9 jun. 2013

Una cateta en las islas griegas (Día 3)




Desperté un poco antes de las siete, hora a la que sonaron las campanas de la iglesia que tenemos a unos pasos. Me levanté, me arreglé y estuve escribiendo el blog mientras Alicia, una abogada de Valencia que comparte habitación conmigo, intentaba seguir durmiendo sin mucho éxito, porque de vez en cuando asomaba la cabeza y miraba cómo escribía el blog.
A las ocho y cuarto bajamos a desayunar. El personal del servicio de restaurante no habla muy bien inglés. Al camarero le pedí un zumo y me respondió dándome la clave para acceder a internet.
En este hotel no sirven el desayuno estándar de todos los hoteles. Te sientas en la terraza bajo unos cañizos, rodeada de macetas que nadie roba por las noches  a pesar de estar la puerta del jardín abierta de par en par, y empiezan a aparecer platos encima de la mesa como para alimentar a un regimiento. Sandwich mixto, panacota, un misterioso vaso que parecía contener cerveza pero que era en realidad una crema de naranja con algo blanco por encima, pan, tomates con queso por encima, huevo duro, una mini sopa, cereales. Pantagruélico.
A las nueve y cuarto, Laura, Rosana, Alicia y yo fuimos andando hasta el museo histórico, donde iba a tener lugar la jornada de charlas de WISTA Med.
Comenzamos a las nueve y media. El ponente más curioso y simpático fue el capitán Tsakos, una leyenda en el sector local. Este señor ha conseguido en cuarenta años pasar de capitán de barco a poseer una flota de 70 buques. Tiene algo más de ochenta años. Vino a Hydra en su propio yate (en la foto) y se paseó por la conferencia con un cortejo de tripulantes y asistentes. Nos pidió que, si nos encontrábamos con su mujer por Atenas, no le contáramos que había pasado el fin de semana con tantas mujeres.
También nos contó que su padre era marino y que su madre lo esperó ocho años durante la Segunda Guerra Mundial. Salió de casa a luchar en 1940 y no apareció de vuelta hasta 1948. No me salen las cuentas porque la guerra terminó en el 45. ¿Dónde estuvo el buen señor el resto del tiempo?
Hydra se encuentra a unas 37 millas del Pireo y tiene unos 52 km2. Pertenece al Archipiélago Argosarónico, separada del Peloponeso por el estrecho del golfo de Hydra.
La primera academia de náutica se fundó aquí en 1749. Para los marinos griegos es un lugar emblemático. Desde aquí se apoyó la guerra de la independencia con barcos y fondos.
En Hydra han vivido ilustres personajes como Henry Miller, Leonard Cohen y otras celebridades locales como Nicos Hantzikyriakos-Ghikas, que no tengo la menor idea de quién era pero que no pudo pasar desapercibido por la vida con semejante nombre. También es refugio de grandes fortunas que quieren pasar desapercibidas.
En el hotel donde están las chipriotas se hospedó hace poco una señora que necesitaba trabajar en silencio. Vino con su ordenador y su móvil y pasó un mes sin ver a nadie. Así de tranquila es la isla. Tan tranquila y segura que lo dejamos todo por en medio sin preocuparnos de que nos vayan a robar. La verdad es que los chorizos no tendrían a dónde ir y escapar en burro no lo veo como opción práctica.
Por cierto, os mando una foto mía frente a frente con el enemigo.
A media mañana hicimos una pausa para tomar café y pastas. Subimos a la terraza del museo. Desde allí vimos llegar varios barcos de pasajeros. Entre ellos, uno que hace un crucero de un día desde El Pireo. Iba cargado de gente bulliciosa bailando un sirtaki.
Continuamos con las charlas hasta la una y media. Fuimos hasta un restaurante muy cerca de nuestro hotel, con mesas en el exterior bajo la sombra creada con ramas de diferentes plantas. Me senté con las dos miembros de WISTA Chipre, Despina y Martina, que en realidad es alemana, con Vivi, de Grecia, y con las cuatro italianas. Despina y Martina nos estuvieron contando lo duros que fueron los primeros días después de estallar la crisis en su país, los malos momentos pensando que habían perdido sus ahorros y los fondos de sus empresas.
