11 jun. 2013

Una cateta en las islas griegas (Día 6)


Al bajar del avión pasamos el control de pasaportes. Había cientos de personas haciendo cola. Tardamos casi media hora en salir de allí. Mi maleta estaba esperándome dando vueltas en la cinta. La pobre viene bastante damnificada del maltrato que sufrió en el barco. Está sucia como el rabo de una vaca y tiene una pequeña rotura en la tela.
Me despedí de las exploradoras y fui a buscar algo para cenar. El Food Halls de Marks and Spencer estaba abierto. Compré mi sándwich favorito de jamón ahumado con mayonesa de mostaza y un paquete de patatas fritas que me tuvo que buscar el dependiente porque en Inglaterra lo raro es encontrar unas patatas sólo con sal, sin más porquerías. Las había de nabo, de vinagre balsámico, chile dulce, jamón, y no sé cuántas cosas más. Mareante.
Estuve dando una vuelta por la tienda de WHSmith y entré en el baño.
El baño merece un capítulo aparte. Hace un montón de años tuve que pasar la noche en Gatwick para coger un vuelo de vuelta a España. No pude ir al baño en toda la noche porque los cubículos eran tan pequeños que no me podía meter con la maleta y me daba miedo que me la robaran. Hasta que no facturé no pude aliviar mi vejiga. Fue una experiencia inolvidable. Hoy, sin embargo, he entrado en unos baños limpísimos donde cada cubículo tiene un lavabo y un secamanos individuales de esos que metes las manos y parece que te las va a arrancar la fuerza del viento, e incluso espacio para el equipaje. Encima, todo decorado por Porcelanosa.
Hay una zona del aeropuerto habilitada para desgraciados como yo que pasan la noche tirados en un aeropuerto. Una fila de butacas con el respaldo por encima de la cabeza y sitio para poner las piernas en alto estaba completamente ocupada. Los sofás también. Las butacas normales también. Sólo quedaba hueco en unos taburetes alrededor de una columna con enchufes para los móviles y los portátiles y un espacio para poder poner el ordenador y cenar.
Personajes curiosos en la sala. Un negro vestido de negro en chanclas con paraguas negro que paseaba entre las butacas y me daba muy mala espina, un anciano de pelo largo blanco al que dos policías con metralleta le pidieron la documentación, un inglés en la cincuentena hablando por el móvil a gritos despertando a todos los que dormían en la sala, una oriental con guantes de lana acostada ocupando un sofá entero, el primo de Bob Marley, un malagueño hablando con un colega por el móvil, contándole todas las fiestas a las que ha ido recientemente.
De repente apareció por el pasillo Birgit Liodden, miembro de WISTA Noruega y secretaria general de YoungShip. Venía de una conferencia en la sede del IMO (Organización Marítima Internacional). Había perdido el último vuelo a Oslo. Se sentó conmigo un rato a charlar, se fue para intentar entrar en la zona de pasajeros pero tuvo que volver porque era muy temprano.
El negro de las chanclas y el paraguas no dejaba de pasear blandiendo el paraguas y hablando solo.
El guarro del malagueño se comió dos dónuts y dejó los envoltorios vacíos junto a los enchufes al marchar.
A las tres empezó a entrarme sueño, intenté leer un rato pero viendo iba a dejar caer el iPad al suelo, fui a dar un paseo. Había zonas del aeropuerto donde el frío era insoportable. Los pasajeros tirados por allí estaban vestidos de invierno riguroso o envueltos en toallas de playa, o incluso metidos en sacos de dormir.
Dejé a Birgit durmiendo en una de las butacas con el bolso abierto enseñando su MacBook y su cartera. Estos noruegos creen que todos somos gente honrada.
