24 sept. 2013

Una cateta en Canadá (Día 3)


Desperté a las dos de la madrugada, las ocho en España. Lo que me temía, un jet lag como un camión. Mi primer pensamiento fue: “En El Resplandor, el que andaba en triciclo era un niño, no una niña”. Y volví a dormirme. Desperté de nuevo a las cinco y ya no pude dormir más. Reinaba un silencio absoluto. No me extraña. La habitación tiene unas vistas estupendas a un muro lateral, alejado de la calle principal.

Me levanté, estuve entretenida con cosas de WISTA en el ordenador, me arreglé, desayuné y salí a la calle a las siete y cuarto. 9ºC. A unos metros del hotel estaba el punto de encuentro para tomar el autobús que me llevaría a las cataratas del Niágara. Contraté la excursión por internet ante la imposibilidad de ver todo lo que quería ver por mi cuenta. Me alegro de haberlo hecho porque pasé un día estupendo. El conductor del autobús era un tío simpatiquísimo que no paró de contarnos cosas durante el viaje. Eramos unos 20 pasajeros, procedentes de Canadá, Estados Unidos, Bélgica, Reino Unido, Japón, Indonesia, Méjico, Francia, Alemania y yo de España.
El autobús apareció cinco minutos tarde, cuando ya se me estaban empezando a congelar los dedos de las manos. ¿Por qué no trajiste los guantes, por qué, si los tuviste en la mano, idiota?
Subimos un chico inglés con cara de pedo y yo. A bordo estaba un matrimonio francés, musulmán y negro, con un bebé en brazos. Que eran musulmanes lo deduje porque ella no iba vestida, iba envuelta en trozos de tela desde la cabeza a los pies. Bueno, en los pies llevaba unas sandalias de tiras de cuero. Supongo que esta noche habrá tenido que ir a que le amputaran varios dedos por congelación. Hicimos una última parada frente al Hard Rock Café para recoger al resto de los pasajeros.  A las ocho en punto, según horario, salimos hacia Niágara.
Por el camino pasamos por encima del canal de Welland.

Me hizo una ilusión tremenda. Cuando busqué esta excursión, intenté localizar alguna que visitara el canal. Como no es una atracción para turistas sino para chiflados del sector marítimo, no está en las rutas.


Os explico. Hay una ruta marítima muy importante para llegar a los grandes lagos entrando por el río San Lorenzo, en cuyas orillas se encuentran Quebec City y Montreal. Se cruza el lago Ontario y para poder llegar al lago Eirie hay que salvar un desnivel del terreno. Por eso se producen las cataratas del Niágara. Se ideó un sistema de esclusas que son como ascensores de agua que suben y bajan a los barcos poco a poco hasta dejarlos a la altura deseada. En el video adjunto podéis ver el tránsito de un barco a cámara rápida.



