18 may. 2015

Una cateta en Nueva York (Día 10)

Seis de la mañana. Sí, los obreros también trabajan los domingos, pero hoy sólo en una misteriosa estructura que tiene toda la pinta de ser de Calatrava.
Cuando desperté, después de menos de cuatro horas de sueño, había una niebla densa que no permitía ver los edificios de enfrente. Poco a poco fue abriendo.
A las ocho menos cuarto me llamó Katerina por teléfono para bajar a desayunar a las nueve. Karin hizo lo mismo por Whatsapp. Nadie es capaz de dormir hasta tarde en este pueblo.
Aunque no hubieran estado trabajando los de enfrente, habría despertado porque hay un continuo y potente run run de fondo que supongo proviene del sistema del aire acondicionado del edificio. Además, a las cinco y pico ya es completamente de día. No me he molestado en cerrar las cortinas ninguna noche. Cuando vuelva a dormir en casa voy a sentir claustrofobia, me temo.
Jeanne se tuvo que ir en avión esta mañana temprano porque los trenes a Washington aún están cancelados debido al accidente del otro día.
Después de desayunar y dejar el equipaje a buen recaudo en recepción, Karin, Connie y yo fuimos a visitar el 9/11 Memorial Museum, justo debajo de las fuentes homenaje a los fallecidos, donde estaban los cimientos de las Torres Gemelas. Hay expuestos restos de las fachadas, vigas, camiones de bomberos aplastados, una ambulancia, efectos personales, fotos de todas las víctimas, grabaciones sonoras y de video. Había muchos visitantes llorando. A pesar de haber gran cantidad de público, no se oía una mosca, gracias al respetuoso silencio.
De entre las miembros de WISTA, conozco a una cuya empresa se encontraba en las Torres. Salvó la vida porque aquella mañana decidió trabajar desde casa. Otra se negó a venir a visitar las fuentes y el museo. Se siente incapaz porque perdió a muchos conocidos allí.
A las doce me despedí de Karin y Connie en la cafetería del museo para volver al hotel a encontrarme con Katerina y Wendy, una china que vive en Atenas. Habíamos quedado en compartir transporte al aeropuerto. Fuimos como reinas en uno de esos camiones que circulan por todo Nueva York.
El puente de Brooklyn estaba parcialmente cortado por una carrera. Tardamos casi una hora en llegar al JFK por culpa del tráfico.
Me dejaron en la T7 y siguieron ruta a la T4. Como llegué un poco pronto para mi vuelo, tuve que esperar cuarenta minutos antes de poder facturar. Mi maleta pesó 21 kgr. Iba cargada hasta las trancas, y no porque haya comprado muchas cosas. Es que dos semanas fuera de casa dan para mucho equipaje. Encima, Karin me trajo de regalo una toalla de playa de propaganda de su empresa, y Tosan un vestido. ¿Es que no se ha dado cuenta a estas alturas de que yo no uso vestidos?
Al pasar por el control de pasajeros, nos hicieron quitar los zapatos sin darnos patucos de plástico. Pasé también por mi primer escáner corporal sin novedad. Tampoco había ninguna mesa donde colocar las bandejas con los objetos personales para volver a colocarte el cinturón y calzarte.
Una cosa que no me ha gustado nada de Nueva York han sido los retretes públicos. Intimidad cero. Son unas cabinas metálicas cuyas paredes te llegan sólo a la altura de la espinilla, de modo que estás viendo a la vecina con los pantalones por los tobillos. La rendija entre la puerta y la pared es tan gruesa que puedes meter un dedo.
Las tiendas del aeropuerto no eran nada del otro mundo. Mucha camiseta "I love New York" y chocolatinas variadas. Nunca compro chocolate en los aeropuertos porque es un timo.
Todos los pasajeros del vuelo a Buenos Aires estaban desparramados por las mesas comunes de las cafeterías de la terminal. Por dos veces se dirigieron a mí en español. ¿Lo llevo escrito en la frente? Me tuve que tomar el tentempié de pie a falta de una miserable silla.
Una vez embarcados ellos, se hizo el caos. Una marabunta de españoles maleducados y ruidosos formó una desordenada cola obstaculizando las zonas de paso para embarcar conmigo con destino a Madrid. Se pudieron a pie de mostrador antes de iniciar el embarque como si alguien les fuera a quitar el sitio. Me tocó la moral seriamente después de tantos días de orden y buenas maneras.
