12 oct. 2015

Una cateta en Constantinopla (Estambul, Día 9)

 Ni siquiera recuerdo el momento en que puse la cabeza en la almohada por la noche, de lo cansada que estaba.
Una de mis dos inquilinas estuvo hablando en sueños. Imagino que fue Anna-María, porque hace dos días, cuando el moro cantó, preguntó en inglés: "¿Quién eres?"
Hoy tampoco oí al moro, pero hemos descubierto que hay una iglesia cerca que le hace competencia. Oímos campanas y descubrimos un campanario entre las casas. Podría ser ortodoxa.
Como buen país musulmán, en la habitación teníamos una pegatina que indica la dirección a la Meca. No era tan evidente como la del hotel de Dubai. Estaba escondida dentro del armario, encima de la caja fuerte.
A las diez menos cuarto bajé a arreglar cuentas en recepción para que me separaran los gastos en facturas diferentes.
Me despedí de Jeanne, que salía en ese momento para el aeropuerto, y quedé con Tosan para ir juntas a las once y cuarto.
En lo que antes era mi habitación y desde ayer por la tarde se convirtió en una leonera, estuve charlando con mis dos griegas hasta que llegó la hora de la despedida. Comenzaba a llover en ese momento. Aunque ha llovido varias veces durante mi estancia, nunca me ha pillado a la intemperie. Ha sido una suerte.
Tardamos unos cuarenta y cinco minutos en llegar en taxi al aeropuerto. Tenía medio pensado ir combinando taxi y metro, pero me vi incapaz porque iba cargada como una burra, con la maleta a punto de estallar pensando 21,9 kgr, la mochila hasta las trancas y una bolsa colgando por delante conteniendo la maqueta del barco que me regalaron el miércoles.
Ayer quité los envoltorios de la mayoría de los regalos para ganar espacio. Entre todos pesaban más de un kilo.
Varias griegas se quejaron a la llegada de haber tardado más del aeropuerto al hotel que de Atenas a Estambul. Hoy había muy poco tráfico comparado con la locura que es habitualmente.
Nos sentamos a esperar a que abrieran nuestros mostradores de facturación, con destino a Lagos y a Madrid.
Me encanta el aeropuerto de Estambul. Da para mucho quedarse mirando pasar a la gente. Hay vuelos con destinos tan exóticos como Mitiga, Erkan, o Medina. 
Se sentaron frente a nosotras personajes variopintos a los que fotografié disimuladamente. Supongo que será por el pelo que se me quedan mirando fijamente, y que yo soy la variopinta para ellos. La que aparece en la imagen detrás de la maleta amarilla me asesinó con la mirada en varias ocasiones. En vaqueros, con la cabeza descubierta y sola en un aeropuerto sin la protección de un hombre. Voy a ir al infierno de cabeza.
La gente va vestida de maneras muy diferentes. Los equipajes pueden ser cualquier cosa, con gran abundancia de las cajas de cartón. De hecho, entre los artículos que están a la venta en los puestos de comida, refrescos y souvenirs, hay pilas de cintas marrones de embalaje.
Las tres representantes de WISTA Ghana aparecieron por allí a saludar. Siempre se están riendo. Nunca sé si de mí o conmigo.
Tras despedirme de Tosan fui al baño. En todos los baños públicos hay un cartel pidiendo que no se laven los pies en los lavabos. También en el primer hotel pedían que sólo se usaran las toallas para secarse. Prefiero no imaginar usos alternativos.
En la cola para facturar el vuelo de Iberia a Madrid estaba la típica pareja de murcianos que charla con todo el mundo para que todo el mundo se entere de que viajan mucho y se los pasan bomba [He tenido que escribir "murcianos" tres veces porque el corrector se empeñaba en que eran "marcianos"].
La facturación fue relativamente rápida, pero no el control de pasaportes. Tardé en pasar unos cincuenta minutos. Hubo un segundo paso por el escáner. El primero fue justo a la entrada del aeropuerto. A todas las señoras vestidas con envoltorios les pasaban la mano por todo el cuerpo para comprobar que no llevaban un chaleco bomba adherido.
En el duty free olía a Anís del Mono que apestaba. A alguien se le rompió una botella de raki. Se meten unos lingotazos con las comidas que alucinas. A mí me gusta echarle un par de gotas al agua para darle sabor.
Un grupo de peregrinos con destino a o procedentes de la Meca dormían a pata suelta por los
suelos del aeropuerto echados sobre sus alfombras de oración sin importarles lo más mínimo que todo le que pasaba por allí se quedaba mirando alucinado. Las mujeres vigilaban las pertenencias personales. Ellas no tenían derecho a descansar.
Me quedé sin comer porque no vi nada que me llamara la atención, excepto unas latas de Coca Cola de colores. Me parecen una aberración y me dan mal rollo.
El embarque del vuelo fue a la hora prevista pero nos tuvieron en pista media hora antes de poder despegar por congestión de tráfico. Igual que en la calle con los coches. Yo aproveché dicha media hora para mirar un rato para dentro, con la boca abierta y un hilo de baba cayendo por la comisura de los labios.
¡Qué contenta estoy con mi almohada cervical!
Me tocó sentarme junto a dos jovencitas pijas peruanas más altas que yo. Eso sí que es una aberración. Ya estaban sentadas cuando llegué a mi sitio. Fue un poco complicado acceder con la mochila detrás y el barco delante.
Me despido de Estambul con pena. Son ya tres visitas y no sé si esto se podrá repetir tal y como se están poniendo las cosas en la zona. Una de las abogadas turcas le contó a Mercedes que se está notando una regresión en las costumbres de la gente, fomentada desde los colegios. A ella no hace mucho un juez se negó a estrecharle la mano por ser mujer.
A las siete nos sirvieron merienda en una caja roja de cartón conteniendo un croissant relleno de pavo y queso, un yogur de frambuesa, una magdalena y un Kit Kat diminuto. La gente merendó con cerveza y con vino blanco y tinto.
Hora y media más tarde estaba desesperada por llegar a Madrid; yo y el bebé sentado al fondo del avión dando alaridos. Estaba encajonada entre la ventanilla, las dos peruanas, la mochila y el barco, que llevaba conmigo en el suelo. No podía estirar las piernas. La rodilla derecha me pedía a gritos salir a pasear. Para rematar, los marcianos iban sentados justo detrás de mí. El no paraba de hablar con un torrente de voz insoportable. Comentó que les quedaban por delante seis horas de coche para que lo oyera todo el avión. Hay que tener valor.
Aterrizamos en Madrid con media hora de retraso.
Nada más salir del avión me pararon dos agentes de la Policía Nacional. Me pidieron el pasaporte y me preguntaron qué tiempo hacía en Estambul.
Al pasar por el tercer escáner del día, me pusieron a un lado, me mandaron extender las manos, me pasaron un papelito por ambas caras y por la barriga. Al preguntar qué era aquello me contestaron que un test de sustancias. Es tranquilizador saber que no sólo tengo cara de terrorista islamista, sino también de traficante de drogas.
Llegué a la puerta de embarque para Sevilla cuando empezaban a llamar a los pasajeros.
Volaron conmigo los jugadores del Sevilla Baloncesto. El que se sentó justo detrás de mí comentó que Iberia era una mierda por el poco espacio entre las filas. Perdona, chaval, que mides dos metros.
Aterrizamos en Sevilla a las once menos cinco de la noche, un poco antes de la hora. En la recogida de equipajes tuve tiempo de observar que los jugadores negros del equipo de baloncesto  no mantenían ningún tipo de relación entre ellos ni con el resto del equipo. Tuve tiempo de observar eso y muchas cosas más, porque mi maleta no llegó a salir nunca.
Una familia de Zurich, un belga y yo pasamos casi una hora en la cola de reclamaciones con caras de desgraciados. Tengo que decir que la señorita de Iberia que nos atendió era extremadamente amable, dada la hora y las circunstancias.
Mi mochila cargada de quincalla, mi barco y yo salimos al encuentro de mi taxista favorito, que me trajo raudo y veloz con parada intermedia a mitad de camino para tomar un refrigerio.
A las dos y media, por fin, estaba metiendo mi agotado cuerpo en mi querida camita.

Buenas noches desde mi casita.








11 oct. 2015

Una cateta en Constantinopla (Estambul, Día 8)


Al moro no lo oí esta mañana. No desperté hasta las ocho y cuarto, cuando empezó a sonar insistentemente el teléfono de Anna-María. Le colgó cuatro veces a quien fuera que no se daba por aludido. Hacía sólo cuatro horas que nos habíamos acostado.
A las nueve y media bajamos a reunirnos con los demás excursionistas. Nos montaron en un barco y nos pasearon por el Bósforo, siempre por los alrededores del hotel. Volvimos dos veces a atracar frente al hotel para recoger a las dormilonas. Sólo desembarcamos en Poyrazköy, el pueblecito donde comí el domingo pasado.
La delegación suecadisfrutó a tope de la soleada mañana.
En el bareto del barquito vendían latas de Coca Cola rosa y moradas.
Nos depositaron delante del hotel a las doce y media en punto.
Despedidas hasta el año que viene.
Nuvara, su hermana Eda, Çagri y la pequeña Ela nos estaban esperando en el hall para ir a comer juntos. Se nos unieron tres griegas y dos chipriotas.
Mientras comíamos nos enteramos del atentado en Ankara. Las chipriotas salieron pitando para el aeropuerto porque las avisaron de que los controles de seguridad se habían endurecido y alargado.
A las cinco volvimos al hotel un momento paseando por la orilla del Bósforo, donde decenas de pescadores intentaban pillar algo para cenar. Un crío acababa de sacar del agua un boquerón. Calculamos que necesitaría un día entero para obtener los cincuenta boquerones necesarios para alimentar a su familia.
Como los turcos ven un negocio donde los demás sólo vemos una explanada, varios listos han colocado teterías improvisadas para servir los pescadores.
Frente  al hotel una pareja de novios se hacía fotografías. Me encantó el color del vestido.
Anna-María, María y yo tomamos un taxi hasta la parada de metro más cercana para ir hasta Sultanahmet. María se quedó frita nada más partir. Fue durmiendo como una ceporra todo el camino.
Anna-María y yo nos fuimos riendo todo el camino de la gente que se sentaba a su lado y la observaba pensando quién sería aquella loca extranjera que iba totalmente ajena al mundo.
El personal en el metro en general era bastante normal, exceptuando un par de casos, como una individua con una falda de Snoopy o un sujeto con un reloj de mesa en la muñeca.
Entramos en el Gran Bazar a echar un vistazo. Coincidimos con Tosan y las polacas como si el bazar no fuera enorme y no estuviera lleno de gente.
El auténtico objetivo de la excursión era visitar Casa Pedro de nuevo. Me recibieron como si me conocieran de toda la vida. Me enteré por casualidad de que tenían wifi. Me conecté para hablar con mi madre y enviarle fotos de la mercancía disponible en la tienda. Lo que a nosotras nos llevó diez minutos a Anna-María le costó más de una hora de negociación con su madre por Whatsapp.
Llevé conmigo uno de los relojes de Jeanne para que le cambiaran la pila. Dejó de funcionar el mismo día que lo compró.
A las nueve y media, después de asaltar una tienda de pashminas, totalmente agotadas, fuimos a coger el metro de vuelta al hotel haciendo la misma maniobra en sentido contrario.
Esta noche tengo en la habitación a dos ocupas en lugar de una. María se ha quedado sin pareja para compartir habitación. Nos han puesto una cama supletoria.
Pidieron la cena al servicio de habitaciones. Yo no cené. Aún tenía la comida por digerir.
Me puse a hacer el equipaje. Nada más comenzar supe que iba a ser tarea imposible meter todos los regalos en aquella maleta sin pasarme del peso límite. Tengo que meter lo más posible en la mochila y llevar la maqueta del barco en una bolsa colgando del cuello. Va  a ser divertido.
Como tenemos una báscula digital en el cuarto de baño, pensé que sería útil calcular exactamente lo que tengo que pasar de la maleta a la mochila. No funcionaba. Me costó dos llamadas de teléfono a recepción que me enviaran a un individuo a arreglar el problema, la segunda llamada a la una de la madrugada. Habrán pensado que estaba loca por querer pesarme sin falta a esas horas.

Coincidió que estaban Jeanne y Karen en la habitación recogiendo el reloj cuando apareció por fin el botones Sacarino a arreglar la báscula. Nada más irse en busca de una nueva, Jeanne me pidió que le explicara aquello con detalle. Nos reímos un montón.
Buenas noches desde Constantinopla.

10 oct. 2015

Una cateta en Constantinopla (Estambul, Día 7)


Ayer eran las tres de la mañana cuando por fin puse la cabeza en la almohada. Esta mañana el moro cantó un padrenuestro más, según Mercedes porque es viernes.
Me levanté a las ocho y media. Tras mis abluciones, dejé el cadáver de Anna-María abandonado en la habitación para bajar a aprovechar el desayuno que ofrecen a la puerta de la sala de conferencias.
Jeanne se estaba bebiendo una Coca Cola como buena americana con resaca.
Muchas bajas a primera hora causadas por la noche loca.
Aunque me interesaba la primera ponencia sobre el tráfico en el río Danubio, tuve que abandonar la sala para que Lena Gothberg me entrevistara para The Shipping Podcast.
Cuando terminamos estaban a punto de salir para el descanso, así que no me molesté en entrar. Me quedé charlando con las que se iban incorporando tarde.
Este año invitamos a la conferencia a una chica paquistaní a la que hemos ayudado en su preparación consiguiéndole una estancia de un mes a bordo de un buque para conocer de cerca la vida de los marinos. Su vida diaria es tan diferente de la nuestra que no sabía cómo registrarse en el hotel, como subir y bajar en un ascensor, cómo acceder a la habitación con una tarjeta electrónica y cómo volver a bajar. Dudo que se haya duchado estos días. Si yo tardé unos minutos en averiguar cómo accionar el mando para que saliera agua de aquel manubrio del demonio, ella aún estará pensando para qué sirve esa cabina de cristal dentro del baño.
No me quiero imaginar la aventura que habrá supuesto para ella coger un avión para llegar hasta aquí.
La segunda parte de la mañana fue bastante interesante. Finalizamos una hora más tarde de lo previsto.
Comimos en la primera planta, en plan bufet. Sigo controlando. Un poco de arroz, unos pocos tallarines con verdura, un poco de queso y un bollito de pan.
Las sesiones de la tarde eran talleres. Yo escogí el de medio ambiente. Estábamos todas para el arrastre. Tuve que levantarme y ponerme de pie al final de la sala para no quedarme dormida. Mientras estuve sentada, la cabeza se me iba para los lados descontroladamente como a los perritos que se ponían en la parte trasera de los coches. Una señora de Ghana se quedó frita, primero con la cabeza hacia atrás, mirando al techo y luego hacia delante.
Al terminar, nos reunimos las hispanas a charlar. Aprendimos la expresión “Soy más pesada que un collar de melones”, procedente de Argentina. La panameña me dijo que tengo cara de árabe. Perdona, le dije, yo soy de la tierra no conquistada, así que eso no es posible.
A las seis subí a darme una ducha rápida y a vestirme para la cena de gala. Yo de lo que tenía ganas era de meterme debajo del edredón y no salir hasta mañana por la tarde. Todo sea por la causa.
Anna-María apareció con un bote nuevo de laca porque no se fiaba de que el suyo le durara hasta el domingo. No le he tocado el pelo. Debe tenerlo como una piedra de la cantidad que se echa.
A las siete nos esperaba un barco frente al hotel para llevarnos al lado asiático a la cena de gala. Todas y todos íbamos muy elegantes. En la foto con Horacio, marino argentino muy amigo de WISTA.
Tardamos una hora en llegar. Por el Bósforo no se pueden hacer carreras de velocidad. Nos llevaron en autobús desde el atraque hasta el restaurante donde se celebró la cena. 
Comenzamos con una exhibición de los Whirling Dervishes que son unos individuos vestidos con una falda blanca de vuelo y un macetero en la cabeza. La inclinan hacia un lado y dan vueltas sobre sí mismos al ritmo de una música repetitiva. Parece ser que en cierto momento entran en un éxtasis religioso. En mi opinión, en lo que entran es en un mareo que te cagas.
Continuamos con Barbie violinista, una señora con un violín eléctrico de lo más molesto.
Después del primer postre salieron unas cuantas griegas a bailar un sirtaki que habían preparado como sorpresa. El escenario acabó siendo tomado al asalto por las hordas griegas que han invadido Estambul estos días.
Partieron espada en mano una tarta enorme con un 41 decorado con ojos de la suerte, como si estuviéramos en una boda. WISTA cumple este año 41 años.
La tarta de marras tenía conguitos dentro. Riquísima.
Hubo baile pero duró poco. Ayer lo dieron todo en casa de las drag queens.
A las doce y media nos llevaron en autobús de vuelta al barco y en barco de vuelta al hotel. Las del norte de Europa y las canadienses fueron todo el camino en cubierta. Yo tuve que meterme dentro con el resto. Soplaba brisa. Hoy no ha llovido en todo el día.
La conferencia ha estado estupendamente organizada. Han sido super detallistas y la comida ha salido por las orejas. No en mi caso.
Al llegar al hotel había poca gana de retirarse, de modo que invadimos el bar, que ya estaba cerrado pero que tuvieron que reabrir a petición popular.
Sobre las tres nos retiramos.


