6 oct. 2010

Una cateta en Atenas (Día 9)


Ocho de la mañana. ¡Dios mío! Me quedé dormida. ¿Estaré enferma?
Ayer durante la cena pregunté por qué no hay ancianos en las calles de Atenas. Me contestaron que los habían retirado a todos de la circulación durante los días de la Conferencia de WISTA. Yo he llegado a una conclusión diferente. Los matan en los semáforos. Si una joven y lozana como yo tiene que correr para llegar al otro extremo de la calle, es seguro que a un anciano con bastón le pasan por encima.
Otro asunto que estuvimos tratando fue cuál de los dos países es menos europeo, si Grecia o España. En Mayo tuvimos una pequeña reunión en Madrid, reunión que no trasladé a este blog por falta de tiempo. El único defecto que consiguieron encontrarnos es la falta de gente que hable inglés. Según ellas, nadie, absolutamente nadie lo habla en España. Tuve que defender el honor patrio informando que tanto mi abuela como yo lo hablamos. Con dos deberían tener más que de sobra, ¿no? Y, ¿por qué El Corte Inglés se llama así, si ninguna dependienta habla inglés? Pero compraron a pesar de ello. Me vaciaron todas las zapaterías de Madrid.
En algo que sí nos ganan por goleada es en los cuartos de baño. Todos están impolutos. En muchos, en lugar de jabón, los dispensadores escupen una espuma con un olor muy agradable. Para secarse las manos hay que pasarlas por el sensor de un aparato. Inmediatamente aparece un trozo de servilleta que hay que arrancar del aparato. El sensor sabe perfectamente si lo has arrancado o no. Lo digo porque intenté hacer la gamberrada de pasar la mano por el sensor insistentemente para hacerle escupir mucho papel a la vez.
Todos los días estoy comiendo para desayunar crêpes con chocolate, entre otras cosas. En el hotel de Vouliagmeni tenían un recipiente lleno de crema de chocolate, grande como para bañarse dentro. En este hotel los crêpes ya vienen rellenos.
Hoy salí un poco más tarde, a las diez y cuarto. Me dediqué a visitar iglesias, puesto que ya he estudiado una por una todas las piedras de Atenas. La primera fue La Santísima Trinidad, iglesia ortodoxa rusa. El campanario es un edificio aparte. El encargado me estuvo contando que la campana es demasiado grande para la iglesia, por eso lo construyeron por separado. La segunda fue Panagia Gorgoepikoos. Está justo al lado de la catedral y es diminuta; por eso la llaman La Pequeña Catedral. Es tan pequeña que había dentro una clase de un colegio y la ocupaban entera. Desde allí me acerqué a Anafiotika, un barrio de pequeñas casas encaladas cuyos primeros habitantes fueron refugiados de las islas Cícladas. A la puerta de una me senté a descansar. Olía estupendamente a azahar. Hoy había escolares por todos lados. ¿Es que no tienen que estudiar? En el Museo de Instrumentos Musicales estaban montando un escándalo considerable. Tocaban campanas, cencerros, gritaban. Al cabo de un rato la zona se vació de niños y me senté en un banco frente a la Torre de los Vientos, en el Agora romana, para disfrutar de la vista. El silencio era absoluto. Poco me duró la paz porque el sol pegaba tan fuerte que no se podía aguantar mucho tiempo allí. Cuando abandonaba el lugar miré hacia la Acrópolis. La Acrópolis se ve desde casi cualquier sitio de Atenas. Descubrí en la zona norte un pequeño ascensor pegado a la roca. He de retractarme de mis palabras. Los paralíticos pueden subir a visitar el Partenón. Un poco más adelante vi una concentración de curas ortodoxos. Me acerqué a ellos. Olían a cerrado. No me extraña. Esas vestiduras negras desde el cuello hasta los pies, ese gorrito negro en la cabeza y esas barbas pobladas con el calor que hace deben ser insoportables. ¿Quién fue el listo que inventó el uniforme de cura ortodoxo?
Vaya a donde vaya estos días, siempre acabo pasando por la calle Adrianou. Es la calle de Plaka que contiene una tienda por cada portal. Joyerías, zapaterías, souvenirs, bolsos. Los tenderos ya me saludan al verme pasar: Kalimera Konsueliki, buenos días. Al inicio de esa calle entré en otra iglesia bizantina del siglo XI. Había una urna de plata al alcance del público. Miré dentro y vi una pelota de plata ricamente decorada. Una pequeña puertecita daba acceso al interior de la pelota. El interior siendo una calavera humana, deduzco. Llegó un joven, se acercó, metió los labios por la puertecita y besó el trozo de hueso que quedaba a la vista. ¡Qué manía tienen estos con besar a diestro y siniestro!
Comí al costado del Nuevo Museo de la Acrópolis y fui al hotel a descansar un rato.
A las cinco quedé con Anna-María, aunque apareció a las seis menos cuarto por culpa del tráfico, o eso dice ella. Fuimos a visitar el Nuevo Museo de la Acrópolis, un edificio moderno construido en hormigón y cristal, a pocos metros de la Acrópolis y al lado de la embajada española. Estuvimos allí más de dos horas, viendo todas las piedras que me quedaban por ver y los pocos restos de los frisos que no se llevó Elgin el chorizo para Londres. Allí también están las cariátides auténticas, aunque falta una que, por supuesto, está en el British Museum. Han dejando el hueco vacío por si la devuelven. ¡Ilusos!
Esta mañana vi a un motorista con dos manos que parecían cuatro. En la izquierda llevaba un vaso de café de estos que han puesto de moda los americanos, con tapa de plástico. A la vez sostenía el manillar. En la mano derecha sostenía un pitillo encendido y la otra parte del manillar. Por supuesto, iba conduciendo. ¡Olé, qué arte!
A las ocho cerró el museo casi con nosotras dentro. Nos fuimos en coche a Glyfada, donde nos encontramos con Danae para cenar souvlaki. Souvlaki es como el kebab pero en griego. Y tengo que confesar que está más rico. Me encantó. De allí pasamos al hotel Marriott. Subimos al último piso para tomar algo allí y disfrutar de las vistas de la Acrópolis. Creo que ya he visto la Acrópolis desde todos los ángulos posibles y a todas las horas del día y de la noche. Hacía un poco de fresco, así que decidimos bajar al hall y tomar algo allí. A las doce y media me dejaron en el hotel y procedo a meterme en el sobre en este mismo instante.

No hay comentarios: