12 mar. 2013

Una cateta en Suiza (Día 6)


06:00 hrs. Sonó el despertador y salté de la cama como un resorte. Me arreglé rápidamente y me despedí de la recepcionista italiana en francés. Su respuesta: “¿Qué?”.
A las 06:30 hrs estaba tomando el metro en la estación junto al hotel. Llovía. Para acceder al andén tomé un ascensor porque las escaleras, con la maleta a cuestas, eran todo un reto. Una vez dentro de la cabina, empecé a pensar que no era tan buena idea. Hace años quedé encerrada en un ascensor con mis padres y mi maleta cuarenta y cinco minutos antes de tomar un tren. Desde entonces, cada vez que salgo de viaje bajo con la maleta andando por la escalera.
A las seis y media de la mañana hay más vida en Lausanne que a las seis y media de la tarde. En el metro no se cabía. Mi maleta y yo tuvimos que estrujarnos como pudimos para entrar en el vagón. En el trayecto, de una sola estación, ni un murmullo. Silencio absoluto.
A las 06:42 estaba subida al tren destino al aeropuerto de Ginebra. Por megafonía una amable señorita nos comunicó en francés que íbamos a tener un retraso de cuatro minutos y que lo sentía de todo corazón. Cuatro minutos.
El tren, de dos pisos, iba también muy lleno. Gracias a Dios, esta vez no era un tren con tres escalones para subir la maleta. Estaba al nivel del andén.
A las 07:30 hrs descendía del tren en el aeropuerto de Ginebra. Nadie me pidió el billete. Demasiado pronto, pero es que no puedo evitarlo. No quiero vivir la experiencia de perder un avión.
Estuve paseando sin poder facturar por lo temprano de la hora. Los aeropuertos son lugares muy interesantes. Se ven cosas y personas muy curiosas. En el mostrador de facturación de Etihad con destino a Abu Dabi había una alfombra y unas barandillas con cordón de raso para los pasajeros de “Primera Clase Diamante”. En la zona de facturación para Tel Aviv había un policía con metralleta apuntando desde la primera planta y otros dos policías a cada lado de los mostradores. Le pregunté esta mañana a Vilma por e-mail al respecto y me dijo que para ellos esas medidas de seguridad son normales. Tampoco te podías acercar al mostrador directamente. Había que pasar por un control previo.
Hay un mostrador especial para facturar esquíes. De hecho, vi pasar montones de gente con destino o procedentes de sus vacaciones de invierno, cargando con enormes bultos alargados y con las botas de esquí colgando de las mochilas.
Los vuelos a París estaban cancelados. Ayer recibí un mensaje de Iberia informando que los previstos desde y hacia Madrid también se iban a cancelar por culpa de un temporal de nieve.
Apareció de repente una marabunta de chinos empujando a todo bicho viviente para llegar al mostrador de Etihad, rompiendo la paz y el orden que reinan en toda Suiza. Los chinos llevan poco tiempo viajando al extranjero, y eso se nota en la cara, aunque sea cara de chino.
Me crucé con una familia de ingleses que ayer estaba sacándose fotos junto a la catedral de Lausanne cuando estaba yo allí con mi Coca Cola disfrutando del paisaje. ¡Qué pequeño es el mundo!
A las nueve y cuarto abrieron el mostrador de facturación de Iberia. Fui la primera en facturar y entré a la zona de pasajeros disfrutando previamente de un masaje corporal por parte de una policía porque al pasar por el escáner pité como si llevara un kalashnikov atado a la pierna. Me dejó entrar pero no la vi muy convencida. Supongo que habrá respirado tranquila sabiendo que no explotó ni fue secuestrado ningún avión durante el día de hoy.
Las tiendas de duty free rebosaban de chocolate. Todos los conejitos de Pascua me miraban fijamente repitiendo en mi cabeza: “Cómeme, cómeme, cómeme, cómeme…..” Tuve que huir al servicio de señoras a refrescarme la frente. Me sudaban las manos y me temblaban las piernas. Al salir tropecé con un conejo de Pascua del tamaño de un perro mediano. Costaba unos ochenta euros, y me miraba fijamente pero no me decía nada.
Sentí un poco de hambre. Me senté en una cafetería a comer un scone de vainilla. Les tenía echado el ojo desde hace varios días pero no se había presentado la ocasión hasta hoy. Muy muy rico. Mientras lo comía estuve viendo el Telediario en el iPhone. Pasó por allí un fulano en chanclas. En las noticias hablaba una locutora con un cura en el estudio, explicando detalles del Cónclave. El cura iba de sotana, con alzacuellos. Pues la locutora lo tuteaba con todo el morro. Hemos perdido las formas completamente. ¿Veis por qué me quiero quedar en Suiza?
A mi lado, una reunión improvisada de ejecutivos de Rolex. Parece que las ventas no van muy bien y hay que atacar al mercado chino. Todos ellos llevaban en la muñeca unos relojes impresionantes.
Entré en el baño a lavarme los dientes. En la mayoría de los baños públicos que he visitado tienen esos extraños aparatos de los que sale una toalla que se enrolla sola cuando terminas de secarte. No deja de ser un misterio para mí su funcionamiento. ¿La cambian regularmente o se autolimpia? Estas de Suiza te preguntan tu opinión sobre el servicio que dan. ¿Cómo se juzga a una toalla? Yo todas las veces pulsé el botón amarillo, el de la indiferencia. ¿Qué hay peor que la indiferencia? No era plan de pulsar el rojo malacara, aunque prefiera un buen golpe de viento para secarme.
Recorrí la terminal de punta a cabo buscando una librería para gastar mis últimos francos en algo de provecho. Ni una.
Noté que se abría a mi izquierda una de esas puertas misteriosas que hay en las terminales de los aeropuertos, que no sabes a donde conducen ni porqué están allí. De ella salió un grupo de personas rodeando a Arnold Swarzenegger, que casi se da de bruces conmigo al pasar a mi lado. Hoy leí en un periódico que había en el tren que viene al Salón del Automóvil de Ginebra casi todos los años. Ayer tuvo que marchar de allí porque llegó un momento en que lo rodearon los fans y no lo dejaban en paz.
No me dio tiempo de sacarle una foto en condiciones. Tendría que haber corrido detrás como una gilipollas, y una tiene que guardar las formas, aunque sea en Ginebra donde nadie me conoce. Es el primero de la derecha en la foto. Sí me dio tiempo de constatar que: 1) lleva el pelo teñido de color caoba, 2) se ha hecho la cirugía estética y ha dejado de tener una cara normal, 3) no es alto, como la mayoría de los culturistas, que a falta de altura se cultivan la anchura.
Embarcamos en el avión de Iberia veinte minutos tarde porque venía tarde de Madrid. Mal empezamos. En la misma puerta del avión había cuatro policías. Los únicos policías que he visto estos días fueron dos ayer que estaban comprando un disco en la Fnac, el de la metralleta y los otros dos del aeropuerto junto al mostrador de los judíos. De ahí lo curioso y preocupante de ver a aquellos cuatro. Tan pronto entré en el avión supe el motivo. Al fondo del todo había dos negros sentados que no habían entrado delante de mí. Inmigrantes ilegales de vuelta a casa. Volaron sin escolta pero no dieron nada de guerra. Al llegar a Madrid los estaba esperando una pareja de la Policía Nacional. Los desembarcaron los últimos.
El vuelo pasó sin ninguna otra anécdota digna de resaltar. Aterrizamos a las 14:10 y pasamos más de quince minutos circulando por Barajas buscando aparcamiento. Nos dejaron en el último finger al final del todo de la T4.
Di un voleo por las tiendas duty free y me senté a leer y a escribiros hasta las cinco. A esa hora ya aparecía anunciada en las pantallas la puerta de embarque para Sevilla. Estaba casi al final de la terminal, cerca de donde aparcamos con el avión de Ginebra. Me senté junto a la puerta para ser Mariquita la Primera, aunque no pudo ser porque aquello se convirtió enseguida en los Juegos Paralímpicos. Hubo que esperar a que los minusválidos se sentaran para poder embarcar.
Detrás de mí se sentó un uruguayo acompañando a un niño de origen magrebí que venía a Sevilla a operarse de algo. El uruguayo se identificó como voluntario a la azafata y le contó toda la historia, que oí a medias porque en ese momento estaban explicando cómo no morir si al avión le pasa algún percance. El  magrebí, de siete y ocho años, fue todo el viaje dándome la paliza plegando y desplegando la bandeja del asiento. Estuve a punto de operarlo de las manos yo misma allí mismo.
Llegamos a Sevilla a las siete y cuarto. Mi maleta tardó bastante en salir. Mi taxista favorito, que es un hombre muy puntual (me ha obligado a decirlo, yo no quería), me esperaba perdido entre la multitud de jubilados del Inserso que llegaban en ese momento. Tomamos algo en la cafetería mientras veíamos salir la fumata negra en el Vaticano. A las nueve y media estaba en casa con las zapatillas, mis queridas zapatillas puestas.
 
