2 oct. 2012

Una cateta en París (Día 3)


Siete de la mañana. Despierto. Pongo los pies en el suelo. ¡Diosssss! Me cuesta llegar al cuarto de baño. Hoy también me duelen los gemelos. Vuelvo a la cama como puedo y permanezco allí hasta las ocho. Me doy cuenta de que los dedos de los pies ya ni los siento, pero siguen ahí porque los veo.
A las ocho me puse en marcha. Hice el equipaje de nuevo para trasladarme a otro hotel. Mañana empiezan las actividades de la conferencia anual internacional de WISTA y me voy a hospedar más cerca de la sala de congresos.
Desayuné un croissant que aún me hace llorar de emoción. Crujiente por fuera, suave por dentro y con un intenso sabor a mantequilla. Exquisito.
Tomé el metro en Cambronne y fui hasta la estación George V haciendo esquina con los Campos Elíseos, donde está la tienda de Louis Vuitton. Los escaparates están decorados con unos tentáculos gigantes de lunares y una figura de cera tamaño natural de la artista japonesa Yayoi Kusama. La señora Kusama tiene una cara de mala leche que mete miedo. Ella ha diseñado los bolsos de esta temporada. En mi opinión, se los ha cargado con su mala leche.
Caminé cinco minutos y llegué al hotel en la Avenida Marceau. El recepcionista era un chico muy amable con el que estuvimos intercambiando correos durante varios días para negociar un precio especial para una habitación triple. Somos tres en la habitación pero no todos los días. Para no tener que andar cambiando, nos dan la habitación desde hoy haciendo un precio especial.
El ascensor estaba en reparación en ese momento. Como no quería dejar la maleta allí abandonada con mis camisas aplastadas, me armé de valor y dije que la subía yo por la escalera hasta la sexta planta. El recepcionista alucinó conmigo, pero más aluciné yo cuando iba por la planta cuarta por aquella escalera de caracol estrecha. Esto me va a pasar factura, seguro.
Llegué arriba dando gracias a mis sesiones diarias de gimnasio.
La habitación es muy chula. El techo es abuhardillado, es bastante amplia y muy acogedora.
Tras descansar un poco y tomar posesión del recinto, bajé por donde subí, me despedí del alucinado recepcionista y fui andando hasta el Arco del Triunfo. Desde allí bajé por la avenida Wagram y me adentré en la rue du Faubourg St. Honoré. Allí fue donde viví cuando estuve aquí estudiando francés. No pude acceder al pasaje donde estaba la casa porque han colocado una verja en la entrada. Allí seguía la tienda de pianos y la Maison du Chocolat, una tienda donde pegaba la nariz cada mañana para ver aquellos bombones y aquellas tartas de chocolate. ¿Cómo es posible que un pastelito de chocolate del tamaño de una caja de cigarrillos cueste ocho euros?
Recuerdo que una mañana desperté sobresaltada por un ruido atronador en la calle. Me asomé a la ventana y vi algo alucinante. ¡Tanques! ¡Los alemanes nos invadían!...... Nooooo, era 14 de Julio y se estaban preparando para el desfile.
Subí otra vez hacia el Arco del Triunfo, esta vez por la Avenue Hoche. Accedí al arco por el paso subterráneo y estuve observando, por un lado el Arco de La Défense, que es una cosa muy fea que construyó Mitterrand, y por el otro a lo lejos la Place de la Concorde. ¿Desde allí y más allá vine yo andando ayer? Me voy a matar.
En el arco están grabados nombres de generales de Napoleón y de batallas en las que intervinieron. Estamos nosotros retratados en una columna.
Hacía algo de fresco, así que eché a andar Campos Elíseos abajo sin destino aparente.
Se me ocurrió comer pronto un sándwich porque había quedado para cenar temprano y no iba a tener hambre. Lo compré y me senté en un banco. Fue entonces cuando me cagó la paloma. Esas bombas caen poco a poco y van dejando restos por todo el recorrido. Una masacre. Miré hacia arriba. En los árboles de toda la avenida había posadas cientos de palomas. No es de extrañar que me retrataran. El ataque me pilló con una servilleta de papel en la mano, así que pude deshacerme de lo más gordo sobre la marcha, pero tenía que limpiar aquello inmediatamente porque es ácido y te puede destrozar la ropa. Pensé en un baño pero no vi ningún sitio. Mi mente se despejó de repente y tuve una brillante idea. Toallitas de limpiar culitos infantiles. Si limpian los excrementos de un recién nacido, también pueden limpiar esto. He visto verdaderos milagros con esas toallitas. Una vez limpiamos un abrigo blanco al que le cayó tomate encima. Ni rastro.
