oficina para que Karin pudiera firmar papeles y hablar con su equipo. 
Las instalaciones son espaciosas, modernas y cómodas. Se nota que los empleados están a gusto trabajando allí. Estuve saludando a Ingrid, Thea y Theo, que estuvieron en la conferencia de WISTA.
Desde allí fuimos en coche hasta la provincia de Drenthe a visitar Boomkroonpad, un bosque donde han montado una estructura que te permite pasear a 22 metros por encima del suelo, a la altura de las copas de los árboles. Lloviznaba y la temperatura era de 11ºC. Aún así, dimos un paseo de más de tres kilómetros por el bosque. Vimos muchas setas, mucho barro y muchos árboles. Estuvo muy bien.
Antes de adentrarnos en el bosque nos sentamos a comer algo en la cafetería de las instalaciones. 
Una cosa que me llama mucho la atención es que en este país no hay servilletas. Tengo que llevar encima unos pañuelos de papel para limpiarme los morros.
Desde Drenthe volvimos a Groningen para visitar la capital de la provincia, del mismo nombre. 
Es una mezcla de moderno y clásico, con una población estudiantil importante. Hay que tener mucho cuidado con la vida porque te atropellan las bicis a la primera de cambio.
Estuvimos en una tienda de quesos donde vendían también manteca de cacahuete hecha en el momento. Probé un poco. Estaba riquísima, pero no pude comprarla porque se me iba a estropear antes de volver a casa. 
Quise sacarme una foto con un queso enorme que se me acabó cayendo al suelo, pero no me riñeron. Son muy simpáticos estos holandeses, aunque no usen servilletas.
Nos sentamos a tomar un trozo de tarta de manzana en un café del siglo XVIII con mucho encanto, mientras un pianista nos entretenía con clásicos de los años 40. Tuve que sacar del bolsillo el pañuelo de papel para limpiar las migas de tarta.
En la puerta del antiguo edificio de la universidad había cientos de bicicletas aparcadas. Me pregunto cómo hace cada uno para encontrar la suya a la hora de marchar para casa.
Pasamos por la esquina del barrio rojo pero no entramos. Pude ver un trozo de ventana con una luz roja y la pierna de una señora en tacones. Por mucho que lo haya visto en televisión y me lo hayan contado, no dejó de chocarme la escena. 
Estuvimos en la estación de tren . Data de 1896. Dentro tiene letreros antiguos anunciando, por ejemplo, la zona de espera para damas que viajaban en primera clase o la oficina desde donde se podían enviar telegramas.
Regresamos a Appingedam teniendo que parar en un puente para dejar pasar un pequeño barco que transportaba contenedores por un canal.
Casi llegando a casa hice a Karin parar el camión para sacar la foto del coche. ¿Pasan o no pasan cosas raras en este país?
A las cinco y media estábamos sentadas las tres a la mesa cenando. Elisa había preparado una carne con sabor a clavo (clavo la especia, no la herramienta), patatas cocidas y peras al vino. Como no tenía la mochila al lado, tuve que limpiarme la boca con el pañuelo de los mocos. 
Nos sentamos en los sofás a pasar el resto de la tarde. Después de la paliza de estos días no apetecía otra cosa. Comimos bizcocho típico de la zona sin servilleta, frutos secos cubiertos de chocolate sin servilleta y Coca Cola sin servilleta. Acabé limpiándome las manos en la pernera del pantalón.
Os informo que el gato atigrado ha dejado de pasar de mí olímpicamente. De vez en cuando se acerca para que le haga cosquillas. Es un caprichoso. Cuando está en la calle se ponen encima del camión de Karin para que lo vean desde dentro y le abran la puerta. Cuando está dentro se pone en la puerta para que lo dejen salir.
Me acabo de acordar que no os he contado que la capitana india que fue a recoger el premio a la Personalidad del Año WISTA  tuvo que pedir permiso a su suegra para viajar a Holanda. En India las mujeres van a vivir a casa de la familia del marido cuando se casan. Los suegros se convierten en los padres de las nueras y éstas tienen que obedecerles. Cuesta trabajo imaginar que toda una capitana de barco con tripulación a su mando no pueda tomar decisiones por su cuenta cuando se encuentra en casa. 
Buenas noches desde Appingedam.





