11 sept. 2011

Una cateta en Estocolmo (Día 2)

Desperté a las cinco y cuarto. Volví a dormirme. Desperté a las seis y media. Volví a dormirme. Desperté a las siete y media y ya no volví a dormirme.
Cuando me lavé la cara sufrí parálisis facial durante unos segundos debido a la temperatura del agua. No hay que olvidar que el Artico está un poco más arriba y algo de hielo tiene que venir mezclado con el agua del grifo.
Patricia me mandó un mensaje preguntando si había visto algo raro en mi cuarto de baño. Cuando ella estuvo en Estocolmo, tenía un abridor de botellas pegado a la pared. Pues bien, yo también. No lo entiendo. A los hoteles se viene a dormir, no a montar botellones.
Una vez recuperada parte de la gestualidad de mi rostro y convenientemente vestida, bajé a desayunar. Cinco tipos de leche, seis tipos de cereales, cuatro tipos de galletas, ocho tipos de panes. Yo así no puedo empezar el día, tomando decisiones tan serias a tan temprana hora. Hice lo que pude, abandonando la idea de probar el caviar y las anchoas. El momento de elegir zumo y mermelada también fue problemático. Hay frutos rojos cuyos nombres no había oído en mi vida. Las galletas deliciosas.
Volví a mi habitación a sentarme un rato para recuperarme y enseguida inicié la jornada. Fui caminando hasta Strömkajen, el muelle donde se pueden tomar los barcos turísticos. Escogí una ruta llamada “Bajo los puentes de Estocolmo”. Salimos a las once. Hicimos una pequeña escala en Nybrokajen para coger más pasajeros y partimos. El barco era como los que usan en París y que llaman “bateau mouche”, barcazas muy bajas acristaladas. Esta tenía una zona descubierta en la parte trasera. Allí me senté valientemente porque era el lugar con mejores vistas, pero también el más expuesto al viento. Tuve que abrocharme el chaquetón hasta arriba para no morir allí petrificada. El paseo mereció la pena. Duró casi dos horas y recorrimos todas las zonas importantes de Estocolmo. Había montones de barcos navegando: fuerabordas, lanchas de madera, barquitos de vapor, veleros. Pasamos por dos esclusas que separan el Báltico de los fiordos.
Al bajar del barquito, en el mismo lugar donde lo cogí, fui hasta Gamla Stan, la isla más antigua de Estocolmo. Allí está el Palacio Real, donde tuve ocasión de ver el cambio de la guardia. Aparecieron desfilando con banda de música. Fue muy chulo.
Entré en Storkyrkan, la catedral. Creo que no había entrado nunca antes en una iglesia luterana. No morí fulminada por un rayo ni nada parecido. Había una estatua enorme de San Jorge luchando contra el dragón, un velero colgando del techo y tres pantallas planas mostrando imágenes de un dormitorio. La explicación de esto último estaba escrita en un panel en sueco, así que me quedé sin saber de qué iba aquello.
Empecé a sentir hambre, así que busqué un lugar para comer. Es duro esto de no hablar sueco. En las puertas de los restaurantes todos los menús estaban en ilegible, así que no me atreví a entrar en ninguno. Llegué a Stortorget, una plaza preciosa con edificios del siglo XVII. Más restaurantes y más menús en sueco. Por fin encontré uno donde entendí que tenían sopa de gulasch con pan y queso. Perfecto para entrar en calor. Le sumé un trozo de tarta de chocolate y casi reviento de gusto.
Al salir del restaurante entré en Tyska Kyrkan, una iglesia alemana de la época de influencia hanseática. Muy bonita.
Busqué la calle Västerlanggatan, que atraviesa el casco antiguo y está llena de tiendas. Todos los edificios son de unas tres o cuatro alturas, con las fachadas lisas, en colores rojizos o amarillentos y muchas ventanas.
Igual que en Francia las calles se llaman “rues”, aquí se llaman “-gatan”. Es un poco difícil quedarse con los nombres porque son larguísimos y complicados de pronunciar. Tengo que ir mirando continuamente el mapa para saber de dónde vengo y a dónde voy, aunque es bastante fácil orientarse por aquí.
De Västerlanggatan sale la calle más estrecha de Estocolmo, Marten Trotzigs Gränd, con unos 90 cm de ancho. Lo de Gränd debe ser de broma.
En las tiendas de Vásterlanggatan vendían mucho diseño sueco y artesanía. Los típicos zuecos suecos (leer quince veces seguidas: zuecos suecos zuecos suecos zuecos suecos zuec….. vale), los caballitos rojos de madera que se llaman caballos de Dala, mucho jersey de lana con dibujos nórdicos, camisetas, renos de plástico y ámbar con y sin bicho dentro.
Después de recorrer la isla de cabo a rabo me fui andando a la isla de al lado, Skeppsholmen. En otro tiempo fue una base naval. Ahora es un centro cultural. Hay varios museos, mucha zona verde y embarcaderos. En uno de ellos está af Chapman, un antiguo carguero que ahora usan como albergue juvenil. Le pedí a un sueco que me sacara una foto estando en cubierta y el tío intentó hacerse el sueco. No me dejé intimidar e insistí hasta que, de mala gana, me la hizo. He decidido que la única persona que me cae bien de este país es Pippi Calzaslargas.
Accedí a otra pequeña isla cruzando un puentecito. Kastellholmen, rodeada de rocas y acantilados, alberga un pequeño castillo del siglo XVII. Silencio total. Lo único que se oía desde allí eran los gritos provenientes de la isla de enfrente, donde está Gröna Lund, un pequeño parque de atracciones al borde del agua. Hay que estar muerto para no gritar subido a aquellos chismes. El tiovivo está tan pegado al agua, que si se te escapa un zapato puedes ir despidiéndote de él. Hay una montaña rusa donde los vagones giran sobre sí mismos a la vez que bajan por las pendientes. Otra atracción es una caída libre desde una altura impresionante.
De vuelta a Skeppsholmen, en el lado este de la isla había montones de barcos atracados de proa (en batería si fueran coches). Casi todos son viviendas. Muchos tenían un cartel a pie de escala dando datos, como las dimensiones, el año de construcción y alguna curiosidad. La mayoría datan de los años 20. Había bastante ambiente por allí. Una banda de música folk tocaba usando la caja de un antiguo camión Volvo como escenario. Unos artesanos enseñaban cómo hacer un barco de madera, otros cómo hacer un nido para pájaros.
Eran casi las seis de la tarde cuando salí de allí. Fui paseando hasta Kungsträdgarden para sentarme un rato frente al estanque y descansar los riñones.
Al cabo de un rato decidí volver al hotel, muerta-cadáver.
Me tiré en la cama, puse la tele en el único canal que entiendo, BBC Internacional, y me dispuse a ver quince veces seguidas los mismos reportajes sobre el 11 de Septiembre. Recomiendo esta cadena de televisión para torturadores. Si dejas la tele encendida, ves cómo repiten una y otra vez lo mismo.
Cené un yogur gigante de frutos del bosque que compré de camino al hotel y ahora estoy escribiendo esto y a punto de meterme en la cama.
Tengo la lengua pastosa. Me quemé con la sopa de Gulasch.

1 comentario:

macarena dijo...

Jajajajaj....qué risa! Acabo de llegar de Estocolmo y me he quedado en el Chapman. Me he reido leyendo tu blog. Muy bueno. Un saludo.