En la zona de facturación de Easy Jet había no menos de mil personas haciendo cola para dejar sus maletas. Decidí unirme a ellos. La cola se movió con fluidez porque abrieron al menos diez mostradores a la vez. Una excursión de bulliciosos ancianos indios con pasaporte británico nos tuvieron bastante entretenidos. Iban emocionados de viaje.
En la cola había gente con destino a montones de sitios de toda Europa. La mayoría eran británicos camino de sus vacaciones. Sólo a ellos, a mí y a los indios se nos hubiera ocurrido aparecer a facturar a las tres de la mañana.
La maleta, misteriosamente, pesó un kilo más en Londres que en Atenas. O me metieron un kilo de droga o una de las dos básculas no funciona bien.
Accedí a la zona de pasajeros y visité todas las tiendas, casi todas abiertas a esa hora. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, adquirí mis queridas Wispas y un par de Coca Colas de cereza. En el pasado hubiera cargado con un saco de libros en inglés. Hoy día, con el iPad, ya no es necesario.
Encontré un hueco donde han instalado unos sofás que te permiten dormir discretamente porque el respaldo termina en forma de oreja ocultando tu cabeza del público. Me permití una siesta de quince minutos abrazada a mi mochila antes de ir a embarcar. Puse el despertador del iPhone para evitar un drama.
El trayecto hasta las zonas de embarque puede ser muy largo porque es un aeropuerto enorme, así que tan pronto anunciaron la puerta de embarque a las seis y diez fui caminando hacia allí. La mayor parte del pasaje eran británicos. Seríamos unos ocho españoles en total. Unos cuantos niños muy pequeños.
Embarcamos sin retraso. Cuando estábamos todos felices y contentos pensando que ya nos íbamos, sale la voz del encantador capitán informando que había huelga de controladores franceses pudiendo alcanzar las tres horas de retraso en el despegue. Para no perder nuestro turno de salida, no nos iba a dejar bajar del avión y nos aparcaría en un lugar de la pista donde no estorbáramos. Decidí ponerme el antifaz y echarme a dormir. El problema fue que los niños pequeños empezaron enseguida a ponerse nerviosos y aquello fue una feria de gente pasillo arriba pasillo abajo charlando con los amables azafatos, niños gritando, azafatos repartiendo vasos de agua, azafatos vendiendo periódicos y el más reciente número de la revista Hello con la reina de Inglaterra en la portada, y Consuelo levantándose para ir a conocer al capitán. Antes del 11 de Septiembre, no era inusual que los pasajeros visitaran la cabina del piloto y pasaran parte del viaje sentados allí. Era una experiencia curiosa. Nunca me invitaron a aterrizar pero sé que algunos pilotos sí lo hacían.
Volví a mi sitio a escuchar música un rato. Al cabo de hora y media, afortunadamente, nos dieron salida. Durante el vuelo intenté dormir a ratos. Una niña inglesa corría dando saltitos por el pasillo y me despertaba continuamente. Lástima que la madre vigilaba desde su asiento, si no hubiera tomado medidas drásticas al respecto.
Aterrizamos en Sevilla a las once y media. Mi anciano padre y su señora (mi madre) llegaron unos minutos más tarde a recogerme. Los avisé desde Londres para que no salieran de casa hasta que yo les diera luz verde.
A mitad de camino paramos a comer algo. Yo venía sin tomar nada desde el sándwich de Mark y Spencer.
Llegué a casa con los tobillos como botijos. Lágrimas en los ojos cuando por fin pude darme una ducha y meterme un rato en la cama.
Confirmo que no hay un kilo de droga en mi maleta.
 