Esta mañana Connie la holandesa y yo comentábamos cómo los desconocidos se dirigen la palabra por la calle para decirse cosas amables. Ahí está el ejemplo de la chica que en un semáforo de Boston me dijo que le gustaban mis gafas. También vi cómo un señor hablaba a los pasajeros de un descapotable para cumplimentarlos por llevar un vehículo tan chulo. Pero lo más fuerte fue un veterano de Vietnam herido saliendo del metro. Lo llevaba anunciado en la cazadora y en la mochila. Se movía con dificultad, con unas abrazaderas metálicas en las piernas. La gente le chocaba la mano y le decían lo encantados y orgullosos que estaban de conocerlo.
Puntualmente a las 17:00 hrs, el avión empezó a moverse por la pista, aunque tardamos en despegar veinte minutos por el tráfico.
Me tocaron dos azafatos calvos y dos señoras francesas muy maleducadas en los asientos de atrás. Mi vecino de fila se echó a dormir tan pronto despegamos, reclinando el asiento al máximo. Yo lo recliné sólo un poco por respeto a las viejas. En lugar de pedirnos que los pusiéramos derechos, comenzaron a dar manotazos y golpes a los respaldos. Mi pobre vecino, dormido como un tronco, no se enteró de nada hasta que vino otro francés que viajaba con las viejas a darle dos gritos. Su cara de sorpresa recién despertado era un poema. Yo me hice la sueca con mi vieja.
Estuve viendo American Sniper, pero sin aspavientos.
Nos sirvieron la cena a las seis y media. Ensalada con mozzarella, tomate, lechuga y pepino y un pollo con arroz que picaba un poco. De postre bizcocho.
Cuando terminé de ver la película os escribí un rato.
Me entraron ganas de ir al baño, pero con el vecino dormido fue imposible.
A las 20:00 hrs nos pusieron a dormir, literalmente. Me eché la mantita roja de Iberia por encima, recoloqué mi almohada cervical, puse a cantar música barroca a unos señores que salían en la tableta táctil del respaldo de delante, me quité las gafas y me puse mi antifaz verde. A las 20:02 hrs me quité el antifaz, los auriculares, la mantita y la almohada cervical. Miré a mi inerte vecino y me armé de valor suficiente para saltarle por encima camino del baño. Ni se inmutó. Tengo que preguntarle qué droga toma.
El baño era tamaño caja de zapatos, aún tratándose del mismo modelo de avión de la ida. Volví a saltar por encima del vecino. Sabía que no estaba muerto porque de vez en cuando se colocaba la mantita porque tenía frío.
Me recoloqué toda la parafernalia no sin cierta dificultad, pues el antifaz había desaparecido en la oscuridad. Después de un rato de tantear por el suelo, apareció por fin.
Durante tres horas estuve en modo "ibernar", como los ordenadores, que no están ni apagados ni encendidos.
Fijo que mi vieja no había visto una tableta táctil en su vida. Cada vez que la tocaba era como si pulsara botones con energía, moviéndome el respaldo y dándome ganas de mandarla a la "merde".
A las 23:00 hrs nos encendieron las luces para darnos de desayunar en una caja roja que contenía un croissant, gominolas, una chocolatina y una magdalena de manzana.
Entramos en la península por Viana do Castelo.
Aterrizamos y de repente eran las 06:30 hrs de la mañana.
Tardé una hora en llegar de la T4 satélite a la zona de embarque del vuelo a Sevilla, ya que tuve que tomar el tren subterráneo, pasar control de pasaportes, volver a pasar control de pasajeros y caminar un rato. A los pasajeros de la conexión a París, la de mis viejas, los estaban esperando a la salida del finger para llevarlos sin pérdida de tiempo por algún pasadizo secreto.
A las ocho y media nos sacaron a pasear por las pistas en un autobús en busca del avión de Sevilla. Salimos puntualmente a las ocho y media. Dormí todo el camino como una bendita.
Mi taxista favorito no me estaba esperando como siempre por culpa de un mega atasco. Sólo se retrasó cinco minutos, pero por su cara parecía que me había dejado tirada dos horas.
Me invitó a desayunar en una venta cerca del aeropuerto, bien protegidos por policías nacionales y locales que llenaban sus estómagos de tostadas con jamón, tomate y aceite. ¡Qué bien y qué sano se come en España!
A las once y media me depositó sana y salva en la puerta de casa.
Después de dos semanas fuera y de haber dormido en seis sitios diferentes, por fin, hogar, dulce hogar.

“Au fond j’crois qu’la terre est ronde,
Pour une seule bonne raison…
Après avoir fait l’tour du monde,
Tout c’qu’on veut c’est être à la maison."
Orelsan

Traducción: En el fondo, creo que la tierra es redonda por una sola buena razón... Después de haber dado la vuelta al mundo, lo único que queremos es estar en casa.


Buenas tardes desde mi casita.









17 may. 2015

Una cateta en Nueva York (Día 9)




Desperté a las cinco y media. Me complace compartir con vosotros la noticia de que los obreros de la construcción también trabajan los sábados.
Me di una ducha y me senté a escribiros porque ayer fui incapaz.
Pasó por el Hudson un barco de pasajeros. Quedé tan embobada que no me acordé de sacarle una foto.
Me puse mis nuevos Levi’s y mis nuevas Nike porque, según acordamos ayer, la reunión de hoy iba a ser en vaqueros.
A las ocho nos reunimos en el hall del hotel las miembros del comité ejecutivo y varias presidentas de países WISTA para ir al edificio Chrysler en Lexington Avenue. Alex pidió un coche por Uber. Nos mandaron un camión.
El conductor nos llevó por debajo del puente de Brooklyn y luego bordeando el East River.
No puedo expresar la emoción que sentí al pasar todo el día en mi edificio favorito del mundo mundial, en las oficinas de Blank Rome. Me encanta, me encanta, me encanta. Desde las gárgolas a los detalles art decó del hall y de los ascensores.
Desayunamos otra vez en plan bollería para ponernos gordas. Comenzamos la reunión a las nueve menos cuarto. Había muchas caras de sueño y voces roncas alrededor de la mesa.
Mantuvimos una reunión de dos horas con las representantes de los países. Una vez se despidieron, comenzamos un análisis SWOT con una especialista. Es una herramienta para intentar mejorar el funcionamiento de una organización. Fue muy interesante.
La gente de esta oficina debe de tener muy mal aliento. En los baños tienen un bote de enjuague bucal para uso de los empleados.
Comimos a la una sin interrumpir la reunión para no perder tiempo.
Nos trajeron el café del Starbucks de la esquina en un recipiente de cartón. Hay un Starbucks en cada esquina y uno en cada edificio importante de oficinas. Por las mañanas todo el mundo lleva las dos manos ocupadas, una con un vaso de Starbucks y la otra con el móvil.
La reunión duró hasta las cinco de la tarde, hasta las narices, diría yo.
Hice una exhaustiva investigación para ver si los bufetes de abogados de Nueva York son como los de las películas. Lo son. Lástima que hoy estuviera vacío por ser sábado.
Encontré una ventana desde la que se veían las gárgolas del edificio. Emoción, emoción.
Casi mato a Jeanne porque olvidó en casa la tarjeta de acceso a las plantas superiores. Podría haber tocado con mis propias manos la flor de acero inoxidable.
Karin, Jeanne, Tosan y yo cruzamos a Grand Central Station, donde se comieron unas ostras en el Oyster Bar. Yo preferí seguir sin saber a qué sabe una ostra.
Tosan va así de abrigada no porque hiciera frío, sino porque es nigeriana.
A las siete y media echamos a andar hacia la calle 46 con la avenida 8, donde nos esperaba Alex para cenar en Don’t tell mamma, un piano bar con una pianista rancia a la que luego cambiaron por un negro con mucha marcha que a veces cerraba los ojos y hacía como si fuera Ray Charles.
Alguna se bebió hasta el agua de los floreros y acabó cantando en el escenario micrófono en mano.
A la una nos echaron de allí. Volvimos en taxi con un tráfico horrible por Times Square, donde los anuncios de neón hacen que parezca de día.
En el hall del hotel había un negro de uniforme pidiendo a todo el que entraba que le mostrara la llave de la habitación para dejarnos pasar.

