31 mar. 2017

Una cateta en el SAS (Día 4)

Martes 21 de marzo.
De vez en cuando oía gritar al rumano en rumano como banda sonora de mis sueños, hasta que a las dos y cuarto de la madrugada se abrió de nuevo la puerta de par en par, se encendió la luz principal de la habitación y entró una silla de ruedas empujada por una auxiliar seguida de un anciano de unos setenta años, evidentemente esposo de la anciana que ocupaba la silla. “Otra que no se peina, y él se tiñe el poco pelo que le queda”- fue mi primer pensamiento cuando me senté como un resorte en la cama al oírlos entrar.
“¿Qué le pasa al rumano?” – pregunté a la auxiliar mientras ésta preparaba la cama de mi nueva vecina.
“Al rumano lo han encontrado saliendo por la puerta de emergencias en pijama y zapatillas. Más tarde ha tenido que venir el de seguridad a calmarlo.”
Volví a echarme en la cama haciendo como que dormía, aunque era imposible. Mi nueva vecina necesitó que la lavaran porque se había orinado encima mientras esperaba en urgencias a que la atendieran. Introdujeron su ropa en una bolsa de basura que el marido metió en el armario empotrado, armario que no cerró.
Cuando la auxiliar terminó su trabajo, que realizó con un cariño extremo, nos dejó con la puerta abierta y la luz principal encendida.
“Apaga la luz” – le dijo la anciana al marido.
“Yo no toco nada, no vayamos  a estropearlo” – contestó él.
A continuación se metió en el cuarto de baño sin cerrar la puerta. Desde mi cama supe que el anciano sufría problemas de próstata. No había ni continuidad ni puntería, como poco después tuve oportunidad de constatar.
Volvió a la habitación y se dejó caer en la butaca azul con un suspiro.
Al poco rato, incapaz de dormirme con aquella iluminación y los gritos del rumano de fondo, me levanté de la cama a cerrar la puerta del armario, la puerta de la habitación, apagar la luz y a explicar al matrimonio cómo manejar las luces que había encima de cada cama. Le ofrecí a mi vecina un plátano que me sobró de la primera comida porque les oí comentar que estaban sin cenar. No quiso aceptarlo.
El resto de la noche fue una sucesión de gritos del rumano y suspiros del marido de mi vecina. Hacia las seis de la mañana fueron acompañados por el quejido gitano del vecino de al lado.
A las siete de la mañana me levanté, me arreglé y salí de la habitación acompañada de mi iPad y mi iPhone dispuesta a esperar a Pilar leyendo en las sillas pegadas cerca de los ascensores.
Al pasar por la puerta de la habitación del rumano siniestro le vi los tobillos atados a la cama. Estaba más callado que un muerto. Luego me contaron que los de seguridad tuvieron que subir dos veces, que arrancó la barra que sujeta los goteros al cabecero de la cama para intentar agredir a una enfermera.
Sobre las ocho, aún sin noticias de Pilar, se sentó a mi lado una señora colombiana que resultó ser la esposa del señor extranjero que había metido los dedos en el enchufe. “Tía, ya lo podías haber peinado antes de salir de casa” – pensaba yo mientras me contaba con todo detalle su vida.
Resulta que viven los dos solos en el campo, rodeados de garrapatas y otros animales más grandes. La tarde anterior el extranjero, que es holandés y psicoterapeuta, comenzó a comportarse de manera extraña, llegando a perder la visión. El médico que los atendió les dijo que había probabilidad de que se tratara de una mordedura de garrapata.
La colombiana me contó que el holandés vive enamorado de su gata, que se llama…. ¡Ay! Se me ha olvidado el nombre de la gata. Era nombre de mujer, no de gata. La colombiana, que habla con la gata a la que odia, le preguntó a ésta si le había transmitido una garrapata a su dueño.
Me contó cómo hay que hacer para extraerse una garrapata del cuerpo, que ella tiene mucha experiencia al respecto porque, como ya dije antes, vive con ellas.
Me estuvo diciendo que tenía a los cuatro perros sin comer desde el día anterior, que tenía que volver a casa a alimentarlos, pero que no sabía si podía dejar solo al holandés. Yo me permití opinar que si era para un rato, no debería de suceder nada. De dar de comer a la gata no mencionó nada. Probablemente estaba en sus planes asesinarla aprovechando la ausencia del holandés.
Un poco antes de las nueve volví a mi habitación. Mis vecinos se presentaron. Ella se llamaba Guadalupe y él Manuel. Era evidente que Guadalupe sufría Alzheimer, y que a Antonio le quedan dos telediarios para que le diagnostiquen lo mismo.
Me trajeron la bandeja del desayuno, aunque tenía instrucciones de permanecer en ayunas para las pruebas que me iban a hacer. La auxiliar me dijo que me la quedara para comer a la vuelta.
Pasó la residente de primer año a visitar a Guadalupe. La hizo ponerse de pie y pasear por la habitación con gran dificultad.
Al rato pasó el neurólogo, otra vez a ver a Guadalupe. Le preguntó si sabía qué día era, qué estación del año, qué mes. Guadalupe contestaba: “y yo que sé”, acompañado de una carcajada nerviosa, como si aquello fuera muy gracioso.
Llegó una auxiliar a buscarme empujando una silla de ruedas. Me bajó a la planta  de Rayos y Centellas y me dejó abandonada a la puerta sentada en mi silla. Como no venía nadie, empecé a jugar con la silla para ver cómo se manejaba y a intentar hacerme un selfie. Yo es que es ver una silla de ruedas desocupada y sentarme a sacarme una foto. Tengo una buena colección, por ejemplo una que me hice en el Hospital de Mujeres de Cádiz. Nos reímos tela marinera Héctor, Mónica y yo con aquellas sillas. No le pongo antifaz a Héctor porque ya es mayorcito.
La última que me hice fue en un museo de Estambul donde cenamos con ocasión  de la conferencia de WISTA hace año y medio.

Lo del selfie sentada en una silla de ruedas es complicado, más si añadimos mi falta de habilidad para las autofotos.
A todo esto me empezó a entrar un frío terrible por los pies. En la planta de Rayos y Centellas no estaba el clima para chanclas.
Un individuo vestido de azul claro se asomó a la puerta y me preguntó: “¿Usted anda?” Cuando le contesté que sí me quitó la silla y me llevó a sentar a un banco de madera. Seguro que me estaban viendo por algún agujero jugando con la ella.
A punto de sufrir amputación de varios dedos de los pies debido a la congelación, vinieron por fin a buscarme para entrar en la sala de resonancia.
La auxiliar era una señora encantadora. Me ayudó a colocarme igual que en la foto. Me puso un casco en la cabeza, una pera en la mano para llamar si necesitaba algo, una almohada debajo de las piernas y una manta para taparme porque estaba helada. A continuación me introdujo en el tubo.
Pilar ya me había advertido el día anterior que iba a pasar dentro bastante tiempo porque el neurólogo había pedido todo tipo de pruebas, incluyendo una de las tuberías que suben por el cuello.
Cerré los ojos y me dispuse a aguantar aquello tranquilamente. Por supuesto, comenzó a picarme la nariz, un ojo, la cabeza, un hombro. Si te mueves durante la resonancia, se fastidia la resonancia, de modo que tuve que aguantar estoicamente los picores. Se sucedieron los golpes, los “clac, clac, clac”, los pitidos. Por fin, cuando debía de llevar dentro como cuarenta y cinco minutos, me sacaron del tubo. Pero no, aquello no había terminado. Haciendo uso de la vía que llevaba puesta en el brazo derecho desde el sábado por la noche, me enchufaron un líquido de contraste que al rato noté perfectamente entrar en mis venas porque estaba fresquito.
Antes de meterme de nuevo en el tubo la auxiliar se inclinó sobre mí para decirme que la doctora Pilar estaba fuera vigilando todo el proceso. La doctora Pilar, que llevaba en el hospital más de 24 horas sin descansar se había quedado después de su guardia para controlar mi resonancia.
Se me saltaron las lágrimas. Como estaba tumbada, las lágrimas cayeron por los laterales de la cara, metiéndoseme en las orejas, causando un horrible picor primero y un frío tremendo después. Y yo sin poder moverme.
Aproximadamente hora y media después de entrar en el tubo, me sacaron medio zombi, balanceándome, un poco mareada después de tanto ruido molesto.
Pilar se sentó conmigo en el banco de madera mientras me recuperaba. A primera vista las pruebas no detectaron nada extraño.
Nos despedimos y fui transportada en silla de ruedas de nuevo a mi habitación. Me crucé con el holandés errando despistado por el pasillo. Enseguida lo cogió del brazo la enfermera jefe para llevarlo de vuelta a su habitación, preguntando en voz alta dónde estaba la mujer de aquel señor. “Dando de comer a los perros” – pensé yo para mí, pero no dije nada en voz alta porque la enfermera jefe estaba muy cabreada y lo mismo pagaba conmigo.
De vuelta en mi habitación, di cuenta de mi bañera de Nesquik, que aún estaba templado, y de un paquete de galletas que la acompañaba. Por megafonía salió la voz de la enfermera jefe informándonos que el último carrito para recoger las bandejas del desayuno iba a ser retirado en breve.
Corrí todo lo que pude, pero cuando salí al pasillo ya no había carro, así que llevé la bandeja hasta el mostrador de enfermeras, donde no había nadie. Dejé la bandeja allí y volví a la habitación. No pasaron ni tres minutos cuando oí la voz de la enfermera jefe en la puerta preguntando: “¿Quién ocupa la cama 225-1?”. Asomé la cabeza y levanté la mano. Venía con la bandeja del desayuno, que llevaba una etiqueta delatora con mi nombre y número de referencia. Me riñó por haberla dejado en el mostrador. “Ay, Dios, que no estoy en un balneario, que he vuelto al colegio”.
Decidí darme una ducha y ponerme el pijama limpio del día, pero no cambié la cama a la espera de acontecimientos. Y los hubo. Llegó el neurólogo con un manojo de papeles para mandarme a casa porque ninguna de las pruebas dio como resultado enfermedad o deformación conocidas.
Llamé a mis jóvenes padres para que fueran a sacarme de allí. Me vestí de paisano y fui a buscar a alguien que me quitara la vía del brazo. Cuando me arrancaron los esparadrapos, de todas las perrerías que me habían hecho desde el sábado por la noche, evalué el nivel de dolor en segundo lugar por detrás de la inyección de Heparina.
Mis vecinos de pasillo, al verme sin pijama, comenzaron a felicitarme por mi alta.
A la una en punto empezaron a distribuir las bandejas con la comida. El celador que llevaba el carro con ellas me dijo: “Te quedas a comer, ¿no?” ¡Y qué bien que me quedé! Unos macarrones con tomate y carne y un muslo de pollo con patatas fritas absolutamente deliciosos.
Según empezaba a disfrutar de aquella estupenda comida, entró por la puerta de la habitación el cantante de los Mojinos Escocíos con 20 años menos y 20 kilos más. Era el hijo de Guadalupe y Antonio, que tomó al asalto una de las butacas azules con evidente intención de permanecer allí por largo rato.
“Menos mal que yo me voy para casa”.
Cuando terminé de comer me despedí de todo el mundo, paré en el mostrador de enfermeras a dar las gracias por el excelente trato recibido y bajé a la calle a esperar a mis padres.
Había mucho movimiento de gente entrando y saliendo. Una gitana, parada justo detrás de mí, profirió la siguiente frase que tuve que apuntar inmediatamente porque luego iba a ser incapaz de acordarme palabra por palabra: “Tiene que vení a zacaze la zangre y lo legtro”.
Desde aquel día estoy en casa recuperándome. Me encuentro estupendamente y lista para volver al trabajo el martes.

Muchas gracias a todos por vuestros mensajes y a aquellos que han venido a visitarme cargados de chocolate, incluida Rocío y su delicioso marroncete gigante.

No hay comentarios: