10 mar. 2013

Una cateta en Suiza (Ginebra y Lausanne, día 4)

06:56 de la mañana. Vuelve a cantar el señor griego de ayer. Eleftheria vuelve a apagar el iPhone 3 y vuelve a acostarse. Yo me levanto, enciendo la luz, abro la cortina y Eleftheria dice: “Malvada”.
Me arreglé rápidamente para dejar sitio a Eleftheria en nuestros cuartos de baño ya que a las nueve tenía que salir para el aeropuerto. Mientras ella se duchaba y se secaba el pelo yo escribí el blog de ayer que no pude escribir antes de acostarme porque mi cuerpo dijo: “Va a ser que no.”
A las ocho y media bajé al comedor a reunirme con todas para despedirme y desayunar tortitas con Nutella, croissant con Nutella y dedo con Nutella.
La mayoría volaban sobre las doce y se iban juntas en el tren hasta el aeropuerto, excepto Irene de Singapur y Despina de Chipre. Irene decidió pasar el día por su cuenta estirando las piernas para deshacerse de todas las calorías de estos días. Despina y yo quedamos a las diez para dar una vuelta por Ginebra.
Mientras la esperaba en el hall, tuve tiempo de alucinar con una chica que mostraba a sus padres las compras que había hecho en Louis Vuitton el día anterior. Bolsa de viaje, bolso, gafas, monedero, agenda y cartera. Todo haciendo juego, del modelo de los cuadritos marrones y negros. ¿Cinco mil euros?
La mañana estaba bastante fría. Hacía un grado a las nueve. Luego fue subiendo hasta diez. El frío es seco y se combate bastante bien. Mi gorro andino no ha salido de la maleta.
Bajamos andando por la rue du Mont-Blanc hasta el lago. Paseamos por el quai du Mont-Blanc pasando por el hotel Beau-Rivage, donde murió Sisí después de ser apuñalada allí enfrente. Un poco más adelante hay un pantalán con una cafetería y un faro al final. Un fulano se estaba bañando. A esa hora no podía haber más de cinco grados.
Cuando salíamos del pantalán nos cruzamos con una señora que llevaba el perro de la foto. Lo mandó sentar para posar en la imagen con Despina. Tenía ojos de husky siberiano con un pelo suavísimo de dos tipos diferentes.
Volviendo al asunto del patinaje sobre hielo, que ha traído bastante cola en la página de Facebook de WISTA, después de casi matarme, le arrebaté a la hija de la turkmenistaní el artefacto que empujo en la foto. La cría se sentó valientemente para que yo la paseara por la pista. A poco estuvo de perder las piernas cuando la estrellé contra la valla protectora. A la madre le hizo mucha gracia. Se ve que en Turkmenistán les gusta endurecer a los hijos desde bien pequeños.
Cruzamos el lago por su parte más estrecha atravesando el pont des Bergues, donde está la pequeña isla Rousseau con un monumento dedicado al célebre filósofo. Suiza es cuna de grandes personajes como este ilustrado que acabo de mencionar, Le Corbousier, Heidi, Pedro, la Srta. Rottenmeier, etc.
Ya en el otro lado visitamos el Jardin Anglais, conocido por un reloj hecho con flores. Iba bastante adelantado de hora, algo sorprendente tratándose de un reloj suizo.
Las calles comerciales, ayer llenas de viandantes, hoy estaban desiertas. Todas las tiendas estaban cerradas excepto un par dedicadas a los souvenirs. He de decir que estas tiendas tienen mil veces más glamour que todas las que he visitado en mi vida. Venden artículos chulísimos. Dan ganas de comprarlo todo. La mayor parte de los objetos son rojos con una cruz blanca, como la bandera del país. Lo malo es que los precios son disparatados. Hace un rato vi unos tomates a seis euros el kilo.
Atención a la navaja. 87 herramientas y 141 funciones diferentes. Evidentemente, es un objeto para coleccionistas. No veo a nadie con ella colgando del costado del pantalón.
Durante toda la mañana sentí un extraño cosquilleo en la planta de los pies. Seguramente serían las partículas acelerando por el subsuelo.
Cansadas de caminar, buscamos un Starbucks para que Despina pudiera comprar la típica taza souvenir y tomar algo caliente. Ella café y yo chocolate. La cafetería está en el Rond Point de Rive, o sea, en una rotonda. Nos sentamos en unas butacas mirando a la calle. Estábamos tan cómodas viendo pasar a la gente y a los coches deportivos que pasamos allí más de una hora charlando.
Volvimos paseando hacia el hotel entrando en la única iglesia católica que he visto por el momento, junto a la estación de tren. Una pareja de ancianos sordos hablando entre sí rompieron el silencio reinante.
A las tres Despina tomó un taxi al aeropuerto. No fue en tren porque llevaba tres piezas de equipaje, botas de esquí incluidas. Iba a reunirse con su marido en Viena para pasar una semana esquiando en Austria.
Busqué un sitio para comer algo. ¿Os podéis creer que muchos restaurantes cierran en domingo? No encontré nada mejor que un MacDonalds. ¡Qué mejor que un MacDonalds!
Recogí mi equipaje del hotel y me fui andando a la estación de tren, a unos doscientos metros.
Saqué billete para Lausanne y tomé el tren de las 16:03 horas, que salió con puntualidad suiza según el reloj suizo que cuelga de todas las estaciones de trenes suizas y de la muñeca de mi tío.
A las 16:43 exactamente estábamos llegando a Lausanne.
Tomé el metro hasta Leflon, una estación hacia arriba. Digo hacia arriba porque el metro llega en pendiente y sube. Lausanne está construida sobre una montaña, habiendo un desnivel bastante considerable desde el lago hasta la catedral, en la parte más alta.
Mi hotel está justo al lado de la estación de metro. Se llama L’hotel y es un poco raro. Hay una silla saliendo de la pared y un argentino en recepción. La ducha está dentro de un armario y el váter en otro. Para la ropa no hay armario.
Tras dejar la maleta en el suelo sin deshacer porque no hay armario, me fui a dar un paseo hasta la catedral siguiendo las instrucciones del argentino, que está indignado porque los domingos está todo cerrado y no hay cafeterías abiertas más allá de las ocho y media de la tarde.
Lo poco que he visto de Lausanna me ha gustado mucho. Desde la catedral hay unas vistas espectaculares de la ciudad, las montañas y el lago. Bajé de allí a todo meter porque se veían venir unas nubes negras descargando la de Dios. Me dio el tiempo justo de parar en una tienda de comida dentro de la estación de metro que milagrosamente estaba abierta. Compré algo para cenar y entré en L’hotel para oír al argentino otra vez quejándose de que el museo enfrente de la catedral cierra los domingos.
Me di una larga ducha tranquilamente, sin prisa, y aquí estoy a punto de tirar la toalla.
La presidente de WISTA Turquía nos ha enviado la foto de su hijo mayor recibiendo el bote de cinco kilos de Nutella. ¡Qué buena madre!
Mi preocupación con respecto a las vacas va creciendo día a día. Hoy he tenido la ocasión de ver verdes prados desde el tren. Ni una sola vaca, ni blanca ni morada.
 
Buenas noches desde Lausanne.
 

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