30 sept. 2012

Una cateta en París (Día 2)


 
Desperté a las siete. Me dolían los hombros, me dolían los dedos de los pies, me dolían las plantas de los pies, me dolían los tobillos, me dolían las cejas. Aún así, fui valiente y conseguí levantarme y salir a la calle a las diez. Hacía frío, 4ºC según internet. No creo. La sensación era de un poco más.

Ayer cometí una grave falta de ortografía por la cual me disculpo. Achaquémoslo al cansancio y corramos un tupido velo.

 

Cuando fui a enchufar el ordenador ayer por la noche sufrí un segundo de pánico al ver el enchufe. Se me pasó por la cabeza que aquel pitorro había sido puesto allí para no poder enchufar, para no gastar electrididad. Sorpresa cuando vi que el enchufe del ordenador tiene un agujero en el que encaja perfectamente el pitorro. No me había fijado nunca.

 

Tomé el metro con destino Montmartre. En lugar de ir a Abbesses y coger allí el funicular hasta la cima de la colina, fui a una estación que queda por detrás, Lamarck Caulaincourt. Es más rápido. Tuve que cambiar de línea en Concorde, donde las paredes están alicatadas con azulejos que tienen letras escritas. Acabo de mirar en internet lo que era aquello, porque se podían leer perfectamente frases enteras. Es la Declaración de los Derechos del Hombre.

Una vez en Montmartre di  un paseo por las callejuelas y estuve viendo a los pintores callejeros en la plaza du Tertre.

Caminar por Montmartre requiere zapatos de senderismo. El suelo es de adoquines irregulares y todo está en cuesta. Lo más adecuado para el estado de mis extremidades inferiores.

A las once menos cuarto entré en la basílica del Sacré Cœur y me senté a esperar que comenzara la misa de once. Siendo del tamaño que es el templo, fue impresionante ver cómo se llenó de fieles de todo el mundo en un momento. La misa, que sólo duró hora y media, contó con toda la parafernalia: tres curas, ocho monaguillos, coro de monjas y órgano. Una de las monjas, vestida con un hábito blanco y velo negro, nos dirigía en los cánticos. Levantaba los brazos al aire y parecía que iba a levantar el vuelo con aquellas mangas.

Cuando finalmente pude salir a la calle me senté en las escaleras de la entrada. Desde allí arriba se divisa todo París en pequeñito. El día era estupendo, sin una sola nube. La temperatura había subido un poco y se estaba de muerte. Hay que añadir a la escena un sujeto tocando “La vie en rose” en un arpa y gente por todas partes.

Bajé andando los quinientos mil escalones que hay hasta la plaza Willette y cogí el metro para ir a la plaza St. Michel. Al subir a la superficie me encontré con la fuente de Davioud que representa a San Miguel matando al dragón.

Estuve paseando por el barrio latino. Lo de latino es porque es la zona de la universidad y antiguamente los estudiantes hablaban en latín. Busqué un sitio para comer. Recordé haber leído que había un restaurante americano por allí, así que lo localicé y me dispuse a dar buena cuenta de un brunch compuesto de huevos, patatas, tostadas y pancakes con zumo de naranja. Más que satisfecha, antes de salir fui al sótano a visitar el cuarto de baño. Cuando quise lavarme las manos no era capaz de encontrar cómo accionar el grifo, hasta que miré al suelo. Había que pulsar un pedal con el pie. Los alrededores del pedal no reflejan la limpieza del resto del local.

Di un paseo por el Boulevard St. Michel y el Boulevard St. Germain. Esta zona es famosa por sus librerías. Antes me hubiera vuelto loca comprando libros. Hoy, con el iPad y los ebooks ya no me hace falta. Puedo encontrar lo que quiera por internet.

Las terrazas de las cafeterías y restaurantes estaban a rebosar. Aquí la gente no se sienta alrededor de una mesa, sino que ponen las sillas mirando al tendido, para ver a los paseantes. Queda un poco raro cuando se ponen a comer de esa guisa.

 

Crucé a la Île de la Cité por el puente de l’Archevêché. Las barandillas han desaparecido de la vista, complemente llenas de candados. Incluso había algunos de bicicleta

Desde ese puente se accede a la parte trasera de Notre-Dame. Hay una placita muy agradable con jardines donde no suele haber mucha gente. Llegar a la plaza delante de la catedral es encontrarse con cientos de personas sacando fotos, haciendo cola para entrar o simplemente deambulando por allí. La cola se movía con rapidez, así que me puse a esperar para entrar. Fueron sólo cinco minutos. Dentro se celebraba una ceremonia por el 50 aniversario del Concilio Vaticano II. Habló un cardenal, unos actores/músicos estaban subidos en unos pedestales desde donde recitaban, cantaban o tocaban un violonchelo, aparecieron unos jóvenes con camisetas de colores bailando, una monja octogenaria se puso de pie y les seguía el ritmo, una mujer entre el público gritó algo y los de seguridad aparecieron de no se sabe dónde llevándosela rápidamente con destino desconocido.

Cuando me cansé de ver el espectáculo salí a sentarme en la plaza. Recordé que en mi última visita no pude ver la fachada completa de Notre Dame. Una de las torres estaba en restauración, cubierta por un andamio. Hoy todo quedaba a la vista. Estuve mirando las gárgolas. Tienen cara de mala leche. Ni rastro de Quasimodo.

Paseé un poco por la isla y crucé el Pont Neuf hasta el costado del Louvre. Eché a andar, andar, andar y acabé llegando al Arco del Triunfo. Es un paseo, lo atestigua el estado de mis pies. Pasé por los jardines de Les Tuilleries. En lugar de bancos fijos para sentarse, hay unas sillas de hierro color verde. Estas de hoy eran bastante nuevas. La gente las coloca donde le parece, casi todos mirando al sol o alrededor de los dos pequeños estanques. Las sillas están en perfecto estado. En España estoy segura de que amanecerían los peces sentados encima el primer día.

Pasé por la Place de la Concorde, de unas dimensiones tan tremendas como el atasco que había. Aquí fue donde se cepillaron a María Antonieta. Pusieron una guillotina y se pasaron por la piedra a todo el que les ponía mala cara.

En el centro de la plaza hay un obelisco egipcio de más de tres mil años, que no sé cómo rayos ha hecho para llegar hasta aquí.

El camino se puso cuesta arriba. Unos jardines con el Grand Palais a la izquierda y pronto los Campos Elíseos con sus tiendas. La acera de la derecha es más para gente de medio pelo, con Zara, Promod, H&M, etc. La acera de la izquierda contiene Louis Vuitton, Lacoste, y sitios así. La única excepción en derecha es Cartier, pero casi que no cuenta porque está arriba del todo, prácticamente en L’Etoile. El edificio de la esquina es la embajada de Qatar. El chalecito les ha debido de costar un par de pozos de gas porque el sitio no puede ser mejor.

Saqué un par de fotos al arco del triunfo. En ese momento estaban celebrando una entrega de corona de flores por parte de retirados del ejército.

A las siete de la tarde sentí una urgente necesidad de poner las piernas en alto, así que subí al metro y volví al hotel. Al llegar le pedí a la estreñida un nuevo vaso con hielo, que no me dio con tanta amabilidad como ayer, y subí a refugiarme en mi habitación.

Ducha y pijama. En este momento sólo puedo mover los dedos de las manos. Estoy paralizada.

 

Buenas noches desde París.

 

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