3 oct. 2009

Vuelta al cole

Después de 24 años y tomando como excusa el 200 aniversario del nacimiento de sus fundadores, el colegio que me tuvo recogida durante mi infancia y adolescencia, celebró ayer un encuentro de antiguas alumnas. Podría decir alumnos, pero había cuatro por allí solamente, así que digo alumnas. No hubo niños en el colegio hasta después de salir mi generación.
A las siete se celebró una misa en una céntrica iglesia. Terrible error el empezar con la misa, porque los reencuentros se produjeron dentro de la iglesia y hubo poco silencio y recogimiento.
A la hora de las ofrendas, se levantaron varias monjas. Una de ellas despertó un murmullo general y risas nerviosas. Era la hermana Piedad, actualmente destinada en Albacete. Nos dejó un recuerdo indeleble. Enseñaba Física y Química, asignatura que absolutamente todas aprendimos a odiar a muerte. Una mirada suya podía helarte la sangre. Ha debido de firmar un pacto con el diablo, porque sigue exactamente igual. No repito otras barbaridades que se dijeron respecto a su método para mantenerse joven.
Al final de la misa, cantamos a grito pelado el himno del colegio, formando un gran alboroto. ¡Como ya no nos pueden reñir! Para nuestra sorpresa, le han cambiado la letra, pero nos tuvieron que permitir cantar el antiguo. Aquella arenga que te invitaba al sacrificio y la entrega hasta la muerte debe de ser demasiado para los sensibles oídos de los niños de hoy en día.
A la salida, abrazos, fotos, risas.
A las nueve y media llegamos al colegio, donde un catering nos serviría un ágape en el patio y el gimnasio. No recuerdo haber comido mucho, pero no importa.
Entramos a inspeccionar el edificio del colegio. Todo nos pareció mucho más pequeño. Aquellas escaleras donde nos cruzábamos grupos subiendo y bajando parecían diminutas. Allí seguían los mismos percheros, los mismos trofeos, el mismo televisor en el que vimos el entierro de Juan Pablo I. Nos sentamos en el aula de 6º de EGB con nuestra profesora de Historia. Caras emocionadas. En la capilla, el Cristo diminuto y desproporcionado. En la sala acristalada donde se recibía a los padres para contarles las barbaridades que hacíamos me senté en una de las butacas y, ni pizca de miedo, oye.
Fuimos buscando a las profesoras y jugamos a ver si recordaban nuestros nombres. Me hizo ilusión ver que la mayoría sí me recordaba, con nombre y apellido. Aunque, claro, es como el que recuerda el nombre de un huracán.
Es curioso el respeto que todavía sentimos. Hubo quien tuvo que dejar la copa y el pitillo porque no se atrevía a saludar a las monjas con ellos en la mano. A mí me entraron unas ganas tremendas de fumar, supongo que por el puntito de rebeldía, pero me contuve.
Cerramos la fiesta a las dos de la madrugada, después de disfrutar de barra libre en el gimnasio. Todavía me acuerdo de la fiesta que montamos en 3º de BUP con el alcohol escondido porque estaba totalmente prohibido.

Por unas horas volvimos a ser las quinceañeras descerebradas que se reían de todo, con toda la vida por delante.

1 comentario:

Anónimo dijo...

eh consuelo muy bueno tu blog, tienes arte pa dedicarte a escribir, currito