25 ene. 2010

Sopa coreana


El capitán me preguntó si quería desayunar. Dado que llevaba en pie desde las dos y cuarto de la madrugada, no pude negarme. “¿Tostada o coreano?” Tostada, por supuesto. A las seis y media de la mañana el estómago de un ser humano de este lado del planeta no está para pruebas culinarias. Aún estoy dando gracias por la elección. La tostada resultó ser un sándwich caliente de huevo frito. Exquisito.
En el comedor, los oficiales se acercaban a una enorme palangana con tapa enchufada a la pared. Metían sus cuencos dentro y los sacaban llenos de una sopa sospechosamente grasienta. Para explicarme los ingredientes, el capitán me señaló su rodilla y me dijo que la sopa llevaba un día entero preparándose, porque era más saludable. No explicó si la rodilla era humana o de qué otro animal.
Sobre la mesa había un tupperware de los chinos con algas verdinegras y otro con un extraño mejunje rojizo (ver foto adjunta). “Ese es picante. Muy sabroso”, me dijo el capitán. En el centro, un bote con docenas de palillos chinos. Para el sándwich consideré más apropiados un cuchillo y un tenedor.
Según costumbre local (local porque estábamos bajo pabellón coreano), la sopa se bebe del cuenco directamente, sin usar la cuchara. No eructaron al terminar, por cierto. Raro, porque no sería el primer oriental que me sorprende con un eructo en mitad de una conversación.

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