Vuelvo de Suiza convencida de que nos han tenido engañados toda la vida. No existen las vacas moradas, y de las blancas tengo mis dudas.
 
No quiero terminar este reportaje sin rendir un sentido homenaje a mis zapatos de viajar. Tuve que jubilarlos hace un par de meses por desgaste. Me han acompañado por medio mundo. Con el eterno agradecimiento de mis pies me despido hasta siempre.
 
Buenas noches desde mi casita.

11 mar. 2013

Una cateta en Suiza (Lausanne, día 5)


06:20 de la mañana. Despierto. ¿Para qué despierto a las 06:20 hrs de la mañana? ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Leo el periódico en el iPad, me levanto, reorganizo la maleta recolocando los seis kilos de chocolate que me han regalado, veo el Telediario en el iPad porque en la habitación no hay televisor, sólo una silla saliendo de la pared. Todos los muebles del hotel están apilados unos encima de otros en la cafetería junto a recepción.

Desayuné y salí a la calle a las 08:40 hrs para coger el metro con destino a Ouchy, que es la zona al borde del lago Leman. Aquí también me dieron una tarjeta de transporte gratuita para usar durante mi estancia. En las estaciones de metro no hay puertas, ni tornos, ni ningún tipo de control de acceso o salida. Tampoco se ven revisores. Este es un país civilizado. Ves a los ciudadanos comprar sus billetes en las máquinas expendedoras aún sabiendo que no hay vigilancia. En España iba a comprar el billete Rita.

Una vez en Ouchy me acerqué al borde del lago en el quai Jean-Pascal Delamuraz. Aunque la predicción meteorológica daba agua para todo el día, estuvo lloviendo copiosamente durante la noche y empezaba a despejar en ese momento. Lo de que llovió toda la noche lo sé porque todo estaba muy mojado. Yo de lo que pasa por la noche no me entero nunca porque fallezco según pongo la cabeza en la almohada y resucito sobre las seis y media de la mañana.

No había absolutamente nadie por la calle. En el embarcadero sólo se oía el ruido de los pájaros. Fue un momento espectacular. Tengo un video grabado con el teléfono. He intentado subirlo a internet pero no he podido por culpa del tamaño.

Desde allí salen barcos con varios destinos, entre ellos Evian, que es la población justo al otro lado del lago. Lástima no tener más tiempo. Me hubiera gustado ir. Al organizar el viaje no lo quise alargar mucho pensando que iba a hacer un tiempo infernal y que me sería difícil estar todo el día en la calle. Finalmente, excepto el viernes, todos los días han sido bastante aceptables. Hoy la temperatura, mientras estuve en la calle, varió entre los 8 a los 12 grados.

Caminé por el borde del lago a lo largo del quai de Belgique en dirección al parque y museo olímpicos, aún sabiendo que están cerrados hasta el próximo otoño por obras. Sólo pude ver la entrada y algo de los jardines en cuesta. Di media vuelta, cruzándome sólo con tres señoras elegantes dando su caminata matutina.

Volví a la estación de metro sin puertas y subí hasta la estación de tren. Compré el billete para el aeropuerto. Así mañana no tengo que entretenerme. Volví al metro y seguí subiendo hasta Leflon, que es la parada donde está mi hotel, en la Plaza de Europa.