Buenas noches desde Manhattan.










16 may. 2015

Una cateta en Nueva York (Día 8)

Desperté a las seis por el ruido de la obra de enfrente pero no le hice ni caso. Me puse una almohada encima de la cabeza y volví a dormirme hasta que sonó el despertador a las siete y diez.

A las ocho menos cuarto salimos hacia 1 Battery Park, donde se celebraba la reunión anual de WISTA USA. Hoy era en la planta baja, sin ventanas mirando a Miss Liberty, con la asistencia de unas 150 miembros de WISTA USA e invitadas de Grecia, Suiza, Chipre y Holanda, además de nosotras, las miembros del comité ejecutivo internacional.

Nos esperaban con un desayuno compuesto por todo tipo de bollos y bagels. Estaba anunciado por escrito “desayuno continental”. Un paraíso para los golosos.
En la mesa donde nos registramos tenían una enorme bandeja llena de chocolatinas. Informé a las chicas encargadas del asunto que me verían con frecuencia durante el día.

Tuve la oportunidad de conocer a una mujer práctico del puerto de Houston. En España aún no tenemos ninguna. Me contó que a veces los capitanes están hablando por el móvil con sus mujeres cuando ella está dando instrucciones para la maniobra. Al oír una voz de mujer al fondo preguntan quién es la que habla. Al responder los maridos que es el práctico del puerto, normalmente dicen: “Sí, ya”. Tiene que sacarse fotos con ellos para demostrar que es cierto.


A las once y media nos dieron de comer en una caja. La verdad es que el contenido estaba delicioso.

Se acercó a saludarme una judía sefardí cuyo abuelo era español.
A la una se reanudó la conferencia con el discurso del gran jefe de Teekay Shipping, la naviera canadiense que le compró la flota a Fernando F. Tapias.
Después de un interesante panel sobre piratería informática en el sector marítimo, tuvimos otro descanso con fruta y bollos. Es la primera conferencia a la que asisto en la que ofrecen Coca Cola en los coffee breaks. ¡Cómo se nota que estamos en América!
En la segunda parte habló una miembro de WISTA, capitán del US Coast Guard, el terror de los barcos por las estrictas inspecciones que les hacen cuando tocan puertos americanos.
A las cinco terminó la conferencia. Fuimos caminando hasta un bar en el sótano del lugar donde íbamos a cenar para hacer tiempo. Los bares de la zona de Wall Street estaban a reventar de gente comenzando el fin de semana.
Nicki me enseñó el enorme pedrolo que llevaba en la mano, haciendo juego con los gigantescos brillantes que siempre lleva en las orejas. Ya os he hablado de ella alguna vez. La pobre se pasea por Nueva Orleans en un Maserati.
A las siete subimos a la India House, un club privado cuyos miembros son, en su mayoría, gente del sector. En el comedor tenían expuesta una antigua  maqueta de un galeón español.
Cenamos muy bien en cantidad más que aceptable, teniendo en cuenta que aquí son unos animales con la comida. En la caja del almuerzo, por ejemplo, había suficiente para dar de comer a dos personas.
A las diez y media volvimos a tomar al asalto el bar del sótano. Se sentó a mi lado un matrimonio grecoamericano que son la pera. El pesa no menos de ciento cincuenta kilos y le falta un dedo. Se nota que es el hombre más feliz del mundo.
Karin, Jeanne y yo nos despedimos pronto porque mañana tenemos reunión todo el día. Volvimos en taxi. A las doce menos cuarto ya estaba en la cama.
Buenas noches desde Manhattan.


15 may. 2015

Una cateta en Nueva York (Día 7)

A las tres y media mi teléfono empezó a pitar con alegría repetidas veces. Olvidé ponerlo en silencio al acostarme. El grupo de Whatsapp felicitaba a Lorena por su cumple.
A las 06:06 hrs exactamente me despertó el atronador ruido de la reconstrucción del World Trade Center. No pude dormir más. Era completamente de día. La vista era de nuevo espectacular.
El abuelo de Paris Hilton tiene unos retretes muy raros en el hotel, con dos agujeros en lugar de uno. No son de succión al estilo de los aviones y los trenes como en otros sitios de Nueva York.
Estos días he caminado unas siete horas por jornada. En lugar de ponerme como una foca comiendo donuts y hamburguesas, me cuelgan los pantalones.
A las ocho menos cuarto bajé a desayunar con las miembros del comité ejecutivo de WISTA. Estuvo con nosotras el hijo de Sanjam, en plena forma después de dormir 15 horas seguidas.
A las ocho y media fuimos caminando hasta One Battery Park Plaza, para asistir como invitadas a la reunión del comité ejecutivo de WISTA USA en el piso 31 con vistas a la estatua de la Libertad y Ellis Island.

A las doce sirvieron una comida buffet y se nos unieron las presidentas de las ocho regiones en las que está dividida WISTA USA. 
La reunión duró hasta las tres de la tarde.
Volvimos caminando al hotel. Jeanne, Kathy y yo fuimos a ver la fachada del parque de bomberos junto al World Trade Center. Fueron los primeros en responder tras los atentados. Las fotos de los caídos están expuestas junto a un mural conmemorativo.
Subí a mi habitación a descansar un rato para aguantar el resto de la jornada. 
A las seis y media subí al piso 53 para asistir a un cocktail. Tuve que bajar al hall y coger el ascensor que sólo sube a los pisos altos. Fue como ir en un cohete. El ascensor de casa de mis padres tarda el mismo tiempo en subir al tercer piso que este al 53.
El lugar de celebración era la suite presidencial, que han reconvertido en sala de eventos. Aún conserva dos cuartos de baño enormes, uno con jacuzzi y unas vistas espectaculares al puente de Brooklyn. Comenzaron sentándose dos en el alfeizar para contemplar las vistas, acabando parte de la fiesta dentro de la bañera.
Os dejo una foto sacada cuando oscureció, con el edificio de Frank Gehry en Spruce Street junto al puente.
A las nueve menos cuarto, no habiendo comido más que tres canapés por cabeza, fuimos unas cuantas a cenar a un restaurante francés a un par de manzanas del hotel. A las once dimos por finalizado el día porque mañana comenzamos muy temprano.
Buenas noches desde Manhattan.















14 may. 2015

Una cateta en Nueva York (Día 6)

