1 oct. 2010

Una cateta en Grecia (Día 4)



¿Llevo aquí cuatro días? Parece que llevo toda la vida. Como no dormimos nada los día parecen larguísimos.
Por fin dormí como un angelito, aunque desperté yo sola a las seis y cuarto, cinco y cuarto en España. Salí a la terraza. Seguimos en el trópico. El otro hotel donde están hospedadas las asistentes está tan pegado a nosotras que me he conectado a su wifi gratuito gracias a la clave que me han facilitado y puedo ver con detalle lo que pasa en sus terrazas. En una de ellas había una nigeriana rezando a primera hora. Miraba al cielo, miraba al mar, levantaba los brazos, luego se los cruzaba en el pecho y vuelta a repetir.
Tenemos una buena colección de nigerianas y ghanesas en la conferencia. Es difícil distinguir quién es quién. Para mí son todas oscuras. Una de ellas se cayó ayer en el cuarto de baño y volvió del hospital con la frente vendada y un collarín. Nos dijo que “como podíamos ver” la sangre de la contusión estaba bajando de la frente hacia los ojos. Yo, por mucho que la miraba, no podía ver sangre por ningún lado. Lo veía todo negro.
Las conferencias empezaron a las nueve de la mañana. Tuvimos un descanso y continuamos hasta la una y media. Comimos en la terraza del hotel. Fue el momento más duro del día, viendo desde allí las piscinas y el jacuzzi del hotel, no pudiendo hacer uso de ellos.
A las dos y media se reanudaron las sesiones, hasta las seis de la tarde.
Nos cambiamos rápidamente y fuimos a Atenas en autobús. Hay tanto tráfico que se tarda una eternidad en llegar a cualquier sitio.
Según van pasando las horas, se nos va uniendo más gente. Entre delegadas, invitados, conferenciantes, patrocinadores y VIPS, hoy éramos unas 300 personas.
Nos depositaron a la entrada del Royal Olympic Hotel y fuimos al séptimo piso, donde tienen una terraza bar. Subes unos escalones y te encuentras en un lugar en semi-penumbra. Se te corta la respiración de la impresión que recibes al mirar el paisaje. De frente, el templo de Zeus, al fondo la colina Lycabettus, y a la izquierda la Acrópolis. Todo ello con una iluminación espectacular. Según la mitología griega, la colina Lycabettus es una piedra que llevaba una paloma sujeta con las patas. Como pesaba mucho, la dejó caer allí donde ahora se encuentra. No he dormido pensando en el tamaño de la paloma.
Tampoco me han dejado dormir las perlas que llevaba colgando del cuello una armadora griega, Margarita Nosecuantos. La señora, de unos 70 años, era un ejemplo de elegancia y botox. Entre el collar, la pulsera y los pendientes, calculamos que llevaba encima unos veinticinco mil euros. Luego, añade el vestido, el bolso y los zapatos. Impresionante.
La velada finalizó a las diez y media. Volvimos al hotel en autobús y allí siguió la fiesta en el bar del hotel. Hay algunas que están empezando a perder los papeles, y no voy a dar nombres. A las doce solicitaron mi presencia en la habitación cuartel general de la delegación griega para pedir mi opinión sobre la distribución de las mesas para la cena de gala de mañana. Me aseguré de escoger una buena para mí. Hacia las dos terminamos, no sin antes casi morir de la risa. Es curioso que nadie nos llame la atención por el ruido que hacemos. “Esto es Grecia”, me dijeron.

1 comentario:

Marta Vázquez dijo...

Con tanto trajín, ¿vas a coger vacaciones para descansar de estas vacaciones?
Estoy deseando saber cómo va la cena de gala, jaja.