8 feb. 2010

Una cateta en una isla no tan desierta (Dublín, día 5)


A las cinco y cuarto de la mañana desperté como si fuera ya mediodía. Tuve una bronca conmigo misma y volví a acostarme hasta las siete. Estuve haciendo el tonto en la habitación hasta las nueve. Para algo tengo sofá, butaca y mesa para poner los pies encima.
He descubierto dónde están las bebidas. Al salir del ascensor hay dos pasillos. El mío es el de la derecha. En el de la izquierda hay una máquina dispensadora incrustada en la pared. Tienen refrescos, agua a 2.50 euros la botella de 330ml y enchufes. Ya puedo dormir tranquila.
Mi gorro andino y yo salimos a la calle y pensé que no hacía tanto frío, opinión de la cual me retracté tan pronto giré la esquina y me encontré al borde del río. Rasca no, RASCA. El cielo, de color negro Guinness amenazaba con descargar en cualquier momento. Caminé hasta el puente Ha’penny y allí giré a la izquierda entrando en Temple Bar, la zona de calles empedradas. Fui hasta Dame Street y subí pasando por delante del Ayuntamiento, un edificio del siglo XVIII con una cúpula enorme que entré a ver en el hall. Continué subiendo la calle hasta encontrarme en la catedral anglicana Christ Church. Cuando estaba visitando el coro, se me acercó el deán y estuvo charlando conmigo. Me pidió que mirara desde allí hacia la nave. Impactante sensación. La pared derecha está inclinada unos centímetros debido al hundimiento del terreno. Se nota perfectamente.
De nuevo en la calle, dejé sin visitar Dublinia, justo al lado de la catedral. Cubre la historia de la ciudad desde su fundación hasta el siglo XVI. Según la guía de viaje “con sonidos y olores de la época”. No, no tengo ningún interés en saber cómo olían los vikingos o las casas de los vikingos.
Fui caminando hasta St. Audoen’s, la iglesia medieval más antigua de Dublín. En ese momento empezó a hacer frío de verdad, con viento y una lluvia fina. Tuve que ponerme la capucha del chaquetón por encima del gorro. Un horror. Horror que vi reflejado en la cara de un crío de menos de un año, en su cochecito. Llevaba la cara pálida, los ojos desencajados y la nariz totalmente roja. A estas horas debe ser un niño sin nariz, seguro.
En el jardín de la iglesia había una señora vestida con ropa de trabajo fluorescente sentada en un banco como si fuera Agosto y estuviéramos a 30 grados. Le pedí que me sacara una foto. Ahí fue cuando descubrí que la señora no estaba en sus cabales. Creo que era la primera vez que tenía en sus manos una cámara digital. Tuve que explicarle cómo funcionaba. Se veía perfectamente que tanta tecnología la maravillaba. Tenía cara de borderline. Viendo ahora la foto, observo que me pilló con los ojos cerrados y totalmente desencuadrada.
Bajé por St. Patrick’s Close a echar un vistazo a la Catedral de San Patricio. En esta ciudad hay, que yo sepa, tres catedrales. Saqué una foto del exterior y salí de allí echando viruta. ¡Qué frío! Y es que toda la zona desde la catedral anglicana hasta aquí está en un alto.
Dejó de llover cuando entraba en el Castillo de Dublín. Estuve en el patio viendo sus torres. Desde allí me fui en busca de un chocolate caliente en un INSOMNIA al que ya le había echado el ojo antes. Tengo la lengua como una zapatilla. Estaba demasiado caliente y no me di cuenta hasta que la lengua ya estaba chamuscada.
Con mi vaso de chocolate en la mano me fui a visitar dos centros comerciales. El primero es un mercado cubierto en la calle South Great George y es una mierda porque sólo vendían mierda. El segundo es Powerscourt Townhouse, antiguamente la residencia de un vizconde. Es muy elegante y muy agradable, con un patio central ocupado por una cafetería/restaurante con butacas de cuero. Cuando estaba allí sonó el teléfono. Era Mairéad-mareid-Margarita, para quedar a las siete de la tarde para cenar y llevarme a ver los famosos pubs dublineses.
Crucé el río por el puente peatonal Ha’penny y fui hasta O’Connell Street. Allí sí tienes la sensación de estar en una gran ciudad. El resto de Dublín te da la impresión de modestia, a pesar de tratarse de una capital europea. O’Connell Street es una ancha avenida de edificios centenarios. Allí está la oficina de correos, desde cuya entrada se proclamó la República de Irlanda. Justo en el centro de la calle hay un monumento en forma de espiral de acero que se va estrechando hasta alcanzar los 120 m de altura. Si miras hacia arriba desde la base, se produce un curioso efecto, como si se balanceara.
Girando a la derecha está Cathedral Street, donde se encuentra la tercera catedral de Dublín, la católica, por fin. Los ingleses sólo permitieron su construcción allí, en una zona relativamente alejada. La fachada recuerda a un templo griego.
Pasa por la zona el tranvía, que aquí se llama Luas. Tiene dos líneas solamente, la roja y la verde. También está en esta calle la parada del autobús del aeropuerto, que pasa cada diez minutos.
Girando la esquina del edificio de correos comienzo la calle Henry, anchísima avenida llena de tiendas estupendas, grandes almacenes y restaurantes de comida rápida. Comí por allí sentada junto a un niño pequeño que me pegó tres tiros con su pistola de plástico y me habló en gaélico durante un rato.
Las tiendas de souvenirs en Dublín son enormes. Están divididas en dos secciones que se pueden resumir en sección verde y sección negra. Verde es el color de Irlanda y verdes son todos los objetos que se venden en esa sección. Camisetas, gorras, corbatas, pelotas de rugby y cosas varias con tréboles pintados. La sección negra pertenece a Guinness, con toda la parafernalia que se os pueda ocurrir con el logotipo de la marca de cerveza. Mi objeto favorito es la típica pinta de cerveza negra con el trozo blanco de espuma arriba. El vaso está fabricado en goma y es una de esas cosas que sirven para descargar el estrés apretando con las manos. Los calzoncillos largos de color negro con pintas de Guinness por todos lados también son guay.
Hacia las cuatro y media volví al hotel para descansar un rato. A las seis y cuarto salí otra vez y fui hacia Grafton Street. Mairéad-mareid-Margarita me esperaba en la puerta de los almacenes Brown Thomas. La mitad del camino desde el hotel hasta allí llovió; la otra mitad del camino granizó.
Fuimos a cenar a un restaurante japonés en la orilla norte del Liffey. Para ser lunes estaba a rebosar. Luego me llevó a un pub para escuchar música en directo. Lunes. No hay música los lunes. Pidió para beber una cerveza lager con dos dedos de Guinness. Es costumbre pedirla así en las zonas rurales si la Guinness te resulta demasiado amarga y espumosa. Yo pedí limonada.
A las diez y media dimos por finalizado el asunto. Nos despedimos y cogí un taxi hasta el hotel. El taxista fue todo el camino haciendo unos ruidos extraños con la boca. Difícil describirlo en palabras.

Fe de erratas: En el episodio 3, donde se menciona que las casas alrededor de St. Stephen’s Green son de estilo “eduardiano”, debería decir “georgiano”.

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