18 sept. 2011

Una cateta en Estocolmo (Día 8)

Me levanté a las ocho y media y terminé de hacer el equipaje. ¿Cómo puede ir la maleta a reventar si no he comprado nada? Es un misterio similar al de la Virgen de Fátima.
Bajé a desayunar a las nueve y media y me encontré con bastantes miembros de WISTA en un estado lamentable. Esto mata a una vaca.
Dos extraños personajes bajaron a desayunar para regocijo de todas. Conclusión tras largo debate: es una bata con piernas. Bajaron a desayunar en bata, descalzas, sin peinar. Suecas. Hasta las once estuve en el comedor charlando y despidiéndome de todo el mundo. Subí a buscar la maleta y me fui con dos turcas al aeropuerto de Arlanda en taxi. Sale más barato que el tren cuando son dos personas o más. Tardamos una media hora en llegar.
Había un Jumbo aparcado en medio del campo. Nos dijo el taxista que era un hotel.
Nos separamos para facturar. En el mostrador de Iberia había una pareja joven, él español y ella sueca, con un bebé y seis maletas. Tardaron exactamente 20 minutos en facturar el equipaje. También había una familia de sudamericanos con tres enormes maletas envueltas en plástico cada uno y una caja de cartón. A ese ritmo no me quedaba claro si íbamos a poder despegar o nos iba a pasar como al barco del museo Vasa.
Cuando dejé mi maleta llegaron Sara y su marido, que volaban conmigo. Estaban hospedados en un hotel diferente, por eso no fuimos juntos al aeropuerto.
Pasamos el control de seguridad sin ser cacheados. Se me debe de estar poniendo cara de ciudadana honrada porque ya van varios viajes que no me tocan.
Nos sentamos a comer unos bocadillos de salmón. Aparecieron Carmen, Laura y Sonia, que volaban a Barcelona. Estuvimos todos juntos un rato y luego nos levantamos a ver las tiendas. Sólo compré un libro. Vuelvo con bastantes coronas sin gastar. Espero que el banco me las cambie porque no tengo intención de volver por allí si puedo evitarlo.
Laura compró a sus dos niños unos caballitos de Dala.
Diez minutos antes de la hora fijada para el embarque estábamos entrando en el avión. Estos suecos son la pera. Finalmente no pudieron salirse con la suya y tuvimos un retraso de quince minutos porque tres pasajeros que habían facturado su equipaje no aparecieron y hubo que bajar sus maletas por motivos de seguridad. Me pregunto qué rayos estaban haciendo perdidos por el aeropuerto sin embarcar. ¿Comprando caballitos de Dala?
Se te tiene que quedar una cara de idiota impresionante cuando pierdes el avión estando en el aeropuerto.
Como el vuelo iba lleno de españoles y sudamericanos, había niño gritando, niño con cara de indio peruano correteando por el pasillo y españoles de pie charlando en el pasillo. Yo me incluyo en esta última categoría. Me levanté a hablar con Sara y Carlos, que iban sentados tres filas por delante de mí.
Un argentino con mucha labia, como todos los argentinos, comentaba que no le extrañaba que los suecos se suiciden tanto con el carácter que tienen.
El señor que iba sentado a mi lado se quedó dormido abrazado a su iPad. Entiendo que le tengas cariño al iPad, pero de ahí a abrazarlo hay un trecho.
Aterrizamos en Madrid a las siete. Nos dieron un paseo por todo Barajas antes de parar el avión, de modo que cuando bajamos eran casi las siete y veinte.
Nos sentamos en una cafetería y al cabo de unos veinte minutos nos despedimos porque ellos tenían que tomar el vuelo a Valencia.
Estuve dando vueltas por las tiendas sin encontrar nada que mereciera la pena. Cené en MacDonalds (a otros les da por beber) y fui a la T4 Satélite en el trenecito subterráneo. No me gusta nada esa terminal. Se puede rodar una película de miedo allí. No hay casi nadie y está todo demasiado limpio y brillante.
No he hecho el viaje de vuelta con la misma compañía que hice el de ida porque el vuelo salía a las seis de la mañana. Hubiera supuesto ir de la fiesta de ayer directamente al aeropuerto, y una ya está muy mayor para esos trotes.
A las 22:50 exactamente, como si fuéramos suecos, salimos de Madrid. Un grupo de unos veinte religiosos católicos, algunos con hábito pero todos con sandalias, viajaban sentados a mi alrededor. Venían de Roma. Todos llevaban teléfono móvil y ordenador portátil. “No nos va a pasar nada. Vamos protegidos.”, pensé. “Eso sí, si nos estrellamos, lo único que tengo que hacer es agarrarme a la cola del hábito de uno de ellos y subo para arriba echando viruta.”
Un momento antes de aterrizar en Sevilla, una chica sentada con sus padres se empezó a poner mala. Vomitó y se mareó. Su madre se puso a llorar. Las azafatas pidieron por megafonía un médico y apareció una chica tan joven como la enferma. Le estuvo haciendo preguntas y pidió que le trajeran una Coca Cola. Repito, una Coca Cola (mensaje para los que me dicen que la Coca Cola no es buena).
Entonces fue cuando me empecé a poner mala yo de ver a tanta gente de pie estando a punto de tocar suelo: tres azafatas, la médico y el padre.
Si hubieran necesitado darle la extremaunción lo hubiéramos tenido bastante fácil con tanto cura a bordo, pero no se dio el caso.
Volvieron todos a sus asientos justo a tiempo y aterrizamos suavemente.
Mi maleta salió de las primeras.
Mi taxista favorito me estaba esperando puntualmente, como si fuera sueco.
Llegué a casa poco después de la una y literalmente me arrojé a los brazos de mi cama.
Al caminar por el pasillo de casa rompí con la cara una telaraña. ¿Tanto tiempo he estado fuera?
Próximo destino: curioso lugar al que nunca se me ocurriría ir por voluntad propia.

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