31 ago. 2009

Medea

Cuando Eurípides escribió esta tragedia griega no podía imaginar ni en sus peores pesadillas que en el siglo XXI alguien la pasaría por el filtro del Ministerio de Igualdad convirtiendo a su protagonista en una víctima de la violencia de género y que, durante la representación de su obra más famosa, circularía por la escena un coche arrastrando una roulotte con Medea dentro.
Todo esto ocurrió el sábado en el teatro romano de Mérida. Era mi primera experiencia en este lugar. Acudí junto a cinco amigos esperando disfrutar de una obra clásica en un entorno espectacular. Lo del entorno cumplió todas mis expectativas. Impresiona verse allí, en un lugar que ha visto pasar tantos siglos de historia, una iluminación perfecta, un público entregado, unos asientos incomodísimos. Gradas de piedra con unos cojines rojos numerados. El respaldo son las piernas del espectador que se sienta detrás. Mi vecino de la derecha se sentó con las piernas abiertas y su brazo izquierdo en jarras, dejándome un espacio mínimo. O me encogía o me tiraba encima del matrimonio portugués de mi izquierda. No me atreví a protestar. Estábamos todos un poco tensos. Los portugueses se marcharon antes de finalizar la obra. Me dio vergüenza patriótica. ¡Qué habrán pensado!
La representación comenzó a las once de la noche. Tres minutos antes, se presentó por la parte alta de la cavea ima una mujer envuelta en una gabardina, pañuelo en la cabeza y zapatos de tacón. Según fue descendiendo por la escalera descubrí que se trataba de Blanca Portillo, que en el programa aparecía como actriz principal, es decir, como Medea. “Empezamos mal”, pensé. “Nos hemos equivocado de obra, de día o de teatro. No, de teatro no.” Pues no, aquella era Medea, pero una Medea políticamente correcta, mujer sufridora que tiene que matar a la futura esposa de su marido y a sus dos hijos porque no le queda más remedio. Se ve obligada a ello por las circunstancias, porque es una mujer maltratada. Jasón, por su parte, come bocadillos de chorizo, bebe cerveza y viste como un mafioso italoamericano.
Los hijos de Medea, dos mini actores de seis años, se dedican a corretear por la escena en calzoncillos. Doce de la noche, seis años, trabajando, en calzoncillos. Eso tiene que ser ilegal, seguro.
El narrador comienza la obra caracterizado de centauro, metido en un cuerpo de caballo del que sale al cabo de unos minutos. La primera vez que habló bien creí que iba al suelo con caballo y todo.
El escenario estaba cubierto de paja, paja suelta y balas de paja. Los actores se traían un trasiego de carreras arriba y abajo, balas arriba y abajo, levantando una tremenda polvareda que podía haber dejado en el sitio a cualquier alérgico a la paja.
Sacaron al escenario a una oveja y a cuatro perros.

Al final, sangre, sangre por todos lados. El centauro con dos piernas cubierto de sangre, la novia de Jasón cubierta de sangre. Tras dos horas y media de sufrimiento, yo misma hubiera matado a Medea, a Jasón, a la oveja, al centauro y al desgraciado del director. Los niños hubieran salvado la vida. Fueron lo único simpático de la noche.
¿Es esto teatro alternativo?


1 comentario:

Ricardo Arias dijo...

No, son gilipolleces disfrazadas de arte; y en este caso, por lo que cuentas, con el inconfundible aderezo de lo políticamente correcto (como esas ediciones modernas de "Tom Sawyer" que sustituyen "negroes" por "afroamericans").
Hace unos años sufrí también una versión moderna sobre los últimos día de Troya que... en fin, como si Bibian Aído se viste de Homero.
Hay que empezar a denunciar este supuesto arte moderno, y desvertinos de prejuicios para, como el niño del cuento, señalar con el dedo que el emperador no va vestido con un traje original, posmoderno, igualitario... ¡va en pelotas, coño!