8 oct. 2017

Una cateta en Holanda (Día 7)


Todos los días de esta semana he estado despertando sobre las seis de la mañana. Hoy no fue diferente. Me quedé en la cama hasta las siete y media. Me di una ducha y terminé de preparar el equipaje. 
A las nueve menos cuarto pasé al hall del hotel de al lado para reunirme con Karin. 
Me dio mucha pena despedirme del espejo de la habitación. Es de esos que ponen en los probadores de las tiendas, un poco cóncavo para que parezcas bonísima y delgadísima.
Salimos hacia Appingedam en el camión negro de Karin poco antes de las nueve. El maletero iba lleno hasta las trancas: su maleta, la mía y el montón de regalos de despedida que recibió al dejar la presidencia de WISTA. Entre otras cosas, le regalaron una botella de champán como las que entregan a los ganadores de las carreras de Fórmula 1. 
Llegamos en tres horas pasando por preciosos paisajes. Vi claramente por qué llaman a esto Países Bajos. Los canales de agua estaban a más altura que la carretera por donde circulábamos. Vimos muchas vacas y muchas ovejas pastando en las enormes extensiones de hierba. Pasamos por Utrech, Zwolle y Breda, pero no entramos a rendirnos. 
Karin está casada con otra señora que se llama Elisa. Nos conocimos hace años en Singapur. 
Dejamos el equipaje en su casa y salimos a dar un paseo por los alrededores llegando hasta el pueblo, con un centro histórico medieval, famoso por sus cocinas colgantes.
Disfruté mucho del paseo. Todo el mundo vive en casitas unifamiliares de grandes ventanales con jardín, algunas al borde de los canales. Pocas casas tienen cortinas porque aquí la gente no mira dentro de las casas de los vecinos. 
Hay carriles bici por todas partes.
Justo enfrente de las casas colgantes paramos a comer algo en un pequeño restaurante. Luego volvimos paseando hasta la casa a descansar un rato. 
Karin y Elisa tienen dos gatos, Lizzi y Sally. El blanco y negro, que es el mayor, enseguida se hizo amigo mío. El atigrado pasa de mí olímpicamente. 

Fuimos en coche a la ciudad fortificada de Bourtange, en la frontera con Alemania. Al salir de Appingedam tuvimos que esperar un rato en la carretera para dejar pasar un barco. Es lo mismo que un paso a nivel para trenes.


Bourtange está rodeada por un laberinto de fosos en forma de estrella. En el centro de la fortaleza hay casitas con viviendas y pequeños museos.
Estuve probándome zapatos pero no los compré porque resultan un tanto incómodos.
Cruzamos a Alemania para cenar a las seis de la tarde un schnitzel con patatas fritas. 
A las ocho estábamos de vuelta en casa. Nos sentamos a ver la tele y a escribiros. El gato blanco y negro se tiró encima de Karin y el atigrado siguió pasando de mí olímpicamente. 
Nos acostamos temprano. Falta nos hacía.

Buenas noches desde Appingedam.




Una cateta en Holanda (Día 6)

María lleva dos noches seguidas roncando. Antes sólo hablaba y gemía. Ahora también ronca. Voy a tener que cambiar de compañera de habitación.
Ayer por la noche se quedó dormida mientras tecleaba en el móvil. De repente entró en coma y se puso a roncar. Lo grabé en video antes de apagar la luz. 
Se levantó a las siete y media para poder encontrarse con Despina a las ocho y cuarto e ir juntas al aeropuerto.
Yo me levanté también para escribiros porque ayer por la noche me fue  físicamente imposible. Estaba muerta.
A las nueve y cuarto salí a dar un paseo por los alrededores. Hacía un día de mierda, con frío, viento y lluvia. Tuve que ponerme el chaquetón y encima el cortavientos. 
A las diez menos cuarto quedé con Anna-María y Vivi en la cafetería del hotel para charlar un rato y despedirnos. No sé de cuánta gente me he despedido entre ayer y hoy, pero ha sido mucha. La que se me ha escapado es Sofía, una griega que me prometió darme un chupa chups que compró para marido en Amsterdam y que no se atrevía a llevar en el avión de vuelta porque alguien le dijo que iba a acaba en el trullo.
A las diez y media quedamos en el hall del hotel de al lado para ir de excursión en una Zodiac. Otra vez de paseo por el puerto, pero a lo loco. Ahora sé lo que se siente al cruzar el Estrecho con un alijo de droga. 

El video adjunto fue tomado por el marido de Thea desde su habitación del hotel. También salieron a despedirnos Caroline y Joan, de WISTA Holanda.

El grupo estaba compuesto por una holandesa, dos neozelandesas, cuatro norteamericanas, una escocesa que vive en Hong Kong, una canadiense y yo. El piloto de la lancha nos hizo poner unos chaquetones azules y chalecos salvavidas. Nos dio instrucciones específicas de cómo reaccionar si caíamos al agua y de cómo girar la cabeza si llevábamos gafas. Conclusión antes de iniciar el viaje: la gente cae al agua con cierta frecuencia y a más de un pasajero le han salido las gafas volando.
Nos fue enseñando partes del puerto antiguo llevándonos a ratos a toda velocidad pegando saltos. Hubo un par de veces que pensé que iba a salir despedida por los aires. No es broma. El muy malvado nos dijo que si no nos encontrábamos a gusto levantáramos un brazo con el puño cerrado para que parara. No era posible soltarse de manos sin jugarse la vida, así que lo de levantar el brazo quedó descartado. Hubo que aguantar el tirón valientemente.
La idea de esta excursión fue de Karin y Jeanne, que no pueden pasar su tiempo libre como todo el mundo. Si no se pasean en tirolina suben en globo o hacen submarinismo. La primavera pasada probaron un tanque de gravedad cero.
Pasamos por el costado del SS Rotterdam, un antiguo trasatlántico de la Holland America Line ahora convertido en hotel. Casi nos metemos debajo de la proa. 
Paramos junto a un autobús anfibio. La escocesa, que es la monda, les gritó si se habían dado cuenta que se les estaba hundiendo. Los pasajeros nos miraban alucinados. No me extraña. Teníamos que ser toda una estampa, un fueraborda lleno de tías vestidas todas iguales.
Las fotos del SS Rotterdam y el autobús anfibio son del teléfono de Parker Harrison. Yo no me atreví a sacar la cámara por si se mojaba o le daba un golpe.
Nos bajamos junto al Euromast, una torre de 185 metros de altura, a la que subimos en ascensor. Ofrecían la posibilidad de tirarse desde arriba haciendo rappel. Jeanne, Karin y Vanessa la canadiense se quedaron un poco con las ganas de hacerlo. 
El último trozo de la torres se sube en una plataforma giratoria que te ofrece una vista de 365 grados. Vista que se ve cuando el día está claro, no como el día de mierda que hemos tenido. No sé cómo aquí a la gente no le crecen champiñones en la cabeza de la humedad que hay.
Al bajar de la torre fuimos andando hasta Ballentent, un pequeño restaurante de principios del siglo pasado donde tomamos la barra al asalto mientras esperábamos a que quedara libre una mesa. El plato estrella es la albóndiga. Y digo albóndiga en singular porque te sirven una como una pelota de tenis. Viene acompañada de varias salsas, una de ellas de cacahuete riquísima. Para mi gusto la carne llevaba demasiada pimienta.
Fuimos paseando hasta el Markthal cruzando por una zona residencial muy elegante. En un parque nos encontramos con un árbol suspendido en el aire por cuatro palos que resultó ser una escultura.
Dimos una vuelta por dentro del Markthal hasta que empezó a vencernos el cansancio. Antes de volver al hotel entré en el lavabo. Me encontré con el artefacto de la foto. Pones la mano debajo en el centro y sale agua. Pones las manos a los lados y sale aire. Tardé un rato en dar con la tecla.
Nos encontramos a las ocho en el hall del otro hotel para ir a cenar al Markthal. Llovía a cántaros, de modo que tomamos un par de taxis.
Las kiwis se cayeron de la convocatoria, igual que Parker, demasiado cansadas para seguir con la vida social.
Teníamos reserva en un restaurante griego donde nos sirvieron de cenar bastante bien. Al terminar nos dieron a cada una un caramelo con sabor a Ouzo en lugar de ofrecernos un chupito. 
Pudimos volver andando, atravesando los terrenos del museo marítimo que conectan con los dos hoteles. Los tres edificios de la orilla de enfrente se iluminan con luces de colores durante la noche. 
A las once ya estaba en mi habitación. Por fin pude acostarme a una hora decente.

Buenas noches desde Rotterdam.