Seis y media. Así sí. Me arreglé y os estuve escribiendo. Ayer llegué tan derrotada que fui incapaz de encender el ordenador.
A las nueve y media cerré el equipaje y dejé el hotel. Tomé el metro cerca del hotel hasta Fulton Street. Al subir a la calle sólo tuve que girar una esquina para llegar al hotel Hilton Millenium, donde tengo reservada habitación para asistir a la conferencia anual de WISTA USA y a la reunión de primavera del comité ejecutivo de WISTA Internacional. Casi entro con maleta y todo en Century 21, la tienda de seis pisos donde venden gangas. Está en la acera del costado del hotel.
Mi habitación no estaba lista, así que les dejé el equipaje y fui a dar un paseo. Lo primero fue ir a presentar mis respetos a 9/11 Memorial delante del hotel. Siguen construyendo los rascacielos que sustituirán a las Torres Gemelas. En el mismo centro hay dos fuentes con los nombres de las víctimas grabados. Impresiona mucho.
Desde allí atravesé hasta la orilla del Hudson para bajar paseando hasta Battery Park a saludar a Miss Liberty. Había montones de turistas yendo y viniendo de los ferrys que cruzan a la Isla de Ellis y Liberty Island, donde está la estatua. Hoy bajó la temperatura al menos diez grados, y soplaba algo de viento. La travesía no debía de ser muy agradable.
Pasé por el monumento homenaje a los marinos mercantes, que no conocía. Luego subí por Broadway hasta el toro de Arturo di Modica. Imposible sacarle una foto. Estaba rodeado de coreanos tocándole los testículos. Parece que se ha puesto de moda retratarse así.
Delante del museo de los indios americanos había un grupo de personas en plena meditación. Si te unías a ellos te regalaban una camiseta amarilla. Entré en Wall Street  donde había más meditadores sentados con las piernas cruzadas en la escalinata del Federal Hall.
Pasé por Trinity Church. Es curioso ver un cementerio en mitad de Broadway.
Volví al hotel a tomar posesión de mi habitación. En el hall me encontré con Sanjam, su hermana Sumi y su hijo, que llegaban desde la India después de 16 horas de viaje. El niño miraba al frente con los ojos vidriosos y su madre y su tía casi lo mismo. No pudieron pegar ojo en el avión porque vinieron rodeados de estudiantes ruidosos.
En el ascensor coincidí con una miembro de WISTA California. Aunque parece ser que nos conocimos en Atenas hace cinco años, no me acordaba de ella en absoluto.
Cuando crees que lo has visto todo y que nada más te va a impresionar, te sorprendes con cosas como la espectacular vista desde mi habitación en el piso 26.
Vacié la maleta, cosa que no había hecho desde que la hice hace dos lunes. He ido sacando la ropa que iba a ponerme cada día, perfectamente estibada en orden cronológico para no tener que sacar nada del fondo. Tuve que ponerme a planchar. Encendí la tele. Estaban dando la noticia del descarrilamiento de un tren en Filadelfia. Es el que hace la misma ruta que tomé yo el lunes para llegar a Nueva York, desde donde continuaba hasta Washington.
Bajé a la calle a picar algo, di otro paseo por Broadway contemplando los edificios y volví con una Coca Cola de cereza con la intención de quedarme el resto de la tarde en la habitación descansando para estar mañana al cien por cien. Una mierda. Me llamó Alex, la presidenta de WISTA USA, para que subiera a la calle 48 inmediatamente a reunirme con ella y otras miembros de WISTA que habían quedado para cenar a las seis.
Me duché aprisa y corriendo, cambié la ropa de turista por algo más elegante y salí disparada. En el ascensor coincidí con dos grecoamericanas que habían recibido las mismas órdenes que yo. Fuimos en metro. Sólo llegamos quince minutos tarde. Yo no pude cenar porque había comido bastante tarde.
Aunque éramos 13 a la mesa, no pasó nada. Después de estar cinco días sin hablar español con nadie, pude charlar un rato con Michelle, una cubana que viste siempre de Chanel y tiene un marido de bolsillo.
El restaurante era griego. A la mesa había cuatro griegas y una chipriota. Tiene gracia venir hasta Nueva York para comer como en casa.
Antes de los postres Alex se levantó y se despidió de todas. Me agarró del brazo y me llevó en taxi de vuelta al hotel porque quería comentar en privado algunos detalles de la conferencia. Subimos a su habitación en el piso 47. El ascensor subía a la velocidad del viento. Sonaba de verdad como si hubiera mucho viento. Los pisos altos tienen su propio ascensor para subir más rápido.
Al cabo de un rato fueron apareciendo Jeanne, Parker y Karin, recién aterrizada de Amsterdam.
Alex pidió la cena al servicio de habitaciones. Se le fue un poco la mano con la cantidad.
Estuvimos charlando y riéndonos hasta las once y media.
Os estoy escribiendo desde una butaca frente a la ventana. Creo que voy a dejar las cortinas abiertas toda la noche.
Buenas noches desde Manhattan.