 
Buenas tardes desde mi camita.
                                                                           

Una cateta en las islas griegas (Día 5)


05:52 hrs. Desperté por culpa del sol, el gallo, las tórtolas y un burro que circulaba por la calle del hotel.
A las siete y cuarto Alicia se marchó para aprovechar la invitación de Haris de volver a Glyfada en su yate. De todos modos, habría tenido que salir en el Flying Dolphin de las siete y cinco. Alicia volaba vía Roma hasta Valencia.
A las siete y media me levanté. Me di una ducha y bajé a sentarme en la terraza con el chino, que todas las mañanas está con su ordenador trabajando. Cada uno en su mesa y a lo suyo.
Después de escribiros subí un momento a la habitación. Dejé el ordenador solo en el jardín del hotel. Así de seguro es el lugar.
Al volver, me sirvieron el desayuno: puré de verduras en un vaso, cereales con leche, pastel de chocolate y bizcocho, melón, fresas, yogur griego casero con mermelada de fresa, un croissant gigante como un zapato del número 41 y un huevo duro para el que no encontré ni la energía ni el hueco suficientes.
El perro del hotel descansaba plácidamente en uno de los sofás de la entrada con un cuenco de agua mineral a sus pies. Ayer, cuando volvimos de la playa, se dedicó a lamerme las piernas mientras charlábamos en la entrada. Es el único miembro del personal del hotel que está siempre de guardia en recepción.
A las diez y media dejé el hotel y bajé paseando hasta el puerto como una señora, dejando el equipaje para que lo recogiera un burro encargado por la organización.
En una terraza frente al embarcadero nos fuimos encontrando las últimas que quedábamos en la isla. Aparecieron dos de las exploradoras inglesas, de las cuales no habíamos sabido nada desde el sábado por la noche.
Llegaron los burros con nuestras maletas sin novedad.
Mi asiento en el Flying Dolphin estaba en la popa. Como me tocó sentarme sola, decidí ponerme el antifaz y mirar un rato para dentro. Fue tarea difícil porque estaba sentada justo encima de la máquina del barco y el ruido era ensordecedor.
Antes de partir tuve ocasión de visitar varias tiendas de souvenirs, para continuar con mi estudio sobre el tema. Aparte de los típicos ojos de la suerte, botellas de aceite de oliva y kombolois, burros de todas las formas y texturas. También unas curiosas bolsas de plástico con la imagen de la Torre de Pisa, el Arco del Triunfo y PARIS escrito en letras grandes. Made in China seguro.
El Flying Dolphin tardó dos horas en hacer el recorrido hasta El Pireo. Anna-María nos esperaba allí a Nuvara y a mí para ir a comer juntas. Recogimos por el camino a Katerina y a Evgenia, a la que no veía desde hace dos años.
Tuvimos la oportunidad de disfrutar del caos circulatorio de El Pireo. Nos encontramos de frente con una moto parada en medio de la calle sin conductor encima. Por otro lado, estoy convencida de que aquí hacen los coches de goma, porque no es posible hacer pasar una masa metálica por entre los coches parados en doble fila sin tener que encogerse.
Anna-María conduce igual que un taxista, a veces sin manos. En cierto momento, soltó el volante para hablar con su padre en la oficina por teléfono, haciendo gala de una habilidad extraordinaria.
Comimos en una terraza mirando al mar, con el puerto comercial a nuestra derecha, viendo entrar y salir los barcos sin parar. Nos sirvieron ensalada griega, boquerones, langostinos en una salsa naranja con queso y otras cosas cuyos nombres en griego no fui capaz de retener.
A las cuatro y media dejamos a Katerina y a Evgenia cerca de sus respectivos trabajos y nos fuimos al aeropuerto. Allí se nos unió Eleftheria para despedirnos.
Nuvara tuvo que dejarnos a las seis y media para coger su vuelo. Yo seguí sentada con Anna-María y Eleftheria hasta las ocho menos cuarto, dejándolas un momento para facturar la maleta. Cuando estaba en la cola, oí decir: “Conshuelaaa”. Eran las dos exploradoras inglesas que volaban conmigo.
Volví al encuentro de Anna-María y Eleftheria, que me esperaban en una cafetería. Nos despedimos con un hasta mañana, como siempre hacemos con Eleftheria para que no llore, y entré en la zona de pasajeros. Allí ni pité ni me hicieron masaje ni nada de nada. No me dio tiempo de ver las tiendas del Duty Free. Pasé directamente a la zona de embarque donde me encontré….. CON EL CHINO. Llevaba puesto el mismo bañador de ayer con zapatos y calcetines negros. Al menos no iba en chanclas. Estaba coloradísimo después del día de playa de ayer.
Embarcamos y el vuelo salió sin retraso. Al embarcar le perdí la pista al chino y no volví a verlo más.
He tenido que volver vía Londres porque no había otra manera de hacerlo hoy mismo. Desde que Iberia quitó los vuelos a Atenas se ha vuelto muy complicado.
En el avión hacía un frío terrible. Creo que lo hacen a propósito para ir adaptando a los ingleses cuando vuelven a casa de las vacaciones en el sur de Europa. Iban todos en chanclas y manga corta pero sobrevivieron.
Aterrizamos a las 22:15 hora local, 23:15 en España y 00:15 en Grecia.
 
Buenas noches desde Londres.

10 jun. 2013

Una cateta en las islas griegas (Día 4)


Seis de la mañana. Amanece brutalmente en el mundo sin persianas. Canta un gallo, ladra un perro, cantan las tórtolas. A las siete, desesperada de la vida, me levanto, me arreglo y bajo a sentarme en el jardín a escribiros. El chino ya estaba allí trabajando en su ordenador.
A las nueve y media desayunamos arroz con leche, tostada con tomate, queso y hierbas, hojaldre con crema pastelera, tortilla campera con patatas alrededor, melón y fresas.
A las diez y media fuimos Laura y yo al hotel Hydroussa para asistir a la reunión sobre la nueva página web de WISTA. La sala donde tuvo lugar parecía la salita de casa de una abuela.
A Laura le ha sucedido una cosa graciosísima. Cuando estuvimos aquí hace dos años y medio, ella y su hermana hicieron una excursión a la isla de Hydra, que les encantó. Al llegar aquí el jueves, descubrió que en realidad no habían estado en Hydra, sino en Poros. Al bajar del barco se dio cuenta de que era la primera vez que estaba aquí. Se habían bajado del barco en la isla anterior.
A las doce y media terminamos la reunión. Salí corriendo a mi hotel para dejar el ordenador y cambiarme. A la una menos cuarto habíamos quedado para tomar un barquito con destino al mismo lugar donde cenamos ayer, Castello.
El puerto estaba repleto de domingueros y turistas
Esta mañana se marchó bastante gente. Quedamos unas quince por aquí todavía.
El chino vino con nosotras. Lo pasó bomba. Se compró unas gafas de bucear y un tubo. Se pasó todo el día metido en el agua.
Sue Ellen nos ofreció una estampa inolvidable. Se presentó en bikini rosa, gorro de baño años 70 rosa y gafas de bucear rosa. Cuando intentó salir del agua no era capaz, así que tuvo que ponerse de rodillas y salir a cuatro patas. Nosotras, que estábamos en la terraza con vistas desde primera fila, lo pasamos de muerte viéndola.
Otra que nos ofreció bastante entretenimiento fue la propietaria del local, novia de un armador griego muy conocido cuyo nombre no voy a dar. Al principio dudé si era la hija, pero luego me sacaron de mi inocencia.
De vez en cuando se levantaba de la mesa donde estaba con su pareja y otras miembros de WISTA porque la conversación no iba con ella en absoluto. Se acercaba a la barra y se colocaba junto a un maromo espectacular. Bailaba al lado del maromo sin dirigirle la palabra en ningún momento pero cruzándose unas sospechosas miradas. El maromo pasó todo el día sin moverse de su esquina de la barra. Ella venía de vez en cuando. Os dejo imagen de sus cómodos zapatos. Las chanclas de al lado son las del maromo.
Hizo un día estupendo. Yo no me acerqué al agua por miedo a los cocodrilos. Las demás sí se bañaron.
Comimos souvlaki, pizza y sushi. No pude evitar beber una Coca Cola griega. Bueno, fueron dos.
A las seis y media volvimos en barquito al puerto principal. Tuvimos el tiempo justo de ir al hotel y ducharnos porque quedamos a las ocho menos cuarto para ver la puesta de sol y luego cenar.
Entre las griegas estaba Haris, que fue presidente de WISTA Internacional hace unos años. Me invitó a volver mañana en su yate pero tuve que declinar la amable y atractiva invitación porque su intención es salir sobre las ocho de la mañana y yo necesito dormir. Debe de ser una fitipaldi de los mares porque tarda en llegar a Glyfada, al este de Atenas, alrededor de una hora. Teniendo en cuenta que nosotras tardamos hora y media en el Flying Dolphin, es más que probable que llegara despeinada a destino. El barquito tiene tres camarotes con sus tres cuartos de baño completos, salón y cocina. Un juguete, como ella misma dice.
De la puesta de sol se nos rajaron tres, nuestra presidente, Thea y Nuvara, que no están acostumbradas a cenar tarde. Tuvieron que abandonarnos para comer algo. Las nueve que quedábamos y el marido de una de ellas, fuimos a un restaurante que Haris nos recomendó. Cenamos comida casera griega deliciosa en una terraza bajo un tejado de hojas de parra.
Durante la animada cena, la presidente de WISTA Hellas nos estuvo contando el origen de su nombre. Era la esposa de un tal Chronos, que se comía a sus hijos para que no le hicieran sombra. Un día se comió una piedra pensando que era uno de sus hijos recién nacidos. Una historia muy rara porque la piedra es ahora una isla cerca de Creta.
Hacia las doce nos despedimos. Alicia y yo fuimos con Nuvara y Yukse a su hotel un rato. A la una me acosté. Dejé a Alicia preparando su maleta, con gran dificultad por culpa de ese misterio que sucede en todos los viajes.
Buenas noches desde Hydra.





9 jun. 2013

Una cateta en las islas griegas (Día 3)