Se ve que la plaza fue remodelada hace poco. Para salvar los desniveles del terreno, han construido una pasarela y un ascensor para acceder a ella. El hotel es un edificio color salmón que se ve a la izquierda, justo por donde están pasando los camiones. El edificio con jardín en las paredes es la estación de metro. Al fondo hay unos antiguos almacenes que han convertido en zona de tiendas y de bares. A la derecha, en la parte alta, hay otra zona comercial y las calles peatonales que conducen al ayuntamiento.

Subí por la pasarela hasta la Plaza St. François. Entré en Starbucks a tomar un chocolate caliente y a conectarme a internet porque tienen wifi gratis. Luego ascendí por la empedrada e inclinada rue de Bourg, con sus tiendas elegantes. ¡Cómo se notan las horas de gimnasio! Iba como una moto. Llegué hasta la catedral gótica, en lo más alto de la ciudad, y paseé por las calles de alrededor. A la vuelta entré a echar un vistazo. No esperaba gran cosa, porque ya se sabe que las iglesias protestantes tienen menos detalles que un Panda, pero como antes de la Reforma fue católica, algo queda. Tiene un rosetón y unas vidrieras bastante aceptables. La catedral está restaurada de hace poco. Se ve perfectamente por el color de la piedra.

Hacía allí dentro una temperatura estupenda. De unas rejillas en el suelo salía aire caliente. No tengo ni idea de en qué época hicieron los agujeros para colocar el sistema de calefacción.

Estuve un rato disfrutando de la vista desde aquella altura, con los Alpes al fondo y los tejados de las casas de Lausanne.

Descendí hasta la Place de la Palud, donde se encuentran el ayuntamiento, construido en el siglo XVII, y la Fuente de la Justicia. La Justicia es una señora de colores con una balanza en la mano. No le encuentro el interés a la fuente, la verdad. Me parece un poco kitsch. Justo detrás de ella hay una farmacia. Encima de la farmacia hay un reloj con una casita. A cada hora suena una voz contando una breve historia. De la casita salen personajes paseando al son de una música de fondo. Allí se reúnen niños para verlo.

Pasé por varias pastelerías con el escaparate rebosando de bollería y bombones. Los panes que Heidi escondía en casa de Clara son fáciles de encontrar. La pobre se habría ahorrado el disgusto que se llevó cuando descubrió que se le habían puesto duros como piedras si hubiera venido a Lausanne a comprarlos justo antes de visitar al abuelo.

Subí y bajé por varias calles de los alrededores viendo tiendas y edificios antiguos con las contraventanas de madera.

Volví al hotel a descansar un rato antes de comer. Detrás del mostrador de recepción estaban el argentino y una italiana hablando en francés entre sí; el argentino con su fuerte acento argentino y la italiana con su fuerte acento italiano. Cómico.

Según información encontrada en internet, el restaurante donde se hacen las mejores hamburguesas de Suiza es el Holy Cow. Casualmente, había uno a unos metros del hotel de Ginebra y otro muy cerca de éste. Intenté comer allí ayer pero estaba cerrado. ¿Quién cierra un restaurante en domingo? Estos suizos hacen unas cosas muy raras.

El restaurante tiene varias mesas alargadas de madera donde se sienta la gente junta aunque no se conozcan de nada. La hamburguesa pequeña es una monstruosidad, acompañada de patatas fritas enormes. No sé cómo conseguí comerme aquello.

Tuve que dar un largo paseo para bajar la comida.  

Por fin vi una vaca parada en la puerta de una tienda. No sé si contabiliza como vaca para el informe sobre vacas suizas.

Entré en un par de supermercados. Me gusta ver qué come la gente en otros países. La mayor parte de la fruta es de origen español pero tres veces más cara que en España. Compran por piezas, no por kilos. Me gustaría verles la cara si vinieran al mercado donde compro yo.

Se acerca Pascua y con ella los huevos de Pascua y los conejos de Pascua. He tenido que hacer un tremendo ejercicio de autocontrol durante todo el día. Los supermercados están llenos de conejos de Pascua de chocolate. Los hay de todos los tamaños y formas. Una abuela llenaba el carro de conejos de Pascua para sus nietos con gran cuidado para que no se le rompieran. Debe de tener muchos nietos porque llevaba muchos conejos.

En otra tienda vendían herramientas de chocolate e imágenes del Kamasutra de chocolate. Lo siento, foto no disponible.

Una vez visto todo lo que tiene que verse en Lausanne y como hacía un sol radiante, decidí subir de nuevo hasta la catedral a sentarme a disfrutar de la vista. Compré una Coca Cola por el camino y me senté en un banco un buen rato, hasta que el sol bajó lo suficiente como para que la temperatura me hiciera marchar de allí.

Por el camino me encontré con una manifestación. Protestaban por las pensiones, aunque no iba ningún pensionista entre ellos. Desde una furgoneta gritaban consignas en francés que los manifestantes repetían. De repente, el de la furgoneta empezó a soltar consignas en español y puso una canción que hablaba de huelgas en español. Los manifestantes no repetían las consignas que, evidentemente, no entendían pero bailaban al son de la música. Aluciné.

Busqué una pastelería para comprar la cena y volví al hotel sobre las siete.

Volví a darme una larga ducha relajante como la de ayer.

Me acabo de meter entre pecho y espalda un bollo suizo relleno de salami con mantequilla que me ha quitado el sentido. No entiendo cómo los suizos no están gordos.

 

Mamá, que sí, que vuelvo mañana, que se me acabó el dinero.

 

Buenas noches desde Lausanne.








