18 sept. 2011

Una cateta en Estocolmo (Día 8)

Me levanté a las ocho y media y terminé de hacer el equipaje. ¿Cómo puede ir la maleta a reventar si no he comprado nada? Es un misterio similar al de la Virgen de Fátima.
Bajé a desayunar a las nueve y media y me encontré con bastantes miembros de WISTA en un estado lamentable. Esto mata a una vaca.
Dos extraños personajes bajaron a desayunar para regocijo de todas. Conclusión tras largo debate: es una bata con piernas. Bajaron a desayunar en bata, descalzas, sin peinar. Suecas. Hasta las once estuve en el comedor charlando y despidiéndome de todo el mundo. Subí a buscar la maleta y me fui con dos turcas al aeropuerto de Arlanda en taxi. Sale más barato que el tren cuando son dos personas o más. Tardamos una media hora en llegar.
Había un Jumbo aparcado en medio del campo. Nos dijo el taxista que era un hotel.
Nos separamos para facturar. En el mostrador de Iberia había una pareja joven, él español y ella sueca, con un bebé y seis maletas. Tardaron exactamente 20 minutos en facturar el equipaje. También había una familia de sudamericanos con tres enormes maletas envueltas en plástico cada uno y una caja de cartón. A ese ritmo no me quedaba claro si íbamos a poder despegar o nos iba a pasar como al barco del museo Vasa.
Cuando dejé mi maleta llegaron Sara y su marido, que volaban conmigo. Estaban hospedados en un hotel diferente, por eso no fuimos juntos al aeropuerto.
Pasamos el control de seguridad sin ser cacheados. Se me debe de estar poniendo cara de ciudadana honrada porque ya van varios viajes que no me tocan.
Nos sentamos a comer unos bocadillos de salmón. Aparecieron Carmen, Laura y Sonia, que volaban a Barcelona. Estuvimos todos juntos un rato y luego nos levantamos a ver las tiendas. Sólo compré un libro. Vuelvo con bastantes coronas sin gastar. Espero que el banco me las cambie porque no tengo intención de volver por allí si puedo evitarlo.
Laura compró a sus dos niños unos caballitos de Dala.
Diez minutos antes de la hora fijada para el embarque estábamos entrando en el avión. Estos suecos son la pera. Finalmente no pudieron salirse con la suya y tuvimos un retraso de quince minutos porque tres pasajeros que habían facturado su equipaje no aparecieron y hubo que bajar sus maletas por motivos de seguridad. Me pregunto qué rayos estaban haciendo perdidos por el aeropuerto sin embarcar. ¿Comprando caballitos de Dala?
Se te tiene que quedar una cara de idiota impresionante cuando pierdes el avión estando en el aeropuerto.
Como el vuelo iba lleno de españoles y sudamericanos, había niño gritando, niño con cara de indio peruano correteando por el pasillo y españoles de pie charlando en el pasillo. Yo me incluyo en esta última categoría. Me levanté a hablar con Sara y Carlos, que iban sentados tres filas por delante de mí.
Un argentino con mucha labia, como todos los argentinos, comentaba que no le extrañaba que los suecos se suiciden tanto con el carácter que tienen.
El señor que iba sentado a mi lado se quedó dormido abrazado a su iPad. Entiendo que le tengas cariño al iPad, pero de ahí a abrazarlo hay un trecho.
Aterrizamos en Madrid a las siete. Nos dieron un paseo por todo Barajas antes de parar el avión, de modo que cuando bajamos eran casi las siete y veinte.
Nos sentamos en una cafetería y al cabo de unos veinte minutos nos despedimos porque ellos tenían que tomar el vuelo a Valencia.
Estuve dando vueltas por las tiendas sin encontrar nada que mereciera la pena. Cené en MacDonalds (a otros les da por beber) y fui a la T4 Satélite en el trenecito subterráneo. No me gusta nada esa terminal. Se puede rodar una película de miedo allí. No hay casi nadie y está todo demasiado limpio y brillante.
No he hecho el viaje de vuelta con la misma compañía que hice el de ida porque el vuelo salía a las seis de la mañana. Hubiera supuesto ir de la fiesta de ayer directamente al aeropuerto, y una ya está muy mayor para esos trotes.
A las 22:50 exactamente, como si fuéramos suecos, salimos de Madrid. Un grupo de unos veinte religiosos católicos, algunos con hábito pero todos con sandalias, viajaban sentados a mi alrededor. Venían de Roma. Todos llevaban teléfono móvil y ordenador portátil. “No nos va a pasar nada. Vamos protegidos.”, pensé. “Eso sí, si nos estrellamos, lo único que tengo que hacer es agarrarme a la cola del hábito de uno de ellos y subo para arriba echando viruta.”
Un momento antes de aterrizar en Sevilla, una chica sentada con sus padres se empezó a poner mala. Vomitó y se mareó. Su madre se puso a llorar. Las azafatas pidieron por megafonía un médico y apareció una chica tan joven como la enferma. Le estuvo haciendo preguntas y pidió que le trajeran una Coca Cola. Repito, una Coca Cola (mensaje para los que me dicen que la Coca Cola no es buena).
Entonces fue cuando me empecé a poner mala yo de ver a tanta gente de pie estando a punto de tocar suelo: tres azafatas, la médico y el padre.
Si hubieran necesitado darle la extremaunción lo hubiéramos tenido bastante fácil con tanto cura a bordo, pero no se dio el caso.
Volvieron todos a sus asientos justo a tiempo y aterrizamos suavemente.
Mi maleta salió de las primeras.
Mi taxista favorito me estaba esperando puntualmente, como si fuera sueco.
Llegué a casa poco después de la una y literalmente me arrojé a los brazos de mi cama.
Al caminar por el pasillo de casa rompí con la cara una telaraña. ¿Tanto tiempo he estado fuera?
Próximo destino: curioso lugar al que nunca se me ocurriría ir por voluntad propia.