Desperté un poco antes de las siete, hora a la que sonaron las campanas de la iglesia que tenemos a unos pasos. Me levanté, me arreglé y estuve escribiendo el blog mientras Alicia, una abogada de Valencia que comparte habitación conmigo, intentaba seguir durmiendo sin mucho éxito, porque de vez en cuando asomaba la cabeza y miraba cómo escribía el blog.
A las ocho y cuarto bajamos a desayunar. El personal del servicio de restaurante no habla muy bien inglés. Al camarero le pedí un zumo y me respondió dándome la clave para acceder a internet.
En este hotel no sirven el desayuno estándar de todos los hoteles. Te sientas en la terraza bajo unos cañizos, rodeada de macetas que nadie roba por las noches  a pesar de estar la puerta del jardín abierta de par en par, y empiezan a aparecer platos encima de la mesa como para alimentar a un regimiento. Sandwich mixto, panacota, un misterioso vaso que parecía contener cerveza pero que era en realidad una crema de naranja con algo blanco por encima, pan, tomates con queso por encima, huevo duro, una mini sopa, cereales. Pantagruélico.
A las nueve y cuarto, Laura, Rosana, Alicia y yo fuimos andando hasta el museo histórico, donde iba a tener lugar la jornada de charlas de WISTA Med.
Comenzamos a las nueve y media. El ponente más curioso y simpático fue el capitán Tsakos, una leyenda en el sector local. Este señor ha conseguido en cuarenta años pasar de capitán de barco a poseer una flota de 70 buques. Tiene algo más de ochenta años. Vino a Hydra en su propio yate (en la foto) y se paseó por la conferencia con un cortejo de tripulantes y asistentes. Nos pidió que, si nos encontrábamos con su mujer por Atenas, no le contáramos que había pasado el fin de semana con tantas mujeres.
También nos contó que su padre era marino y que su madre lo esperó ocho años durante la Segunda Guerra Mundial. Salió de casa a luchar en 1940 y no apareció de vuelta hasta 1948. No me salen las cuentas porque la guerra terminó en el 45. ¿Dónde estuvo el buen señor el resto del tiempo?
Hydra se encuentra a unas 37 millas del Pireo y tiene unos 52 km2. Pertenece al Archipiélago Argosarónico, separada del Peloponeso por el estrecho del golfo de Hydra.
La primera academia de náutica se fundó aquí en 1749. Para los marinos griegos es un lugar emblemático. Desde aquí se apoyó la guerra de la independencia con barcos y fondos.
En Hydra han vivido ilustres personajes como Henry Miller, Leonard Cohen y otras celebridades locales como Nicos Hantzikyriakos-Ghikas, que no tengo la menor idea de quién era pero que no pudo pasar desapercibido por la vida con semejante nombre. También es refugio de grandes fortunas que quieren pasar desapercibidas.
En el hotel donde están las chipriotas se hospedó hace poco una señora que necesitaba trabajar en silencio. Vino con su ordenador y su móvil y pasó un mes sin ver a nadie. Así de tranquila es la isla. Tan tranquila y segura que lo dejamos todo por en medio sin preocuparnos de que nos vayan a robar. La verdad es que los chorizos no tendrían a dónde ir y escapar en burro no lo veo como opción práctica.
Por cierto, os mando una foto mía frente a frente con el enemigo.
A media mañana hicimos una pausa para tomar café y pastas. Subimos a la terraza del museo. Desde allí vimos llegar varios barcos de pasajeros. Entre ellos, uno que hace un crucero de un día desde El Pireo. Iba cargado de gente bulliciosa bailando un sirtaki.
Continuamos con las charlas hasta la una y media. Fuimos hasta un restaurante muy cerca de nuestro hotel, con mesas en el exterior bajo la sombra creada con ramas de diferentes plantas. Me senté con las dos miembros de WISTA Chipre, Despina y Martina, que en realidad es alemana, con Vivi, de Grecia, y con las cuatro italianas. Despina y Martina nos estuvieron contando lo duros que fueron los primeros días después de estallar la crisis en su país, los malos momentos pensando que habían perdido sus ahorros y los fondos de sus empresas.