Buenas noches desde Constantinopla.

9 oct. 2015

Una cateta en Constantinopla (Estambul, Día 6)

Cuando el moro empezó a cantar esta mañana, casi infarto del susto.
No conseguí dormirme después. A las siete y cuarto no me quedó más remedio que levantarme después de mil vueltas.
Ayer por la noche, abriendo la puerta de la terraza, una de esas puertas correderas que tienes que atraer hacia ti con toda la fuerza que puedas reunir para que caiga sobre un raíl, aparte de caer sobre el raíl, cayó sobre el dedo gordo de mi pie derecho. Desde entonces, mi dedo gordo palpita ininterrumpidamente. Si se me cae, ¿puedo enterrar un dedo cristiano en territorio musulmán o lo tengo que llevar de vuelta conmigo en una caja de cerillas?
A las nueve menos un minuto conseguí arrastrar a Anna-María fuera de la habitación. Estas griegas se echan laca en el pelo y se pintan como puertas. Dedican horas a estas labores.
Cuando entró por primera vez en la habitación casi le da un ataque, porque dejé abierta a propósito la pantalla que separa el cuarto de baño del resto de la estancia, así que pensó que no íbamos a tener privacidad ninguna. Tardó diez minutos en encontrar el interruptor que la cierra.
A la entrada de la sala de conferencias habían instalado un completo bufet desayuno. Comí un yogur y un mini croissant. El estómago no me molesta, pero no me deja comer mucho. Ayer por la noche tuve que conformarme con una raja de solomillo fina como papel de fumar.
La conferencia comenzó con una presentación por parte de Sadan Kaptanoglu, de los Kaptanoglu de toda la vida, armadores turcos montados en el dólar.
Uno de los siguientes conferenciantes nos contó que el año pasado circularon por el Bósforo 45.529 barcos.
Justo detrás de mí tuve sentados todo el día a varios alumnos de la academia de marina civil, a los que se beca para que puedan asistir a las charlas.
Durante el descanso me asomé a ver el estrecho, hoy bastante revuelto. Ayer cayó la del tigre mientras estábamos en el cóctel. Como no tuvimos que salir a la calle, no nos importó mucho.
En el hotel tienen unos tanques llenos de zumo de naranja recién exprimido que está delicioso. Bebí un vaso que no me sentó nada mal.
La segunda parte de la mañana fue muy interesante. El debate duró tanto que fuimos a comer con 45 minutos de retraso.
Comí normal pero poca cantidad. Probé un pollo con salsa cremosa y arroz marrón claro con canela. Estaba rico. De postre me arriesgué con unos gajos de naranja con crema de chocolate por encima.
Cada vez que tenemos que volver a la sala nos tocan una campana. Estaba todo el mundo tan a gusto charlando a la mesa que nadie se levantaba después de comer. El de la campana se fue poniendo más y más nervioso y tocaba la campaña desaforadamente sin que nadie le hiciera el menor caso.
Las sesiones de la tarde comenzaron con el retraso acumulado de la mañana. La primera versó sobre el tráfico en el Bósforo. Nos enseñaron fotos de barcos empotrados en casas construidas en la misma orilla del estrecho. De hecho, el domingo pasamos en el barquito por delante de una casa donde hace poco se estrelló uno.
Un sujeto que hablaba inglés como un tratante de ganado, antiguo práctico en el estrecho, nos puso una canción de Nana Mouskouri que aún no sé qué tenía que ver con todo aquello.
En el descanso, las griegas y las chipriotas estaban como fieras con el tratante porque en su ponencia hizo referencia a asuntos históricos espinosos entre los turcos, griegos y chipriotas.
Por fin conocí a Dilek, una turca con la que he tenido trato de trabajo durante años sin llegar a conocernos en persona hasta hoy.

A las cinco y media terminaron las sesiones.
Subimos a las habitaciones para arreglarnos para la cena. Tuvimos a otra griega ocupa con nosotras. Está hospedada en el centro, así que trajo por la mañana los bártulos para cambiarse en nuestra habitación.
A las siete nos llevaron en autobús hasta Cahide, por la zona de Besiktas. Los  autobuses turcos tienen alfombras turcas dentro.
Tardamos una hora por culpa del tráfico.
Cahide es un restaurante/cabaret libanés del que ya conocíamos otra sucursal. Ofrecen espectáculo de drag queens, danza del vientre femenina y masculina y un individuo con una tableta estupenda que os aseguro no es de goma. Dicho individuo no parecía ejercer otra función más allá de pasearse entre las mesas enseñando aquella maravilla.
La comida no acabó de gustarme. Sirvieron cosas rarísimas. El remate fue el postre.
Me hice una foto con dos hermanas gemelas que dan mucha grima. Conocía a una de ellas desde hace tiempo. No supe que tenía una hermana repetida hasta esta noche. Hablan las dos con la misma voz ronca y se ríen exactamente igual. Es como verla doble.
En la mesa de suecas y noruegas estaba sentado el mismo individuo al que secuestramos en Estocolmo en 2011. Se acordaba perfectamente. Como para no acordarse.
El show de las drag queens fue la pera. Entre espectáculo y espectáculo ponían música a toda pastilla para bailar. Hasta Pitingo sonó por allí.
La cosa se salió bastante de madre. Acabó todo WISTA bailando en el escenario con las drag queens y el sujeto de la tableta.
A las doce, como cenicientas, la mayoría de las griegas y las españolas volvimos en el autobús al hotel. Tardamos media hora.
Laura y yo subimos a ver la habitación tan estupenda que tiene Mercedes. Charlamos un rato, hasta la una y media.
Cuando volví a mi habitación, Anna-María estaba sola. Se acababa de ir la misma visitante de ayer, no sin antes comerse una chocolatina del minibar. Chocolatina que tiene que reponer de su habitación si no quiere ser griega muerta.

Buenas noches desde Constantinopla.


8 oct. 2015

Una cateta en Constantinopla (Estambul, Día 5)

Hoy o no cantó el moro o yo no me enteré.
Desperté a las siete y veinte con el estómago al 80%, así que sólo comí un par de galletas para no caerme redonda.
Karin y Jeanne también tienen el estómago damnificado, de modo que sospecho que algo raro había en el kebab de pistacho que comimos el lunes junto a Casa Pedro.
Una buena amiga de WISTA Suecia ha colgado en Facebook una foto de los pares de zapatos que ha traído a Estambul. ¡Qué arte! Yo meto nueve pares de zapatos en la maleta y me puedo ir olvidando de ir de compras en el viaje. El año pasado apareció con un número similar
A las ocho y cuarto bajé al hall a registrarme para la conferencia. Me entregaron la tarjeta identificativa y una bolsa llena de quincalla que fui a dejar en la habitación para que no me estorbara el resto del día.
Las holandesas nos hacen un regalo simpático todos los años pero éste han decidido invertir el dinero en una donación para los refugiados sirios.
A las nueve comenzó la reunión de presidentes de países WISTA, con 28 presentes en persona y 2 online desde Australia y Estados Unidos. Duró hasta la una. Comí un poco de arroz blanco con una cucharada de sopa por encima como ayer. La comida con olor me sigue echando para atrás.
A las dos comenzó la reunión general, que duró hasta las siete de la tarde.
Todos los años votamos a la personalidad del año WISTA. Las suizas presentaron a un candidato para el cual pidieron el voto con una chocolatina. Por mí pueden presentar candidatos todos los años, que me los voy a comer con mucho gusto.
Votamos también a la nueva secretaria de WISTA, Despina. A mí me despidieron con una larga ovación de pie. Creo que fue la experiencia más emocionante de mi vida.
Me regalaron la maqueta de un barco como agradecimiento por los seis años que he dedicado a WISTA. Ya puedo decir que soy armadora.
Las alemanas me regalaron chocolate, la delegación polaca chocolate y otro barco. De verdad, de verdad, no sé dónde voy a meter todos los regalos que tengo que llevar de vuelta a casa.
A las ocho empezó el cóctel de bienvenida, una hora más tarde de lo previsto porque la reunión de la tarde se alargó más de la cuenta.
Este año sólo somos cuatro españolasen la conferencia.
Otro subidón de ego. Se me acercaba todo el mundo a abrazarme, a darme las gracias y a decirme lo mucho que me van a echar de menos.
Sobre las diez tomamos al asalto uno de los bares del hotel. Griegas, suecas, noruegas y holandesas, chipriotas y yo. Hubo una batalla de almendras de un extremo a otro del bar que casi provoca nuestra expulsión.
A las once dejamos a las nórdicas continuar con la fiesta. Las demás nos fuimos a dormir.
Anna-María comparte habitación conmigo como alguna vez anterior. Eleftheria no ha podido venir por problemas de última hora.
Cuando ya estábamos duchadas y en pijama, apareció otra griega en pijama con pocas ganas de dormir. La tuvimos hospedada hasta las mil quinientas. 
Buenas noches desde Constantinopla.

