3 oct. 2010

Una cateta en Atenas (Día 7)


Siete y veinticinco de la mañana. Desperté fresca como una rosa después de nueve horas seguidas durmiendo sin ningún tipo de interrupción. La cama es una pasada. Encima del colchón hay otro de plumas de unos cuatro dedos de ancho. Cuando te tumbas parece que te abraza. Estoy pensando que me lo llevo puesto cuando vuelva a casa.

Bajé a desayunar y mangué un plátano por si me da hambre en algún momento inoportuno. Juro por mis muertos que nunca había hecho una cosa semejante en un hotel. Siempre hay una primera vez.

Salí un poco antes de las nueve. Temperatura excepcional. Caminé hasta las ruinas del templo de Zeus, las mismas que vimos desde la terraza donde cenamos el miércoles, que ya parece que hace seis meses de aquello. Están valladas y no veía el acceso por ninguna parte, así que me acerqué a una mujer policía a preguntar. Tremendo error. Ni ella ni los otros tres agentes a los que pregunté a continuación hablaban inglés. Eso sí, sonreían muchísimo. La calle estaba minada de polis. ¡Qué bien protegidos tienen a los turistas!, pensé. “Pero qué mal que no hablen inglés”. Igual igual que si estuviéramos en Cuenca, donde pasaría exactamente lo mismo.

Encontré la entrada a las ruinas yo sola y caminé alrededor de aquella sucesión de columnas, que es lo único que queda del templo. Es mucho más grande que el Partenón.

Aprovecho el momento para aconsejar a aquellos que estén pensando venir a Atenas dos cosas muy importantes:

1- No venir nunca en Agosto. Hoy a las nueve de la mañana cascaba el sol con alegría.

2- Traer zapatos muy cómodos y cerrados. Todos los lugares monumentales tienen el suelo de guijarros o simplemente de tierra. Los trocitos de piedra se te cuelan en los zapatos, así que a lo mejor te estás llevando sin querer una pieza arqueológica pegada a los calcetines, porque los guijarros son de mármol a veces. En las rampas de la Acrópolis estuve a punto de matarme dos veces porque hay trozos de piedra muy lisa en el suelo y resbala bastante.

Una vez salí del templo, subí por la Avenida Amalías hasta la plaza Sintagma. Por el camino, policías cada cien metros y un grupo de soldados de los tres ejércitos esperando para desfilar. Pues no, esto de los policías no era para vigilar a los turistas. Es que hoy ha estado aquí Wen Jiabao, que resulta ser el primer ministro chino. Llegué yo sola a esa conclusión cuando vi en las farolas las banderas griega y china entrelazadas. Por la tarde lo confirmé con una pareja de griegos que me presentaron en El Pireo.

Ya en la plaza Sintagma fui testigo del espectáculo más ridículo que he presenciado en mi vida, el cambio de la guardia delante del parlamento. Esos señores que llevan un gorrito rojo con un fleco negro colgando hasta el pecho, una blusa abullonada, falda de tablas, medias amarillentas y unos zuecos con pompones. Esos señores que inician un desfile delante del monumento al soldado desconocido levantando la pierna hasta la altura de la cintura y luego estirando el pie para que el pompón se mueva. Esos señores que son escogidos entre los jóvenes griegos como si fueran a participar en un concurso de belleza. Esos señores.

Abandoné la plaza bajando por la calle Ermou, la de las tiendas. Todas cerradas. A mitad de la calle hay una diminuta iglesia de estilo bizantino. Estaban celebrando misa en ese momento. No cabía ni un alfiler allí dentro. Naturalmente, era de cruz griega. El sacerdote, un gigantón barbudo, hablaba desde el mismo centro. A la vez, hablaban la mayoría de los feligreses, los niños jugaban o lloraban. Una niña, apoyada en un altar lateral, dibujaba con sus rotuladores. De vez en cuando alguien se acercaba a los iconos colgados de los muros y los besaba. Están protegidos por un cristal, así que lo que besan es un cristal. Cristal que previamente ha sido besado por cientos de personas. En fin, una porquería. En otra iglesia que visité al final de la mañana y estaba casi vacía, pude observar el ritual con detenimiento. La gente entra y besa uno a uno todos los iconos. De una mesa toman un papelito y escriben un texto que dejan en una cestita. También pueden comprar unas chapitas metálicas que tienen en relieve la imagen de una persona o una parte del cuerpo. Pegan la chapita al cristal del icono y lo restriegan mientras rezan. Ese cristal luego será besado por otro feligrés. Una porquería.

Quiero aclarar que un icono no es eso que sale en la pantalla del ordenador cuando lo enciendes. Son imágenes de santos enmarcadas y cuentan con adornos en oro o plata. Son realmente bonitos.

Al dejar la iglesia entré en Monasteraki, el antiguo barrio otomano. Hay un rastro los domingos. Puedes comprar ropa paramilitar, con ametralladora incluida. Además, cualquier tipo de tontería que se te pueda ocurrir. Como estaba demasiado lleno de gente, salí otra vez a la calle Ermou, a un tramo paralelo a la calle Adrianou. Allí me di cuenta de que esto está muy cerca de los países árabes. Tan paralela como la calle Adrianou, otro mercadillo paralelo tenía lugar allí. Venta de objetos extraños, como trozos de piel, taladros posiblemente robados, objetos que sólo se podían ver asomándose al maletero de un coche. Algunas cafeterías con sólo hombres tomando café en las mesas. Lo mismo podíamos estar en cualquier calle de Alejandría o Estambul. Caminé a paso rápido llegando a otro tramo de la calle de nuevo normal. Al final del todo mi destino, Keramikos, el antiguo cementerio de Atenas. El museo adyacente contiene monumentos y objetos funerarios desde la prehistoria.

Una vez finalizada la visita, volví hacia atrás pero esta vez dejando la calle Ermou y escogiendo Adrianou a pesar de estar llena de gente. Fui a visitar la Biblioteca de Adriano. Allí no hay ni libros ni nada, sólo una pared y cuatro columnas. Fui testigo por segunda vez del comportamiento de los vigilantes de las zonas monumentales. Tocan un silbato o dan alaridos. En ese momento, todos los presentes giramos la cabeza para ser testigos de la última gamberrada turística. Ponerse de pie sobre la base de una columna de 2600 años de antigüedad para obtener una foto mejor o recoger del suelo un trozo de mármol para llevárselo a casa de recuerdo son las más habituales.

Desde allí pasé a visitar la Torre de los Vientos, un reloj de agua construido en el siglo II a.C.,

A las doce empecé a sentir hambre. Como aquí es posible comer pronto, escogí un restaurante en Plaka, fuera de la ruta turística, con sofás en lugar de sillas. Perfecto para descansar mis riñones y mis piernas después de tanta caminata. Estuve en el baño. Al salir, una chica americana me preguntó si sabía manejar el grifo del lavabo. No se veía por ningún lado palanca o sensor alguno. Se me ocurrió mirar al suelo. Allí descubrí unos botones. Pisándolos se accionaba el grifo. Nos dio la risa. Esto del turismo une mucho.

Mientras comía sonó el teléfono. Era Anna-María, la presidenta de WISTA Grecia. Quedé con ella y con Vivi una hora más tarde a la entrada del teatro de Herodes, en la falda de la Acrópolis. Me llevaron a una cafetería/restaurante al costado muy cerca de allí. Convencieron al camarero para que nos diera mesa en la terraza de la segunda planta porque venían con una española que quería disfrutar de las vistas. ¡Y qué vistas! A la izquierda el Agora, y de frente la Acrópolis. En el baño, justo encima del váter, tenían una tele emitiendo videos musicales.

Después de un par de horas allí abriendo en canal a todo bicho viviente, cogimos el coche de Vivi e intentamos acceder al centro de Atenas. Tarea imposible. Todas las calles estaban cortadas por culpa del chino. Decidimos ir a El Pireo. Nos sentamos en una terraza en Mikrolimano, uno de los puertos deportivos, al lado del Club de Yates donde cenamos el martes. Charlamos hasta que se puso el sol y empezó a refrescar. Primera vez desde que llegué. Nos levantamos y buscamos un restaurante para cenar. Escogimos uno al borde del agua, junto a los barcos. Nos trajeron pan de pita y una crema para untar. Resultó ser crema de aceituna. Muy sabrosa. Comimos a base de varios tipos de carne que trajeron en una bandeja enorme, como para siete personas. A las nueve me trajeron de vuelta al hotel, y aquí estoy, tumbada sobre el colchón de cuatro dedos de ancho, a punto de darle un repaso.



Procedo a enumerar más ejemplos de desmadre griego:

Esa raya blanca gorda que se encuentran los conductores cuando llegan a un semáforo parece no significar nada para ellos. La traspasan y paran en medio del paso cebra situado inmediatamente después. Los peatones tienen que sortear los coches parados para atravesarlo. Es una tarea difícil llegar al otro extremo de la calle, principalmente si se trata de una gran avenida. El semáforo se pone en rojo para los peatones cuando aún no has llegado a mitad de la calle. He comprobado que ni siquiera corriendo da tiempo de atravesar a tiempo.

No es país para minusválidos. Ninguna zona monumental tiene acceso para sillas de ruedas. La mayoría de los cruces de peatones no tienen el bordillo al mismo nivel de la calle. Mi hotel, por ejemplo, tiene dos tramos de escaleras antes de llegar a recepción.

No hay comentarios: