20 oct. 2009

Once peluqueras

Once peluqueras

Dado que tenía la mañana libre y unas greñas impresentables, fui ayer a la peluquería. Entré a lavar la cabeza sin esperar. Empezamos bien. Una vez sentada en la silla de tortura, a través del espejo pude observar ciertas miradas extrañas por parte de unas jovencitas presentes en la sala. Resultaron ser estudiantes de peluquería. La profesora las llamó, me rodearon y todas se negaron a coger las tijeras que les eran ofrecidas para meterle mano a mi cabellera. Escalofríos. La profesora agarró del brazo a una de ellas, la colocó justo detrás de mí y le puso las tijeras en la mano. Comenzó un tira y afloja entre la profesora, la involuntaria alumna, las tijeras, unas pinzas enormes, un peine, mi cabeza y los dedos de la alumna. De repente, sentí que algo oscuro se deslizaba desde mi cabeza al suelo, pasando por mi oreja. El corazón se me puso en la boca. Se aceleraron mis pulsaciones. Casi se me salen los ojos de las órbitas. “Un mechón de mi melena acaba de caer al suelo”, pensé. Pensamiento absurdo, pues hace meses que no tengo melena. Se trataba de una pinza gigante. Alivio.
De pronto, gritos de la profesora y un teléfono móvil que cae en el mostrador con gran estrépito, junto a mis gafas. Yo sin gafas sólo me entero de la mitad de lo que pasa. Tremenda bronca a una de las once peluqueras, que había decidido iniciar una conversación telefónica en mitad de la explicación de cómo cortarme el pelo. No hay respeto.
La involuntaria peluquera y yo aprovechamos el revuelo para llegar a un acuerdo. “Tú tranquila. Haz lo posible para respetar mis orejas. El pelo no importa. Ya crecerá”. “Yo te corto poco y luego la profesora que lo repase”.
Llegado el momento de cortar las patillas, la involuntaria peluquera dijo que tururú trompetas, que ella no metía las tijeras en mis orejas. La profesora aprovechó el momento para dejar por imposibles a la involuntaria peluquera y a sus diez compañeras, que estaban más ocupadas en mascar chicle, criticar a la profesora, mirarse las uñas y poner cara de asco, que en aprender un oficio para el día de mañana. Se acercó entonces la autora de mi nuevo look, una tal Ursula. Empuñó las tijeras y con gran maestría arregló lo que pudo. Satisfechas ambas partes, me dirigí a mi casa a deshacerme de todos los pelos que habían caído sobre mi cuerpo durante la batalla. Hasta dentro de los calcetines había.

9 oct. 2009

Carta de un dedo a mi padre



Aquí, 09 de octubre de 2009

Estimado don Emilio:

Llevamos juntos 78 años y creo que ha llegado el momento de separarnos.
Mi vida junto a usted ha sido un verdadero infierno.
A la inocente edad de 3 años sufrí un terrible trauma al presenciar cómo mi vecino de al lado casi fallecía aplastado por la rueda de un triciclo. Las secuelas físicas que arrastra son un permanente recuerdo de aquel suceso. Esa uña deforme y oscura me produce escalofríos continuamente.
Me siento en franca desventaja cuando me comparo con mi colega de la mano izquierda. El ha vivido del cuento todos estos años, sin sobresaltos, sin dar golpe. Soy un marginado en relación a mis cuatro compañeros. Se me considera superfluo y, sin embargo, he llevado el peso de las tareas más delicadas.
He tenido que soportar su afición a la mecánica, que conllevaba introducirnos en artefactos grasientos; su afición a las manualidades, con continuos golpes y cortes.
La gota que ha colmado el vaso han sido los acontecimientos del último año. Primero, ese martillazo que sufrí, todavía no sé si accidentalmente o porque no le resulto simpático. Luego su negativa a llevarme a un hospital para recibir tratamiento médico. Desde entonces vivo encorvado, doblado por la mitad. Soy un discapacitado. Y por último, ese navajazo que me asestó hace unos días. Poco faltó para morir desangrado. Por fin me llevó al médico, y tuve que sufrir las burlas de la doctora, comparándome con el dedo de su abuelo, minusválido como yo. Ahora estoy al borde de la gangrena, con una herida abierta infectada, envuelto en un mugriento sudario.
Por todo ello, le comunico que voy a tomar medidas drásticas. Tengo previsto solicitar judicialmente la amputación inmediata.

Se despide atentamente,
Su dedo meñique derecho.