17 sept. 2011

Una cateta en Estocolmo (Día 7)

Después de acostarme ayer a las cuatro, decidí no levantarme temprano y, por primera vez, llegar tarde a las conferencias de la mañana. Me levanté a las nueve menos cuarto. A las nueve y media estaba sentada escuchando terminar al primer ponente. Al entrar me encontré en la última fila a una sueca descalza, con los zapatos perfectamente colocados debajo de su asiento y tomándose un café. Como si estuviera en el salón de casa, más o menos.
No fui la única en llegar tarde. En el ascensor bajamos varias junto con un crío de unos ocho años, rubio platino y con unos ojos azules preciosos. A esa edad ya hablan inglés perfectamente. Aquí todo el mundo habla inglés perfectamente.
Hablando de niños, este año tenemos tres con nosotras. La presidente de WISTA Emiratos Arabes ha venido con su hija de ocho meses, una nigeriana con un muñeco precioso y una de las suecas estuvo por la sala acunando esta mañana a un recién nacido.
La sesión duró hasta las doce y media, hora en que se dio por clausurada la conferencia oficialmente.
Salimos pitando a cambiarnos de ropa porque a las doce y cuarenta y cinco minutos salíamos para las excursiones. Había varias opciones: visita al puerto por mar, visita al museo Nobel, visita al museo marítimo y The Millenium Walk, que consistía en recorrer las zonas de Estocolmo que aparecen en los libros de Stieg Larsson. Yo hice la visita al puerto por mar.
Salimos desde el embarcadero junto al Museo Vasa en un antiguo barco de vapor de 1903, ahora reconvertido a fuel. En la cubierta de abajo tenían un restaurante donde comimos estupendamente. De primero sirvieron salmón ahumado y de segundo una albóndiga del tamaño de una pelota de tenis acompañada de puré de patatas y salsa de arándanos. Bebimos agua ♫ ♪loka loka loka ♫ ♪. Simplemente delicioso.
Durante el trayecto un representante del puerto de Estocolmo nos fue explicando detalles de las terminales que íbamos pasando.
Nos dejaron sin postre. Algo habríamos hecho.
Subimos a la cubierta superior, donde hacía algo de frío, y estuvimos viendo Estocolmo desde el mar.
A las cuatro nos volvieron a dejar en el embarcadero desde el que salimos y volvimos al hotel caminando, sin pasar por el cementerio como ayer.
Subimos a una de las habitaciones y estuvimos charlando hasta las seis.
Nos fuimos a vestir para la cena de despedida en Wallmans Salonger. Salimos en autobús exactamente a las siete menos cuarto, según programa.
Wallmans Salonger es una sala de fiestas donde ofrecen cenas con música en directo. Un grupo de cantantes estuvo animando aquello. Ellos mismos nos sirvieron la cena: pasta de marisco, solomillo de ternera con Bovril y patatas con crema de nata. De postre, un vaso con chocolate y mouse de café.
Cuando cantaban en sueco parecía aquello el festival de Eurovisión. Eran muy buenos y muy marchosos. El baile se puso en marcha entre plato y plato.
El marido de una de las miembros de WISTA Suecia, impresionante ejemplo de la fauna autóctona, estuvo charlando un rato en la mesa de la delegación española.Hay ejemplares similares a cientos por la calle. Es otro de los atractivos de Estocolmo. El número de tíos buenos por metro cuadrado es mayor de lo habitual en otros países.
A las doce salió el primer autobús y en ese aproveché para volver.
Estuve charlando en el hall con varias de las griegas y algunas turcas. Enseguida nos despedimos porque estábamos todas derrotadas.

Buenas noches.

16 sept. 2011

Una cateta en Estocolmo (Día 6)

Me levanté a las siete y bajé a desayunar a las ocho. A las nueve en punto comenzaron las sesiones. Conferenciantes bastante interesantes durante la mañana. Muchos iPads a mi alrededor.
Comenzó la sesión con el discurso de apertura del Secretario General de la OMI (Organización Marítima Internacional), el Sr. Mitroupoulos. A nivel internacional es la mayor autoridad en el sector marítimo, el que corta el bacalao, así que fue un honor poder sacarme una foto con él (foto 1), pero sin poner caras. Su mujer, que es holandesa y un ejemplo de elegancia y educación, habla perfectamente español. La conocimos el año pasado en Grecia.
A las doce y media en punto nos dieron de comer en el restaurante. Hoy había pescado, ternera con una salsa riquísima y sopa de color verde con objetos desconocidos flotando. De postre unos deliciosos pastelitos de chocolate, macedonia de frutas y yogur.
Las sesiones de la tarde eran grupos de trabajo sobre distintos asuntos. Yo escogí uno sobre nuevos combustibles para los buques, que fue lo que más interesante me pareció. Uno de los conferenciantes nos contó que en Goteborg hay camiones Volvo funcionando con gas natural.
A las cuatro nos reunimos un rato las miembros del comité ejecutivo y luego nos dispersamos. Recibí un SMS informando de un encuentro informal en una de las habitaciones y allí fui rauda y veloz a sentarme. Salimos de excursión por los pasillos a visitar habitaciones para comparar y ver quién tenía la peor. Como no tenemos cajones, hay dos turcas que han decidido utilizar la nevera como armario. Yo no tengo nevera, pero tengo caja fuerte, que las turcas no tienen. Por cierto, las dos griegas que en Estambul pidieron una habitación más grande estaban ayer en recepción reclamando un sitio donde guardar su ropa. Han venido con dos maletas grandes cada una, y se quedan sólo cuatro días.
A las seis y cuarto nos fuimos a arreglar. Habíamos quedado en recepción a las siete menos cuarto en punto, ni un minuto más, para ir a la cena de gala. Este año se celebra el jueves en lugar del viernes porque las suecas consideran que los patrocinadores no deben perder la noche del viernes con nosotras.
No había salido del hotel en todo el día, así que los doce grados que había en la calle me dieron en la cara como una bofetada. El trayecto duró unos ocho minutos andando. Las suecas nos llevaron por un atajo que atravesaba un cementerio. Lo juro. Quedó decidido en aquel momento por unanimidad que la vuelta la haríamos en taxi.
Llegamos al Museo Vasa. Vasamuseet es un museo construido para contener un solo objeto, un espectacular galeón del siglo XVII que se hundió a la salida del puerto de Estocolmo el día de su viaje inaugural. Le metieron tantos cañones que no resistió el peso y se fue a pique. Lo construyeron en dos años y se les hundió en dos minutos.  En 1956 lo encontraron y decidieron reflotarlo. Los tres palos del barco sobresalen por el tejado. Las mesas para la cena estaban dispuestas junto a la proa del barco. Primero nos dieron un paseo con guías.
En las cenas de gala no nos dejan sentarnos donde queremos. Nos distribuyen intentando que no coincidamos con gente del mismo país. Mi mesa era sólo de 8 personas y estábamos una turca, una griega, una norteamericana, una finlandesa, una nigeriana, una sueca, un sueco y yo. Cuando hay un hombre es porque es uno de los conferenciantes, uno de los patrocinadores o el marido de alguna miembro. El nuestro se me sentó al lado y empezó muy serio pero lo fuimos metiendo en vereda y acabó riéndose.
El menú: sándwich abierto de marisco con bicho encima. Reno a la brasa. Sí, reno. Parfait de cloudberry (como las moras, pero en amarillo) y galleta de harina de avena. Definitivamente, estas navidades nos vamos a comer una mierda. Papá Noel se va a cabrear cuando se entere de que nos hemos comido a Rudolph con nariz y todo.
Entre plato y plato sirvieron unos licores y la presidenta de WISTA Suecia nos obligaba a cantar una estrofa de una canción, brindar y beber. Nos habían dado previamente la letra para que nadie se escaqueara. Parece ser que aquí es normal hacer esas cosas. Les seguimos la corriente, aunque yo con agua del grifo.
Hacía un frío siberiano allí dentro. Aunque nos habían advertido previamente de que la temperatura del museo es baja para conservar la madera del galeón, hubo quien apareció con vestido de tirantes y sandalias. Yo me puse una camiseta gorda debajo de la ropa y estuve estupendamente.
Al terminar la cena nos mandaron pasar a la cafetería del museo. Allí había una orquesta con todas las de la ley. Nos tocaron canciones de Abba, que para eso estamos en Suecia. El baile duró exactamente una hora.
Tal y como acordado, tomamos un taxi para volver. Subimos a una de las habitaciones a charlar unas cuantas y estuvimos hasta después de la dos, cuando la dueña del cortijo empezó a bostezar y nos echó. En la habitación de al lado hay una danesa a la que no conocemos de nada pero sabemos que tiene una paciencia infinita porque es imposible que pueda dormir con las carcajadas.

Buenas noches.

15 sept. 2011

Una cateta en Estocolmo (Día 5)

Desde que llegué el sábado estoy intentado averiguar qué es eso del Síndrome de Estocolmo. De momento no lo sufro, porque me encuentro estupendamente. Me miro al espejo y no me noto nada raro, más raro de lo raro habitual.
Después de dormir fatal y dar mil vueltas por motivos desconocidos, salí de la cama a las siete menos cuarto. Bajé a desayunar a las siete y media. Enseguida tuve que irme a la sala de conferencias para preparar las reuniones de hoy: mesa redonda con las presidentes de los distintos países y, después de comer, asamblea general de WISTA. No os voy a aburrir con los detalles porque son verdaderamente aburridos. Sin embargo, puedo decir que no se nos durmió nadie como el año pasado. Cierto es que no había ninguna miembro mayor de 80 años como en aquella ocasión.
Llegaron las otras cuatro miembros de WISTA Spain que han venido a la conferencia. Desde que el sábado por la mañana me dejó mi taxista favorito en el aeropuerto, no había hablado español con nadie, así que en el descanso para tomar café aproveché para resarcirme. Hay unas cuantas americanas con apellidos hispanos y a todas, una por una cuando se presentaban, les fui diciendo: “Con ese apellido tienes que hablar español”. Y, efectivamente, lo hablaban.
Hay mucha gente conocida este año en la conferencia. En la foto estoy con las hermanas griegas Bezantakou, dos fuerzas de la naturaleza que no saben sacarse una foto sin pegar la cabeza. Debo de tener diez o doce fotos así con ellas.
Comimos a las doce y cuarenta y cinco minutos exactamente. Fue de nuevo un bufet. Esta vez comí pescado con una salsa riquísima y ensalada. No tenía mucha hambre ni tampoco mucho tiempo.
A las dos de la tarde comenzó la asamblea general. La presidenta de WISTA Suecia nos cronometró durante la reunión para que no nos pasáramos de la hora. Lo del cronómetro es verídico. Tenía el iPhone en la mano y lo ponía en marcha cada vez que una ponente salía a hablar.
Hoy tuvimos elecciones. La nueva presidente de WISTA es una holandesa; una nigeriana es nueva miembro del comité ejecutivo y yo salí reelegida secretaria por otros dos años. Dejan el comité la presidenta griega y una miembro sueca.
Se decidió por unanimidad que la conferencia del año que viene se celebre en París en el mes de octubre. Iba a ser en Alejandría, pero por razones obvias es mejor no aparecer por allí de momento.
A las seis menos veinte finalizó la reunión y salimos pitando a arreglarnos porque a las seis y media salían los autobuses para la cena. Como hay varias que están en otro hotel no muy cerca, decidieron dejar los trastos en mi habitación y salir directamente desde aquí para la cena para no perder tiempo. Fueron apareciendo más miembros y en un momento mi habitación pareció el camarote de los hermanos Marx. Quiero aclarar que ninguna de nosotras tiene bigote.
Salimos de allí en tropel para sorpresa de aquellas que estaban esperando el ascensor. Recogimos a otra griega en su habitación y bajamos corriendo. Seis y veintiocho minutos. Estas suecas no esperan.
El recorrido hasta la Casa de la Nobleza fue bastante breve. Nos ofrecieron allí un cóctel consistente en: cuatro canapés de queso, cuatro canapés de crema de pescado y cuatro canapés de carne de Rudolph. Seguro que estas Navidades no cae ni un solo regalo, por habernos comido al reno de Papá Noel.
Hay una sueca que aparece todos los años con el traje nacional, y éste no iba a ser menos. El detalle de los caballitos de Dala colgando del cuello es nuevo.
La Casa de la Nobleza, un edificio de estilo clásico construido en el siglo XVII tiene varios salones enormes en la planta baja. Las paredes están cubiertas por retratos a tamaño natural de señores nobles de entonces. Es un poco tétrico.
Los baños estaban en el sótano, después de bajar unas escaleras de piedra y dar varias vueltas por un laberinto de pasillos. Cuando estuve por allí acababan de sacar a una holandesa que se había quedado encerrada cincuenta minutos antes y a la que nadie oía cuando aporreaba la puerta pidiendo socorro.
A las nueve en punto salió el primer autobús de vuelta al hotel. Llovía.
Lo primero que hicimos al entrar en el hotel fue ir el restaurante para cenar algo. Nos atendió una chica amabilísima que hizo todo lo posible para satisfacer nuestras necesidades. “Tú no eres sueca, ¿verdad?”, le pregunté. “Bueno, más o menos, me crié en Ecuador”. Evidente, no podía ser sueca de verdad una persona tan amable y sonriente.
Se nos unieron al grupo dos griegos amigos de mis amigas griegas. Uno de ellos es agregado militar en la embajada griega. Espía, seguro. Incluso llevaba un Omega como James Bond. El otro está pasando unos días en su casa y hablaba por los codos.
Después de cenar nos unimos a la fiesta que las holandesas tenían montada en el bar del hotel. Es habitual que las holandesas monten una fiesta escandalosa allá donde vayamos. Estaban todas bailando como locas. Yo, como no bailo, me quedé un rato charlando y me fui en un momento en que estaban todas despistadas, porque si digo que me voy no me dejan.