Nos sirvieron ensalada griega, musaka, calamares, pulpo, humus, unas bolas de carne muy ricas y un postre hecho de frutos secos que fue una verdadera bomba. Los tomates parecen de mentira, del aspecto tan estupendo que tienen. Es como si les echaran laca para salir bien en las fotos. Son de un rojo intenso y muy sabrosos.
Hydra está llena de gatos, muchos más que burros. Los hay por todas partes, seguros de que nadie los va a molestar, tirados por en medio de las calles, debajo de tu silla en los restaurantes o mirándote desde el alféizar de cualquier ventana. Algunos tienen un aspecto lamentable, despeluchados pero ninguno famélico. Todo el mundo les da de comer.
En varias mesas junto a nosotras se sentó la asociación de viudas de El Pireo, un grupo de señoras con bigote vestidas de negro que ya habíamos visto anteriormente en el museo.
Le saqué una foto a Sue Ellen, pero no me atrevo a colgarla no vaya a ser que llegue a sus manos y me denuncie. Según me contó Anna-María por la noche, a pesar de sus rarezas, es una señora con un gran corazón, que invierte parte de su fortuna en ayudar a los necesitados. He de decir que no ha hecho honor a su apodo hasta ahora. En ningún momento la hemos visto bebida.
Después de comer nos dividimos en grupos. Algunas cogieron un barquito para ir a bañarse a una cala, otras fueron a visitar un museo de arte moderno, y yo me fui con Eleftheria y las dos de Chipre a dar un paseo y a sentarnos en un bar frente al estrecho de Hydra, mirando al Peloponeso.
Cuando íbamos charlando por una de las estrechas calles, se abrió una ventana de un hotel y apareció nuestra presidente Karin Orsel, que acababa de llegar junto a su relaciones públicas, Thea, que también acabó asomada a la ventana de su habitación. Momento ordinario donde los haya, charlando y riéndonos desde las ventanas y la calle. Quedamos en vernos un rato más tarde en el bar al que íbamos y seguimos caminando.
Eleftheria, que procede de esta isla, dice que lleva toda su vida recorriéndola y aún así nunca sabe exactamente por dónde anda. Es un laberinto de calles con fachadas blanqueadas y suelo de piedra.
Por cierto, hemos averiguado quién es el chino. Parece ser que es un abogado maritimista que se encontraba en Atenas por negocios. Oyó hablar de la conferencia y preguntó si podía asistir.
A las seis y media volvimos a nuestros hoteles. En el jardín del mío me encontré con el resto de las españolas, que habían ido a bañarse pero no se bañaron porque el agua estaba bastante fría.
Nos arreglamos para asistir a la cena. Salimos del hotel a las siete y media para coger el barquito que nos llevaría al restaurante Castello. Por el camino nos encontramos a un cura ortodoxo. Cuando estuve la otra vez en Atenas tuve la oportunidad de oler a un grupo de curas de cerca. Metidos en ese vestuario acaban todos oliendo a cerrado.
El barquito hizo un trayecto de cinco minutos hasta un pequeño puerto de pescadores hacia el oeste del puerto principal. Desde allí caminamos unos minutos hasta el restaurante, teniendo que dejar paso a varios burros que transportaban paja.
Sirvieron champán y mojitos. Para mí agua de botella. No me gusta la Coca Cola griega.
Disfrutamos de una estupenda puesta de sol a una temperatura perfecta para mí. Unas cuantas griegas que llegaron para la cena desde Atenas nos contaron que allí estaba lloviendo. Entre las recién llegadas, mi buena amiga Anna-María, que no pudo venir antes porque tenía un bautizo esta mañana.
Nos sentamos a cenar tardísimo. Nuvara estaba escandalizada porque a las once de la noche todavía íbamos por el tercer plato, cuando ella en casa no come nada más allá de las ocho.
Hacia la una nos levantamos de la mesa. En otra parte del restaurante empezaba el baile. Unas cuantas decidimos volver caminando hasta el hotel. Tardamos unos veinte minutos. Fue un paseo muy agradable, casi a oscuras pero sin peligro de despeñarnos por el pequeño acantilado a nuestra izquierda.
A las dos menos cuarto estábamos metidas en la cama. Alicia tardó medio segundo en comenzar a respirar como respira la gente que duerme pacíficamente. Yo tardé segundo y medio.
 
