20 ene. 2011

Una cateta en la Pérfida Albión (Londres, día 1)

Seis y treinta y cinco minutos de la mañana. Suena el despertador y me levanto como si no fueran las seis y treinta y cinco minutos de la mañana. Me voy a Londres a pasar unos días. Mañana y pasado se celebra la reunión de invierno del Comité Ejecutivo de WISTA. A las siete ya estoy cerrando la maleta. Llenar la maleta se convierte en una tarea estresante que no acabo de dominar del todo, a pesar de los años. Hay que intentar llevar lo menos posible para evitar el sobrepeso a la vuelta. Es necesario dejar atrás artículos de primera necesidad, como las gafas de sol o el gel anticelulítico. Lo de las gafas de sol es terrible. Vienen en unas fundas enormes como ataúdes que no hay manera de meter en ningún bolso de tamaño medio. Cada vez que hojeo el Hola me pregunto cómo lo hacen las famosas. Estoy segura que llevan un ayuda de cámara oriental en alpargatas caminando a dos o tres pasos de ellas con una alforja cargada de trastos. Nunca salen en las fotos de las revistas porque no son estéticos.
Mis padres se ofrecieron voluntarios a llevarme al aeropuerto de Faro, desde donde salen vuelos de Easy Jet a muy buen precio. Velocidad de crucero: 96 Km/hora. En un tramo cuesta abajo alcanzamos la friolera de 102 Km/hora, momento en el que clavé las uñas en el asiento pensando: “¡Dios mío, nos matamos!
Llegamos sin novedad al aeropuerto, sin incidentes dignos de mención. Facturé y accedí a la zona de pasajeros. La maleta pesaba 8 kgs. He batido mi récord. Eso significa que puedo comprar como una posesa en las rebajas londinenses.
Lo de mi maleta es un misterio tan misterioso como el de la Virgen de Fátima. Salgo de casa con poco peso, no compro casi nada y a la vuelta la maleta viene que revienta y rozando el límite de peso.
147 pasajeros británicos, una pareja de jóvenes portugueses, treinta bolsas de palos de golf y yo componíamos el pasaje. El británico que pasó el control de seguridad justo detrás de mí contestó que llevaba un iPad encima cuando nos preguntaron si llevábamos ordenador. “Bastard”, pensé. Porque ya empecé a blasfemar en inglés, para practicar.
Easy Jet, a pesar de ser una línea de bajo coste, no ofrece tantas emociones como Ryanair. Incluso la bolsa de basura que pasan para recoger nuestros desechos no es de supermercado, sino naranja como el color de la línea aérea.
El vuelo estaba programado para las 10:05 hrs. A las 10:04 hrs ya estábamos corriendo por la pista. ¿Se debió a que la mayoría de británicos a bordo influyó en la puntualidad o, quizás, a que la torre de control de Faro no está controlada por los descontroladores españoles?
Aterrizamos en Gatwick con casi veinte minutos de adelanto. Al salir del aparato, por un hueco entre el avión y el finger entraba un aire gélido. 5 grados centígrados, según nos informó el piloto, para horror de las adolescentes inglesas que viajaban justo detrás de mí. La maleta bien, gracias.
Tomé el tren Gatwick Express con destino a la estación Victoria. En una media hora llegué y tomé el metro. Salí a la superficie en la estación de Waterloo. Caminé unos metros y llegué al hotel. Ayer a la hora de comer recibí una llamada desde aquí. Hice la reserva por internet y en la casilla “Peticiones” solicité, si era posible, una habitación con vistas al Támesis. Me llamaban para decirme que podían facilitarme dicha opción, pero a 80 libras más por noche. “No, muchas gracias, no es necesario. Puedo sacar una foto al llegar y ponerla de fondo de pantalla, que me sale más barato.”
Guarecidos del frío, justo detrás de la cristalera del hotel, había cinco señores vestidos con abrigos negros y bombines. Uno salió raudo y veloz a cogerme la maleta tan pronto me vio aparecer por la esquina. Eran los botones. Mi maleta desapareció de mi vista y apareció por arte de magia en mi habitación al cabo de un rato. Piso 9. La pared del fondo no existe. Es de cristal. Y la vista es la que se observa en las fotos .


El London Eye, la noria gigante construida para conmemorar el cambio de milenio, de frente. A la izquierda, las casas del Parlamento con el Big Ben, del cual me tapa un trozo el antiguo ayuntamiento de Londres, que es el que me impide la vista al Támesis.
Deshice el equipaje, me conecté a internet para comprobar que funcionaba correctamente y enseguida salí a dar un paseo muy abrigada. Al atravesar el puente de Westminster corría por el río una brisa siberiana que cortaba el cutis. En medio del puente un gaitero escocés, con falta escocesa, tocando la gaita. Espero que llevara calzoncillos………. por su bien.
Tocaban las cuatro de la tarde en el Big Ben cuando empecé a subir la avenida Whitehall. Hacia la mitad, a la izquierda, Downing Street, donde vive el primer ministro. Se me ocurrió que he pasado por allí teniendo como inquilinos primero a aquella señora tan seca, luego a Tony Blair, después al de los pelos en la nariz, y ahora a ese chico tan mono.
Un poco más arriba estaba terminando el cambio de la guardia de la reina a caballo. No es que la reina estuviera a caballo. Son los de la guardia los que van a caballo. Debido al frío vestían unas enormes capas azules con ribetes rojos. Muy elegantes. Uno de ellos era negro. Es la primera vez que veo un negro miembro de la guardia a caballo.
Al llegar a Trafalgar Square entré en la librería Waterstone’s, donde hacía una temperatura muy agradable. Estuve hojeando libros pero no compré ninguno. Dejo las compras para otro día. Seguí paseando por Strand y me puse a buscar el MacDonalds más cercano para cenar. Sí, cené a las cinco de la tarde. Tenía un hambre que me comía las piedras. Hoy sólo comí un sándwich en el avión. Recordé que en la zona de Charing Cross había uno donde el hijo de unos amigos de mis padres trabajó hace años cuando vino a perfeccionar el idioma. Allí seguía MacDonalds. Devoré una hamburguesa doble con queso, que ya en España no se sirve, por misteriosas razones. El tomate no te lo dan en sobrecitos. Hay un enorme dispensador de tomate en el centro del restaurante y vas allí con un vasito de cartón que llenas con la cantidad que necesitas. Me senté en una mesa frente a los baños. Me entretuve viendo entrar a la gente. Lo curioso es que salía gente que no había visto entrar. Gente con aspecto extraño. Una señora negra con alpargatas de esparto de cuña abiertas por delante. Ahí, sí señor. A cinco grados con el pie al aire. Diversos tipos de vagabundos que utilizan MacDonalds como baño público.
Al salir a la calle ya era noche cerrada. Cinco y cuarto de la tarde. Bueno, cinco y cuarto de la noche. Frío que te cagas. Montones de gente por la calle. Trabajadores volviendo a casa a toda prisa. Hay que andar con ojo en esos momentos para que no te arrollen.
Volví sobre mis pasos hacia el hotel. Entré por el camino en dos tiendas de souvenirs para ver las últimas novedades y entrar en calor. Como era de esperar, los objetos estrella son aquellos dedicados a la boda del príncipe Guillermo y Kate Middleton. Cucharillas, tazas, platitos, postales, dedales, etc.
También entré en un Spar a comprar dos objetos de culto que no hay manera de encontrar en España: una lata de Coca Cola de cereza y una barrita de chocolate WISPA. Las estoy degustando mientras os escribo.



El gaitero seguía tocando la gaita en el puente de Westminster. Un trilero intentaba embaucar a dos judíos ortodoxos, de esos con tirabuzones delante de las orejas y sombrero negro. Tremendo frío en el puente. Lo atravesé a toda prisa y llegué al hotel en unos minutos. Una vez en la habitación, me preparé un baño caliente con unas sales que amablemente obsequian a los huéspedes junto con el gorro de baño de plástico y la pastilla de jabón. Entré en calor enseguida y quise darme una ducha antes de secarme. Hay ducha fija y ducha de teléfono. Quince minutos de búsqueda del interruptor, manilla, botón o similar que accionara la maldita ducha. Quince minutos recordando aquél artículo de Elvira Lindo contando una experiencia similar en un hotel japonés, que me hizo reír entonces y que casi me hace llorar hoy. Por fin, sin pensar, giré el grifo en sentido contrario, como si lo fuera a cerrar pero más fuerte. Y empezó a salir el agua helada desde la ducha fija. Sus muertos. Siguiendo la misma lógica, seguí accionando el grifo en el mismo sentido, y comenzó a salir el agua por la ducha de teléfono. Será un invento japonés.
Ya seca y vestida de nuevo tuve que esperar para poder encender/cargar el ordenador porque sólo tengo un adaptador de enchufe y lo estaba usando para cargar el móvil. Aquí los enchufes tienen tres clavijas.
Estuve viendo la tele un rato, pasatiempo que no practico en mi vida normal. La BBC1 estaba emitiendo un programa de variedades. Entre otras cosas me enteré de que esta tarde acuchillaron a un adolescente en el norte de Londres. Tomo nota para no visitar el norte de Londres. Luego salió un individuo que colecciona botellas de leche. El programa terminó con los presentadores devorando un pastel de vainilla y chocolate. Ahora tengo puesta la radio para concentrarme en lo que escribo.
Son las diez de la noche en España y las nueve aquí. Creo que me voy a acostar ya. Mañana me espera un día largo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

:)))) i wish i can read Spanish ..