7 feb. 2010

Una cateta en el polo norte (Dublín, día 4)


Hoy que no tenía que madrugar desperté a las seis y media. Una cruz que llevo sobre mi espalda. Bajé a desayunar a las ocho y media y coincidí con nuestra presidenta, que es griega, que es una señora y que tiene mogollón de pasta. También apareció por allí la sueca. De lejos vimos a la persa, que aprovechó la mañana para citarse con un señor con el que mantiene relaciones de trabajo. La griega y yo salimos a dar un corto paseo juntas, antes de que ella se tuviera que ir al aeropuerto. Optamos por caminar junto al río. Los vikingos se fueron hace mucho, pero el agua sigue estando negra. Son muy bonitos los puentes sobre el Liffey. Los hay de varios tipos. No me voy a parar a describirlos. Lo miráis en internet, que para eso está.
A las diez y cuarto me abandonó a mi suerte. Hacía un frío terrible. Ha estado todo el día nublado pero sin llover. La humedad es tan tremenda que los semáforos son de acero inoxidable.
Con este clima es normal que Irlanda sea cuna de grandes escritores. Tienen que salirte Ulises, Gullivers y Godots por las orejas. Todo tu tiempo libre lo pasas encerrado en casa y no te queda más remedio que ponerte a escribir.
Otro claro ejemplo de la relación entre el mal tiempo y las letras está en Galicia, pero en la Galicia de antes, porque ahora la gente se idiotiza delante del televisor. Hay grandes escritores gallegos porque no para de llover. No se aplica la misma regla para Asturias por el exceso de sidrerías, o chigres, como diría mi padre.
Doy gracias a Dios por mi gorro andino. Hoy hubiera perdido una oreja o dos por culpa de la congelación. La nariz ha sufrido grave peligro, pero sigue intacta. Hubo momentos en que pensé que se me iba a despegar y caer al suelo. Además, el gorro andino está aquí de última moda. Un verdadero acierto.
Crucé a la orilla norte para ir a ver un grupo escultórico dedicado a la hambruna que hubo aquí en el siglo XIX. En el XX también pasaron hambre. Cada vez que leo un libro ambientado en Irlanda, la gente tiene hambre y un padre borracho.
Volví otra vez a la orilla sur y fui a ver el Trinity College. Está muy bien. Había un campo de rugby donde jugaron ayer. Eso de jugar al rugby tiene mérito. Aquello era un barrizal negro asqueroso. ¡Y con este frío! La capilla estaba abierta y me colé. Según mi guía de viaje, hay que pedir cita para entrar. ¡Qué suerte!, pensé. No, no fue suerte. Iba a empezar una misa anglicana y cerraron la puerta y me dejaron dentro y me tuve que tragar un rato de cánticos con órgano y voy a ir al infierno. Pude escapar soportando las miradas asesinas de los asistentes. Al menos entré en calor un rato. Salí de allí y me fui otra vez a Grafton Street, la calle peatonal de tiendas. Como hoy es domingo, estaba todo abierto como si fuera jueves, pero con menos gente que ayer por la tarde. Descubrí la iglesia de los Carmelitas en un callejón y entré cuando empezaba la misa de once para recuperarme de la misa de antes. La iglesia en sí no es de mi gusto. Demasiados tonos pastel. Pero me gustó la ceremonia. Tenían un coro, tocaban el órgano y una solista se hizo los salmos ella sola. Una voz impresionante. La iglesia estaba a rebosar de gente, no como en la capilla del Trinity College, que eran ocho y yo. (Ocho contando a los del coro). Al final de la misa la gente aplaudió. Es la primera vez que veo algo así, pero es que el coro era hasta para silbarles.
Comí por allí, visité el centro comercial con techo de cristal en la esquina del parque St. Stephen’s Green y luego estuve paseando por dentro del parque. Había gente a pesar de la temperatura. Dos cisnes blancos dormían sobre el agua del estanque central. Volví a pasar por la puerta del hotel Shelbourne. Estaba delante aparcado el autobús de la selección irlandesa de rugby. Ni rastro de los jugadores. Sólo estaban cargando el utillaje. Había tres bicicletas de spinning, maletas de plástico con contenido desconocido y una pierna ortopédica. Bueno, estoy exagerando, era una de esas piernas que te ponen por encima de la tuya cuando te la rompes, en lugar de la escayola de toda la vida. Cuántas piernas habrán roto éstos para que tengan que llevarla siempre en el equipaje.
Tuve que entrar en una cafetería a tomar un chocolate caliente. Me lo dieron en un vaso de cartón con tapa. Tomé la mitad allí y la otra mitad caminando por la calle. Apuntad este nombre: INSOMNIA. Si alguna vez encontráis una cafetería de esta franquicia, pedid un chocolate. ¡Para cagarse!
Fui caminando hasta Merrion Square para ver bien la estatua de Oscar Wilde. Ayer, con la oscuridad y el parque cerrado, no pude verla bien. Está hecha de mármol de varios colores y da sensación de realidad. En la esquina de la plaza está la casa de su padre, que se dedicó a muchas cosas. Fue oculista, anticuario, escritor y mujeriego.
Desde allí fui hasta Temple Bar. ¿Cómo describir aquello? Es una sucesión de calles empedradas, pubs, restaurantes, tiendas de souvenirs. Tiene un punto kitsch pero con estilo. Están al borde del río, y se puede acceder desde el puente Ha’penny, peatonal y una foto muy típica de Dublín. Ahí fue donde mi cuerpo dijo basta.
Entré en un sitio donde eliges el tipo de pan que quieres entre unos cuantos diferentes y luego les dices lo que quieres dentro. Hay mucho donde elegir. Me lo envolvieron con un zumo y volví al hotel echando viruta.
Para entrar en calor decidí bajar al spa. Estuve en el jacuzzi para devolver los riñones a su sitio porque los tenía en los talones, en la sauna para devolver la temperatura normal a mi cuerpo, y en el baño turco no sé para qué, pero estaba allí, así que me metí dentro.
Subí a ducharme a la habitación y ahora os estoy escribiendo y me estoy comiendo el pan con forma de donuts y con varias cosas dentro. A mi derecha me observa con detalle una chocolatina WISPA, que son mis favoritas y cuesta trabajo encontrar fuera de las islas británicas.

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