7 abr. 2014

Una cateta en Dubai (Día 1)


 09:58 hrs de la mañana. Mi taxista favorito me recogió en la puerta de casa. Llegamos al aeropuerto de Sevilla cincuenta y nueve minutos más tarde sin ninguna novedad digna de reseñar.
Me facturaron la maleta sólo hasta Madrid por esas historias de que si vuelas con otra línea aérea el segundo tramo sin comprarles a los primeros el billete, pasan de facturarte el viaje completo.
En la cola había una excursión de sudacas con pasta. Uno de ellos facturó una maleta de 42 kgr, cuyo sobrepeso estaría pagado previamente, porque la azafata no se inmutó. La mía pesó doce.

Tomamos un refrigerio y entré a la zona de pasajeros sin ser manoseada por el personal de seguridad.
Hice una inspección en profundidad de las tres tiendas del aeropuerto y me fui a sentar en el sitio más cómodo que encontré.
Leía tranquilamente cuando un par de piernas de hombre se detuvo frente a mí. Levanté la vista y me encontré con Nerón, un compañero de colegio de mi hermano con el que intermitentemente mantengo relación por motivos de trabajo.
Nerón, que no se llama Nerón, sino que de pequeño se parecía al Nerón que salía en las pelis de romanos que veíamos en la tele y además era un trasto, es ahora un señor muy formal que dirige una boyante empresa familiar.

Entramos en el avión los primeros, gracias a su categoría de cliente VIP de Iberia, contándoles a las azafatas la milonga de que yo era su mujer.
Por una de esas casualidades inexplicables íbamos sentados en la misma fila, sólo separados por un griego cuyo equipaje de mano consistía en un paquete de Marlboro.
Aterrizamos en el aeropuerto Adolfo Suárez (hay que ir practicando el nuevo nombre) con quince minutos de antelación, a pesar de haber salido con otros quince de retraso. Como no nos esperaban tan pronto, no apareció nadie a abrirnos la puerta durante un rato. Los "mariquilla-la-primera" que se levantan de sus asientos casi cuando el avión acaba de aterrizar, tuvieron que aguantar estoicamente hasta que un alma caritativa nos dejó salir.
Ya en tierra firme me despedí de mi esposo por un rato, que se iba a la sala VIP a esperar su vuelo a Senegal, y fui a recuperar mi maleta que salió en tercer lugar.

A continuación busqué un sitio decente donde comer algo, ya que me encontraba al borde de la inanición. Tardé un rato pero lo encontré. Una sucursal del paraíso con sofás situada junto a una farmacia y una mini comisaría de policía. ¿Qué más se puede pedir?
A continuación busqué un sitio decente donde comer algo, ya que me encontraba al borde de la inanición. Tardé un rato pero lo encontré. Una sucursal del paraíso con sofás situada junto a una farmacia y una mini comisaría de policía. ¿Qué más se puede pedir?
Tras meterme entre pecho y espalda mi hamburguesa favorita, doble sólo queso, me quedé en uno de los sofás haciendo como que seguía bebiendo una Coca Cola que ya había terminado hacía rato. No podía volver a facturar la maleta y entrar en la zona de pasajeros hasta después de las siete y media de la tarde, cuando abrirían los mostradores de Emirates.
No hace mucho apareció en internet un invento tremendo, tan tremendo como la rueda, la almohada avestruz. Es perfecta para aquellos que no son capaces de quedarse dormidos en público porque la gente los mira. Cuenta con la opción dormir con la cabeza apoyada sobre una mesa. Para eso son los agujeros laterales. Metes  las manos dentro y las mantienes calentitas.
Mi momento de paz se vio interrumpido por una familia de franceses de medio pelo que me pidió compartir la mesa. Cierto es que la mesa en forma de media luna era enorme, que yo ocupaba una mínima parte de la misma, y que fuera de España eso es de lo más normal. A la niña me apeteció darle un par de bofetadas porque no hacía otra cosa que jugar con la comida y veía que iba a acabar un trozo de pepinillo que le dio asco pegado a la pantalla de mi iPad. No respiré tranquila hasta que se largaron.

Luego aparecieron unas individuas con una cafetera, que digo yo que a dónde iban con la cafetera, que si no venden cafeteras allá donde viven, y que a mí nunca se me ocurriría comprarme una cafetera en uno de mis viajes. Bueno, también es cierto que yo no bebo café.