Hacia las diez de la mañana llegamos a Niágara. Dejamos a la mayoría de los pasajeros en la torre Skylon, que es un mirador al que se sube previo pago, y nos dirigimos a las cataratas. He de confesar que la primera impresión fue de desilusión, porque las esperaba mucho más espectaculares. Una vez bajé del autobús y comencé a pasear por el borde del acantilado empezó a gustarme más. Cuando estuve a los pies de las cataratas flipé en colores.
Hacía un frío siberiano junto a la catarata Horseshoe, que es la que tiene forma de herradura de caballo. Soplaba algo de viento y no dejaban de pasar nubes, pero sin ninguna intención de llover.
El autobús nos llevó hasta la entrada del embarcadero del Maid of the Mist, que es el barco que navega río arriba hasta colocarse a pocos metros de donde rompen las cataratas. Fue entonces cuando empecé a sentirme como Marilyn, aunque salvando las distancias, porque ella era más rubia y yo duermo en pijama.
Nos dimos una verdadera ducha. Gracias a los impermeables no nos calamos.
Lorena, te comunico que ya no dan impermeables reutilizables. Son de usar y tirar, así que el problema de ponerse un impermeable sudado por otro ser humano ya no es un inconveniente para hacer la excursión.
Fue el momento más chulo del viaje, seguido a poca distancia por el paso por el canal de Welland.
Después del paseo en barco nos dieron veinte minutos para comer. Me dio tiempo justo para acercarme a Clifton Hill a comer una hamburguesa sin tiempo para respirar.
Clifton Hill es una calle en cuesta donde se concentran atracciones de feria como El Museo de los Horrores (horrorizada estaba yo) que contiene el perro con dientes humanos, un hombre con un número inusual de pupilas y un genio dentro de una bola de cristal con el que puedes hablar si te apetece. También estaba el Museo Guiness de los Records y otras barbaridades por el estilo. En lo alto de la colina un casino para dejarse los dólares.
Salí de allí despavorida.
El autobús salió a la hora convenida como salió de todos los sitios donde paramos. Cómo se nota que no iba ningún otro español a bordo. De haber sido una excursión de españoles, aún estaríamos allí esperando por alguno.
Hicimos breves paradas en Whirpool Rapids donde el río Niágara gira bruscamente creando un remolino, en la central eléctrica Sir Adam Beck, en un reloj floral de 12 metros de diámetro, y finalmente en el pueblito Niagara-on-the-Lake, un sitio precioso con casas bajas de madera y parterres por las calles. Todo cuidado y limpio.
A las afueras está Fort George, donde entre 1812 y 1813 los Estados Unidos y los ingleses que ocupaban entonces la zona mantuvieron un te quito me lo quitas con el fuerte, que acabó en manos de los ingleses finalmente. Me acerqué a verlo por mi cuenta, cruzándome con una ardilla cuando atravesé un bosque de arces.
A las 14:20 en punto partimos con rumbo a un viñedo de los muchos que hay por la zona. Nos invitaron a beber vino helado. Se llama así porque las uvas se recogen cuando están congeladas por el frío, a una temperatura en concreto que no recuerdo.
Constaté que los musulmanes eran musulmanes de verdad porque ellos y yo fuimos los únicos que bebimos zumo de uva en lugar de vino.
Al inglés con cara de pedo lo vimos sonreír por primera vez, probablemente por el efecto de los tres vasos de vino que se metió entre pecho y espalda sin casi respirar.
El niño negro musulmán aprovechó el revuelo general causado por el vino, en el que no participábamos ni sus padres ni yo, para soltarse la melena y empezar a corretear por entre los excursionistas. Véase en la imagen al inglés sonriendo al fondo.
Hacia las 15:30 hrs (no recuerdo el minuto exacto) dimos por finalizada la visita y volvimos al autobús. De haber sido una excursión de españoles, hubiera habido cánticos y algarabía en el camino de vuelta, pero tratándose de otras nacionalidades predominó la contención.
El viaje fue rápido. No pudieron decir lo mismo los coches que circulaban en dirección contraria por la autopista de cuatro carriles. Eran los mismos que por la mañana circulaban a paso de carreta para entrar en Toronto para trabajar y entonces volvían a sus casas.
A las cuatro y media el conductor me depositó enfrente del hotel con una caja de galletas de sirope de arce de regalo. El sirope de arce se obtiene de la sabia del arce y con él hacen multitud de postres. Lo venden por todos lados, pero no pienso volver a España cargando con una botella de sirope de arce.
Entré en el hotel a refrescarme un momento para salir a la calle inmediatamente antes de que me diera el bajón porque mi yo interior creía que eran las diez y media de la noche.
Estuve paseando por los alrededores del mercado de San Lorenzo, que hoy estaba cerrado porque es lunes. Habrá que volver mañana.
Entré en un supermercado a cotillear lo que come la gente aquí. Me espantó el precio de la Coca Cola. Exactamente el doble que en España. Decidí inmediatamente no quedarme a vivir en Canadá.
Las frutas y las verduras parecían de plástico, del aspecto tan bonito que tenían.
Compré un par de cosas para cenar y fui a investigar cómo llegar a la estación de tren desde el hotel, constatando que se puede hacer el camino perfectamente andando, lo cual me será muy útil cuando me vaya.
A las seis, o a las doce de la noche, según yo o mi yo interior, volví al hotel para no volver a salir.
Llené la cubitera de hielo en la máquina de hielo del pasillo para mantener fría la Coca Cola que me costó el doble que en España, me di una ducha y tengo que confesar que llevo tirada en la cama desde las siete luchando para no quedarme dormida antes de las nueve y media, que es la hora que considero menos vergonzosa para echarme a dormir. Quedan ocho minutos para que llegue ese momento, así que me despido hasta mañana.
Buenas noches desde Toronto.


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