11 jun. 2013

Una cateta en las islas griegas (Día 6)


Al bajar del avión pasamos el control de pasaportes. Había cientos de personas haciendo cola. Tardamos casi media hora en salir de allí. Mi maleta estaba esperándome dando vueltas en la cinta. La pobre viene bastante damnificada del maltrato que sufrió en el barco. Está sucia como el rabo de una vaca y tiene una pequeña rotura en la tela.
Me despedí de las exploradoras y fui a buscar algo para cenar. El Food Halls de Marks and Spencer estaba abierto. Compré mi sándwich favorito de jamón ahumado con mayonesa de mostaza y un paquete de patatas fritas que me tuvo que buscar el dependiente porque en Inglaterra lo raro es encontrar unas patatas sólo con sal, sin más porquerías. Las había de nabo, de vinagre balsámico, chile dulce, jamón, y no sé cuántas cosas más. Mareante.
Estuve dando una vuelta por la tienda de WHSmith y entré en el baño.
El baño merece un capítulo aparte. Hace un montón de años tuve que pasar la noche en Gatwick para coger un vuelo de vuelta a España. No pude ir al baño en toda la noche porque los cubículos eran tan pequeños que no me podía meter con la maleta y me daba miedo que me la robaran. Hasta que no facturé no pude aliviar mi vejiga. Fue una experiencia inolvidable. Hoy, sin embargo, he entrado en unos baños limpísimos donde cada cubículo tiene un lavabo y un secamanos individuales de esos que metes las manos y parece que te las va a arrancar la fuerza del viento, e incluso espacio para el equipaje. Encima, todo decorado por Porcelanosa.
Hay una zona del aeropuerto habilitada para desgraciados como yo que pasan la noche tirados en un aeropuerto. Una fila de butacas con el respaldo por encima de la cabeza y sitio para poner las piernas en alto estaba completamente ocupada. Los sofás también. Las butacas normales también. Sólo quedaba hueco en unos taburetes alrededor de una columna con enchufes para los móviles y los portátiles y un espacio para poder poner el ordenador y cenar.
Personajes curiosos en la sala. Un negro vestido de negro en chanclas con paraguas negro que paseaba entre las butacas y me daba muy mala espina, un anciano de pelo largo blanco al que dos policías con metralleta le pidieron la documentación, un inglés en la cincuentena hablando por el móvil a gritos despertando a todos los que dormían en la sala, una oriental con guantes de lana acostada ocupando un sofá entero, el primo de Bob Marley, un malagueño hablando con un colega por el móvil, contándole todas las fiestas a las que ha ido recientemente.
De repente apareció por el pasillo Birgit Liodden, miembro de WISTA Noruega y secretaria general de YoungShip. Venía de una conferencia en la sede del IMO (Organización Marítima Internacional). Había perdido el último vuelo a Oslo. Se sentó conmigo un rato a charlar, se fue para intentar entrar en la zona de pasajeros pero tuvo que volver porque era muy temprano.
El negro de las chanclas y el paraguas no dejaba de pasear blandiendo el paraguas y hablando solo.
El guarro del malagueño se comió dos dónuts y dejó los envoltorios vacíos junto a los enchufes al marchar.
A las tres empezó a entrarme sueño, intenté leer un rato pero viendo iba a dejar caer el iPad al suelo, fui a dar un paseo. Había zonas del aeropuerto donde el frío era insoportable. Los pasajeros tirados por allí estaban vestidos de invierno riguroso o envueltos en toallas de playa, o incluso metidos en sacos de dormir.
Dejé a Birgit durmiendo en una de las butacas con el bolso abierto enseñando su MacBook y su cartera. Estos noruegos creen que todos somos gente honrada.
En la zona de facturación de Easy Jet había no menos de mil personas haciendo cola para dejar sus maletas. Decidí unirme a ellos. La cola se movió con fluidez porque abrieron al menos diez mostradores a la vez. Una excursión de bulliciosos ancianos indios con pasaporte británico nos tuvieron bastante entretenidos. Iban emocionados de viaje.
En la cola había gente con destino a montones de sitios de toda Europa. La mayoría eran británicos camino de sus vacaciones. Sólo a ellos, a mí y a los indios se nos hubiera ocurrido aparecer a facturar a las tres de la mañana.
La maleta, misteriosamente, pesó un kilo más en Londres que en Atenas. O me metieron un kilo de droga o una de las dos básculas no funciona bien.
Accedí a la zona de pasajeros y visité todas las tiendas, casi todas abiertas a esa hora. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, adquirí mis queridas Wispas y un par de Coca Colas de cereza. En el pasado hubiera cargado con un saco de libros en inglés. Hoy día, con el iPad, ya no es necesario.
Encontré un hueco donde han instalado unos sofás que te permiten dormir discretamente porque el respaldo termina en forma de oreja ocultando tu cabeza del público. Me permití una siesta de quince minutos abrazada a mi mochila antes de ir a embarcar. Puse el despertador del iPhone para evitar un drama.
El trayecto hasta las zonas de embarque puede ser muy largo porque es un aeropuerto enorme, así que tan pronto anunciaron la puerta de embarque a las seis y diez fui caminando hacia allí. La mayor parte del pasaje eran británicos. Seríamos unos ocho españoles en total. Unos cuantos niños muy pequeños.
Embarcamos sin retraso. Cuando estábamos todos felices y contentos pensando que ya nos íbamos, sale la voz del encantador capitán informando que había huelga de controladores franceses pudiendo alcanzar las tres horas de retraso en el despegue. Para no perder nuestro turno de salida, no nos iba a dejar bajar del avión y nos aparcaría en un lugar de la pista donde no estorbáramos. Decidí ponerme el antifaz y echarme a dormir. El problema fue que los niños pequeños empezaron enseguida a ponerse nerviosos y aquello fue una feria de gente pasillo arriba pasillo abajo charlando con los amables azafatos, niños gritando, azafatos repartiendo vasos de agua, azafatos vendiendo periódicos y el más reciente número de la revista Hello con la reina de Inglaterra en la portada, y Consuelo levantándose para ir a conocer al capitán. Antes del 11 de Septiembre, no era inusual que los pasajeros visitaran la cabina del piloto y pasaran parte del viaje sentados allí. Era una experiencia curiosa. Nunca me invitaron a aterrizar pero sé que algunos pilotos sí lo hacían.
Volví a mi sitio a escuchar música un rato. Al cabo de hora y media, afortunadamente, nos dieron salida. Durante el vuelo intenté dormir a ratos. Una niña inglesa corría dando saltitos por el pasillo y me despertaba continuamente. Lástima que la madre vigilaba desde su asiento, si no hubiera tomado medidas drásticas al respecto.
Aterrizamos en Sevilla a las once y media. Mi anciano padre y su señora (mi madre) llegaron unos minutos más tarde a recogerme. Los avisé desde Londres para que no salieran de casa hasta que yo les diera luz verde.
A mitad de camino paramos a comer algo. Yo venía sin tomar nada desde el sándwich de Mark y Spencer.
Llegué a casa con los tobillos como botijos. Lágrimas en los ojos cuando por fin pude darme una ducha y meterme un rato en la cama.
Confirmo que no hay un kilo de droga en mi maleta.
 
 
Buenas tardes desde mi camita.
                                                                           

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