7 oct. 2009

La familia Monster

ZP: He estado pensando. Vamos a sacar a las niñas del sótano para que les dé el aire.
SONSOLES: ¿Estás seguro, Jose?
ZP: Totalmente. Nos las vamos a llevar a Pittsburg, para que conozcan mundo.
SONSOLES: Jose, mira que nos van a echar a perder el viaje.
ZP: Andy, ¿tú qué opinas?
ANDY: Puede ser un problema. Con lo moníiiiiiisima que era Anita, no podemos presentarnos con esos dos adefesios en público, y perdone el exceso de sinceridad por mi parte.
ZP: La pequeña me dijo el otro día: “Papá, cuando vayas a Afganistán, al primer soldado muerto que te encuentres, le arrancas las botas y me las traes.”
ANDY: Yo me lavo las manos. En mi contrato de asesor de imagen no se menciona nada de esto. Yo no me como el marrón.
ZP: Les buscas un saco negro a cada una y con eso van que chutan.
SONSOLES: Tú te arreglas con ellas, Jose. Esas dos desgraciadas han salido a ti. En mi casa no había góticas ni niños muertos. Yo no puedo con ellas.
ZP: Aquí se hace lo que yo diga. Les ponemos los sacos y si hay que sacarse una foto, las colocamos detrás de los negros para que disimulen. Nadie se va a dar cuenta.

3 oct. 2009

Vuelta al cole

Después de 24 años y tomando como excusa el 200 aniversario del nacimiento de sus fundadores, el colegio que me tuvo recogida durante mi infancia y adolescencia, celebró ayer un encuentro de antiguas alumnas. Podría decir alumnos, pero había cuatro por allí solamente, así que digo alumnas. No hubo niños en el colegio hasta después de salir mi generación.
A las siete se celebró una misa en una céntrica iglesia. Terrible error el empezar con la misa, porque los reencuentros se produjeron dentro de la iglesia y hubo poco silencio y recogimiento.
A la hora de las ofrendas, se levantaron varias monjas. Una de ellas despertó un murmullo general y risas nerviosas. Era la hermana Piedad, actualmente destinada en Albacete. Nos dejó un recuerdo indeleble. Enseñaba Física y Química, asignatura que absolutamente todas aprendimos a odiar a muerte. Una mirada suya podía helarte la sangre. Ha debido de firmar un pacto con el diablo, porque sigue exactamente igual. No repito otras barbaridades que se dijeron respecto a su método para mantenerse joven.
Al final de la misa, cantamos a grito pelado el himno del colegio, formando un gran alboroto. ¡Como ya no nos pueden reñir! Para nuestra sorpresa, le han cambiado la letra, pero nos tuvieron que permitir cantar el antiguo. Aquella arenga que te invitaba al sacrificio y la entrega hasta la muerte debe de ser demasiado para los sensibles oídos de los niños de hoy en día.
A la salida, abrazos, fotos, risas.
A las nueve y media llegamos al colegio, donde un catering nos serviría un ágape en el patio y el gimnasio. No recuerdo haber comido mucho, pero no importa.
Entramos a inspeccionar el edificio del colegio. Todo nos pareció mucho más pequeño. Aquellas escaleras donde nos cruzábamos grupos subiendo y bajando parecían diminutas. Allí seguían los mismos percheros, los mismos trofeos, el mismo televisor en el que vimos el entierro de Juan Pablo I. Nos sentamos en el aula de 6º de EGB con nuestra profesora de Historia. Caras emocionadas. En la capilla, el Cristo diminuto y desproporcionado. En la sala acristalada donde se recibía a los padres para contarles las barbaridades que hacíamos me senté en una de las butacas y, ni pizca de miedo, oye.
Fuimos buscando a las profesoras y jugamos a ver si recordaban nuestros nombres. Me hizo ilusión ver que la mayoría sí me recordaba, con nombre y apellido. Aunque, claro, es como el que recuerda el nombre de un huracán.
Es curioso el respeto que todavía sentimos. Hubo quien tuvo que dejar la copa y el pitillo porque no se atrevía a saludar a las monjas con ellos en la mano. A mí me entraron unas ganas tremendas de fumar, supongo que por el puntito de rebeldía, pero me contuve.
Cerramos la fiesta a las dos de la madrugada, después de disfrutar de barra libre en el gimnasio. Todavía me acuerdo de la fiesta que montamos en 3º de BUP con el alcohol escondido porque estaba totalmente prohibido.

Por unas horas volvimos a ser las quinceañeras descerebradas que se reían de todo, con toda la vida por delante.