26 ene. 2011

Una cateta en la Pérfida Albión (Londres, día 7)

Hoy desperté a las ocho, señal de que estoy hecha polvo y es hora de volver a casa.
Quince minutos de programa matinal de la BBC en la cama y me puse en marcha. Bajé a desayunar a las nueve y subí a terminar de preparar el equipaje. La hora límite de salida en este hotel es a las 10. Le dejé la maleta y la mochila a Candela, que estaba otra vez de recepcionista, y salí a dar un paseo por Kensington Gardens y Hyde Park, justo al lado del hotel. ¿Llevaba Candela en ese mostrador desde ayer al atardecer cuando la vi? Mejor no preguntar.
El día estaba plomizo y frío. Sin embargo, cientos de personas paseaban por el parque con sus perros, hacían ejercicio, montaban a caballo o simplemente caminaban sin destino aparente, como yo. Una chica corría saltando a la comba. Un perro afgano paseaba con abrigo de piel negro. Una casa preciosa junto a la entrada. ¿Quién vivirá en ella? Nadie sentado en la hierba. Debido a las nevadas de las últimas semanas, la hierba estaba mezclada con barro. Solamente unas cuantas señoras vistiendo botas Wellington se aventuraban a pisar aquel barrizal para jugar con sus perros. Los demás nos manteníamos en los senderos. Un cocker spaniel con las patas embarradas se dirigió a mí corriendo a gran velocidad causando un momento de terror, no porque me den miedo los perros, sino porque tenía toda la pinta de ir a tirárseme encima y ponerme la ropa perdida. Al llegar a mi altura cambió de rumbo y se dirigió hacia su dueño, que controló la situación con un grito que lo frenó en seco.
El parque en invierno está precioso, a pesar de los árboles sin hojas y del frío y la humedad.
Después de un largo paseo decidí volver al hotel para recuperar la temperatura de mi nariz. Me senté en el hall a leer el periódico. Una japonesa de 40 centímetros me miraba muy seria mientras yo intentaba hacerla sonreír sacándole la lengua, poniéndome bizca y haciéndole carantoñas. No hubo manera. Impertérrita. Los japoneses son educados desde su más tierna infancia para mantener las formas.
A las doce decidí tomar el camino hacia el aeropuerto. Metro hasta la estación Victoria y desde allí el Gatwick Express, comodísimo tren que enlaza Londres con el aeropuerto en media hora, sin paradas intermedias. Una vez allí, otro tren que conecta la terminal sur con la terminal norte. Esto me recuerda que, a la llegada, un matrimonio español con su hijo preadolescente intentaban encontrar la taquilla para pagar el trayecto en ese tren, que es gratis. No hablaban nada, absolutamente nada de inglés. El niño incluso se preguntaba en voz alta cómo se decía gracias en inglés. Ahí fue cuando aluciné en colores.
Como no podía facturar antes de las dos y media, decidí sentarme a comer para hacer tiempo. Por megafonía: “Los pasajeros del vuelo de British Airways xxxx con destino a Bermuda…..” No, no era mi vuelo.
La maleta pesó seis kilos y medio más que a la ida. Sigo pensando que es un misterio. Cuatro libros, una camisa y varios paquetes de chocolatinas no pesan seis kilos y medio.
Al pasar el control de seguridad la tomaron con la pasajera que atravesó inmediatamente antes de mí. Me hicieron esperar pero no me tocaron. Le quitaron las botas y la mujer policía la palpó centímetro a centímetro para luego pasarle el detector de metales manual. Para no interrumpir el paso, la colocaron aparte y continuamos los demás. No tenía aspecto de viuda chechena a punto de autoinmolarse.
Tras una inspección detallada de las tiendas del Duty Free me senté a leer y a observar el tránsito de pasajeros. Me encanta ver a la gente con las chanclas ya puestas camino de Alicante, donde el tiempo no está para ir en chanclas. Y varios pequeños grupos de estudiantes españoles. ¿Qué rayos hacen un miércoles por la tarde en el mes de enero en un aeropuerto inglés?
Ya están a la venta los souvenirs de las Olimpiadas 2012, que se van a celebrar en Londres. Las mascotas son dos, porque las pobres sólo tienen un ojo cada una. Yendo juntas pueden mirar cada una para un lado. Son muy muy feas. No creo que pasen a la posteridad ni les hagan una serie de dibujos animados porque, ¿qué van a hacer esos dos con un ojo cada uno en una serie?
A las cuatro y media nos llamaron para embarcar pero perdimos muchísimo tiempo porque todo el mundo llevaba equipaje de mano y no se aclaraban para colocarlo ordenadamente en los armarios superiores.
Apareció un matrimonio con un bebé recién nacido. No creo que tuviera mucho más de una semana. Es difícil saber si va a sobrevivir después de tenerlo el padre en brazos, completamente desabrigado en aquel finger donde hacía un frío terrorífico, mientras la madre se dedicaba a coger todos los artilugios necesarios para el bebé y entregar el cochecito a las azafatas en la puerta del avión, a la vez que interrumpía el acceso de los demás pasajeros. Padres primerizos. Estoy escribiendo este trozo desde el avión y me estoy dando cuenta de que el niño no ha dicho ni “mu” desde que entramos. Ese ya está fiambre, seguro.
Entre los últimos pasajeros entraron cuatro individuos de aspecto hindú, con turbantes negros y densas barbas igualmente negras. Un escalofrío me recorrió la espalda. Calma, calma, estos no son los que ponen las bombas.
El vuelo salió con quince minutos de retraso, a las cinco y veinticinco. Como nos retrasamos en salir, nos tuvieron en pista esperando un hueco para despegar. Llovía copiosamente.
La mayor parte del pasaje, exceptuando los padres primerizos, el niño muerto y yo, eran jubilados ingleses que vienen al Algarve a jugar al golf. Lo del golf es una deducción lógica al ver salir el equipaje por la cinta. Esas bolsas grandes no pueden llevar dentro a las suegras para que viajen barato.
Aterrizamos a la hora prevista pero el equipaje se hizo esperar un poco. La cinta arrancaba y paraba, arrancaba y paraba. Salieron primero unas diez maletas y luego nos tuvieron esperando casi veinte minutos por el resto. El padre primerizo apareció con la niña pegada al cuerpo, sólo sujeta con la palma de la mano. Supe que era niña por los volantitos cursis que llevaba el pelele en los tobillos. Apareció un maletón enorme y el tío se inclinó a cogerlo, inclinando a la niña con él. Cuando agarró la maleta del asa e hizo el esfuerzo para levantarla, por acto reflejo también hizo fuerza con la otra mano y casi espachurra a la niña. Varios viajeros se abalanzaron a socorrer al bebé, ¿o sería a linchar al padre? De la madre, ni rastro. Esa niña no sale viva del Algarve, y ya sería la segunda inglesa en poco tiempo.
Me esperaba mi taxista favorito en el aeropuerto de Faro. Nos tomamos una Coca Cola y nos pusimos al día de novedades. Por el camino llovió. Llegamos hacia las once y media.
Mi casa no es mi casa. Esto es Siberia. Lo primero que hice al entrar fue encender la calefacción. Vacié la maleta con el chaquetón puesto, hasta que el ejercicio me hizo entrar en calor.
Eso es todo.
El próximo viaje, si nada lo remedia, será en Mayo y hablaremos de alfombras.

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