Buenas noches desde Hydra.



8 jun. 2013

Una cateta en las Islas Griegas (Día 2)




07:00 hrs. Suenan las campanas de una iglesia cercana como si fuera el día de la liberación. Intento volver a dormir a pesar del frío siberiano que hace en la habitación. Al llegar ayer por la noche estaba el aire acondicionado puesto a 17ºC y no hubo manera de volver a calentar aquello.
Hacia las ocho me levanté, me arreglé y os escribí.
A las diez bajamos a desayunar. Pronto aparecieron Nuvara y Suzan Atasoy, nuestras amigas turcas. Estuvimos degustando la Nocilla local junto con otros productos propios del desayuno.
A las once y cuarto salimos a dar un paseo por El Pireo, donde no vimos a los niños por ningún lado.
El Pireo está que se cae a pedazos. Necesitan un Plan E como el nuestro por la vía de urgencia. Las calles están rotas, llenas de socavones. El tráfico es caótico y ruidoso. El aspecto es agitanado, con puestos ambulantes por la calle y mucha gente por todos lados.
Entramos en un café a tomar algo encontrándonos con un cenicero con una colilla. Fuman en los cafés. Nuvara preguntó si allí se podía fumar. La camarera la miró sorprendida y respondió: “Pues claro que se puede fumar.”
Recogimos el equipaje en el hotel y fuimos andando hasta el puerto por las calles ruinosas haciendo sufrir intensamente a las ruedas de nuestras maletas. Nos jugamos la vida en un semáforo que se puso en rojo cuando íbamos por la mediana, pillándonos allí en medio con todas las maletas. Un trolebús pasó afeitándonos la cara. A Nuvara y a Suzan les recordaba mucho a Estambul.
En el puerto nos encontramos con más miembros de WISTA Turquía, tres miembros de WISTA UK vestidas de exploradoras y unas cuantas griegas. Subimos a un artefacto flotante llamado Flying Dolphin, que levanta unas patas por la proa y corre que vuela. Ibamos embutidos en aquel aparato como si fuéramos refugiados, con las maletas colocadas por todas partes sin tener el  más minimo espacio para movernos de nuestros asiento. Las normas de seguridad marítima se las pasan por el forro. En caso de un golpe de mar, que no lo hubo porque hacía un tiempo estupendo, los pasajeros de las primeras filas centrales hubieran comido maleta seguro.
El pasaje estaba compuesto por un personal de lo más variado.
Justo detrás de Rosana y de mí se sentaron una inglesa que vive aquí y una armadora griega a la que le han hecho un desastroso trabajito en la cara. Parece que le han pegado un puñetazo en la boca. La señora tiene tanto dinero que ha decidido que está por encima del bien y del mal, ignorando a los pobres asalariados. Así que nosotras fuimos ignoradas completamente. Decidimos bautizarla “Sue Ellen” por la voz aguardentosa. Tenemos esperanza de verla tambaleándose por Hydra con una cogorza monumental.
Según me comentaron luego las cotillas locales, la ha castigado Dios con una nuera muy pobre muy pobre.
El trayecto desde El Pireo a Hydra fue de una hora y media, con parada en la isla de Poros para dejar a gran parte del pasaje. La distancia que separa Poros del Peloponeso es mínima. Los paisajes, espectaculares.
A las tres y media llegamos a Hydra, donde no hay coches. El único medio de transporte es el burro o las propias patas.
Nos estaban esperando en el muelle con cartelitos para los distintos hoteles. Embarcaron nuestras maletas en burros y fuimos caminando detrás de ellos hacia el hotel.
Las calles de Hydra son estrechas, empedradas, con casitas de una o dos plantas. Silencio absoluto.
¿Quién dijo que el burro es una especie en extinción? Mentira. Están todos aquí escondidos.
Los burros circulan ordenadamente por las calles transportando maletas, lavadoras y personas. Los conductores de los burros llevan con ellos una escoba para no dejar restos del burro por el camino.
Tras un recorrido de unos cinco minutos llegamos al hotel. Precioso hotel con unas vistas estupendas y, sobre todo, silencio.
La gestión del hotel es un poco de andar por casa. Dejan móviles en el mostrador y las llaves de las habitaciones por allí encima para que tú mismo la cojas. Incluso nos dieron la llave de la puerta principal para entrar por la noche porque ellos se acuestan y no dejan a nadie en recepción.
Rosana y yo, que no habíamos comido, salimos a buscar un restaurante. Encontramos uno donde nos sirvieron una estupenda ensalada griega y unos pinchos de pollo con pan de pita. Se unió a nosotras la corresponsal de un periódico marítimo, inglesa de nacimiento pero residente en Atenas desde hace muchos años.
Una vez el estómago lleno, fuimos a dar una vuelta por la zona, vuelta que duró poco porque esto es bastante pequeño.
En el puerto había atracados algunos yates. De uno de ellos salieron varios individuos hablando en ruso. La camarera que estaba en cubierta llevaba una falda demasiado corta.
Volvimos al hotel a ducharnos y vestirnos para asistir al cóctel de bienvenida de la reunión WISTA Med a las ocho junto al museo histórico de Hydra.
Fueron llegando miembros de Italia, Reino Unido, Chipre, Turquía, Grecia y un chino al que nadie conoce.
En la foto  con Despina y Nuvara.
Hizo una temperatura estupenda, así que estuvimos la mar de bien al borde del mar disfrutando de las vistas de la isla y de la puesta de sol.
El evento duró hasta las once aproximadamente. Nos llevaron a conocer el bar más chic de la isla, El Pirata.
Hacia las doce y media volvimos al hotel. Entramos con nuestra llave, y nos acostamos muertas, absolutamente muertas.
 
Buenas noches desde Hydra.
 











 



7 jun. 2013

Una cateta en las islas griegas (Día 1)


11:45 hrs. Mi anciano padre y su señora (mi madre) me recogieron en casa, a pesar de haber quedado a las 12:00 hrs. No salimos ni raudos ni veloces hacia el aeropuerto, sino a una media de 92 km/hora. A las pruebas me remito.  

Llegamos al aeropuerto de Sevilla a las 13:15 hrs, sin novedad.

Facturé la maleta hasta Barcelona. No me dejaron hacerlo hasta Atenas. Misterios de Iberia Líneas Aéreas de España. El primer tramo del viaje lo hice con Iberia pero en un vuelo de Vueling y el segundo tramo con Vueling directamente.

Mientras hacíamos tiempo, mi madre entabló amistad con un perro diminuto que viajaba a Menorca con su dueña y mi padre con un jubilado italiano que viajaba solo con permiso de su mujer.