6 oct. 2015

Una cateta en Constantinopla (Estambul, Día 4)


En algún momento de la madrugada se oyó en la lejanía al moro cantando. Si era el mismo o diferente, no puedo decirlo porque estaba lejos y lo oí medio dormida.
A las siete me levanté y después de hacer mis abluciones estuve trabajando en asuntos de WISTA sin parar hasta las nueve y media.
El estómago estaba medio bien. Para no arriesgarme decidí no comer nada, aunque pedí a Karin que mangara un plátano del desayuno para comerlo después.
Mi habitación está reservada sin desayuno porque me parece un pecado pagar 30 euros diarios aunque no salgan de mi bolsillo.
A las ocho menos diez de la mañana sonó el timbre de la puerta. Un amable botones me entregó una caja de medio kilo de bombones de parte de la presidenta de WISTA Turquía. Eso es una amiga y lo demás cuento.
A las diez comenzó la reunión del comité ejecutivo de WISTA. Nuestra tesorera no estuvo presente porque tiene una reunión a la que no puede dejar de asistir en Londres. Estuvieron con nosotras la que será mi sustituta, Despina de Chipre, y la que sustituirá a Tosan, Naa de Ghana.
En la sala de reuniones contigua a la nuestra estaban reunidos los de Louis Vuitton. Tenían por allí percheros con ropa y muestras de zapatos.
Detrás de la puerta tuvimos constantemente a tres personas por si necesitábamos algo.
Para aguantar la mañana comí el plátano mangado.
A la hora de comer fuimos al bufet del hotel. Lo mío debe ser de extrema gravedad porque al abrir la tapa del recipiente que contenía el kofte me dio un vuelco el estómago. Y mira que me gusta el kofte. Tuve que contentarme con un poco de arroz blanco con una cucharada de sopa de lentejas por encima para darle un poco de sabor. Ni siquiera pude probar el chocolate de los postres. Gravísima, estoy gravísima.
Después de comer aparecieron dos miembros de WISTA Turquía a traernos unos regalos que pesan como sus muertos. Tengo el mío sin abrir todavía.
Cayeron rayos y centellas durante más de dos horas. El hotel temblaba cada vez que había un trueno. No se veía absolutamente nada en el Bósforo, del cual tuvimos unas vistas increíbles mientras estuvo despejado. No cesaron de pasar barcos arriba y abajo.

A las cuatro terminamos la reunión, pero Despina y yo nos quedamos una hora más para hacer la transferencia de la secretaría de WISTA. Está un poco abrumada con lo que se le viene encima.
Volví a mi habitación a descansar un rato hasta las siete, hora de encuentro para la cena de presidentes de los países WISTA. Nos llevaron en autobús hasta una casa señorial convertida en museo. Mientras esperábamos a que llegara todo el mundo nos dieron un paseo por la exposición de arte moderno. Había una obra que era un montón de polvo azul tirado en el suelo. Otra era un lienzo rasgado por tres sitios. La que más me gustó fue una con unas palmeras hinchables de colores.
Nos dieron de cenar estupendamente. Por si acaso, comí la mitad de cada plato para no despertar al demonio. El entrante eran unas alcachofas con salsa de no sé qué, el plato era pescado con salsa de crema y menta y el postre era una piedra con pelo de oveja por encima y con una bolita de helado de mastiha escondida debajo del pelo.
A las diez y media se dio el festejo por terminado. Yo estaba ya un poco cansada, con ganas de que me trajeran al hotel en silla de ruedas.
Una vez en el hall del hotel, me entretuve un rato largo porque aparecieron Carolina de Italia con su madre y sus dos hijos pequeños a los que reconocí inmediatamente por las fotos de Facebook y Laurence de Suiza. También estuve charlando con nuestra Laura, a la que no pude más que saludar de lejos en la cena cuando llegó directamente del aeropuerto.

Buenas noches desde Constantinopla.