13 may. 2015

Una cateta en Nueva York (Día 5)

Seis y diez. Yessssss. Mi alma ha llegado por fin.
Bajé a desayunar a un sitio en la esquina de la calle donde te sirves como en un buffet pero pagas sólo lo que comes. La oferta es amplísima. Comí un bagel relleno de frutos rojos al que le unté queso y una crema de fresas. Delicioso. Un bagel es un donuts de pan, para los no entendidos.
A las nueve subí andando hasta la calle 53 con Lexington para coger la línea azul de metro bajando sin trasbordos hasta la calle 14, en el Meatpacking District. Fue y sigue siendo parcialmente la zona donde estaban los mataderos de Nueva York. Se nota que fue cutre con ganas. Está en plena transformación para convertirla en un lugar chic. Muestra de ello es que hay un Apple Store.
Mi objetivo principal era visitar el High Line, una vía de tren elevada que han convertido en un paseo con jardines. Que sepan que eso ya lo inventaron en San Esteban de Pravia hace años. Recorre varios kilómetros. Al principio estaba bastante tranquilo. Costaba hacerse a la idea de que estaba en pleno Manhattan. A las diez y media ya era imposible sacar una foto sin gente por medio y hacía bastante calor. Donde la línea gira hacia el río Hudson di media vuelta porque había un ruido atronador. Están construyendo nuevos edificios a ambos lados. Se perdía completamente el encanto del paseo. Bajé por el extremo sur en la calle Washington y tomé la decisión de ir andando hasta Washington Square Park, pasando por el Nueva York auténtico, con las escaleras de emergencia pegadas a las fachadas  y la gente normal y menos normal. El sujeto de la foto casi no podía andar con aquellas botas que llevaba, impropias de un día de tanto calor. Acababa de salir de un gimnasio e iba a pecho descubierto.
Washington Square está en Greenwich Village. Contiene un arco del triunfo dedicado a George Washington y está prohibido fumar. Allí descubrí que lo que compré en Harvard como botella de agua para el gimnasio es en realidad un biberón. Un crío iba bebiendo de uno muy parecido en un cochecito. Sí que había notado que la gente se quedaba mirando cuando me veían beber. La verdad es que me da igual. El biberón me ha salvado de la ruina. Con este calor tengo que beber cada dos por tres. El agua de botella está más cara que la Coca Cola. Leí por internet que el agua del grifo es perfectamente segura, así que cuando puedo relleno el biberón para satisfacer mi sed.
Descansé un rato en un banco del parque para ir a continuación andando hasta el Soho. Creo que entré en todas las tiendas del barrio. Estuve también en el enorme delicatesen Dean & DeLuca, donde haces la compra a ritmo de jazz. Entre las viandas gourmet que venden hay montones de productos españoles. El único defecto que le encuentro al local es que venden Pepsi Cola.
A la una hacía un calor tremendo y me entró un hambre canina. Por la mañana había recibido un e-mail de Mercedes recomendándome un lugar para comer hamburguesas deliciosas en la calle 56. Subí en el metro hasta la 53, porque si llego a subir andando todavía estoy en ello.
El restaurante, por llamarlo de alguna manera, está dentro de un hotel elegante, Le Parker Meridien, escondido tras una cortina negra. Es un tugurio en penumbra con las paredes pintadas de bolígrafo donde te sirven la comida en un envoltorio de papel de estraza y tienes que compartir mesa con desconocidos porque de otra manera no se cabe. La verdad es que la hamburguesa estaba para morirse. Según Mercedes, el hotel se construyó con el tugurio dentro porque el dueño se negaba a abandonar el local. No veo otra explicación más lógica.
Fui a pasear por Central Park pasando por la puerta del Ritz Carlton. Tienen colocadas unas vallas a ambos lados de la puerta para que los curiosos se sitúen detrás. Hay gente esperando para ver entrar y salir a los famosos. Justo cuando yo pasaba por delante llegó un negro enorme en chándal al que la gente empezó a llamar. Se sacaron fotos con él. Ni idea de quién era el tipo, aunque imagino que un deportista retirado. No me atreví a preguntar por no quedar como idiota. Por la emoción de la gente, alguien muy muy famoso.
En el parque di un breve paseo buscando un banco a la sombra para descansar un rato. Me quité los zapatos. Fue un momento glorioso. Después de la caminata de la mañana estaba molida.
Había gente paseando, cantando, durmiendo la siesta y una china muerta.
Salí del parque buscando un baño público que no encontré. Pensé que en Fao Schwarz, la famosa juguetería, habría uno. Después de aliviar mis necesidades estuve dando una vuelta disfrutando de los juguetes y de la sección de chuches. Vendían ositos de gominola de cinco kilos. Me pregunto cómo se les hinca el diente.
Volví a entrar en el templo de la secta porque se me ocurrió que, a lo mejor, siendo la tienda más importante, venderían los Apple Watch. Nanai de la China. Sólo por internet, Carmen.
Bajé por la Quinta Avenida entrando primero en Tiffany’s a disfrutar de la preciosa alfombra mullida del suelo y de los preciosos objetos que venden. En cada uno de los dos ascensores tienen un ascensorista de uniforme que te va relatando lo que vas a encontrar en cada planta de la tienda. A pesar de mi aspecto de turista pobre, me sonreían los dependientes como si fuera a comprarme una vajilla y una cristalería de cinco mil dólares.

