4 oct. 2010

Una cateta en Atenas (Día 8)


Siete y veinte de la mañana. Desperté en relativo buen estado. A las nueve salí a la calle. Temperatura estupenda. Fui caminando hasta el Estadio Olímpico, una enorme estructura de mármol que ocupa el lugar donde estuvo el original construido hacia el 300 a.C. Muy cerca de allí está el palacio presidencial, que antes ocupara la familia real. Está vigilado por los señores de la falda y los pompones. Me saqué una foto con uno de ellos. Todos los alrededores son una zona residencial de nivel, con jardines y edificios de poca altura. Desde allí me dirigí a la Plaza Sintagma. En el costado del Parlamento me encontré de frente con los señores de la falda y los pompones que venían desfilando por la acera después de hacer el cambio de guardia. Iban camino del cuartel, que está a unos metros de allí. También había un grupo de antidisturbios con sus escudos de plástico. Es que en la Plaza Sintagma se manifiesta todo el mundo que tiene algo que manifestar.
Continué andando por la Avenida Elefterio Venizelou pasando por la zona de tiendas y más adelante los impresionantes edificios de mármol de la Academia, la Universidad y la Biblioteca Nacional. Me encontré con una iglesia católica enorme de mármol, San Dionisio. Entré a verla. Para una iglesia católica que tienen estos griegos, hay que echar un vistazo. Muy bonita. Enormes columnas de mármol verde en el interior.
Después de una hora caminando llegué al Museo Arqueológico Nacional, en la Avenida 28 de Octubre. Cerrado a cal y canto por ser lunes. Abrían a la una y media de la tarde. Eran las once. Me entraron ganas de asesinar a una griega llamada Anna-María, que me está leyendo, que sé que me está leyendo. Me senté en las escaleras a recuperarme un rato y volví sobre mis pasos. En la Avenida Elefterio Venizelou entré en una librería y le pregunté a la dependienta si tenían libros en inglés. Me miró como si fuera idiota, se mordió la lengua, me volvió a mirar y dijo: “Los tiene en las estanterías y también en las mesas”. Es que toda la librería era de libros en inglés. No encontré lo que buscaba, así que entré en otra un poco más adelante. Compré “Eat, pray, love”, siguiendo recomendación recibida de Patricia A. Subí a la sexta planta, donde tenían una cafetería estupenda con sofás y wifi gratis. Tomé una Coca Cola y pasé allí un rato navegando por internet desde el iPhone. La Coca Cola griega sabe diferente, más dulce. No me hace mucha gracia.
Cada vez que te sientas en una cafetería, aparece un camarero con un vaso de agua con hielo. Aunque se sienten quince personas, quince vasos de agua aparecen sobre la mesa. Lo considero un error porque el cliente consume menos. Ayer, por ejemplo, para cenar no pedí nada. Me bastó el vaso de agua.
He descubierto la existencia de otro músculo nuevo. Deben ser unos músculos que se usan sólo en Atenas. Aquí todo son cuestas arriba y abajo, aunque no muy empinadas en el centro, salvo la subida a la Acrópolis, que es letal. El nuevo músculo se encuentra justo en la unión entre el tobillo y el pie, por delante. Tengo unas agujetas mortales. Cada vez que bajo una cuesta veo las estrellas.
Al salir de la librería sentí hambre, así que fui a la Plaza Sintagma a comer algo. A continuación visité el Museo de Arte Cicládico, a la espalda del Parlamento. El arte cicládico se desarrolló en las islas Cícladas entre el 3000 y el 2000 a.C. Me encanta, porque son formas muy simples.
Desde allí bajé por la calle Ermou y giré a la izquierda buscando la catedral. Andamios por fuera y por dentro. ¡Vaya día que llevo! Apenas se podía apreciar el edificio. Sólo una pequeña parte junto a la puerta principal estaba abierta al público, con algunos iconos chupetados en los muros.
Pasé al barrio de Plaka, donde están las tiendas de souvenirs y regalos que recorrimos el sábado por la mañana. Compré un par de regalos que no voy a detallar para no desvelar la sorpresa.
En las zonas turísticas hay un paquistaní cada cien metros sentado en cuclillas con un pequeño tablero de madera delante. En la mano tiene una pelotita que arroja con rabia contra la tabla. La pelotita se convierte en una tortilla para luego poco a poco ir recuperando su forma de pelotita. Mercedes compró varias para sus cuatro hijos el sábado. Porque Mercedes tiene cuatro hijos y aún así le da tiempo de todo.
Absolutamente incapaz de dar un paso más, volví al hotel a descansar un rato.
Estaban poniendo en la tele “Chocolat”. Concretamente la escena en la que están comiendo un pollo con salsa de chocolate. Menos mal que tengo bombones en la maleta, porque me puse mala sólo de verlo.
A las siete me recogió Anna-María en coche y fuimos a buscar a Vivi y a Berit, una sueca que volvió esta tarde después de pasar un par de días en una isla. Está coloradísima de tanto sol que ha tomado.
Fuimos a cenar al último piso del hotel St. George Lycabettus, situado a medio camino hacia la cima de la colina Lycabettus. De nuevo vista espectacular de Atenas con la Acrópolis al fondo. Nos dedicamos a meterle miedo a la sueca, que dirige el comité organizador de la Conferencia WISTA del año que viene. A las once y media me dejaron de vuelta en el hotel y a la cama me voy YA.

Estoy estudiando seriamente la posibilidad de quedarme aquí seis meses, cambiarme el nombre por Konsueliki y escribir un libro. Esto da para mucho.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Veo que ya has empezado a leer el libro ¿qué es eso de quedarte allí 6 meses?

Marta Vázquez dijo...

Konsueliki no te pega del todo, más bien Konsuelí.