12 mar. 2012

Una cateta en la quinta puñeta (Singapur, día 7)


A las nueve de la mañana sonó el despertador, sacándome de un profundo sueño. A los treinta segundos de poner un pie en el suelo sonó el timbre de la puerta. Esos treinta segundos pertenecen al tiempo en que no sé si soy persona o cosa, si estoy viva o muerta. Tardé en reconocer que era el timbre. Pregunté quién era y abrí a una oriental del servicio de habitaciones que quería comprobar mi minibar. En pijama, con los pelos revueltos y sin gafas. Bueno, como no nos conocemos de nada ni nos vamos a ver nunca más, la dejé pasar.

Nada más salir de la ducha volvió a sonar el timbre. ¡Por Dios, que me dejen en paz! Era una pareja de orientales que querían entrar a hacer la habitación. Los mandé a hacer puñetas. Los dos se fueron no sin antes doblarse en dos en señal de respeto y sonreir sin parar.

Bajé a desayunar con Nuvara a las diez. Hoy, con más tiempo, me dediqué a inspeccionar todos los manjares del buffet. Descubrí mermelada de huevo. Como ya he mencionado en otra ocasión, no es hora de hacer experimentos, así que me limité a mirarla a distancia.

Una niña de unos dos años desayunaba con sus padres en la mesa contigua. Eran malayos o de por allí cerca. La niña tenía un huevo duro destrozado encima de la mesa e iba comiendo trocitos a la vez que los restregaba por todas partes. Luego la madre le puso unos dibujos animados en el iPhone y se dedicó a hablar con el Pájaro Loco como si la estuviera oyendo. Verídico.

Hicimos el check out y dejamos las maletas al cargo del hotel. Cogimos un taxi y nos fuimos hasta el extremo más lejano de Orchard Road para ir viniendo hacia el hotel poco a poco caminando. Orchard Road es una avenida llena de tiendas. Son centros comerciales uno detrás de otro. El primero que visitamos fue Ion Orchard, recomendado por el chico de la recepción del hotel. Nos debió de ver cara de millonarias porque allí sólo había tiendas de Louis Vuitton, Bottega Veneta, Chanel, Dior y esos sitios donde te da miedo hasta mirar el escaparate porque hay un señor de traje negro vigilando que el populacho no se acerque más de la cuenta.

Entramos en una tienda de regalos y me llevé una sorpresa mayúscula al ver el precio de las grapadoras El Casco. Esa es la misma grapadora que tengo en la mesa de la oficina. Estaban expuestas como si fueran objetos de diseño de lujo. Costaba, al cambio, 180 leuros, 180 leuros. Ya sabéis, si tenéis que hacerle un regalo a alguien de Singapur, grapadora El Casco y quedáis como reyes. Les saqué una foto e inmediatamente vinieron dos dependientas a decirme que aquello estaba prohibido, que en las tiendas no se sacan fotos, que me podían denunciar, que….. y yo simultáneamente explicando que las grapadoras eran españolas como yo y que me hacía ilusión sacarles la foto y que lo siento, lo siento, lo siento. Nuvara decía: “Vámonos, vámonos, vámonos”. Y nos fuimos a toda prisa, antes de que nos remataran de un tiro allí mismo.

Fuimos pasando de centro comercial en centro comercial alucinando con los precios. Entré en Zara para comparar. Unos pañuelos gigantes que vi en España hace unos días costaban seis veces más.

Vi, por primera vez en mi vida, un kiosko MacDonalds. Llevo siete días fuera de casa y aún no he pecado, que quede constancia.

Dado que no íbamos a comprar nada de nada, agilizamos el paso y fuimos viendo los últimos centros comerciales sólo por encima.

Pasamos por delante del Museo de Arte de Singapur y pudimos ver cómo hasta Supermán se estaba derritiendo del calor.

Caminamos hasta el Raffles Hotel en Raffles Boulevard. En su origen era un bungalow de estilo colonial al que le han añadido varias alas que contienen las habitaciones, un centro comercial y una veranda con cocoteros y plantas tropicales. Le estuve tocando las narices a Sir Thomas Stamford Raffles, el fundador de la moderna Singapur, que le da nombre al hotel.

Allí vi mi quinta o sexta tienda de Louis Vuitton en Singapur. Las hay por todas partes, como si fuera Zara. Eso da una idea del poder adquisitivo de esta gente.

Nos sentamos a tomar algo en la veranda y estuvimos allí tranquilamente hasta las cinco de la tarde.

Volvimos caminando al hotel, a pocos pasos. Desde donde llegamos no se puede atravesar la calle porque no hay semáforos ni pasos cebra. O te juegas la vida cruzando una carretera de seis carriles o vas al centro comercial y tomas el pasadizo secreto para llegar hasta el hotel. Nuvara se jugó la vida y yo fui por el pasadizo.

Subimos a la piscina en el quinto piso y allí nos sentamos. Nuvara se dio un baño mientras yo entraba en internet con mi ordenador. Me di una ducha en las duchas de la piscina y aquí estoy escribiéndoos la última crónica desde Singapur recién limpita.

Dentro de media hora nos vamos al aeropuerto a tomar el vuelo de las 23:35 horas con destino a Estambul. A mí me esperan unas 27 horas de viaje hasta llegar a la puerta de mi casa.



Buenas tardes desde Singapur.








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