Buenas noches.

13 sept. 2011

Una cateta en Estocolmo (Día 4)

Seis de la mañana. Entraba por las rendijas de las cortinas una luz como si fueran las tres de la tarde. Metí la cabeza debajo de la almohada e intenté dormir hasta las siete y media con bastante poco éxito. Voy a poner una fábrica de persianas en Goteborg y me voy a hacer de oro.
Me levanté y bajé a desayunar. Fueron bajando el resto de miembros del comité ejecutivo. Nos faltaba nuestra presidenta, que mandó un mensaje ayer por la noche explicando que un virus estomacal le impedía volar. Entre nosotros, que se fue por la pata abajo y no se podía mover del cuarto de baño. En algún momento del día de hoy tiene que aparecer por aquí.
El desayuno era similar al del otro hotel, así que todo bajo control.
A las nueve comenzamos la reunión, en una sala muy acogedora con grandes ventanales desde los que podíamos ver el día tan asqueroso que hacía. Nublado, ventoso y lluvioso. Finales de Noviembre para nosotros.
Estuvimos reunidas hasta las doce, hora en la que fuimos al restaurante del hotel a comer de bufet. ¡Qué rico todo! Había unas hamburguesas gordas de ternera que tuvimos que compartir entre dos, salsa de arándanos, patatas asadas, crema de champiñones con pipas de girasol flotando, tomates y arroz de varios tipos. De postre, mini brownies con salsa de chocolate.
Reanudamos la reunión a la una y cuarto. A las dos y media vino la presidenta de WISTA Suecia para tratar de asuntos de la conferencia. A las cuatro y media dimos por finalizada la reunión.
Subí a la habitación a descansar un rato pero no pudo ser porque ya habían llegado mis amigas Eleftheria y Anna-María de Grecia. Estuvimos en su habitación, que es el doble de grande que la mía y tiene un armario de verdad, aunque sin techo. Me metí dentro para comprobar si podía esconderme, pero tampoco. Se te ve desde fuera perfectamente porque en lugar de puerta tiene unas cortinillas amarillas caladas y se ve todo.
Se unió a nosotras Nuvara de Turquía y estuvimos allí charlando y comiendo galletas hasta las seis y media.
Nos arreglamos rápidamente porque a las siete y diez exactamente estábamos citadas en la entrada para ir a cenar con las suecas. Con las suecas no se juega, de modo que estábamos allí todas a la hora en punto, ni un minuto más. La cena de hoy era sólo para presidentas y miembros del comité ejecutivo. Entre otras, estaba la presidenta de WISTA Emiratos Arabes, que el año pasado en Atenas estaba embarazadísima y este año ha venido con su marido y su bebé de ocho meses.
Nos llevaron andando hasta el restaurante. Tardamos cinco minutos. No llovía y tampoco hacía demasiado frío, como unos 12/15 grados.
Descubrí la embajada española por el camino. Nosotros, más chulos que nadie, estamos en una de las zonas más caras de Estocolmo, en un chalet enorme. En este lugar se celebró la Expo de 1930. Quedan aún en pie los chalecitos, que ahora son en su mayoría restaurantes. Cenamos en uno de ellos.
El menú consistió en un bufet con arroz mezclado con frutos secos (riquísimo), unos pastelitos de salmón con verdura, pollo, ensaladas varias y pinchitos vegetales. De postre, una escandalosa tarta de frambuesas y otra de chocolate con frutos secos. Mortal.
La presidenta de WISTA Francia, sentada enfrente de mí en la foto, salió a la puerta a fumarse su habitual puro. Tendríais que verla con qué estilo se los fuma. Me río yo de Sara Montiel.
A las nueve y media en punto finalizó la cena. Seguro que lo tenían programado, no me cabe duda.
Volvimos al hotel y nos despedimos enseguida. La mayoría ha viajado hoy y estaban todas reventadas.
Según el ascensor, la planta baja está en el piso 2, yo estoy en el piso tres, que en realidad es el 1, y la presidenta de WISTA Holanda dice que su habitación está en las mazmorras, porque tiene que bajar desde recepción a lo que, según el ascensor, es el piso 1.
Mañana comienza la conferencia en sí. Vienen delegadas de 28 países diferentes. Somos 220 este año.

Buenas noches.

12 sept. 2011

Una cateta en Estocolmo (Día 3)

Desperté y no me molesté en averiguar la hora. Di media vuelta y seguí durmiendo. Aguanté hasta las siete y media en la cama. Puse las noticias de la BBC y las vi cuatro veces hasta que me cansé y apagué la tele.
Bajé a desayunar. Mismo plan de ayer, pero ya iba yo preparada para escoger tipo de leche, tipo de cereales, tipo de yogur, tipo de pan y tipo de mermelada. Di buena cuenta de las galletas. ¡Qué galletas, qué galletas!
Volví a la habitación a cerrar el equipaje y dejé la maleta en recepción. Hoy me traslado al hotel donde se va a celebrar la conferencia anual de WISTA. Está lejos del centro, por eso no me he hospedado allí desde el principio.
Salí a la calle y me encontré con que llovía violentamente. No hay otra manera de describirlo, violentamente. Y yo sin paraguas.
En la puerta del hotel había un taxi eléctrico enchufado a la corriente. Estos suecos están obsesionados con la ecología, el reciclaje y la comida orgánica. Leche orgánica, cereales orgánicos, tomates orgánicos. Son la pera estos suecos. En la habitación del hotel hay un cubo de basura con tres compartimentos para reciclar. Vas por la calle y no hay un solo papel por el suelo, ni una caca de perro, nadie se salta un semáforo, no tocan el claxon, no corren, no gritan, están muertos.
Como no me iba a quedar en la puerta del hotel todo el día esperando a que parase de llover, me lancé en dirección a la zona comercial. En Estocolmo parece que no hay cornisas donde guarecerse. A mitad de camino tuve que meterme en una galería comercial. Entré en Zara, por hacer tiempo. Nunca entro en Zara cuando salgo al extranjero. Aluciné. Un chaquetón que estuve mirando en España hace cuatro días y que costaba 49 euros, aquí cuesta el equivalente a 74. Probablemente los precios españoles sean demasiado baratos para Suecia. Se dice que cuando Zara abrió tienda en París, en La Madeleine, donde están las boutiques caras, nadie entraba porque los precios del escaparate eran muy bajos. Los subieron y se les llenó la tienda de gente.
Me lancé de nuevo a la calle. Al cabo de cinco minutos me corría el agua por la cara, por las gafas, por las orejas. Llegué por fin a NK, unos grandes almacenes de lujo, y busqué el cuarto de baño soñando con un secador de manos de esos que echan viento caliente. Pues no, fui a dar con el único cuarto de baño de Suecia donde en lugar de secador de viento había una de esas toallas enrolladas de las que vas tirando y se va enrollando y misteriosamente sigue saliendo un trozo de toalla limpio cada vez que tiras. Como no había nadie a la vista, tiré de la toalla todo lo que pude y me sequé la cabeza y la cara. Me peiné como pude y volví a adquirir un aspecto medianamente respetable.
Recorrí los almacenes sin tocar nada porque era todo muy caro. Encontré una cafetería de esas que parece que estás en el salón de casa, con butacas, sofás, mesas altas y mesas bajas y gente compartiendo sitio como si se conocieran de algo. Pedí un chocolate caliente y me lo dieron con nubes flotando. Había wifi, así que me entretuve un rato con Facebook y el correo electrónico. Me fijé que todo el mundo tiene Macs de 13 pulgadas.
Me asomé a la calle. Había dejado de llover. Salí a dar un paseo por la calle peatonal Drottninggatan, pero por el tramo que no había visto el sábado por la tarde. Entré en muchas tiendas. Estuve en una especie de chino gigante pero en versión sueca, de diseño. Se llama Clas Ohlson y vende de todo, desde hachas a fundas para el iPad. Todo a precios estupendos. Le compré una funda nueva a mi iPhone, que la que tenía se estaba cayendo de vieja. Antes, en otra tienda, tuve en la mano una funda preciosa de piel suavísima. Se le cayó una etiqueta de dentro. “Fabricado en Ubrique”. No, no he venido a Suecia a comprar una funda para el iPhone hecha en Ubrique, así que la dejé allí.
Después de ver todas las tiendas empecé a buscar dónde comer. Decidí volver a la cafetería de NK y comer una ensalada César que había visto por la mañana. Normalmente, cuando pides una de esas ensaladas, ves que todo lo rico está encima y debajo sólo hay lechuga. En este caso había cosas ricas por arriba y por abajo. Es que estos suecos son muy legales.
Después de comer di un paseo. Había salido el sol como si no hubiera llovido nunca. Temperatura: 16ºC.
A las cuatro decidí acercarme a visitar el parque enfrente del hotel, Humlegarden. Allí está la biblioteca nacional. Estaban todos los suecos puestos al sol, paseando a sus suequitos y a sus perros.
A las cinco recogí la maleta del hotel y subí a un taxi en la puerta. “Vamos al hotel Scandic Hasselbacken”, le dije. Miró para mí y se quedó como si le hubiera mandado ir a la luna. Saqué la hoja donde tenía escrita la dirección, se la enseñé, le dije que estaba entre el museo Vasa y el parque de atracciones Gröna Lund, tuvo que venir otro taxista a explicarle el camino y por fin arrancamos. Ahí fue cuando le pregunté de dónde era. “Kurdo”, me contestó. “Ave María Purísima”, pensé yo.  A ver dónde acabamos el kurdo y yo. A los cinco minutos nos dimos cuenta el kurdo y yo de que por allí no se iba al hotel Hasselbacken. Paró el taxímetro, paró el coche y puso en marcha el navegador, que era lo primero que tenía que haber hecho. Apuntó la dirección con bastante dificultad y seguimos la ruta que indicaba el aparato. Llegamos enseguida, pero el kurdo no tenía muy claro que había llegado porque me miró y me preguntó: “¿Aquí?”. Sí, hijo, sí, aquí era.
Me bajé del taxi, hice el registro en recepción y subí a mi habitación en la primera planta, aunque en el ascensor dice que es la tercera. Da a la parte de atrás del hotel pero no me quejo porque es muy tranquila.
A los cinco minutos tuve que volver a bajar para pedir más perchas, un mando a distancia nuevo para la tele y las claves para acceder a internet. El armario es tan pequeño que no te puedes esconder dentro. No caben los zapatos, no tiene estanterías, no tiene cajones. Me río yo de las que llegan mañana y comparten habitación. Estoy pensando en dos griegas que en Estambul tuvieron que pedir una habitación más grande porque no les cabía la ropa en el armario. Mañana se van a enterar de lo que es un armario de diseño.
La ventana no se puede abrir del todo. Tiene un tope de cuerda. No lo entiendo. En Nueva York tampoco podíamos abrir el balcón pero tiene su explicación, a la gente le da por tirarse. Aquí no creo que sea el caso. Lo más que puede pasar es que aplaste las hortensias que hay abajo.
Tuve que ponerme a planchar porque toda la ropa estaba hecha un trapo, después de pasar tres días dentro de la maleta y vivir la terrible experiencia de ser prensada y venir en un carro de heno.
A las seis y media llegó Nuvara, la turca. Estuvimos charlando un rato en su habitación y decidimos salir a dar una vuelta. Como en esta isla sólo hay museos, un circo en la acera de enfrente y el parque de atracciones, decidimos tomar un barquito hasta Gamla Stan, la isla más antigua. Tardamos ocho minutos en llegar y estuvimos dando un paseo. Oscureció enseguida. Fue chulísimo, porque empezaron a encenderse las luces de los ventanales de las casas y quedaba precioso.
Encontramos un restaurante italiano muy bonito y cenamos allí una pizza entre las dos. Al salir, volvimos a dar otro paseo hasta el Palacio Real, la catedral y las callejuelas de los alrededores. Aunque no había mucha gente, la sensación de seguridad era total.
Caminamos de vuelta al embarcadero y tomamos el mismo barco. El cobrador estuvo charlando con nosotras todo el camino. Es el primer sueco simpático que encuentro. Según Nuvara es que no era sueco, porque no era rubio ni antipático.
A las diez menos cuarto estábamos de vuelta en el hotel.
Mañana a las nueve tenemos la reunión del Comité Ejecutivo, así que hay que levantarse pronto.