Nos sirvieron ensalada griega, musaka, calamares, pulpo, humus, unas bolas de carne muy ricas y un postre hecho de frutos secos que fue una verdadera bomba. Los tomates parecen de mentira, del aspecto tan estupendo que tienen. Es como si les echaran laca para salir bien en las fotos. Son de un rojo intenso y muy sabrosos.
Hydra está llena de gatos, muchos más que burros. Los hay por todas partes, seguros de que nadie los va a molestar, tirados por en medio de las calles, debajo de tu silla en los restaurantes o mirándote desde el alféizar de cualquier ventana. Algunos tienen un aspecto lamentable, despeluchados pero ninguno famélico. Todo el mundo les da de comer.
En varias mesas junto a nosotras se sentó la asociación de viudas de El Pireo, un grupo de señoras con bigote vestidas de negro que ya habíamos visto anteriormente en el museo.
Le saqué una foto a Sue Ellen, pero no me atrevo a colgarla no vaya a ser que llegue a sus manos y me denuncie. Según me contó Anna-María por la noche, a pesar de sus rarezas, es una señora con un gran corazón, que invierte parte de su fortuna en ayudar a los necesitados. He de decir que no ha hecho honor a su apodo hasta ahora. En ningún momento la hemos visto bebida.
Después de comer nos dividimos en grupos. Algunas cogieron un barquito para ir a bañarse a una cala, otras fueron a visitar un museo de arte moderno, y yo me fui con Eleftheria y las dos de Chipre a dar un paseo y a sentarnos en un bar frente al estrecho de Hydra, mirando al Peloponeso.
Cuando íbamos charlando por una de las estrechas calles, se abrió una ventana de un hotel y apareció nuestra presidente Karin Orsel, que acababa de llegar junto a su relaciones públicas, Thea, que también acabó asomada a la ventana de su habitación. Momento ordinario donde los haya, charlando y riéndonos desde las ventanas y la calle. Quedamos en vernos un rato más tarde en el bar al que íbamos y seguimos caminando.
Eleftheria, que procede de esta isla, dice que lleva toda su vida recorriéndola y aún así nunca sabe exactamente por dónde anda. Es un laberinto de calles con fachadas blanqueadas y suelo de piedra.
Por cierto, hemos averiguado quién es el chino. Parece ser que es un abogado maritimista que se encontraba en Atenas por negocios. Oyó hablar de la conferencia y preguntó si podía asistir.
A las seis y media volvimos a nuestros hoteles. En el jardín del mío me encontré con el resto de las españolas, que habían ido a bañarse pero no se bañaron porque el agua estaba bastante fría.
Nos arreglamos para asistir a la cena. Salimos del hotel a las siete y media para coger el barquito que nos llevaría al restaurante Castello. Por el camino nos encontramos a un cura ortodoxo. Cuando estuve la otra vez en Atenas tuve la oportunidad de oler a un grupo de curas de cerca. Metidos en ese vestuario acaban todos oliendo a cerrado.
El barquito hizo un trayecto de cinco minutos hasta un pequeño puerto de pescadores hacia el oeste del puerto principal. Desde allí caminamos unos minutos hasta el restaurante, teniendo que dejar paso a varios burros que transportaban paja.
Sirvieron champán y mojitos. Para mí agua de botella. No me gusta la Coca Cola griega.
Disfrutamos de una estupenda puesta de sol a una temperatura perfecta para mí. Unas cuantas griegas que llegaron para la cena desde Atenas nos contaron que allí estaba lloviendo. Entre las recién llegadas, mi buena amiga Anna-María, que no pudo venir antes porque tenía un bautizo esta mañana.
Nos sentamos a cenar tardísimo. Nuvara estaba escandalizada porque a las once de la noche todavía íbamos por el tercer plato, cuando ella en casa no come nada más allá de las ocho.
Hacia la una nos levantamos de la mesa. En otra parte del restaurante empezaba el baile. Unas cuantas decidimos volver caminando hasta el hotel. Tardamos unos veinte minutos. Fue un paseo muy agradable, casi a oscuras pero sin peligro de despeñarnos por el pequeño acantilado a nuestra izquierda.
A las dos menos cuarto estábamos metidas en la cama. Alicia tardó medio segundo en comenzar a respirar como respira la gente que duerme pacíficamente. Yo tardé segundo y medio.
 
Buenas noches desde Hydra.



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