10 mar. 2013

Una cateta en Suiza (Ginebra y Lausanne, día 4)

06:56 de la mañana. Vuelve a cantar el señor griego de ayer. Eleftheria vuelve a apagar el iPhone 3 y vuelve a acostarse. Yo me levanto, enciendo la luz, abro la cortina y Eleftheria dice: “Malvada”.
Me arreglé rápidamente para dejar sitio a Eleftheria en nuestros cuartos de baño ya que a las nueve tenía que salir para el aeropuerto. Mientras ella se duchaba y se secaba el pelo yo escribí el blog de ayer que no pude escribir antes de acostarme porque mi cuerpo dijo: “Va a ser que no.”
A las ocho y media bajé al comedor a reunirme con todas para despedirme y desayunar tortitas con Nutella, croissant con Nutella y dedo con Nutella.
La mayoría volaban sobre las doce y se iban juntas en el tren hasta el aeropuerto, excepto Irene de Singapur y Despina de Chipre. Irene decidió pasar el día por su cuenta estirando las piernas para deshacerse de todas las calorías de estos días. Despina y yo quedamos a las diez para dar una vuelta por Ginebra.
Mientras la esperaba en el hall, tuve tiempo de alucinar con una chica que mostraba a sus padres las compras que había hecho en Louis Vuitton el día anterior. Bolsa de viaje, bolso, gafas, monedero, agenda y cartera. Todo haciendo juego, del modelo de los cuadritos marrones y negros. ¿Cinco mil euros?
La mañana estaba bastante fría. Hacía un grado a las nueve. Luego fue subiendo hasta diez. El frío es seco y se combate bastante bien. Mi gorro andino no ha salido de la maleta.
Bajamos andando por la rue du Mont-Blanc hasta el lago. Paseamos por el quai du Mont-Blanc pasando por el hotel Beau-Rivage, donde murió Sisí después de ser apuñalada allí enfrente. Un poco más adelante hay un pantalán con una cafetería y un faro al final. Un fulano se estaba bañando. A esa hora no podía haber más de cinco grados.
Cuando salíamos del pantalán nos cruzamos con una señora que llevaba el perro de la foto. Lo mandó sentar para posar en la imagen con Despina. Tenía ojos de husky siberiano con un pelo suavísimo de dos tipos diferentes.
Volviendo al asunto del patinaje sobre hielo, que ha traído bastante cola en la página de Facebook de WISTA, después de casi matarme, le arrebaté a la hija de la turkmenistaní el artefacto que empujo en la foto. La cría se sentó valientemente para que yo la paseara por la pista. A poco estuvo de perder las piernas cuando la estrellé contra la valla protectora. A la madre le hizo mucha gracia. Se ve que en Turkmenistán les gusta endurecer a los hijos desde bien pequeños.
Cruzamos el lago por su parte más estrecha atravesando el pont des Bergues, donde está la pequeña isla Rousseau con un monumento dedicado al célebre filósofo. Suiza es cuna de grandes personajes como este ilustrado que acabo de mencionar, Le Corbousier, Heidi, Pedro, la Srta. Rottenmeier, etc.
Ya en el otro lado visitamos el Jardin Anglais, conocido por un reloj hecho con flores. Iba bastante adelantado de hora, algo sorprendente tratándose de un reloj suizo.
Las calles comerciales, ayer llenas de viandantes, hoy estaban desiertas. Todas las tiendas estaban cerradas excepto un par dedicadas a los souvenirs. He de decir que estas tiendas tienen mil veces más glamour que todas las que he visitado en mi vida. Venden artículos chulísimos. Dan ganas de comprarlo todo. La mayor parte de los objetos son rojos con una cruz blanca, como la bandera del país. Lo malo es que los precios son disparatados. Hace un rato vi unos tomates a seis euros el kilo.
Atención a la navaja. 87 herramientas y 141 funciones diferentes. Evidentemente, es un objeto para coleccionistas. No veo a nadie con ella colgando del costado del pantalón.
Durante toda la mañana sentí un extraño cosquilleo en la planta de los pies. Seguramente serían las partículas acelerando por el subsuelo.
Cansadas de caminar, buscamos un Starbucks para que Despina pudiera comprar la típica taza souvenir y tomar algo caliente. Ella café y yo chocolate. La cafetería está en el Rond Point de Rive, o sea, en una rotonda. Nos sentamos en unas butacas mirando a la calle. Estábamos tan cómodas viendo pasar a la gente y a los coches deportivos que pasamos allí más de una hora charlando.
Volvimos paseando hacia el hotel entrando en la única iglesia católica que he visto por el momento, junto a la estación de tren. Una pareja de ancianos sordos hablando entre sí rompieron el silencio reinante.
A las tres Despina tomó un taxi al aeropuerto. No fue en tren porque llevaba tres piezas de equipaje, botas de esquí incluidas. Iba a reunirse con su marido en Viena para pasar una semana esquiando en Austria.
Busqué un sitio para comer algo. ¿Os podéis creer que muchos restaurantes cierran en domingo? No encontré nada mejor que un MacDonalds. ¡Qué mejor que un MacDonalds!
Recogí mi equipaje del hotel y me fui andando a la estación de tren, a unos doscientos metros.
Saqué billete para Lausanne y tomé el tren de las 16:03 horas, que salió con puntualidad suiza según el reloj suizo que cuelga de todas las estaciones de trenes suizas y de la muñeca de mi tío.
A las 16:43 exactamente estábamos llegando a Lausanne.
Tomé el metro hasta Leflon, una estación hacia arriba. Digo hacia arriba porque el metro llega en pendiente y sube. Lausanne está construida sobre una montaña, habiendo un desnivel bastante considerable desde el lago hasta la catedral, en la parte más alta.
Mi hotel está justo al lado de la estación de metro. Se llama L’hotel y es un poco raro. Hay una silla saliendo de la pared y un argentino en recepción. La ducha está dentro de un armario y el váter en otro. Para la ropa no hay armario.
Tras dejar la maleta en el suelo sin deshacer porque no hay armario, me fui a dar un paseo hasta la catedral siguiendo las instrucciones del argentino, que está indignado porque los domingos está todo cerrado y no hay cafeterías abiertas más allá de las ocho y media de la tarde.
Lo poco que he visto de Lausanna me ha gustado mucho. Desde la catedral hay unas vistas espectaculares de la ciudad, las montañas y el lago. Bajé de allí a todo meter porque se veían venir unas nubes negras descargando la de Dios. Me dio el tiempo justo de parar en una tienda de comida dentro de la estación de metro que milagrosamente estaba abierta. Compré algo para cenar y entré en L’hotel para oír al argentino otra vez quejándose de que el museo enfrente de la catedral cierra los domingos.
Me di una larga ducha tranquilamente, sin prisa, y aquí estoy a punto de tirar la toalla.
La presidente de WISTA Turquía nos ha enviado la foto de su hijo mayor recibiendo el bote de cinco kilos de Nutella. ¡Qué buena madre!
Mi preocupación con respecto a las vacas va creciendo día a día. Hoy he tenido la ocasión de ver verdes prados desde el tren. Ni una sola vaca, ni blanca ni morada.
 