Buenas noches.

11 sept. 2011

Una cateta en Estocolmo (Día 2)

Desperté a las cinco y cuarto. Volví a dormirme. Desperté a las seis y media. Volví a dormirme. Desperté a las siete y media y ya no volví a dormirme.
Cuando me lavé la cara sufrí parálisis facial durante unos segundos debido a la temperatura del agua. No hay que olvidar que el Artico está un poco más arriba y algo de hielo tiene que venir mezclado con el agua del grifo.
Patricia me mandó un mensaje preguntando si había visto algo raro en mi cuarto de baño. Cuando ella estuvo en Estocolmo, tenía un abridor de botellas pegado a la pared. Pues bien, yo también. No lo entiendo. A los hoteles se viene a dormir, no a montar botellones.
Una vez recuperada parte de la gestualidad de mi rostro y convenientemente vestida, bajé a desayunar. Cinco tipos de leche, seis tipos de cereales, cuatro tipos de galletas, ocho tipos de panes. Yo así no puedo empezar el día, tomando decisiones tan serias a tan temprana hora. Hice lo que pude, abandonando la idea de probar el caviar y las anchoas. El momento de elegir zumo y mermelada también fue problemático. Hay frutos rojos cuyos nombres no había oído en mi vida. Las galletas deliciosas.
Volví a mi habitación a sentarme un rato para recuperarme y enseguida inicié la jornada. Fui caminando hasta Strömkajen, el muelle donde se pueden tomar los barcos turísticos. Escogí una ruta llamada “Bajo los puentes de Estocolmo”. Salimos a las once. Hicimos una pequeña escala en Nybrokajen para coger más pasajeros y partimos. El barco era como los que usan en París y que llaman “bateau mouche”, barcazas muy bajas acristaladas. Esta tenía una zona descubierta en la parte trasera. Allí me senté valientemente porque era el lugar con mejores vistas, pero también el más expuesto al viento. Tuve que abrocharme el chaquetón hasta arriba para no morir allí petrificada. El paseo mereció la pena. Duró casi dos horas y recorrimos todas las zonas importantes de Estocolmo. Había montones de barcos navegando: fuerabordas, lanchas de madera, barquitos de vapor, veleros. Pasamos por dos esclusas que separan el Báltico de los fiordos.
Al bajar del barquito, en el mismo lugar donde lo cogí, fui hasta Gamla Stan, la isla más antigua de Estocolmo. Allí está el Palacio Real, donde tuve ocasión de ver el cambio de la guardia. Aparecieron desfilando con banda de música. Fue muy chulo.
Entré en Storkyrkan, la catedral. Creo que no había entrado nunca antes en una iglesia luterana. No morí fulminada por un rayo ni nada parecido. Había una estatua enorme de San Jorge luchando contra el dragón, un velero colgando del techo y tres pantallas planas mostrando imágenes de un dormitorio. La explicación de esto último estaba escrita en un panel en sueco, así que me quedé sin saber de qué iba aquello.
Empecé a sentir hambre, así que busqué un lugar para comer. Es duro esto de no hablar sueco. En las puertas de los restaurantes todos los menús estaban en ilegible, así que no me atreví a entrar en ninguno. Llegué a Stortorget, una plaza preciosa con edificios del siglo XVII. Más restaurantes y más menús en sueco. Por fin encontré uno donde entendí que tenían sopa de gulasch con pan y queso. Perfecto para entrar en calor. Le sumé un trozo de tarta de chocolate y casi reviento de gusto.
Al salir del restaurante entré en Tyska Kyrkan, una iglesia alemana de la época de influencia hanseática. Muy bonita.
Busqué la calle Västerlanggatan, que atraviesa el casco antiguo y está llena de tiendas. Todos los edificios son de unas tres o cuatro alturas, con las fachadas lisas, en colores rojizos o amarillentos y muchas ventanas.
Igual que en Francia las calles se llaman “rues”, aquí se llaman “-gatan”. Es un poco difícil quedarse con los nombres porque son larguísimos y complicados de pronunciar. Tengo que ir mirando continuamente el mapa para saber de dónde vengo y a dónde voy, aunque es bastante fácil orientarse por aquí.
De Västerlanggatan sale la calle más estrecha de Estocolmo, Marten Trotzigs Gränd, con unos 90 cm de ancho. Lo de Gränd debe ser de broma.
En las tiendas de Vásterlanggatan vendían mucho diseño sueco y artesanía. Los típicos zuecos suecos (leer quince veces seguidas: zuecos suecos zuecos suecos zuecos suecos zuec….. vale), los caballitos rojos de madera que se llaman caballos de Dala, mucho jersey de lana con dibujos nórdicos, camisetas, renos de plástico y ámbar con y sin bicho dentro.
Después de recorrer la isla de cabo a rabo me fui andando a la isla de al lado, Skeppsholmen. En otro tiempo fue una base naval. Ahora es un centro cultural. Hay varios museos, mucha zona verde y embarcaderos. En uno de ellos está af Chapman, un antiguo carguero que ahora usan como albergue juvenil. Le pedí a un sueco que me sacara una foto estando en cubierta y el tío intentó hacerse el sueco. No me dejé intimidar e insistí hasta que, de mala gana, me la hizo. He decidido que la única persona que me cae bien de este país es Pippi Calzaslargas.
Accedí a otra pequeña isla cruzando un puentecito. Kastellholmen, rodeada de rocas y acantilados, alberga un pequeño castillo del siglo XVII. Silencio total. Lo único que se oía desde allí eran los gritos provenientes de la isla de enfrente, donde está Gröna Lund, un pequeño parque de atracciones al borde del agua. Hay que estar muerto para no gritar subido a aquellos chismes. El tiovivo está tan pegado al agua, que si se te escapa un zapato puedes ir despidiéndote de él. Hay una montaña rusa donde los vagones giran sobre sí mismos a la vez que bajan por las pendientes. Otra atracción es una caída libre desde una altura impresionante.
De vuelta a Skeppsholmen, en el lado este de la isla había montones de barcos atracados de proa (en batería si fueran coches). Casi todos son viviendas. Muchos tenían un cartel a pie de escala dando datos, como las dimensiones, el año de construcción y alguna curiosidad. La mayoría datan de los años 20. Había bastante ambiente por allí. Una banda de música folk tocaba usando la caja de un antiguo camión Volvo como escenario. Unos artesanos enseñaban cómo hacer un barco de madera, otros cómo hacer un nido para pájaros.
Eran casi las seis de la tarde cuando salí de allí. Fui paseando hasta Kungsträdgarden para sentarme un rato frente al estanque y descansar los riñones.
Al cabo de un rato decidí volver al hotel, muerta-cadáver.
Me tiré en la cama, puse la tele en el único canal que entiendo, BBC Internacional, y me dispuse a ver quince veces seguidas los mismos reportajes sobre el 11 de Septiembre. Recomiendo esta cadena de televisión para torturadores. Si dejas la tele encendida, ves cómo repiten una y otra vez lo mismo.
Cené un yogur gigante de frutos del bosque que compré de camino al hotel y ahora estoy escribiendo esto y a punto de meterme en la cama.
Tengo la lengua pastosa. Me quemé con la sopa de Gulasch.

