28 sept. 2013

Una cateta en Canadá (Día 7)


05:08. A este ritmo calculo que el martes ya estaré adaptada pero, teniendo en cuenta que a partir de hoy no me van a dejar acostarme temprano, va a ser un desastre total.
Salí a la calle a las ocho y media. Me dirigí a la calle Peel y empecé a subir su empinada cuesta. A ambos lados hay pabellones de la McGill University, pequeños chalets con torreones rodeados de jardines. Hay que pensárselo dos veces para ir a clase por la mañana. En enero debe de ser un verdadero acto heroico por la subida y por el frío que tiene que hacer. Llegué casi sin aliento a la entrada del Mont-Royal. Es una alta colina boscosa bautizada así por Jacques Cartier, el primer francés que apareció por aquí en 1535. De ahí surgió el nombre de la ciudad.
Estuve un minuto dudando si iniciar el ascenso o no, ya que no veía a nadie por los alrededores y tuve dudas de si acabarían encontrando mi cadáver descompuesto al final del invierno. Enseguida empezaron a aparecer chicas solas haciendo deporte, lo cual me garantizó la seguridad del entorno.
La subida tenía dos tramos diferentes. Primero unas escaleras de madera y luego un camino de grava serpenteando hasta la cima. Al llegar al final de la escalera estaba sudando como un pollo porque soy muy burra y subí rápido y sin descansar.
No sé qué me gustó más del paseo, si los árboles y sus diferentes colores, las ardillas que atravesaban el camino constantemente o el  intenso olor a bosque.
Casi en la zona más alta está el chalet Mont-Royal, un pabellón enorme con una sala vacía que supongo alquilan para eventos. Olía a cerruno allí dentro. Delante del pabellón hay una amplia terraza con vistas a la ciudad.
En la entrada del pabellón había unas sillas de madera comodísimas donde me senté un rato a descansar. La paz se rompió cuando apareció un camión con un depósito de agua. Bajó del mismo una señora que puso en marcha una ruidosa bomba y se dedicó a regar todos los maceteros de la terraza.
Poco después de marchar la ruidosa señora empecé a tener frío. El sol aún no se había dignado a aparecer por entre las nubes y yo había dejado de sudar como un pollo.
Continué el ascenso encontrándome por el camino con varios grupos de religiosos rezando el rosario, jubilados en una forma estupenda haciendo ejercicio y jóvenes corriendo. También, y ya van varias veces estos días, grupos de estudiantes rodando cortos. Llevan sus guiones en la mano con texto y dibujos y repiten las escenas una y otra vez. O aquí están locos por el cine o hay una escuela en la universidad.
Llegué a la cima, donde hay una cruz metálica horrorosa que en principio confundí con una torre de comunicaciones.
A partir de ahí inicié el descenso volviendo sobre mis pasos hasta la escalera de madera. Me  crucé con un matrimonio bastante mayor subiendo con un perro de lanas que resoplaba de tal manera por el esfuerzo que no creo que les dure mucho si se dedican a llevarlo por allí todos los días.
En lugar de bajar por el camino hacia la calle Peel, giré hacia el norte en dirección al Plateau Mont-Royal, un barrio que me recomendó la señora de la oficina de información turística. Tardé más de una hora en llegar hasta allí, pero mereció la pena porque caminar entre los árboles en silencio fue una experiencia extraordinaria. La salida del parque por ese lado tiene unos jardines muy bonitos con una estatua dedicada al Sr. Cartier, del que ya os hablé más arriba.
Se me ocurrió mirar hacia atrás y al ver hasta dónde había subido y desde dónde había bajado pensé: “Si lo sé, no vengo”.
El barrio, bohemio y multicultural, estaba muy concurrido. Me gustaron las casas. En muchas de ellas, para subir al primer piso tienen escaleras metálicas exteriores, con la puerta principal en lugar de una terraza. Curioso.
Dado que las piernas ya no me respondían correctamente y que estaba donde Cristo perdió el mechero, me metí en el metro para bajar hasta el viejo Montreal a comer. Quería tomar algo temprano porque hoy estaba citada para cenar a las seis y media con el comité ejecutivo de WISTA Canadá.
Me apetecía comer un crêpe. Recordaba haber visto ayer varios sitios donde los servían. Pedí uno de queso y champiñones que se salía del plato.
Di un paseo por los alrededores, subí hasta la basílica Notre-Dame-de-Montréal y desde allí poco a poco me fui acercando al hotel.
En la puerta de una tienda de telefonía había dos afganos con dos afganas repartiendo publicidad.
Las puertas del parque de bomberos estaban abiertas, mostrando a los viandantes los flamantes coches de bomberos y a los flamantes bomberos. Sin comentarios.
Subí a la habitación y me tiré en la cama. Los pies me palpitaban.
A las seis y cuarto salí hacia el restaurante Andiamo. Cené con la presidenta de WISTA, que acababa de aterrizar desde Amsterdam, y las organizadoras de la conferencia. Sólo conocía a la presidenta de WISTA Canadá. Con las otras dos llevaba meses intercambiando mensajes casi a diario. Hoy, por fin, nos pusimos cara.
La carta del restaurante se anunciaba como mediterránea. Cierto es que en ella aparecía el gazpacho andaluz y los vinos eran todos españoles. Comí vieiras sobre una deliciosa cama de risotto. Todo ello regado con agua del grifo.
Durante la cena repasamos los flecos que quedaban pendientes y todos los cotilleos referentes  a la conferencia.
A las diez de la noche salimos del restaurante. Eso es lo que tiene de bueno salir a cenar tan temprano. No acabas a las mil quinientas.
Volví al hotel dando un paseo. Las calles estaban llenas de gente. Estoy en la zona de la movida.
Buenas noches desde Montreal.

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