Entré en Monoprix y me hice con un paquete. Lo dicho, mano de santo. No ha quedado rastro alguno del incidente.
Ya más tranquila y limpia, busqué otro banco que no estuviera debajo de un árbol. Lo encontré casi abajo del todo de la avenida. Comí mi sándwich y fui a ver una exposición de coches de carreras que vi ayer al pasar y en la que no entré entonces porque estaba harta de todo en aquel momento.
Una vez en la calle, volví a subir los Campos Elíseos y entré en el Monoprix a comprar provisiones para tener en la habitación. Agua, Coca Cola, chocolate. Llevaba sin comer chocolate desde el sábado y ya iba siendo hora. La cajera era de la edad de mi madre, si no más. No le hizo mucha gracia que le sacara la foto.
Volví al hotel pasando por la puerta del Four Seasons donde estaban aparcados los coches más caros del mundo. Un Ferrari amarillo, ¿quién es el hortera que se compra un Ferrari amarillo?
Estuve un rato contestando correos de WISTA hasta que me llamó Nuvara la turca para decirme que ya había llegado y me esperaba en su hotel, a unos metros del mío. Fui a buscarla y después de los saludos y abrazos de rigor salimos a la calle a dar un paseo, que hoy he caminado poco.
Bajamos los Campos Elíseos y entramos en Abercombie a ver los pechos desnudos de los modelos que se pasean por la tienda. Es todo un espectáculo.
Tomamos el metro y fuimos al barrio del Marais. Nuvara quería cenar en un restaurante judío donde sirven falafel. A mí no me hacía mucha gracia, así que me alegré internamente cuando llegamos y estaba cerrado porque celebraban no sé qué fiesta. Los judíos llevan un mes que no paran con las fiestas.
Tomé la iniciativa y decidí que lo mejor era cruzar a la orilla izquierda y cenar en el barrio latino, donde hay montones de restaurantes. Nos sentamos en la terraza de uno con vistas a la parte trasera de Notre Dame. No hacía mucho frío siempre y cuando no te quitaras la chaqueta. Pasamos un rato muy agradable. Para bajar la cena decidimos dar un paseo por los alrededores, por el Boulevard Saint Germain. Volvimos a cruzar el Sena y tomamos el metro en Chatelet hasta George V. La intención era tomar algo rápido en una terraza e irnos a dormir temprano. Los planes cambiaron cuando aparecieron de repente las presidentas de WISTA USA y WISTA Holanda, que venían con unas tremendas ganas de juerga. Luego llegó otra miembro de WISTA USA con su marido y su hermana. Cayó un chaparrón mientras estábamos sentados en plena calle. El camarero bajó el toldo y puso unos radiadores, así que estuvimos la mar de bien viendo caer la lluvia perfectamente guarecidos.
Pude contar cinco Ferraris negros que pasaron por allí, o era el mismo que daba vueltas a la manzana, no podría asegurarlo; una docena de Mercedes S500 color negro, todos ellos coches de alquiler con conductor; un Audi R8 de color blanco, un Rolls, dos Bentleys deportivos y un Porsche pintado de negro mate. Comentaron que una miembro de WISTA USA se acaba de comprar un Maserati. Ya os hablé de ella en alguna ocasión anterior. Es la que tiene una flota de remolcadores y gabarras que operan en el Mississippi. Ha venido esta vez con su madre.
Nos despedimos a la una de la madrugada.
Al volver a la habitación estuve estudiando con detenimiento el lavabo del cuarto de baño. Ya le voy cogiendo el tranquillo a los grifos raros. Enseguida di con la tecla. No veo muy práctico el artilugio para lavarse la cara por las mañanas. El agua sale como en cascada. Una pijada.
 
Buenas noches desde París.

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