9 abr. 2014

Una cateta en Dubai (Día 3)

Siete de la mañana. Sonó el despertador y fue como si hubiera resucitado después de muerta. Al abrir los ojos no sabía dónde estaba ni qué hacía en aquella habitación desconocida con una pegatina en el techo indicando la dirección a La Meca.

Después de ducharme y escribiros un rato, bajé a desayunar con Jeanne y Karin, la presidente de WISTA, que llegó a la una y media de la madrugada desde Holanda. Presidente o no presidente, no la esperamos despiertas.

A las diez tomamos el metro  con destino a Deira, en la orilla derecha de Dubai Creek, que es una corriente de agua que se adentra desde el Golfo Pérsico creando un puerto natural. Pasamos por encima de Al Baraka y les pude enseñar los siniestros lugares donde estuve ayer de compras.

Llegamos a Deira buscando el bazar del oro, el bazar de las especias y bazares en general. El del oro era un poco amarillo para mi gusto, con piezas kitsch de tamaños descomunales. Por los mercados y alrededores había hombres con túnicas blancas apoyados en carretillas o llevando pesados fardos en ellas.

Nos cruzamos con unas cuantas mujeres envueltas en telas negras con unas máscaras de oro sobre la boca. Más tarde supimos que suelen ser de Omán y Yemen, que cuanto mayor eres y más alto es tu rango en la familia, más grande puedes llevar la máscara de oro.

Me defraudó un poco el mercado de las especias. Esperaba algo parecido al bazar de las especias de Estambul. Ni parecido.

Jeanne y Karin compraron una pila de pashminas tras aprovecharse de mis recientemente adquiridas dotes de dura regateadora.

Intentamos encontrar una cafetería para tomar algo e ir al baño. Nos fue imposible. No hay cafeterías en Deira. ¿Dónde están los Starbucks cuando los necesitas?

Hacía un calor interesante que nos obligó a salir de los bazares y buscar el fresco del agua. Contratamos a un pobre hombre para que nos diera un paseo de una hora en su barco por un precio ridículo. Los barcos de madera que cruzan de un lado a otro se llaman abras. Iban abarrotados de gente que nos miraba con cara de envidia por tener un abra para nosotras solas.

Desde el agua pudimos ver otra zona de Deira donde seguro que hay cafeterías y restaurantes y sitios donde sentarse civilizadamente con cuartos de baño. Nuevos rascacielos, cada uno diferente y más impresionante que el anterior. De verdad, Dubai tiene que ser el Disneylandia de los arquitectos.

Le pedimos al pobre hombre que nos dejara en la otra orilla, que se llama Bur Dubai. Desde el barco le habíamos echado el ojo a un restaurante con terraza justo al borde del agua, donde encontramos una mesa libre, un cuarto de baño precioso y una comida estupenda.

Volviendo al preocupante tema de la ducha que hay junto a todos los retretes, Karin tiene otra teoría mucho más aterradora que la mía. Por aquí y alrededores no usan papel higiénico. Dejo el resto a vuestra imaginación.

Tras quedar más que satisfechas con la comida iniciamos la exploración por los bazares de esa orilla, mucho más elegantes que los de Deira. Muchos estaban cerrados porque aquí se cierran las tiendas pequeñas a la hora de comer, igual que en casa.

Llegamos hasta Bastakiya, la zona más antigua de Dubai, donde hay unas casas con torretas de las que sobresalen unos palos. Parece ser que era el sistema de aire acondicionado de la época. Por los palos circula el aire hacia dentro de las casas, refrescándolas. Por allí cerca hice un nuevo amigo. El trapo negro que sale a la derecha no es el fantasma de una señora musulmana, era un trapo de verdad, pero no sé lo que hacía allí colgado.

Entramos en el museo de Dubai donde había poca cosa que ver. Mostraban casas de hace un siglo, cómo era la vida en la zona, los pescadores, la construcción de un abra y cosas por el estilo.

Una vez visto el museo, Jeanne dijo que ya había tenido bastante por hoy. Karin sugirió enseguida ir a estrenar la piscina del hotel.

Volvimos en metro. Yo me fui a mi habitación a ducharme y a echarme un rato mientras Jeanne vivía una curiosa experiencia en el jacuzzi junto a la piscina. Había un niño de unos diez años dentro al que su niñera sacó del agua cuando ella entró. No está bien que los varones compartan jacuzzi con las mujeres, aunque tengan diez años.

A las seis y media quedamos en la entrada del hotel, donde unas tailandesas dan todos los días un concierto de xilófono mientras sonríen amablemente a los huéspedes que las miran al pasar.

Destino: Burj Khalifa, el edificio más alto del mundo. Tuvimos que ir en taxi porque acceder a él desde el hotel no es posible andando.

Sacamos las entradas por internet hace dos semanas. No quedaban plazas para las seis de la tarde, que es la hora ideal para disfrutar de la vista de día, ver la puesta de sol y finalmente de noche. Tuvimos que escoger las siete de la tarde.

El ascensor subió a una velocidad alucinante hasta el piso 124, que es hasta donde te dejan subir, aunque quedan por arriba al menos otros veinte pisos. Saqué muchas fotos con mi cámara nueva, que es una pasada de cámara. Con la anterior no había manera de sacar fotos nocturnas.

Nos sacamos una foto que no voy a explicar cómo se hace y que queda muy chula para reírte un rato.

Nos habían citado para cenar en el restaurante italiano de nuestro hotel a las ocho y ya íbamos con veinte minutos de retraso. Aún así, Jeanne dijo que de allí no se movía sin ver el espectáculo de agua, luz y música que hay todos los días en el lago artificial que hay entre el Burj Khalifa y el Dubai Mall. Empezó a las ocho y media y duró unos cinco minutos. Mereció la pena. La música era un tío cantando en japonés, ¿o era chino?

Después del espectáculo del lago de la Expo 92 no he vuelto a ver nada tan bueno, ni siquiera éste.

Volvimos al hotel en taxi dando un ridículo rodeo porque la policía había cortado el tráfico por el camino más corto. El taxista de esta vez sí sabía hablar. Nos indicó dónde estaban los palacios reales cuando pasamos cerca.

Llegamos a la cena con una hora de retraso. Nos estaban esperando. Vergonzoso, verdaderamente vergonzoso.

Se trataba de la cena de bienvenida a las miembros de comité ejecutivo de WISTA, que nos reunimos mañana y pasado mañana aquí. Asistían también varias miembros de WISTA UAE. Me tocó sentarme al lado de una americana de Houston cuyo negocio está establecido en Dubai. Hablaba como cuatro. Enfrente tenía a una india que hablaba como ocho, así que yo comía mientras ellas dos me entretenían.

A las doce dimos por terminada la cena y nos despedimos. Quedamos rezagadas cuatro, que duramos una media hora más sentadas en el restaurante.

Vuelvo a mirar hacia la pegatina del techo que me indica la dirección exacta hacia La Meca antes de apagar la luz.

Buenas noches desde Dubai.

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