9 mar. 2012

Una cateta en la quinta puñeta (El cielo + Singapur, día 3)


El avión no iba muy lleno, así que Nuvara buscó una fila central donde hubiera tres asientos vacíos seguidos, levantó los reposabrazos, se colocó sus cascos inhibidores de ruido y se echó a dormir. No supe nada más de ella hasta las ocho de la mañana. Yo, por mi parte, me tuve que quedar donde estaba, usando dos asientos contiguos con un brazo fijo entre los dos. Di quince mil vueltas y dormí solo a ratos. Despertaba con el culo dormido y la espalda en posturas extrañas. De ésta no me recupero. Ya tengo mis años.

Una de las veces que desperté se me ocurrió pensar en tenía una pinta impresentable, con dos pashminas azul claro por encima, unos calcetines verdes de avión, unos tapones amarillos saliendo por las orejas, un antifaz verde en la cara y los pelos revueltos. Si alguien más en el avión escribe un blog, salgo en él seguro seguro.

Desperté definitivamente cuando sobrevolábamos el Golfo de Bengala, hacia las siete de la mañana, hora de Turquía. Lo que me despertó fue mi estómago, que tomó la decisión de darme un escarmiento por haber abusado de él los dos días anteriores. Tuve que abrir la bolsa de papel que facilitan por si vas a vomitar. Menos mal que hago las cosas con tiempo. Tardé al menos tres minutos en abrirla. Estaba cerrada por arriba con un sistema de esos de recortar por la línea de puntos y costaba trabajo. No vomité, gracias a Dios. De haberlo hecho no me hubiera dado tiempo y hasta el cogote del piloto hubiera acabado con mis restos encima.

Estuve muy quieta y respirando hondo. Poco a poco se me fue pasando el malestar pero comencé a tener unas horribles ganas de ir al baño. En ese momento la gente empezaba a despertar y había cierta cola para entrar. “Yo me muero aquí mismo”, pensé. Cuando por fin terminaron las cuatro señoras indonesias vestidas de negro, entré a prisa y corriendo. Tener una diarrea mortal a bordo de un avión es una experiencia inolvidable. No digo más.

Volví a mi asiento y una azafata me colocó una bandeja con comida a bocajarro. Volvieron a darme nauseas con el olor de la comida y tuve que pedirle por favor que se llevara aquello o íbamos a tener un numerito. Empecé a tener escalofríos. Me dijo que otra de las azafatas estaba en la misma situación que yo, y señaló hacia la zona Business. A mí nadie me llevó a sentarme en Business porque estaba mala.

Cuando me retiró la bandeja, tuve que salir disparada de nuevo al baño para finalizar lo que creía había ya terminado.

Volví a mi sitio y poco a poco fui sintiéndome mejor. Me trajeron un zumo de manzana y eso fue lo que tomé en todo el resto del día.

Media hora antes de aterrizar, tras diez horas de vuelo, comenzamos a ver el paisaje. Montones de pequeñas islas cargadas de vegetación y muy poca civilización. Llegamos a Singapur a las nueve y media de la mañana, hora de Turquía, tres y media de la tarde hora local.

Salimos del avión ordenadamente y pasamos un control de entrada donde nos sellaron el pasaporte y un documento que rellenamos en el avión. El funcionario que me atendió a mí tenía un tic nervioso y movía constantemente los ojos, la nariz y la boca. Nuvara tuvo más suerte. El suyo sonrió y le ofreció un caramelo.

Recogimos las maletas y salimos en busca de transporte para ir al hotel. Fue entonces cuando nos encontramos con Tosan, la nigeriana. Fue fácil ver a Tosan entre tanto oriental porque es negra.

Ella ya tenía concertado uno de esos mini autobuses que van parando por los hoteles dejando viajeros a un precio bastante módico. Compramos billetes para nosotras también y enseguida salimos rumbo al hotel.

El trayecto fue precioso. Más de diez kilómetros a lo largo de una avenida arbolada llena de flores y vegetación por todos lados antes de llegar a la ciudad. Todo es de un verde intenso, ordenado, limpio.

Llegamos al hotel en unos 20 minutos. Entramos en un hall enorme donde nos recibieron unas señoritas vestidas con unos trajes largos de seda salvaje y aberturas que permitían verles las piernas hasta el muslo. Se llevaron nuestro equipaje con rumbo desconocido y nos acompañaron a la cuarta planta para hacer el check-in. Tardó bastante tiempo el proceso. Finalmente, ya con las llaves de nuestras habitaciones en mano, fuimos a la piscina en busca de nuestra presidenta y Kathy la americana, que estaban allí con sus parejas tomando algo al borde del agua.

La temperatura ambiental era de unos 30 grados, nublado y con sensación de bochorno. Llevo en camiseta desde que me bajé del avión. Vaya cambio, ayer con el gorro andino, bufanda y guantes y hoy con calor tropical.

Singapur se encuentra a ciento y pico kilómetros del Ecuador, y se nota.

Es una ciudad estado, antigua colonia británica. Conducen por la izquierda, los enchufes son de tres clavijas y tienen avenidas que se llaman Mountbatten o Reina Victoria. Por lo demás, es  un lugar con grandes edificios impresionantes y varios barrios étnicos. La mayoría de la gente tiene aspecto malayo pero hay también muchos expatriados europeos.

Quedamos para ir a cenar a las siete. Subí a la habitación y me di una ducha reparadora. Deshice el equipaje y bajé al encuentro de los demás. Kathy no nos acompañó porque tenía una cena de negocios, pero su marido sí vino con nosotros. Apareció por allí también una holandesa que está aquí por trabajo y quiso unirse a nosotras. En total fuimos seis a encontrarnos con Imelda, la presidenta de WISTA Filipinas. Nos llevó a cenar a Bugis Street, una calle con montones de restaurantes callejeros. Nos sentamos a cenar en uno donde se podía escoger bastante variedad de comida con o sin picante. Yo me decanté por un plato de arroz tres delicias y una botella de agua para no molestar a mi estómago.

Una vez cenados salimos a dar un paseo y entramos en un mercado donde vendían frutas tropicales. Nuvara fue valiente y compró una de las frutas verdes que se ven en la foto. Huelen a demonios pero saben a paraíso. Así es como te las definen. Por la cara de Nuvara, el sabor también era infernal.

Había gente por todas partes, a pesar de ser jueves por la noche.

Nos despedimos de Imelda hacia las diez de la noche y fuimos caminando hasta el hotel. Un calor horrible para ser la hora que era.

Llegamos sin novedad y nos despedimos.

Subí a la habitación y tardé un nanosegundo en meterme en la cama.



Buenas noches desde Singapur.




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