Entré en la iglesia de Santo Tomás para encontrarme con una muy agradable sorpresa. El coro de niños y adultos ensayaba en ese momento para un concierto de Handel que dan mañana por la tarde. Impresionante la música e impresionante el entorno.

Una señora canadiense sentada en el banco delante de mí se volvió a darme conversación. Debo de tener cara de oficina de información y turismo, porque la gente me pregunta cosas como si fuera neoyorquina de toda la vida.
De tienda en tienda me retraté con un par de camisas en Uniqlo. Voy triunfando poco a poco.
Siguiendo recomendación de Elena, fui al Rockefeller Center para subir al Top of the Rock, el observatorio que hay en el edificio de General Electric, entre los pisos 67 y 69.
El Rockefeller es famoso por la pista de patinaje y el árbol de navidad que salen en todas las películas de navidad de Hollywood. Está compuesto por 19 edificios comerciales donde están la sede de la CBS, el Radio City Music Hall y muchas tiendas de lujo. A primera vista te pueden pasar desapercibidos los detalles, como los adornos de bronce que rodean a todos los árboles de la zona o los números de los edificios también en el suelo en bronce.
Rockefeller mandó construir el conjunto en plena Gran Depresión. Entonces le creyeron loco, pero ahí están en todo su esplendor. Durante su construcción se tomó la famosa foto de los obreros comiendo suspendidos en una viga (foto 9).
Arriba del todo hacía una temperatura estupenda y las vistas eran impresionantes (foto 10). Me senté en un banco de madera frente al Empire State a esperar a que anocheciera. Faltaba bastante tiempo, pero no me aburrí, porque la gente sube allí arriba para las cosas más peregrinas. Hubo un español que pidió que le sacaran una foto poniéndose boca abajo, un individuo que se colocó una máscara de unicornio (foto 11) o una pareja de novios con todo su séquito de familiares recién salidos de la ceremonia.
Observé que más de la mitad de los turistas llevaban sospechosamente zapatillas Nike recién estrenadas.
La espera mereció la pena. Las vistas quitaban el aliento (foto 12).
Llevaba un rato soplando aire fresco, de modo que no me quedé mucho tiempo más después de anochecer. Volví al hotel sobre las nueve y media. No me gusta andar de noche sola por ahí, pero, como decía Frank Sinatra, Nueva York es la ciudad que nunca duerme.
Buenas noches desde Manhattan.