Buenas noches desde Lausanne.
 

Una cateta en Suiza (Ginebra, día 3)


06:56 hrs de la mañana. Comienza a cantar un señor en griego desde el iPhone 3 de Eleftheria. No es el mismo señor que cantaba en París, pero parecido. Eleftheria despierta y lo apaga inmediatamente. Eleftheria vuelve a quedarse dormida y a los dos milisegundos está roncando. Increíble.  
Me levanté y me arreglé. Dejé a Eleftheria haciendo sus cosas y bajé a desayunar. El pequeño comedor quedó pronto casi copado por miembros de WISTA.  Aunque mi estómago no estaba al cien por cien, unté una mini tarrina de Nutella en un panecillo tostado.
A las nueve menos diez salimos en dirección al Hotel Royal, dos edificios más allá, a nuestra izquierda. En una sala de reuniones nos encontramos con miembros de WISTA Suiza y de varios países europeos. La presidenta de WISTA Ucrania tuvo la amabilidad de regalarme una caja de bombones en forma de corazón. Espero que no me detengan por contrabando de chocolate en la frontera porque todos los regalos que me han hecho han sido a base de chocolate, chocolate y chocolate. La presidenta de WISTA Turquía les ha comprado a sus hijos un bote de cinco kilos de Nutella. Eso es una madre.
A las diez y media hicimos una pausa para tomar un tentempié. Impresionantes los bollitos de hojaldre que sirvieron.

Continuamos hasta las doce y media. Comimos de pie unos canapés y un risotto delicioso con pinchos de pollo. De postre, bombones y mousse de chocolate.
Volvimos a nuestro hotel a cambiarnos de ropa y zapatos.
A la una y media fuimos andando hasta el lago Leman, tomamos un barquito hasta la otra orilla y luego el tranvía. Todo ello con la tarjeta de transporte gratuita que nos dieron en el hotel.
En la foto, a mi espalda, el Jet d’eau, símbolo de la ciudad. Un chorro de agua que lanza 500 litros de agua por segundo. Hace unas semanas tuvieron que pararlo debido al frío.

Llegamos en el tranvía a la Place de Neuve, una de las plazas más importantes de la ciudad, donde se encuentran el conservatorio de música el Grand Théâtre, el museo Rath y la entrada al parque des Bastions. Allí iniciamos una visita guiada. Dentro del parque, aparte de unos enormes tableros para jugar al ajedrez con piezas gigantes, hay un monumento dedicado a las cuatro figuras más importantes de la reforma protestante: Calvino, Farel, Bèze y Knox. Dan un poco de miedo. De hecho, llevábamos con nosotras a dos niñas, hija e hijastra de una de nuestras miembros de Dubai. La pequeña lloró. Yo casi.

Ahora os voy a contar una anécdota de la hijastra. Tiene unos diez años. Vive en París con su madre y está pasando las vacaciones de invierno con su padre, el marido de nuestra miembro. De su boca salieron las siguientes palabras: “Mamá número tres no ha venido……” O sea, que papá lleva cuatro mujeres. No sabemos si una detrás de otra o simultáneamente. Nos cabe la duda, siendo papá árabe.
En algunos lugares quedaban restos de nieve acumulados, aunque no hacía nada de frío. Llegamos a tener unos diez grados de máxima y no nos llovió en todo el día. Incluso salió el sol al final de la tarde.
Desde la plaza subimos hasta la catedral de St. Pierre, primero católica y luego protestante. En el exterior, una curiosa mezcla de estilos, sobresaliendo una portada de estilo neoclásico y una torre gótica. Me gustó mucho la capilla de los macabeos, con unas vidrieras preciosas.

Dimos un paseo por la zona antigua de Ginebra. En las placitas había mucha gente sentada en las terrazas de los bares, aunque la temperatura no era la más adecuada.
Hicimos una parada técnica en las oficinas de una de las miembros de WISTA Suiza y volvimos a bajar hacia el lago por las calles donde se encuentran las tiendas más lujosas, las joyerías y alguna que otra bombonería.
Nuestra miembro de Singapur entró en Longchamp a comprar los bolsos que le encargan sus amigas cada vez que viene a Europa. Dice que son muy baratos.
Junto al Jardin Anglais tomamos un autobús que nos llevó al hotel La Réserve, pasando por las mansiones de los millonarios situadas junto al lago, con vistas al Mont Blanc.
La Réserve es un hotel de cinco estrellas decorado con mucho gusto. En invierno colocan una carpa en la zona de la piscina congelada transformándola en una pista de patinaje. Según entras se te mete un frío tremendo en el cuerpo pero luego te sientas en los sofás cubiertos con pieles y entras en calor inmediatamente. Los sofás desprenden calor y hay estufas.
Tomamos el té. Bueno, ya sabéis, yo una Coca Cola. Sirvieron algodones de azúcar y mini tarteletas con fresa y chocolate. Todo delicioso.
Sentí la necesidad imperiosa de patinar, así que me levanté, me coloqué unos patines y me lancé a la pista sobre hielo. Hacía más de veinte años que no patinaba, y se notó. Se notó bastante. Después de un par de vueltas bastante torpes me metí la gochada del siglo, aunque sin grandes consecuencias. Existe reportaje videográfico que no pienso compartir.
Hacia las seis volvimos a subir al autobús e hicimos un recorrido por la zona internacional de Ginebra, donde se encuentran organismos como las Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud y muchos otros que ahora no recuerdo.
Llegamos al hotel sobre las seis y media. Subimos a las habitaciones a descansar un poco. A las siete y media fuimos caminando hasta un restaurante llamado Le petit chalet, donde nos pusimos hasta las cejas de comer fondue de queso y otras barbaridades por el estilo. A media cena tuve que levantarme a dar un paseo porque creía que me iba a dar algo. Una de las griegas se tuvo que marchar antes de terminar porque sí que le dio algo. Fue una cosa pantagruélica.
A las once salimos a la calle. El aire frío nos sentó de maravilla.
A las once y media estábamos todas en nuestras habitaciones absolutamente destrozadas.
 
Sigo sin ver vacas por la calle. Ya sé que esto no es la India, pero esperaba haber conocido ya a alguna vaca.
 
Mamá, que no vuelvo. Que me quedo aquí a vivir.
 
Buenas noches desde Ginebra.

9 mar. 2013

Una cateta en Suiza (Ginebra, día 2)

Sonó el despertador a las siete menos diez después de una noche de calor tórrido. Vine a Suiza a pasar frío siberiano y me encuentro con que las calefacciones están a todo meter y en la calle hace fresco, no frío.

Bajé a desayunar a las siete y media. Tenían una bandeja con al menos diez tipos distintos de pan, crêpes, Nutella, otra crema de chocolate con tropezones que supongo serían frutos secos, muchos quesos diferentes y frutas. Ni rastro del bacon y los huevos revueltos.

Patricia me escribió esta mañana para decirme que había cometido una falta de ortografía en el relato de ayer. “Lavavo” en lugar de “lavabo”. Imperdonable. Nos hemos reído un rato a cuenta del error. Me propuso que hoy me hiciera la interesante y os dijera que quien encontrara la falta que había introducido a propósito se llevaría una tableta de chocolate suizo de regalo.

Os estaréis preguntando qué tiene que ver Suiza con el sector marítimo no teniendo salida al mar. En Suiza están establecidas grandes corporaciones y, sobre todo, los que mueven las materias primas. Aquí es donde se decide cuándo sube el pan, literalmente.

Hemos venido a celebrar la reunión de invierno del comité ejecutivo de WISTA, invitadas por WISTA Suiza. Este año somos: la presidenta holandesa, tesorera inglesa, secretaria española, una miembro de Singapur, otra miembro de Nigeria, una griega  y, por último, otra de Dubai.

Esta noche se unirán a nosotras las presidentas o representantes de algunos países europeos, como Ucrania, Grecia, Italia, Chipre, Alemania y Turquía.

Salimos del hotel a las ocho y media. Antes de abandonar la habitación, escondí un billete de 20 euros detrás de la cisterna del retrete. Ahora puedo afirmar que tengo dinero oculto en Suiza.

Llovía bastante y había 4ºC. Fuimos caminando hasta la estación de tren donde tomamos un autobús con destino a las oficinas de Cosmotrade, donde nos íbamos a reunir. Cosmotrade es una empresa de cazatalentos. Entre otros sectores, buscan personal de nivel para el sector marítimo. Bajamos del autobús antes de la cuenta, así que tuvimos que andar un rato, nos perdimos y acabamos cogiendo un par de taxis bajo la lluvia.

Llegamos media hora tarde.

Me dio tiempo de ver en la puerta del hotel Four Seasons un coche deportivo que parecía una nave espacial, constatar que esta gente no es limpia, sino relimpia, respetuosa y silenciosa. Ni un sonido de claxon, ni un papel en el suelo, ni un mal gesto al volante.

Ayer en el aeropuerto aluciné en colores. Donde en otros aeropuertos ponen una valla para que la gente que va a recoger pasajeros no se acerque a la puerta de salida de los mismos, ellos tienen una alfombra de goma negra rodeada por una luz roja; luz roja que nadie pisa porque indica que de ahí no se puede pasar. Y no se pasa.

Nos dejaron una sala de juntas con una mesa de cristal donde habían dejado todo tipo de chocolates, bollos, bolas de chocolate, bollos rellenos de chocolate, Toblerone, chocolatinas Mars, etc, etc, etc, etc, etc, etc. Empecé a comer chocolate a las nueve y media de la mañana y no paré hasta las cinco y media de la tarde. Una cosa tremenda.

Trabajamos sin parar hasta la una de la tarde, cuando nos trajeron la comida. Esta cateta no está acostumbrada a que le sirvan el sushi a domicilio como nos lo sirvieron hoy. A mí me viene el chino en moto con una bolsa de plástico pringosa. Esto es muy fuerte para mí.

Estaba rico, de muerte. La nigeriana, que nunca había comido wasabi, cerró los ojos para no llorar cuando lo metió en la boca.

Seguimos trabajando hasta que nuestra anfitriona entró con una caja de bombones artesanales a las tres de la tarde diciendo: “Pausa para el chocolate”. Yo lo que necesitaba era una pausa para dejar de comer chocolate. Los bombones venían presentados en una caja como si fuera un libro. Todos, absolutamente todos, eran de praliné. Una experiencia sobrenatural. Yo también tuve que cerrar los ojos para no llorar.

Durante la reunión hubo un pequeño tira y afloja entre las que tenían calor y las que no lo teníamos. Ellas abrían las ventanas y nosotras las cerrábamos.

Nos sacamos la foto de rigor para colgarla en el Facebook de WISTA.

A las cinco y media, totalmente hechas polvo, dimos por finalizada la reunión. Volvimos al hotel en taxi y nos sentamos a charlar en el hall un rato. A las seis y media subí a la habitación a dejar los trastos y a lavarme un poco la cara para despejarme.

A las siete salimos, otra vez bajo la lluvia, camino del lago Leman. En uno de los embarcaderos tomamos un barquito hasta el otro lado del lago. El trayecto fue gratuito, como el autobús de esta mañana. Están incluidos en la tarjeta de transporte que te entregan en el hotel cuando llegas.

Al otro lado del lago está el Club de Yates de Ginebra, un sitio muy elegante donde íbamos a cenar con miembros de WISTA Suiza y las europeas que mencioné antes.

Sirvieron una ensalada de primero, y de segundo perca del lago con patatas y una salsa hecha a base de mantequilla. De locos. Creo que me voy a quedar a vivir aquí.

Antes de empezar a cenar nos dio una pequeña charla una chica australiana que trabaja en las Naciones Unidas, en una oficina dedicada al comercio y a las mujeres. Es que hoy es el día internacional de la mujer.

La cena se alargó poco. Sobre las once nos despedimos. Una miembro de WISTA Suiza y su marido se ofrecieron a llevarnos a seis de nosotras al hotel. Les pregunté si tenían un autobús y de dónde eran porque las facciones de ambos me resultaron curiosas. De Turkmenistán, nada menos.

Los acompañamos hasta el aparcamiento donde tenían un enorme Mercedes todoterreno. Dentro del garaje había una sección de aparcamiento para bicicletas.

Abrieron la parte trasera para sacar los asientos extra que llevan algunos coches ocultos en el suelo del maletero. Allí donde el resto del pueblo suele llevar bolsas del supermercado o trastos inútiles, ellos llevaban varias bolsas de cartón de Louis Vuitton, con la compra de Louis Vuitton que supongo habrían hecho antes de venir a la cena.

Por el camino le hicimos el interrogatorio de rigor al individuo. Nos dijo que se dedica al comercio de petróleo. De ahí las bolsas de Louis Vuitton abandonadas en el maletero como si fueran lechugas muertas.

No encontramos mucho tráfico por el camino. Todo el mundo nos dice que la vida nocturna en Ginebra es prácticamente inexistente, que es un sitio muy aburrido. Lo único que veo por las calles son bancos y relojerías. Bueno, de vez en cuando también se ve alguna bombonería. Y Louis Vuitton, por supuesto.

Ya en el hotel nos sentamos en la entrada a esperar a Despina y a Eleftheria, de Chipre y Grecia, que venían desde el aeropuerto en ese momento y nos habían enviado un mensaje anunciando su inminente llegada. Besos, abrazos y muchas risas. Nos dio la una de la mañana charlando, hasta que la señora presidenta puso orden y nos mandó a la cama.

Eleftheria comparte habitación conmigo. La tengo aquí al lado roncando felizmente. Hoy nos ha dado una noticia estupenda. Acaba de cambiar de trabajo. Eleftheria es ingeniero naval. Hasta hace unos días trabajaba para un negrero que abusaba de ella miserablemente. Otra miembro de WISTA Grecia le ha ofrecido un puesto al nivel que le corresponde.

Corto y cierro.

 

Buenas noches desde Ginebra.

8 mar. 2013

Una cateta en Suiza (Ginebra, día 1)

Quiero aclarar antes de empezar este relato que estoy en Ginebra, una ciudad que se llama Ginebra, que no estoy sumergida en una bañera llena de ginebra ni poniéndome ciega de ginebra, que os conozco.
Estoy en Suiza, el país de las vacas suizas, los bollos suizos y el chocolate suizo. Yo, que mato por una onza de chocolate, y si es praliné, con metralleta. Es posible que que no vuelva.
Llegar hasta aquí ha sido casi un milagro por culpa de Iberia. Compré el billete hace dos meses y hasta el jueves pasado no supe si venía o no venía por culpa de la huelga.  Como cuando el año pasado quebró Spanair y no se me cortó la digestión porque eran las nueve de la noche y estaba con el estómago vacío.
En principio tenía pensado llegar aquí hoy a las once de la mañana porque tenía una cena a las seis y media. Finalmente encontré una opción llegando a las seis de la tarde. Peor era no venir.
Mi taxista favorito me recogió en casa a las 10:36 hrs, no porque llegara tarde, sino porque así lo acordamos ya que venía de hacer otro servicio. Tengo que aclararlo porque el hombre es muy formal y no quiere que lean que llegó tarde, que no llegó tarde, que no.
Nos cayó el diluvio universal por el camino, así que tardamos un poco más de lo normal. En lugar de desayunar en la cafetería del aeropuerto, como eran las doce, me tomé el aperitivo. Mi taxista favorito, sin embargo, desayunó.
Tuve que esperar hasta las dos menos cuarto para poder facturar la maleta, así que me senté a leer pacientemente en un banco. El aeropuerto estaba casi desierto.

Apareció una familia de aldeanos acompañando a un joven que viajaba en el mismo avión que yo. Metieron el equipaje de mano en el artefacto ese que hay donde facturación para ver si tiene las dimensiones correctas. Muy correctas no eran porque la maleta se quedó enganchada dentro y arrastraron el aparato por medio aeropuerto hasta que consiguieron sacar aquella maleta de allí. Una de las acompañantes, de no menos de 25 años, confesó en voz alta que era la primera vez que pisaba un aeropuerto. España cañí.
Tardamos la misma vida en facturar. Iban muchas familias de suizos con niños suizos de vuelta a casa. Ahora tienen las vacaciones de invierno. Han tenido la oportunidad de disfrutar la lluvia en Sevilla, que es una maravilla.

Al llegar al control de seguridad me encontré con una excursión del Inserso. Llevaban lo que llamaban “el picnic”, que es la comida que les prepara el hotel cuando van de excursión o hacen el viaje de vuelta. Entre otras cosas, una botella de agua mineral. La chica del control, cuando los vio llegar, empezó a gritar: “Las botellas de agua no pueden pasar. Las botellas de agua no pueden pasar.”

Una de las señoras, justo delante de mí en la cola, le dijo al marido: “Llevamos agua. Tenemos que tirarla.” Y el marido le dijo: “Tú calla”. Y pasó la mochila por el escáner como si el escáner no detectara botellas de agua. Se formó un atasco porque no era el único que quiso pasarse de listo. Otra de las señoras le dijo a la de seguridad: “Entonces, ¿para qué nos dan botellas de agua en el hotel?”. La pobre chica de seguridad muy pacientemente le contestó: “Para que se las beban antes de llegar aquí, señora.”
Una vez dentro, con media hora de tiempo antes de embarcar, pasé por la cafetería a comer algo. Primero escogí un bocadillo de tortilla de patata pero luego vi unos croque monsieur y cambié de idea. Error. Seguro que la tortilla estaba más rica.
Entré un momento a ver el duty free, una cosa que nunca veo en el aeropuerto de Sevilla porque vuelo tan temprano que no están ni las calles puestas.
Siempre os hablo de los souvenirs que veo en el extranjero pero es que los nuestros no tienen desperdicio.Como ejemplo, este magnífico traje de faralaes con zapatos a juego.
Salió el avión con cinco minutos de retraso. Se notó mucho el viento al despegar y sólo tuvimos unos cinco minutos de turbulencias no muy fuertes. Con la previsión meteorológica, esperaba un viaje mucho más movido.

El trayecto duró una hora y cincuenta minutos. Mi fila de asientos iba vacía, así que no tengo nada que contar de mis compañeros de viaje. Los niños suizos son como los niños suecos. Van como muertos en los aviones.

Cuando íbamos descendiendo, vi Ginebra desde el cielo. La identifiqué por el chorro de agua gigante que hay en el lago, que es el símbolo de la ciudad. Nos pasamos de largo y fuimos navegando con el lago a nuestra izquierda. El lago Leman es enorme, gigantesco. Hay muchas poblaciones en la orilla y puertos deportivos con yates cada pocos kilómetros.

El avión giró de vuelta hacia Ginebra para tomar rumbo al aeropuerto dejando entonces a nuestra izquierda un paisaje impresionante: los Alpes nevados. Fue fácil identificar el Mont Blanc entre las montañas. Es imponente.

Aterrizamos sin mayor novedad. Hacía sol y unos 14ºC.

Ya en la terminal tardé en recuperar mi maleta porque salió una de las últimas.

Busqué la taquilla automática de billetes de tren y cogí uno para ir hasta Ginebra. Son gratis para los turistas. Y también en los hoteles te dan una tarjeta de transporte para que circules gratis durante los días de tu estancia. ¡Viva Suiza!

Hacía tiempo que no veía un tren tan viejo, de aquellos que tenías que subir tres escalones estrechos con la maleta en peso rezando para que no se te cayera entre el tren y el andén porque hay un hueco enorme entre ambos. Una vez me pasó en Madrid con una bolsa de viaje que se me descolgó del hombro y no os quiero contar la odisea para recuperarla.

Llegamos a Ginebra en cinco minutos. En la estación había trenes modernos, como el AVE.

Salí a la calle y tomé un taxi que me llevó al restaurante Papon, en la zona antigua de la ciudad. Allí se celebraba la cena que el Propeller Club de Ginebra daba en honor de WISTA. Tuve que salir de casa con la ropa de la cena ya puesta porque sabía que no me iba a dar tiempo de pasar por el hotel.
Menos mal que no cogí taxi del aeropuerto al restaurante. Fue una auténtica clavada. Primer ejemplo de lo caro que es este país, que no sabe lo que significa la palabra “crisis”.

El Propeller Club es un grupo de señores muy estirados que se reúnen de vez en cuando para cenar y hablar de cosas relacionadas con el mundo marítimo. Hay Propeller Clubs en muchos países. El primero se fundó en Estados Unidos.

Allí había gente no sólo del sector marítimo. De hecho, conocí a una señora que trabaja en el banco BNP Paribas, cuya tarjeta de visita decía “Gestión de Fortunas”. Directora regional de estados bálticos y CIS. CIS son los países que antes componían la Unión Soviética. La tarjeta estaba escrita por las dos caras. Por una en cristiano y por otra en cirílico. O sea, que no trata con pringados como nosotros, sólo con gente con pasta de verdad.

Otra señora de color negro me dijo que había nacido en Venezuela. Le pregunté si estaba de luto o contenta y me respondió que indiferente porque llevaba toda la vida fuera del país. Creo que es la única ocasión que voy a tener estos días de hablar en español.
El restaurante Papon está en un edificio histórico, donde desde el siglo XVI hasta los años setenta se guardaron los archivos de la ciudad. La sala donde cenamos era una cámara subterránea con unos muros de más de un metro de grosor.

Cenamos requetebién, con un primero compuesto por foie y varias cosas extrañas alrededor y un segundo de pescado con mouse de guisantes, puré de patata, verduritas en tempura y un tomate cherry. Tenía un hambre tremenda. Entre el primer plato y el segundo hubo discursos, así que casi me como el mantel esperando más comida. De postre, un bizcocho de pera con helado de chocolate.

A las once y pico, con ganas ya de mandarlos a todos a la mierda, nos levantamos de la mesa y volvimos al hotel en taxi, con mi maleta y mi mochila a cuestas.
En recepción volvimos loca a la recepcionista oriental porque mis colegas no son muy tecnológicas y no eran capaces de conectar sus móviles al wifi del hotel.

Por fin subimos a las habitaciones. La mía está bastante bien, aunque el cuarto de baño lo han dividido en dos estancias diferentes, en lados opuestos de un corto pasillo. Como en Inglaterra, el retrete está en una sala para él solo, aunque aquí va acompañado de un lavavo, y en la otra sala hay una bañera y un lavabo. Un poco molesto. El armario es muy grande. Hacía tiempo que no disfrutaba de un armario de hotel tan grande.
Me duché con un poco de estrés porque había seis botes de seis cosas diferentes dentro de la bañera y sin gafas me costó averiguar lo que era cada uno. Por otro lado, los grifos son de estos modernos que no sabes muy bien si son grifos o percheros, así que tarde un buen rato en conseguir agua a la temperatura ideal.
La habitación está caliente como un horno.
Enchufar el ordenador a la corriente ha sido algo complicado. Aquí los enchufes tienen tres dientes y el adaptador que me dieron en recepción no acepta un enchufe gordo de ordenador, así que me he tenido que inventar un apaño con otro adaptador que traje yo por mi cuenta. No sé si acabará explotándome en la cara.
Hoy duermo sola. Hay que aprovechar porque mañana llegan Eleftheria y su iPhone 3.
Todavía no he visto una vaca, ni morada ni blanca. Estoy preocupada.
Buenas noches desde Ginebra.