10 sept. 2011

Una cateta en Estocolmo (Día 1)

Seis y media de la mañana. Suena el despertador y casi salgo de la cama bailando. No me pasa lo mismo cuando me molesta para ir a trabajar. Curioso.
A las ocho menos cuarto tenía a mi taxista favorito en la puerta de casa. Tengo que aclarar, después de diversas preguntas al respecto, que mi taxista favorito y mi padre son dos personas diferentes. Mi taxista favorito es un atractivo taxista de treinta y tantos años y mi padre es mi padre de ochenta años. Ambos me llevan al aeropuerto en distintas ocasiones y a distintas velocidades.
Aclarada la duda, partimos en el taxi de mi taxista favorito con rumbo al aeropuerto de Faro.
Conseguí un vuelo estupendo a un precio estupendo Faro-Estocolmo con la compañía Norwegian, de la que no había oído hablar en mi vida, pero que parece ser muy popular en los países escandinavos.
No encontramos tráfico, así que a las nueve estábamos aparcando en el aeropuerto. Tras comprobar que mi vuelo existía de verdad y no era un tongo de internet, fuimos a desayunar una tosta mixta a la cafetería. Una tosta mixta, como bien saben todos aquellos aficionados a visitar Portugal, es un sándwich de jamón y queso fundido con mucha mantequilla. No sé qué le hacen los portugueses a la tosta mixta, que por mucho que lo intentes en casa, nunca te va a salir tan rica. De hecho, jamás como sándwiches de jamón y queso en España.
A las nueve y media facturé mi maleta (13,5 kgs), le dije adiós y accedí a la zona de pasajeros. En la cola para facturar había tres pasajeros con perros. No perros falderos de esos que llevas en un bolsito. No, perros de verdad, de los grandes, metidos en unas jaulas de plástico  enormes.
Hacer la maleta para un viaje WISTA es una tarea tremendamente estresante. Durante tres días se espera de ti que vistas dos modelos diferentes diarios, uno para las conferencias y otro para las cenas. Si a eso añades que yo tengo que ir un día antes y que desde el año pasado existe la cena pre-conferencia, ya no hay manera de sacarle partido a tu armario. Este año, al venir al norte de Europa en pleno verano para nosotros, intenta además hacerte a la idea de que vas a encontrarte como si fuera Noviembre en España. Terrible momento cuando tuve que sacar del armario mi chaquetón acolchado rojo.
El aeropuerto estaba hasta arriba de turistas extranjeros. Ingleses, daneses, holandeses, suecos. Todos bronceados, en camiseta y pantalón pirata. Tan pronto subimos al avión los 140 suecos, los tres perros y yo, empezaron a ponerse los calcetines y los jerseys porque nos colocaron temperatura sueca para ir haciéndonos el cuerpo. El avión se llamaba “Greta Garbo”.
Salimos puntualmente a las once y cuarto, hora española. El avión iba lleno de parejas jóvenes con niños pequeños. No se oyó en todo el trayecto un grito, un llanto, una carrera ni una voz más alta que otra. Miedo me dan estos suecos.
He de confesar que mi relación con esta raza superior no es muy fluida. En el trabajo tengo que tratar con ellos de vez en cuando y no me gusta un pelo su tono condescendiente y despectivo. Otra cosa que me pone atacada es cómo hablan. Tienen un idioma gutural, irritante para el oído. Cuando dicen “sí”, en lugar de expirar la palabra, la inspiran. Probad a decir “Ja” (pronunciado “ya”) aspirando el aire. ¿A que es muy desagradable?
Cuando me levanté para ir al baño, me di cuenta de que todos los suecos se habían quitado los zapatos. Los tenían ordenadamente colocados bajo el asiento delantero. Y no olía. Otro descubrimiento terrible. Aparte de ser insípidos, los suecos son inodoros.
La señora sentada inmediatamente detrás de mí tenía el pie metido por el hueco entre los asientos, es decir, rozando mi brazo. Y no olía.
Decidí volar hoy sábado para aprovechar un par de días haciendo turismo. Mañana no es un buen día para volar. 11 de Septiembre. No es cuestión de tentar a la suerte. Venir a Suecia no me hacía saltar de alegría, pero si hay que venir se viene y punto.
En el avión comimos pagando. Un panini relleno de pollo con queso y salsa con hierbas. Bastante rico. Por megafonía nos informaron que un pasajero era extremadamente alérgico a los cacahuetes, que si alguno de nosotros llevaba cacahuetes encima, se abstuviera de sacarlos para no cometer un cacahuicidio.
Aterrizamos en el aeropuerto de Arlanda sobre las tres y cuarto. Cuando íbamos descendiendo pude ver por la ventanilla un paisaje fascinante. Bosques y lagos hasta donde la vista alcanzaba salpicados de vez en cuando por casitas de madera con tejados a dos aguas. Vaya, me va gustando Suecia.
Las maletas tardaron bastante en salir. La mía apareció como si la hubieran metido en una prensa y a continuación hubiera hecho el viaje en un carromato de heno. Al menos llegó.
Me dirigí a la estación de tren en el sótano del aeropuerto y tomé el Arlanda Express, exactamente seis minutos después de llegar al andén. Tardamos veinte minutos, que me parecieron diez. Había wifi en el tren.
En la Estación Central cogí un taxi hasta el hotel. Al poco tiempo de estar dentro del taxi me di cuenta de algo: el silencio. El silencio dentro del taxi. Ni ruido del motor, ni ruido de la radio, ni ruido exterior. El coche era eléctrico y en la calle no se oía una mosca, a pesar de ser sábado por la tarde, hacer un tiempo estupendo y estar las calles llenas de viandantes. Los suecos también son insonoros.
Llegamos a la puerta del hotel, vi en la pantalla del taxímetro 153. Pregunté al taxista: ¿153 coronas? Y su respuesta fue: vale con 150. ¡Toma ya! Si el tío hasta paró en un paso cebra para que cruzaran los peatones.
El hotel, de la cadena Scandic, está en pleno centro de Estocolmo. Para la conferencia de WISTA tengo que trasladarme a otro de la misma cadena que está en las afueras. Tomé posesión de la habitación, metí en la caja fuerte todos los chismes electrónicos y artículos varios y me lancé a la calle para aprovechar la tarde de sol.
Caminé sin rumbo aparente, dejándome llevar por la ruta de la gente paseando. Bajé por Berger Jarlsgatan hasta llegar al muelle en Nybrohamnen. Desde allí salen los barquitos que hacen cruceros por Estocolmo. Esta ciudad está construida sobre 14 islas. La llaman la Venecia del norte. Por eso es una buena idea visitarla desde el agua. Desde allí caminé hasta Kungsträdgarden, unos preciosos jardines donde cientos de suecos aprovechaban la tarde de sol para tomar algo en las terrazas o pasear. Luego fui al Kulturhuset, un curioso edificio de cristal construido en 1974. Delante está el obelisco de Sergels Torg, también de cristal. En la zona, unos tenderetes con comida de distintos países. Los australianos vendían hamburguesas de canguro, los franceses crêpes untados de Nutella y rellenos de plátano, los ingleses ese dulce que llaman fudge y que nunca he conseguido traducir, y nosotros teníamos una cola impresionante de gente que quería comprar churros. También decían vender paella, pero aquello de paella sólo tenía el recipiente. Indescriptible el contenido. Abandonando la tentación de probar la carne de canguro, seguí andando por una calle peatonal, Drottninggatan, llena de tiendas, ya cerradas porque eran casi las seis de la tarde. Quedaba abierta, sin embargo, la que se anunciaba como “La mejor tienda de chocolates de Suecia”. Evidentemente, entré. Galletas de chocolate, nubes cubiertas de chocolate, tabletas de chocolate de todos tipos. Chocolate de la marca “Tarragona” que no puede evitar comprar y que ahora me estoy comiendo sin ningún tipo de vergüenza mientras os escribo. Delicioso, por cierto.
Encontré una tienda de souvenirs abierta. Ya sabéis que me gusta visitarlas para contaros las curiosidades que venden. El objeto estrella es un caballito de madera pintado de rojo con decoraciones de otros colores. No lo veo encima de mi televisor, no acabo de verlo. Pero lo que más llamó mi atención fue el objeto cuya foto os adjunto, un plato con la imagen de la princesa Victoria y su marido psicópata. ¿Quién lo quiere para ponerlo en una estantería del salón?
Mis riñones comenzaron a dar señales de vida y mi estómago también, así que, guiada por el olor, me acerqué hasta un MacDonalds a comerme un cuarto de libra con queso, sólo queso. Ya lo sé, es un vicio que tengo. A otros les da por beber. Acto seguido volví paseando hasta el hotel. Mucha gente guapa sentada en las terrazas de los bares de moda. La temperatura no pasaba de los 16 grados. Hacía rato que me había puesto el chaquetón, y la gente guapa tenía sobre las piernas las mantas que prestan en los bares de los países fríos para poder tener terrazas y que la gente se siente valientemente en ellas.
Me di una ducha y salí al pasillo en pijama a buscar hielo para mi Coca Cola. Si Patricia fue capaz de salir en pijama por Manhattan, ¿no voy a poder salir yo al pasillo en Estocolmo? Lástima, no encontré testigos de mi hazaña.




Buenas noches desde el colmo de Estocolmo.