Cansada de estar en el mismo sofá, fui a buscar la zona de facturación de Emirates, situada en el extremo más perdido de la T4, con unas alfombras para la clase Business y la clase Platino. Por allí había gente tirada durmiendo por el suelo u ocupando filas de sillas enteras. Logré encontrar un asiento libre lejos de aquellos que se habían quitado los zapatos, por si las moscas. Estuve leyendo un rato y viendo pasar a la fauna que hay en los aeropuertos, fauna de todo tipo, hasta un canario y un perro labrador pasaron por allí.

A las siete menos veinte se me ocurrió acercarme a los mostradores. En aquel momento llegaba una tropa de empleados de Emirates para abrir la facturación. Ocho mostradores para un solo vuelo. Entre los pasajeros, muchos asiáticos que hacen escala en Dubai camino de Filipinas o China. Un matrimonio australiano con dos niños de unos seis y ocho años pisó la alfombra roja de la clase platino.

Entré a la zona de pasajeros tras tener que sacar de la bolsa de mano los líquidos, además de todos los aparatos electrónicos. También me hicieron quitar la sudadera. De verdad, de verdad, ¿tengo cara de mujer bomba?

Di una vuelta y  me fui enseguida a la T4 Satélite. Nos reunimos todos los pasajeros en la puerta de embarque, siendo dignos de mención un ciego, dos paralíticos, uno negro y otro blanco, tres aldeanos asturianos, una coja inglesa, dos franceses afónicos y un gilipuertas que dejó caer dos botellas de vino tinto al suelo justo entre la puerta de embarque y el mostrador, causando un auténtico zafarrancho.

Al entrar en el avión me encontré a los dos niños australianos sentados en clase turista sin padres. La cara del pequeño era un poema. Papá y mamá sentados cómodamente en clase platino y ellos abandonados a su suerte con la chusma.

El avión iba abarrotado. Si hubiera volado desde Barcelona, habría podido estrenar el Airbus 380-800, ese monstruo de dos plantas con camarotes con ducha para la clase Platino. Pero como voy desde Madrid, me tengo que conformar con volar en un Boeing 777.

Las azafatas llevan gorritos rojos con unos velos blancos saliendo de dentro.Tenía mucha curiosidad por saber si se quedaban con el artefacto en la cabeza durante el vuelo. No, se los quitan nada más subir a bordo.

La cena consistió en una ensalada, un pollo con queso parmesano y un pastel de frutos del bosque. Delicioso.

Tan pronto como me recogieron la bandeja saqué de la bolsa el kit “Los tres tesoros del viajero” que compré en el chino de enfrente de la oficina. El kit consiste en una almohada cervical hinchable que hay que rellenar aproximadamente cada tres horas, que para eso es china; un antifaz con dos gomas negras, de las cuales sólo una sobrevivió todo el viaje, y unos tapones para los oídos, que llegaron intactos.

A mi lado se sentó un individuo cuya nacionalidad no pude definir. Era corpulento y cuando se movía olía un poco raro. Menos mal que no tenía espacio para moverse demasiado. De las doscientas películas que ofrecían en el menú de las pantallas individuales, incluidas todas las nominadas a los Oscar de este año en todas y cada una de las categorías, él escogió una de Silvester Stallone.

Hacia las tres de la mañana tuve que interrumpirle el visionado de su película para que me dejara salir camino del baño. Nuestra fila, una de las últimas, sólo tenía dos asientos. Fui hasta el final del avión para pedir un vaso de agua. Me encontré a todos los azafatos y azafatas de la clase turista allí reunidos sentados como podían. Eran al menos doce.

A las cuatro de la madrugada hora española, seis de la mañana hora de Dubai, entraba un sol espeluznante por las ventanillas. Nos habló el piloto para contarnos la desagradable noticia de que Dubai estaba cubierta por la niebla y que tendríamos que dar vueltas y vueltas durante al menos hora y media antes de poder aterrizar. Volví a hinchar la almohada cervical y eché una cabezada. Cuando el avión empezó a descender definitivamente, levanté lo poco que quedaba del antifaz, me puse las gafas y me encontré con una imagen impactante. De entre la niebla surgían los rascacielos más altos de Dubai, dando la impresión de una ciudad fantasma.

Aterrizamos sin novedad a las ocho de la mañana, hora de Dubai, seis de la mañana en España.

Buenos días desde Dubai.

 

 

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