17 may. 2011

Una cateta en Constantinopla (Estambul, día 7)


Tres horas y cuarenta y cinco minutos después de apoyar la cabeza en la almohada y quedar en estado comatoso desperté sin remedio. Me levanté y terminé de hacer el equipaje. Los ojos me picaban como si me estuvieran pinchando con alfileres. Eché champú en el cepillo de dientes en lugar de pasta. Los brazos y las piernas no obedecían a mis órdenes como corresponde.
Bajé a desayunar a las nueve tal y como había quedado con las griegas. De las cinco sólo apareció una. Desayuné con ella, Sara y su marido, una francesa y una nigeriana. La puntualidad no es precisamente una de las virtudes de mis amigas. Fueron apareciendo entre las nueve y media y las diez, por no hablar de la que dio señales de vida a las doce.
Abandonamos las habitaciones y fui con Anna-María a la calle peatonal a buscar uno de los encargos raros que me hacéis cuando voy de viaje. No fui capaz de encontrar los discos de música mística turca en las dos tiendas de discos que me indicaron. Lo siento, Juan.
Nos reunimos en la cafetería del hotel con otras tres griegas y a la una nos fuimos al aeropuerto. Contratamos una mini furgoneta a un precio estupendo. En los respaldos de los asientos llevaba cajitas individuales de baklava, los pastelitos de hojaldre con miel y frutos secos y el conductor nos ofreció también tomar un refresco. El suelo de la furgoneta estaba alfombrado, como si fuera el salón de su casa.
Llegamos al aeropuerto en cuarenta minutos, iniciando el viaje con una bajada terrorífica por una cuesta empedrada empinadísima para habernos matado.
Tuvimos que pasar un control de seguridad justo a la entrada del aeropuerto. He notado estos días medidas de seguridad inusuales para nosotros. A la entrada de un centro comercial nuevo en la calle peatonal hay siempre varios guardias con detectores de metales manuales. Hoy hemos visto bajar por esa calle un camión antidisturbios de la policía con una manguera a presión instalada en el techo.
Olvidé contaros que el otro día, bajando la calle caminando justo al lado de un Mini de la policía, algún gamberro les tiró unas piedras desde un balcón. Botaron en el techo del coche, rebotaron en el suelo y una me dio en la pierna. Menos mal que era el segundo rebote, si no me desgracian la pierna.
Las griegas pudieron facturar tan pronto llegamos. Yo no, así que tuvimos que despedirnos porque querían hacer unas compras dentro antes de embarcar.
Me senté a esperar y a observar pasar a los pasajeros. Circulaban por allí bastantes árabes de los que te miran raro. Un par de individuos envueltos en toallas de color blanco esperaban para facturar el equipaje para el vuelo a la Meca. Los había visto en la tele envueltos en sábanas dando vueltas alrededor del edificio cuadrado que nunca he sido capaz de saber qué contiene dentro, pero envueltos en toallas no. No sé, eso de salir de casa ya vestidos para la peregrinación a la Meca es como si una señora de Manresa va al Rocío y sale desde el aeropuerto de Barcelona vestida de faralaes.
La moda entre los musulmanes que llevan gorrito en la cabeza y barba larga es ponerse los pantalones largos sólo hasta el tobillo. No sé si tendrá algún significado religioso o es que les gusta llevarlos así.
Se sentó a mi lado una chica con aspecto de rusa que se metió entre pecho y espalda una botella de vino pequeña como quien se bebe una Coca Cola.
Por fin, dos horas antes del vuelo apareció en pantalla el número del mostrador de facturación y allí fui a dejar la maleta, que pesó 17,5 kgs. Dos de las griegas se pasaron de peso y no les cobraron. Hubo una larga deliberación en turco antes de dejarlas pasar.
Pasé el control de pasaportes tras una larga cola. Cuando me fui a dar cuenta eran las tres y media y no había comido. Mi estómago lleva desde ayer del revés, así que decidí no comer y esperar a la cena del avión.
Di un paseo por las tiendas. Hay una de Hermés. Que me explique alguien para qué hay una tienda de Hermés de verdad en el aeropuerto de Estambul.
Al llegar a la puerta de embarque tuvimos que pasar un nuevo control de seguridad con escáner. Igual que a la ida, había muchos pasajeros argentinos. Entre las españolas, abundante número de señoras elegantes con bolsos de marca sospechosamente nuevos. ¡Ay, esas pijas del barrio de Salamanca! ¡Cómo me teníais engañada!
Embarcamos a nuestra hora pero no pudimos movernos durante un rato porque el finger se quedó pegado al avión y tuvieron que venir a desconectarnos los mecánicos del aeropuerto. Al final salimos con media hora de retraso.
Tuve la suerte de viajar sola en toda la fila de asientos. Levanté los posabrazos y me pegué una sobada monumental allí tirada, hasta que nos trajeron la cena. No era comida de Iberia, sino comida turca. Rollito de hoja de parra con arroz, ensalada de sémola, pollo con arroz y puré acompañado de una salsa de contenido desconocido, y de postre un pastel con albaricoque dentro. Me gustó. Tras la sobada y la cena me encontré mucho mejor. Llevaba todo el día en un estado lamentable. No he dormido casi nada en los últimos tres días y sueño con ocho horas seguidas en mi camita. Bueno, si son diez mejor.
Pillamos un par de zonas de turbulencias en el viaje. Una pareja de señoras mayores daban grititos de miedo. Una decía: “Dios quiera que no pase nada”, y la otra: “Me estás estrujando la mano”. Luego empezaron a reír nerviosas, casi al borde de las lágrimas cuando vieron que íbamos a sobrevivir.
Tardamos en aterrizar en Madrid por congestión de tráfico. Estuvimos un rato dando vueltas en círculo.
Al salir del avión tuvimos que pasar control de pasaportes y escáner. Me cachearon. Me estaba librando últimamente.
Mientras esperaba el vuelo de Sevilla, se sentaron detrás de mí varias chicas de Cádiz. Conversación por el móvil: “Casi que nos quedamos en Moscú. El taxista se equivocó de aeropuerto y casi perdemos el avión. Además, sólo teníamos el visado hasta hoy”. ¿Cómo puede uno equivocarse de aeropuerto?
El avión salió a su hora. Se me sentaron al lado dos franceses que no pararon en todo el viaje de criticar a España, a los españoles y a las caderas de las españolas.
Tuve que pasar aduana en Sevilla. Gracias a Dios fue sólo escáner. Si llegan a abrir la maleta, voy directa al trullo.
Mi taxista favorito me estaba esperando. A la una y media ya estaba en casa.
Voy a meterme en la cama y probablemente no sepáis de mí en tres o cuatro días.
Próximo viaje cateto pronto, muy pronto, y a un destino alucinante.

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