Dejamos a mi padre con el italiano y al perro con su dueña y fuimos mi madre y yo a la cafetería para que yo pudiera meterme algo entre pecho y espalda. Bocadillo de jamón serrano y queso regado con agua mineral sin gas.

Volvimos a recuperar a mi padre de las garras del italiano, que no paraba de darle carrete. Me despedí de ellos y entré en la zona de pasajeros, no sin antes sufrir un pequeño incidente con el guardia de seguridad que controlaba la pantalla de rayos x. Insistía en que en mi mochila había una botella de gran tamaño con líquido dentro. Mi cara de sorpresa fue mayúscula porque, aparte de un frasco de desodorante y un bote de colonia del tamaño permitido, no llevaba conmigo ningún otro líquido. Propuse vaciar la mochila para encontrar la misteriosa botella. Así hice. Cuando saqué una manzana del fondo de la mochila, el guardia dijo: “¡Ah, es la manzana! Es que recuerda mucho al culo de una botella. Aún sigo pensando en el asunto.

Paseé por las tiendas del duty free observando con detenimiento los souvenirs. Emoción al encontrar una muñeca gitana como las de antes. Pensé que ya no se fabricaban, puesto que ya no se pueden colocar encima de los televisores sobre un paño de ganchillo junto a un toro con banderillas.

Volví a encontrarme con el mini perro y su dueña montando una escena (la dueña, no el perro). El perro tenía una pata encogida y la dueña lloraba desconsoladamente del susto. Varias pasajeras intentaban calmarla. Supongo que el perro sufría un calambre o similar porque no tardó mucho en recuperarse.

Embarcamos a la hora prevista. Cuando ya estábamos todos sentados, apareció la señora del perro con el perro debajo del brazo metido en una bolsa especial para transportar perros de bolsillo. Su asiento estaba situado justo delante del mío, junto a la ventanilla. Intentó cambiarlo con el pasajero del pasillo pero la azafata no se lo permitió porque hay que viajar en ventanilla si llevas un animal contigo. La señora decía que tenía fobia.

A mitad de vuelo sacó un bocadillo envuelto en papel de aluminio. El efluvio a chorizo invadió toda la cabina.

El perro no dijo ni mú en todo el camino. Tiene que ser un perro muy bueno porque yo, si fuera perro, aullaría de terror si me metieran debajo de un asiento dentro de una bolsa y sintiera despegar el avión.

Junto a la señora se sentaba un señor exactamente igual a Durán Lleida pero tuerto.

Llegamos a Barcelona a las 17:15 hrs. Flipé con el aeropuerto. No hacía escala en El Prat desde 2007, cuando fui a la conferencia de WISTA en Copenhagen. Es espectacular, enorme, moderno y lleno de tiendas y restaurantes.

Recuperé mi maleta observando que el candado estaba abierto. Eché un vistazo por encima sin notar nada extraño en el interior.

Volví a facturar y pasé el control de pasajeros. Llevando encima las mismas cosas que en Sevilla, esta vez pité y tuve que pasar por el habitual masaje corporal.

Di un paseo por las tiendas y me senté en una cafetería a tomar una Coca Cola, probablemente la última en los próximos días porque la Coca Cola griega sabe diferente y no me gusta.

Hacia las ocho apareció Rosana y, un rato más tarde, Laura. Embarcamos sin novedad, despegando a las 21:15 hrs. Nos tuvimos que sentar separadas. A mí me tocó en la fila un griego gordo en chancletas, con un asiento vacío entre los dos, gracias a Dios. En cierto momento se quitó las chancletas y fue horrible, indescriptible. No quiero hablar más del tema. Horrible.

A mitad de vuelo pidieron un médico. Aparecieron tres. Una señora que se sentaba justo al lado de Laura se encontró mal. No me extraña. Llevaba un vestido de fiesta de lentejuelas negro que le apretaba las gordas carnes impidiéndole respirar con normalidad. Eso y la presión del avión tuvieron que ser letales. Finalmente, no murió.

Aterrizamos a las 00:50 hrs en el aeropuerto Eleftherios Venizelos. Recogimos nuestras maletas y salimos a buscar al taxista que habíamos contratado para llevarnos a El Pireo, a unos 50 kms del aeropuerto. Era un tío muy simpático que no paró de hablar en todo el camino.

Llegamos al hotel y nos encontramos con un recepcionista super desagradable que poco a poco fue suavizando el tono según íbamos arreglando el problema de la reserva de Rosana, que estaba hecha para el seis de mayo en lugar del seis de junio. Finalmente le dieron una suite, lo único que había libre en ese momento.

Os dejo un video explicativo de a dónde vamos y para qué.


 
Me di una ducha y a las tres me metí en el sobre.

Buenas noches desde El Pireo.