10 may. 2011

Una cateta en Constantinopla (Estambul, día 1)

Me gustaría haber comenzado esta crónica contando que llegué a Constantinopla tras interminables meses de travesía formando parte de una caravana de comerciantes procedentes de todas partes y de ninguna, viajando en carromatos tirados por caballos, mulas y bueyes; que estoy intentando cambiar mi caballo por un camello para adentrarme en la misteriosa y peligrosa Asia en busca de aventuras. Pues no, he llegado a Estambul en un avión de Iberia procedente de Madrid y me acabo a adentrar en la misteriosa Asia a bordo de un Renault Megane conducido por mi amiga Nuvara.
Sonó el despertador a las tres de la mañana, fastidiándome la película de misterio que estaba soñando. Justo entonces el asesino, un compañero de colegio de mi hermano, acababa de reconocer la cara del testigo del crimen y se disponía a perseguirlo para cepillárselo.
Mi taxista favorito me recogió a las 03:58 hrs y llegamos al aeropuerto a las 04:56 hrs, habiendo encontrado por el camino solamente un camión. Me sorprende que estuvieran puestas las carreteras a esas horas. Como mi taxista favorito sabe perfectamente dónde están los radares fijos y no había moros en la costa (léase picoletos o Guardias Civiles motorizados), sobrepasamos el límite de velocidad y nos desplazamos a la friolera de 120 kilómetros por hora.
Facturé la maleta. 10.5 kgs. Aceptable, considerando que dentro va una botella de Jerez que no vuelve conmigo. Puedo comprar 12.5 kgs. ¡Gran Bazar, allá voy!
Nos sentamos a desayunar, aunque tuvimos que esperar un rato porque la cafetería no estaba todavía abierta. Bebí un batido color Pantera Rosa y comí una magdalena de 500 gramos. No exagero. Tenía por encima crema blanca y crema de chocolate. Grandioso.
El avión salió a su hora. Varios iPads entre el pasaje. Pronto, pronto.
Iba un negrito de unos ocho años (¿o tengo que decir afroamericano?) que viajaba solo, con cara de esto-ya-me-ha-pasado-antes-y-no-me-hace-ni-pizca-de-gracia, pertrechado con una PS3 de la que no se despegó en todo el vuelo. Bueno, creo. No podría asegurarlo porque yo me dediqué a mirar para dentro un rato.
Aterrizamos en Madrid a las ocho. El sobrecargo nos despidió con un: “Esperamos haberles ofrecido un viaje sobrado”. ¿Sobrado?
Hice un recorrido por las tiendas de la T4. Aldeasa está de rebajas. Mala señal.
Me senté a ver un episodio de Anatomía de Grey en el ordenador. Cuando terminé ya estaba anunciado mi vuelo en las pantallas. Tuve que trasladarme a la T4 Satélite en un tren subterráneo. Pasé otro control de pasaportes, así que supongo que utilizan ese área para vuelos extracomunitarios.
En la zona de espera había un curioso personaje, un religioso de larga barba blanca y turbante, dormido o meditando. No deben de tener votos de pobreza en esa religión porque viajó en primera.
La primera hora del vuelo transcurrió en silencio absoluto. Muchos argentinos, norteamericanos y valencianos a bordo. Todos muertos durmiendo a pata suelta, servidora incluida. Cuando nos trajeron la comida comenzó el barullo. Yo estaba ya que me comía los asientos. Ni rastro de la magdalena de medio kilo. Ensalada (tres trozos de hierba con una aceituna) y macarrones con tomate y queso. Encontré un trocito de champiñón al final. Estaban ricos, como si nos los estuviéramos comiendo en Italia, donde realmente nos los estábamos comiendo, porque volábamos sobre Cerdeña en aquel preciso instante. Mi madre les echa chorizo asturiano para darles más sabor y están que te cagas. Lástima que vayamos camino del Islam. En la bandeja nos pusieron un letrerito que decía: “Esta comida no contiene cerdo”.
Aterrizamos en Estambul a las 16:20 hrs, una hora más que en España. Y empezaron las colas. Una cola para sacar el visado, que es una tomadura de pelo. Hay unas ventanillas donde sueltas quince euros, te ponen una pegatina en el pasaporte y ni te miran la cara. Claramente, estás pagando la entrada al parque de atracciones. Otra cola para el control de pasaportes. Tres cuartos de lo mismo. Comprueban que has pagado la pegatina y para dentro. A esas alturas las maletas ya deben de llevar diez vueltas en la cinta de equipajes. Efectivamente, la mía se veía a lo lejos paseándose. La recogí y salí por fin de allí.
Me estaba esperando Nuvara, presidenta de WISTA Turquía. Fuimos a dar una vuelta antes de sentarnos a cenar. Vi por fuera la Mezquita Azul y Santa Sofía. Paseamos por el hipódromo, donde no hay caballos ni césped ni gradas ni nada porque eso fue en otra época y ya no queda nada. Me llevó a cenar a un restaurante con vistas al Bósforo, donde había fondeados no menos de cien barcos, esperando para subir al Mar Negro o para tomar combustible. Impresionante, verdaderamente impresionante.
Me es difícil explicar lo que comí. Todo nuevo y delicioso. Había unas bolitas de carne de ternera y cordero con pistacho que quitaban el aliento. También hojas de parra con arroz y especias dentro. Mini pizzas con ingredientes de colores. Puré de berenjena. Y de postre baklava, hojaldres con pistacho y miel.
Después de tan deliciosos manjares fuimos a su casa, en la zona asiática, donde me voy a quedar unos días. Estambul se encuentra en Europa y en Asia, dividida por el Bósforo. Nuvara y su marido viven en un pequeño edificio de dos plantas en una zona Enormes ventanales con vistas al río y decoración moderna y funcional. Me encanta.
Es la primera vez en mi vida que piso Asia. Asia me sonaba a mongoles cabalgado por la estepa. Esta Asia de aquí tiene calles con farolas y tiendas con escaparates. Estoy un poco decepcionada, la verdad.
Después de pequeñas dificultades técnicas, Cagri, el marido de Nuvara, consiguió conectarme el ordenador a internet. Y ahí fue cuando empecé a alucinar. El periódico El Mundo está censurado (Se han tomado medidas administrativas contra esta página de acuerdo con la ley 5651). ¿Se ha metido Pedro J. con Erdogan? Cuando intenté acceder a mi perfil de Facebook, no pude por motivos de seguridad. Me hicieron unas diez preguntas para comprobar que yo era la propietaria real de mi perfil. Escalofríos tengo en este momento.
En breve voy a acostarme porque llevo desde las tres de la mañana dando bandazos por el mundo y ya son casi las doce de la noche, hora local. Me pican los ojos.
La tarde estuvo despejada pero fresca. Cuando se puso el sol empezó a hacer frío. Según el termómetro del coche, 11ºC. Chicas, no metáis sandalias en el equipaje. Y traed un pañuelo para la cabeza si pensáis entrar en las mezquitas.

3 comentarios:

Olivia - Adornos con Arte dijo...

:) podrías aportar mas documentos gráficos a tus diario de viajera, me ha gustado mucho jijij

Anónimo dijo...

¡Y calcetines! que para entrar en las mezquitas hay que quitarse los zapatos y pisar alfombras que han pisado miles antes que tu

Anónimo dijo...

Me ha encantado el detalle del regalo Jerezano, pero ¿cómo te la has compuesto para covencer a la aduana que el jarabe no tiene Alcohol?. Disfruta de la morería. JL